martes, 26 de febrero de 2013

La herencia Huari



El primer europeo que describió las ruinas de la antigua civilización Huari (llamada también Wari), fue Pedro Cieza de León, quien llegó, en 1533, a la zona de la actual ciudad de Ayacucho.
También el carmelita Antonio Vásquez de Espinoza describió detalladamente el llamado “valle de Viñaque”, hablando de varias ruinas y suntuosas construcciones.
Según el escritor indígena Huaman Poma, el nombre Huari proviene de los primeros colonizadores del continente, después del diluvio.
El área donde hoy se encuentra Ayacucho fue un importante cruce de personas y mercancías desde la antigüedad, centro de intercambio ideal entre la selva, la sierra y la costa. Uno de los primeros pueblos Huari fue, a partir de la era cristiana, Nahuin Puquio, situado en el sur de Huamanga. La población se dedicaba a la agricultura y a la artesanía (sobretodo cerámica). Esta sociedad, llamada Huarpa, ya estaba estratificada y la división del trabajo era común. El poder espiritual y político estaba concentrado en un sacerdote (curaca) que practicaba las ceremonias sagradas dedicadas al culto del Sol. Desde los primeros años de la cultura Huarpa, la artesanía en cerámica se distinguió por las decoraciones geométricas con rombos, líneas paralelas y colores vivos como el rojo y el amarillo, además del negro.
Alrededor del 800 d.C., la cultura Huari empezó a ser influenciada por las tradiciones de Tiahuanaco, la ciudad de piedra construida cerca al lago Titicaca, a 3850 metros de altura sobre el nivel del mar.
De este modo, la tradición artística Tiahuanaco se unió al estilo Huari de la sierra, que a su vez había sido influenciado por la cultura Nazca.
Esta “colonización cultural” de Tiahuanaco fue pacífica y principalmente artística y cosmogónica. La fusión de las dos culturas creó la denominada área de influencia Tiahuanaco-Huari, la cual se expandió hasta el norte del Perú durante otros dos siglos.
La cultura Huari fue considerada la fuente de todas las tradiciones arcaicas del área andina a partir de la más importante: el Sol. Los llamados misioneros del Sol difundieron su visión espiritual y pacífica en gran parte del continente.
Para el español Cieza de León, quien visitó Tiahuanaco en los años posteriores a la conquista, los constructores de la ciudadela de Huari fueron los mismos de Tiahuanaco, anticipándose 5 siglos a las evidencias arqueológicas.
El arqueólogo Tello fue el primero en estudiar científicamente el sitio de Huari, en 1942.
La ciudadela Huari, situada a 3000 metros de altura sobre el nivel del mar, se encuentra a aproximadamente 22 kilómetros de la actual ciudad de Ayacucho. Más recientemente, fueron descubiertas largas galerías subterráneas y obras de canalización a gran escala. Con la ciudad de Huari se va delineando el clásico urbanismo andino, con un centro religioso constituido por el templo, una zona urbana donde vivían los sacerdotes y los encargados del culto y luego, un barrio alto (llamado Hanan) y uno bajo (Urin) donde vivían los artesanos, los soldados y los agricultores especializados. Por último, la mayoría de la población vivía a lo largo del valle, en los campos cultivados y en las zonas de ganadería de camélidos andinos.
El estilo urbanístico Huari, caracterizado por casas cuadradas y rectangulares, y rodeado de altos muros, fue usado también en otros poblados como Wilka, Pikillacta y Choquepuquio.
La cultura Huari se distinguió por complejas e interesantes creaciones artísticas.
En el pueblo de Huacauara hay ocho litoesculturas y bajorrelieves provenientes del templo principal. Ilustran figuras de aspecto serio y tranquilo, vestidas con amplios mantos de estilo ceremonial y clerical. Sin embargo, los restos artísticos Huari más importantes se encuentran en la cerámica y en los tejidos.
A partir del estudio de estas creaciones artísticas, puede comprenderse en detalle la vida y las tradiciones del pueblo Huari. Inicialmente, la cerámica Huari se caracterizó por sus grandes vasos policromos, utilizados en ofrendas rituales. Sucesivamente, alrededor del siglo IX d.C., también a causa de la influencia Nazca, la iconografía dominante fueron las cabezas trofeo (cabezas cortadas y exhibidas como trofeos con el fin de mostrarse temibles ante los enemigos) y la serpiente, símbolo del inframundo. Los colores preponderantes fueron el rojo vivo, el blanco y el gris, a menudo delineados de negro.
Se encontraron también grandes recipientes de estilo Conchopata, Robles Moqo Y Pacheco, de clara influenciaTiahuanaco, caracterizados por la simbología del Sol y decorados por imágenes de Divinidades y de plantas medicinales. Es frecuente observar la imagen sagrada de Viracocha, el creador supremo, tal como se ve en la puerta del Sol, en Tiahuanaco, acompañado por 4 figuras masculinas y 4 femeninas. De hecho, la numerología es muy importante en la cultura andina, la cual consideraba sagrados los números 4, 8 y 9.
Durante las excavaciones arqueológicas en los diferentes cementerios Huari, se encontraron varias momias cubiertas en mantas de lana o algodón exquisitamente decoradas, en las cuales predominan el rojo, el burdeos y las figuras geométricas.
De todos los tejidos antiguos hallados en Suramérica, los Huari son los más elaborados y complejos, y en ellos se percibe que los sujetos, tanto antropomorfos como zoomorfos, están modelados y estilizados hasta casi volverlos abstractos.
En los cimientos de la iconografía Huari está la influencia de la grandiosa civilización del altiplano andino que tuvo su centro en Tiahuanaco.
Abundantes en el tejido Huari son los símbolos del creador, Viracocha, del Sol y de las montañas, consideradas sagradas porque de ellas brota el agua que da la vida.
Los tejidos Huari parecen estar relacionados con el mundo del subconsciente y, como los mándalas budistas, nos transmiten un mensaje cósmico que va más allá de la materialidad.
Alrededor del año 1000 d.C., la cultura Huari dejó repentinamente de existir. Las ciudadelas fortificadas fueron misteriosamente abandonadas. Algunos estudiosos sugirieron que Perú meridional fue víctima de una tremenda sequía que duró dos decenios. La población tuvo un declive pavoroso y los sobrevivientes, refugiándose en los valles más cercanos a la costa, perdieron parcialmente la cultura Huari, practicando sus propias tradiciones locales ya existentes. Estos pueblos de sobrevivientes formaron, por ejemplo, la cultura Chiribaya, ubicada en la región de la actual ciudad peruana de Moquegua, en la provincia de Ilo.
Los límites septentrionales de la cultura Chiribaya llegaron hasta la etnia Churajón, típica de la zona donde hoy está establecida la ciudad de Arequipa.
Los Chiribaya, que prosperaron hasta el 1350 d.C., cuando empezaron a formar parte de la cultura incaica, fueron reconocidos como los señores del mar y del desierto. En efecto, pescaban y sabían transformar en jardines áridos valles desérticos. Contaban con un sistema hídrico sorprendente que recuerda en cierto modo al de los Zenúes de las llanuras colombianas.
Además, criaban llamas para alimentarse de su carne y pescaban con eficaces lanzas de puntas afiladas de cobre.
En la cerámica y en los tejidos Chiribaya hay una fuerte tradición Huari: los colores más comunes son el rojo, el naranja, el marrón, el ocre y el amarillo.
Los tejidos eran hechos de algodón, de lana de alpaca y de vicuña. La iconografía incluía figuras de Divinidades, geométricas, antropomorfas y zoomorfas.
Estudiando las tumbas Chiribaya es posible llegar a la conclusión de que su sociedad era diversificada y estaba jerarquizada. Por lo común, las clases altas adornaban sus vestidos con objetos de turquesa, jade, lapislázuli y hermosísimas conchas.
Durante las excavaciones, se encontraron varios recipientes de madera, caracterizados por piezas anexas zoomorfas de evidente procedencia Tiahuanaco. En cuanto a la metalurgia, utilizaban el cobre para fabricar diversos instrumentos como hachas, cucharas y cuchillos. El oro y la plata servían para elaborar bellísimas joyas, que se lucían para evocar el culto del Sol y de la Luna.

YURI LEVERATTO
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