lunes, 16 de abril de 2018

Los hijos de Dios: análisis del duodécimo verso del Evangelio de Juan


Como habíamos visto en el undécimo verso de su Prólogo, Juan nos describe en sentido general la venida del Cristo eterno al mundo y el hecho de que no fuera acogido por su creación. En sentido más específico, se describe la misión de Jesucristo en su tierra, Israel, y el hecho de que no fuera acogido por su pueblo. En el duodécimo verso hay, sin embargo, una afirmación contraria y específica: se describe que algunas personas, no solo las pertenecientes a la nación israelita, lo acogieron, o sea lo reconocieron como el único Hijo de Dios.
Veamos el duodécimo verso del Evangelio de Juan:

Mas a todos los que le recibieron, 
a los que creen en su nombre, 
les dio potestad de ser hechos hijos de Dios

Veamos el correspondiente en griego:

hosoi de elabon auton edōken autois exousian tekna Theou genesthai tois pisteuousin eis to onoma autou

Mientras que en el undécimo verso está descrito un repudio general, en el duodécimo verso se describe la aceptación de Cristo por parte de diferentes personas en forma individual. La primera palabra griega que analizamos es “hosoi”, que se traduce “a quienes” o “a todos los que”. Este pronombre incluye la totalidad y la individualidad al mismo tiempo: la totalidad de quienes lo han aceptado y la individualidad de quien lo ha aceptado. La primera categoría de personas que lo han aceptado son quienes se convirtieron a Cristo, quienes creen que Él es el Hijo de Dios y que murió en la cruz por nuestros pecados. Estas personas se convierten en hijos de Dios.
Sin embargo, en el pronombre “hosoi” está incluido también el concepto de “individualidad”, ya que son las personas por sí mismas quienes aceptan a Cristo. Estas personas pueden ser de cualquier estrato social, origen o etnia. La puerta siempre estará abierta para quien quiera entrar. Cristo no es el salvador de un pueblo, sino que lo es de cada uno de nosotros en su intimidad e individualidad. Es el Salvador de todos quienes creen en su nombre.
Volviendo al pronombre “hosoi”, no hay nada en el duodécimo verso que haga entender que este se refiera solo a los judíos. Si así fuera, como Frederick Luis Godet (1) señala, habrían debido agregarse las palabras “ex autoon”, o sea “de ellos” y, de esta manera, el verso se leería “mas a quienes de ellos lo acogieron”. Por el contrario, “a quienes” es incondicional y, por tanto, no se refiere solo a los judíos, sino a todos.
Analicemos ahora la frase “mas a todos los que le recibieron”. A veces esta frase se traduce por “a quienes le acogieron”. En efecto, las palabras “recibir” o “acoger” son muy importantes en el Evangelio. Es evidente que Juan se refería a Jesucristo, el Verbo eterno, que entró en la historia con su Encarnación en el pueblo de Belén, en Judea.
¿Qué significa recibir o acoger a Jesucristo?
Según Juan, el Cristo eterno, antes de encarnarse en la persona humana de Jesús, era espíritu eterno, infinito, omnisciente y omnipotente. Cuando, por su propia voluntad, quiso limitarse a un cuerpo humano, no cesó de ser lo que fue siempre, desde la eternidad del pasado: el Cristo eterno espiritual. Acogiéndolo, recibimos su Espíritu, y de este modo Él ocupa plenamente nuestro ser. Cuando una persona recibe a Cristo es plenamente consciente de esto, y toda su vida cambiará para siempre. Es como si bebiera agua pura y fresca de una fuente de montaña. La serenidad, la paz y el amor serán parte de él por toda la vida.
En el undécimo verso se utiliza la palabra “parelabon”, traducida por “recibieron”. Veamos el undécimo verso del Evangelio de Juan:

A lo suyo vino, 
y los suyos no le recibieron

En el duodécimo verso se utiliza la palabra “elabon” que significa siempre “recibieron” o “han recibido”, pero respecto a “parelabon” indica una mayor actividad de parte de quien recibe.
Quien recibe el Espíritu de Cristo reconoce a Jesucristo como su Rey, Señor y Salvador. 
El verbo “elabon” (han acogido, han recibido) está en el segundo tiempo aoristo. El aoristo, incluso si está traducido en el tiempo pasado, se usa para considerar el pasado, el presente y el futro. En práctica, Juan nos está comunicando que hay personas que acogieron a Jesús durante su misión sobre la tierra, otras que lo acogieron hacia el fin del primer siglo, cuando Juan escribió su Evangelio, y habrá quienes lo acojan en el futuro. La salvación en Cristo no ha tenido nunca una limitación cronológica en el tiempo, sino que es una situación personal que cualquiera ha podido vivir y experimentar incluso antes de Cristo, ya que su luz eterna ha brillado desde siempre.
El proceso de recepción y acogida de Cristo en el corazón del hombre es, de todos modos, solo el inicio de un recorrido que terminará con el recibimiento que Cristo nos dará en su reino, el Reino de Dios. Desde cierto punto de vista, el hombre da un paso creyendo y acogiendo a Cristo en sí y Cristo luego acoge al hombre definitivamente en su Reino.
¿Por qué Juan no escribió: “a todos los que le recibieron como Salvador”? ¿Por qué escribió solamente “a todos los que le recibieron”?
Es evidente que el objetivo principal de la misión de Jesucristo sobre la tierra fue el de salvar a los seres humanos, o sea liberarlos del pecado. Lo hizo con su muerte vicaria en la cruz. En práctica, Jesucristo murió en nuestro lugar sobre la cruz y se sacrificó expiando así todos los pecados y, por tanto, perdonándolos. Veamos a tal propósito dos pasajes importantes del Evangelio de Mateo:

(20, 28):
Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos

(26, 27-28):
Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;
porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados

Sin embargo, si Juan hubiera escrito “a los que le recibieron como Salvador”, el hombre estaría autorizado a acoger a Cristo solo por un motivo egoísta, o sea para salvarse. Mas en Cristo no hay solo salvación, que de todos modos es determinante.
En Cristo hay también alegría, regocijo, dicha de vivir por él, poniendo en práctica y difundiendo el Evangelio. De esta manera, el hombre está recibiendo a Cristo y se convierte en un hijo de Dios.
Analicemos ahora la frase: “a los que creen en su nombre”. En realidad, esta frase está íntimamente conectada con la primera: “a los que le recibieron”.
Las palabras griegas “tois pisteuousin” significan “a los que creen”. El medio para acoger a Cristo es la fe, ya que una persona puede recibir a Cristo solo si cree en él. A tal propósito veamos este pasaje de la Epístola a los efesios (2, 8): 

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios

Tanto la Gracia como la fe son regalos de Dios que tienen el fin de que podamos recibir a Jesucristo.
Por tanto, la fe está en sintonía con la acogida de Cristo. Creer es recibir y recibir es creer. De hecho, las palabras griegas no son “tois pisteusasi” (o sea, “a los que han creído”) sino más bien “tois pisteuousin” (o sea, “a los que creen”). Además de eso, hay que subrayar que la fe no se manifiesta solo una vez, sino que es constante. El Apóstol Juan en su Evangelio utiliza noventa y nueve veces el verbo creer (pisteuein), pero ni siquiera una vez utiliza el sustantivo “el creer” o “la fe” (pistis). ¿Por qué?
Juan no describe nunca la fe como algo abstracto. Se refiere a la fe como algo que es parte del corazón humano. Quien cree es el hombre y en quien cree es Dios encarnado en un ser humano. Por tanto, en el momento que una persona cree, recibe a Jesucristo.
Muchas veces encontramos en el Nuevo Testamento la palabra “en el nombre de Cristo”. En el griego helenístico, la expresión “en el nombre de” era usada en el sentido tanto legal como comercial. A veces se decía “deposítalo a mi nombre” o “por mi cuenta”. También en el sentido comercial se utiliza la frase “firmar un cheque con el propio nombre”. La persona que recibe el cheque “ha tenido fe”, o sea “ha creído” que la persona que le ha dado el cheque tenía dinero en la cuenta y que ese dinero era suyo. La persona que ha recibido el cheque ha tenido fe en el nombre de la persona que se lo ha dado. 
La relación con Dios se puede resumir así: Dios es Vida y Luz. El hombre necesita la salvación, la vida eterna, pero solo a través de la Luz eterna de Cristo, y solo creyendo en el nombre de Cristo, el hombre puede llegar al Padre, a la salvación.
Juan nos ha descrito a Cristo como el Verbo eterno, la Vida y la Luz del mundo. Solo si creemos que Jesucristo es la encarnación de Dios, su nombre tendrá poder sobre nosotros y nuestros pecados serán perdonados. Si Jesús hubiera sido un simple hombre, no habría podido ser el Salvador del mundo.
Creer en “el nombre de Jesucristo” significa creer que él puede cumplir cualquier cosa, y especialmente significa creer que él puede perdonar nuestros pecados, volviéndonos así libres y, por tanto, salvándonos. Hay además una estrecha relación entre creer y recibir. Creer en el nombre de Cristo nos permite recibirlo. Esto hace que él se haga “nuestro”. ¡Cuántas veces hemos escuchado las palabras “Dios mío”! De esta manera, Jesucristo es nuestro y nosotros somos “de Cristo”. Si decimos “sí”, creyendo en el nombre de Jesucristo, nos convertimos en hijos de Dios y aceptamos también que él murió por nosotros, obteniendo así la redención de los pecados.
Ahora analicemos la frase: “les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. De esta frase se deduce que no todos los humanos son “hijos de Dios”. Son aquellos que lo acogen, que reciben a Jesucristo, quienes se convierten en “hijos de Dios”.
Primero que todo, esta frase significa que como el hombre puede volverse hijo de Dios, anteriormente a su conversión, no lo era.
Muchas personas creen hoy que todos los seres humanos son “hijos de Dios”. Llegan a esta conclusión errada ya que piensan que como Dios es el Creador, todos deberemos ser sus hijos. En cambio, el Evangelio de Juan es claro: somos todos creaturas de Dios, pero no todos somos “hijos de Dios”. El hombre fue creado inicialmente a imagen y semejanza de Dios, pero decidió seguir a Satanás y no obedecer a su Creador. Por tanto, el hombre prefirió convertirse en hijo del mal, en vez de en “hijo de Dios”.
Hay otros pasajes del Evangelio de Juan donde se evidencian estos conceptos. Veamos dos:
En la segunda parte del verso (8, 41), los interlocutores de Jesús dicen: 

Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios

Y Jesús afirma en el verso (8, 44):

Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira

Por tanto, si el hombre permanece en el pecado y en la desobediencia no es “hijo de Dios”, sino también un “hijo de Satanás”.

La segunda enseñanza que se puede extraer de la frase “les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” es que cualquier persona, incluso si ha vivido muchos años en el pecado, en el error y en las tinieblas, puede recibir a Cristo y puede ser acogido por Dios como hijo.
Obviamente, como se ha explicado antes, para poder recibir, debe creer.
El verbo utilizado es edōken (ha dado), que aparece en el tiempo aoristo. Incluso si el hombre ha dado la espalda a Dios, Dios, con Cristo, le ha dado la posibilidad de redimirse. Después de que el hombre ha dejado la casa del Padre, Dios no ha nunca cerrado la puerta, sino que la ha dejado abierta de manera que el hombre pueda tener la opción de volver.
Regresemos ahora a analizar la palabra edōken (o sea, ha dado). Esta palabra deriva de la misma raíz de las palabras dosis y dooron que significan “regalo”. Por tanto, la frase “ha dado” implica la noción de dar con generosidad y sin costo alguno. La actitud de Dios hacia nosotros y hacia nuestro estado pecaminoso es generosa. No importa cuál haya sido nuestro pecado. Puede también haber sido un pecado grave, pero la Gracia de Dios es más que suficiente para “cubrirlo”, “expiarlo”.
La palabra edōken se utiliza también en el verso (3, 16) del Evangelio de Juan:

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna

El hecho de que la Gracia de Dios no tenga costo, significa que nosotros no debemos “pagar” nada. El precio de nuestro pecado ya ha sido pagado por Dios mediante el sacrificio de su Hijo, Jesucristo, con su muerte en cruz. Veamos a tal propósito este pasaje de la Epístola a los romanos (6, 23):

Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro

La palabra exousian se traduce por “poder”. Este sustantivo deriva del verbo exesti que significa “está permitido”. Por tanto, exousian se refiere al permiso, al derecho, a la libertad y al poder de convertirse en “hijos de Dios”. En el permiso que Dios da al hombre de convertirse en su hijo, está incluida también la capacidad de poder convertirse. Este “permiso” o “derecho” se obtiene por Gracia por medio de la fe (Epístola a los efesios 2, 8).
Exousian es, por tanto, “derecho” y “poder”. Al hombre le es dado el derecho y el poder de convertirse en alguien que no era. El “hijo de Dios” es, por tanto, “una persona nueva”.
No es que para ser cristianos debamos cumplir determinados actos. Más bien, cuando nos volvemos cristianos, cuando nos convertimos en “hijos de Dios”, instintivamente realizamos actos cristianos (buenas obras). El verbo utilizado es genesthai (volverse, ser hecho) y no debe ser interpretado como si el hombre pudiera convertirse por su voluntad. Es Dios quien da esta capacidad, este poder, como se deduce también del decimotercer verso.
Genesthai es el infinitivo del segundo tiempo aoristo y se refiere a dos cosas.
La primera es el hecho definitivo del cambio que se efectuó en la persona convertida que se vuelve “hijo de Dios”. La segunda implica un fin: cuando alguien se convierte en “hijo de Dios” no es como obtener algo que luego se puede perder. Es obvio que para algunos el cambio de paradigma no es instantáneo, sino que es un proceso lento que da, de todos modos, la salvación.
Una vez que una persona se convierte en “hijo de Dios”, no puede volver atrás. No puede “perder la fe”. Puede volver a pecar, pero si la conversión era real, volverá siempre a Cristo.
Un tercer punto a analizar del verbo genesthai es el hecho de que la conversión no puede repetirse. Sucede una vez y para siempre. Una persona no puede convertirse en hijo de Dios muchas veces en su vida.
Por tanto, los convertidos en Cristo nacieron dos veces: la primera físicamente y la segunda espiritualmente, como se especifica en el Evangelio de Juan (3, 5):

Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

Hay una espléndida armonía entre genesthai y el sustantivo tekna (hijos). Tekna deriva del verbo tiktein, que significa generar, dar luz. Por tanto, cuando creemos en Jesucristo, somos creaturas nuevas. Veamos a tal propósito el siguiente pasaje de la Segunda Epístola a los corintios (5, 17):

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

Cabe notar que el Señor Jesucristo no es jamás llamado teknon Theou, o sea “un hijo de Dios”, sino siempre “ho huios tou Theou”, o sea “el Hijo de Dios”. Otras veces es llamado “ho huioss ton anthroopon”, o sea “el Hijo del Hombre”.
Esto porque la palabra teknon (hijo) no se aplica a Jesucristo, puesto que el Padre no ha nunca creado o dado a la luz al Hijo. Si así fuera, el Hijo no sería Dios, consustancial al Padre, sino que sería un ser creado y, por tanto, menor. Sin embargo, esto contradiría el primer verso del Evangelio de Juan:

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios

En la segunda frase del primer verso, “y el Verbo era con Dios”, notamos que el Verbo era en eterna comunión con Dios Padre desde siempre, desde la eternidad.
Teknon (hijo) indica derivación, mientras “huios” indica “eterna comunión” o “perfecta relación”.
En última instancia, cuando una persona se convierte en “hijo de Dios”, ocurre el ingreso de la naturaleza divina en la persona humana. La palabra teknon indica, además, la delicadeza y el amor con los cuales un Padre trata a sus hijos.
Juan nos quiere comunicar que creyendo y convirtiéndonos en “hijos de Dios” no solo obtenemos la salvación, sino que somos también amados profundamente por Dios. Llegamos así a sentir que realmente Dios es nuestro Padre.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas

domingo, 15 de abril de 2018

A lo suyo vino: análisis del undécimo verso del Evangelio de Juan


La preexistencia de Jesucristo nos fue descrita por el Apóstol Juan a partir del primer verso de su Prólogo. Es exactamente su preexistencia la que vuelve salvadora su misión sobre la tierra. Si Jesucristo, de hecho, no fuera Dios, preexistente con el Padre desde la eternidad, no habría podido perdonar todos los pecados sobre la cruz.
Veamos el undécimo verso del Evangelio de Juan:

A lo suyo vino, 
y los suyos no le recibieron

Veamos el correspondiente en griego:

Eis ta idia ēlthen kai hoi idioi auton ou parelabon

En el undécimo verso, Juan, cuando escribió “vino” usando el verbo griego ēlthen, se refiere a la encarnación. En el noveno verso había escrito:

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, 
venía a este mundo

En el undécimo verso, en vez de “venía” escribió “vino”, utilizando el tiempo aoristo e indicando un hecho definitivo de la historia. Durante mucho tiempo Cristo estaba llegando, estaba a punto de manifestarse. Luego, finalmente, vino.
Jesucristo no vino al mundo porque estaba obligado o porque debía venir. 
No fue un deber, fue el máximo acto de Gracia. 
No fue nuestro pecado el que lo obligó a venir entre nosotros, sino que fue un acto de Gracia.
Jesucristo “a lo suyo vino”. Esta expresión en griego es “Eis ta idia”.
Idios se refiere a algo que contrasta con la propiedad pública. Ta idia se puede traducir por su casa, su tierra, su propiedad. Esto nos hace ponderar y comprender que en realidad nosotros, los humanos, no somos dueños de nada sobre esta tierra.
Ta idia se puede interpretar de dos modos: el primero se refiere al planeta tierra y el segundo se refiere a la tierra de Israel.
Según la primera interpretación, Jesucristo considera que la tierra es su propiedad exclusiva. Jesucristo no le pidió a nadie el permiso de venir a su propiedad. A tal propósito vemos algunos versos bíblicos que corroboran este concepto:

Éxodo (19, 5):

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.

Levítico (25, 23):

La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo. 

1 Crónicas (29, 14):

Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos. 

Salmos (24, 1):

De Jehová es la tierra y su plenitud;
El mundo, y los que en él habitan.

Salmos (50, 10):

Porque mía es toda bestia del bosque,
Y los millares de animales en los collados.

Ezequiel (18, 4):

He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá.

El hecho de que Jesús viniera a lo suyo podría hacer pensar que en cierto sentido permaneció lejano de él por cierto tiempo. En el décimo verso se afirma que Cristo “estaba en el mundo”, mientras que en el undécimo verso se afirma que “vino a lo suyo” (el mundo, en el sentido de la tierra).
¿Hay contradicción entre los dos escritos?
No, ya que Cristo estaba en el universo en su estado preencarnado, espiritual y eterno, desde su creación. (Antes de la Creación, Cristo estaba en eterna comunión con el Padre, Evangelio de Juan 1, 2).
La frase “a lo suyo vino” (o sea el mundo terreno, el planeta tierra), se refiere a una manifestación particular y específica del Cristo eterno en el hombre Jesús. Por tanto, como Cristo eterno, él siempre estaba en el mundo; como hombre Jesucristo, a lo suyo vino, en el momento decisivo de la historia humana.
La segunda interpretación de las palabras ta idia es que su propiedad sea la tierra de Israel. Es indudable que en el décimo verso Juan nos comunica que Cristo estaba en el mundo, en forma espiritual, desde que lo creó. Se ocupó de su creación sosteniendo el universo y regulándolo con leyes armónicas.
Sin embargo, siguiendo la segunda interpretación, Cristo vino a una zona específica del mundo, Israel, la tierra de los judíos, el pueblo por él elegido en el Antiguo Testamento.
De manera que Israel y su pueblo fueron la puerta a través de la cual el Señor apareció al resto del mundo. Veamos dos citas bíblicas que confirman que Dios llama a Israel el pueblo elegido:

Éxodo, (19, 5):

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.

Deuteronomio (7, 6): 

Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra.

Deuteronomio (26, 18):

Y Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos;

Cuando Jesús vino al mundo, los judíos estaban bajo la dominación romana. Algunos de ellos esperaban que el Mesías fuera no solo el Salvador espiritual, sino también un liberador político y nacional. No consideraron que el Salvador hubiera venido a liberarlos a todos de la esclavitud del pecado y, por tanto, a anular toda injusticia. (Por tanto, vino también por los romanos).

Analicemos ahora la segunda parte del undécimo verso: “y los suyos no le recibieron”.
La llegada de Cristo a la tierra fue anunciada por aproximadamente trescientas profecías en el Antiguo Testamento. El Mesías era esperado, pero cuando finalmente llegó la hora, “los suyos no le recibieron”. Dios caminó sobre esta tierra, en forma humana en la persona de Jesucristo, pero quienes lo habían esperado no lo reconocieron ni acogieron.
“No lo reconocieron” se deduce del décimo verso, y como no lo reconocieron, no lo acogieron.
Esta frase “los suyos no le recibieron” es quizá la afirmación más dolorosa del Nuevo Testamento. A Jesús se le esperaba, pero no fue bienvenido.

Volviendo al tema de la Gracia, Jesucristo vino al mundo como un regalo para los seres humanos, y especialmente para los judíos. Fue como la lluvia después de un largo período de sequía.
A pesar de eso, no fue reconocido ni acogido. Es como si un hombre regresa donde su familia después de haber estado lejos y ni su esposa ni sus hijos lo reconocen.
Incluso si Jesucristo fue acogido por algunas personas (son descritas en el duodécimo verso), la mayoría de los hombres no lo acogió como Dios hecho hombre.

Yuri Leveratto
2016

Traducción de Julia Escobar Villegas