domingo, 5 de noviembre de 2017

La luz verdadera: análisis del noveno verso del Evangelio de Juan


En los primeros cinco versos del Prólogo al cuarto Evangelio, Juan ha descrito el Logos, el Verbo, Jesucristo. Ha resaltado su eternidad y lo ha definido Vida y Luz.
En el sexto y en el séptimo verso, el Evangelista ha presentado al hombre que ha testimoniado la llegada de Cristo, o sea Juan el Bautista. En el verso octavo, el Evangelista aclara definitivamente que no debemos confundir a las dos personas. Juan el Bautista fue un gran hombre; Jesucristo, siendo el Verbo encarnado, es eterno.
Del noveno al decimotercer verso, el Evangelista vuelve a describir el Verbo, el propósito de su misión y la acogida que algunos hombres le dieron.
Analicemos el noveno verso del Prólogo:

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, 
venía a este mundo.

Veamos su correspondiente en griego:

Ēn to phōs to alēthinon ho phōtizei panta anthrōpon erchomenon eis ton kosmon

Para comprender el noveno verso debemos, primero que todo, determinar su sujeto: el Verbo. Es como si dijera “el Verbo era la luz verdadera”.
Una vez más, el verbo utilizado aquí es “en”, que es usado varias veces para describir la eternidad de Jesucristo. Por tanto, es como si dijera “Jesucristo ha sido desde siempre la Luz eterna”.
Justo después está el adjetivo “verdadera”. La palabra griega es “aleethinon”, usada 22 veces en los escritos de Juan, pero solo 5 veces en el resto del Nuevo Testamento.
En este caso, “aleethinon” significa “genuina, perfecta”. No se debe confundir con “aleethees”, que significa “veraz”. Aquí Juan no estaba afirmando que Jesús se expresa de modo veraz, sino que Jesucristo es la luz genuina, perfecta, original, verdadera y no solo por su sustancia divina, sino por su eternidad.
Esto contrasta también con la luz de Juan el Bautista, quien no emitía luz propia, sino reflejada, temporal.
Todo esto, según el teólogo griego Spiros Zodhiates, tiene una relación con la doctrina de la salvación. Ningún hombre puede salvar, ya que ningún hombre puede expiar el pecado de otros. Solo quien es la Luz eterna, verdadera, perfecta y original puede salvar (puede, por tanto, dar la vida eterna), ya que es la esencia misma de la vida.
Analicemos ahora la frase “aquella que venía a este mundo”. ¿Por qué el Evangelista Juan escribió “venía” y no “vino”?
En realidad, Juan se refiere a algo que está por suceder. Usa el participio “erchomenon”. El Evangelista describe algo que está a punto de ocurrir. La eternidad estaba entrando en la historia, como se describirá en el decimocuarto verso del Prólogo.
“Erchomenon” significa “venía” e indica voluntariedad. Esta situación se diferencia de cuando un simple ser humano viene al mundo. Ningún ser humano viene de una existencia anterior. Cristo, en cambio, tuvo una existencia anterior, eterna, ya que existía desde siempre.
Pero, ¿cuál era el propósito de la llegada de la Luz verdadera al mundo? Analicemos la frase “que ilumina a cada hombre”. La palabra utilizada en el texto griego es “phōtizei”, que deriva de la palabra “phoos”, luz.
Es como si Juan nos hubiera querido comunicar que Jesucristo quiso hacerse hombre para ser uno de nosotros, iluminar nuestro camino tortuoso con su luz verdadera. El tiempo “phōtizei” está en presente indicativo.
Mientras “era”, en griego “en”, está en un “pasado eterno”, y “erchomenon” es un futuro inminente, “phōtizei” está en presente. ¿Por qué?
Se piensa que Juan quiso indicar en este verbo el pasado, el presente y el futuro, y que quiso enfatizar que la Luz eterna de Cristo iluminó a todos los seres humanos desde siempre en forma conocida, desconocida e incluso inconcebible.
En este sentido, la acción de Jesucristo se extiende en el pasado hasta los orígenes del hombre, y en el futuro hasta el fin de los tiempos. Esto se explica también con la revelación progresiva de la Biblia, la Palabra de Dios. Jesús apareció como un Ángel de Dios en el Antiguo Testamento, y ahora estaba a punto de aparecer en forma humana.
La aparición de Cristo en forma humana, sin embargo, no significa que su luz no iluminó a los hombres en el pasado. Y no significa que no iluminará a los hombres en el futuro. 
Regresemos al presente indicativo “phōtizei”, o sea “ilumina”.
Hemos visto que esta acción de la Luz eterna de Cristo se extiende en el pasado y en el futuro. El presente es, por tanto, el momento más apropiado para recibirla. Este concepto se deduce también de la Segunda epístola a los corintios (6, 2):

Porque dice: 
En tiempo aceptable te he oído, 
Y en día de salvación te he socorrido. 
He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.

Además, el tiempo presente indica que la Luz verdadera no es intermitente. No ilumina por un rato y luego se extingue. Su acción es constante, hasta el fin de los tiempos. Nadie, por tanto, puede culpar a Jesucristo por haberse perdido o por haber pecado contra Dios. La luz eterna y verdadera los ilumina a todos y para siempre.
Puede ser que la modalidad de la luz haya variado, pero desde siempre la Luz ha brillado, ha iluminado. 
A veces a través de la naturaleza, como se explica en la Epístola a los romanos (1, 19-21):

porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. 
Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. 
Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.

O a través de la consciencia, como se explica en la Epístola a los romanos (2, 14-16):

Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, 
mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, 
en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

O mediante la Encarnación y la revelación directa de Jesucristo.

El hecho, sin embargo, de que la Luz eterna de Cristo ilumina a cada hombre, ¿significa tal vez que Cristo los salva a todos automáticamente?
En el décimo, undécimo y duodécimo verso, Juan nos muestra dos distintas clases de personas. Aquellos que repudian a Cristo y aquellos que lo aceptan.
La luz eterna de Cristo se difunde en el espíritu de cada hombre, pero esto no significa que cada hombre la acepte y, por tanto, no significa que cada hombre se haya regenerado en el espíritu y, por tanto, salvado. La luz ilumina a cada hombre, pero no cada hombre la acepta.
La aceptación de la luz eterna de Cristo es el primer paso de la plena reconciliación del hombre con Dios.
Sin el descenso de la Luz verdadera del cielo, el hombre no podría reconciliarse plenamente con Dios. El descenso de la Luz es la Encarnación, que Juan describirá en el decimocuarto verso.
Cuando la Luz descendió entre nosotros, nos reveló nuestros pecados (los sacó a la luz). Nadie puede, por tanto, esconderse de la luz.
La Luz ilumina “a cada hombre”. En griego se utilizan los términos “panta” (todos, cada) y “anthroopon” (hombre).
Juan no escribe “pantas antrhroopous”, o sea “a todos los hombres”, sino que escribe “a cada hombre”.
El evangelista hace énfasis en los miembros individuales de la comunidad humana. No se refiere al conjunto de los hombres, sino “a cada hombre”. En efecto, Dios salva a personas, en su individualidad, no salva pueblos o grupos de personas.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Imagen: Cristo enseña a Nicodemo, Crijn Hendricksz Volmarijn

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