martes, 22 de marzo de 2016

La época post-constantiniana: el dominio de la teología


Durante los primeros tres siglos de nuestra era, el Cristianismo era como un tesoro inconmensurable que los Apóstoles habían dado a hombres de altísimo valor: los primeros cristianos. 
Según el historiador americano David Bercot, el Cristianismo estaba protegido por cuatro poderosos muros.
En primer lugar, había la fuerte convicción de que la última revelación había sido escrita en los libros del Nuevo Testamento, cuyo Canon ya estaba en uso alrededor del fin del siglo II (Fragmento Muratoriano). Había, por tanto, una idea ultraconservadora que equiparaba cualquier posible añadidura a los textos sagrados y a cualquier cambio como un error grave.
El segundo muro era la separación de la Iglesia del mundo. Ningún cristiano estaba impregnado de poder y ningún cristiano vivía en modo mundano.
El tercer muro era la práctica de enviar las preguntas sobre posibles disputas a los miembros del consejo de las Iglesias, donde los Apóstoles habían enseñado.
El cuarto muro era la independencia de las varias Iglesias, la una de la otra (Jerusalén, Antioquía, Alejandría de Egipto, Constantinopla, Éfeso, Corinto, Roma). Este hecho hacía prácticamente imposible que una enseñanza errada se extendiera rápidamente entre los creyentes.
Durante el segundo y el tercer siglo, las persecuciones a los cristianos continuaron. Sin embargo, al final del tercer siglo, algunos cristianos empezaron a adoptar un estilo de vida más mundano, y comenzaron a ver a sus guías espirituales más como sacerdotes ceremoniales que como predicadores, maestros de vida y de integridad. Además, el obispo de Roma empezó a imponer su autoridad sobre las otras Iglesias (1).
Durante esta situación, el poder imperial no estaba en manos de un solo hombre. En el 306 d.C., Severo gobernaba Italia y la costa africana correspondiente a las actuales Túnez y Argelia, Constantino gobernaba Galia y otros dos hombres gobernaban la parte oriental del imperio. Después de que Severo fuera derrotado por Majencio, Constantino se declaró legítimo emperador del imperio romano de Occidente.
En el 312 d.C., Constantino y su ejército marcharon hacia Roma. Antes del combate con Majencio sucedió algo extraño, que indirectamente influenció todo el mundo occidental. El historiador Eusebio (265-340 d.C.) narra este hecho en su “Vida de Constantino” (2):

Dijo que a medianoche… vio con sus ojos el signo de una cruz de luz en los cielos, superpuesta al sol, con las palabras: con este signo serás vencedor. (in hoc signo vinces)

Además, Constantino dijo que Jesucristo se le había aparecido en sueños y le había dicho que hiciera dibujar el signo de la cruz en los escudos utilizados por los soldados.
El resultado de la batalla fue favorable para Constantino, quien atribuyó la victoria al “Dios de los cristianos”. Constantino se convirtió así en el único emperador de Occidente.
Después sucedió algo muy importante para la historia del mundo occidental. Como sabemos, la religión romana era cívica, en el sentido que se atribuía el éxito y la prosperidad a los dioses que habían sido adorados. Constantino creía realmente que el “Dios cristiano” le había propiciado la victoria y que este mismo Dios podía proteger el imperio, siempre y cuando los emperadores le rindieran culto. Por consiguiente, Constantino decidió mantener lícita la religión cristiana. Con el edicto de Milán (313 d.C.), el emperador Constantino y Licinio (Augusto de Oriente) decretaron la libertad de culto para cualquier religión en todo el imperio.

Entonces nosotros, Constantino Augusto y Licinio Augusto, habiéndonos encontrado proficuamente en Milán y habiendo discutido todos los argumentos relativos a la pública utilidad y seguridad, entre las disposiciones que veíamos útiles a muchas personas o entre las que considerábamos prioritarias, habíamos puesto las relativas al culto de la divinidad con el fin de que les sea consentido a los Cristianos y a todos los otros la libertad de seguir la religión que cada uno profese, de manera que la Divinidad que está en el cielo, cualquiera que sea, a nosotros y a todos nuestros súbditos nos dé paz y prosperidad.

Con este edicto, Constantino no exigía a nadie que se convirtiera al Cristianismo, pero el hecho mismo que él se profesara cristiano (incluso si no había asimilado su sentido profundo) dio a la religión cristiana un cierto prestigio. Luego Constantino decidió que cada propiedad confiscada a los cristianos durante las persecuciones de Diocleciano debía ser devuelta. Además, cada casa de oración que había sido quemada debía ser reconstruida a expensas del Estado.
Pronto se dio cuenta de que la mayoría de los obispos cristianos estaba viviendo en la pobreza. Les ofreció entonces un salario y protección. Consintió que las Iglesias pudieran recibir bienes en herencia. Concedió a la institución una suerte de tribunales obispales (episcopalis audientia) a los cuales los cristianos podían acceder para dirimir sus controversias. Además, eximió de pago de impuestos a todos los obispos y a sus propiedades.
Increíblemente, así fue como los cristianos pasaron en pocos años de ser una minoría perseguida a ser los favoritos de la corte. De manera que poco a poco el espíritu ultraconservador de los primeros cristianos se encontraba en estado de peligro.
Durante el período de los primeros cristianos, por ejemplo, nadie había pensado nunca en pagar salarios a los obispos, pero cuando Constantino lo hizo, ellos aceptaron. Nadie había pensado nunca que fuera justo estar exentos de impuestos, pero cuando Constantino los eximió, ellos aceptaron. Nadie había pensado nunca que fuera justo vivir en un palacio suntuoso, pero cuando Fausta, la segunda esposa de Constantino, concedió la Domus Faustae (en el área del Palacio de Letrán) a Milcíades, el obispo de Roma, él aceptó sin reservas.
¿Qué obtuvo el emperador a cambio de todos estos favores y privilegios?
Ya en el 314 d.C., cuando hubo una polémica entre donatistas y católicos, fue Constantino quien la dirimió, dando a los católicos la prioridad y el reconocimiento de ser la legítima corriente de la Cristiandad. La intervención de Constantino para dirimir la polémica con los donatistas fijó un precedente a partir del cual el emperador obtuvo el derecho a convocar concilios y decidir sobre las controversias religiosas. Además, Constantino ya no era considerado una “divinidad” como los emperadores anteriores, pero como el obispo de Roma lo reconocía, entonces obtenía el “derecho divino”, o sea el “derecho a reinar consagrado por Dios”. Constantino, sin embargo, tenía más poder temporal respecto al obispo de Roma, en el sentido de que era considerado como si fuera una especie de obispo por encima de las partes, u obispo universal.
Justamente por haber decretado que las Iglesias cristianas fueran reconstruidas a expensas del Estado, Constantino obtuvo voz y voto en el ámbito de la religión cristiana. Los edificios religiosos no debían solo ser más grandes, debían ser suntuosos. Siguiendo este razonamiento material, hizo construir las Iglesias con columnas ciclópeas y las hizo decorar con mármoles elegantes y costosos. Creía realmente que si él bendecía la Iglesia, Dios bendeciría el imperio. Había simplemente continuado con los esquemas de la religión romana, ganándose al “Dios de los cristianos”, pero no parece que Constantino fuera un cristiano “nacido de nuevo”.
¿Cómo fue posible que los cristianos del siglo IV se alejaran de la creencia original de Jesucristo? Ellos pensaron que Dios estaba inaugurando una especie de nueva era del oro, durante la cual las persecuciones se habían acabado, y que finalmente se podía vivir en brazos del poder y de la mundanidad. Sin embargo, en el Nuevo Testamento no había ningún pasaje que justificase esta supuesta era del oro. Por tanto, encontraron algunos pasajes del Antiguo Testamento que justificaban esta situación renovada. En vez de avanzar hacia el hombre renacido, típico del Nuevo Testamento, retrocedieron a algunos conceptos típicos del Antiguo Testamento. De ahí que se haga referencia al concepto de “híbrido constantiniano”. En este híbrido, inventado por Constantino, se intentaron adaptar algunos preceptos del Nuevo Testamento a la moral y al estilo de vida del Antiguo Testamento. Mitad del híbrido era el Estado y la otra mitad era la Iglesia. Fue una especie de retorno al modelo del viejo estado de Israel. Solo que ahora era más grande, ya que incluía al imperio romano. En muchos puntos, el híbrido constantiniano se parecía al Antiguo Testamento. Por ejemplo, en el concepto de riqueza. Como en el Antiguo Testamento no hay particulares exhortaciones a no acumular riquezas, tampoco en el híbrido las hubo y, por tanto, hubo un alejamiento de los preceptos evangélicos, donde la riqueza no podía ser central en la vida de una persona. Los juramentos eran lícitos en el Antiguo Testamento y, por tanto, volvieron a serlo en el híbrido, mientras que en el Nuevo Testamento no era lícito jurar, ya que una persona debía tener honor.
La violencia era completamente rechazada en el Nuevo Testamento. Incluso había que amar a los propios enemigos. Los cristianos del híbrido volvieron, en cambio, a una moral típica del Antiguo Testamento: “ojo por ojo, diente por diente”.
Ya en el cuarto siglo se volvió lícito responder con la fuerza a las provocaciones y a afirmar con violencia las propias ideas. Naturalmente, en el híbrido hubo también cosas positivas: Constantino promulgó leyes para ayudar a las familias pobres, condenó la inmoralidad sexual y la brujería. Prohibió los crueles combates de gladiadores, declaró ilegal la prostitución y se opuso al concubinato. Sin embargo, el único modo para castigar los comportamientos contrarios a la moral era con la fuerza bruta. Por tanto, decidió que los castigos para comportamientos en contra de la tradición sexual debían ser efectuados con métodos terribles: practicar la tortura, quemar vivas a las personas o verter plomo fundido en la garganta de los condenados.
Con el tiempo, Constantino se convirtió en un gobernante cruel. Después de haber vencido a Licinio, utilizando incluso tropas de cristianos, le concedió mantenerse con vida, pero después de pocos meses lo hizo asesinar. Luego, viendo enemigos por doquier, hizo asesinar a su hijo Crispo y a su esposa Fausta. Ningún obispo le pidió que se arrepintiera por estos hechos.
Durante 280 años, el Cristianismo antiguo no había cambiado, justamente porque estaba protegido por los cuatro muros descritos al principio de este artículo. Pero ahora el muro externo, el espíritu ultraconservador de la Iglesia primitiva, estaba amenazado. Fue así como los cristianos empezaron a pensar que el cambio no podía ser sinónimo de error, sino que tal vez podía traer mejoras. Es como si los cristianos se hubieran dicho a sí mismos que Dios había cambiado las reglas. Veamos a tal propósito un escrito de Eusebio (3):

“A todos los que consideraban estos hechos, les debía parecer que una fresca y nueva era había empezado a aparecer y que una luz, primero desconocida, comenzaba a surgir de la oscuridad hacia la raza humana. Y todos debieron confesar que estas cosas eran obra de Dios que nos había dado a este pío emperador para contrarrestar la multitud de impíos”.

La Iglesia ya no equiparaba el cambio al error, sino que empezaba a pensar que el Cristianismo podía cambiar para mejorar. Se comenzaba a pensar que quizás el Cristianismo apostólico era solo el inicio de nuevas y más sublimes revelaciones. A tal propósito, se recuerda que los cristianos del siglo IV aplicaban a la Iglesia la profecía de Hageo (2, 9) sobre la reconstrucción del templo (4):

“La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera”

El otro muro que había defendido la Iglesia durante los primeros tres siglos era la separación del mundo. Por primera vez en la historia ser cristiano daba prestigio social y muchos cristianos accedieron a los cargos públicos.
En el pasado, ser cristiano presuponía una fe real y un cambio de vida radical. En el siglo IV, ser cristiano indicaba que una persona aprobaba un credo particular y participaba en varios ritos cristianos como el bautizo y la eucaristía. Pero ya no significaba que esta persona hubiera realmente cambiado de vida.
La Iglesia empezó a adoptar los métodos del mundo. Por ejemplo, este cambio se vio también en el modo como los cristianos se oponían al poder. Durante los primeros tres siglos, los cristianos, cuando eran perseguidos, huían, y si eran capturados, no oponían resistencia.
Los cristianos del siglo IV, en cambio, si eran víctimas de una injusticia o de una persecución, no tenían la más mínima intención de no oponer resistencia y obviamente ni siquiera de aceptar la tortura o la muerte.
Por ejemplo, cuando el hijo de Constantino envió a uno de sus generales a Constantinopla en el intento de reemplazar al obispo de la Iglesia, en vez de aceptar aquella decisión, la multitud, compuesta de cristianos, prendió fuego a la casa del general. Cuando luego el general salió a la calle, fue asesinado (5) (6).
En general, la actitud de los cristianos, y especialmente de aquellos que tenían puestos de poder, había cambiado. En pocos años, los perseguidos se encontraron siendo los perseguidores. Constantino pensaba que hubiera sido mejor que no hubiera herejías, con el fin de determinar un modo a seguir.
Veamos el pensamiento de Constantino, transmitido por Eusebio de Cesarea (7):

Que sean informados, a través de este estatuto, los novacianos, los paulicianos, los montanistas y todos los que apoyen herejías a través de las propias asambleas privadas… sabemos que sus ofensas son abominables y atroces y que un solo día no bastaría para contarlas todas… como ya no es posible tolerar sus errores terribles, les advertimos que ninguno de ellos deberá reunirse de ahora en adelante. Por tanto hemos ordenado que sus sitios de reunión sean clausurados. Y está por tanto prohibido llevar a término sus cultos y supersticiones y sus inútiles reuniones, no solo en público, sino también en lugares privados o en cualquier otro lugar.

Tan solo una década antes, ser cristiano era un crimen. Sin embargo, ahora el crimen era ser hereje. En efecto, además del Cristianismo apostólico, se habían desarrollado otras tendencias que veían a Jesucristo no como el Verbo encarnado, el Hijo de Dios, sino solamente como un “puente” para poder alcanzar a Dios. Estas visiones diferentes de Jesucristo, que no reflejaban la creencia original del siglo I, habían sido confutadas a partir de Ireneo en el siglo II, pero nunca combatidas con la violencia. Para Constantino, estas disputas sobre la verdadera esencia del Cristianismo eran una amenaza para la estabilidad del imperio. Para gobernar hacía falta una sola fe, no importa que fuera un híbrido entre creencias cristianas originales, un parcial retorno al Antiguo Testamento (Agustín de Hipona, en el siglo sucesivo, avalaría la guerra justa, ver nota 8) y sincretismo con religiones solares (culto al Sol Invictus). Los cristianos heréticos, como en el caso de los arrianos, tenían que ser silenciados y combatidos a toda costa.
La controversia principal empezó entre Alejandro, el obispo de Alejandría de Egipto y Arrio, un presbítero de Alejandría. Arrio, contradiciendo las escrituras, sostenía que el Hijo de Dios no podía tener la misma naturaleza del Padre. Por tanto, para Arrio, el Hijo de Dios no podía ser coeterno con el Padre.
Constantino decidió, por tanto, que debía llevarse a cabo un concilio de obispos en Nicea (actual Turquía), con el fin de decidir de una vez por todas cuál era la creencia cristiana original y darle el estatus de doctrina.
El mismo Constantino presidió el Concilio, en el cual participaron más de 300 obispos del oriente y del occidente. El mismo Constantino propuso la redacción de un “Credo” donde se indicara la creencia cristiana y la doctrina de la consustancialidad encerrada en la palabra griega “homoousios”, término que traduce “de la misma sustancia”. Esta decisión de declarar al Padre y al Hijo de la “misma sustancia” concordaba exactamente con la escrituras del Nuevo Testamento, aunque el término “homoousios”, si bien no aparece en las sagradas escrituras, fue incluido en el “Credo Niceno”, al cual fue dada una importancia máxima, casi comparable a las escrituras. Con el Concilio de Nicea, por tanto, se había creado un precedente, en el sentido que se había “agregado” algo a la creencia original escrita en el Nuevo Testamento. Es como si se hubiera aceptado que existe una creencia esencial, sin la cual no podemos salvarnos, que no se expresa en modo específico en la escritura.
La mayoría de los obispos sancionó la consustancialidad del Padre con el Hijo y la preexistencia del Hijo (como se deduce del Evangelio de Juan). Los más notables fueron Alejandro de Alejandría, Eustacio de Antioquía, Atanasio, Marcelo de Ancira (Ankara). Cinco obispos, entre los cuales Arrio, se habían negado a firmar el Credo Niceno (9).
Lo que importa es la actitud agresiva del emperador, quien decretó:

Si se encuentra algún tratado de Arrio, que sea quemado, de manera que no solo su doctrina corrupta sea eliminada, sino que tampoco quede ningún recuerdo de la misma. Por tanto decreto que si alguien es sorprendido ocultando un libro de Arrio y no lo presente a las autoridades para quemarlo, se le dé la pena de muerte. (10).

A ese punto se había llegado: quien no aceptaba el Credo Niceno y quien ocultara libros de Arrio tenía que ser condenado a muerte. Una posición no precisamente evangélica.
Constantino, además, pensó que la Iglesia debía ser organizada bajo el modelo del imperio romano. De este modo, según Constantino, sería más fuerte y se evitarían escisiones futuras. Por tanto, a cada obispo se le daba una diócesis (del griego: διοίκησις, unidad administrativa del imperio romano).
Con el tiempo, el poder de los obispos metropolitanos, o sea los obispos de las ciudades principales del imperio, creció notablemente. Ningún obispo nuevo podía ser nombrado sin el permiso del obispo metropolitano.
Resumiendo, con el Concilio de Nicea se puso fin a la independencia de las congregaciones individuales. De ahora en adelante, cualquier cambio o añadidura a la doctrina, podía difundirse rápidamente por todas las Iglesias. En práctica, se había establecido una jerarquía piramidal, en cuya cima estaba la Iglesia de Roma, mientras antes, hasta el 313 d.C., había habido varias Iglesias, ninguna sin embargo sujeta a las demás. De un solo golpe cayeron el tercer y el cuarto muro defensivos del Cristianismo antiguo.
Inmediatamente después de Nicea se tuvo un gobierno conservador. Era evidente que algo había cambiado, pero ya la Iglesia, en vez de revolucionar el mundo (Hechos de los Apóstoles 17, 6) se estaba dejando absorber por él. Los conservadores, que veían el cambio como un error, habían notado que en el Credo Niceno se habían utilizado palabras que no estaban presentes en las escrituras, como “homoousios”. Un personaje importante de este período fue Anastasio, que fue obispo de Alejandría de Egipto, del 328 al 373 d.C.
Fue justamente Anastasio quien se opuso al movimiento conservador, el cual basaba su creencia más sobre las escrituras que sobre el Credo. Aparentemente, Anastasio, defendiendo el Credo, quería preservar la fe original de los primeros cristianos apostólicos, pero luego el Credo se volvió tan importante como las escrituras, siendo, según Anastasio, inspirado por Dios.
En realidad, el propósito de Constantino, o bien el de unificar la Iglesia en una sola creencia y anular las disputas teológicas, falló.
Fue justamente después de Nicea cuando se multiplicaron las divisiones entre las diversas corrientes cristianas. En efecto, la controversia arriana no terminó en lo absoluto con el Concilio de Nicea. Uno de los obispos arrianos más destacados, Eusebio de Nicomedia, quien fue obispo de Constantinopla del 339 al 341 d.C., obtuvo un gran prestigio cuando bautizó a Constantino a punto de morir, en el 337 d.C. Siguieron varios concilios menores y disputas teológicas sobre la consustancialidad del Padre y del Hijo. Pocos años después, a las disputas sobre la consustancialidad del Padre con el Hijo se agregaron también las de la naturaleza del Espíritu Santo, cuya Divinidad era negada por el obispo Macedonio de Constantinopla (342-360 d.C.).
En el 381 d.C. hubo otro Concilio de obispos, esta vez en Constantinopla. Fue el emperador Teodosio quien lo convocó en el 381 d.C. con el objetivo de reunificar las diferentes controversias doctrinales que amenazaban la Iglesia y, por tanto, indirectamente, al imperio.
La principal decisión del Concilio de Constantinopla fue la proclamación del Credo Nicenoconstantinopolitano. Al Credo Niceno se agregaron algunas frases (en negrilla), entre las cuales la más significativa fue:

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo

Con esta frase, reiterando la Divinidad del Hijo y del Espíritu Santo, se condenaba a los arrianos y a los secuaces de Macedonio.
Además, al Credo Niceno se le agregó la frase:

se encarnó en el seno de la Virgen María

Con la introducción del nombre de María, se pusieron las bases para las sucesivas disputas teológicas sobre la naturaleza de la madre de Jesucristo, que lentamente abrieron el camino a nuevos y ulteriores dogmas, decretados luego en el Concilio de Éfeso del 431 d.C.
Era el dominio de la teología. Pero la teología, aun teniendo su importancia, si se vuelve central, desvía al creyente de una vida de fe, caridad y esperanza. En práctica, muchos cristianos daban aprobación a un Credo, pero en esencia ya no estaban dispuestos a cambiar sus vidas por Jesucristo. En práctica, lentamente se daba más importancia a la teología cristiana que a la vida cristiana. En el curso del siglo IV las discusiones de teología eran cotidianas, pero desde entonces la Iglesia no ha visto un solo año totalmente libre de cuestiones teológicas. Tan solo un siglo después del Concilio de Nicea, ya no era suficiente conocer la Biblia para poder ayudar a una persona a acercarse al mensaje de Jesucristo. Era necesario estudiar los escritos de los Padres de la Iglesia y los decretos de los diversos concilios. En práctica, ya no era importante tener un conocimiento profundo de la Biblia, sino que era necesario saber lo que la Iglesia había decretado. Esto llevó con el tiempo a considerar la Biblia como un libro peligroso. En efecto, en 1229, en el sínodo de Tolosa se prohibió la posesión de la Biblia a los laicos.
En ese momento hubiera sido necesario un predicador como Pedro o como Pablo de Tarso para devolver la frescura propia del mensaje apostólico, y en cambio llegó un gran filósofo, quien sin embargo estaba al servicio del híbrido constantiniano, ajustándose perfectamente a aquel tipo de arquitectura social: Agustín de Hipona.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Foto: el emperador Costantino.

Notas:
1-Cipriano – On the Lapsed and Commodianus Instruction on Christian discipline: idioma italiano: “E a questo punto sono indignato per la evidente follia di Stefano che si vanta del suo vescovato e afferma che ha la successione di Pietro, sui quali furono poste le fondamenta della Chiesa".
2-Eusebio, la vita di Costantino, 1, cap. 28
3-Eusebio, la vita di Costantino, 3, cap. 1
4-Eusebio, Storia ecclesiastica 10, 4, 36
5-Socrate scolastico, Storia della Chiesa, tomo 2, cap. 13
6-http://www.newadvent.org/fathers/26012.htm
7-Eusebio, Costantino, tomo 3, capitoli 64-65
8-Esta es una citacion (en idioma italiano) de Agustìn en su escrito "Contro Fausto Manicheo" Libro 22, 74: "Cosa infatti si biasima nella guerra? Forse il fatto che muoiano quelli che sono destinati a morire, perché i destinati a vivere siano sottomessi nella pace? Obiettare questo è proprio dei paurosi, non dei religiosi. Il desiderio di nuocere, la crudeltà della vendetta, l'animo non placato e implacabile, la ferocia della ribellione, la brama di dominare e simili: è questo che a ragione si biasima nelle guerre. È soprattutto per punire a buon diritto simili cose che le guerre vengono intraprese dai buoni, per ordine di Dio o di qualche altro potere legittimo, contro la violenza di chi si oppone, quando essi vengono a trovarsi in una congiuntura delle umane vicende tale che la situazione stessa li costringe giustamente o a ordinare qualcosa di simile o ad eseguirlo". (http://www.augustinus.it/italiano/contro_fausto/index2.htm)
9-Socrate scolastico, Storia, tomo1, cap. 8
10-Socrate scolastico, Storia, cap. 9
11-Gibbon, il declino e la caduta dell’impero romano, 252

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