domingo, 26 de agosto de 2018

La eternidad entra en la historia: análisis del decimocuarto verso del Evangelio de Juan


En el decimocuarto verso del Prólogo del Evangelio de Juan está contenido, en mi opinión, el sentido último de toda la Biblia: la eternidad entra en la historia.
El Verbo infinito, eterno, se hizo carne. Pero el Verbo es Dios (Juan 1,1), entonces Dios vino entre nosotros para permanecer en nosotros, en quienes lo acogen (Juan 1, 12). El infinito se ha hecho finito. Es el misterio más grande de todos los tiempos. Y es el acto de amor y de humildad más sublime de todos los tiempos.
Veamos el verso en cuestión:

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad

Veamos su correspondiente en griego:

Kay ho Logos sarx egeneto kay eskēnōsen en hēmin kay etheasamethatēn doxan autou doxan hōs monogenous para Patros plērēs charitos kay alētheias

Muchas personas, aun creyendo en una suerte de “Dios impersonal”, niegan este hecho. No aceptan que Dios se hizo carne en la persona humilde de Jesucristo. Pero si Dios es Dios puede todo, ya que para el Infinito y el Omnipotente nada es imposible.
Primero que todo, detengámonos en el verbo “egeneto”. No está en la forma pasiva, sino más bien en la voz media. No indica que alguien ejerció una fuerza para transformar el Logos en forma humana. Más bien indica la voluntad propia del Verbo, que por su decisión se revistió de carne asumiendo una naturaleza humana. El verbo “egeneto” es utilizado también en el tercer verso del Prólogo en referencia a la Creación del mundo. Significa “convertirse”, “comenzar a ser”, “haber hecho”. En el decimocuarto verso, “egeneto” asume el significado de “convertirse” o “transformarse en”. Lo que primero era invisible a los ojos humanos, ahora puede ser visto. Jesucristo se convierte, por tanto, en aquel que revela a Dios, como está descrito en el decimoctavo verso. 
En todo caso, el misterio de la Encarnación no se resuelve solo en el hecho de que Dios se revistió de carne. Hay mucho más: es Dios quien se hace hombre. No un hombre cualquiera, sino un hombre sin pecado, perfecto. Aun estando sin pecado, era de todos modos un hombre verdadero, real, con sus sentimientos, con su alegría y con su tristeza. Sin embargo, el hecho de que el Verbo se haya encarnado en la persona humana de Jesucristo no significa que haya abandonado su naturaleza divina. Él no dejó nunca de ser verdadero Dios, el Logos eterno, incluso cuando era hombre. Sería ilógico pensar que el Logos eterno, que es Dios, quiso limitarse en el cuerpo humano de Jesús abandonando su carácter infinito. De este modo empezamos a comprender que en Jesucristo coexisten dos naturalezas en una sola persona: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. 
La mayoría de los exégetas bíblicos concuerda en sostener que la conjunción “y” con la que inicia el decimocuarto verso sirve de unión con la primera frase del primer verso del Prólogo. Veamos:

En el principio era el Verbo… y aquel Verbo fue hecho carne

Notamos que Juan utiliza el término “sarx”, carne. ¿Por qué utiliza el término carne y no, por ejemplo, cuerpo?
Según el teólogo griego Zodhiates, el término carne indica expresamente el motivo, el objetivo principal por el cual Jesucristo vino al mundo. Mientras que nosotros los humanos venimos al mundo con el propósito de vivir, Jesucristo vino al mundo con el propósito de morir. El objetivo principal de la misión de Jesucristo en la tierra (1) fue, de hecho, la redención de los pecados, efectuada por él con su muerte en la cruz. La Biblia, en numerosos versos (1), nos muestra que Jesús murió en la cruz por nosotros, o sea por expiar nuestros pecados. Es la muerte vicaria de Jesucristo, el sacrificio final y perfecto. Veamos a tal propósito dos pasajes del Nuevo Testamento:

Epístola a los hebreos (9, 22):

Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión

Primera epístola de Juan (1,7):

Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado

No obstante, la sangre está en la carne. Según Zodhiates, en la frase “y aquel Verbo fue hecho carne” está incluido el concepto del objetivo principal de la misión de Jesucristo en la tierra: morir esparciendo la propia sangre para la remisión de los pecados. Veamos a tal propósito el pasaje del Evangelio de Mateo (20, 28):

Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos

Según la Biblia, la persona que no acepta la muerte de Jesucristo como expiación de sus pecados no puede renacer en Cristo y, por tanto, no está lavada de los propios pecados y no puede vivir según las enseñanzas de Cristo.
“Sarx”, carne, puede ser considerada en sentido más genérico, denotando la naturaleza humana en contraposición a la espiritual. Esto demuestra que el Cristo eterno se hizo completamente humano, con la excepción del pecado. Por tanto, Jesús, siendo completamente humano, tenía también un alma humana, la cual le hizo sentir emociones. Él amó, se enojó, se sintió triste, se sintió sereno, experimentó alegría.
Hay, en todo caso, otra interpretación de la palabra “sarx”, carne. Con esta, Juan quiso describir la profunda humillación que Dios decidió experimentar convirtiéndose en hombre por nosotros, con el fin de que nosotros podamos volvernos “hijos de Dios”. Esta humillación de Dios está descrita en modo excelso en el himno a la humildad (Epístola a los filipenses 2, 6-11):

El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre

Sin embargo, el Logos eterno, aún si se transformó en hombre y caminó sobre esta tierra, no cesó nunca de ser Dios. Siendo hombre, humilde y débil, pudo sufrir sobre la cruz y esparcir la propia sangre. Siendo Dios, omnisciente, pudo expiar todos los pecados. A tal propósito veamos un verso bíblico donde se subraya que solo Dios puede perdonar y, por tanto, expiar todos los pecados. Evangelio de Marcos (2, 7):

¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?

Ya a partir del primer verso de su Prólogo, Juan declara que el Hijo, o sea el Verbo, es Dios, pero en todo caso tiene una personalidad distinta del Padre. Este dato misterioso, y sin embargo maravilloso, empieza a revelar la esplendente Trinidad. También en el decimocuarto verso se nota que el Verbo y el Padre tienen personalidades distintas. Analicemos, de hecho, la segunda frase: “Y habitó entre nosotros”. Esta frase se conecta con la segunda frase del primer verso:

Y el Verbo era con Dios… y habitó entre nosotros

Si el Verbo, o sea el Cristo eterno en su estado pre-encarnado, no fuera una persona distinta al Padre, no habría podido bajar a esta tierra y vivir entre nosotros. Es, por tanto, justamente la espléndida Trinidad la que permitió la Encarnación del Verbo.
Algunas personas podrían preguntar por qué Dios omnipotente vino sobre la tierra en forma de hombre. ¿No podía sencillamente venir como Dios?
Primero que todo, podemos afirmar que Dios no habría podido mostrarse en su infinita plenitud. Además, nosotros, seres finitos, no habríamos podido nunca asimilar lo que es infinito. En segundo lugar, el hecho de que Dios haya venido sobre la tierra en forma de hombre se explica considerando la misión que debía llevar a cabo. Jesucristo decidió dar su vida para expiar “el pecado del mundo”. Con su acto de amor, Jesús hizo que el hombre se convirtiera en un hijo de Dios. Una vez llevada a término esta tarea sublime, Jesucristo no tuvo más razones para quedarse en la tierra. Después de su gloriosa Resurrección en la carne, Jesús apareció ante los Apóstoles y ante otros de sus seguidores varias veces, pero luego ascendió al cielo. Su tarea sobre la tierra había terminado. 
Juan utiliza el término “eskēnōsen” que, si se traduce literalmente, significa “puso las tiendas”, “acampó”, o sea “vino a vivir temporalmente”.
Es interesante notar que “eskēnōsen” deriva de la palabra “skeenee” (tienda). En una de sus formas sustantivas, sin embargo, (skeenooma), esta palabra asume el significado de “cuerpo”.
Esto se nota también en los siguientes pasajes de la Primera epístola de Pedro (1, 13-14):

Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia

La presencia de Jesucristo en la tierra fue temporal, pero fue de todos modos la de un cuerpo real, no aparente.
Además, “eskēnōsen”, o sea “vino a habitar”, se refiere a un período de tiempo definido que no se repetirá en el futuro. Este hecho maravilloso se explica así: Jesucristo vino a la tierra de forma humilde, con un cuerpo humano, pero cuando resucitó, su cuerpo fue transformado gloriosamente. Jesús tenía un cuerpo glorificado. Será con este cuerpo glorificado que él regresará a la tierra. No regresará nunca más con su cuerpo humano, o sea con el cuerpo de su humillación, sino que regresará con su cuerpo glorificado de la Resurrección. Jesús, por tanto, permaneció en la tierra temporalmente con el fin de expiar los pecados, en cuanto su sacrificio fue final, único y perfecto. 
No volverá como un maestro humilde sino como Rey y Juez. Por esto, nuestra vida es la única posibilidad que tenemos de reconocer a Jesucristo como nuestro salvador ya que, si no lo reconocemos como Salvador, lo conoceremos como Juez.
Volvamos ahora a la frase “y habitó entre nosotros”. Esta decisión de “venir y habitar entre nosotros” fue tomada incluso siendo con la consciencia de que la mayoría de los hombres repudiaría su persona y su mensaje. Fue necesario que Dios viniera a habitar entre los que se oponían a él. Veamos a tal propósito este pasaje de la Epístola a los romanos (5, 10):

Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida

Pero Jesucristo, con su amor y sacrificio sobre la cruz, conquistó incluso a muchos de sus enemigos.
Analicemos la palabra “en”, que normalmente se traduce por “entre”. Según el especialista A. T. Robertson (2), esta palabra puede significar “dentro” y “entre”. La segunda frase del decimocuarto verso significaría que el Verbo vino al mundo principalmente para “permanecer” en (“dentro”) nuestros corazones y, secundariamente, para habitar entre nosotros. No obstante, mientras que la permanencia en la tierra fue temporal con su cuerpo físico, su permanencia en los corazones de los hijos de Dios es eterna.
¿Qué ventaja habrían tenido los hombres si Dios se hubiera hecho carne para venir “entre ellos”, pero sin permanecer “en ellos”? Muchas personas, que vieron a Jesucristo de cerca, pero que no lo tenían en su corazón, le pidieron incluso que se fuese (por ejemplo, la población de los gerasenos, en el Evangelio de Lucas 8, 26-39).
La palabra “eskēnōsen”, “poner las tiendas”, o sea un concepto temporal, no está en conflicto con la interpretación de que el Verbo se encarnó para permanecer “dentro” de nuestros corazones. Durante nuestra vida terrena, de hecho, el Verbo temporalmente permanece en nuestros corazones, en nuestro cuerpo físico. Después de la Resurrección de los cuerpos, el Verbo permanecerá para siempre en el corazón de nuestro cuerpo glorificado.

Primera epístola a los corintios (3, 16):

¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Este hecho de que Jesucristo vive en nosotros y permanece en nuestros corazones es algo maravilloso. Una vez que aceptamos a Jesucristo, su Espíritu está en nosotros y no podemos volver atrás. Quien se convierte, sabe que Jesús está en él. Analicemos brevemente la palabra “nosotros” en la frase: “Y habitó entre nosotros”. Juan se incluye en el estrecho grupo de personas que inicialmente pudieron ver, escuchar y conocer a Jesucristo. Es un testimonio veraz, que estuvo con Jesucristo hasta su muerte en la cruz y lo vio luego varias veces con un cuerpo glorificado hasta la última aparición de Jesús hacia el final del siglo I, cuando fue escrito el Apocalipsis, en la isla de Patmos. Juan, escribiendo “entre nosotros”, se refiere también a otras personas: no solo a los Apóstoles, sino también a otros seguidores de Jesucristo como Esteban, Bernabé, Pablo de Tarso, Santiago el Justo, Nicodemo, María de Betania, Marta, María Magdalena, etc.; personas que, aun no haciendo parte del estrecho círculo inicial de los Apóstoles, habían acogido plenamente a Jesucristo en sus corazones.
La frase siguiente es: “Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”. Aquí Juan no escribe “vi” sino “vimos”. Obviamente, Juan se refiere a todas las personas que describe en el cuarto Evangelio a partir del decimonoveno verso del primer capítulo. El verbo “etheasametha” (contemplamos, vimos, del infinitivo “theasthai”) es usado veintidós veces en el Nuevo Testamento, pero nunca en relación con la visión espiritual (por ejemplo, Evangelio de Juan 1, 32; 1, 38; 4, 35; 6, 5; 11, 45). Juan usa este verbo para referirse a la visión real y no espiritual. Podría ser que Juan, utilizando este verbo, quería resaltar que Jesús verdaderamente apareció en la carne y no en el espíritu. El uso de esta palabra podría ser entonces una respuesta al docetismo, una forma de gnosticismo que sostenía la hipótesis de que Jesús no tuvo cuerpo ni naturaleza humana.
Sin embargo, según los especialistas Arndt y Gingrich (3), la palabra “etheasametha” significa no solo “ver físicamente”, sino también “mirar de modo estupefacto, ver percibiendo un hecho sobrenatural”. En efecto, en el verso 1, 32 del Evangelio de Juan:

También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él

En esta frase se utiliza “tetheamai”, primera persona de “theasthai”. Juan vio la paloma y se dio cuenta de que era el Espíritu Santo.
Por tanto, “vimos” se refiere a la visión física de un cuerpo físico, cuando se percibe que más allá de un cuerpo físico hay también un espíritu sobrenatural. El Apóstol y Evangelista Juan y otros vieron a Jesús físicamente, pero percibieron que era Dios encarnado. 
Analicemos ahora la frase: “Y vimos su gloria”. El verbo “etheasemetha” se refiere a la observación física, pero la palabra “doxa”, o sea “gloria”, se refiere a algo que no se puede ver, sino solo percibir o verificar. Normalmente, la palabra “gloria” se refiere a un solo acto glorioso si fue hecho por el bien supremo de la comunidad. Por tanto, un acto de altísima moralidad. Una persona gloriosa es entonces quien se sacrifica por un fin altísimo por el bien de todos. La palabra gloria es sinónimo también de consideración, reputación, grandeza, triunfo, esplendor, magnificencia. En el caso de Jesucristo, sus seguidores vivieron con él, vieron sus milagros, lo vieron dirigirse a los más humildes de una forma especial, lo vieron aceptar su condena a muerte de modo digno, lo vieron morir (Juan estaba bajo la cruz cuando Jesús expiró) y lo vieron luego resurgir de un cuerpo glorificado. Por todas estas razones, (obviamente la Resurrección es la más importante, pero no la única) se convencieron de su naturaleza divina, de verdadero Dios y verdadero hombre, y percibieron su gloria eterna. Jesús brillaba con luz divina y emanaba gloria eterna. Pero la gloria que percibieron los Apóstoles no era una gloria común, la que podría tener un grandísimo hombre, sino que era “gloria como del unigénito del Padre”. Era un esplendor, una luminosidad divina lo que ellos no veían, sino percibían. A tal propósito veamos algunos pasajes bíblicos donde se hace referencia a la gloria de Dios.

Éxodo (24, 17):

Y la apariencia de la gloria de Jehová era como un fuego abrasador en la cumbre del monte, a los ojos de los hijos de Israel

Éxodo (40, 34):

Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo

Números (14, 10):

Entonces toda la multitud habló de apedrearlos. Pero la gloria de Jehová se mostró en el tabernáculo de reunión a todos los hijos de Israel

Hay una enorme diferencia entre gloria celeste y gloria humana. En la frase:

Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre

Juan se refiere a la gloria divina de Jesucristo, a su sabiduría, gracia, santidad, sacralidad, a su amor infinito y a su concepción absolutamente divina. Cuando los Apóstoles percibieron esta gloria, se quedaron estupefactos. Cuando el hombre finito tiene contacto con el infinito no puede sino quedarse atónito. Por tanto, los discípulos de Jesús se dieron cuenta de que él no era solo un grandísimo hombre o un profeta de Dios, y lo reconocieron exactamente como “unigénito del Padre”. 
La palabra “monogenous”, o sea “unigénito”, y el pronombre “Patros”, o sea “Padre”, no están precedidos por ningún artículo. Sabemos que en griego la ausencia de artículo definido indica un concepto genérico y no particular. Por tanto, la traducción “gloria como de un hijo unigénito que viene de un padre” (o sus variantes) es completamente errada. Unigénito sin artículo se refiere al concepto último de Unigénito, o sea el Hijo de Dios, y Padre sin artículo se refiere al concepto último de Padre, o sea Dios.
Hay otro concepto muy importante, la frase “gloria como del unigénito del Padre” se refiere al hecho de que Jesucristo, o sea el Verbo encarnado, no tenía menos gloria que la de su Padre, Dios. Justamente la palabra “monogenees” (“monogenous” es el genitivo) indica la consustancialidad. El Logos eterno y, por tanto, también el Logos encarnado, tenían la misma “sustancia” del Padre. La calidad de la gloria del Hijo era, por tanto, exactamente igual a la gloria del Padre. Es esto lo que Juan quiere comunicarnos con su frase. En todo caso, de los versos precedentes y en particular del duodécimo, se deduce que solo quien ha acogido en su corazón a Jesucristo puede percibir su gloria. Quien no lo ha reconocido como el Verbo encarnado y su Salvador no podido siquiera percibir su gloria.
Hay otro punto muy importante por considerar al respecto del concepto de gloria de Cristo. De todo el Nuevo Testamento se deduce que el Verbo eterno hizo un acto de humildad máximo con la Encarnación. Jesucristo decidió humillarse viniendo entre nosotros. Veamos el pasaje correspondiente en la Epístola a los filipenses (2, 6-8):

El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz

De la frase “se despojó a sí mismo” se deduce que Jesucristo, viniendo a la tierra, renunció a algo. Sabemos que limitándose a sí mismo en el cuerpo humano de Jesucristo, el Cristo eterno renunció a la omnipresencia, pero en la frase de la Epístola a los filipenses parece que se estuviera refiriendo a otro tipo de renuncia.
Del análisis comparado de la Epístola a los filipenses y del Prólogo de Juan se deduce que, con la Encarnación del Verbo, Jesucristo cesó temporalmente de tener la gloria del Padre que tenía en su estado preencarnado. Esto no implica que Jesucristo haya temporalmente dejado de lado su Divinidad. Él era Dios y en ningún momento perdió sus atributos divinos (excepto la omnipresencia). 
Para entender el concepto de que Jesucristo renunció temporalmente a la gloria del Padre, consideremos el verso 17, 5 del Evangelio de Juan:

Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese

En este pasaje es evidente que Jesucristo tenía, en su estado preencarnado, un tipo de “gloria” con el Padre que no tenía cuando permaneció con nosotros en la tierra. Pero, ¿a qué tipo de gloria nos estamos refiriendo?
En griego, gloria se dice “doxa”, que deriva del verbo “dokein”, el cual puede significar: 1-apariencia en contraste con la verdad; 2- reputación, reconocimiento.
Con esta segunda interpretación, el significado de varios versos de la Biblia se aclara. Veamos a tal propósito la Epístola a los romanos (3, 23):

Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios

O sea: como pecaron, no son reconocidos por Dios, perdieron su reconocimiento. Aquí resulta claro que Jesús, al venir sobre la tierra, perdió temporalmente la gloria que tenía con el Padre. Por tanto, en ciertas situaciones, “gloria de Dios” se refiere a su esplendor, a su magnificencia, mientras que en otros casos se refiere a su reconocimiento.
Cuando Jesús vino a la tierra, perdió temporalmente su gloria o el reconocimiento del Padre. Ni siquiera el hombre redimido, o sea libre de pecado, quien reconocía plenamente a Jesucristo como su Señor y Salvador, podía tributar a Jesús el mismo honor, el mismo reconocimiento que Jesús tenía con el Padre en su estado preencarnado.
Para comprender este concepto podemos agregar que solo un científico en física puede reconocer plenamente la calidad de otro científico en física. La misma cosa para Jesús y el Padre. Como tienen la misma sustancia, solo el Padre podía reconocer y apreciar toda la gloria del Verbo, o sea del Cristo eterno, en su estado preencarnado. Jesucristo no pudo encontrar este pleno reconocimiento mientras estaba aquí entre los hombres, y esta es la razón por la cual deseaba volver a obtenerlo.
Regresando, sin embargo, a la gloria de Jesucristo, es importante resaltar que tanto en el decimocuarto verso del Prólogo como en el verso 17, 5 del cuarto Evangelio, está la palabra griega “para”. Esta preposición significa “al lado de”, “en comunión con”, “junto a”. Por tanto, se deduce que la gloria de Jesucristo no deriva del Padre. El Padre reconoció desde siempre la gloria del Hijo y el Hijo reconoció desde siempre la gloria del Padre.
Prácticamente, los discípulos de Jesús percibían su gloria, dándose cuenta de que era la misma gloria del Padre, y creyeron, por tanto, que contemplaban el unigénito del Padre. 
Analicemos ahora la última frase del decimocuarto verso: “Lleno de gracia y de verdad”. Notamos que esta frase debe relacionarse con la tercera frase del primer verso; veamos:

Y el Verbo era con Dios… lleno de gracia y de verdad

Cuando el Cristo eterno se hace hombre, Él se caracteriza por dos atributos principales: Gracia y Verdad. También el hombre puede hacer actos de gracia y puede testimoniar la verdad, pero solo Dios puede estar lleno de Gracia y de Verdad.
En toda la Biblia, los atributos de Dios son descritos numerosas veces: omnisciencia, omnipotencia, omnipresencia, infinita misericordia, infinita justicia. En este verso, y también en el decimoséptimo verso del Prólogo, encontramos dos atributos de Dios extremadamente importantes: Gracia y Verdad.
Sabemos que el objetivo principal de la misión de Jesucristo en la tierra fue la de perdonar todos los pecados y, por tanto, salvar al hombre (Evangelio de Juan 3, 16-17). La encarnación y la sucesiva muerte en cruz de Jesucristo fueron entonces actos de Gracia máxima. Es por Gracia que estamos salvados, por Gracia y fe. Por consiguiente, Jesucristo es la apoteosis de la Gracia. Vino a perdonar los pecados que se declararon como tal por su luz, la luz de la Verdad. El concepto de Verdad divina tiene muchos significados. Primero que todo, el de Verdad última, Causa Primera. Jesucristo mismo es la Verdad última. De hecho, Evangelio de Juan (14, 6):

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí

Pero la verdad se relaciona también con la justicia. Sin verdad no puede haber condena. Pero Dios es infinitamente misericordioso y prefirió ofrecer la Gracia en su hijo Jesús, que descendió entre nosotros, más que condenar desde lo alto. En el decimocuarto verso del Prólogo está entonces condensado el sentido de toda la Biblia. El verbo (Dios) se hizo carne con el objetivo de venir a expiar, o bien perdonar todos los pecados, muriendo sobre la cruz, dándonos así el máximo acto de Gracia posible. Lo hizo porque Dios es Verdad, o sea Justicia. Nadie hubiera podido salvarse solo, nadie habría podido expiar pecados infinitos contra Dios solo. Únicamente Jesucristo, la encarnación del Verbo, podía expiarlos con su sacrificio y entonces fue enviado. Dios, siendo infinitamente misericordioso, quiso perdonar todos los pecados. Pero Dios es también infinitamente sagrado, y no se puede llegar a su presencia manchados de pecado. Incluso una pequeña mancha, si no es perdonada, no permite al hombre poder obtener una Resurrección de vida. Dios es, además, infinitamente justo y debe poder condenar todos los pecados. La única solución a esta triple realidad de Dios (infinita misericordia, sacralidad y justicia) es el envío del Hijo, que debía expiar nuestros pecados sobre la cruz.
¿Por qué Juan puso la palabra gracia antes de la palabra verdad? No porque la gracia sea más importante que la verdad. Ahora tenemos la posibilidad de obtener la Gracia y obtener así el perdón cuando reconocemos que Jesús murió por nuestros pecados. De este modo, nuestros pecados nos son perdonados por él y nos convertimos en hombres justos, hombres verdaderos. Nuestro pecado se transfirió a él, quien lo expió con su muerte, y su justicia se transfirió a nosotros. Contemplamos entonces su verdad.
Quien, en cambio, no acepta a Jesucristo, no acepta su Gracia. Vendrá el día en el que no habrá más gracia y verdad, sino que habrá solo verdad. La verdad de los pecados de quien no acogió ni acogerá a Jesucristo será sacada a la luz y, por tanto, habrá condena eterna.
Hay un último concepto por añadir: la gloria del Cristo eterno en su estado preencarnado era grandiosa, magnífica. Sin embargo, el ápice máximo de su gloria, en referencia a nosotros los humanos, se dio cuando, después de la encarnación, Jesucristo murió por nosotros en la cruz, con su máximo acto de humildad, concediéndonos así la Gracia y la posibilidad de volvernos Hijos de Dios, de manera que nosotros pudiéramos obtener una gloria mayor de la que perdimos cuando pecamos siguiendo el acto de Adán. En otros términos, la gloria más alta de Dios es Jesucristo, y la gloria más alta de Jesucristo fue su humillación y la muerte en cruz por nosotros.
Para concluir, Juan afirma que el Verbo (Dios) se hizo carne, que habitó entre nosotros con el objetivo principal de expiar y, por tanto, perdonar todos los pecados. Además, Juan afirma que él y otros discípulos de Jesús pudieron percibir tres características de Jesucristo: la gloria, la gracia y la verdad. Pero aún más maravilloso es que Jesús mostró su compasión y su Gracia no solo a sus amigos, sino también a sus enemigos, a todos.

Yuri Leveratto

@2018

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com  

Bibliografía: Jesus era Dios? Spiros Zodhiates

Notas: 
1-http://yurileveratto1.blogspot.com/2016/04/el-objetivo-principal-de-la-mision-de.html 
2-La grammatica del Nuovo Testamento alla luce dell’investigazione storica, Doran, cuarta edición, pág. 586.
3-Lessico Greco-Inglese del Nuovo Testamento e altra letteratura cristiana primitiva, Un. Chicago, pág. 353.