sábado, 22 de agosto de 2015

El Reino de Dios, “reino al contrario”


¿Cuál fue el tema principal de la predicación de Jesucristo?
Muchas personas a las que se les hace esta pregunta, podrían responder: “la salvación”. Otras podrían contestar: “el amor”.
Ciertamente, estas dos respuestas no están erradas. Incluso se puede afirmar que son verdades esenciales. Pero hay un tema sobre el cual Jesús predicó muchas veces, que hoy está casi ausente en los debates espirituales: el Reino de Dios.
En este artículo analizaré los temas relativos al concepto de “Reino de Dios” e intentaré explicar por qué este es un “reino al contrario”.
Hay muchas parábolas de Jesús donde se describe el Reino, pero por ahora quisiera citar de inmediato un pasaje del Evangelio de Juan (18, 33-36):

Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

En este pasaje importante de Juan se observa que Jesús habla a Pilato de un Reino que no es de este mundo. Parecería, entonces, que el Reino no es un reino terreno. Veamos ahora otro pasaje de las Escrituras, del Evangelio de Mateo (24, 9-14):

Entonces os entregarán a tribulación y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.

En este pasaje se anuncia el “evangelio del Reino”. ¿Qué quiso indicarnos Jesús con estas palabras?
¿Tal vez Jesús se refería a un reino de judíos? Ciertamente no, ya que en el curso de su predicación se dirigió también a los “gentiles”, o sea, a los que no eran judíos. Además, este hecho se deduce también de este pasaje de Mateo (21, 33-44), donde Jesús está hablándoles a los fariseos:

Oíd otra parábola: hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon.
Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad. Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron. Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?
Le dijeron: a los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo. Jesús le dijo: ¿nunca leísteis en las Escrituras: la piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos? Por tanto os digo, que el Reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.

Se observa que en esta parábola, la viña es Israel, y los campesinos-viticultores son los fariseos. Los siervos son los profetas, que son asesinados por los fariseos. El hijo del patrón es Jesús (piedra de ángulo) y el propietario de la viña es el Padre.
Del penúltimo pasaje se deduce que el Reino podría ser entregado a un pueblo merecedor y no a los judíos. Pero, ¿a qué pueblo será entregado? ¿Tal vez a los griegos? ¿A los italianos? ¿A los ingleses? ¿A los españoles? ¿O quizás a los brasileños?
En realidad, los ciudadanos del Reino no pertenecen a ninguna nación de la Tierra, sino que están esparcidos por todos los países. Todos aquellos que “nazcan de nuevo” podrán ver el Reino. He aquí un pasaje del Evangelio de Juan (3, 1-3) donde se explica este concepto:

Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.

¿Qué quiere decir Jesús con “nacer de nuevo”? Posiblemente quiere decir que quien recibe sus enseñanzas, las aplica en sus acciones y cree en él, nace de nuevo, esta vez desde lo alto, desde Dios.
Además, en otro pasaje, mientras habla a la mujer samaritana (Juan 4, 21), Jesús da a entender que el Reino no tendrá ninguna capital y que no tendrá, por tanto, fronteras.

Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.

Entonces de este pasaje se deduce que el Reino no está destinado exclusivamente a los judíos y que no tendrá como capital a Jerusalén. ¿Quería tal vez decir Jesús que el Reino es un reino espiritual, ideal? No justamente. He aquí otro pasaje determinante para comprender el concepto de Reino (Lucas 17, 20-21):
Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros.
De estas palabras se deduce que el Reino no es algo lejano, futuro o etéreo. Es algo cercano a nosotros, algo que está entre nosotros. En efecto, con esto quería decir Jesús que el Reino es transversal y fragmentario. Allí donde las personas siguen con humildad sus enseñanzas, allí es donde se instaura, si bien brevemente, el Reino.
Ahora veamos, sin embargo, por qué este Reino es “al contrario”. Observemos de inmediato el pasaje de Mateo (10, 37-39):

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.

Si nos detenemos a sopesarlo, nos damos cuenta de que este mensaje es desconcertante. En práctica, Jesús nos pide un grado de lealtad fortísimo. Pero para entrar en el Reino, ¿debemos verdaderamente amar a Jesús más que a nuestros padres o a nuestros hijos?
Hagamos un ejemplo volviendo al mundo terreno. A lo largo de la historia (incluso reciente), sucedió que nuestra nación decidió declarar la guerra a otra nación. En aquellos casos, algunos de nuestros conciudadanos se fueron a un país lejano dispuestos a matar a otras personas y dispuestos a morir por el concepto de “patria”.
En este caso, el Estado nos pidió un sacrificio absoluto: nos pidió abandonar a nuestros seres queridos -o sea padre, madre, hijos- y abandonar nuestras propiedades para ir a combatir con el fin de defender “la patria”.
Si el Estado exige de nosotros una lealtad máxima, tiene mayor razón Dios en exigirnos una lealtad incluso más fuerte. Por esto debemos elegir de qué parte estar: ¿con el Estado o con Dios?
Profundicemos en este concepto: el Antiguo Testamento reflejaba un reino “de este mundo”, mientras que con el Nuevo Testamento hay un cambio de paradigma fundamental, una revolución absoluta, un terremoto perturbador que revela justamente un “reino al contrario”. A continuación, un pasaje de Mateo (5, 38-44):

Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.

¿Amar a nuestros enemigos? El concepto pacífico de Jesús es claro. El cambio de paradigma respecto al Antiguo Testamento está decretado. No es suficiente, según la enseñanza de Cristo, amar a los propios enemigos, hay incluso que rezar por ellos.
El mensaje de la no-violencia y de la no-resistencia es, sin embargo, exactamente el contrario del mensaje que prevalece en el mundo actual. Si hay una injusticia, hay que responder activamente, luchando, combatiendo y, si es necesario, aniquilando al adversario.
Atención, sin embargo: el mensaje de la no-resistencia no es un mensaje de cobardía. Jesús mismo, Pedro, Pablo y todos los otros apóstoles, además de los mártires, no fueron cobardes. Murieron denunciando el mal, oponiéndose al mal, pero no resistieron al mal con la fuerza física.
Además, en el pasaje de Mateo (5, 40) hay también una exhortación a no responder a la causa judiciaria de quien exige de nosotros bienes materiales:

y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa;

Lo que significa que, además de no responder a la violencia con violencia, no deberemos ni siquiera responder a una causa judiciaria en contra de nosotros, sino que cuando una persona nos pide un bien material (ejemplo: la túnica), tendremos que dársela y darle algo más (ejemplo: la capa). Tampoco es, por cierto, una exhortación a la debilidad, sino una invitación al diálogo, a la comprensión, a la determinación y a la verdadera fuerza.
De manera que ya empezamos a comprender por qué el reino de Dios es un “reino al contrario”, donde todos los valores son opuestos a los valores terrenos.
Pero volvamos al tema de la no-violencia. Muchas personas creen que este mensaje tiene valor solo cuando se refiere al individuo. Cuando, sin embargo, el Estado, la autoridad terrena, nos pide cometer un acto violento (guerra, invasión, conquista) o nos permite cumplir una acción violenta (aborto) no debemos plantearnos el problema. Es el Estado quien nos lo pide (o nos lo permite) y entonces es justo hacerlo. ¿Es precisamente así?
En un “reino de este mundo” es obviamente así. El Estado es la autoridad máxima. Pero si queremos entrar en el Reino, ¿debemos obedecer las leyes del Estado o las leyes de Dios?
El lema “Dios y patria” ya no tiene sentido en este contexto.
¿Podemos afirmar con esto que Jesús predicó contra los militares? No precisamente, y eso se deduce del hecho de que escuchó a un centurión y, conmovido por su fe, curó y salvó a su siervo (Mateo, 8, 5-13). El hecho es que Jesús no propugnaba un cambio político, sino interior.
Es así como el concepto de “reino al contrario” se vuelve más claro. Según esta idea, el poder terreno de los Estados se disuelve como la nieve al sol, pierde significado y también el concepto de “patria” pierde sentido.
El concepto del Reino de Dios está fuertemente ligado a la vida terrena. Es obvio entonces que, en un horizonte “eterno”, cualquier vicisitud terrena pierde significado.
En una óptica de este tipo, “los reinos de este mundo”, o sea, todos los Estados de la Tierra, no tendrían más razón de existir; se derrumbarían como en un juego de dominó de escala planetaria. Es así como el concepto de “reino al contrario” asume casi toda su significación. Escribo “casi” porque hay otros conceptos importantes que deben considerar quienes quieren entrar en el Reino: la riqueza, por ejemplo.
La enseñanza de Jesús respecto a la riqueza se deduce especialmente de dos pasajes del Evangelio, el del “joven rico” y el del “Discurso de la Montaña”. Analicemos el pasaje del “joven rico” (Mateo 19, 16-22):

Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.

Entonces, Jesús agregó (Mateo 19, 23-24):

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.

Analicemos ahora los pasajes referidos al “Discurso de la Montaña” (Lucas 6, 20-23):

Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas.
¿Qué se deduce de estos pasajes? Las palabras de Jesús están en contra del egoísmo y contra la adoración del dinero. La persona que dedica su vida a acumular dinero y que venera el dinero como a “su Dios”, no podrá entrar en el Reino. En este sentido, asume significado el pasaje del Evangelio de Mateo (6, 24):
Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.

La riqueza entonces no da, según Jesús, ningún privilegio, sino que al contrario es un peso grave que obstaculiza el camino correcto, ya que aleja al hombre de los que deben ser sus objetivos: el amor a Dios y al prójimo.
Ahora concentrémonos en los pobres: ¿quizás tienen abiertas las puertas del Reino solo porque son pobres? Según este pasaje del Evangelio de Lucas (6, 20), los pobres tendrían las puertas del Reino abiertas:

Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

En cierto sentido, los pobres tienen una ventaja sobre los ricos, ya que no están expuestos a la “trampa” de la riqueza y pueden concentrar su vida en los verdaderos valores. Pero también aquí tendrán abiertas las puertas del Reino solo si su estilo de vida no se concentra en alcanzar la riqueza como un fin en sí mismo, sino en obtener “la salvación”.
¿Podemos anunciar con esto que Jesús quería abolir las clases sociales y la propiedad privada? ¿Podemos entonces definirlo como un “primer comunista”?
No precisamente. De la lectura atenta de los Evangelios, no se deduce que Jesús quisiera eliminar las clases sociales, uniformando los salarios. En su vida pública tuvo contacto con personas que se dedicaban a diferentes actividades laborales, pero no dijo nunca que debían ser recompensadas de la misma manera. Tuvo contacto con campesinos, pescadores y pastores, pero también con cobradores de impuestos, fariseos y publicanos.
Es cierto que los hombres tienen diferentes cualidades, y Jesús no quiso eliminar estas diferencias. Hay quien trabaja más arduamente, quien tiene brillantes intuiciones económicas, quien se arriesga emprendiendo un nuevo proyecto. Estas personas deben justamente obtener el fruto de su trabajo, a condición, sin embargo, de que no sea en perjuicio de los demás. Jesús no propuso un cambio social o económico, sino un cambio interior.
Es así como el concepto de “Reino” empieza a estar más claro. Él está entre nosotros y podría también expandirse en la Tierra; no es una pura utopía. No obstante, para entrar en el Reino, debemos “nacer de nuevo” y “abandonarnos a Dios”, teniendo fe en él. Si queremos entrar en el Reino, no podemos declararnos fieles al poder terreno, sino que debemos dedicarnos totalmente a Dios. A tal propósito, muestro otro pasaje del Evangelio de Mateo (10, 32-33):

A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

Es verdad que los cuatro Evangelios son obras monumentales, cuyo mensaje es fortísimo, revolucionario, perturbador. En todo caso, Jesús no exige de nosotros nada más que lo que podamos hacer según nuestra posibilidad. A tal propósito, cito un pasaje muy dulce del Evangelio de Mateo (11, 28-30):

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

Hay otros conceptos importantes que deben considerar quienes aspiran a entrar al Reino, como por ejemplo, el amor por el prójimo, la honestidad, el honor, la lealtad, pero no bastaría ni un libro entero para analizarlos todos.
Consideremos, sin embargo, otro pasaje del Nuevo Testamento (Mateo 18, 1-5):

En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.
De manera que para entrar al Reino, hay que ser como niños: sencillos, puros, serenos. Cualquiera que sea “pequeño”, o bien, humilde, en el Reino será “grande”.
Volvamos ahora a los pasajes iniciales de este artículo, cuando describí el interrogatorio de Pilato a Jesús: es obvio que el Reino de Jesús no era de este mundo y que ningún discípulo combatiría para liberarlo. Ahora, entonces, está más claro por qué los ciudadanos del Reino no pueden ser de “este mundo”.
Analicemos ahora dos pasajes del Evangelio de Juan. El primero, cuando Jesús oró por sus secuaces, poco antes de ser arrestado (Juan 17, 14-18):

Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.
He aquí un segundo, significativo, pasaje de Juan (12, 25):

El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.

¿Qué significa todo eso? ¿Quizá que los secuaces de Cristo deben alejarse de la vida terrena, vivir como ermitaños en la cima de montañas, practicando el ascetismo? No exactamente. Jesús no predicó la separación total de la materialidad, sino el cambio interior respecto a la correcta relación con el “mundo terreno” y con el objetivo de alcanzar la “salvación”, o bien, la instauración del Reino que, como hemos visto, no puede ser sino “al contrario”.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducido por Julia Escobar, Medellìn, Colombia

Se puede reproducir este artículo a condición de que:
-Se reproduzca integralmente.
-No se altere el título, ninguna parte del mismo ni las fuentes bibliográficas.
-Se agregue de forma visible, después del título y al final del artículo: obra de Yuri Leveratto.

Bibliografía:
Nuevo Testamento, Sociedad Bíblicas Unidas.
El reino que trastornó el mundo, David Bercot.

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