viernes, 21 de diciembre de 2018

La plenitud y la gracia de Jesucristo: análisis del decimosexto verso del Evangelio de Juan


Hemos visto que, en el decimoquinto verso del Prólogo, se transmite una cita directa de Juan el Bautista en la cual él, diciendo que Jesucristo “estaba primero” que él incluso si vino después de él, declaraba su eternidad. En el decimosexto verso, el Evangelista continúa describiendo el Cristo, y se detiene en dos características peculiares: la plenitud y la gracia. Este verso se conecta en parte con el precedente ya que, como en el anterior Juan el Bautista declaró la eternidad de Cristo y, por tanto, su plena Divinidad, ahora nos comunica que dos cualidades fundamentales de Cristo son la plenitud y la gracia. Si él no fuera Dios, no habría podido dar parte de su plenitud y de su gracia a sus hijos. Veamos el decimosexto verso del Evangelio de Juan:

Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.

Veamos el correspondiente en griego:

Hoti ek tou plērōmatos autou hēmeis pantes elabomen kai charin anti charitos

Según el teólogo griego Zodhiates, hay una relación directa entre el decimocuarto y el decimosexto verso. En el decimocuarto verso, Juan nos dice que Jesucristo está pleno de gracia y verdad, y en el decimosexto verso, Juan nos dice que los hijos de Dios recibieron parte de la plenitud de Cristo, y gracia sobre gracia. La gracia es la externalización de la bondad. Primero que todo, cuando Juan escribe “tomamos”, se refiere a quienes acogieron a Jesucristo en su corazón, o sea los hijos de Dios. Sin embargo, ¿qué significa la palabra plenitud? Esta palabra se refiere al concepto de “llenar lo que estaba vacío”. Además, esta palabra puede referirse al completamiento de algo. Si una copa está llena de agua hasta la mitad, su “plenitud” será la cantidad de agua que se agrega para llenar la copa de agua. En lo que respecta a Jesucristo, el concepto de “plenitud” se refiere a su Divinidad. Él es como una copa llena de agua hasta el borde. Por tanto, solo puede dar; no tiene necesidad de recibir nada, ya que está llena. Ahora bien, ¿de qué está llena la copa de Cristo? Se podría responder diciendo que está llena de gracia, amor, misericordia, bondad y justicia. Sin embargo, todo esto se puede resumir diciendo que la copa de Cristo está llena de Divinidad, y su Divinidad es plena. A tal propósito, veamos el pasaje de la Epístola a los colosenses 2, 9:

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad

Esto significa que los Apóstoles, cuando vieron a Jesucristo, no vieron “una parte de Dios”, sino que vieron a Dios en forma humana, en toda su plenitud. La palabra “plenitud”, plērōmatos, significa lo opuesto de “parte”. Sin embargo, Juan no escribe “su plenitud tomamos”, sino más bien “de su plenitud tomamos”. Lo que significa que ellos (o sea Juan más otros hijos de Dios) recibieron parte de su plenitud, no “toda” su plenitud. El hombre no puede recibir “toda” la plenitud de Dios, porque se convertiría en Dios; puede recibir solo una parte. Pero cuando el hombre recibe parte de la plenitud de Dios, recibe a Jesucristo en su corazón, y su Espíritu va a habitar en su corazón. Cuando el Hijo vive en el corazón del hombre, el hombre se vuelve uno con el Hijo y podrá entonces acceder al Padre. Por tanto, “parte de la plenitud de Dios” es suficiente para convertir plenamente el hombre a Dios.
Dios ocupa plenamente la vida del creyente, lo cambia radicalmente. Su naturaleza carnal está dominada y la naturaleza divina tiene pleno dominio sobre él. Como el hombre recibe a Cristo, obtiene la plenitud de Dios, llena su vacío inicial, y no hay más espacio en él para la vida mundana. El verbo que se usa aquí es elabomen, “tomaron”, el mismo verbo que se usa en el decimosegundo verso donde se describe que solo quien ha acogido o recibido a Jesucristo, ha obtenido el poder de volverse hijo de Dios. El verbo elabomen se encuentra en el segundo tiempo aoristo que normalmente se refiere al pasado. 
¿La plenitud de Cristo fue recibida una sola vez o es un proceso continuo que se repetirá indefinidamente? Según Zodhiates, el Evangelista Juan utilizó un “aoristo gnómico”, refiriéndose al hecho de que recibir parte de la plenitud de Cristo no es un privilegio que recibieron solo los Apóstoles u otros seguidores de Cristo, sino que es una posibilidad dada a todos los seres humanos hasta el último día de la Gracia. La plenitud de Cristo para el creyente es como el aire que nos circunda: está siempre presente y estará siempre a disposición de quien quiera recibirla.
En la última parte del decimosexto verso está descrito que los hijos de Dios recibieron no solo parte de su plenitud, sino también “gracia sobre gracia”. El verbo elabomen se refiere, de hecho, también a la “gracia sobre gracia”. Este concepto se explica con el hecho de que quien recibe parte de la plenitud de Cristo tiene siempre necesidad de él, y no ha dejado nunca de ser colmado por su gracia. En otras palabras, Cristo continúa colmando el vacío que hay en el hombre y lo colma continuamente con su gracia. ¿Por qué sucede esto? 
Según Zodhiates, el hombre es como una copa de agua; después de haber recibido gratuitamente, el hombre gratuitamente da, regala a los demás parte de la plenitud de Dios que ha recibido. Pero, en este punto, la copa del hombre resultará estando nuevamente medio llena. Por tanto, la copa será llenada nuevamente con nueva “plenitud” y nueva “gracia”, como si fuera agua pura que fluye de una fuente de montaña. ¿Quién no desearía nueva agua fresca y pura, nueva gracia sobre gracia de parte de Dios? Por tanto, el hombre, incluso después de haber acogido a Jesucristo en su corazón, continúa teniendo necesidad de gracia sobre gracia; Él no volverá más al pecado voluntariamente o experimentando placer al pecar, sino que continuará decepcionando a Dios en formas diferentes. En todo caso, el pecado no tendrá más dominio sobre el hombre, porque el hombre, convirtiéndose a Cristo, recibió y continúa recibiendo gracia sobre gracia.
Esto demuestra que la gracia de Dios es infinita. Si Dios tuviera que darnos exactamente lo que merecemos, deberíamos todos recibir una sentencia de muerte en crucifixión para expiar nuestros pecados, que son infinitos, porque son contra Dios. Pero Dios es infinitamente misericordioso y nos regaló la gracia, o sea la posibilidad de acoger a Cristo en nuestros corazones y de acoger el sacrificio de Cristo sobre la cruz como perdón por nuestros pecados. La gracia es, por tanto, un flujo continuo. Dios nos dona una gracia continuamente de modo que nosotros podamos vivir en ella y continuar llenando nuestro vacío. Si nosotros damos a otros (con el amor), la gracia que recibimos (incluso si no la merecemos), recibiremos otra “gracia sobre gracia”.

Yuri Leveratto

Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Bibliografía: Zodhiates, Spiros. Cristo era Dios?

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