jueves, 24 de enero de 2013

Las crónicas más antiguas de la Amazonía, por el navegante florentino Américo Vespucio, en 1499


Para algunos historiadores, el genovés Cristóbal Colón no fue más que un astuto aventurero capaz de convencer a los reyes de España de que financiaran sus empresas en nombre de la Fe en Cristo, cuando en realidad lo animaban fuertes deseos de riqueza y poder. Para otros, Colón era sólo un traficante de esclavos que comenzó el genocidio de indígenas. En todo caso, El Almirante del Mar Océano tuvo el mérito de haber sido el primero en abrir la nueva ruta oceánica, aunque no comprendió totalmente la relevancia de sus descubrimientos.
Se dejó guiar siempre por supersticiones y creencias bíblicas, y con ello demostró que era un hombre del Medioevo, o tal vez, el último hombre de la Edad Media.
El florentino Américo Vespucio, en cambio, no estaba obsesionado con la búsqueda de una ruta hacia las Indias, ni estaba poseído por la ambición desmedida de encontrar oro y riquezas, ni mucho menos por la idea de ser el portador de la fe o el divulgador de la religión cristiana, atribuyéndose el derecho de evangelizar a los nativos. Su mente era libre.
En sus viajes adquirió información preciosa que, sumada a sus conocimientos geográficos, lo convenció de encontrarse frente a un nuevo continente. Por todas las razones anteriores y por su apertura mental, Américo Vespucio puede ser considerado el primer hombre de la era moderna.
Durante su primer viaje (mayo 1497-octubre 1498), el navegante toscano describió las actuales costas venezolanas y la península de la Guajira, la cual hoy hace parte de Colombia. Se adentró en una laguna y notó algunas cabañas en la costa. La siguiente es la descripción que él hizo, extraída de la Carta de Américo Vespucio acerca de las islas nuevamente halladas en cuatro de sus viajes (1504):

Y siguiendo desde ahí, siempre por la costa, con varias y diversas rutas de navegación, y tratando en todo este tiempo con muchos y diferentes pueblos de aquellas tierras, después de algunos días llegamos a un cierto puerto en el cual Dios quiso librarnos de grandes peligros. Entramos a una bahía y descubrimos una aldea que parecía una ciudad, colocada sobre las aguas como Venecia, en la cual había veinte casas grandes, no muy distantes entre ellas, construidas y apoyadas sobre palos gruesos. De frente a la entrada de estas casas había puentes levadizos, a través de los cuales se pasaba de una a otra, como si todas estuvieran unidas.

El inmenso territorio que estaba al interior de esta laguna se denominó “Venecia”, nombre que después se transformó en “Venezuela”.
A fines de 1498, cuando el florentino volvió a Sevilla, ciudad donde residía desde hacía ya 7 años, pensó de inmediato en participar en otra expedición. El anhelo de conocer el mundo, de comprobar si las nuevas tierras descubiertas hacían parte de Asia o eran realmente un nuevo continente, no lo dejaba en paz.
Vespucio era un hombre de ciencia y, antes de sacar conclusiones apresuradas, quería considerar nuevamente las observaciones que hizo durante el primer viaje. Había descrito a los nativos, que según él, no eran como los asiáticos, delineados por Marco Polo en el libro Millón, y había percibido una fauna y una flora bastante distinta de la reseñada por el célebre veneciano. Quizás las tierras descubiertas eran un Nuevo Mundo, diferente de Asia, pero todavía no estaba seguro de esto.
Cuando supo que el castellano Alonso de Ojeda estaba por organizar un viaje a las Indias (así se llamaban en ese entonces a las tierras descubiertas por Cristóbal Colón), y sobre todo, que el cantábrico Juan de la Cosa sería el segundo comandante de la empresa, se interesó en participar en la expedición.
Como en aquel período Américo Vespucio era agente de los Medici en la ciudad de Sevilla y como tenía contactos con personas preeminentes como Juanoto Berardi, es posible que la influente comunidad florentina se haya ocupado de armar al menos dos de las tres naves.
Zarparon del puerto de Santa Catalina en Cádiz, el 18 de mayo de 1499. Después de hacer escala en las islas Canarias, siguieron en dirección sudeste, no hacia las Antillas, sino más al sur, siempre hacia tierra firme.
Ojeda estaba convencido de que el fabuloso reino de Catay se hallaba mucho más al sur de lo que Colón pensaba, y creía que lograría encontrarlo antes de que el almirante genovés lo hiciera. En sus conversaciones, cargadas de un deseo desmedido de poder y de una ciega avidez, expresaba su intención de adueñarse sin dificultad alguna de aquellos reinos asiáticos en los que Colón había fracasado.
Juan de la Cosa y Américo Vespucio lo escuchaban perplejos, ya que su visión del mundo, más moderna y conocedora de la geografía, les hacía conscientes de las reales dificultades para arribar a las Indias.
Después de veinticuatro días de mar, avistaron tierra y llegaron a las costas de la Guayana, cerca al río Damerara. Luego se dirigieron al norte, hacia el golfo de Paria, donde desembarcaron para visitar algunas aldeas indígenas. Aquí, Vespucio se dio cuenta de quién era realmente Ojeda: el español quería adueñarse de todas las piezas de oro y riquezas que poseían los indígenas a costa de cualquier cosa, inclusive usando la fuerza para lograr su objetivo. Ni el cantábrico ni el florentino simpatizaban con este comportamiento descarado y codicioso, y así se lo hicieron saber.
Es posible que el florentino y el cantábrico hayan hablado de geografía y hayan intercambiado puntos de vista e información real sobre la verdadera naturaleza de esa tierra firme desconocida.
En ese momento, Vespucio decidió abandonar la nave de Ojeda y continuar por su lado con la exploración de las costas situadas al sudeste. Hay muchas interpretaciones respecto a esta decisión. Algunos hablan de desacuerdos con Alonso de Ojeda, mientras que otros sostienen que Vespucio, justamente porque ya conocía la costa al oeste del golfo de Paria, ya que la había visitado en su primer viaje, decidió explorar las costas al este, que eran desconocidas para él. En su viaje hacia el sudeste, costeando los actuales Guayana y Brasil, Vespucio fue el primer europeo que descubrió el estuario del Río Amazonas; lo impresionó el color marrón de éste, el cual se observa adentrándose en mar abierto por decenas de kilómetros.
En este pasaje de sus Cartas, el florentino describe el descubrimiento de dos grandes ríos que podrían ser las dos bocas principales del Río Amazonas:

Creo que estos dos ríos son la causa del agua dulce en el mar. Nos pusimos de acuerdo en entrar a uno de ellos y navegar a través de él hasta encontrar la ocasión de visitar aquellas tierras y poblaciones; preparadas nuestras embarcaciones con sus provisiones y veinte hombres bien armados, entramos al río y navegamos remando durante dos días superando la corriente alrededor de dieciocho leguas, avistando muchas tierras. Navegando así por el río, vimos señales muy ciertas de que el interior de éstas estaba habitado. Por lo tanto, decidimos regresar a nuestras carabelas, que habíamos dejado en un lugar no muy seguro y así lo hicimos.

Luego, prosiguió hacia el sur, llegando hasta el Cabo de San Agustín. Durante la navegación de regreso, con ruta noroeste, Vespucio percibió una ensenada, un puerto natural, a cuya entrada había una isla. Según algunos investigadores, Vespucio se hallaba a lo largo de la bahía donde actualmente está San Luis de Maranhão. Después de haber sido rodeados por canoas de indígenas agresivos, hubo una escaramuza y dos nativos fueron tomados como prisioneros. Después, los europeos atracaron y desembarcaron en una playa donde había numerosos autóctonos. A continuación, el relato del florentino, extraído de sus Cartas:

Soltamos entonces a uno de los que habíamos apresado y dándole muchas señales de amistad y también muchos cascabeles, campanillas y espejos, le manifestamos nuestro deseo de que los prófugos depusiesen el miedo, pues queríamos ser amigos suyos; y en efecto, yendo a buscarlos, cumplió diligentemente nuestro encargo, trayendo consigo de las selvas a toda aquella gente, que serían unos cuatrocientos hombres y muchas mujeres. Todos ellos vinieron sin armas a donde estábamos con nuestros barcos, y establecida mutua amistad, les devolvimos el otro cautivo que teníamos en nuestro poder y la canoa de que nos habíamos apoderado y que se hallaba donde lo estaban las naves, en poder de nuestros compañeros. Esta canoa estaba hecha de un solo tronco de árbol y fabricada con mucha perfección: tenía 26 pasos de largo y dos brazas de ancho. Luego de que la recobraron y la colocaron en un sitio seguro del río, todos huyeron repentinamente, no queriendo volver a tratar con nosotros, acción bárbara que nos dio a conocer su mala fe y condición. Entre ellos sólo vimos algunos pedacillos de oro que traían colgando de las orejas.

Sucesivamente, el barco liderado por Américo Vespucio se dirigió hacia el norte, navegando por aproximadamente 80 leguas (400 kilómetros), y llegó a algunas ensenadas, las cuales probablemente corresponden a las costas situadas antes del Pará, una de las desembocaduras principales del Río Amazonas. A continuación, el relato extraído directamente de las cartas del florentino:

Dejando, pues, aquella playa y navegando a lo largo de la costa cerca de 80 leguas, hallamos una ensenada segura para las naves, y entrando en ella, encontramos un número maravilloso de gente, con la cual trabamos amistad, y después fuimos a varias de sus poblaciones, donde nos recibieron con toda confianza y cortesía. Quinientas perlas les compramos por un solo cascabel, con un poco de oro que le dimos de gracia. En este país beben vino exprimido de frutas y simientes, a manera de cidra o cerveza blanca y tinta. Pero el mejor es el que hacen de las manzanas de mirra, de las cuales y de otras muchas excelentes frutas, tan sabrosas como saludables, comimos con abundancia por haber llegado en la estación oportuna. En esta isla abundan muchas de las cosas necesarias a la vida y la gente que la habita es de buen trato y conversación, y mas pacífica que ninguna de cuantas habíamos hallado hasta entonces. Nos detuvimos en aquel puerto diecisiete días con gran placer, viniendo diariamente a nosotros muchos pueblos que se maravillaban de ver nuestros rostros y blancura, nuestras armas y vestidos y la grandeza de nuestras naves. Nos refirieron que hacia el occidente había una nación enemiga suya, que tenía infinita cantidad de perlas; y que las que ellos tenían se las habían quitado en las guerras que habían tenido. Nos instruyeron también acerca de cómo nacen las perlas; y, en efecto, conocimos que era verdad cuanto nos decían…

De estos testimonios se deduce que los navegantes europeos tuvieron contacto a veces con indígenas belicosos y violentos, quizás de origen Caribe; otras veces (aproximándose al estuario del Río Amazonas), conocieron etnias amigables y curiosas (probablemente Arawak).
A continuación, Vespucio y sus hombres, continuando hacia el noroeste, se enfrentaron con un pueblo agresivo y violento que opuso resistencia a su desembarque. Decidieron seguir hacia el noroeste. Después de navegar unas 15 leguas, avistaron una isla enorme y decidieron atracar para saber si estaba habitada. Para algunos históricos y cartógrafos, se trata de la isla de Marajó, la grande isla fluvio-marina que se encuentra justo en el centro del inmenso estuario del Río Amazonas. He aquí nuevamente el relato del florentino:

Acercándonos, pues, a ella con toda celeridad, encontramos allí cierta gente la más bestial e ignorante, pero al mismo tiempo la más benigna y pacífica de todas, cuyos ritos y costumbres voy a referir: en el rostro y ademanes del cuerpo son muy brutales. Todos tenían la boca llena de cierta yerba verde que rumiaban, casi de la misma manera de los animales, de suerte que apenas podían articular palabra. Traían también todos colgando del cuello dos calabacillas curadas llenas la una de hierba que tenían en la boca y la otra de cierta harina blancuzca semejante a yeso molido, y con cierto palo o bastoncito pequeño que humedecían y masticaban en la boca y metían muchas veces en la calabaza de la harina, sacaban la suficiente para rociar a ambos lados aquella hierba que llevan en ella; operación que repetían frecuentemente y muy despacio... En esta gente experimentamos tanta familiaridad y franqueza como si antes hubieran negociado muchas veces y tenido antigua amistad con nosotros. Caminando con ellos por la misma playa en buena conversación y deseando nosotros beber agua fresca, nos insinuaron por señas que carecían absolutamente de tales aguas, y nos ofrecían de buena gana la hierba y la harina que llevaban en la boca, por donde comprendimos que usaban de ellas para templar la sed a causa de no haber aguas en aquel país... Son grandes pescadores y tienen abundancia de peces. Nos regalaron muchísimas tortugas y otras varias clases de buena pesca.

Analizando este relato, se infiere que los nativos de la isla Marajó (¿quizás los descendientes del antiguo pueblo de los Marajoara?), utilizaba mucho la coca, la cual mezclaban con un polvo rico en calcio, justamente como hacen hoy los Kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta o los Ashaninka del Ucayali.
Luego, Vespucio regresó al norte, reconociendo la desembocadura del Orinoco, hizo escala en Trinidad y finalmente llegó a La Española.
Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa habían recorrido la costa norte de la actual Venezuela, pasando por la desembocadura del Orinoco, el golfo de Paria, la isla de Trinidad y la de los Gigantes, así llamada por haber observado allí indígenas de gran estatura. Quizá corresponde al Curazao actual. Ambos se dirigieron luego al Cabo de la Vela, siguiendo luego hacia La Española.
Al llegar a esta isla con poco oro y algunos esclavos rebeldes y peligrosos, los colonos de la isla, en su totalidad seguidores de Colón, los acogieron con hostilidad por haber viajado sin la aprobación del genovés. El viaje de regreso se realizó en junio del año 1500.
Estas crónicas tienen una importancia enorme, no sólo porque comprueban que Américo Vespucio fue el primer europeo que conoció el estuario del río más grande del planeta algunos meses antes del “descubrimiento” oficial, atribuido erróneamente a Vicente Yánez de Pinzón, pero sobre todo por sus valiosas descripciones, que cuentan sobre pueblos hasta ahora totalmente desconocidos, probablemente de etnias Caribe o Arawak.
El navegante toscano, que hizo otros dos viajes en el Nuevo Mundo, explorando las costas meridionales de los actuales Brasil y Argentina hasta casi llegar al famoso estrecho que fue descubierto por Magallanes 18 años después, fue el primer hombre que se dio cuenta de haber viajado a lo largo de un nuevo continente, diferente de Asia, como creyó Cristóbal Colón hasta el fin de sus días.
A continuación se cita un pasaje de la carta Mundus Novus donde Vespucio, reconociendo el haber descrito un nuevo continente, escribe:

Llegué a la tierra de las Antípodas, y reconocí que estaba frente a la cuarta parte de la Tierra. Descubrí el continente habitado por una multitud de pueblos y animales, más que nuestra Europa, Asia o la misma África.

El cosmógrafo alemán Martin Waldseemuller fue el primero en divulgar las noticias de Vespucio en su Cosmographie Introductio, publicado en Lorena en 1507.
Después de la publicación de esta obra, las nuevas tierras descubiertas se comenzaron a llamar Americus, o América, en honor a las observaciones realizadas por Vespucio.
Al principio se hablaba de América sólo para referirse a los territorios del sur del istmo de Panamá, pero con el tiempo dicho término se utilizó también para aquellos territorios situados al norte del istmo.
En 1508, Américo Vespucio fue nombrado Piloto Mayor de Castilla por el rey Fernando de Aragón. Este título reconocía a Vespucio como el navegante más experto del reino de España, y por ello se le asignó la tarea de seleccionar e instruir a los futuros pilotos y cartógrafos, enseñándoles el uso del astrolabio y el conocimiento de los vientos.

YURI LEVERATTO
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