miércoles, 27 de abril de 2016

El objetivo principal de la misión de Jesucristo sobre la tierra


Para muchos creyentes, el mensaje central de la misión de Jesucristo sobre la Tierra fue su infinito amor, su misericordia y su bondad. Con sus enseñanzas, el Hijo de Dios nos mostró el camino a seguir y cómo contemplar la gloria de su creación.
Para quien cree en él, todo eso es ciertamente verdadero, ya que Jesucristo, siendo Dios, es infinitamente bueno y misericordioso, y con su amor nos da cada día el ejemplo para poder conducir una vida pura, caminando en la luz.
¿Estamos seguros, sin embargo, de que este fue el objetivo principal de su misión sobre la tierra? ¿Estamos completamente seguros de que basta confiar en su amor y en su bondad para poder ser salvados?
Es verdad que Dios es infinitamente bueno y misericordioso, de manera que quiere poder perdonar todos los pecados. Pero debemos considerar que Dios es también infinitamente justo. Por tanto, debe poder condenar todos los pecados.
Pero como Dios es también infinitamente sagrado, no podrá nunca haber pecado en su presencia. Por tanto, después de nuestra muerte, ¿podremos estar en su presencia o no podremos?
Nosotros, incluso si intentamos de todas las formas ser completamente puros, no podremos estar completamente exentos de pecado. Pecaremos con las acciones, con las palabras, incluso con los pensamientos. Cualquier acto de no humildad es un pecado contra Dios. Como hemos pecado, por definición no podremos estar en su presencia, ya que Dios no puede coexistir con el pecado.
Es así como se explica el don, el maravilloso regalo que el Padre nos hizo enviándonos al Hijo. Sin el Hijo, no podremos salvarnos, sino que estaremos perdidos.
Y, por tanto, Dios debe sacrificarse a sí mismo en forma humana por causa del pecado, debe quitar el pecado del mundo, y no hay nada que podremos hacer nosotros solos para estar en presencia de Dios sin pecado. Dios nos ama talmente que, a pesar de nuestros pecados, continuará amándonos y nos ofrecerá siempre la posibilidad de ser salvados.
Incluso si esto significa su humillación, incluso si esto significa que Dios no es adorado por ángeles sobre un trono, sino crucificado después de indecibles humillaciones. Dios quiere hacer eso porque ama al hombre más de cuanto ama su majestad.
De hecho, en la creencia cristiana, ¿cómo podrían nuestros pecados ser expiados sin la sangre de Cristo? Veamos el porqué.
Cuando se peca y hay consciencia de haber pecado, por lo general se intenta remediar.
Pero incluso si intentamos remediar este pecado, tal vez tratando de dar una compensación, el pecado permanece. Nadie puede quitar el pecado, excepto Cristo. Y este fue el objetivo principal de su misión sobre la tierra: quitar el pecado del mundo. Ojo: no “quitar el pecado de Israel”, sino “quitar el pecado del mundo”. (Juan 1, 29):

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 

Quien cree que la sangre de Cristo puede lavar sus pecados y confía en él, cree en él. Quien no cree que su sangre puede quitar sus pecados, simplemente no cree en él. Evangelio de Juan (3, 16-21):

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 
El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 
Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 
Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 
Más el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios. 

Según la creencia cristiana, por tanto, Dios no perdona los pecados “desde lo alto”, sino pagando él mismo. Dios no delegó a una “criatura” suya el sufrimiento en la cruz. Dios mismo estaba en la cruz, dándonos el máximo ejemplo de humildad, porque amaba talmente al hombre que se sacrificó por él, cargando sobre sí todos los pecados del mundo y volviéndonos libres. Además, solo Dios, ser infinito, podía pagar con su sangre por todos los pecados del mundo que, por definición, siendo pecados contra Dios, tienen una gravedad infinita. 
Con el objetivo de estudiar el origen de esta creencia veremos algunos pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Demostraremos que los primeros cristianos creían que la sangre de Cristo podía quitar el pecado, y veremos cómo esta creencia influenció de tal forma sus vidas, al punto de llevarlos al martirio por afirmar la Verdad.
Primero que todo, analicemos algunos versos del Antiguo Testamento. Los judíos, antes de Cristo, ¿cómo expiaban sus pecados? Veamos el pasaje correspondiente en el Libro Levítico (4, 32-35):

Y si por su ofrenda por el pecado trajere cordero, hembra sin defecto traerá. 
Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de expiación, y la degollará por expiación en el lugar donde se degüella el holocausto. 
Después con su dedo el sacerdote tomará de la sangre de la expiación, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar. 
Y le quitará toda su grosura, como fue quitada la grosura del sacrificio de paz, y el sacerdote la hará arder en el altar sobre la ofrenda encendida a Jehová; y le hará el sacerdote expiación de su pecado que habrá cometido, y será perdonado.

En el Antiguo Testamento, Dios había ordenado sacrificar animales perfectos, sin mancha. La persona que ofrecía el sacrificio se identificaba con el animal y tenía que matarlo. Los judíos creían que este rito proveía el perdón de los pecados por parte de Dios.
El sacrificio animal servía, por tanto, como “castigo” para un pecador. En efecto, se mataba un cordero de su rebaño. Se le quitaba un animal, precioso en tiempos de carestía. Además, el pecador, viendo que el animal inocente moría, sentía pena por aquel ser viviente que moría a causa de su pecado.
En la Biblia hay, además, algunos pasajes importantes que describen la llegada del Mesías y su sacrificio final y perfecto. Veamos la famosa profecía de Isaías (53: 3-9):

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. 
Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. 
Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. 
Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. 
Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. 
Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.

De manera que Isaac ya había predicho, varios siglos antes de la llegada de Jesucristo sobre la tierra, que el Mesías tendría que cargar con nuestros sufrimientos y adjudicarse nuestros dolores.
Por tanto, según la creencia cristiana, esta y otras profecías se realizaron con la encarnación del Verbo en un ser humano, Jesucristo. Con él, en efecto, se cumplió el sacrificio final y perfecto. Con su sangre, él quitó todos los pecados del mundo, absolutamente todos: los pasados, los presentes y los futuros.
Este es el objetivo principal de la misión de Jesucristo en la tierra. De hecho, el sacrificio del Hijo de Dios es por definición el sacrificio final y perfecto, como se deduce de este pasaje de la Epístola a los Hebreos (7, 27):

que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. 

Es así como Jesús vino entre nosotros (Juan 1, 11), residió entre nosotros y nos tuvo compasión. Sintió y experimentó nuestras mismas emociones. Solo con un cuerpo humano el Verbo habría podido realmente sentir nuestro dolor, nuestro sufrimiento y nuestra tristeza. Quiso sentirla en sí mismo, no por un motivo vacuo, sino porque el acto de cargar sobre sí todo el dolor del mundo, todo el sufrimiento del mundo y todos los pecados del mundo era la condición necesaria para salvar a la humanidad. Sin la acción salvadora de Cristo, por tanto, ningún hombre podría expiar sus pecados.
Solo entregándose a él y creyendo que su sangre sirvió para lavar nuestros pecados estaremos salvados. Sin embargo, solo si perseveramos en él hasta el final, obviamente.
Así se explica el hecho de que el Verbo se hizo carne. Si nos hubiera juzgado desde lo alto, como por ejemplo en otras religiones, ¿quién se hubiera salvado? Ninguno hubiera podido obtener la vida eterna. En cambio, él vino en forma de siervo, humillándose hasta la muerte en la cruz (leer Epístola a los Filipenses, 2: 5-11).
Analicemos ahora algunos pasajes de los escritos neo-testamentarios donde el advenimiento salvador de Jesucristo es predicado y divulgado. Las Epístolas de Pablo de Tarso son importantes para entender lo que había sido divulgado oralmente desde los años exactamente siguientes a la Resurrección. Son entonces fundamentales para darse cuenta de lo que los primeros cristianos creían.
He aquí algunos pasajes de la Primera Epístola a los Corintios (11, 23-26):

Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; 
y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. 
Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. 
Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

Ya en esta carta, entonces, escrita desde Éfeso en el 54-55 d.C. a la comunidad cristiana de los corintios, la eucaristía, el sacramento instituido por Jesús en la última cena, es divulgada en forma escrita.
Veamos ahora un pasaje importante de la Primera Epístola a los Corintios (15, 1-8):

Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. 
Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras;
y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;
y que apareció a Cefas, y después a los doce.
Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. 
Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.

Según algunos historiadores modernos, este era un dicho que circulaba entre los cristianos ya en los años exactamente siguientes a la Resurrección de Jesús (1). Además de describir su muerte, su Resurrección y sus apariciones, en el tercer verso está escrito “que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras”. Por tanto, este texto prueba que los primeros cristianos creían ya que el sacrificio de Jesús había servido para quitar “los pecados”.
En el 54-55 d.C. Pablo escribió también la Epístola a los Gálatas, en la cual hay referencias a la acción salvadora de Jesús. Veamos el pasaje (1, 3-5):

Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo, 
el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, 
a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

También aquí, como vemos, está expresado el concepto de que Jesús dio su vida en remisión de los pecados, para salvarnos del dominio del maligno.
En la Epístola a los Gálatas, igualmente, hay un pasaje muy fuerte, pero que expresa bien la idea de la acción salvadora de Cristo (3: 13-14):

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero) para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.

Son palabras duras, pero aquí se quiere resaltar que Cristo asumió, adoptó esta misma carne nuestra que está sujeta al pecado, pero aun estando él sin pecado, la maldición del pecado recayó sobre él.
Interesante es también un pasaje sucesivo (3, 19-22):

Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador. Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno. 
¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley. 
Más la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.

Aquí Pablo pone en evidencia las diferencias entre la Ley y la fe. La Ley fue dada por un mediador, Moisés, con el fin de contener el pecado. Pero la Ley no quitaba el pecado, no podía dar la justificación, ya que no era capaz de dar la vida. La promesa salvadora de Dios se otorga solo con la fe en Jesús, o bien, con la fe de que solo él, en cuanto creador de la vida, puede quitar el pecado, venciendo la muerte.
En su ferviente acción evangelizadora, Pablo llegó a Macedonia, de donde escribió la Segunda Epístola a los Corintios. Veamos el pasaje (5, 14-15):

Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

En este pasaje se expresa que Jesús murió por nosotros, con el fin de que nosotros no vivamos más por nosotros mismos, sino para que nosotros podamos vivir en él.
Analicemos ahora algunos pasajes significativos de la Epístola a los Romanos, escrita en el 57-58 d.C. Veamos, primero que todo, el pasaje (1: 16-17).

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. 
Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá

El Evangelio, o sea, la Buena Nueva, es la salvación de cualquiera que crea. No de todos, por tanto, sino solo de quien cree.
Ahora veamos este pasaje del capítulo tercero de la Epístola a los Romanos (3, 21-26):

Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

Una vez más se expresa el concepto de que la justicia de Dios, que fue testimoniada por la Ley y por los Profetas, se manifestó por medio de la fe en Jesucristo, obviamente para todos quienes creen en él. La justificación, o sea, la anulación del pecado, es dada gratuitamente, y es, por tanto, un don. Jesús es entonces un instrumento de expiación, por medio de la fe en su sangre.
Veamos ahora el pasaje (4: 24-25) de la Epístola a los Romanos:

sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.

Jesús fue crucificado por nuestra culpa, y su resurrección fue la certificación de que nuestros pecados fueron absueltos.
Ahora veamos otro pasaje de la Epístola a los Romanos (5, 6-11):

Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. 
Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 
Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.
Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. 
Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación. 

Aquí se desarrolla otra vez el concepto de que Jesucristo murió por todos nosotros pecadores. La salvación a través de la fe en Jesús reconcilia al hombre con Dios, le da paz, serenidad.
En el siguiente pasaje de la Epístola a los Romanos se expone, en cambio, el concepto de la acción salvadora de Cristo contrapuesta a la caída de Adán, el primer hombre.

(5, 17-21):
Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. 
Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. 
Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. 
Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.

Es la caída de Adán la que hizo entrar el pecado en el mundo. Y es por la acción salvadora de Cristo que el pecado fue quitado del mundo.
Analicemos ahora los siguientes pasajes de la Epístola a los Romanos (6, 3-10):

O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? 
Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.
Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 
Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; más en cuanto vive, para Dios vive.

En estos célebres pasajes Pablo nos recuerda el bautismo cristiano. El hombre viejo se despoja de sus pecados y, creyendo en la acción salvadora de Jesús, resurge con él hacia una vida de luz, libre del pecado. En el último pasaje se expresa el concepto de que Jesús murió por el pecado, pero su Resurrección demuestra que lo venció.
Analicemos ahora un pasaje de la Epístola a los Efesios, compuesta en el 62 d.C. (1, 7):

en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, 

Es, por tanto, a través de la sangre de Cristo como podemos obtener la redención de nuestros pecados.
En la Primera Epístola de Pablo a Timoteo (1, 15-16):

Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. 
Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna.

En este importante pasaje, una vez más Pablo nos dice que Jesús vino para salvar a los pecadores, o sea, a todos nosotros. En el verso 16 Pablo confirma que solo quienes creen en él son salvados por él y tienen la vida eterna.
En este pasaje sucesivo (2, 5-6) se resalta una vez más que Jesús dio su vida en redención por los pecados de todos.

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo.

Veamos ahora un pasaje significativo de la Segunda Epístola a Timoteo (1, 9-10).

quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio,

Con su Resurrección, Jesús venció la muerte y el pecado. Nos demostró, por tanto, que su obra salvadora se cumplió.
Analicemos también la Epístola a Tito en el pasaje (2, 11-14):

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

Aquí Pablo nos muestra la acción salvadora de Cristo, quien dio su vida por nosotros, o sea, por rescatarnos de nuestras iniquidades.
Veamos un último pasaje de la Epístola a Tito (3, 4-7):

Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.

También aquí se afirma con fuerza que fuimos salvados por medio de Jesucristo para que pudiéramos obtener la vida eterna.
Analicemos ahora la Epístola a los Hebreos, escrita probablemente antes del 70 d.C. También en esta famosa epístola, cuya autoría es incierta, hay varias referencias a la acción salvadora de Cristo. Ya vimos al inicio del artículo el pasaje (7, 27), donde se expresó el concepto del sacrificio final y perfecto de Cristo.
Ahora veamos otras frases, comenzando por el pasaje (1, 1-3):

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,

En este pasaje se confirma que el Hijo expió nuestros pecados, o sea, pagó por nuestros pecados, quitándolos con su sangre.
En el pasaje (2, 9) se afirma que Jesús pagó con su muerte por todos nosotros.

Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.

Veamos ahora el pasaje (2, 17-18):

Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Dios tenía que encarnarse en un hombre para poder sufrir como un hombre, de esta manera pudo expiar los pecados del mundo. Y como fue tentado, pudo venir en nuestra ayuda.
También este siguiente pasaje de la Epístola a los Hebreos (9, 11-17) es importante para entender la acción salvadora de Cristo:

Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. 
Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, 
¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? 
Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador. 
Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive.

No era ya la sangre de cabras y terneros, que quitaba temporalmente el pecado, sino que esta vez fue la sangre de Cristo, que tiene infinitamente más valor que la sangre de animales sin mancha. Su sangre fue también el sello del Nuevo Testamento, que asumió validez solo con la muerte del testador.
En el siguiente pasaje, una vez más se confirma el sentido del sacrificio de Cristo, final y perfecto (9, 23-28):

Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. 
Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. 
De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. 
Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.

Frases muy significativas: primero que todo, Cristo se manifestó de una vez por todas con el fin de quitar el pecado. Además, el hombre muere una sola vez y luego es sometido a juicio.
Este concepto es confirmado también en los siguientes pasajes (10, 8-10):

Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. 
En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.

(10, 12-14):

pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

En el pasaje sucesivo (10, 19-22), se confirma que para entrar en el santuario, o sea, en el Reino de Dios, son necesarios su sangre y su cuerpo, un llamado entonces a la eucaristía y a la fe en él:

Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.

Veamos ahora el último pasaje de la Epístola a los Hebreos (13, 10-12):

Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo. 
Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento.
Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.

En el Antiguo Testamento se sacrificaban animales sin mancha por fuera de los campamentos. Jesús, el Cordero de Dios, fue sacrificado fuera de los muros de Jerusalén.
Analicemos ahora los pasajes de los Evangelios que expresan el concepto de que Jesucristo mismo quita nuestros pecados.
Vamos un primer pasaje en el Evangelio de Marcos (2, 5):

Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. 

Jesús perdona los pecados de las personas que tienen fe. Puede hacerlo porque él mismo es Dios. Obviamente a oídos de los hebreos todo eso parecía una blasfemia, pero para Jesús era normal decirlo y hacerlo, ya que era verdaderamente el Hijo de Dios.
Veamos ahora algunos pasajes del Evangelio de Mateo. Empecemos con (1, 20-21):

Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Es el ángel del Señor quien afirma que Jesús salvará a su pueblo de sus pecados. De manera que ya en la anunciación del niño se estipula, como ya habían dicho Isaías y otros profetas, la naturaleza salvadora de la misión de Jesús sobre la tierra.
En el pasaje (8, 17) del Evangelio de Mateo no se hace otra cosa que confirmar un pasaje de la profecía de Isaías (capítulo 53):

para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.

Esta es una prueba de que los primeros cristianos (recordemos que hay algunos indicios de que el Evangelio de Mateo fue escrito en arameo o en hebreo alrededor del 45 d.C., nota 2) creían en el concepto de que Jesús, en el acto de la crucifixión, se cargó todos los pecados del mundo.
Veamos el pasaje (17, 12) del Evangelio de Mateo:

Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos.

En este pasaje, Jesús describe a Juan Bautista, diciendo que sufrió iniquidades. Del mismo modo dice que también él deberá sufrir.
Veamos ahora el pasaje del Evangelio de Mateo (18, 11):

Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido

Una vez más se confirma el concepto de la salvación, traída por él, Hijo del hombre.
También en el pasaje sucesivo (20, 28) se confirma un concepto similar:

como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Veamos un último pasaje del Evangelio de Mateo (26, 27-28):

Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.

Es Jesús mismo quien confirma que su sangre es derramada por el perdón de los pecados.
Analicemos ahora el Evangelio de Lucas. En los pasajes (1, 67-79) está la profecía de Zacarías, el padre de Juan el Bautista. Después de haber retomado la palabra, él empieza a profetizar, anunciando la redención de los pecados. He aquí dos pasajes:
(1, 68):

Bendito el Señor Dios de Israel, 
Que ha visitado y redimido a su pueblo,

(1, 77):

Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, 
Para perdón de sus pecados,

Pocos pasajes más adelante está el anuncio del ángel del Señor (2, 11):

que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. 

A partir del pasaje (2, 25) se narra la historia de Simón y Ana, ancianos que reconocen en el niño el verdadero Mesías de Israel. Veamos el pasaje (29-32):

Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, 
Conforme a tu palabra; 
Porque han visto mis ojos tu salvación, 
La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; 
Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel.

Luego, en el pasaje 34, el anciano Simón revela la acción salvadora de Jesús:

Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha

La Resurrección será dada a muchos, no a todos. Solo a quienes crean en él.
En el pasaje (3, 4-5) Lucas transmite otra profecía de Isaías (40, 3-5), veamos:

como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que dice: 
Voz del que clama en el desierto: 
Preparad el camino del Señor; 
Enderezad sus sendas.
Todo valle se rellenará, 
Y se bajará todo monte y collado; 
Los caminos torcidos serán enderezados, 
Y los caminos ásperos allanados;
Y verá toda carne la salvación de Dios.

“Y verá toda carne la salvación de Dios.”, cierto, porque Jesucristo es el Salvador y sin él no hay posibilidad de ser salvados.
También en el verso (4, 18-19) Lucas narra que Jesús, en la sinagoga de Nazaret, leyó una profecía de Isaías (61, 1-4):

El Espíritu del Señor está sobre mí, 
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; 
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; 
A pregonar libertad a los cautivos, 
Y vista a los ciegos; 
A poner en libertad a los oprimidos; 
A predicar el año agradable del Señor.

Los prisioneros son los esclavos del pecado, que con la fe en Jesús serán libres.
En el pasaje de Lucas (5, 17-26) se transmite el mismo episodio narrado en Mateo (9, 1-8) y en Marcos (2, 1-12). En las tres descripciones, Jesús perdona los pecados de las personas que tienen fe.
Veamos ahora el siguiente pasaje del Evangelio de Lucas (9, 22):

y diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día.

Aquí Jesús anuncia su pasión y sufrimiento, además del hecho de que algunos no aceptarán su llegada y lo negarán. Asimismo anuncia su muerte y su resurrección. Analicemos ahora el siguiente pasaje del Evangelio de Lucas (19, 10):

Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Aquí se confirma una vez más que Jesús vino a salvar al mundo y no a juzgarlo.
Veamos también este último pasaje del Evangelio de Lucas (22, 19-20):

Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.

Es así como vuelve el concepto del cuerpo y de la sangre que serán ofrecidos como sacrificio final y perfecto, con el fin de quitar el pecado.
Pasemos ahora al Evangelio de Juan:
Antes que nada, al pasaje ya citado (Juan 1, 29):

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 

Veamos luego el pasaje (3, 14-15):

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Aquí Juan se remite a un pasaje del Libro de los Números (21, 8). El episodio de la serpiente de bronce se toma como imagen y prefiguración de la Resurrección, de manera que quien crea en Jesús tenga vida eterna.
Luego están los célebres pasajes del Evangelio de Juan (3, 16-21), ya transmitidos al inicio de este artículo.
Luego está el pasaje del Evangelio de Juan (4, 41-42):

Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.

Después del episodio de la samaritana, la gente del pueblo se había convencido de que Jesús era verdaderamente el Mesías y de que había venido para salvar el mundo, y no para condenarlo.
Veamos ahora tres importantes pasajes del Evangelio de Juan.

(6, 35-40): 

Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis. 
Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. 
Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. 
Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. 
Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

y (6, 47-51):

De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. 
Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.

y (6, 53, 58):

Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. 
Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 
El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. 
Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. 
Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente.

Es así como Jesús empieza a describir el concepto de que él mismo es el pan de la vida. La eucaristía es anunciada por él en modo alegre, como un don, un regalo que Dios hace a los hombres. Quien lo acepta y cree en él, tendrá vida eterna. Además, en el verso 51, se confirma que su cuerpo es dado en sacrificio para la vida del mundo, de modo que quien crea en él tenga vida eterna. En el verso 54 se resalta que solo quien come su cuerpo y bebe su sangre tendrá la vida eterna. Es la acción salvadora de Jesús que se demuestra en la fe y en la eucaristía.
Veamos ahora dos pasajes del capítulo 8.

(8, 31-32):

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; 
y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

y (8, 36):

Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. 

La Verdad, que es Jesucristo (Juan 14, 6), nos vuelve libres, en el sentido de que con él hay liberación del pecado, y por tanto, teniendo fe en él, se obtiene la salvación. La verdadera libertad es la salvación. Y la salvación viene solo de Jesucristo (Juan 14, 6).
Veamos ahora otro pasaje del Evangelio de Juan (10, 27-28):

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, 
y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.

Es Jesús quien mediante su acción salvadora da la vida eterna a sus ovejas, o sea, a quienes lo reconocen y creen en él.
Veamos ahora el célebre diálogo entre Jesús y Marta, que precede al milagro de la resurrección de Lázaro (Evangelio de Juan 11, 25-27):

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. 
Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.

Aquí, una vez más, Jesús declara abiertamente que él mismo es la resurrección y la vida. Quienes crean en él tendrán vida eterna. Marta reconoce en él al Mesías, el Hijo de Dios.
Continuemos en el análisis del Evangelio de Juan. Veamos el pasaje (12, 44-50):

Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió.
Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.
Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo.
El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero.
Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar.
Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho.

Todavía Jesús afirma palabras inauditas, que tienen una potencia perturbadora.
Él vino para salvar el mundo, no para condenarlo. En estas frases está expresado el concepto salvador de Jesús, pero también el concepto de que él mismo es consustancial al Padre.
Veamos un último pasaje del Evangelio de Juan (17, 2-3):

como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

La vida eterna es dada a quienes lo acogen, los “hijos de Dios”, (Evangelio de Juan 1, 12). 
Pasemos ahora al análisis de algunos pasajes de los hechos de los Apóstoles y de las Epístolas universales, donde se describe el sacrificio de Jesucristo para quitar el pecado del mundo.
Veamos, ante todo, el pasaje (3, 18-19) de los Hechos de los Apóstoles:

Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer. Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,

Aquí Pedro dice que Jesucristo tenía que sufrir e incluso exhorta a sus oyentes a convertirse y a creer en Cristo, con el fin de que sus pecados sean absueltos. Eso prueba, entonces, que en la acción salvadora de Jesús se creía de inmediato, poco días después de la Resurrección.
Otro pasaje importante de los Hechos es el siguiente (4, 10-12):

sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. 
Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.
Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.

Aquí Pedro confirma que solo a través de Jesús se puede ser salvados.
Analicemos también los siguientes pasajes, (10, 40-43):  

A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos. 
Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.

(13, 37-39):

Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. 
Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree.

En el primer pasaje, Pedro testimonia la Resurrección de Jesús, y testimonia que quien crea que él es el Hijo de Dios, recibe el perdón de los pecados. También aquí indirectamente se establece que Jesús quitó los pecados del mundo con su acción salvadora.
En el segundo pasaje, Pablo anuncia el perdón de los pecados para quien cree en Jesús.
Varias veces Pablo explica el concepto de la acción salvadora de Cristo, no solo en sus cartas, sino también en sus Hechos, a través de la narración de Lucas.
Veamos el pasaje de los Hechos (17, 1-3):

Pasando por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos. Y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras, que era necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, a quien yo os anuncio, decía él, es el Cristo.

Jesús tenía que sufrir, tenía que cargar sobre sí mismo todos los pecados para poder expiar las culpas de todos nosotros. Veamos ahora el último pasaje de los Hechos (26, 22-23):

Pero habiendo obtenido auxilio de Dios, persevero hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder: Que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles.

Aquí Pablo habla al rey Agripa, sosteniendo que Jesús habría tenido que sufrir por todos nosotros para luego anunciar la luz en la Resurrección.
Analicemos ahora la Primera Epístola de Pedro (1, 17-21):

Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; 
sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, 
sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, 
ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios.

Es la sangre preciosa de Cristo, cordero sin defectos y sin mancha que “libera”, o sea, quita el pecado.
Veamos ahora los pasajes (2, 24-25):

quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.
Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas.

En estos pasajes Pedro se remite a dos profecías bíblicas: Isaías (53, 4-12) y Ezequiel (34-5).
Ahora veamos un último pasaje de la Primera Epístola de Pedro (3, 18):

Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;

Cristo murió para quitar los pecados. Murió justo, es decir inocente, por los injustos, por los pecadores, o sea por todos nosotros, para darnos la posibilidad de ser reconducidos a Dios.
También en la Primera Epístola de Juan hay algunos pasajes que aclaran el fin principal de la misión de Jesucristo en la tierra.
Veamos el pasaje (1, 7-9):

pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. 
Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Para ser salvados debemos confesar nuestros pecados y creer en Jesucristo. En este caso, nuestros pecados serán perdonados por medio de su sangre.
Veamos ahora el pasaje (2, 1-2):

Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. 
Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

Juan afirma una vez más: Jesús derramó su sangre para expiar nuestros pecados, no solo los nuestros, sino los de todo el mundo.
Veamos el pasaje (3, 4-6):

Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. 
Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. 
Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.

Jesús se manifestó para quitar el pecado. Quien permanece en él, no peca, quien peca se aleja de él, ya que él, siendo Dios, es infinitamente sagrado.
Veamos dos últimos pasajes de la Primera Epístola de Juan.

(4, 9-10):

En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. 
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

y (4, 14-16):

Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo. 
Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. 
Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.

Una vez más, Juan confirma que Jesús fue enviado para expiar nuestros pecados, ya que él es el Salvador del Mundo.
Para concluir, pasemos a analizar el Apocalipsis de Juan. En este libro profético, escrito por Juan a finales del primer siglo d.C., hay muchas referencias al Cordero de Dios y a su acción salvadora. Veamos algunos.
(1, 4-5):

Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono;
y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,

Jesucristo nos liberó de los pecados con su sangre.

(2, 7):

El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.

El árbol de la vida es el símbolo de quien es la vida, Jesucristo. La Resurrección será dada a quienes hayan creído en él.

(5, 8-9):

Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos; y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;

Jesús fue inmolado y con su sangre rescató a hombres de todos los pueblos.

(5, 11):

Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones,
que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.

El Cordero de Dios fue inmolado para quitar el pecado del mundo.

(7, 9-10):

Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.

Los salvados lavaron sus pecados en la sangre del Cordero.

(12, 9-11):

Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. 
Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. 
Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.

Una vez más se confirma que es la sangre del Cordero la que venció el pecado, la muerte y a Satanás. Sucedió al inicio, cuando Satanás se le rebeló a Dios, sucedió con la acción salvadora de Jesucristo, y sucederá al fin de los tiempos. Además de su muerte en la cruz, cuando Jesucristo cargó sobre sí todos los pecados del mundo y los quitó con su sangre, está el evento fundamental de su misión: la Resurrección (En los Evangelios: Mateo, 28; Marcos, 16; Lucas, 24; Juan, 20). En la Resurrección, Jesucristo venció la muerte y demostró su poder sobre ella. Solo Dios mismo, que creó el universo, tiene el poder de vencer el pecado y la muerte.
La Resurrección es, además, la demostración de que Dios aceptó el extremo sacrificio de Cristo hecho por todos los seres humanos y certifica que quienes creen en Jesucristo serán resucitados a la Vida Eterna.
Así llegamos al fin de este examen, donde vimos muchas referencias al concepto de Cordero y a la acción salvadora de Jesucristo en los diferentes libros del Nuevo Testamento.
Hay, sin embargo, un último pasaje del Evangelio de Juan que quisiera analizar. Es el pasaje (14-6):

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Concentrémonos en la frase: “yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Solo quien es el creador de la vida (Juan 1, 3), solo quien es la vida misma, puede vencer la muerte. Y entonces puede vencer el pecado, que es el origen de la muerte. Quien no es la vida misma no puede quitar el pecado. Solo Jesucristo, que es la vida, puede quitar el pecado del mundo.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Notas:
1-Neufeld, The Earliest Christian Confessions (Grand Rapids: Eerdmans, 1964) p. 47; Reginald Fuller, The Formation of the Resurrection Narratives (New York: Macmillan, 1971) p. 10 (ISBN 0281024758); Wolfhart Pannenberg, Jesus—God and Man translated Lewis Wilkins and Duane Pribe (Philadelphia: Westminster, 1968) p. 90 (ISBN 0664208185); Oscar Cullmann, The Early Church: Studies in Early Christian History and Theology, ed. A. J. B. Higgins (Philadelphia: Westminster, 1966) p. 64; Hans Conzelmann, 1 Corinthians, translated James W. Leitch (Philadelphia: Fortress 1975) p. 251 (ISBN 0800660056); Bultmann, Theology of the New Testament vol. 1 pp. 45, 80–82, 293; R. E. Brown, The Virginal Conception and Bodily Resurrection of Jesus (New York: Paulist Press, 1973) pp. 81, 92 (ISBN 0809117681) . see Wolfhart Pannenberg, Jesus—God and Man translated Lewis Wilkins and Duane Pribe (Philadelphia: Westminster, 1968) p. 90 (ISBN 0664208185); Oscar Cullmann, The Early church: Studies in Early Christian History and Theology, ed. A. J. B. Higgins (Philadelphia: Westminster, 1966) p. 66–66; R. E. Brown, The Virginal Conception and Bodily Resurrection of Jesus (New York: Paulist Press, 1973) pp. 81 (ISBN 0809117681); Thomas Sheehan, First Coming: How the Kingdom of God Became Christianity (New York: Random House, 1986) pp. 110, 118 (ISBN 0394511980); Ulrich Wilckens, Resurrection translated A. M. Stewart (Edinburgh: Saint Andrew, 1977) p. 2 (ISBN 071520257X); Hans Grass, Ostergeschen und Osterberichte, Second Edition (Gottingen: Vandenhoeck und Ruprecht, 1962) p. 96; Grass favors the origin in Damascus. Hans von Campenhausen, "The Events of Easter and the Empty Tomb," in Tradition and Life in the Church (Philadelphia: Fortress, 1968) p. 44; Archibald Hunter, Works and Words of Jesus (1973) p. 100 (ISBN 0334018064)
(2) Jean Carmignac, Nascita dei Vangeli sinottici, San Paolo, Cinisello Balsamo (Milano), 1986.

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