domingo, 20 de septiembre de 2015

El rito del bautismo para los primeros cristianos


Desde un punto de vista antropológico, el rito es aquel conjunto de prácticas religiosas o místicas efectuado en una comunidad de personas.
Entre todas las creaturas de la tierra, solo los seres humanos realizan ritos religiosos.
Ningún animal, hasta que se pruebe lo contrario, lleva a cabo rituales o ceremonias místicas. Esta es justamente la diferencia fundamental entre nosotros y los animales, o sea, el total conocimiento del bien y del mal, que llevó a los primeros hombres a realizar ritos místicos a los cuales daban diferentes significados, pero todos relacionados con una fuerza inmaterial, o bien, espiritual, que según las diferentes creencias, es la fuerza creadora del cielo y de la tierra.
Uno de los ritos más importantes, aunque no fundamental para la salvación, para las primeras comunidades de cristianos, me refiero entonces a los 280 años que van de la Resurrección de Jesucristo al Edicto de Milán del 313 d.C., era el bautismo.
El estudio de la vida de los primeros cristianos es importante para conocer las diferencias entre las enseñanzas transmitidas en el Nuevo Testamento (conjunto de 27 libros escritos antes del 100 d.C., o sea los más antiguos) y los dogmas que fueron agregados en épocas post-constantinianas.
En general, para los primeros cristianos, el bautismo no era visto como un ritual mágico que pudiera salvar a una persona, a menos que estuviera acompañado de la fe en Jesucristo y del verdadero arrepentimiento de los propios pecados. En práctica, el bautismo efectuado sin fe no tenía ningún valor.
El bautismo (cuya etimología deriva del griego “inmersión”) se realizaba sumergiendo completamente a la persona en el agua, la cual, una vez emergida, declaraba “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios” (Hechos 8, 37). La inmersión es un símbolo del “descender a la tumba” del hombre viejo y la emersión es un símbolo del “renacimiento” del hombre nuevo en Cristo.
Los primeros cristianos, sin embargo, sostenían que los niños no bautizados que morían en la infancia podían salvarse, a diferencia del dogmático Agustín de Hipona (354-430 d.C.), quien sostuvo que todos los niños no bautizados estarían condenados. De Agustín, en efecto, proviene la creencia (que no está presente, sin embargo, en el Nuevo Testamento) de que bautizar a un niño recién nacido lo libera de las consecuencias negativas del pecado original (1).
Otro ejemplo del hecho de que los primeros cristianos no daban al bautismo el poder de “salvar” a una persona, fue el de los mártires. Muchos mártires murieron sin ser bautizados, pero los otros cristianos, sabiendo que Dios es infinitamente misericordioso y bueno, consideraron que el Creador no los abandonaría. En cierto sentido, los mártires no bautizados eran bautizados en la sangre, como se deduce de este pasaje del Evangelio de Marcos (10, 38-39):

Entonces Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, ó ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado? Y ellos dijeron: Podemos. Y Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis; y del bautismo de que soy bautizado, seréis bautizados.

En estos pasajes, Jesús anuncia el martirio a sus discípulos.
Hemos visto, por tanto, que los primeros cristianos no daban al bautismo el significado de “rito que lleva a la salvación”. Entonces, ¿cuál era para ellos el verdadero significado del bautismo?
Analicemos el célebre pasaje del “diálogo de Jesús con Nicodemo”, del Evangelio de Juan (3, 5-8):

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

Agua y espíritu evocan, por tanto, el bautismo, momento en el cual se actúa el rito de “renacer”. La carne indica lo que es impermanente. El Espíritu indica el principio vital que viene de Dios, que no es corruptible. El viento que sopla es el “Espíritu Santo”, que es una fuerza misteriosa que se manifiesta “donde quiere”.
Los primeros cristianos, pero no los gnósticos, creían que las palabras de Jesús se referían al “bautismo de agua”.
Los primeros cristianos creían entonces que el bautismo, asociado sin embargo al reconocimiento de Jesucristo como Hijo de Dios y al arrepentimiento de los propios pecados, servía para obtener el perdón divino.
A tal propósito, veamos el pasaje de los Hechos de los Apóstoles (2, 38):

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

No por casualidad Pedro inicia su frase con “arrepentíos” y no con “bautícese”.
Pero también los primeros cristianos como Justino Mártir (100-168 d.C.) tenían la misma creencia. Veamos un pasaje a tal propósito de su obra “Diálogo con Trifón” (2):

No hay otro modo (para obtener las promesas de Dios) que este: conocer a Cristo, bañarse en la fuente de la cual hablaba Isaías para la remisión de los pecados y, por último, llevar una vida sin pecado.

Los primeros cristianos daban, además, al bautismo, el significado de “renacer”.
Veamos lo que escribió Ireneo de Lyon (130-202 d.C.) en su “recopilación de fragmentos de las obras perdidas” (3):

Como leprosos en el pecado, somos limpiados, por medio del agua sagrada y la invocación del Señor, de muestras transgresiones, siendo espiritualmente regenerados como bebes recién nacidos, aun cuando el Señor ha declarado: “El que no naciere de nuevo a través del agua y el Espíritu, no entrará en el reino de los cielos” (Juan 3, 5).

Por último, los primeros cristianos creían “obtener la iluminación espiritual” después de haber recibido el Espíritu Santo.
En resumen, para los primeros cristianos el bautismo era un rito importante pero no fundamental que llevaba al perdón de los pecados por parte de Dios, pero solo si estaba acompañado de la fe en Jesucristo como Hijo de Dios y del verdadero arrepentimiento de los propios pecados.
Por tanto, el bautismo no era absolutamente necesario para la “salvación”, mientras que sí lo eran la fe en Jesucristo y el arrepentimiento de los propios pecados.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

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Bibliografía:
Nuevo Testamento
Que hablen los primeros cristianos, David Bercot.

Notas:
(1) Sin embargo, la idea del limbo no fue nunca considerada a nivel de verdad de fe dogmática, sino que fue más bien una hipótesis teológica creída plausible, como resulta de una declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe en el 2007 y firmada por el papa Benedicto XVI. En efecto, el actual Catequismo de la Iglesia Católica prevé que los niños muertos sin Bautismo son confiados “a la misericordia de Dios [...] que quiere que todos los hombres se salven”.
(2) Justino, Diálogo con Trifón, capítulo 44.
(3) Ireneo, Fragmentos de las Obras Perdidas, 34 –http://www.newadvent.org/fathers/0134.htm 

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