miércoles, 19 de agosto de 2015

El híbrido constantiniano



En Esmirna, en el 155 d.C., fue condenado a muerte un anciano seguidor de Cristo, cuyo nombre era Policarpo. Fue acusado de no haber hecho sacrificios para el emperador romano Antonino Pío. 
El procónsul Stazio Quadrato miraba a Policarpo en cadenas. Le dijo que si juraba por la Divinidad del César, sería liberado.
Pero Policarpo se negó a jurar por la Divinidad de un simple hombre, incluso si era emperador. Entonces Stazio Quadrato lo exhortó a maldecir a Jesucristo y a negar a Dios. Solo esto debía hacer y, si lo hubiera hecho, hubiera sido liberado.
Pero Policarpo no podía renegar de Cristo. Su Fe era sólida como la roca y no temía a la muerte, ya que le daba más importancia a la Vida Eterna que a la vida terrena.
Cuando Policarpo fue quemado vivo, la gente de Esmirna pensó que con su muerte se borraría para siempre esa “detestable superstición” llamada Cristianismo.
Pero en los años siguientes, el Cristianismo, en vez de desaparecer, creció cada vez más, la comunidad de amplió y la palabra de Cristo se difundió por todo el imperio.
Pero, ¿por quiénes estaban conformadas las primeras comunidades de cristianos?
Además de Policarpo de Esmirna, se recuerda a Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.), Justino Mártir (100-168 d.C.), Ireneo di Lyon (130-202 d.C.), Clemente de Alejandría (150-215 d.C.), Tertuliano (155-230), Orígenes (185-254), Cipriano (210-258) y Lactancio (250-317).
Las características principales de las comunidades cristianas difundidas por el mundo antiguo reflejaban la enseñanza original de los Evangelios. Especialmente, los cristianos primitivos vivían separados del “mundo”, o sea separados de la mundanidad.
Su Fe era tan fuerte que cualquier cosa que reclamara la adoración de la materialidad era para ellos negativa y debía ser evitada. No eran ascetas, como por ejemplo algunos santones hindúes, que practican la mortificación de la carne y la negación del deseo, sino que vivían en contextos no mundanos, no frívolos, entonces más bien austeros, sin oropeles, para ser más claros.
La adoración del dinero, la búsqueda del poder y de la materialidad eran conceptos que no les interesaban a los cristianos del primero, segundo y tercer siglo; por el contrario, se detenían en el concepto de compartir y de amar incondicionalmente a los hermanos y también a las personas externas a las comunidades, los llamados no cristianos.
A tal propósito, una frase de Justino Mártir (1):

Nosotros que le dábamos valor a adquirir riqueza y posesiones más que a cualquier cosa, ahora llevamos lo que tenemos a un fondo común y lo compartimos con cualquiera que lo necesite. Nos odiábamos y nos destruíamos entre nosotros mismos y nos negábamos a asociarnos con pueblos de otras razas o países. Ahora, por Cristo, vivimos juntos a esas personas y oramos por nuestros enemigos.

Otra característica de los primeros cristianos era la Fe incondicional en Dios. He aquí una frase de Clemente de Alejandría (2):

Una persona que no hace lo que Dios le ha ordenado demuestra que en realidad no cree en Él.

La aceptación de las persecuciones y la respuesta pacífica hacia ellas fue el mejor ejemplo de la Fe absoluta que los primeros cristianos habían depositado en la figura de Jesucristo. A continuación, un pasaje escrito por Lactancio (3):

Si todos tenemos nuestro origen en un hombre, a quien Dios creó, claramente todos pertenecemos a una familia. Por consiguiente, se debe considerar una abominación odiar a otro ser humano, sin importar qué tan culpable pueda ser. Por esta razón, Dios ha decretado que no odiemos a nadie, sino que eliminemos el odio. De esta manera, podemos confortar a nuestros enemigos recordándoles nuestra relación mutua. Porque si nos fue dada la vida por el mismo Dios, ¿qué otra cosa somos sino hermanos?... Como todos somos hermanos, Dios nos enseña a nunca hacernos daño el uno al otro, sino solo el bien, ayudando a aquellos que estén oprimidos y pasando dificultades y dándole de comer al hambriento.

La Fe absoluta de los primeros cristianos en las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles se demostró principalmente en las persecuciones.
Ser cristiano era ilegal en el imperio romano, sobre todo porque los secuaces de Cristo negaban la Divinidad del emperador y no hacían los sacrificios solicitados por la cultura del tiempo. Los primeros cristianos eran conscientes de que podían ser enviados al patíbulo sufriendo torturas atroces, pero estaban convencidos de que Dios no los abandonaría.
He aquí un pasaje de las Cartas de Ignacio, un secuaz de Juan:

Es necesario por tanto, no solo ser llamado “cristiano”, sino ser en realidad cristiano… Si no estamos preparados para morir de la misma manera en que Él sufrió, su vida no está en nosotros (4).

Y he aquí otro pasaje, escrito antes de ser llevado al patíbulo:

Que traigan el fuego y la cruz. Que vengan las manadas de bestias salvajes. Que se quiebren y disloquen mis huesos y se separen mis extremidades. Que venga la mutilación de todo mi cuerpo. De hecho, que vengan todas las torturas diabólicas de Satanás. ¡Solo déjenme alcanzar a Jesucristo!... Preferiría morir por Jesucristo en vez de reinar sobre los confines de la tierra. (5).

Fue justamente la fortísima fe que los primeros cristianos tenían en Dios, testimoniada incluso en el sacrificio extremo (no es gratuito que “mártir” signifique testigo en griego), la que sirvió de “volante de inercia” para nuevas conversiones y para nuevos mártires. La fe en Jesucristo, a pesar de las persecuciones, se propagaba de manera evidente.
De los escritos de los primeros cristianos se deduce que realmente ellos vivían “en el mundo”, incluso “no estando en el mundo”.
No tenían jerarquías, pero cada congregación era independiente de las otras, de manera que una enseñanza errada o una herejía no pudieran esparcirse por todas las iglesias.
No adoraban la riqueza material, sino que vivían en comunidades de creyentes, compartiendo sus posesiones con los secuaces.
No buscaban el poder terreno, sino más bien la salvación espiritual.
No aceptaban que existieran nuevas revelaciones o nuevas creencias, sino que basaban su Fe solo en los Evangelios y en los otros escritos del Nuevo Testamento.
Cualquier posible dogma adjunto era un cambio de dirección y, por tanto, un error.
En el 303 d.C. tuvo lugar la última persecución contra los cristianos, querida por Diocleciano y Galerio. Se ordenó la destrucción de Iglesias y la quema de las Sagradas Escrituras. Se decretó la confiscación de los bienes de los cristianos y el arresto de muchos de ellos.
Pocos años después, el imperio romano no tenía un único jefe supremo.
Flavio Valerio Severo gobernaba Italia y África del norte, mientras que Constantino gobernaba Britania y Galia. Otros dos líderes militares gobernaban la parte oriental del imperio.
Cuando Severo fue derrotado por Majencio, Constantino se declaró “legítimo emperador” del imperio romano de Occidente. Pero faltaba todavía vencer a Majencio antes de poder entrar triunfalmente a Roma.
El historiador Eusebio (265-340) narra en su “Vida de Constantino” (6):

Dijo que a medianoche… vio con sus ojos el signo de una cruz de luz en los cielos, superpuesta al sol, con las palabras: con este signo serás vencedor. (in hoc signo vinces)

La batalla la ganó Constantino, quien atribuyó la victoria al “Dios de los cristianos”. No sabemos si a causa de este hecho Constantino se convirtió al Cristianismo. Sin embargo, hizo de todo para aventajar a los cristianos, favorecerlos e, indirectamente, corromperlos (quizás sin quererlo). Veamos por qué.
Con el edicto de Milán (313 d.C.), el emperador Constantino y Licinio (Augusto de Oriente) decretaron la libertad de culto para cualquier religión en todo el imperio.

Entonces nosotros, Constantino Augusto y Licinio Augusto, habiéndonos encontrado proficuamente en Milán y habiendo discutido todos los argumentos relativos a la pública utilidad y seguridad, entre las disposiciones que veíamos útiles a muchas personas o entre las que considerábamos prioritarias, habíamos puesto las relativas al culto de la divinidad con el fin de que les sea consentido a los cristianos y a todos los otros la libertad de seguir la religión que cada uno profese, de manera que la Divinidad que esté en el cielo, cualquiera que sea, a nosotros y a todos nuestros súbditos nos dé paz y prosperidad.

Así, Constantino decidió que toda propiedad confiscada a los cristianos durante las persecuciones de Diocleciano tenía que ser devuelta. Además, toda casa de oración que había sido quemada, debía ser reconstruida a expensas del Estado.
El edicto de Milán no había transformado la religión cristiana en religión de Estado, pero es innegable que, con el tiempo, el emperador había adoptado una fuerte actitud positiva hacia los cristianos. Constantino ordenó la construcción de nuevas y suntuosas iglesias para poder recibir más fieles.
Pronto se dio cuenta de que la mayoría de los obispos cristianos estaba viviendo en la pobreza. Les ofreció entonces salario y protección. Permitió que las Iglesias pudieran recibir bienes en herencia. Concedió a la institución una especie de tribunales obispales (episcopalis audientia) a los cuales los cristianos podían acceder para dirimir sus controversias. Además, eximió del pago de impuestos a todos los obispos y a sus propiedades.
Increíblemente, en pocos años los cristianos pasaron de ser una minoría perseguida a ser los favoritos de la corte. ¡Qué diferencia respecto a algunos años antes!
Fue así como, lentamente, el espíritu conservador de los primeros cristianos se encontró fuertemente amenazado.
Durante el período de los primeros cristianos, por ejemplo, nadie había nunca pensado en pagar salarios a los obispos, pero cuando Constantino lo hizo, ellos aceptaron. Nadie había pensado nunca en que fuera justo estar exentos de impuestos, pero cuando Constantino los eximió, ellos aceptaron. Nadie había pensado nunca que fuera justo vivir en un palacio suntuoso, pero cuando Fausta, la segunda mujer de Constantino, concedió la Domus Faustae (en el área del Palacio Laterano) a Milcíades, el obispo de Roma, él aceptó sin reservas.
De esta manera, los cristianos empezaron a pensar que el cambio no podía ser sinónimo de error, sino que quizá podría conllevar mejoras.
¿Qué obtuvo el emperador a cambio de todos estos favores y privilegios?
Ya en el 314 d.C., cuando hubo una polémica entre donatistas y católicos, él la dirimió y dio a los católicos la prioridad y el reconocimiento de ser la legítima corriente de la Cristiandad.
Constantino ya no era considerado una “Divinidad” como los emperadores anteriores, pero como el obispo de Roma lo reconocía, obtenía el “derecho divino”, o bien, “el derecho de reinar otorgado por Dios”.
El Cristianismo, en cambio, se había corrompido, se había mezclado con la política y con los negocios del mundo. No estaba ya formado por un conjunto de personas que practicaban el culto de manera desapegada de los bienes y de las cargas materiales. Por primera vez en la historia, a los cristianos se les reconocía prestigio social, importancia, honores. Cuando el Cristianismo comenzaba a ser aceptado y además aportaba beneficios desde el punto de vista social, miles de personas se convirtieron. Y el Estado aprobaba. Así, los cristianos, viéndose aceptados y luego privilegiados, en realidad se alejaron de las enseñanzas originales de Jesucristo y empezaron incluso a perseguir a quien criticaba su nueva doctrina. Lentamente, de hecho, se le estaba dando más importancia a la teología y a la doctrina que al cambio radical e interior que tenía que generarse en un cristiano para poder tener acceso al Reino de Dios.
En el 325 d.C., se dio una fuerte disputa sobre la naturaleza del Hijo de Dios y del Padre. Los dos principales contendientes de esta polémica fueron Alejandro, obispo de Alejandría, y el presbítero Ario.
Constantino, que era considerado como “obispo universal”, convocó a un concilio de todos los obispos, que se desarrolló en Nicea.
Ario sostenía que el Hijo de Dios no tenía la misma naturaleza del Padre y que tenía que ser considerado entonces en un plano menor, entre los Ángeles y el Padre, justamente.
Constantino, para dirimir la disputa, decidió incluir el término homoousion (de la misma sustancia) en la doctrina (7), proclamando que el Padre y el Hijo eran homoousion. Esta afirmación concuerda plenamente con las creencias de los primeros cristianos y se deduce de varios pasajes de los Evangelios (por ejemplo: Prólogo del Evangelio de Juan, Juan, 10, 30, o Mateo 28, 19).
Sin embargo, lo que me urge resaltar aquí es que las disputas sobre la doctrina habían asumido mucha más importancia que el cambio interior predicado por Cristo y, además, las herejías debían ser suprimidas con una violencia inaudita. Quienes fueron perseguidos, me refiero a los primeros cristianos, se convirtieron en perseguidores.
Ario fue enviado al exilio en Iliria, todos sus escritos fueron quemados y se sancionó que quien fuera descubierto siguiendo sus enseñanzas, tendría que ser ajusticiado. Es verdad que Ario y sus secuaces eran heréticos, pero eso no justificaba una represión tan brutal. ¿En qué momento se había acabado el perdón cristiano?
La iglesia empezó a estar organizada a la manera del imperio, en el sentido que los obispos metropolitanos tenían autoridad sobre las iglesias de su circunscripción. Fue así como se acabó la independencia de toda congregación, y había riesgo entonces de que una adición errada a la doctrina pudiera difundirse velozmente.
Constantino, además, favoreció un proceso de sincretismo con algunas religiones paganas, en una óptica de difusión y asimilación. En Roma, algunos templos que habían sido consagrados a Isis fueron readaptados y dedicados a la Virgen, y en el 336 d.C. se decretó oficialmente la fecha de nacimiento de Jesús para el día 25 de diciembre, en una óptica de sincretismo con algunos cultos preexistentes.
Pareciera que Constantino hubiera logrado cristalizar la enseñanza de Jesús en el llamado Credo Niceno, y que nadie hubiera podido ponerla en discusión nunca más.
Pero no fue así: en los años sucesivos hubo otros concilios donde se proclamaron otros dogmas rígidos y vinculantes, que sin embargo resultaban ser añadiduras a los Evangelios y, por tanto, fórmulas accesorias, no originales.
Algunos escritores, como el estadounidense David Bercot, se refieren a este período como al híbrido constantiniano, durante el cual hubo un alejamiento de los Evangelios.
Fue un parcial retorno al Viejo Testamento. Por ejemplo, mientras Jesús había predicado el desapego de los bienes materiales, en el Viejo Testamento no había prohibición de acumular riquezas, y así fue durante el híbrido constantiniano.
Después del 325 d.C., la Iglesia, ya jerarquizada, reconocía al Estado, y se encontraba atrapada en el poder y en la doctrina.
Los cristianos vivieron por casi tres siglos en un régimen que consistía en compartir, ser iguales, ser hermanos y perdonar. Por tres siglos vivieron “en el mundo”, pero no eran “de este mundo”, en el sentido en que no adoraban la riqueza ni deseaban la mundanidad y mucho menos el poder.
Los cristianos del híbrido, en cambio, se dejaron corromper y, lentamente, se alejaron de las verdaderas enseñanzas de Jesucristo.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Bibliografía:
Nuevo Testamento, Sociedad Biblicas Unidas
Que hablen los primeros cristianos, David Bercot
La vida de Costantino, Eusebio de Cesarea

Notas:
(1) Giustino, Primera Apologia, cap. 14
(2) Clemente, Miscellanea, Tomo 4, cap.10
(3) Tertulliano, A los martires, capitulos 2, 3
(4) Cartas a los Magnesios, cap 5
(5) Cartas a los Romanos, cap 5
(6) Eusebio, la vida de Costantino, 1, 28
(7) El Credo niceno-costantinopolitano

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