miércoles, 28 de octubre de 2015

El Cristianismo antiguo: la edad patrística prenicena


El Cristianismo antiguo empezó con la Resurrección de Jesús, y se difundió de Jerusalén por todo el mundo antiguo a través de la acción infatigable de los Apóstoles y de los demás seguidores de Cristo. Los documentos más significativos en los que se describe la edad apostólica, o bien, el período de la Resurrección a la muerte de Juan, son los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de Pablo y las otras obras que conforman el Nuevo Testamento. Sin embargo, hay otros documentos, como la primera carta de Clemente de Roma, donde se describen algunos hechos de la edad apostólica, por ejemplo el martirio de Pedro y la infatigable obra de evangelización de Pablo (1).
Durante el primer siglo d.C., los cristianos fueron perseguidos duramente, ya que no reconocían la “divinidad” del emperador y predicaban el Evangelio de Cristo, afirmando que solo la fe en él y el arrepentimiento de los propios pecados llevarían a la salvación y, por tanto, a la vida eterna. Todo eso estaba en fuerte contradicción con la religión y con la cultura romanas, que veían al ser humano como un simple animal desarrollado y no como a un ser sagrado situado en el centro del proyecto divino.
Las persecuciones contra los cristianos empezaron bajo el mando del emperador Nerón. El emperador Vespasiano, después de las guerras judaicas, ordenó buscar a todos los descendientes de la estirpe de David. Luego, Domiciano volvió a perseguir a los cristianos con inaudita ferocidad.
Después de la muerte de Juan, el Apóstol de Jesucristo que vivió más tiempo, acaecida aproximadamente el 100 d.C. en Éfeso, ya no había nadie que hubiera conocido al Salvador del mundo.
El Cristianismo, sin embargo, a pesar de las terribles persecuciones romanas, sobrevivió, incluso se difundió “como el fuego en bosque seco”.
¿Cómo fue posible?
¿Quiénes fueron los sucesores de los Apóstoles y cuál era su estilo de vida?
¿Por qué lograron hacer aceptar la nueva fe en Dios a masas de personas que hasta hacía pocos años reconocían como divino al emperador o adoraban ídolos?
Primero que todo, hay que considerar que las iglesias cristianas que surgieron en el siglo I y que luego se desarrollaron en el siglo sucesivo, no estaban organizadas en modo jerárquico; en práctica, no había un “papa” o jefe de la Cristiandad. Contrariamente a lo que se pueda pensar, el sucesor de Pedro, que se llamaba Lino, no era el jefe de la Iglesia cristiana, sino que era solo el jefe de la Iglesia cristiana de Roma.
Cada ciudad tenía su obispo: Alejandría de Egipto, Éfeso, Antioquia, Jerusalén, Olimpo, Filipos, Corinto, Cartago, etc.
La independencia de cada congregación de las demás volvía entonces imposible que cualquier enseñanza errónea, o sea, diferente de la palabra del Señor, y que cualquier nuevo dogma se extendiera a otras comunidades.
Además, los obispos no habían sido educados por fuera de las comunidades donde profesaban, sino que habían crecido dentro de ellas, eran conocidos por todos y a todos debían responder por sus acciones.
Como la creencia cristiana exige cambios radicales no solo en palabras, sino también en hechos, los obispos que predicaban este cambio de paradigma debían demostrar con los hechos que ellos estaban dispuestos antes que nadie a dejar todo por Jesucristo. No solo debían demostrar que vivían de forma intachable y apacible, no solo debían abandonar sus propiedades materiales para donarlas a la comunidad, compartiendo los bienes, sino que tenían que estar dispuestos a anteponer a Cristo incluso a sus vidas.
Y eso fue lo que hicieron: en efecto, la mayoría de los obispos y de los sabios cristianos que vivieron después de la muerte de Juan, en la llamada “edad patrística”, murieron martirizados, dando un testimonio extremo (mártir significa testimonio en griego) de Jesucristo.
Me refiero, por ejemplo, a Clemente de Roma (muerto en el 100 d.C.), Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.), Policarpo di Esmirna (69-155 d.C.), Justino Mártir (100-168 d.C.), Ireneo di Lyon (130-202 d.C.), Hipólito de Roma (170-235 d.C.), Orígenes (185-254 d.C.), Cipriano (210-258 d.C.), Metodio de Olimpia (250-311 d.C.).
Su principal fuerza, entonces, fue la fe inquebrantable en Cristo, y la demostraron con el martirio.
Sobre el proceso de nominación de un nuevo obispo, analicemos un escrito de Cipriano (2):

Debe ser escogido en presencia de la gente y debe demostrar que es digno y apropiado mediante juicio y testimonio público…Para una ordenación apropiada, todos los supervisores vecinos de la misma provincia deben reunirse con la congregación. El supervisor debe ser escogido en presencia de la congregación, ya que ellos conocen su vida y costumbres.

Y sobre la integridad y moralidad de los cristianos, leamos un parte de un escrito de Ignacio (3):

Es necesario por tanto, no solo ser llamado “cristiano”, sino ser en realidad cristiano…Si no estamos preparados para morir de la misma manera que Él sufrió, su vida no está en nosotros.

Otra característica de los primeros cristianos era la llamada separación del mundo.
Veamos a tal propósito los célebres pasajes del Evangelio de Juan (15, 18-19):

Si el mundo los odia, sepan que Me ha odiado a Mí antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, sino que Yo los escogí de entre el mundo, por eso el mundo los odia.

En efecto, los primeros cristianos demostraron no estar interesados en las tentaciones del mundo. No estaban interesados en el dinero, ni en el poder. Vivían en el mundo, y sin embargo no hacían parte de él. Fue solo a partir del llamado híbrido constantiniano que las cosas cambiaron. En los 280 años que van justamente de la Resurrección al edicto de Milán, los cristianos vivieron en contextos no frívolos, ni mundanos, sino más bien austeros. No es que no fueran felices, que quede claro, sino que su alegría provenía de la fe y no ciertamente de las posesiones materiales o del poder terreno. Veamos a tal propósito dos escritos de Hermas, hermano de Pío, obispo de Roma

(4):
De hecho, estos son los que tienen fe, pero también tienen las riquezas de este mundo. Cuando viene la prueba, niegan al Señor debido a sus riquezas y negocios… Por consiguiente, aquellos que son ricos en este mundo no pueden ser útiles al Señor a menos que se reduzcan primero sus riquezas. En su caso aprendan primero esto. Cuando ustedes eran ricos eran inútiles. Pero ahora son útiles y aptos para la vida.

(5):
Absténganse de tanto negocio y eviten el pecado. Aquellos que están ocupados con tantos negocios cometen también muchos pecados y sus asuntos de negocios hacen que se distraigan, en vez de servir al Señor.

Precisamente la separación de los placeres mundanos, o sea del aparentar, del mostrarse, del culto de la posesión, no hicieron más que reforzar su actitud en ayudar y amar a su prójimo, fuera cristiano o no cristiano.
Veamos a tal propósito una cita de Justino Mártir (6):

Nosotros, que le dábamos valor a adquirir riqueza y posesiones más que a cualquier otra cosa, ahora llevamos lo que tenemos a un fondo común y lo compartimos con cualquiera que lo necesite. Nos odiábamos y nos destruíamos entre nosotros mismos y nos negábamos a asociarnos con pueblos de otras razas o países. Ahora por Cristo, vivimos junto a esas personas y oramos por nuestros enemigos.

He aquí cómo Clemente de Alejandría describía al buen cristiano (7):

Se empobrece a sí mismo por causa del amor de modo que está seguro que nunca pasará por encima de un hermano necesitado, en especial si sabe que puede soportar la pobreza mejor que él. De la misma manera considera el dolor de otro como su propio dolor. Y si sufre alguna dificultad, no se queja.

De estas y otras citas de los textos patrísticos resulta, por tanto, que los cristianos del segundo y del tercer siglo se dedicaban realmente al prójimo, no solo al prójimo cristiano, que quede claro. Otra de sus características era el hecho de que no solían llevar a juicio a un “hermano” suyo, sino que intentaban dirimir las controversias en modo tranquilo, con el diálogo y la comprensión.
Su espíritu ultra-conservador los llevaba, además, a considerar que no debía haber ninguna nueva revelación después de los textos del Nuevo Testamento. Cualquier posible cambio o añadidura a los textos sagrados era, por tanto, visto como un grave error.
¿Cómo podían vivir los primeros cristianos dentro de sociedades, la romana y la griega, profundamente corruptas, tanto desde un punto de vista moral como de las costumbres sexuales?
Los cristianos se encontraban, literalmente, nadando contra la corriente.
Primero que todo, el hecho mismo de no hacer los sacrificios rituales a los dioses paganos o de no quemar incienso en honor al “genio” del emperador, que era reconocido el “dios” protector de los romanos, era ya de por sí una situación que los exponía a la muerte. En efecto, muchas persecuciones contra los cristianos tuvieron origen justamente en el obstinado rechazo de los cristianos a someterse a rituales que para ellos no tenían sentido.
Los primeros cristianos estaban, sin embargo, también en contraste con la cultura de la época y no solo con la religión griega o romana. Tomemos por ejemplo el caso del aborto: en la Roma imperial era una práctica común y tolerada. La vida humana, en efecto, no era considerada sagrada, no se veía como el proyecto de Dios que debía ser preservado a cualquier precio.
El ser humano era considerado solamente un animal que había desarrollado cualidades intelectivas particulares, pero no era visto en un plano superior al de los otros seres vivientes.
Por tanto, el feto podía ser destruido sin problemas, exactamente como algunos esclavos que eran arrojados a la arena a la merced de bestias feroces, solo por diversión de las masas.
Los primeros cristianos se oponían tenazmente a todo eso. A tal propósito, veamos un escrito de Tertuliano (8):

En nuestro caso, ya que el asesinato está absolutamente prohibido en cualquiera de sus formas, ni siquiera podríamos destruir al feto en el útero…detener un nacimiento es simplemente una forma más rápida de matar. No importa si se quita una vida que nace o si se destruye una vida que todavía no ha nacido.

Los primeros cristianos estaban obviamente en contra de la institución de la esclavitud, ya que en la enseñanza de Cristo, todos los hombres son libres y ninguno debe prevalecer o dominar al otro.
He aquí una cita de Lactancio que sanciona este concepto (9):

Antes los ojos de Dios, nadie es esclavo, nadie es amo. Ya que todos tenemos el mismo Padre somos por igual sus hijos. Nadie es pobre ante los ojos de Dios excepto el que carece de justicia. Nadie es rico excepto el que está lleno de virtudes.

Veamos ahora cuáles eran las creencias de los primeros cristianos en relación al bautismo. ¿Pensaban que el bautismo purificaría los pecados de una persona? ¿Pensaban quizá que sin bautismo un niño se condenaría? En lo absoluto. Para los primeros cristianos el bautismo no era considerado un ritual mágico que podía salvar a una persona, a menos que estuviera acompañado de la fe en Jesucristo y del verdadero arrepentimiento de los propios pecados. En práctica, el bautismo actuado sin fe, no tenía ningún valor. Por tanto, sostenían que los niños no bautizados que morían en la infancia podían salvarse, a diferencia del dogmático Agustín de Hipona (354-430 d.C.).
Veamos, a tal propósito, un pasaje de Justino Mártir, en su obra “Diálogo con Trifón” (10):

No hay otra forma (de obtener las promesas de Dios) que esta: conocer a Cristo, ser bañado en la fuente de la que hablaba Isaías pera la remisión de los pecados y, por último, vivir una vida sin pecado.

¿Qué sostenían los primeros cristianos a propósito de la salvación?
Según la mayoría de los historiadores, entre los cuales el estadounidense David Bercot, durante el cristianismo antiguo, o bien, tanto en la era apostólica como en la era patrística, se creía que la fe en Dios era absolutamente esencial para la salvación y que sin la gracia de Dios, ninguno podía salvarse.
Sin embargo, en el curso de los siglos siguientes se desarrollaron locuaces diatribas entre los que sostenían la salvación por fe y los que apoyaban la salvación a través de las obras. Según estas dos tendencias, entonces, o la salvación es un regalo de Dios o se consigue a través de buenas obras.
Estas polémicas, sin embargo, fueron introducidas por el dogmático Agustín de Hipona y luego por Martín Lutero, y no existían en los tiempos del cristianismo antiguo.
Los cristianos de los primeros tres siglos tenían claro que solo a través de la fe absoluta se puede obtener la salvación. Su razonamiento consideraba naturalmente que una fe sin obras no es verdadera fe. Pero veamos algunas citas de los primeros cristianos de la edad patrística a tal propósito. Clemente de Roma, por ejemplo (11):

Y nosotros por lo tanto, que por Su voluntad fuimos llamados en Jesús Cristo, no somos justificados por nosotros mismos. Ni por nuestra propia sabiduría, ni entendimiento, ni piedad, ni obras hechas en la santidad de corazón. Sino por esa fe, a través de la cual Dios Todopoderoso ha justificado a todos los hombres desde el principio.

El mismo Clemente, sin embargo, exhorta a cumplir buenas obras (12):

¿Qué haremos, oh hermanos? ¿Cesaremos de hacer el bien y descuidaremos la caridad? Nunca permita el señor que esto suceda entre nosotros, sino que con celo y ardor nos esforcemos en cumplir cualquier buena obra.

De la misma manera, consideremos dos citas de Policarpo, el discípulo de Juan. En la primera, transmite un célebre pasaje de la Carta a los Efesios de Pablo:

Muchos desean entrar en su gloria, sabiendo que: “Por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2, 8-9).

En la segunda cita, sin embargo, el mismo Policarpo exhorta a hacer obras de bien (14):

Aquel que se levantó de entre los muertos también nos levantará, si hacemos su voluntad y seguimos sus mandamientos y amamos lo que él ama manteniéndonos lejos de toda corrupción.

Ahora veamos el pensamiento de Clemente de Alejandría respecto a la salvación a través de la fe (15):

Abraham no fue justificado por sus obras, sino por la fe (Romanos 4, 3). Por lo tanto, aun si realizan buenas obras ahora, no les aprovecha después de la muerte, si no tienen fe.

El mismo Clemente, sin embargo, afirma (16):

Quien obtenga la Verdad y se distinga por sus buenas obras ganará el premio de la vida eterna… Algunas personas entienden de forma aceptable como (Dios provee el poder necesario), pero al darle poca importancia a las obras que llevan a la salvación, no se preparan lo suficiente para conseguir los objetos de su esperanza.

En este último pasaje, Clemente confirma que “después de haber reconocido la Verdad”, o sea, después de haber afirmado la Verdad en Cristo, el creyente debe hacer buenas obras para obtener la vida eterna.
De estas citas se deduce, por tanto, que los primeros cristianos daban prioridad a la fe en Cristo para alcanzar la salvación. Para ellos, no había ninguna diatriba entre fe y obras, justamente porque si la fe es verdadera, debe necesariamente incluir buenas obras.
De todo eso se llega a la conclusión, por tanto, de que el mundo greco-romano y la cultura de los primeros cristianos, derivada obviamente de su fe en Cristo, eran dos planetas opuestos que irremediablemente habían de enfrentarse. Uno de los dos englobaría al otro. Y así fue, en efecto: el mundo antiguo greco-romano desapareció y fue transformado en la civilización cristiana, incuso si esta, en el período del híbrido constantiniano, fue parcialmente diluida y corrompida.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Se puede reproducir este artículo a condición de que:
1. Se reproduzca integralmente
2. No se altere el título, alguna parte del mismo ni las fuentes bibliográficas.
3. Se agregue visiblemente después del título y al fin del artículo: obra de Yuri Leveratto.
Bibliografía: Que hablen los primeros cristianos, David Bercot.

Notas:
(1) Hay, además, otros testimonios que describen el martirio de Pablo, bajo el emperador Nerón, como la carta a los Romanos de Dionisio, obispo de Corinto. He aquí su testimonio:
“Por lo tanto, usted mediante su urgente exhortación ha ligado muy estrechamente la siembra de Pedro y Pablo en Roma y en Corinto. Pues ambos plantaron la semilla del Evangelio también en Corinto y juntos nos instruyeron, tal como en forma similar enseñaron en el mismo lugar de Italia y sufrieron el martirio al mismo tiempo"
O como el testimonio de Gayo, que vivió en Roma en los tiempos del obispo Ceferino. Él, en un escrito contra Proclo, jefe de la secta del Montanismo, dice a propósito de los lugares donde fueron puestos lo sagrados despojos de los apóstoles:
“Pero yo puedo mostrar los trofeos de los Apóstoles. Si tienen a bien ir al Vaticano o al camino a Ostia, hallarán los trofeos de aquellos que han fundado esta Iglesia".
Estos dos testimonios fueron extraídos de la Historia Eclesiástica de Eusebio.
(2) Cipriano, Lettera alla congregazione della Spagna (epistola 67, capitoli 4, 5)
(3) Ignazio, Lettera ai Magnesi, cap. 5
(4) Erma, Il pastore di Erma, tomo 1, vis.3, cap.6
(5) Erma, Il pastore di Erma, tomo 3, sim.4
(6) Giustino, prima apologia, cap.14
(7) Clemente di Alessandria, Miscellanea, tomo 7, cap. 12
(8) Tertulliano, Apologia, cap.9
(9) Lattanzio, Istituzioni divine, tomo 5, cap.15/16
(10) Giustino, Dialogo con Trifone, capitolo 44
(11) Prima Lettera di Clemente, cap. 32, 4
(12) Prima Lettera di Clemente, cap. 33, 1
(13) Policarpo, Lettera ai Filippesi, cap. 1
(14) Policarpo, Lettera ai Filippesi, cap. 2
(15) Clemente, Miscellanea, tomo 1, cap. 7
(16) Clemente, uomo ricco, cap. 1, 2

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