miércoles, 18 de mayo de 2016

Jesucristo venció el pecado y la muerte



Este escrito está dedicado a los agnósticos, a los musulmanes, a los budistas, a los hinduistas, a los nueva era y a todas las personas que piensan salvarse a través de la misericordia de Dios o que piensan que, después de la muerte, Dios hace un balance de las acciones buenas y malas cometidas, y si las buenas prevalecen, creen que podrán llegar a su presencia.
Primero que todo explicaré por qué Jesucristo murió en la cruz, y luego demostraré que con los otros tipos de fe o filosofías no es posible llegar a la presencia de Dios.
Para comprender por qué Jesucristo murió en la cruz, hay que hacer una premisa y describir el evento bíblico de la creación del hombre, así como es narrado en el Génesis.
Según el primer libro de la Biblia, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios:
(Génesis 1, parte del verso 26):

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen,conforme a nuestra semejanza

Esto significa que el hombre fue hecho inmortal y sin pecado, a imagen y semejanza de Dios.
Después de la creación del hombre, Dios le permitió vivir en paz y en abundancia, pero le indicó que si comía el fruto de un árbol particular, moriría. Veamos los pasajes correspondientes, Génesis (2, 16-17):

Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; 
mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. 

Luego Satanás, bajo forma de serpiente, tentó al hombre contándole la siguiente mentira, Génesis (3, 4-5):

Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.

A continuación, el hombre, desobedeciendo a Dios, cometió el pecado. Es el primer acto de pedantería, de no humildad cometido por el hombre. El primer acto con el cual el hombre demuestra querer ser igual a Dios.
Después de este acto, el pecado se introdujo en la mente humana y causó la proliferación del mal.
Pero hay otro punto importante del Génesis para comprender por qué Jesús murió en la cruz. En cierto momento Dios se dirige a la serpiente y dice, Génesis (3, 14-15):

Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.

La estirpe de la mujer es Jesucristo, el cual vencerá el pecado, y por tanto derrotará a Satanás en la cruz.
Durante los siglos siguientes, los judíos expiaban temporalmente los pecados por medio de la matanza de animales (por lo general, corderos o carneros). ¿Por qué se realizaban esos sacrificios? El pecador veía morir a un animal del propio rebaño, un animal inocente que moría para expiar su pecado. Estos sacrificios eran repetidos para recordar los pecados, más que para quitarlos. Veamos a tal propósito este pasaje de la Epístola a los Hebreos (10, 1-4):

Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. 
De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. 
Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.

Estos sacrificios, por tanto, anticipaban la remisión definitiva de los pecados que se efectuaría por Dios encarnado, o sea por Jesucristo, en la cruz. En efecto, durante el período del Antiguo Testamento, los judíos sabían que solo Dios podría perdonar los pecados; veamos a tal propósito este verso de Isaías (1, 18):

Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. 

Y también cuando Jesús dijo, Evangelio de Marcos (2, 5):

Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. 

Los escribas respondieron, Evangelio de Marco (2, 7):

¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? 

Varios profetas, durante el Antiguo Testamento, habían predicho la misión salvadora del Hijo de Dios, como por ejemplo Isaías (53: 3-9):

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. 
Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. 
Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. 
Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. 
Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. 
Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.

Cuando el Verbo se encarnó en el vientre de una mujer santa, María, entonces vino a la luz el Salvador del mundo, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Su objetivo principal sobre la tierra fue el de “quitar el pecado del mundo”. En efecto, Evangelio de Juan (1, 29).

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 

Pero, ¿cómo pudo, un hombre, aún si era perfecto, perdonar el pecado de toda la humanidad?
Primero que todo debemos recordar que Jesús fue tentado por Satanás. También Adán y Eva fueron tentados y cayeron. Pero Jesús fue tentado y no cayó. No pecó. 
Jesús, siendo la encarnación del Verbo, es verdadero Dios y verdadero hombre. Vino en forma humana porque como hombre pudo sufrir sobre la cruz, pero como Dios pudo perdonar todos los pecados. Precisamente todos, desde el pecado de Adán hasta el fin de los tiempos. Recordemos que solo Dios puede perdonar los pecados, Evangelio de Marcos (2, 7), pero recordemos también que Dios dijo, en el Jardín, Génesis (2, 17):

mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. 

Es como si Dios hubiera dicho: “si me desobedeces, o sea si pecas, ciertamente morirás”.

Pablo de Tarso retomó esta frase de Dios y escribió en la Epístola a los Romanos (6, 23):

Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. 

Por tanto, vemos que Dios, siendo infinitamente misericordioso, quiso perdonar todos los pecados. Pero Dios es también infinitamente sagrado, y no se puede llegar a su presencia manchándose de pecado. Incluso una pequeña mancha, si no es perdonada, no permite al hombre poder llegar a la presencia de Dios.
Dios es también infinitamente justo y debe poder condenar todos los pecados. La única solución a esta triple realidad de Dios (infinita misericordia, sacralidad y justicia) es el envío del Hijo, que tenía que expiar nuestros pecados en la cruz.

Por lo tanto Dio ha enviado su unico Hijo, Jesúcristo, para que todos los pecados fuesen imputados a el y para que el muriera en nuestro lugar, Segunda de Corintios, (5,21):

"Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él"

Recordemos, sin embargo, que según la Epístola a los Hebreos (9, 22):

Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.

Jesucristo, por tanto, para poder perdonar todos los pecados, tenía que morir derramando su sangre.
¿Cómo es posible que nosotros obtengamos el perdón de nuestros pecados por medio de la sangre de Jesucristo?
Siendo él Dios, es omnisciente, por tanto, en la cruz, él veía cada pecado pasado, presente y futuro. Su sacrificio, siendo un sacrificio de valor infinito, (Dios es infinito), bastó para “quitar”, o sea perdonar, cada pecado cometido en la tierra hasta el fin de los tiempos.
Nosotros obtenemos el perdón de nuestros pecados si nos arrepentimos y si reconocemos que Jesucristo expió nuestros pecados en la cruz por nosotros. En práctica, la justicia de Jesús fue dada a quien cree en él, a quien fue justificado por él, y el pecado de quien cree en él fue trasferido sobre él en la cruz. Es el sacrificio final y perfecto.
Ahora analicemos la derrota de Satanás. Jesús había sido tentado en el desierto, pero no sucumbió. Cuando Jesús estaba en la cruz, Satanás lo tentó por última vez, intimándolo a que descendiera de la cruz. En efecto, Evangelio de Marcos (15, 31-32):

De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a otros, con los escribas: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos”. También los que estaban crucificados con él le injuriaban.

Si Jesús hubiera bajado de la cruz, hubiera sido una derrotada para él y una victoria para Satanás. En efecto, Satanás quería que el pecado no fuera anulado y que Jesús no expiara todos los pecados con su sangre. Pero Jesús no bajó de la cruz y quiso obedecer al Padre hasta lo último, hasta su muerte en la cruz. Antes de morir, dijo, Evangelio de Juan (19, 30):

Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: “Consumado es”. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.

¿Qué significa esta frase? Jesús estaba listo para morir y expiar todos los pecados del mundo. Justo en el instante de su muerte, Satanás fue vencido para siempre. El pecado introducido por Satanás en el mundo había sido vencido, vencido con la muerte de Jesús. La muerte en la cruz de Jesucristo fue la victoria final sobre el pecado y sobre Satanás. En aquel momento, Jesús hirió en la cabeza a Satanás como había sido anticipado en el Génesis (3, 14-15).
Tres días después, Jesús resucitó de entre los muertos. Por tanto, además del pecado vencido con su muerte, Jesús venció la muerte con su Resurrección.
Por consiguiente, cualquiera que tenga la pretensión de llegar a la presencia de Dios sin obtener el perdón de los pecados por Dios mismo, basándose solo en la justicia o en sus buenas obras, no podrá hacerlo, porque todos somos pecadores e incluso el pecado más mínimo, si no está lavado por la fe de que Jesús lo quitó, impide el acceso al Padre, porque Dios es infinitamente sagrado.
De modo que ninguna otra fe ni filosofía alguna nos permite a nosotros, los seres humanos, poder ser lavados del pecado. Con la misericordia de Dios, como creen los musulmanes, no es posible. A través del nirvana, al cual se llega después de numerosos renacimientos o reencarnaciones, no es posible, porque la reencarnación, en vez de resolver el problema del pecado, lo multiplica al infinito. En efecto, si uno cometió un pecado, en la próxima vida tendrá que ser la víctima del mismo pecado, de manera que se necesita otro pecador, y así. 
La única forma de poder llegar a la presencia de Dios es a través de Jesucristo. En efecto, él dijo, Evangelio de Juan (14, 6):

Jesús le dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

martes, 10 de mayo de 2016

Consideraciones sobre el Antiguo Testamento y sobre la misión de Jesucristo, el Hijo de Dios


No es una novedad que haya personas que nieguen la veracidad de la Biblia y que Jesucristo sea el hijo de Dios. Muchas lo niegan porque están impulsadas por el anticlericalismo; otras, en cambio, lo niegan porque el mensaje de Jesucristo fue un mensaje exclusivo. En práctica, él declaró en modo solemne ser el hijo de Dios (Evangelio de Marcos, 14, 62) y declaró ser la Verdad y que solo por medio de Él se va hacia el Padre (Evangelio de Juan 14, 6):

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. 

Estas, naturalmente, son frases inauditas que ningún ser humano había dicho antes de él.
Algunas personas se sienten inconformes con la revelación de Dios al mundo. Otras están todavía resentidas con Dios, por alguna razón. Por tanto, lo niegan, pero no se dan cuenta de que al negarlo, lo están afirmando. Niegan a Jesucristo por cualquier medio. Algunas afirman incluso que no existió nunca (es la teoría del “mito de Jesús”). Esta estrategia, sin embargo, no ha dado frutos, ya que los testimonios sobre la historicidad de Jesús son tantos que hoy ningún historiador serio avala esta extraña teoría.
Otras afirman que era un revolucionario armado, y se ilusionan con derribar a Jesucristo con los mismos Evangelios. Pero tampoco esta estrategia ha tenido éxito.
Hay quien, en cambio, adopta una estrategia más sutil y astuta, y retoma las antiguas tesis de los gnósticos del segundo siglo de nuestra era, que no negaban la existencia de Jesucristo, sino que afirmaban que él era un gran sabio y que, sin embargo, no era el Hijo de Dios. Según esta tesis, no habría podido “quitar el pecado del mundo” (Evangelio de Juan 1, 29) y naturalmente no habría podido resurgir de entre los muertos al tercer día. Para mostrar a Jesucristo solo como “gran sabio”, pero no como el Hijo de Dios (que, de otra parte, son las tesis del deísmo y de la masonería), se sigue también otra vieja tesis del gnosticismo: la negación del Dios veterotestamentario, cuyo nombre es YO-SOY (Éxodo, 3, 14).
Según algunos estudiosos (1), el tetragrama bíblico o YHWH (uno de los nombres de Dios, el más recurrente en la Biblia, citado 6823 veces, cuya pronunciación es Yahweh), derivaría de la raíz triconsonántica del hebreo bíblico היה, que significa “ser”.
Naturalmente, Dios es citado innumerables veces en la Biblia también con otros términos: Elohim, El, Shaddai, Elyon, Adonai, etc. (Kyrios en griego, o sea, Señor) (2).
Ahora volvamos a la estrategia usada para desacreditar a Jesucristo. Se niega el Dios veterotestamentario con el fin último de denigrar de Jesucristo, ya que se afirma: “Jesús no puede ser Hijo de Dios, porque el Dios veterotestamentario no era Dios”. Con este objetivo se procede de dos modos: con la etimología y con la crítica textual con fines denigratorios. En el primer caso, algunos negacionistas sostienen en modo descarado que la “Biblia no describe a Dios” y afirman que las palabras bíblicas אלהים (Elohim), יהוה (YHWH), no se refieren a Dios, sino que tienen otros significados. Estas tesis, sin embargo, fueron confutadas por reconocidos biblistas y estudiosos de hebreo (3) (4). En el segundo caso, los negacionistas afirman que el Dios de la Biblia no podría ser Dios, ya que es mostrado como “violento y sanguinario”.
Estas tesis no son una novedad, sino que se remontan a los textos gnósticos antiguos. Quien persigue el objetivo de denigrar de Dios, el Dios de la Biblia, olvida que en el Antiguo Testamento el castigo violento estaba relacionado primeramente con la santidad de Dios y con la concepción de la justicia.
En general, los escritos gnósticos, que fueron confutados hace 1900 años, reflejan una visión negativa de la creación. El Dios veterotestamentario (YO-SOY, YHWH) sería, en la visión gnóstica del siglo II, el demiurgo que creó un mundo imperfecto. Es por eso que, para los gnósticos, el mundo estaría corrompido y dominado por el mal, porque, según ellos, el demiurgo era imperfecto.
Los primeros cristianos, sin embargo, creían con firmeza absoluta que Jesucristo era el Dios de la creación bíblica, YO-SOY, y esto se deduce de los siguientes pasajes del Éxodo, comparados con los pasajes del Evangelio de Juan. Veámoslos. Éxodo (3, 14):

Y respondió Dios a Moisés: Yo Soy El Que Soy. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: Yo Soy me envió a vosotros

Evangelio de Juan (8, 23-24):

Y les dijo: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.  Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis. 

Evangelio de Juan (8, 58):

Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.

Gracias a estos escritos nos damos cuenta entonces de que Jesucristo era identificado como Dios (y no un “dios cualquiera”, sino el único y verdadero Dios, YO-SOY que creó el mundo, el Dios de la Biblia) por sus secuaces, los Apóstoles y Evangelistas, que eran judíos, por lo que conocían las escrituras. Naturalmente, hay muchísimos otros pasajes en los 27 libros del Nuevo Testamento que identifican a Jesucristo con Dios, como por ejemplo el famoso prólogo del Evangelio de Juan, (1, 1-5 y 1, 14). 
Más adelante en este artículo analizaremos otros versos de la Biblia para probar que realmente los primeros cristianos, los que habían vivido con Jesucristo, creían que él era el Señor, el único y verdadero Dios.
Antes de analizar algunas tesis que niegan al Dios veterotestamentario mostrándolo como malo y cruel, detengámonos en el mensaje central de la Biblia.
Para nosotros los cristianos, la Biblia, considerada en su totalidad, Antiguo y Nuevo Testamento, no es otra cosa que la descripción del proyecto de Dios, iniciado con la creación del mundo y del hombre. Dios amó al hombre y por esto le dio el libre albedrío, la posibilidad de hacer elecciones. El hombre, sin embargo, después de haber sido tentado por Satanás, eligió derrocar a Dios; incluso eligió convertirse él mismo en Dios. Por esto se habla de “pecado original” y de “caída del hombre”. El hombre eligió el pecado y la consecuencia del pecado es la muerte. Epístola a los Romanos (6, 23):

Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. 

A pesar de eso, Dios no abandonó al hombre. Envió a los profetas que anunciaban la misión de su Hijo en la tierra. Finalmente envió al Hijo, que vino con el objetivo principal de “quitar el pecado del mundo” (Evangelio de Juan 1, 29) y establecer con su sangre un nuevo pacto entre Dios y el hombre, el Nuevo Testamento. Si observamos la Biblia desde un punto de vista amplio, nos damos cuenta de que ella está fuertemente centrada en Jesucristo, que es Dios mismo, el Verbo que se hizo carne (Evangelio de Juan 1, 14).
Ahora concentrémonos en la confutación de algunas tesis que niegan al Dios veterotestamentario mostrándolo como “malo”.
En primer lugar, hay que considerar el carácter progresivo de la revelación y su cumplimiento en el Nuevo Testamento con la misión de Jesucristo sobre la tierra.
Según los exégetas de la Biblia, Dios consideró las capacidades de las personas y de los pueblos de comprender su mensaje. Si en el Antiguo Testamento había una cierta revelación, es porque evidentemente aquel pueblo no era todavía capaz de poder recibir la revelación final. Dios revela su propio mensaje a los pueblos según los tiempos, las capacidades, los lugares. Dios envía profetas, los cuales despiertan cualidades, sensaciones, emociones y hacen crecer su fe en él. Pero los tiempos no estaban maduros para el envío del Hijo, para restablecer el pacto de amor entre Dios y el hombre, pacto que fue roto justamente por el hombre con el pecado original.
Según la mentalidad vigente en el Antiguo Testamento, la violencia y el castigo estaban relacionados con la justicia de Dios. Dios mostraba su justicia con el castigo porque todavía no había enviado al Hijo.
Había enviado profetas para anunciar justamente la llegada del Hijo. En efecto, en los Libros del Antiguo Testamento hay aproximadamente trescientas profecías que indican la llegada del Hijo (por ejemplo en el Libro de Isaías 53, 3, 9).
Pero justamente porque el Hijo no había llegado y no había podido salvar el mundo, el pacto entre Dios y el hombre era todavía “antiguo”. Justamente por eso cada trasgresión o pecado contra Dios tenían por fuerza que ser castigado severamente con la muerte; es cierto, porque el Hijo aún no había llegado.
El castigo violento estaba, por tanto, relacionado con la santidad de Dios y la venganza era entonces un medio para hacer reinar la justicia entre los pueblos.
Dios (YO-SOY - YHWH) era un Padre severo que castigaba los pecados, de ser necesario, con la muerte. (El diluvio es el ejemplo más significativo, Genesis 7, 17). Castigaba a quien no le obedecía y trasgredía la ley, castigaba a quien no tenía fe en él y probaba la fe de aquellos a quienes se les había revelado; por ejemplo, en el sacrificio de Isaac (Génesis 22, 1-18).
El Dios veterotestamentario tenía por fuerza que ser justo castigando los pecados, exactamente como lo es el Dios neotestamentario. Pero en el Nuevo Testamento, Jesucristo vino justamente para quitar el pecado del mundo y reestablecer el pacto inicial entre Dios y el hombre. Ahora no hay más castigo terreno ni condena terrena, sino que quien cree en Jesucristo está salvado. Precisamente por esto Dios envió a su Hijo, quien es Dios mismo, el Verbo, para poder salvar el mundo.
Detengámonos ahora en algunos pasajes del Antiguo testamento que son a menudo citados para hacer resaltar la violencia como medio de castigo de los pecados.
Libro de los Números (31, 1-24):

Jehová habló a Moisés, diciendo: 
Haz la venganza de los hijos de Israel contra los madianitas; después serás recogido a tu pueblo. 
Entonces Moisés habló al pueblo, diciendo: Armaos algunos de vosotros para la guerra, y vayan contra Madián y hagan la venganza de Jehová en Madián. 
Mil de cada tribu de todas las tribus de los hijos de Israel, enviaréis a la guerra. 
Así fueron dados de los millares de Israel, mil por cada tribu, doce mil en pie de guerra. 
Y Moisés los envió a la guerra; mil de cada tribu envió; y Finees hijo del sacerdote Eleazar fue a la guerra con los vasos del santuario, y con las trompetas en su mano para tocar. 
Y pelearon contra Madián, como Jehová lo mandó a Moisés, y mataron a todo varón. 
Mataron también, entre los muertos de ellos, a los reyes de Madián, Evi, Requem, Zur, Hur y Reba, cinco reyes de Madián; también a Balaam hijo de Beor mataron a espada. 
Y los hijos de Israel llevaron cautivas a las mujeres de los madianitas, a sus niños, y todas sus bestias y todos sus ganados; y arrebataron todos sus bienes, 
e incendiaron todas sus ciudades, aldeas y habitaciones. 
Y tomaron todo el despojo, y todo el botín, así de hombres como de bestias. 
Y trajeron a Moisés y al sacerdote Eleazar, y a la congregación de los hijos de Israel, los cautivos y el botín y los despojos al campamento, en los llanos de Moab, que están junto al Jordán frente a Jericó.
Y salieron Moisés y el sacerdote Eleazar, y todos los príncipes de la congregación, a recibirlos fuera del campamento. 
Y se enojó Moisés contra los capitanes del ejército, contra los jefes de millares y de centenas que volvían de la guerra, y les dijo Moisés: ¿Por qué habéis dejado con vida a todas las mujeres? 
He aquí, por consejo de Balaam ellas fueron causa de que los hijos de Israel prevaricasen contra Jehová en lo tocante a Baal-peor, por lo que hubo mortandad en la congregación de Jehová. 
Matad, pues, ahora a todos los varones de entre los niños; matad también a toda mujer que haya conocido varón carnalmente. 
Pero a todas las niñas entre las mujeres, que no hayan conocido varón, las dejaréis con vida. 
Y vosotros, cualquiera que haya dado muerte a persona, y cualquiera que haya tocado muerto, permaneced fuera del campamento siete días, y os purificaréis al tercer día y al séptimo, vosotros y vuestros cautivos. 
Asimismo purificaréis todo vestido, y toda prenda de pieles, y toda obra de pelo de cabra, y todo utensilio de madera. 
Y el sacerdote Eleazar dijo a los hombres de guerra que venían de la guerra: Esta es la ordenanza de la ley que Jehová ha mandado a Moisés: Ciertamente el oro y la plata, el bronce, hierro, estaño y plomo, todo lo que resiste el fuego, por fuego lo haréis pasar, y será limpio, bien que en las aguas de purificación habrá de purificarse; y haréis pasar por agua todo lo que no resiste el fuego. Además lavaréis vuestros vestidos el séptimo día, y así seréis limpios; y después entraréis en el campamento.

Los madianitas fueron los responsables de corromper Israel mediante el adulterio y la idolatría, y por lo tanto tenían que ser destruidos. En esta situación, Moisés actuó sobre todo como jefe militar. Su decisión, muy dura, fue tomada para preservar la pureza de la fe en el pueblo de Dios, que estaba corrompida por mujeres paganas. En la cultura de la época, este comportamiento, incluso si a nosotros nos parece excesivamente violento, era normal, ya que los judíos estaban rodeados de naciones hostiles.
Otras veces era Dios mismo el que castigaba a las personas que no se sometían a él, que pecaban o que habían luchado contra Israel. En su infinita sabiduría, Dios sabía si una persona estaba dominada por Satanás y, por tanto, ejercía el castigo severo. Otras veces el autor bíblico consideró que Dios, en su infinita potencia, debía preservar el pueblo de Israel de la corrupción de otros pueblos que no se sometían a Dios. La violencia se utilizaba como castigo para algunas violaciones de la Ley o por venganza para aquellos pueblos que habían intentado destruir a Israel. Uno de los pasajes bíblicos más significativos sobre este tema es la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 19, 1-26), donde justamente YO-SOY destruye incluso ciudades, porque sabía que todos los que vivían allí estaban impregnados de pecado y no podrían redimirse.
El castigo violento era, por tanto, visto en relación con la santidad de Dios y como una forma de justicia.
Algunas veces el culpable de idolatría es dilapidado (Deuteronomio 17, 2-5). En el Libro de los Números (16, 29-30), el autor bíblico expresa un deseo de venganza contra los que se habían rebelado contra Moisés:

Si como mueren todos los hombres murieren éstos, o si ellos al ser visitados siguen la suerte de todos los hombres, Jehová no me envió. 
Mas si Jehová hiciere algo nuevo, y la tierra abriere su boca y los tragare con todas sus cosas, y descendieren vivos al Seol, entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová.

En el Primer Libro de los Reyes, el profeta Elías mata a los sacerdotes de Baal (1, Reyes 18, 40):

Entonces Elías les dijo: Prended a los profetas de Baal, para que no escape ninguno. Y ellos los prendieron; y los llevó Elías al arroyo de Cisón, y allí los degolló.

En los Salmos, en general, Dios apoya al pueblo elegido en la lucha contra los otros pueblos. Veamos un pasaje de los Salmos que a menudo es citado para recalcar la violencia en el Antiguo Testamento. Libro de los Salmos (136):

Junto a los ríos de Babilonia, Allí nos sentábamos, y aun llorábamos, Acordándonos de Sion. Sobre los sauces en medio de ella Colgamos nuestras arpas. Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos, Y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo:
Cantadnos algunos de los cánticos de Sion. ¿Cómo cantaremos cántico de Jehová En tierra de extraños? Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, Pierda mi diestra su destreza. Mi lengua se pegue a mi paladar, Si de ti no me acordare; Si no enalteciere a Jerusalén Como preferente asunto de mi alegría. Oh Jehová, recuerda contra los hijos de Edom el día de Jerusalén, Cuando decían: Arrasadla, arrasadla Hasta los cimientos. Hija de Babilonia la desolada, Bienaventurado el que te diere el pago De lo que tú nos hiciste. Dichoso el que tomare y estrellare tus niños contra la peña.

Esta última frase es muy dura, pero hay que considerarla en contexto. Sabemos que en el Antiguo Testamento regía la ley del ojo por ojo y del diente por diente. En este Salmo se reclama un castigo para los babilonios. Babilonia había destruido a Jerusalén y los salmistas escribieron que Babilonia sería destruida por Dios, como en efecto lo fue.
Por lo general, quienes niegan la santidad y la Divinidad de YO-SOY (YHWH), niegan también la sacralidad de los sacrificios animales en el Antiguo Testamento. Sostienen que era una práctica bárbara y que dicha práctica instigaría al mal. Pero en el Antiguo Testamento, Dios prescribió los sacrificios animales para expiar temporalmente el pecado. Veamos el pasaje correspondiente del Libro Levítico (4, 32-35):

Y si por su ofrenda por el pecado trajere cordero, hembra sin defecto traerá. 
Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de expiación, y la degollará por expiación en el lugar donde se degüella el holocausto. 
Después con su dedo el sacerdote tomará de la sangre de la expiación, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar. 
Y le quitará toda su grosura, como fue quitada la grosura del sacrificio de paz, y el sacerdote la hará arder en el altar sobre la ofrenda encendida a Jehová; y le hará el sacerdote expiación de su pecado que habrá cometido, y será perdonado.

En el Antiguo Testamento, Dios había ordenado sacrificar animales perfectos, sin mancha. La persona que ofrecía el sacrificio se identificaba con el animal y debía matarlo. Los judíos creían que este rito proveía el perdón de los pecados por parte de Dios.
El sacrificio animal servía, por tanto, como “castigo” para un pecador; en efecto, se mataba un cordero de su rebaño. Se le quitaba un animal, precioso en tiempos de carestía. Además, el pecador, viendo que el animal inocente moría, sentía pena por ese ser viviente que moría a causa de su pecado.
Naturalmente, todo esto presagiaba el sacrificio final y perfecto de Jesucristo en la cruz, que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Evangelio de Juan, 1, 29).
En el Antiguo Testamento, sin embargo, no hay solo episodios de violencia para castigar al pecador o para vengar un agravio sufrido. Hay también enseñanzas de condena o de corrección de la violencia. Veamos por ejemplo este pasaje en los Proverbios (21, 7-8):

La rapiña de los impíos los destruirá,
Por cuanto no quisieron hacer juicio. 
El camino del hombre perverso es torcido y extraño; 
Mas los hechos del limpio son rectos.

Veamos también este pasaje de los Salmos (62, 10):

No confiéis en la violencia,
Ni en la rapiña; no os envanezcáis;
Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas.

En ciertos casos, los profetas condenan los hechos de violencia con los cuales se manchó Israel, por ejemplo en Oseas (4, 1-2):

Oíd palabra de Jehová, hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra. 
Perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen, y homicidio tras homicidio se suceden.

En el Deuteronomio (27, 17-19) se ordena respetar los derechos de los débiles, de los extranjeros y de quien perdió a sus seres queridos (huérfanos o viudas):

Maldito el que redujere el límite de su prójimo. Y dirá todo el pueblo: Amén. 
Maldito el que hiciere errar al ciego en el camino. Y dirá todo el pueblo: Amén.
Maldito el que pervirtiere el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda.Y dirá todo el pueblo: Amén.

En el Libro de las Lamentaciones (3, 34-36) se defienden los derechos del hombre en general y se afirma que Dios ve las injusticias.

Desmenuzar bajo los pies a todos los encarcelados de la tierra, 
Torcer el derecho del hombre delante de la presencia del Altísimo, 
Trastornar al hombre en su causa, el Señor no lo aprueba.

Es así como, lentamente, el mensaje progresivo de la revelación divina empieza a identificar a quien será el Salvador del mundo y a quien establecerá un nuevo pacto con la humanidad. A tal propósito veamos la famosa profecía de Isaías (53: 3-9):

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. 
Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. 
Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. 
Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. 
Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. 
Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca

De manera que ya Isaías había predicho, varios siglos antes de la llegada de Jesucristo a la Tierra, que el Mesías tendría que cargar con nuestros sufrimientos y asumir nuestros dolores.
Empezamos a comprender el concepto de la revelación progresiva. Esta comienza con Abel y Caín. “Si alguien mata a Caín deberá pagarlo multiplicado por siete” (Génesis 4, 15). Luego estará la ley del talión: “Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Deuteronomio 19, 21). No es que Dios haya cambiado de idea; simplemente se pasó de un castigo durísimo (uno por siete) a un castigo duro (uno por uno). Lentamente se pasa a otras revelaciones: “No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti” (Tobías 4, 15). Y he aquí la revelación última y perfecta: Evangelio de Mateo (5, 38-39):

Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;

(Evangelio de Mateo 5, 43-45):

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.

¿Qué pasa? ¿Cambió Dios de parecer? No, en lo absoluto; el mensaje, diferente, ¡es siempre del mismo Dios! Pero ahora llegó el Hijo. Ahora no puede existir la ley del talión. ¡Ahora está el Hijo! Con el Hijo, con su era, los pecados no pueden ser pagados con la venganza sobre la tierra. Justamente porque el Hijo dio a todos, creyendo en él, la posibilidad de redimirse y de salvarse.
Ahora ya no hay más lugar para venganza o para violencia. Jesucristo perdona a sus verdugos. Salva a quien cree en él. Y condena a quien no cree en él, pero no en esta vida, sino en la vida después de la muerte. La cruz, que es símbolo de una violencia extrema hecha al hombre, se convierte entonces en el medio final y perfecto de reconciliación de los hombres con Dios.
En el Nuevo Testamento, que es válido solo con la muerte del testador (Epístola a los judíos 9, 15-17), no hay ya violencia material, sino solo castigo futuro y espiritual; así se explican varios pasajes del Nuevo Testamento. Por ejemplo, (Apocalipsis 19, 21):

Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de las carnes de ellos.

Es el pasaje del Evangelio de Juan (5, 26-29), donde Jesús indica que el Hijo juzgará al final de los tiempos:

Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.
No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

El Nuevo Testamento es un cambio de paradigma, una revolución absoluta, un terremoto perturbador. No más “ojo por ojo y diente por diente”, sino “amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen a ustedes”.
Veamos algunos otros pasajes donde se identifica a Jesucristo como Dios, el Creador del mundo, YO-SOY.
En el libro de Daniel (9,9) se afirma que Dios perdona los pecados:

De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado

En la Epístola a los Colosenses (3, 13) se afirma que Jesucristo perdona los pecados:

soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.

YO-SOY es el primero y último
Libro di Isaías (44, 6):

Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios.

Jesucristo primero y último
Apocalipsis (1, 17):

Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último;

YO-SOY salva
Libro di Isaías (43, 3):

Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador; a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti.

Jesucristo salva
Epístola a Tito, (2, 13):

aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo

YO-SOY juzga
Salmos (96, 13):

Delante de Jehová que vino;
Porque vino a juzgar la tierra.
Juzgará al mundo con justicia,
Y a los pueblos con su verdad

Jesucristo juzga
Segunda Epístola a Timoteo (4, 1):

Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino,

YO-SOY redentor
Libro di Isaías (48, 17):

Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo soy Jehová Dios tuyo, que te enseña provechosamente, que te encamina por el camino que debes seguir.

Jesucristo redentor
Epístola a los hebreos (9, 12):

y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.

Para concluir, transmito algunos célebres pasajes del Evangelio de Juan (3, 16-18):

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.
El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

¿Qué quieren decir estos pasajes? Con la llegada del Hijo, el pacto antiguo está disuelto. Ahora hay un nuevo pacto. En la plenitud de los tiempos llegó el Hijo a la tierra y Dios lo envió no para condenar, sino para salvar el mundo, para expiar todos los pecados con su sangre y dar su vida por sus amigos. Quien lo acepta, ya está salvado, pero quien no cree en él, está ya condenado. La fe siempre fue fundamento del universo. Incluso Abraham tuvo que probar su fe. Incluso entonces le fueron requeridos actos de fe. Pero ahora no debemos y no podemos creer en un Dios que castigue a los malvados sobre la tierra. Ahora solo podemos creer, tener fe en él. El juicio y el castigo para los malvados le conciernen solo a Dios.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com