miércoles, 20 de enero de 2016

El Evangelio de Juan y la encarnación del Logos


El Evangelio de Juan es uno de los 27 libros del Nuevo Testamento. Empieza con el famoso Prólogo, en el cual Juan describe la encarnación del Logos en la persona de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y termina con la muerte de Jesucristo en la cruz, su Resurrección y sus apariciones a sus secuaces.
Varias fuentes históricas, además de la tradición, reconocen a Juan el Apóstol, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, como el autor del cuarto Evangelio, compuesto muy probablemente en el centro helenístico de Éfeso al final del siglo I de la era cristiana.
Respecto a la datación del cuarto Evangelio, la mayoría de los estudiosos está de acuerdo con que fue escrito antes del fin del siglo I. El papiro 52, la fuente documental más antigua que poseemos (Rylands Library, Papyrus P52), que fue hallado en Egipto en 1920, se remonta a una época que va del 117 al 138 d.C. (1). Es razonable pensar, por tanto, que si una copia del Evangelio fue escrita alrededor del 125 d.C. en Egipto, el original pudo haber sido escrito aproximadamente 25 años antes en Éfeso, donde se encontraba Juan el Apóstol.
Analizando la obra desde un punto de vista sustancial, sobresale el famoso prólogo. Veamos algunos pasajes (1, 1-18):

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Este era en el principio con Dios.
Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.
Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan.
Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.
No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.
Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;
los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.
Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.
Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Primero que todo, observemos que Juan utiliza el término Logos (en griego Λόγος, Palabra, y también se utiliza a menudo el término Verbo).
¿Cuál es el origen de la doctrina del Logos?
El concepto de Logos se remonta al siglo VI a.C., cuando en la llamada Escuela de Mileto, los filósofos “naturalistas” Tales, Anaximandro y Anaxímenes lo habían reconocido como el medio a través del cual el ser humano llega a tener un conocimiento estable de las continuas transformaciones que suceden en la naturaleza.
Heráclito de Éfeso y Parménides de Elea describen un Logos implícito en la naturaleza, o sea un proyecto racional que gobierna las cosas y les da las leyes que las subyacen. Para Heráclito, tal proyecto es la armonía de los contrarios, que van siempre juntos (día/noche, bueno/malo, bello/feo, arriba/abajo, etc.), y la realidad es un continuo fluir, discurrir, pero lo que permanece estable es el Logos, la armonía. Parménides concibe el Logos como el todo, estable, inmóvil, eterno, la verdadera realidad, mientras que todas las cosas que se transforman son solo ilusiones de los sentidos.
Para ambos, en todo caso, solo el sabio, el filósofo, tenía la facultad de saber ver más allá de las apariencias e ir a la sustancia de la realidad para aprehender, gracias al buen raciocinio, el proyecto racional escondido en el Logos.
Un desarrollo significativo en la filosofía helenística y en la concepción del Logos ocurrió durante la dinastía de Tolomeo II (285-246 a.C.) en Alejandría de Egipto, en el siglo III a.C. El soberano solicitó a las autoridades religiosas de Jerusalén una traducción al griego del Pentateuco. Luego, alrededor del 185 a.C., fueron traducidos al griego los otros libros de la Biblia. Se dio así inicio a un periodo de intercambios culturales entre el mundo hebreo y el helenístico, que tenía justamente su centro en Alejandría de Egipto.
El hebreo helenizado Filón de Alejandría (siglo I d.C.) contribuyó a desarrollar una síntesis entre el Antiguo Testamento y la filosofía helenística. Para Filón, el Logos era entendido como el proyecto de Dios antes de la creación. El Logos es incluso la palabra de Dios que hace ser, que crea, que habla, es la palabra dotada de sentido profundo y sustancial, una palabra mediadora que acerca cielo y tierra, divino y humano.
Juan, Apóstol del Señor y evangelista, vivió por largo tiempo en Éfeso, ciudad helenística que fue sede de grandes filósofos en los siglos precedentes. En aquel período, en Éfeso, tenía lugar el culto popular de Artemisa, diosa de la caza, de la luna creciente y de la iniciación femenina.
Juan, sin embargo, tenía claro el propósito de su Evangelio. Tenía que transmitir y divulgar los dichos del señor que aclararían su real identidad.
Juan, describiendo a Jesús, describe a la persona que él había conocido, con la que había recorrido los senderos polvorientos de Galilea y Judea, la persona que había ofrecido una enseñanza nueva, original, profunda, que había devuelto la vista a los ciegos y que había hecho caminar a los paralíticos. Juan describe a quien había hecho resucitar a los muertos y, en última instancia, describe a quien afirmó su consustancialidad con Dios Padre y a quien resucitó de la muerte y permaneció con los Apóstoles por otros 40 días.
Juan se incluye en modo directo en el substrato helenístico, pero también en el puramente asiático, dominado por el dualismo entre luz y tinieblas, entre verdad y falsedad, y transmite algunos dichos de Jesucristo que tocan los corazones de aquellas poblaciones.
La plena Divinidad de Jesucristo ya había sido divulgada desde los años inmediatamente sucesivos a la Resurrección de Jesús (véanse a tal propósito las Cartas de Pablo de Tarso: por ejemplo, Epístola a los colosenses 2, 9), pero Juan introduce un concepto nuevo: el Logos, el Verbo de Dios, se encarnó en un ser humano. Además, Juan desvela la Verdad última: el “Logos es Dios”.
Primero que todo, en el Prólogo (1, 1-2) se observa la preexistencia del Logos (Verbo) con Dios “desde el principio” Ἐν ἀρχῇ (en arché, pronunciación del griego). Si el Verbo coexistía con Dios “desde el principio”, no podía ser sino Dios mismo, o mejor, una de sus “Personas”. Notemos entonces que Juan empieza a delinear el que es el concepto de Trinidad. Pero luego está escrito expresamente: “y el Verbo era Dios”.
Pocos pasajes después (1, 14), Juan nos revela que el Verbo, el Logos, o sea Dios, se hizo carne y vino entre nosotros.
Es un cambio revolucionario respecto a la fría concepción helenística, en la cual el Logos permanecía separado, lejano. En la fe cristiana, en cambio, el Verbo decidió venir entre nosotros, encarnándose en Jesucristo. En el Prólogo se delinea, además, el concepto de que el Verbo es la vida, o sea, el origen mismo de la vida sobre la tierra. Además de eso, se describe el dualismo luz-tinieblas: “la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han vencido”.
También en el primer capítulo del cuarto Evangelio, Juan nos revela por cuál motivo el Logos se encarnó en Jesucristo, o sea, por cuál motivo Jesucristo vino a la tierra. Es Juan el Bautista quien habla, Evangelio de Juan (1, 29):

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Entonces aquí se empieza a delinear la verdadera identidad de Jesucristo. No es solamente el Logos de la filosofía helenística, sino que es Dios quien se encarnó y vino para “quitar el pecado del mundo”. La encarnación del Logos es, por tanto, el centro de la historia y del cosmos y, de hecho, el nacimiento de Jesucristo da inicio a una nueva era.
El Evangelio de Juan se diferencia de los otros 3 Evangelios “sinópticos” por varios motivos. Primero que todo, están descritos solo 7 milagros. 5 son exclusivos, o sea, están presentes solo en el Evangelio de Juan: la transmutación del agua en vino (Bodas de Caná, 2, 1-11), la curación del hijo del funcionario del rey (4, 46-54), la curación del paralítico en la Piscina de Bethesda (5, 1-18), la curación del ciego nacido (9, 1-41) y la resurrección de Lázaro (11, 1-44).
Estos últimos dos, en cambio, están presentes en otros Evangelios: la primera multiplicación de los panes (6, 1-14), el dominio de Jesús sobre las aguas del mar, cuando camina sobre ellas (6, 15-21). Además, el Evangelio de Juan se diferencia porque en él se narran varios discursos entre Jesús y los fariseos. El fin último del Evangelio de Juan es dar a conocer al mundo que el Verbo encarnado es realmente Jesucristo. Por esto, Juan transmitió los dichos de Jesús donde él mismo reveló su identidad.
Prosiguiendo con el análisis de la obra, vemos que Jesucristo revela a Nicodemo que la encarnación del Verbo es en realidad un don hecho por Dios a los hombres, un don hecho para salvar el mundo y no para condenarlo.
(3, 16-18).

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.
El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

En el capítulo sucesivo está el célebre diálogo con la samaritana, en el cual Jesús afirma poder dar “el agua de la vida” (4, 13-14).

Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed;
mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

En el sexto capítulo está el famoso discurso en el cual Jesús afirma ser el “pan de la vida”. Veamos dos importantes pasajes:

(6, 35-39):
Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.
Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis.
Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.
Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

(6, 48-58)
Yo soy el pan de vida.
Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron.
Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera.
Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.
Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.
Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él.
Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.
Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente.

Jesucristo es el pan que hay que comer, de manera que nosotros mismos absorbamos su esencia, su vida. La frase “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” es el preludio de la Eucaristía, el don inmenso que Jesús hace a la humanidad. Comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre lo podemos “asumir en nosotros” para salvarnos y poder llevar su mensaje de amor al prójimo.
En el capítulo octavo Jesús afirma ser la “luz del mundo”.

(8, 12-19):
Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero.
Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni a dónde voy.
Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie.
Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre.
Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero.
Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí.
Ellos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre? Respondió Jesús: Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais.

Esta última es una frase muy significativa, porque indica que solo conociéndolo y aceptándolo se puede aceptar al Padre.

También en el octavo capítulo Jesucristo afirma su preexistencia con Dios desde el principio.

(8, 58):
Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.

En este pasaje, Jesucristo, atribuyendo a sí mismo el nombre con el cual Dios se reveló a Moisés (“Yo soy”, en Éxodo 3, 14) se pone a la par con Dios.

En el capítulo 10 está el célebre discurso de Jesucristo que se compara con la “puerta de las ovejas”. (10, 1-18).

De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador.
Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es.
A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca.
Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.
Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
Esta alegoría les dijo Jesús; pero ellos no entendieron qué era lo que les decía.
Volvió, pues, Jesús a decirles: De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas.
Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas.
Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.
El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.
Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa.
Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas.
Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen,
así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.
También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.
Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.
Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.

El tema de la puerta es central en el mensaje cristiano. En el Antiguo Testamento había varias referencias a la puerta, veamos una:

Salmos (118, 20):
Esta es puerta de Jehová;
Por ella entrarán los justos.

La puerta es entonces un símbolo utilizado por Jesús para llegar al corazón de los hebreos y de los no hebreos. Solo a través de “aquella puerta” se llega al Padre, y no a través de “otras puertas”. Además, en la última parte de su discurso Jesús afirma que dará su vida y que luego la retomará. Es él quien decide darla para expiar el pecado del mundo, y es él quien decide retomarla para certificar su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.
También en este capítulo hay otro pasaje importante donde Jesucristo declara una vez más su consustancialidad con el Padre (10, 30):

Yo y el Padre uno somos.

En el capítulo undécimo Jesús afirma ser la Resurrección y la vida. Veamos los pasajes respectivos (11, 26-27):

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.

Jesús, como el Padre, tiene en sí la vida, o sea el bien más precioso que existe. Él, entonces, puede volver a darla y él puede darla eternamente a quien cree en él. Después de esta frase, Marta testimonia que Jesucristo es el Hijo de Dios.

En el capítulo duodécimo hay una referencia más a la luz, contrapuesta a las tinieblas.

(12, 35-36):
Entonces Jesús les dijo: Aún por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va. Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.

En el capítulo decimocuarto Jesús confirma ser el camino, la verdad y la vida, y el único camino hacia el Padre. Veamos este importante pasaje:

(14, 5-14):
Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?
Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.
Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.
Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?
¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.
Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.
De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.
Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.

Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre si no es por medio de mí”. Esta es la frase más significativa entre las que Jesús se define a sí mismo. Veamos por qué: primero que todo, el tema de la Verdad es central en el Evangelio de Juan. Veamos también esta frase pronunciada por Jesús frente a Pilatos: “Por esto yo he nacido y por esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (18, 37).
La Verdad no es otra cosa que él mismo, Jesucristo, el centro de la historia y del cosmos, el Verbo encarnado que vino a “quitar el pecado del mundo”. Sin él, nadie podría ir al Padre, sin él nadie podría salvarse. La Verdad es solo una, no puede haber otras verdades y el que afirme que hay otras, vive en la mentira. Además, Jesús se define “el camino” y “la vida”. El camino, ya que es solo a través de su enseñanza de amor que podemos conocer la Verdad y, por tanto, salvarnos, obtener la vida eterna. La vida, ya que él, como vimos, es el “pan de la vida”. Solo comiendo su carne y bebiendo su sangre podemos obtener la vida eterna. Solo quien es el Creador de la vida puede vencer la muerte. Solo quien es la esencia misma de la vida, puede vencer el pecado, que causa la muerte. Significativas son también las frases: “Si me conocieron a mí, conocerán también a mi Padre: desde ahora lo conocen y lo han visto”. – “Quien me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes tú decir: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo soy en el Padre y que el Padre es en mí?” En efecto, en estos pasajes Jesús confirma una vez más su consustancialidad con el Padre.

En el capítulo decimoquinto, Jesús afirma ser la vid verdadera.

(15, 1-10):
Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.
Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.
Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.
Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.
El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.
En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.
Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor.
Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.

La imagen de la vid y de los sarmientos es muy familiar en un pueblo que cultiva uva desde hace siglos. Pero el sarmiento que no lleva fruto, es cortado. El sarmiento, en cambio, que permanece con la vid, seguramente traerá fruto. “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y les será concedido”. Frase importante, ya que solo asumiendo el mensaje de Cristo en su plenitud y haciéndolo nuestro podemos caminar en la vía señalada por Cristo, la cual conduce a la salvación.

En el capítulo decimoséptimo, Juan transmite la oración al Padre de Jesús.

(17, 1-11):
Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti;
como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste.
Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.
Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.
Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra.
Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti;
porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste.
Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son,
y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos.
Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros.

Aquí Juan el Apóstol transmite el largo discurso final de Jesús. En su oración, Jesús afirma haber glorificado al Padre, cumpliendo la obra que debía ser cumplida. Luego pide ser glorificado con la gloria que él tenía “antes de que el mundo fuera”. En esta última frase, Jesús afirma ser preexistente con el Padre antes de que el mundo fuera creado, o sea, desde siempre, desde la eternidad. En las últimas frases Jesús confirma que aquellos que le fueron dados, los “hijos de Dios”, continúan en el mundo, pero no son del mundo, ya que son de Dios.
En los capítulos siguientes (18-19-20-21) se narra el arresto, el proceso, la crucifixión, la Resurrección y algunas apariciones de Jesús a los Apóstoles.
El Evangelio de Juan, por tanto, se presenta como una obra fundamental del Nuevo Testamento, el último testimonio que nos dio Juan el Apóstol poco antes de morir (2). En él se delinea claramente la verdadera identidad de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, encarnación del Verbo, que vino entre nosotros con el objetivo principal de quitar el pecado del mundo.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Notas:
(1)-https://en.wikipedia.org/wiki/Rylands_Library_Papyrus_P52
(2)-Además de sus Cartas y de la Apocalipsis

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