sábado, 29 de diciembre de 2018

El Unigénito Hijo hizo conocer a Dios: análisis del decimoctavo verso del Evangelio de Juan


Como hemos visto, el propósito de los primeros dieciocho versos del Evangelio de Juan fue el de demostrar la preexistencia, o sea la plena Divinidad, de Jesucristo. Los versos fundamentales del Prólogo son el primero y el decimocuarto. En el primer verso, Juan declara que el Verbo (Jesucristo) era preexistente con Dios Padre desde el principio, o sea “desde siempre”, y declara que el Verbo es Dios. En el decimocuarto verso se indica la encarnación de Dios en la persona de Jesucristo. Con las palabras “y el Verbo se hizo carne”, Juan quiere expresar el momento fundamental de la historia de la humanidad, o sea Dios que se hace hombre para venir a salvar al hombre. Sin embargo, también el decimoctavo verso es muy importante para comprender quién era verdaderamente Jesucristo y porqué solo a través de él podemos conocer al Padre. Veamos el decimoctavo verso del Evangelio de Juan:

A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Veamos el correspondiente en griego:

Theon oudeis heōraken pōpote monogenēs Theos ho ōn eis ton kolpon tou Patros ekeinos exēgēsato

De la frase “a Dios nadie le vio jamás”, se deduce que nadie ha podido nunca ver a Dios en su totalidad. Es verdad que Dios se manifestó varias veces a Moisés, pero ni el profeta bíblico ni otros profetas han podido ver jamás realmente a Dios en su plenitud. La segunda frase del decimoctavo verso nos indica, en cambio, que alguien, o sea el unigénito Hijo, volvió a Dios visible. Regresemos, sin embargo, a la primera frase: “A Dios nadie le vio jamás”. De esta frase se deduce que Dios es espíritu, y como tal es invisible. A tal propósito veamos una frase del Evangelio de Juan, cuando el Señor se dirigió a la mujer samaritana (4, 24):

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

Juan, por tanto, cuando escribe que nadie lo ha visto nunca, se refiere a la plenitud de Dios, a su esencia espiritual, infinita y eterna. Nadie puede ver la esencia espiritual de Dios en toda su plenitud, por el simple hecho de que el hombre, siendo limitado y finito, no puede aprehender el infinito. Obviamente, Juan no escribe “ho Theon”, sino “Theon”, demostrando que se refiere al concepto Trascendente de Dios. Dios, en su plenitud omnisciente, omnipotente y omnipresente, no puede ser visto por el hombre. La palabra heōraken significa “vio” o “ha visto”. Es el tiempo perfecto del verbo horaao, ver. El verbo horaao puede significar tres cosas: ver con los ojos, ver con la mente o percibir, experimentar o conocer por medio de la experiencia. Juan afirma entonces que nadie ha podido ver nunca a Dios en su plenitud. El Evangelista, por tanto, no se refiere a manifestaciones parciales de Dios o teofanías (como por ejemplo en Éxodo 33, 11 o Números 12, 8).
Después de habernos comunicado que nadie ha visto jamás a Dios, Juan nos comunica que existe una excepción. De hecho, escribe: “el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, es quien lo ha hecho conocer”. Según Juan, Dios quiso revelarse completamente y lo hizo con Jesucristo, que se llama Verbo (Logos), y también unigénito Hijo. La palabra griega monogenees puede significar (1): 1-Hijo único, o sea quien no tiene hermanos o hermanas (como en Lucas 8, 42); 2-El único de esta especie; 3-De la misma naturaleza. Según Spiros Zodhiates, monogenees debe ser interpretado “de la misma naturaleza, o de la misma sustancia”. Para Zodhiates, por tanto, también monogenees es un indicio de que Juan quería decir que Jesucristo, el Verbo, tiene la misma sustancia del Padre y, por tanto, solo él puede hacerlo conocer. Justamente por esto, Jesucristo dijo, Evangelio de Juan (14, 9):

Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?

¿Por qué Dios se encarnó en la persona de Jesucristo? La forma de hombre era la única que podía ser reconocida por otros hombres. Esto naturalmente no significa que durante la encarnación Dios cesó de existir como puro espíritu. Esta expresión “monogenēs Theos” es única y se refiere al hecho de que el Hijo es Dios, y tiene la “misma sustancia” de Dios Padre. (2). Por otro lado, son numerosas las citas bíblicas que indican la correspondencia de Dios Padre con el Hijo, por ejemplo, Juan (10, 30):

Yo y el Padre uno somos.

Analicemos ahora la frase: “que está en el seno del Padre”. Es verdad que Juan escribió estas palabras después de la Ascensión de Jesucristo a la diestra del Padre. En todo caso, las palabras “que está en el seno del Padre” no se refieren solo al periodo sucesivo a su Ascensión, sino a la eternidad. También, durante la encarnación, Jesucristo estaba “en el seno del Padre”. También, antes de la encarnación, el Cristo eterno estaba “en el seno del Padre”. Esta frase empieza con la palabra ho, que se traduce por “aquel” o “que”. Por tanto, la traducción literal podría ser: “aquel que está en el seno del Padre”. La frase continúa con la palabra ὢν, o sea on, que significa “es”. Juan no escribió “fue” o “era” sino “es”. Este tiempo indica que Él está desde siempre y para siempre en el seno del Padre. También de este verbo se deduce que Jesucristo no está sujeto al tiempo. ¿Qué significa la palabra kolpos, o sea “seno”? Generalmente, la palabra seno se refiere a la parte superior del busto, donde está ubicado el corazón. Esto da la idea de una relación íntima entre el Hijo y el Padre. Justamente por esto, solo el Hijo conoce la esencia y los deseos del Padre y puede, por tanto, revelarlos.
Analicemos ahora la última frase del decimoctavo verso: “él le ha dado a conocer”. Primero que todo, notamos que Jesucristo se refiere a Dios como “su Padre”. Por ejemplo, en el Evangelio de Lucas (2, 49):

Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?

Pero también al final del evangelio de Mateo (28, 19):

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

Podemos afirmar que Jesús vino a la tierra para revelarnos que, si lo acogemos como nuestro Salvador, Dios se convierte en nuestro Padre. Juan desarrolló este concepto en el decimosegundo verso de su Prólogo, donde afirma que los hijos de Dios son los que acogen a Jesucristo y creen en su nombre. Además, con una frase muy aguda, Jesucristo especificó que solo a través de él se puede llegar al Padre. Evangelio de Juan (14, 6):

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Por tanto, a través de Cristo y aceptando su sacrificio sobre la cruz, el hombre puede convertirse en hijo de Dios y, así, Dios puede ser su Padre. Pero ¿de quién era hijo el hombre antes de convertirse en hijo de Dios? He aquí la respuesta: Evangelio de Juan (8, 44):

Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.
La palabra ekeinos significa “esta persona” o “él”, en referencia a “quien está en el seno del Padre”. En la última frase, Juan quiere disipar cualquier duda, quiere comunicarnos que solo Jesucristo, el Unigénito Hijo, nos ha hecho conocer al Padre. Como la esencia de Jesucristo (monogenees) es la misma del Padre, él, el Unigénito Hijo, ha podido hacernos conocer el Padre. El verbo que Juan ha utilizado para la frase “lo ha hecho conocer” es exēgēsato, del cual deriva la palabra exégesis. Este verbo era utilizado por antiguos escritores griegos para indicar la interpretación de los misterios divinos. Es como si Juan hubiera querido expresar que Jesucristo nos ha indicado la maravillosa vía para acceder al misterio de Dios, infinito y omnipotente. 
En realidad, exēgēsato está compuesto por ex (fuera) y por el verbo heegeomai (llevar). Por tanto, su significado es: llevar afuera, extraer, traer. Esto da la idea de que Dios no era plenamente accesible al hombre, sino que fue Jesucristo el que hizo posible que el hombre conociese a Dios. Fue Jesucristo quien volvió accesible Dios al hombre. Y no existe ningún otro modo para el hombre de conocer a Dios si no a través de Jesucristo (Evangelio de Juan 14, 9). El verbo exēgēsato está en el tiempo aoristo, y esto indica que esta acción no se repetirá. Jesucristo hizo conocer al Padre de una vez por todas, y esto significa que Jesucristo no volverá más para revelar al Padre. Vendrá ciertamente, pero como instrumento de justicia de Dios sobre la tierra.

Yuri Leveratto
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas

Imagen: el discurso de Cristo a los once apóstoles, Majestad de Duccio di Buoninsegna.

Bibliografía: Zodhiates, Spiros. Cristo era Dios?

Notas: 
1-Great Lexicon of the Greek language.
2-http://yurileveratto2.blogspot.com.co/2015/11/la-vera-identita-di-gesu-cristo.html 

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Ley, Gracia y Verdad: análisis del decimoséptimo verso del Evangelio de Juan


En el decimosexto verso, Juan nos mostró que Jesucristo nos dio parte de su plenitud y, además, nos dio gracia sobre gracia. En el decimoséptimo verso, Juan puntualiza la diferencia entre la Ley (nomos), la Gracia (charis) y la Verdad (aletheia), estas últimas dos dadas por Jesucristo. Veamos el decimoséptimo verso del Evangelio de Juan:

Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Veamos el correspondiente en griego:

Hoti o nomos dia Mōuseōs edothē hē charis kai hē alētheia dia Iēsou Christou egeneto

Primero que todo, Jesucristo es un personaje histórico, como lo fue Moisés. Sin embargo, Cristo no está solo fuera de nosotros como lo estuvo Moisés. Para el creyente, o sea para quien acoge a Jesucristo en su corazón, Jesús vive en él y actúa un cambio en él. Y para el creyente, Jesús es fuente de plenitud y es dispensador de Gracia y Verdad. El decimoséptimo verso no quiere mostrar ningún contraste entre Moisés y Cristo; tampoco entre Ley, Gracia y Verdad. Juan quiere puntualizar que mientras que Dios dio la Ley por medio de Moisés, Jesús llevó la Gracia y la Verdad. Anteriormente uno se salvaba según la Ley; ahora uno se salva creyendo en el sacrificio de Jesucristo por nosotros sobre la cruz; uno se salva aceptando la Gracia, con fe.
Sin embargo, ¿por qué Juan asevera que Dios dio la ley por medio de Moisés, antes que la Gracia? Justamente por el hecho de que la primera transgresión de la ley fue en Adán. Dios había dado al hombre la posibilidad de elegir, ya que no podía forzar al hombre a elegir el bien. No obstante, podía imponer un castigo por las transgresiones. La Ley no fue “una opción de Dios”, ni la consecuencia de la desobediencia del hombre a Dios. Después de la salida de los judíos de Egipto, Dios eligió a Moisés para dar la ley a los hombres. Moisés fue utilizado por Dios solo como instrumento. La ley fue dada en un determinado momento histórico. Por esto se usa el verbo edothe, “fue dada”, que se refiere a un determinado periodo.
La Ley dada por Dios por medio de Moisés estaba dividida en tres partes: ceremonial, judicial y moral. Una parte de la Ley estaba dirigida solo a Israel, mientras que otra parte se extendía a todas las personas. La ley ceremonial se relacionaba con el cumplimiento de sacrificios y ofrendas. Estas normas se aplicaban solo al pueblo de los hebreos hasta el tiempo de Jesucristo, que fue el cumplimiento de la ley ceremonial. Jesucristo se convirtió en el sacrificio final y perfecto para todos los hombres por medio del derramamiento de su sangre en la cruz. Después de su muerte, ya no era necesario derramar sangre de animales para la remisión temporal de los pecados. Por tanto, con Cristo encontramos el cumplimiento de la ley ceremonial. La ley ceremonial estaba dirigida solo a los hebreos. De hecho, en Éxodo (34, 23-24) se impone que cada persona que estaba bajo la ley ceremonial debía estar en Jerusalén tres veces al año. Es evidente que se refería solo a los hebreos. Por tanto, hoy, los hebreos de religión judía deberían estar en Jerusalén tres veces al año, si aplicaran la Ley al pie de la letra. La ley ceremonial, por tanto, no se aplicó nunca solo a los “gentiles”, o sea a los no hebreos. Para los hebreos cristianos, el cumplimiento de la ley ceremonial fue Jesucristo. De hecho, leemos en la Epístola a los romanos (10, 4):

porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.

Respecto a las Leyes judiciales, estas se referían al gobierno del estado de Israel. Estas leyes no eran obligatorias para ninguna otra nación. Israel era una teocracia y Dios dio leyes para su gobierno. La Ley moral está contenida principalmente en los diez mandamientos. Son principios generales que se referían a todas las personas de cualquier etnia. Son principios morales que todavía hoy tienen vigencia (para los diez mandamientos, ver Éxodo, cap. 20). Sin embargo, el respeto absoluto de los diez mandamientos no es suficiente para la salvación. Al contrario, quien aceptó a Jesucristo en su corazón, naturalmente respetará los diez mandamientos (1). En otras palabras, no es el respeto de los diez mandamientos el que lleva al hombre a la salvación, sino que es la fe en que Jesucristo haya muerto por nuestros pecados la que lleva al hombre a la salvación. De hecho, incluso si una persona respetara al pie de la letra los diez mandamientos, continuaría siendo un pecador. No podrá salvarse “solo”, ni con acciones de reparación de sus pecados (el pecado continúa), ni con acciones buenas para compensar el pecado. Solo aceptando la Gracia dada por Jesucristo, por medio de la fe, el hombre puede salvarse. De hecho, veamos estos dos pasajes del Nuevo Testamento:

Epístola a los gálatas (3, 13):

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero...

Epístola a los romanos (8, 1):

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

Por tanto, Jesús se encargó de nuestros pecados y, si acogemos su sacrificio, nos liberamos del poder de condena de la Ley, sin violarla, porque en Cristo encontramos el cumplimiento de la Ley moral de Dios. Pero ¿en qué y por qué la Gracia y la Verdad son superiores a la Ley? Moisés no fue la personificación de la Ley, pero Jesucristo fue la personificación de la Gracia y de la Verdad. Veamos algunas frases que evocan a la Ley y otras que evocan a la Gracia y a la Verdad.

Ley: 
Epístola a los romanos (6, 23 a): 

Porque la paga del pecado es muerte, 

Gracia: 
Epístola a los romanos (6, 23b): 

mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Ley: 
Ezequiel (18, 20):

El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él.

Gracia: 
Evangelio de Juan (11, 25-26): 

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

La Ley pronuncia condena y muerte.
La Gracia proclama justificación y vida.

Gracia:
Ezequiel (11, 19):

Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne,

Ezequiel (36, 26):

Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.

Ley: 
Epístola a los gálatas (3, 10): 

Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Gracia: 
Salmos (32, 1-2): 

Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. 
Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño.

Ley:
Deuteronomios (6, 5):

Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.

Gracia: 
Evangelio de Juan 3, (16-17):

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.

La Ley describe lo que el hombre debe hacer por Dios.
La Gracia describe lo que Cristo ha hecho por el hombre.

La Ley produce una propensión natural a la desobediencia.
La Gracia crea una propensión natural a la obediencia.

La Ley requiere obediencia por el temor de la Ley misma.
La Gracia suplica al hombre por la misericordia de Dios.

La Ley pide santidad.
La Gracia da santidad.

La Ley dice: “¡Condénalo!”
La Gracia dice: “¡Absuélvelo!”

Para la Ley, la bendición es el resultado de la obediencia.
Para la Gracia, la obediencia es un resultado de las bendiciones.

La Ley fue dada para someter al viejo hombre.
La Gracia libera al nuevo hombre.

Bajo la Ley, la salvación se debía ganar.
Bajo la Gracia, la salvación es un don.

La Ley describe sacrificios sacerdotales ofrecidos año a año que no podrán nunca volver perfectos a los hombres.

Gracia: 
Epístola a los hebreos (10, 12-14)

pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,  de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

Ley: 
Epístola a los romanos (2, 12): 

Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados;

Gracia:
Evangelio de Juan (5, 24): 

De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

En el decimoséptimo verso encontramos las palabras Gracia y Verdad como en el decimocuarto verso. En efecto, Jesucristo no vino solo a mostrarnos la Gracia. Así como Dios es infinitamente misericordioso y sagrado, es también infinitamente justo. La palabra “Verdad” reclama la justicia. La Verdad evoca el hecho de que él nos encontró culpables del pecado. De hecho, nadie está sin pecado. Por tanto, como el precio del pecado es la muerte, (Epístola a los romanos 6, 23), nosotros tendremos que morir por nuestros pecados. Justamente porque Dios es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo, envió al Hijo para que muriera en nuestro lugar. Él pagó nuestra pena de manera que nos pudiera liberar, si nosotros aceptamos su sacrificio sobre la cruz. Por tanto, el verdadero cambio respecto a la Ley no es solo la Gracia, sino también la Verdad.
Analicemos ahora el verbo “vinieron” en la frase:

La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Veamos el correspondiente en griego:

hē charis kai hē alētheia dia Iēsou Christou egeneto

Mientras que en la frase “La Ley ‘fue dada’ por medio de Moisés” se utiliza el verbo edothe, en la frase siguiente se utiliza el verbo egeneto. Egeneto indica un acto preciso, que indica un determinado momento. El mismo verbo es utilizado en el decimocuarto verso. Además, en el texto griego está escrito: “hē charis kai hē alētheia”. Juan no está describiendo un tipo de gracia o un tipo de verdad. Juan está describiendo “la” Gracia y “la” Verdad. La Gracia y la Verdad de Jesucristo son definitivas y exclusivas de él. Por tanto, Jesucristo no enseña la Gracia y la Verdad. Jesucristo es la Gracia, y es la Verdad. Cuando se dice “experimenté la verdad”, es como si se estuviera diciendo “he conocido a Jesucristo”.
Además, hay que analizar un último punto: la verdad (concerniente a la justicia) no se refiere solo a la muerte de Jesucristo en la cruz, sino que se refiere también a la vida de los cristianos después de que experimentaron la Gracia de Dios en las propias vidas. Cuando una persona acoge el perdón de Cristo en su corazón, y acepta la Gracia, su vida cambia, ya que obtiene la justificación. La Gracia, por tanto, es diferente de la Ley, ya que no proclama el castigo, sino que nos permite superarlo. Cristo hace el hombre nuevo, el hombre que vive en la Gracia, el hombre perdonado y que sabe perdonar.

Yuri Leveratto
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas

Bibliografía: Zodhiates, Spiros. Cristo era Dios?

1-Respecto al sábado, ver los Hechos de los Apóstoles (20, 7).

Imagen: la sanación del ciego de nacimiento, El Greco, 1567.

viernes, 21 de diciembre de 2018

La plenitud y la gracia de Jesucristo: análisis del decimosexto verso del Evangelio de Juan


Hemos visto que, en el decimoquinto verso del Prólogo, se transmite una cita directa de Juan el Bautista en la cual él, diciendo que Jesucristo “estaba primero” que él incluso si vino después de él, declaraba su eternidad. En el decimosexto verso, el Evangelista continúa describiendo el Cristo, y se detiene en dos características peculiares: la plenitud y la gracia. Este verso se conecta en parte con el precedente ya que, como en el anterior Juan el Bautista declaró la eternidad de Cristo y, por tanto, su plena Divinidad, ahora nos comunica que dos cualidades fundamentales de Cristo son la plenitud y la gracia. Si él no fuera Dios, no habría podido dar parte de su plenitud y de su gracia a sus hijos. Veamos el decimosexto verso del Evangelio de Juan:

Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.

Veamos el correspondiente en griego:

Hoti ek tou plērōmatos autou hēmeis pantes elabomen kai charin anti charitos

Según el teólogo griego Zodhiates, hay una relación directa entre el decimocuarto y el decimosexto verso. En el decimocuarto verso, Juan nos dice que Jesucristo está pleno de gracia y verdad, y en el decimosexto verso, Juan nos dice que los hijos de Dios recibieron parte de la plenitud de Cristo, y gracia sobre gracia. La gracia es la externalización de la bondad. Primero que todo, cuando Juan escribe “tomamos”, se refiere a quienes acogieron a Jesucristo en su corazón, o sea los hijos de Dios. Sin embargo, ¿qué significa la palabra plenitud? Esta palabra se refiere al concepto de “llenar lo que estaba vacío”. Además, esta palabra puede referirse al completamiento de algo. Si una copa está llena de agua hasta la mitad, su “plenitud” será la cantidad de agua que se agrega para llenar la copa de agua. En lo que respecta a Jesucristo, el concepto de “plenitud” se refiere a su Divinidad. Él es como una copa llena de agua hasta el borde. Por tanto, solo puede dar; no tiene necesidad de recibir nada, ya que está llena. Ahora bien, ¿de qué está llena la copa de Cristo? Se podría responder diciendo que está llena de gracia, amor, misericordia, bondad y justicia. Sin embargo, todo esto se puede resumir diciendo que la copa de Cristo está llena de Divinidad, y su Divinidad es plena. A tal propósito, veamos el pasaje de la Epístola a los colosenses 2, 9:

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad

Esto significa que los Apóstoles, cuando vieron a Jesucristo, no vieron “una parte de Dios”, sino que vieron a Dios en forma humana, en toda su plenitud. La palabra “plenitud”, plērōmatos, significa lo opuesto de “parte”. Sin embargo, Juan no escribe “su plenitud tomamos”, sino más bien “de su plenitud tomamos”. Lo que significa que ellos (o sea Juan más otros hijos de Dios) recibieron parte de su plenitud, no “toda” su plenitud. El hombre no puede recibir “toda” la plenitud de Dios, porque se convertiría en Dios; puede recibir solo una parte. Pero cuando el hombre recibe parte de la plenitud de Dios, recibe a Jesucristo en su corazón, y su Espíritu va a habitar en su corazón. Cuando el Hijo vive en el corazón del hombre, el hombre se vuelve uno con el Hijo y podrá entonces acceder al Padre. Por tanto, “parte de la plenitud de Dios” es suficiente para convertir plenamente el hombre a Dios.
Dios ocupa plenamente la vida del creyente, lo cambia radicalmente. Su naturaleza carnal está dominada y la naturaleza divina tiene pleno dominio sobre él. Como el hombre recibe a Cristo, obtiene la plenitud de Dios, llena su vacío inicial, y no hay más espacio en él para la vida mundana. El verbo que se usa aquí es elabomen, “tomaron”, el mismo verbo que se usa en el decimosegundo verso donde se describe que solo quien ha acogido o recibido a Jesucristo, ha obtenido el poder de volverse hijo de Dios. El verbo elabomen se encuentra en el segundo tiempo aoristo que normalmente se refiere al pasado. 
¿La plenitud de Cristo fue recibida una sola vez o es un proceso continuo que se repetirá indefinidamente? Según Zodhiates, el Evangelista Juan utilizó un “aoristo gnómico”, refiriéndose al hecho de que recibir parte de la plenitud de Cristo no es un privilegio que recibieron solo los Apóstoles u otros seguidores de Cristo, sino que es una posibilidad dada a todos los seres humanos hasta el último día de la Gracia. La plenitud de Cristo para el creyente es como el aire que nos circunda: está siempre presente y estará siempre a disposición de quien quiera recibirla.
En la última parte del decimosexto verso está descrito que los hijos de Dios recibieron no solo parte de su plenitud, sino también “gracia sobre gracia”. El verbo elabomen se refiere, de hecho, también a la “gracia sobre gracia”. Este concepto se explica con el hecho de que quien recibe parte de la plenitud de Cristo tiene siempre necesidad de él, y no ha dejado nunca de ser colmado por su gracia. En otras palabras, Cristo continúa colmando el vacío que hay en el hombre y lo colma continuamente con su gracia. ¿Por qué sucede esto? 
Según Zodhiates, el hombre es como una copa de agua; después de haber recibido gratuitamente, el hombre gratuitamente da, regala a los demás parte de la plenitud de Dios que ha recibido. Pero, en este punto, la copa del hombre resultará estando nuevamente medio llena. Por tanto, la copa será llenada nuevamente con nueva “plenitud” y nueva “gracia”, como si fuera agua pura que fluye de una fuente de montaña. ¿Quién no desearía nueva agua fresca y pura, nueva gracia sobre gracia de parte de Dios? Por tanto, el hombre, incluso después de haber acogido a Jesucristo en su corazón, continúa teniendo necesidad de gracia sobre gracia; Él no volverá más al pecado voluntariamente o experimentando placer al pecar, sino que continuará decepcionando a Dios en formas diferentes. En todo caso, el pecado no tendrá más dominio sobre el hombre, porque el hombre, convirtiéndose a Cristo, recibió y continúa recibiendo gracia sobre gracia.
Esto demuestra que la gracia de Dios es infinita. Si Dios tuviera que darnos exactamente lo que merecemos, deberíamos todos recibir una sentencia de muerte en crucifixión para expiar nuestros pecados, que son infinitos, porque son contra Dios. Pero Dios es infinitamente misericordioso y nos regaló la gracia, o sea la posibilidad de acoger a Cristo en nuestros corazones y de acoger el sacrificio de Cristo sobre la cruz como perdón por nuestros pecados. La gracia es, por tanto, un flujo continuo. Dios nos dona una gracia continuamente de modo que nosotros podamos vivir en ella y continuar llenando nuestro vacío. Si nosotros damos a otros (con el amor), la gracia que recibimos (incluso si no la merecemos), recibiremos otra “gracia sobre gracia”.

Yuri Leveratto

Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Bibliografía: Zodhiates, Spiros. Cristo era Dios?