sábado, 3 de junio de 2017

La Epístola a los romanos: el pecado heredado es anulado por la Gracia



Hoy en día, algunas personas niegan el concepto del pecado heredado o pecado original. Sin embargo, es un hecho históricamente cierto que los judíos que vivieron antes de Jesucristo creían en el concepto del pecado heredado. Esto se deduce no solo de la caída del hombre, episodio narrado en el Génesis, sino también del Salmo (51, 1-19):

Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mi maldad,
Y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones,
Y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti solo he pecado,
Y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Para que seas reconocido justo en tu palabra,
Y tenido por puro en tu juicio.
He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve.
Hazme oír gozo y alegría,
Y se recrearán los huesos que has abatido.
Esconde tu rostro de mis pecados,
Y borra todas mis maldades.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
Y renueva un espíritu recto dentro de mí.
No me eches de delante de ti,
Y no quites de mí tu santo Espíritu.
Vuélveme el gozo de tu salvación,
Y espíritu noble me sustente.
Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos,
Y los pecadores se convertirán a ti.
Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación;
Cantará mi lengua tu justicia.
Señor, abre mis labios,
Y publicará mi boca tu alabanza.
Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría;
No quieres holocausto.
Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
Haz bien con tu benevolencia a Sion;
Edifica los muros de Jerusalén.
Entonces te agradarán los sacrificios de justicia,
El holocausto u ofrenda del todo quemada;
Entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.

Específicamente del verso (51-5: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”), se nota que los judíos creían que el pecado se transmitía de padres a hijos. Además, en todo el Antiguo Testamento se describen sacrificios animales para expiar “temporalmente” el pecado. 
Pablo de Tarso, en la Epístola a los romanos, retoma este concepto y lo desarrolla con el fin de resaltar el valor del sacrificio de Jesucristo. Veamos los siguientes pasajes de la Epístola a los romanos (5, 12-21):

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado.
No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.
Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo.
Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación.
Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.
Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.
Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.
Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.

Vemos, por tanto, que para Pablo de Tarso el pecado se difundió después de la caída del hombre. Esto se deduce especialmente del verso (5, 12):

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

El pecado de Adán puede ser visto también como el primer acto de falta de humildad que fue cometido con el propósito de rebelársele al Padre, al Creador. Un acto de pedantería, con el cual Adán pensó que podía arreglárselas “solo”.
No obstante, a partir del verso (5, 15), Pablo de Tarso indica la solución que Dios propuso para la salvación del hombre. El envío del hijo y su muerte en cruz para expiar todos los pecados son el máximo acto de Gracia, suficiente para “cubrir”, o sea anular el pecado de Adán y todos los pecados de la humanidad.
Pablo de Tarso indica que si por una sola transgresión el pecado se difundió por toda la humanidad, por un solo acto de justicia (la expiación de los pecados de parte de Cristo), el perdón que da la vida se extendió a toda la humanidad. Obviamente, para ser salvados hay primero que arrepentirse de los propios pecados y aceptar el sacrificio del Hijo. La Gracia, ofrecida al hombre como un don maravilloso, que la recibe por fe, es entonces suficiente para anular el pecado heredado.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas

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