jueves, 18 de febrero de 2016

Pablo de Tarso y la cristianización de Grecia


Grecia fue el centro cultural por excelencia del mundo antiguo. A partir de Tales (624-546 a.C.), los filósofos griegos se habían puesto el problema de la “causa primera”, el elemento primordial del cual todo se originó. 
Tales, pero también Anaximandro y Anaxímenes, habían analizado el concepto de Logos, indicándolo como el medio a través del cual el ser humano llega a tener un conocimiento estable de las continuas transformaciones que suceden en la naturaleza.
En el curso de los siglos sucesivos, muchos otros filósofos dominaron el universo cultural helénico y la búsqueda del elemento primordial del universo, como por ejemplo Pitágoras (570-495 a.C.), Heráclito de Éfeso (535-475 a.C.) y Parménides de Elea (510-450 a.C.).
También Heráclito y Parménides describieron un Logos implícito en la naturaleza, o sea un proyecto racional que gobierna las cosas y les da las leyes que las subyacen. Para Heráclito, tal proyecto era la armonía de los contrarios, que van siempre juntos (día/noche, bueno/malo), y la realidad es un continuo fluir, discurrir, pero lo que permanece estable es el Logos, tal armonía. Parménides concibe el Logos como el todo, estable, inmóvil, eterno, la verdadera realidad, mientras que todas las cosas que se transforman son solo ilusiones de los sentidos.
Fue, sin embargo, con Sócrates (469-399 a.C.), Platón (427-347 a.C.) y Aristóteles (384-322 a.C.) que la filosofía griega llegó a su culmen en la edad clásica. Platón reconoció el alma como inmortal e incorpórea, y Aristóteles reconoció a Dios como “motor inmóvil” o “último acto puro”.
A partir del 146 a.C. la República romana conquistó militarmente Grecia. Lentamente la cultura latina se fundió con la helenística. Aunque Roma dominaba el mundo mediterráneo desde un punto de vista militar y económico, Grecia seguía siendo el centro cultural del imperio y, además, la lengua griega era considerada la lengua franca del imperio romano. En el siglo I d.C., Atenas ya no era el centro cultural del Mediterráneo, sino que habían surgido nuevos polos de atracción, como Éfeso y Alejandría de Egipto. Justamente en Alejandría, el judío helenizado Filón contribuyó a desarrollar una síntesis entre el Antiguo Testamento y la filosofía helenística. Para Filón, el Logos era entendido como el proyecto de Dios antes de la creación. El Logos era también la palabra de Dios que hace ser, que crea, que habla, es la palabra dotada de sentido profundo y sustancial, una palabra mediadora que acerca cielo y tierra, divino y humano.
Justo en aquel mismo período histórico, en Galilea, en Judea y, en fin, en Jerusalén, tuvo lugar el acontecimiento fundamental de la civilización occidental: la predicación y la muerte en la cruz de Jesucristo, que sus secuaces reconocieron como el Mesías, el Hijo de Dios, el Logos encarnado.
Ya en los primeros tres años sucesivos a la misión de Jesucristo en la tierra, sus secuaces lo invocaban como Señor (1 Cor. 16, 22). Fue justamente en aquellos años que Saulo de Tarso puso fin a durísimas persecuciones contra los secuaces de Jesucristo, que culminaron con el martirio de Esteban. No obstante, fue después de este acontecimiento impactante que Saulo se convirtió a Jesucristo, en el camino hacia Damasco (posiblemente en el 36 d.C.). Después de tales hechos, Saulo, que desde entonces se hizo llamar Pablo, se dirigió a predicar a Arabia (actual Jordania) y luego regresó a Damasco (Epístola a los Gálatas 1, 17). Luego visitó Jerusalén, donde permaneció quince días y donde conoció a Pedro y a Santiago, hermano de Jesús (Epístola a los Gálatas 1, 18-20). Es posible que en este breve pero intenso período Pedro narrara a Pablo muchos hechos y dichos de Jesucristo, incluso si desde un punto de vista fideísta se admite que la gran parte de las enseñanzas y de los fundamentos doctrinales de la misión de Jesucristo sobre la tierra fueron revelados directamente por el Señor a Pablo durante su conversión. Después Pablo partió hacia Tarso, de donde prosiguió hacia un período de predicación en Siria y Cilicia. A continuación llegó a Antioquía, donde se quedó un año (44 a.C.). Luego tuvo lugar una segunda visita a Jerusalén junto al apóstol Bernabé y el sucesivo retorno a Antioquía. En el 47-48, Pablo, junto a Bernabé y al futuro evangelista Marcos, emprendieron el primer viaje con el fin de cristianizar Asia menor (actual Turquía), que hacía parte del mundo helenístico. Las etapas del viaje fueron la isla de Chipre, el puerto de Antalya y, en fin, las ciudades de Asia: Perge, Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe. El regreso fue efectuado nuevamente del puerto de Antalya hasta Seleucia, para luego regresar otra vez a Antioquía. En el 50 d.C. Pablo se dirigió nuevamente a Jerusalén, donde participó en el Concilio junto a los Apóstoles (Epístola a los Gálatas, 2, 1-9). En el Concilio se sancionó definitivamente la posibilidad de llevar la palabra del Señor incluso a los que no eran judíos.
Después del Concilio de Jerusalén, Pablo partió hacia su segundo viaje evangelizador. Esta vez estaba decidido a llevar el Evangelio al corazón de Grecia, que había sido la cuna de la filosofía antigua.
¿Cómo fue posible para Pablo de Tarso iniciar con éxito aquel proceso que llevaría, en el curso de un siglo, a la cristianización de Grecia? ¿Cómo fue posible que un solo hombre lograra evangelizar a los griegos, herederos de la filosofía platónica y secuaces de la férrea lógica aristotélica?
Pablo partió junto a Sila y Timoteo hacia Antioquía y luego hacia Tarso. De Tarso procedió hacia Antioquía de Pisidia, de donde continuó el viaje hasta Tróade, cerca al estrecho de los Dardanelos. De aquel punto se embarcó hacia Macedonia y luego llegó a Filipos. Después de haber pasado por Anfípolis y Apolonia llegaron a Tesalónica. He aquí el pasaje correspondiente de los Hechos de los Apóstoles (17, 1-7):

Pasando por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos. 
Y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras, que era necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, a quien yo os anuncio, decía él, es el Cristo. 
Y algunos de ellos creyeron, y se juntaron con Pablo y con Silas; y de los griegos piadosos gran número, y mujeres nobles no pocas. 
Entonces los judíos que no creían, teniendo celos, tomaron consigo a algunos ociosos, hombres malos, y juntando una turba, alborotaron la ciudad; y asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlos al pueblo. 
Pero no hallándolos, trajeron a Jasón y a algunos hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá; a los cuales Jasón ha recibido; y todos estos contravienen los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús.

Luego de una parada en Berea, Pablo se dirigió a Atenas, donde pronunció el famoso discurso en el Areópago frente a los filósofos neoplatónicos. Fue realmente la prueba más difícil, ya que Pablo se enfrentaba por primera vez con un muro casi impenetrable, ya que la Resurrección del Señor que él predicaba no convencía a las mentes neoplatónicas de los sabios del Areópago. En efecto, los eruditos griegos veían la muerte como una liberación del alma del cuerpo y la idea de una resurrección en la carne les parecía un retorno al cautiverio del cuerpo.
Pablo, de todos modos, no se desanimó, sino que se dirigió a Corinto, donde permaneció al menos un año y medio. Fue justamente en Corinto donde surgió la primera comunidad de cristianos de Grecia y fue justamente en aquella ciudad donde Pablo empezó a escribir sus Epístolas, donde comenzó a delinear los fundamentos doctrinales de la misión salvadora de Jesucristo y también el concepto de la Divinidad de Jesucristo. Las primeras dos Epístolas de Pablo de Tarso fueron escritas desde Corinto a los Tesalonicenses en el 51-52 d.C.
Pablo, que era un judío ya helenizado, escribía en griego, muy consciente de que la difusión de sus escritos sería más ágil en la lengua franca del imperio romano.
Luego, Pablo decidió regresar a Asia y zarpó hacia Éfeso, de donde continuó el viaje por vía marítima hacia Cesarea, visitando Jerusalén y llegando finalmente a Antioquía.
Muy pronto Pablo decidió iniciar su tercer viaje con el objetivo de llevar el Evangelio una vez más a Grecia. Había comprendido que Grecia, desde un punto de vista cultural, era extremadamente importante para la futura cristianización del mundo. Si Grecia aceptaba a Jesucristo, todo el mundo lo aceptaría sucesivamente.
El tercer viaje tuvo inicio en Antioquía. Una vez más, Pablo recorrió las calles polvorientas de Cilicia, de Galacia y de Frigia, llegando luego a Éfeso, importante capital de la cultura helenística.
En Éfeso Pablo se quedó al menos dos años y desde aquella ciudad escribió varias cartas (Primera Epístola a los corintios, Epístola a los gálatas, Epístola a los Filipenses).
Veamos un importante pasaje de la Primera Epístola a los Corintios (15, 1-8):

Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.
Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce.
Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.

En este pasaje Pablo proclama el kerigma del Evangelio, o sea el mensaje central que quiere transmitir a sus oyentes. Jesucristo murió con el fin de quitar el pecado del mundo, o bien expiar todos los pecados, y luego, al tercer día, resurgió de los muertos. Después Pablo describe las apariciones de Jesús a sus secuaces.
Veamos ahora un pasaje fundamental de la Epístola a los Filipenses (53-55 d.C.), donde hay un importante himno a la humildad, dedicado a Jesucristo (2, 3-11). 

Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo;
no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,
el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,
sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;
y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre,
para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 
y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

Leyendo este importante fragmento rítmico, vemos que, en el sexto pasaje, Pablo escribe: “el cual, siendo en forma de Dios”. De manera que Pablo escribe claramente que Jesús es Dios, por naturaleza. Sin embargo, Pablo agrega que Jesucristo “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” y “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Aquí Pablo expresa, por tanto, el concepto de encarnación de Dios en una persona humana y por primera vez confirma el concepto de la humildad del Señor, que hubiera podido venir en plena potencia, pero vino “tomando forma de siervo”, humillándose hasta la muerte en la cruz. Por tanto, Pablo de Tarso expresa en pocas líneas varios conceptos cardinales del Cristianismo: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, y murió en la cruz.
Además, en el undécimo pasaje escribe: “y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. Pablo no escribe “Dios”, sino “Dios Padre”. Haciéndolo, remitiéndose al sexto versículo, certifica la Divinidad del Hijo.
En otros pasajes de sus Epístolas desarrollará el concepto del acto salvador actuado por Jesucristo en la cruz y describirá su Resurrección como certificación de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte. 
Después de una larga estadía en Éfeso, Pablo de Tarso prosiguió hacia Tesalónica, en Macedonia, donde escribió la Segunda Epístola a los Corintios. Luego continuó hacia Corinto, donde permaneció alrededor de tres meses y donde escribió su Epístola a los Romanos.
También en esta Epístola hay un importante pasaje donde Pablo certifica la plena Divinidad de Jesucristo (9, 4-5):

que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas;
de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.

Luego Pablo de Tarso decide volver a Asia pasando por Macedonia.
De Neápolis (el puerto de Filipos) se embarca hacia la Tróade, desde donde luego llega a Mileto por vía marítima. De Mileto se embarca para el viaje que lo llevará a Jerusalén, donde será arrestado con la acusación de haber predicado contra la ley mosaica. En realidad, sin embargo, Pablo de Tarso no había en lo absoluto predicado contra la ley, sino que había predicado el Evangelio de Jesucristo, que no había venido al mundo para abolir la ley, sino para completarla. En todo caso, Pablo fue encarcelado por unos dos años en la ciudad de Cesarea. Durante el período de cautiverio, varios judíos lo acusaron formalmente frente al gobernador romano Félix, pero este último no se decidió ni por una condena ni por una inmediata excarcelación.
Los gobernadores romanos dudaban, en efecto, de pronunciarse sobre cuestiones religiosas, demostrando así una cierta prudencia y moderación. También el gobernador sucesivo, Porcio Festo (59-60 d.C.) actuó con prudencia evitando condenar a Pablo de Tarso. Pero Pablo, siendo ciudadano romano, apeló al emperador, obteniendo el derecho de ser juzgado directamente en Roma.  ¿Por qué Pablo pidió ser juzgado en Roma cuando gozaba de una cierta benevolencia tanto de parte de Porcio Festo como de parte del rey Agripa? Seguramente todavía había en él una potente llama evangelizadora, y quería poder llegar a Roma, la capital del imperio, para poder terminar allá su misión final.
Inició así su viaje hacia Roma, acompañado de su discípulo Lucas, autor sucesivo del Evangelio de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles, bajo la custodia de Julio, probablemente un encargado de Porcio Festo. El viaje fue efectuado por vía marítima, tocando varios puertos del Mediterráneo oriental como Sidón, Mira, la isla de Creta y la isla de Malta. Luego Siracusa, Reggio y Pozzuoli, de donde Pablo procedió hacia Roma por vía terrestre.
Pablo permaneció en arresto domiciliario en Roma durante unos dos años. En este período escribió otras cartas (Epístola a los Colosenses, Epístola a los Efesios, Epístola a Filemón).
La Epístola a los Colosenses es importante porque hay un pasaje donde una vez más Pablo confirma la plena Divinidad de Jesucristo (2,9):

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad

Pablo afirma que en Cristo se tiene “toda la plenitud de la divinidad” (1), o sea la Esencia divina. Para Pablo de Tarso, Jesucristo es Dios.
Él, en cuanto Persona, se distingue del Padre por la relación que tiene con el Padre siendo él el Hijo Unigénito, pero una sola es la Esencia. Toda la plenitud de la divinidad “habita corporalmente” en él, o sea, no por vía de simple acción de la divinidad sobre un cuerpo humano, sino por la unión hipostática de las dos naturalezas, la divina y la humana. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
Cuando Pablo fue liberado, presumiblemente en el 62 d.C., inició un período de predicación en Roma, durante el cual escribió otras cartas (Primera Epístola a Timoteo, Epístola a Tito, Segunda Epístola a Timoteo).
En la Primera Epístola a Timoteo hay otro pasaje importante (2), donde Pablo recalca una vez más la Divinidad de Jesucristo (3, 16):

E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en carne,
Justificado en el Espíritu,
Visto de los ángeles,
Predicado a los gentiles,
Creído en el mundo,
Recibido arriba en gloria.

Durante el período transcurrido en Roma, Pablo de Tarso continuó predicando el Evangelio, y en especial modo la Divinidad de Jesucristo, y su muerte en la cruz con el fin salvador de quitar el pecado del mundo. 
Veamos a tal propósito un pasaje de la Epístola a los Gálatas, en la cual hay referencias a la acción salvadora de Jesús (1, 3-5):

Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo,
el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre,
a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Naturalmente, Pablo continuaba también divulgando la gloriosa Resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Veamos a tal propósito dos pasajes de sus Epístolas:

Primera Epístola a los Corintios (15, 12-14):

Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?
Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó.
Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.

Epístola a los Romanos (6, 9-10):

sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.

Bajo el imperio de Nerón, los cristianos fueron perseguidos duramente, ya que no reconocían la “divinidad” del emperador y predicaban el Evangelio de Cristo, afirmando que solo la fe en él y el arrepentimiento de los propios pecados llevarían a la salvación y, por tanto, a la vida eterna. Todo eso estaba en fuerte contradicción con la religión y con la cultura romana, la cual veía al ser humano como un simple animal desarrollado y no como un ser sagrado, centro del proyecto divino.
La creencia cristiana era, por tanto, vista como hostil a la cultura y a las tradiciones romanas. Quien no sacrificaba al genio del emperador era visto como sedicioso y rebelde, ya que esos sacrificios propiciaban también las victorias militares. Los cristianos eran entonces vistos como inconvenientes, a veces peligrosos y opuestos a la costumbre y a la moral romanas. Fue en este período que Pablo fue sentenciado a la pena capital. Obviamente Pablo de Tarso fue fiel hasta lo último a los preceptos de Jesucristo, demostrando con el sacrificio extremo la absoluta veracidad y confiabilidad de sus enseñanzas.
Tenemos varias fuentes históricas (nota 3) de su martirio, ocurrido probablemente en el 67 d.C. Veamos algunas de ellas:

Epístola de Ignacio de Antioquía a los Efesios (110 AD):

XII. Sé quién soy y a quiénes escribo. He sido condenado, pero he recibido misericordia; estoy en peligro, pero soy fortalecido y afianzado. Vosotros sois la ruta de aquellos que están en camino para morir en Dios. Estáis asociados en los misterios con Pablo, que fue santificado, que obtuvo un buen nombre, que es digno de todo parabién; en cuyas pisadas de buena gana quisiera estar andando, cuando llegue a Dios; el cual en cada carta hizo mención de vosotros en Cristo Jesús.

Epístola a los Romanos de Dionisio, obispo de Corinto (166-174 AD), en Eusebio de Cesarea – Historia Eclesiástica 25-8

«Vosotros también habéis unido, mediante esta advertencia, la obra plantada por Pedro y la que plantó Pablo, la de los romanos y la de los corintios. Pues ambos, una vez que plantaron en nuestra Corinto, los dos nos instruyeron, y, tras enseñar en Italia en el mismo lugar, ambos fueron martirizados a la vez.»

Tertuliano – Prescripciones contra todas las herejías (200 AD)

¡Qué feliz es su iglesia, sobre la cual los apóstoles vierten toda su doctrina junto con su sangre! ¡Donde Pedro sufre la pasión como su Señor! ¡Donde Pablo vence la corona en una muerte similar a la de Juan, donde el apóstol Juan fue sumergido, ileso, en aceite hirviendo, y luego enviado de nuevo en exilio a su isla! ¡Observen lo que aprendió, lo que enseñó, y lo que tuvo comunión con nuestras iglesias en África!

Lactancio, De Mortibus Persecutorum (318 AD)

Sus apóstoles eran entonces once en número, al cual se sumaron Matías en lugar del traidor Judas, y luego Pablo. Después se dispersaron por toda la tierra para predicar el Evangelio, como el Señor su Maestro les había ordenado; y durante veinticinco años, y hasta el inicio del reino de Nerón, se ocuparon de establecer los cimientos de la Iglesia en cada provincia y ciudad. Y mientras Nerón reinaba, el apóstol Pedro vino a Roma, y a través de la potencia de Dios que le fue confiada, hizo ciertos milagros y, convirtiendo a muchos a la verdadera religión, construyó un templo fiel y firme al Señor. Cuando Nerón escuchó hablar de estas cosas, y observó que no solo en Roma, sino en muchas otras partes, una gran multitud de personas abandonaba cada día el culto de los ídolos y, condenando sus viejas costumbres, se acercaba a la nueva religión, él, un execrable y pernicioso tirano, decidió demoler el templo celeste y destruir la verdadera fe. Fue él el primero en perseguir a los siervos de Dios; él crucificó a Pedro e hizo matar a Pablo.

La obra de evangelización del mundo helénico continuó, particularmente con otros tres Apóstoles del Señor. Al mismo tiempo que Pablo de Tarso, Andrés también divulgó la Palabra del Señor en el mundo helenístico. Según Eusebio de Cesarea, Andrés predicó en Asia menor, Escitia, y fue el fundador de la sede episcopal de Bizancio (el segundo obispo fue Estacio a partir del 38 d.C.). Andrés fue luego martirizado en  Patras (provincia griega de Acaya), en el 60 d.C.
El tercer Apóstol del Señor que predicó en el mundo helenístico fue Felipe. Según Polícrates de Éfeso, que fue obispo de la homónima ciudad helenística al final del segundo siglo, Felipe predicó durante largo tiempo en Frigia, muriendo en Hierápolis en el año 80 d.C.
El cuarto Apóstol del Señor que predicó en el mundo helenístico fue Juan, autor del cuarto Evangelio, de tres Epístolas y del Apocalipsis.
Los escritos de Juan fueron sumamente importantes para la difusión del Cristianismo. Juan se incluye en modo directo en el substrato helenístico pero también en el puramente asiático, dominado por el dualismo entre luz y tiniebla, entre verdad y falsedad, y transmite algunos dichos de Jesucristo que tocan los corazones de las poblaciones.
Como vimos, la plena Divinidad de Jesucristo ya había sido divulgada desde los años inmediatamente sucesivos a la Resurrección de Jesús por Pablo de Tarso, pero Juan introduce un concepto nuevo: el Logos, el Verbo de Dios, se encarnó en un ser humano. Además, Juan revela la Verdad última: el “Logos es Dios”.
Después de la muerte de Juan, el Cristianismo ya está muy radicado en Grecia y en el mundo helenístico. Importante fue la obra de Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.), quien, después de haber sido encarcelado y enviado a Roma, escribió siete cartas con las que divulgaba el Evangelio. La obra evangelizadora de Juan fue continuada por Policarpo de Esmirna (69-155 d.C.), el cual nos dejó una Epístola a los Filipenses. Policarpo fue martirizado en el 155 d.C. por haberse negado a sacrificar al emperador.
Sin embargo, en el segundo siglo después de Cristo la fe cristiana ya se había difundido en el corazón de Grecia y también en todo el mundo helenístico. Uno de los primeros apologistas cristianos griegos fue Atenágoras de Atenas (133-190 d.C.). En su obra principal, Súplica en favor de los cristianos (177 d.C.), Atenágoras buscó divulgar la creencia cristiana dirigiéndose a los emperadores Marco Aurelio y Lucio Aurelio Cómodo, e intentó defender el Cristianismo de falsas acusaciones de ateísmo (quien no adoraba a los dioses paganos era acusado de ateísmo), incesto (el amor fraterno era visto a veces por los romanos como incestuoso) y canibalismo (el rito de la eucaristía era a veces tomado por canibalismo). Además, en algunos pasajes de esta obra, Atenágoras confirma el fundamento del credo cristiano, la fe en Jesucristo e incluso reconoce la Trinidad, nombrando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Veamos el pasaje correspondiente a la Súplica en favor de los cristianos, Prólogo del capítulo X:

No somos ateos, porque afirmamos a un Dios único y perfecto. Además, reconocemos al Hijo de Dios, a su Verbo, por el cual el Padre hizo todo, y al Espíritu Santo, emanación de Dios. Admitimos también una multitud de ángeles y ministros de Dios.

A finales del siglo segundo, la obra evangelizadora de Pablo de Tarso, iniciada aproximadamente 160 años atrás, había dado muchos frutos y continuaba expandiéndose. Otros apologistas y autores cristianos continuaron difundiendo el Evangelio, que lentamente se estaba afirmando entre las personas humildes, entre los últimos, en la intimidad del pueblo griego y helenístico, y en todo el imperio.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Foto principal: Martirio de San Pablo - Hendrik Goltzius, XVII siglo

Notas:
1-Textus Receptus en griego: ὅτι ἐν αὐτῷ κατοικεῖ πᾶν τὸ πλήρωμα τῆς θεότητος σωματικῶς - che traducido en la King James del 1611 es: “For in him dwelleth all the fulness of the Godhead bodily”. Y en la Reina Valera: “Porque en el habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”.
2-Textus Receptus, King James, Reina Valera
3- Tenemos también otras fuentes sobre el martirio de Pablo, como la Carta a los Filipenses de Policarpo y la Historia Ecclesiastica de Eusebio di Cesarea, Libro II cap. 25, 5-7

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