martes, 25 de julio de 2017

El Espíritu Santo es Dios



Muchas personas hoy tienen una idea confusa de la Trinidad y, en particular, del Espíritu Santo. Sin embargo, es innegable desde un punto de vista histórico que los Apóstoles, los evangelistas y los primeros cristianos divulgaron que Dios es uno, pero que su sustancia está presente en tres “Personas”. Uno de los ejemplos más utilizados para describir la Trinidad es el del sol. El sol es una estrella. Sin embargo, también es una estrella trina. ¿En qué sentido?
Está el sol, una esfera ardiente. Está la luz, con sus rayos que llegan hasta nosotros. Y está el calor que nos calienta y permite el crecimiento de las plantas. Sin la luz y el calor del sol, la vida en la tierra sería imposible.
Lo mismo es la resplandeciente Trinidad.
El Padre es como el sol. Jesucristo es la Luz, el rayo de Luz que llegó hasta nosotros. Cuando Jesús nos dejó, dijo que enviaría al Consolador, el Espíritu Santo. De ahí que el Espíritu Santo sea el calor, en el sentido que nos indica el camino correcto, nos enseña, intercede por nosotros.
Obviamente, el paralelo no es perfecto, justo porque nosotros, seres humanos, no podremos nunca comprender el misterio de Dios en su plenitud. Pero esto es lo que históricamente los Apóstoles nos transmitieron: Dios es uno en tres personas, cada una con personalidad distinta.
Empecemos analizando algunos pasajes donde la Trinidad es afirmada indirectamente. Veamos, ante todo, dos pasajes del Evangelio de Mateo (3, 16-17):

Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.
Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

En estos versos, no está solo el Hijo, Jesucristo, sino que también están el Espíritu y el Padre, en cuyas palabras hay una evocación al siervo de YHWH (Isaías 42, 1).
Veamos ahora otros versos del Evangelio de Mateo, donde Jesús ordena el bautizo en el nombre de la Trinidad (28, 18-20):

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

A pesar de que estos versos evocan claramente a la Trinidad, muchas personas, aun creyendo en la Divinidad del Padre y del Hijo, niegan que el Espíritu Santo sea Dios, niegan su Divinidad plena, y consideran que es una fuerza, un poder.
Primero que todo, el Espíritu Santo, en la fe cristiana, es Dios, pero es también una persona distinta del Padre y del Hijo. Tiene una personalidad propia, pero tiene la misma sustancia del Padre y del Hijo.
De los escritos neotestamentarios se deduce que los primeros cristianos lo adoraban y lo consideraban Dios, a la par del Padre y del Hijo.
Veamos ahora un pasaje de los Hechos de los Apóstoles (5, 3-4):

Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? 
Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.

En este pasaje se nota claramente que Pedro creía que el Espíritu Santo es Dios.
Empecemos a analizar algunos versos de los cuales se deduce que el Espíritu Santo es una “Persona”.
Los primeros cristianos creían firmemente que el Espíritu Santo es una “Persona”.
Primero que todo, porque el Espíritu Santo expresa un criterio propio: Hechos de los Apóstoles (15, 28):

Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias:

El Espíritu Santo demuestra intención: Epístola a los romanos (8, 27):

Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.

El Espíritu Santo demuestra voluntad: Primera epístola a los corintios (12, 11):

Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

El Espíritu Santo conoce cada cosa: Primera epístola a los corintios (2, 11):

Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo tiene emociones (amor, tristeza, alegría).
Epístola a los efesios (4, 30):

Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Primera epístola a los tesalonicenses (1, 6):

Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo,

El Espíritu Santo enseña y recuerda: Evangelio de Juan (14, 26):

Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

El Espíritu Santo testimonia: Evangelio de Juan (15, 26):

Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.

El Espíritu Santo guía a la verdad, Evangelio de Juan (16, 13):

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

El Espíritu Santo habla:
Evangelio de Juan (16, 13):

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

Hechos de los Apóstoles (8, 29):

Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro.

Hechos de los Apóstoles (11, 12):

Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un varón,

Primera epístola a Timoteo (4, 1):

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios;

El Espíritu Santo escucha: Evangelio de Juan (16, 13):

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

El Espíritu Santo anuncia el futuro: Evangelio de Juan (16, 13):

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

El Espíritu Santo prohíbe: Hechos de los Apóstoles (16, 6):

Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia;

El Espíritu Santo da vida: Epístola a los romanos (8, 11):

Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.

El Espíritu Santo revela:
Primera epístola a los corintios (2, 10):

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

Epístola a los efesios (3, 3-5):

que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu:

El Espíritu Santo conoce a profundidad: Primera epístola a los corintios (2, 10):

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

El Espíritu Santo promete: Epístola a los gálatas (3, 14):

para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.

El Espíritu Santo está en comunión con los creyentes: Segunda epístola a los corintios (13, 14):

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes.

El Espíritu Santo intercede: Epístola a los romanos (8, 26-27):

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. 
Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos. 

El Espíritu Santo guía:
Evangelio de Lucas (4, 1):

Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto

Epístola a los romanos (8, 14):

Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.

Solo una Persona puede llevar a cabo todas las actividades indicadas.
Una “fuerza” no podría.
Los Apóstoles, los evangelistas y los primeros cristianos señalaron también la personalidad dulce y gentil del Espíritu Santo, que puede sentirse maltratado. En aquel caso, el Espíritu Santo se retira, no impone nada. Veamos algunos versos al respecto:
Epístola a los efesios (4, 30):

Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Hechos de los Apóstoles (7, 51):

¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.

Primera epístola a los tesalonicenses (5, 19): 

No apaguen el Espíritu

En el Nuevo Testamento se indica que hay quienes pueden mentir al Espíritu Santo, o blasfemar contra él, pero que esto no será perdonado.
Hechos de los Apóstoles (5, 3):

Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?

Evangelio de Mateo (12, 31-32):

Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada.

De los libros del Nuevo Testamento, se deduce que el Espíritu Santo es Dios y que es una persona independiente del Padre y del Hijo.
En efecto, descendió sobre Jesucristo cuando este fue bautizado (Evangelio de Juan 1, 33).
El Evangelista Juan describió que el Espíritu Santo no había sido enviado aun porque Jesús no había sido todavía glorificado: Evangelio de Juan (7, 39):

Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Esto significa que el Espíritu Santo es distinto del Hijo, o sea, es independiente.
Veamos un pasaje que se refiere a la eternidad del Espíritu Santo: Epístola a los hebreos (9, 14):
¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

Veamos un pasaje que se refiere a la omnisciencia del Espíritu Santo:
Primera epístola a los corintios (2, 10):

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

Veamos un pasaje que se refiere a la omnipotencia del Espíritu Santo:
Evangelio de Lucas (1, 35):

Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.

Veamos un pasaje relativo a la omnipresencia del Espíritu Santo, Salmos (139, 7):

¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?

Veamos un pasaje que se refiere al poder creativo del Espíritu Santo, Génesis (1, 2):

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

De todo esto se deduce que el Espíritu Santo es Dios, co-igual y co-eterno con el Padre y el Hijo, pero al mismo tiempo es una Persona distinta del Padre y del Hijo. Tiene una personalidad propia.
¿Cómo se puede recibir al Espíritu Santo? Veamos ante todo este pasaje de los Hechos de los Apóstoles (2, 38):

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Por tanto, se indica expresamente que una persona, después de haber recibido a Jesucristo como su señor y Salvador y después de haberse hecho bautizar en el nombre de Jesucristo, recibe el Espíritu Santo.
Veamos también estos pasajes de la Epístola a los efesios (1, 13):

En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,

Por tanto, el Espíritu Santo se recibe cuando se acepta a Jesucristo como propio Señor y Salvador.
Se puede agregar que el Espíritu Santo es una persona dulce, gentil. No se impone nunca. Él desea ser nuestro amigo, pero la comunión con Él puede ocurrir solo si el hombre se abandona a Dios con humildad.
¿Cómo sabemos que somos Hijos de Dios? Es el Espíritu mismo quien lo confirma a nuestro espíritu. Veamos este pasaje de la Epístola a los romanos (8, 16):

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

Además, el Espíritu de Dios vive en el corazón de los hijos de Dios. Veamos el pasaje correspondiente: Primera epístola a los corintos (3, 16):

¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Cuando el Espíritu Santo vive en el corazón del hombre nuevo, del hombre renacido en Cristo, habrá cambios en su vida y en su comportamiento.
Primero que todo, el modo de hablar será diferente.
Epístola a los efesios (5, 19):

hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones;

En segundo lugar, el hombre renacido en Cristo tendrá gracias continuamente:
Epístola a los efesios (5, 20):

dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Además, el hombre renacido en Cristo estará “lleno de Espíritu”, Epístola a los efesios (5, 18):

No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu,

En este punto alguien podría preguntar cómo se puede estar llenos de Espíritu Santo. Según algunos, una prueba de tener el Espíritu Santo sería la de hablar diversas lenguas. Pero esto es solo uno de los dones del Espíritu Santo. Lo que necesita el hombre no son dones, sino a quien da estos dones. Los dones permanecen, pero quien da estos dones, el Espíritu Santo, podría irse si lo entristecemos.
Veamos a tal propósito estos versos de la Primera epístola a los corintios (12, 4-11):

Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. 
Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. 
Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. 
Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. 
Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu;
a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. 
A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. 
Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

En el momento en que aceptamos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, obtenemos al Espíritu Santo. El abandono total a Dios conlleva a la sumisión total a Él y, por tanto, a la comunión total con el Espíritu Santo.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas

Imagen: la paloma es uno de los símbolos del Espíritu Santo

domingo, 16 de julio de 2017

La Epístola a los romanos: la salvación es por sola Gracia mediante sola fe


La Epístola a los romanos fue escrita por Pablo de Tarso cuando él se encontraba en Corinto en el invierno entre el 57 y el 58 d.C. Como Pablo deseaba viajar a Roma, quiso presentar a los romanos un resumen del Evangelio, mostrando que Cristo es la única y la sola esperanza de salvación para todos los hombres sin distinción alguna entre los hebreos y los gentiles (los que no eran hebreos).
Ya en los versos (1, 16-17) se observa la síntesis de la enseñanza profunda de la Epístola a los romanos. Veamos los pasajes correspondientes:

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. 
Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.

En estos versos, Pablo de Tarso proclama que la salvación es un don de Dios. Un don inmenso, inconmensurable. Esta es ofrecida con la Gracia y hecha posible por el sacrificio de Cristo sobre la cruz, y es aceptada por medio de la fe, o sea el total abandono a Dios. La salvación no se obtiene entonces por el cumplimiento de la Ley mosaica, ya que quien respetara al pie de la letra los diez mandamientos seguiría siendo un pecador, y no se obtiene tampoco con las obras, ya que estas, incluso siendo grandes, no pueden ser comparadas con la vida eterna. La salvación viene solo de la fe en Cristo Jesús y en su sacrificio expiatorio sobre la cruz.
Este concepto está muy bien expresado en el cuarto capítulo de la Epístola a los romanos. Veamos los primeros pasajes (4, 1-12).

¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? 
Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. 
Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.
Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. 
Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.
¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión, o también para los de la incircuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia. 
¿Cómo, pues, le fue contada? ¿Estando en la circuncisión, o en la incircuncisión? No en la circuncisión, sino en la incircuncisión. 
Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado.

Como sabemos, la religión hebrea había creado un sistema de salvación mediante las obras. No solo obras buenas, sino ritos, liturgias y ceremonias (por ejemplo, el rito de la circuncisión). Según la religión hebrea (¡pero no según el Tanaj!), quien siguiera al pie de la letra aquellos ritos, obtendría la salvación.
El concepto que expresa el hebreo Pablo de Tarso está en cambio perfectamente de acuerdo con el Tanaj. En efecto, Pablo hace notar que Abraham no se había ganado la salvación a partir de obras meritorias, sino gracias a la fe. De hecho, leemos en el Génesis (15, 6):

Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.

Por tanto, según la Biblia entera, Dios no perdona al pecador con base en sus obras. Al contrario, Dios perdona al pecador con base en su fe en Él. Abraham fue redimido por la Gracia de Dios con base en su propia fe en Él antes de someterse al rito de la circuncisión. 
También David es perdonado por Gracia como él mismo escribe después de haber cometido varios pecados. (Salmo 32, 1-5):

Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad,
Y en cuyo espíritu no hay engaño.
Mientras callé, se envejecieron mis huesos
En mi gemir todo el día.
Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;
Se volvió mi verdor en sequedades de verano. 
Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.
Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová;

Continuemos analizando el cuarto capítulo de la Epístola a los romanos. Veamos el pasaje (4, 13-24):

Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe. 
Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa.
Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión. 
Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros.
(como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen.
El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia.
Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. 
Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; 
por lo cual también su fe le fue contada por justicia. 
Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación. 

El proyecto de Dios se desarrolla con Abraham mismo porque él es el hombre que tiene más fe en Dios, en el único Dios Trascendente. Abraham, por tanto, ya no es solamente el fundador de la nación hebrea, sino que es el antepasado de quienes creen ciegamente en Dios. De modo que por medio de esta fe el hombre cree que Dios puede hacer revivir a los muertos (verso 17), y es por medio de esta fe que el hombre no vacila (verso 20). Y es por medio de esta fe que los justos creen que Jesús murió por nuestros pecados y que resucitó de entre los muertos para nuestra salvación (versos 24-25). Un primer efecto de la Gracia de Dios es la paz interior. Veamos a tal propósito estos versos del quinto capítulo (5, 1-5):

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; 
por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. 
Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; 
y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; 
y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. 

Estos pasajes explican que el creyente está en paz, habiendo aceptado la Gracia. Si hubiera tenido que contar con las obras hechas por él, habría estado en perenne incertidumbre. Ahora, en cambio, el creyente está en paz con Dios, con sí mismo y con los demás, y el juicio de Dios ya no es una “pesada espada de Damocles que pende sobre su cabeza”.
El creyente que recibió la Gracia por fe es tan sereno que acepta incluso con serenidad las tristezas y las aflicciones de esta vida. Es más, Pablo de Tarso agrega que la aflicción produce paciencia, la paciencia produce experiencia y la experiencia genera la esperanza.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com