miércoles, 10 de mayo de 2017

La Epístola a los Romanos: la religión no salva al hombre


En el segundo capítulo de la Epístola a los romanos, del verso doce al dieciséis, Pablo de Tarso describe que la Ley de Dios es conocida por toda la humanidad. En los versos sucesivos, el Apóstol de los gentiles desarrolla el concepto de que la religión, entendida como una serie de actos, ritos, ceremonias y liturgias, no puede salvar al hombre que, en cambio, es salvado por Gracia de Dios por medio de la fe (Epístola a los Efesios 2, 8). 
Veamos un primer, significativo pasaje (Romanos 2: 17-24):

He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros

En estos versos, Pablo de Tarso hace notar que los israelitas, que incluso habiendo recibido una sólida educación basada en los principios de la Biblia, vivían en una sustancial incoherencia. Muchos de ellos, en efecto, se lucraban con la usura, con el comercio ilegítimo, y sin embargo se jactaban de ser los portavoces del único y verdadero Dios. En práctica, Pablo de Tarso describe una sustancial hipocresía de los israelitas, que fue ya denunciada por Jesucristo en la parábola del fariseo y del publicano (Evangelio de Lucas 18, 10-14).
Veamos ahora los pasajes sucesivos (Epístola a los romanos 2, 25-29):

Pues en verdad la circuncisión aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión viene a ser incircuncisión. Si, pues, el incircunciso guardare las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión como circuncisión? Y el que físicamente es incircunciso, pero guarda perfectamente la ley, te condenará a ti, que con la letra de la ley y con la circuncisión eres transgresor de la ley. Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.

Aquí Pablo de Tarso se refiere al rito de la circuncisión declarando abiertamente que esta no da la salvación. Este concepto podría ser aplicado también a los cristianos no judíos. Los primeros cristianos consideraban el bautismo como un rito necesario, pero no suficiente para la salvación. Para ellos, en efecto, la salvación se daba solo a partir del arrepentimiento de los propios pecados y de la fe en Jesucristo y en su sacrificio en la cruz.
Hoy muchas personas viven su fe reconociéndose en una religión y pensando que, después de haber cumplido ciertos ritos y ceremonias, podrán acceder a Dios. Pablo de Tarso, en cambio, es muy claro: ninguna “religión” puede salvar al hombre. Ningún conjunto de ritos, ceremonias y liturgias puede llevar al hombre en presencia del Padre, menos aún si su comportamiento es hipócrita y no lleva a un verdadero cambio interior. Pablo de Tarso declara abiertamente que la salvación se obtiene abriendo las puertas del propio corazón a Jesucristo, y recibiéndolo como propio Señor y Salvador. 

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Imagen: uno de los frescos más antiguos de Pablo de Tarso hallado en una iglesia en los alrededores de Éfeso, que se remonta al siglo IV d.C.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El origen de la vida: análisis del cuarto verso del Evangelio de Juan


En los primeros tres artículos del estudio que he hecho sobre el Prologo del Evangelio de Juan, evidenciamos que el Apóstol se concentró en comunicarnos la esencia misma del Verbo, la Palabra, el Logos eterno. Juan nos explicó la absoluta consustancialidad del Verbo con Dios Padre, y nos describió que el Verbo es el Creador de todas las cosas. Analicemos ahora el cuarto verso del Evangelio de Juan:

En él estaba la vida, 
y la vida era la luz de los hombres.

Veamos la pronunciación correspondiente en griego:

En autō zooee ēn kay hē zooee ēn to phoos tōn anthropon

Observemos que el sujeto de la primera frase es “la vida”. Juan aquí no se refiere a la vida creada, sino al concepto absoluto de la vida. Este concepto absoluto pertenece solo a Dios. El otro concepto de vida es la vida relativa de los seres vivientes, que fueron creados por Dios y que de Dios dependen. Naturalmente, Juan, después de habernos revelado en el tercer verso que “todas las cosas por él fueron hechas”, nos dice que “en él estaba la vida”. Obviamente, Juan, cuando escribe “él”, se refiere al Verbo, o sea al estado pre-encarnado de Jesucristo. Observemos que Juan no escribe “con él estaba la vida”, sino “en él estaba la vida”. La vida, por tanto, no era algo eternamente existente e independiente del Verbo, sino que más bien era algo completamente dependiente de él, desde siempre, desde la eternidad del pasado. Observemos además el uso del verbo ēn, con el cual Juan nos quiere comunicar que no ha existido nunca un solo instante en el cual el Verbo no tuviera vida en sí. Con este verbo, Juan nos quiere indicar que la vida que estaba ínsita en el Verbo no era como la vida que tenemos nosotros los seres humanos. Para nosotros, hubo un tiempo (antes del nacimiento) en el cual no teníamos vida, mientras él era la vida, desde siempre. A tal propósito, veamos un pasaje del Evangelio de Juan donde Jesucristo mismo corrobora este concepto. Evangelio de Juan (14, 6):

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Por tanto, para Jesucristo, la vida no es una cualidad externa, sino que es parte de la esencia misma de su persona. Es él el Creador, el autor de la vida. El hombre puede construir cohetes para explorar la inmensidad del cosmos, pero no puede crear la vida desde cero. Puede solo utilizar y modificar células o aminoácidos ya existentes y ya “en vida”, pero no puede crear realmente la vida. El hombre quisiera hacerlo, pecando de sabiondez, pero no puede, ya que para el hombre la vida es algo externo que no le pertenece.
Analicemos ahora la palabra “zooee” que se traduce en italiano por “vida”. Hay algunas palabras que derivan de “zooee”; por ejemplo, zoología, o sea el estudio de los animales, que son seres vivientes. En práctica, “zooee” es la vida física, o bien, lo que tenemos cuando no hemos muerto.
En griego existen dos términos que se refieren a la vida: “zooee” y “bios”, del cual derivan las palabras biografía, biología. La diferencia entre estos dos términos es que zooee se refiere al principio vital, mientras que bios se refiere al periodo vital de un ser viviente, o sea, a su vida física. Esta consideración sirve para entender que Juan, usando la palabra “zooee”, quería indicar que el Verbo (Jesucristo) era la vida misma y que no podría hacer lo que hizo (o sea “todo”, tercer verso del Prólogo) si la vida no hubiera estado en él.
A pesar de eso, en los escritos de Juan, zooee significa también “vida espiritual”, del mismo modo que la palabra “muerte” es usada para describir la condición pecaminosa del hombre. La “vida” es entonces entendida como “vida espiritual” opuesta a la “muerte espiritual”. En la vida del hombre pecador y no renacido están el pecado y la muerte, mientras que después de la muerte física del hombre que ha renacido en Cristo están la santidad y la vida, la verdadera vida.
La vida espiritual es la descrita por Juan en la segunda parte de este verso, y quien la acepta, renace en Cristo y, por tanto, entra en la “verdadera vida”.
Aquí nos encontramos de frente a las dos palabras “vida” citadas en el cuarto verso. Pero mientras el primer término no está precedido por un artículo, el segundo término está precedido por el artículo hē.
¿Por cuál motivo se omite el artículo en la primera frase? El experto en lengua griega William Edward sostiene que la omisión del artículo señala que la ausencia de definición o limitación se refiere al carácter general del término (1).
En la primera frase, entonces, cuando Juan omite el artículo, nos dice que la vida era una de las características generales del Verbo, o sea de Jesucristo en su estado pre-encarnado. En Jesucristo, por tanto, siempre existió la vida, mientras el hombre, en cambio, nace físicamente con vida, pero espiritualmente está muerto, hasta que no acepta “la vida”, o sea a Jesucristo como su único Señor y Salvador.
Es como si la vida de Dios fuera puesta a disposición del hombre. De ahí que en la segunda parte del cuarto verso Juan inserte el artículo antes de la palabra “vida”, y lo hace porque en este caso no se refiere ya a un concepto absoluto y general, sino más bien a uno tangible y particular que el hombre puede aceptar. En práctica, la vida de Cristo puede pertenecer al hombre; la verdadera vida puede pertenecer al hombre por medio de la fe en Jesucristo. Veamos, a tal propósito, algunos pasajes del Evangelio de Juan:

(6, 47)
De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.

(6, 53)
Entonces Jesús les dijo: “En verdad les digo, que si no comen la carne del Hijo del Hombre y beben Su sangre, no tienen vida en ustedes”.

Concentrándonos en el significado espiritual del término “vida”, vemos que cuando el creyente acepta a Jesucristo como su único Señor y Salvador, la vida de Jesús se vuelve su vida. La nueva vida del cristiano no es una simple repetición de ciertos ritos y/o celebraciones, sino que implica un total cambio de paradigma (Evangelio de Juan 21, 6). Por tanto, cuando aceptamos a Jesucristo, no solamente iniciamos una fase de nuestra vida, sino que obtenemos la “verdadera vida”, o bien, renacemos. A tal propósito veamos un pasaje de la Epístola a los Gálatas de Pablo de Tarso (2, 19-20):

Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Analicemos ahora la segunda frase del cuarto verso:

y la vida era la luz de los hombres.

Ya hemos visto que en esta segunda frase la palabra “vida” se refiere a la vida espiritual, a la que podemos obtener con la conversión, o sea con la aceptación de Jesucristo como nuestro único Señor y Salvador. Sin embargo, notemos que Juan introduce otra palabra: “phoos”, o bien, luz.
¿Qué es la luz? Está la luz física, la creada por Dios (Génesis 1, 3), y está la luz espiritual, a la cual Juan alude en este caso.
La vida y la luz están presentes en esta segunda frase del cuarto verso en sentido espiritual. Solo una persona viva espiritualmente puede sentir la verdadera luz, que es el Señor. Entonces Juan nos quiere comunicar que el hombre, si quiere percibir la verdadera luz, debe primero tener la vida, o sea haber renacido. Sin la vida de Dios, el hombre estará siempre en la oscuridad completa y, por tanto, no podrá nunca percibir la verdadera luz. Cabe notar que está el artículo antes del término “luz”; por tanto, Juan se refiere a un concepto que el hombre puede llegar a concebir.
Inicialmente, la luz de Dios en su plenitud fue puesta a disposición del hombre, pero el hombre, con el pecado original, perdió esta posibilidad y decidió pecar, o sea, cumplir el primer acto de no humildad, escogiendo así la oscuridad. El envío del Hijo a la tierra sirvió para dar la oportunidad al hombre de volver a tener la posibilidad de percibir la luz. Sin embargo, antes de percibir la luz, el hombre debe obtener la vida, creyendo en el sacrificio del Hijo de Dios para la salvación de la humanidad.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Bibliografía: Spiros Zodhiates, Cristo era Dios?

Notas: 
1-Gramatica del idioma griego, Vol. 2, pag. 124