domingo, 15 de abril de 2018

A lo suyo vino: análisis del undécimo verso del Evangelio de Juan


La preexistencia de Jesucristo nos fue descrita por el Apóstol Juan a partir del primer verso de su Prólogo. Es exactamente su preexistencia la que vuelve salvadora su misión sobre la tierra. Si Jesucristo, de hecho, no fuera Dios, preexistente con el Padre desde la eternidad, no habría podido perdonar todos los pecados sobre la cruz.
Veamos el undécimo verso del Evangelio de Juan:

A lo suyo vino, 
y los suyos no le recibieron

Veamos el correspondiente en griego:

Eis ta idia ēlthen kai hoi idioi auton ou parelabon

En el undécimo verso, Juan, cuando escribió “vino” usando el verbo griego ēlthen, se refiere a la encarnación. En el noveno verso había escrito:

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, 
venía a este mundo

En el undécimo verso, en vez de “venía” escribió “vino”, utilizando el tiempo aoristo e indicando un hecho definitivo de la historia. Durante mucho tiempo Cristo estaba llegando, estaba a punto de manifestarse. Luego, finalmente, vino.
Jesucristo no vino al mundo porque estaba obligado o porque debía venir. 
No fue un deber, fue el máximo acto de Gracia. 
No fue nuestro pecado el que lo obligó a venir entre nosotros, sino que fue un acto de Gracia.
Jesucristo “a lo suyo vino”. Esta expresión en griego es “Eis ta idia”.
Idios se refiere a algo que contrasta con la propiedad pública. Ta idia se puede traducir por su casa, su tierra, su propiedad. Esto nos hace ponderar y comprender que en realidad nosotros, los humanos, no somos dueños de nada sobre esta tierra.
Ta idia se puede interpretar de dos modos: el primero se refiere al planeta tierra y el segundo se refiere a la tierra de Israel.
Según la primera interpretación, Jesucristo considera que la tierra es su propiedad exclusiva. Jesucristo no le pidió a nadie el permiso de venir a su propiedad. A tal propósito vemos algunos versos bíblicos que corroboran este concepto:

Éxodo (19, 5):

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.

Levítico (25, 23):

La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo. 

1 Crónicas (29, 14):

Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos. 

Salmos (24, 1):

De Jehová es la tierra y su plenitud;
El mundo, y los que en él habitan.

Salmos (50, 10):

Porque mía es toda bestia del bosque,
Y los millares de animales en los collados.

Ezequiel (18, 4):

He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá.

El hecho de que Jesús viniera a lo suyo podría hacer pensar que en cierto sentido permaneció lejano de él por cierto tiempo. En el décimo verso se afirma que Cristo “estaba en el mundo”, mientras que en el undécimo verso se afirma que “vino a lo suyo” (el mundo, en el sentido de la tierra).
¿Hay contradicción entre los dos escritos?
No, ya que Cristo estaba en el universo en su estado preencarnado, espiritual y eterno, desde su creación. (Antes de la Creación, Cristo estaba en eterna comunión con el Padre, Evangelio de Juan 1, 2).
La frase “a lo suyo vino” (o sea el mundo terreno, el planeta tierra), se refiere a una manifestación particular y específica del Cristo eterno en el hombre Jesús. Por tanto, como Cristo eterno, él siempre estaba en el mundo; como hombre Jesucristo, a lo suyo vino, en el momento decisivo de la historia humana.
La segunda interpretación de las palabras ta idia es que su propiedad sea la tierra de Israel. Es indudable que en el décimo verso Juan nos comunica que Cristo estaba en el mundo, en forma espiritual, desde que lo creó. Se ocupó de su creación sosteniendo el universo y regulándolo con leyes armónicas.
Sin embargo, siguiendo la segunda interpretación, Cristo vino a una zona específica del mundo, Israel, la tierra de los judíos, el pueblo por él elegido en el Antiguo Testamento.
De manera que Israel y su pueblo fueron la puerta a través de la cual el Señor apareció al resto del mundo. Veamos dos citas bíblicas que confirman que Dios llama a Israel el pueblo elegido:

Éxodo, (19, 5):

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.

Deuteronomio (7, 6): 

Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra.

Deuteronomio (26, 18):

Y Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos;

Cuando Jesús vino al mundo, los judíos estaban bajo la dominación romana. Algunos de ellos esperaban que el Mesías fuera no solo el Salvador espiritual, sino también un liberador político y nacional. No consideraron que el Salvador hubiera venido a liberarlos a todos de la esclavitud del pecado y, por tanto, a anular toda injusticia. (Por tanto, vino también por los romanos).

Analicemos ahora la segunda parte del undécimo verso: “y los suyos no le recibieron”.
La llegada de Cristo a la tierra fue anunciada por aproximadamente trescientas profecías en el Antiguo Testamento. El Mesías era esperado, pero cuando finalmente llegó la hora, “los suyos no le recibieron”. Dios caminó sobre esta tierra, en forma humana en la persona de Jesucristo, pero quienes lo habían esperado no lo reconocieron ni acogieron.
“No lo reconocieron” se deduce del décimo verso, y como no lo reconocieron, no lo acogieron.
Esta frase “los suyos no le recibieron” es quizá la afirmación más dolorosa del Nuevo Testamento. A Jesús se le esperaba, pero no fue bienvenido.

Volviendo al tema de la Gracia, Jesucristo vino al mundo como un regalo para los seres humanos, y especialmente para los judíos. Fue como la lluvia después de un largo período de sequía.
A pesar de eso, no fue reconocido ni acogido. Es como si un hombre regresa donde su familia después de haber estado lejos y ni su esposa ni sus hijos lo reconocen.
Incluso si Jesucristo fue acogido por algunas personas (son descritas en el duodécimo verso), la mayoría de los hombres no lo acogió como Dios hecho hombre.

Yuri Leveratto
2016

Traducción de Julia Escobar Villegas

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