viernes, 18 de marzo de 2016

La influencia del darwinismo y de la teosofía en la sociedad occidental: la filosofía nueva era


El 24 de noviembre de 1859 fue publicado en Londres el libro de Charles Darwin El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. La teoría expuesta en el libro estaba basada en el concepto de que las diferentes especies animales evolucionan en el tiempo a través del proceso de selección natural. A partir de esta teoría se desarrolló, en los años sucesivos, la filosofía conocida como darwinismo social.
El 17 de noviembre de 1875 fue fundada en Nueva York la Sociedad Teosófica. Los principales socios fundadores fueron Helena Petrovna Blavatsky, Herny Steel Olcott y William Quan Judge.
Aparentemente, estos dos acontecimientos no están relacionados entre sí. Sin embargo, la difusión a gran escala de estas filosofías, que están en cambio interconectadas, influenció todo el mundo occidental, dando inicio incluso a nuevas corrientes de pensamiento (la nueva era).
Analicemos brevemente la teoría de la evolución y la consiguiente filosofía darwinista, para luego concentrarnos en la filosofía teosófica y en sus derivaciones.
Primero que todo, hay que poner en evidencia que hoy en día, a más de ciento cincuenta años de la publicación del libro de Darwin, la teoría de la evolución sigue siendo una teoría no comprobada.
Veamos el porqué: esta teoría está basada en el absurdo concepto de la generación espontánea. Por una increíble secuencia de casualidades se habría originado la vida, de la nada, de la materia inerte y, por tanto, del ser unicelular se habrían originado, también casualmente, todos los animales, hasta llegar al ser humano, que sería “solo” un animal más desarrollado, con más inteligencia que los otros. Del caos, entonces, se habría generado el orden, por medio de la casualidad. No obstante, de acuerdo al segundo principio de la termodinámica, existe una tendencia a pasar del orden al desorden, y no viceversa. De la materia inerte no se puede generar vida en modo casual. Se han hecho experimentos para intentar demostrar que uniendo átomos de carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno, y agregando luego descargas eléctricas, se podrían generar algunas moléculas elementares, pero hasta ahora no han dado ningún resultado. Se han producido algunos aminoácidos, pero no proteínas. Y, además, el paso casual de la proteína a la célula dotada de membrana es inconcebible.
Según los evolucionistas, la vida habría nacido de los elementos inertes producidos después del Big Bang. Sin embargo, esta hipótesis es contraria a la ley de la biogénesis de Pasteur, que sostiene que la vida puede nacer solamente de la vida, y no de la materia inerte. Algunos evolucionistas sostienen “por fe” que la generación espontánea sucedió solo una vez, hace miles de millones de años. Pero ninguno de ellos ha probado que ocurrió y ninguno ha explicado por qué no puede acaecer otras veces.
El mensaje central del libro de Darwin, que hasta el día de hoy no está todavía demostrado científicamente, es que luego de mutaciones casuales, algunos animales se adaptan mejor que otros al ambiente circunstante y, en el curso del tiempo, se transforman, originando nuevas especies.
Pero la selección natural, o bien, la supervivencia del mejor, del más adaptado, no produce nuevas especies. Hay una gran diferencia entre “adaptación”, “mutación genética” y “evolución de la especie en otras especies con patrimonio genético diferente”.
Hasta ahora, la mutación genética es el único mecanismo que algunos científicos evolucionistas han propuesto para llegar al cambio evolutivo, prácticamente para explicar que de la sola molécula se llegó al ser humano. No obstante, la mutación genética es un evento raro, y no ha sido comprobado que produzca nuevo patrimonio genético.
Muy pronto, de esta teoría científica no comprobada, se originó una nueva corriente de pensamiento filosófico, el “darwinismo social” (1879), divulgado principalmente por Herbert Spencer. Esta filosofía está basada en el concepto de que la lucha por la vida fundamentaría las sociedades humanas. Por tanto, la “supervivencia del más apto” sería un concepto aplicable no solo al reino animal, sino también al hombre, siendo el hombre, en la visión darwinista, un animal desarrollado.
La Iglesia Católica se opuso a este concepto de inmediato, resaltando que, según el Cristianismo, todos los hombres son iguales frente a Dios, ya que Jesucristo murió en la cruz para la salvación de todos y que las diferencias de clase y de censo deberían ser reducidas, no consideradas como base de la competencia entre los hombres.
Por desgracia, el concepto de la afirmación del más adaptado se desarrolló ampliamente en la sociedad occidental e influenció a personas como Francis Galton, el patrocinador de la eugenesia, o sea la ciencia que se ocupa de “mejorar la raza humana” (concepto luego retomado por los nazistas).
El darwinismo social se difundió entonces como una teoría que basaba una legitimación de la “raza pura” y, por tanto, la afirmación de un poder político ideologizado y totalizante.
A partir de principios del siglo XX, el “darwinismo social”, junto a la filosofía teosófica, sirvió de sustrato para la difusión de la ariosofía, del misticismo nazista y del neopaganismo, conceptos que dieron luego origen al ascenso del nacionalsocialismo. 
Regresemos ahora al siglo XIX. En 1875 se funda en New York la Sociedad Teosófica. En realidad, la palabra “teosofía” es muy antigua e indica un recorrido sapiencial a través del cual se podría llegar a Dios.
En efecto, ya en el siglo II d.C., el gnosticismo cristiano era una forma de teosofía. El gnosticismo no era una fe original, sino una adaptación de la visión gnóstica del acontecimiento de Jesucristo. Los gnósticos del siglo II d.C. creían que la salvación no se alcanzaba a través del arrepentimiento de los propios pecados y a través de la fe en Jesucristo, sino que creían que se podían unir con Dios a través de la gnosis, o bien, con el conocimiento. El gnosticismo tenía, por tanto, una característica iniciática no abierta a todos y una diversa concepción cristológica, ya que, según los gnósticos, el Verbo (Dios) no podía haberse hecho carne, sino que se manifestó en el espíritu mostrando un aparente cuerpo material. La visión gnóstica, por tanto, no fue una fe original, sino una adaptación de los conceptos gnósticos aplicados al Cristianismo.
También después del Renacimiento algunos filósofos teosóficos sostenían que el único modo de alcanzar a Dios era a través del conocimiento y no a través del arrepentimiento de los propios pecados y de la fe en Jesucristo. No obstante, estas ideas eran combatidas por la Iglesia Católica desde el principio y, por tanto, tuvieron poca difusión. Fue después la Ilustración, o sea en el siglo XIX, cuando las ideas gnósticas, esotéricas y teosóficas se desarrollaron e iniciaron a afirmarse.
En el siglo XIX empezó a difundirse, sobre todo con el pensamiento de la ocultista ruso-americana Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), la idea de que todas las religiones tienen un origen común. Hay que resaltar que H. P. Blavatsky estaba afiliada a la Masonería. H. P. Blavatsky afirmó haber viajado a Asia, particularmente a India y al Tíbet, donde habría conocido a los “maestros de la enseñanza antigua”. Fue indudablemente influenciada por las religiones indias y, a su regreso a Occidente, efectuó un sincretismo entre ellas y las religiones abrahámicas. Blatavsky sostuvo que el Cristianismo sería un obstáculo para alcanzar la Verdad y difundió los conceptos de autodeificación y reencarnación.
La teosofía es, por tanto, una filosofía esotérica que llevaría al hombre al verdadero conocimiento de Dios a través de la sapiencia. Esta filosofía es entonces muy distinta al Cristianismo, en cuya base están la humildad, el arrepentimiento de los propios pecados y la fe en Jesucristo, con el fin último de alcanzar la salvación.
Otro concepto básico de la teosofía, que está muy bien ilustrado por el símbolo de la sociedad teosófica, es la asimilación de diferentes creencias, todas consideradas “verdaderas”. El símbolo teosófico está, en efecto, formado por la esvástica (a su vez símbolo de hinduismo, budismo y jainismo), por la estrella de David (símbolo del judaísmo), por la cruz ansada (símbolo axial proveniente del antiguo Egipto), por el Om (símbolo de hinduismo, budismo y jainismo, pero también de sikhismo), todos rodeados por el Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, el eterno retorno, que es un símbolo, en las culturas preabrahámicas, pero también en las culturas indígenas suramericanas, de la vida, del eterno regenerarse.
La teosofía, por tanto, está basada en el concepto relativista por el cual se sostiene que todas las religiones son iguales, y que la Verdad está en todas las diferentes creencias. Según este concepto, todas las religiones serían verdaderas, porque todas predican el amor y la paz.
Sin embargo, las religiones no son todas iguales; al contrario, cada una es distinta de las otras.
Por ejemplo, en las religiones orientales predominan conceptos diversos de los expuestos en el Cristianismo, como el del nirvana, la unión con el absoluto, o el concepto mismo del panteísmo, o sea de un dios que está en todas las cosas.
Es así como empezamos a entender que para el Deísmo, uno de los conceptos básicos de la Masonería, Jesucristo sería asimilable a Krishna, Buda o Zoroastro y, por tanto, a un sabio, un grandísimo filósofo y pensador, o quizás el más grande de todos, pero humano al fin y al cabo y no, como en la creencia cristiana, el “Salvador del Mundo”, el “Verbo”, o sea “Dios Hijo”.
Además, con el difundirse de la filosofía teosófica se empezó a afirmar la idea neoplatónica de la metempsicosis, que coincidía sustancialmente con el concepto de la reencarnación de las almas en las creencias budistas e hinduistas.
Es menester recordar que en 1872 fue publicado Moral y dogma del antiguo y aceptado rito escocés del americano Albert Pike, la obra principal de la Masonería, que influenció a la esotérica H. P. Blavatsky y a todo el pensamiento relativista del siglo XX.
Vemos entonces cómo al principio del siglo XX se creó un terreno fértil para la difusión de ideas masónicas e iniciáticas, que contemplaban la negación del Cristianismo y consideraban a Jesucristo como un sabio, pero no como la encarnación del Verbo. Otros filósofos divulgaron estas ideas a principios del siglo XX, como por ejemplo el esotérico austríaco Rudolf Steiner (1861-1925), fundador de la antroposofía; el masón francés René Guénon (1886-1951) y el ocultista ruso George Gurdjieff (1877-1949).
Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética se afirmaron como las únicas superpotencias mundiales. Se abría un período de oro para el desarrollo de la ciencia y de la tecnología. La energía nuclear había sido dominada, nuevos aviones a reacción habían sido construidos, nuevos misiles abarcarían pronto la inmensidad del espacio cósmico y nuevas medicinas resolverían el problema de las enfermedades, derrotando el sufrimiento y el dolor. Parecía casi que el hombre hubiera alcanzado el dominio total sobre las fuerzas de la naturaleza. Desde 1930, en la Unión Soviética se había divulgado en las escuelas la teoría de la evolución de Darwin. La mayoría de los soviéticos ya era atea desde 1950. En las masas de campesinos y operarios se había instalado a la fuerza la frase del comunista Karl Marx: “La religión es el opio del pueblo”.
A partir de 1950, en la Unión Soviética, varios conceptos derivados del nihilismo desembocaron incluso en el supranaturalismo, o sea en la filosofía cosmista, basada en el concepto de que el hombre, a través de la ciencia, podría alcanzar la inmortalidad, resucitar a sus antepasados y colonizar el universo.
Prácticamente, el hombre podría convertirse en Dios. Es así como el viejo sueño gnóstico, el de la unión con Dios, sería puesto en práctica, en breve, pero no con la espiritualidad, sino con la técnica.
Sin embargo, en todo esto estaba una vez más la negación de Jesucristo y de su sacrificio hecho por nosotros en la cruz. En todo esto, el hombre, con su arrogancia máxima, afirmaba ser él mismo Dios, y daba la espalda a Jesucristo.
No obstante, más adelante, en 1991, con la caída de la Unión Soviética, el Cristianismo volvió a afirmarse y, por tanto, allí donde se pensaba que Jesucristo había sido derrotado, el verdadero vencido fue justamente Karl Marx y su ideología comunista.
Pero volvamos ahora al 1950/60.
Tanto en la Unión Soviética como en Occidente, a pesar de los desarrollos de la ciencia, la gente común no podía prescindir de la búsqueda espiritual. El concepto de “vida después de la muerte” y, por tanto, del alma, está tan radicado en los seres humanos que ni la suma de todas estas filosofías antirreligiosas logra erradicarlo por completo. Fue así como a partir de 1970 se difundió en los Estados Unidos un movimiento cultural denominado “nueva era”.
El origen del movimiento nueva era se puede reconocer tanto en la afirmación de la filosofía darwinista como en la filosofía teosófica. Primero que todo, es justamente el término “evolución” el que inicia a impregnarse en lo profundo de la sociedad occidental.
La teoría de la evolución se enseña en las escuelas y los niños son adoctrinados no solo para creer que dicha teoría es en todo y por todo cierta, sino que incluso son inducidos indirectamente a asumir el concepto de “evolución” personal y, por tanto, también espiritual, en sus vidas presentes y futuras. Todo gira alrededor de una supuesta evolución de la cual todos deberemos hacer parte. Es así como el concepto de evolución espiritual y superación personal se amalgaman muy bien con los conceptos expresados en la filosofía nueva era. Según los defensores de la nueva era, el sol, según la ley de precesión de los equinoccios, estaría por pasar del signo piscis al de acuario. Es así como iniciaría una “nueva era”.
La nueva era es reconocida como un conjunto de filosofías, muchas de las cuales derivan de religiones orientales, que son sincretizadas y oportunamente occidentalizadas. El sustrato masónico y teosófico permite considerar que la verdad está en cada una de estas tendencias. Pero, como hemos visto, la Verdad por definición no puede estar en filosofías y religiones opuestas entre ellas, de manera que ya aquí identificamos una fuerte contradicción.
La nueva era retoma el antiguo concepto gnóstico y oriental por el cual el alma individual, presente en cada uno de nosotros, haría parte del alma universal. Con la superación del sí mismo y con oportunas técnicas de evolución espiritual, ¡cada uno de nosotros podría llegar a ser Dios!
La nueva era se presenta como un conjunto de corrientes gnósticas y panteístas. El universo estaría dominado por una fuerza, a veces denominada “energía cósmica”. Para alcanzar esta energía, unirse con ella, es necesario elevarse y, por tanto, evolucionar a través de la mediación de algunas fuerzas espirituales menores. El hombre, para la nueva era, no fue creado por Dios con una acción directa, sino que sería el fruto de una constante evolución. Ya aquí se observan muchos puntos contrarios al Cristianismo. La concepción evolucionista del hombre, derivada de influencias darwinistas, incita a la arrogancia, que lleva al clasismo y al esoterismo. Solo los iniciados serían los puros, que alcanzan la unión con Dios o con la energía cósmica. La salvación no sería en este caso una posibilidad ofrecida a todos, sino solo a los sapientes. En el Cristianismo, en cambio, no es el hombre quien debe evolucionar para alcanzar a Dios, sino que es Dios quien se hizo carne para venir a salvar al hombre. Los dos conceptos son, por tanto, opuestos.
En lo que concierne al pecado, muchos secuaces de la filosofía nueva era sostienen que no existe. Como Dios no es, en la visión de la nueva era, un ser personal, no existe un “pecado contra Dios”, sino solamente un no-perfecto conocimiento del Absoluto. En la nueva era habría una auto-redención, pero no se explica, sin embargo, como podría un pecador purificar su pecado. Tomemos como ejemplo a un asesino. En ningún modo puede devolver a la vida a la persona que mató. Puede demostrar arrepentimiento con los parientes de la víctima, dedicarse a ellos toda la vida para buscar compensar su acto, pero no podrá nunca devolver a la vida a quien asesinó. Según la filosofía nueva era, el sujeto que cometió homicidio podría alcanzar un perfecto conocimiento de sí mismo, y solo así podría purificarse del pecado. Pero el asesinado permanece asesinado. Y, por tanto, en la nueva era, nadie puede expiar realmente un pecado.
Con el Cristianismo, en cambio, es Jesucristo quien expió nuestros pecados en la cruz. Por tanto, creyendo en él y en su sacrificio expiatorio, el hombre obtiene el perdón de sus pecados y la salvación.
Otros secuaces de la nueva era que persiguen filosofías orientales como el budismo y el hinduismo sostienen que el pecado se purifica con la reencarnación de las almas. Pero tampoco la creencia en la reencarnación resuelve el problema del mal. En efecto, según la ley del karma, quien asesinó, en la próxima vida reencarnará en una persona que será a su vez asesinada. Solo así pagará por haber cometido un pecado. Pero para poder ser asesinada, esa persona necesita a su vez de un nuevo asesino. De manera que la reencarnación, en vez de resolver el problema del mal, lo multiplica al infinito.
En la nueva era se difunden las religiones y las filosofías orientales, como justamente el budismo, el hinduismo, el tao, el yoga, el zen, el tantra, el reiki, el feng-shui y la meditación trascendental, pero también conceptos más occidentales como la antroposofía, el espiritismo y el neopaganismo, y también religiones nuevas como la cienciología, el credo ufológico y los raelianos. Según las creencias de la nueva era, cada una de estas tradiciones puede conducir a la iluminación, a la unión con la energía cósmica, con la fuerza que invade el universo.
Sin embargo, esta energía cósmica es concebida a menudo en contraposición a Dios Padre, visto como patriarcal y Trascendente.
Mientras en el Cristianismo Dios es Trascendente, en la nueva era, la energía universal está presente en el inmanente e invade al universo. En el panteísmo de la nueva era “todo es dios”. Pero si todo es dios, nada es dios.
Para los secuaces de la nueva era, quien sabe canalizar esta supuesta energía divina hacia sí, alcanza la iluminación o perfecto conocimiento y podría entonces unirse con la energía cósmica. Esta energía divina es a menudo llamada “energía crística”: Cristo es, por tanto, cualquiera que obtenga esta energía cósmica y la sepa canalizar.
Para el Cristianismo, Jesucristo es el Verbo (Dios encarnado), muerto en la cruz para quitar el pecado del mundo, y resucitó al tercer día venciendo el pecado y la muerte.
En la nueva era, Jesucristo es degradado a un gran sabio, una persona que supo concentrar en sí “la energía crística”. Para la nueva era, Jesús de Nazaret no era “el Cristo”, sino solo un gran sabio, a la par que Krishna, Buda y Zoroastro.
Ahora entonces nos damos cuenta de cómo la nueva era, derivada principalmente de la teosofía, tomó varios conceptos de la Masonería, del Deísmo y de las religiones orientales, sincretizándolos y mostrándolos como originales, cuando no lo son. Y desde este momento podemos afirmar que la nueva era no puede tener nada que ver con el Cristianismo, ya que lo niega en su esencia.
La nueva era se identifica también con movimientos ecológicos actuales que utilizan términos como “madre tierra”, “madre naturaleza”, “gaya” o “pachamama”, para subrayar que la naturaleza tendría una mente. Según este concepto, la tierra misma, concebida en su totalidad, estaría interconectada o podría responder a estímulos o ataques externos. Por tanto, la tierra, y con ella la naturaleza, tendría una mente.
No obstante, la naturaleza no puede tener una mente, ya que es un conjunto de elementos que no demuestran inteligencia. La naturaleza no puede ser la “causa primera”.
La “causa primera” es, por definición, la entidad que nadie creó, que existe desde siempre y que dio origen a todo lo creado.
Otra característica de la nueva era es la negación de las diferencias. El bien y el mal, como por otra parte lo masculino y lo femenino, no servirían más y serían conceptos superados. Lo humano se fundiría con lo divino, el alma con el cuerpo, y lo inmanente con lo Trascendente. Notemos que la nueva era se ajusta muy bien a la sociedad actual, individualista y enfocada en la elevación del propio yo. La nueva era se integra también en la cultura global que varios grupos de poder quieren imponer en la sociedad occidental. En la nueva era cada uno puede hacerse una espiritualidad propia. Como en esta óptica no existe el concepto de un Dios personal, no existe el concepto de pecado, y por tanto, es avalada la eliminación de las normas éticas que basan el Cristianismo. Por ejemplo, se avalan el aborto, la eutanasia, las uniones entre homosexuales e incluso la adopción de niños a parejas homosexuales, además de prácticas abominables como el alquiler de vientre (subrogación gestacional) y la negación de las diversidades sexuales (estudios de género). Se va incluso más allá, y reconectándose con el cosmismo, tan en boga en la posguerra soviética, se empieza a hablar de eugenesia y transhumanismo, que llevarían a una restringida élite de personas a buscar incluso la inmortalidad, creyendo poder ponerse en el lugar de Dios.
En definitiva, la nueva era, que hunde las propias raíces en los conceptos gnósticos, masónicos y teosóficos, no puede coexistir con el Cristianismo. Para el cristiano, Jesucristo es el único camino hacia el Padre:

Le dijo Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Evangelio de Juan 14:6)

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Foto: una persona camina en un laberinto, utilizado en cultos de la nueva era.
By JamesJen - Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7135938

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