jueves, 8 de agosto de 2013

La expedición de Pedro de Candía, el primer explorador del Antisuyo


El departamento peruano de Madre de Dios, el antiguo Antisuyo, es aún hoy uno de los territorios más misteriosos, salvajes, desconocidos y puros del planeta. Sus selvas vírgenes fueron declaradas territorio intangible (no sólo está prohibido el ingreso, sino también cualquier explotación minera, hídrica o forestal), justamente para preservar la enorme biodiversidad que contienen.
En el transcurso de cinco siglos que nos separan de la llegada de los conquistadores españoles a Perú, el Madre de Dios ha sido también objetivo de muchas expediciones de exploradores y aventureros en busca de la ciudad perdida de Paititi, última fortaleza en la que los sacerdotes Incas escondieron inmensas riquezas y antiguos conocimientos, escapando de la terrible vanguardia de los españoles guiados por Pizarro.
En realidad, ya alrededor de 1537, se habían difundido en Cusco algunos rumores sobre tierras riquísimas situadas en el oriente, donde cualquiera podía enriquecerse y vivir en la opulencia. No obstante, hay que considerar que la visión indígena de la riqueza era muy diferente de la europea, pues para los Incas, el oro no tenía valor intrínseco, sino que era un objeto sagrado que servía para acercarse a la Divinidad, mientras que la hoja de coca era la que tenía un enorme valor.
El primer explorador que recorrió los valles al oriente del Cusco y buena parte del actual Madre de Dios no fue un español, sino un italiano, nacido en Creta en 1484, llamado Pedro de Candía. Sus padres, propietarios de tierras en la isla griega, fueron exterminados durante un ataque de Turcos Otomanos. De manera que enviaron al joven Pedro a Italia, donde creció con su tío materno en el pueblo de Castelnuovo.
Su índole inquieta y emprendedora lo llevó a enlistarse, muy joven, en el ejército del imperio español. De hecho, a la edad de 25 años, participó en la toma de Orán y Trípoli, donde los españoles combatieron contra sus rivales otomanos. Después de otras batallas, como la de Pavía en 1525, viajó a América, acompañando a Pedro de los Ríos, nuevo gobernador de Panamá, país a donde llegó en 1526.
En 1527, Pedro de Candía conoció a Francisco Pizarro en el estuario del Río San Juan, territorio que actualmente hace parte del departamento colombiano del Chocó.
Después de varias vicisitudes, durante las cuales se organizaba la expedición para la conquista del Perú, Pedro de Candía tomó parte del célebre episodio de los Trece de la isla del Gallo, en la cual Pizarro nombró a sus lugartenientes y juró llevar a término la empresa de conquista.
En el año siguiente, Pedro de Candía exploró las actuales costas del departamento colombiano de Nariño y de Ecuador, llegando hasta el pueblo indígena de Tumbes, donde fue acogido con benevolencia por los autóctonos.
A continuación, viajó a España junto al comandante Francisco Pizarro, con el fin de pedir la autorización y los medios suficientes para emprender la conquista del Perú. Fue nombrado artillero del reino y le fue concedido un sueldo anual de 60.000 maravedís.
En 1532, partió a la conquista del Perú, bajo las órdenes de Francisco Pizarro. Al finalizar el año, luego del saqueo de Cajamarca, en el que 168 hombres derrotaron a un ejército mucho más numeroso y aprisionaron al rey de los Incas Atahualpa, Francisco Pizarro obtuvo un inmenso tesoro (unas 6 toneladas de oro y 11 de plata). A Pedro de Candía le correspondieron alrededor de 9.909 pesos de oro y 407,2 marcos de plata (aproximadamente 44 kilos de oro y 87 de plata).
En febrero de 1534, Pedro de Candía fue enviado en reconocimiento junto a Hernando de Soto y Diego de Agüero, con el fin de llegar a Cusco, la capital del Perú.
Fue nombrado primer alcalde del Cusco español, y tuvo una relación amorosa con una bellísima princesa inca, con la cual tuvo un hijo.
En 1536, se distinguió en la defensa de Cusco, cuando Manco Inca la asedió, intentando restablecer el dominio de los Incas.
En abril de 1538, cuando se dio la batalla entre el bando de Pizarro y el fiel al capitán Almagro, Pedro de Candía apoyó al comandante de la expedición y contribuyó a la victoria final.
Entonces el hermano de Pizarro, Hernando, al ver que muchos capitanes se encontraban desocupados en Cusco, pensó en conceder autorización para conquistar otros territorios. Esta decisión, tomada probablemente bajo orden de su hermano Francisco Pizarro, se debía al hecho de que el ocio y el aburrimiento podrían ponerse en contra del comandante, favoreciendo revueltas y conspiraciones.
Precisamente en aquel período, Pedro de Candía había obtenido cierta información de parte de una concubina indígena, quien le había descrito una tierra riquísima llamada Ambaya, situada al oriente de los Andes, en un territorio forestal enorme.
La zona del Antisuyo (actual Madre de Dios) había sigo explorada aproximadamente un siglo antes por el emperador de los Incas Pachacutec, quien había recorrido el río Amarumayo (o río de las serpientes, actual Río Madre de Dios) y había regresado al altiplano andino con mucho oro, coca, valiosas plantas medicinales y frutos exóticos.
Pedro de Candía invirtió casi todos sus bienes en la empresa, para la cual reclutó cerca de 50 caballeros y 200 soldados infantes, con el fin de partir a conquistar el Antisuyo.
A continuación se ofrece un pasaje del libro Historia general de los hechos de los Castellanos en las islas y tierra firme del Mar Océano, del escritor español Antonio de Herrera, donde se describen los preparativos para la expedición:

Y como había en esta sazón en el Cusco más de mil y seiscientos soldados…Hernando Pizarro se la dio de buena gana por desembarazarse de tanto número de gente ociosa y libre, aparejada para emprender cualquier novedad…y Pedro de Candía comenzó a apercibirse para la jornada y echó mano a ochenta y cinco mil pesos de oro que tenía y se adeudó en otros tantos y con esto puso a punto trescientos soldados bien aderezados, juzgando que pues Pedro de Candía tanto gastaba, sabía a dónde iba y que se habían de enriquecer, y que cuando no saliese buena la jornada no perdían nada y por esto iban con el de buena gana…Pedro de Candía con su gente de la ciudad, anduvo hasta el valle de Paqual, diez leguas del Cusco y cinco de las montañas de los Andes y allí estuvo un mes y medio aderezando.

Pedro de Candía permaneció alrededor de un mes en el valle de Paqual, que corresponde probablemente al actual valle del río Mapacho (denominado más abajo Yavero, un afluente del Urubamba). Durante esta larga parada, obtuvo información importante sobre los valles, totalmente desconocidos para los europeos, que se encuentran al oriente de los Andes, ya en la cuenca del actual Madre de Dios. A continuación, el relato del escritor Antonio de Herrera:

Pedro de Candía fue caminando para penetrar del otro cabo de la cordillera que comúnmente llaman los Andes, vertiente a Levante y Mar del Norte, que tiene por términos al Norte, el Río de Opotari y al Sur el valle de Cochabamba, que llaman la entrada de los Mojos, y finalmente entró por los Andes del Tono, y en Opotari halló un pueblo grande y de mucha gente. Opotari está a tres leguas del Tono y 30 del Cusco, y prosiguiendo su camino halló tan malos pasos, tan trabajosos y dificultosos, que los caballos se desempeñaron y los hombres se herían y maltrataban y con todo eso pasaban adelante…Con estas grandes dificultades viendo tan temerosas montañas y espesuras adonde jamás veían el sol ni claridad sino siempre lluvias y tempestades, se halló muy atajado, y tratando con los capitanes lo que se haría, o volver atrás o pasar adelante, estaban confusos porque el continuar el viaje era imposible y temeroso volver por donde habían entrado también les pareció que tenía las mismas dificultades.
Estando en esta terrible angustia y confusión acordaron pasar adelante…llegaron a la tierra de Abisca, que son valles calientes, adonde hicieron alto, se proveyeron de vitualla y mientras se descansaba el capitán Pedro de Candía envió gente que descubriese la tierra para proseguir el camino y los que fueron volvieron al cabo de algunos días diciendo: que la espesura crecía y no podían hallar camino que no fuese con el mismo trabajo pesado.
Y aquí creció el dolor y el afán por verse metidos en tierra tan áspera, sin luz ni esperanza de lo que había de suceder. Finalmente…anduvieron cuatro jornadas y hallaron indios flecheros comedores de carne humana, que atrevidamente llegaron a desembrazar sus arcos…los indios que viven entre aquellas sierras, se juntaban a la fama que iban los castellanos, y dieron en la retro guardia armados de arcos, flechas y rodelas, fuerte de cuero de dantas con que muy bien se defendían de los golpes de las espadas y por hacerlos retirar con el menor daño posible los tiraron algunos arcabuzazos, y se tomó uno; y preguntado por el intérprete: que tierra había por allí y en cuantos días saldrían de aquella montaña respondió: que no había otra cosa que ver si no las montañas que tenían delante y habían pasado; y preguntándole otra cosa de su vida y mantenimiento dijo: que no tenían otra cosa si no pequeñas casas cubierta con ramas de aquellos árboles y que sus armas eran aquellos arcos y flechas y que comían raíces de yuca que sembraban, y con aquello vivían contentos pensando que nunca sus ojos los verían y que por aquellas espesuras había monos y gatos que con las flechas mataban y algunas dantas; y que no pasasen adelante porque iban perdidos. Y no embargante lo que el indio decía pasaron adelante, caminando cada día una legua, padeciendo notable tormento con las muchas espinas, porque aunque iban con gran tino, los lastimaban las agudas púas en los pies y piernas que se le hinchaban. Y pasando ríos, ciénagas y pedregales era grande el dolor porque eran muchos los llagados y gran compasión verlos por tantas maneras fatigados porque ya se le sentía el hambre y comían los caballos que se morían. Los ríos que hallaban ya eran más hondos y era forzoso cortar maderas para hacer puentes. Estando pues en grandísima perplejidad…Pedro de Candía con acuerdo de la mayor parte ordenó que se volviese por la mano izquierda y permitió Dios Nuestro Señor que dieron en una parte por donde en breves días salieron de aquellos grandes trabajos habiéndolo padecido tres meses sin muerte de ningún castellano, que fue cosa milagrosa, y al cabo salieron al Collao a ciertos pueblos que eran del capitán Alonso de Mesa el canario que iba allí y de Lucas Martin de lo cual recibieron notable contento.

Al analizar esta interesante descripción, se deduce que la tropa de Pedro de Candía entró, en junio de 1538, a la cuenca del Madre de Dios, justo en el valle del Río Tono, río que desemboca en el Río Pilcopata (que, a su vez, uniéndose al Piñi Piñi, forma el alto Madre de Dios), cerca de la actual ciudad homónima.
Siguendo en el valle llegaron a un poblado, posiblemente situado cerca al pueblo de Patria.
Como de las descripciones de otros escritores se sabe que la tropa regresó al altiplano remontando el Río San Gabán, que es un afluente del Inambari, se piensa que Pedro de Candía avanzó en dirección sureste. En esta expedición, Pedro de Candía no tuvo la fortuna de Cortés o de Pizarro y no encontró territorios ricos en oro (en realidad, en todos los ríos del Madre de Dios hay oro, pero es difícil extraerlo). Luego tuvo que enfrentarse con peligrosos indígenas caníbales y decidió sabiamente regresar al altiplano andino.
Según otros escritores de la época, Pedro de Candía regresó al altiplano porque algunos autóctonos le habían revelado que el territorio rico en oro era el pueblo de los Chuncos al oriente del Río Carabaya (hoy llamado Río Tambopata, departamento peruano de Puno, en la frontera con Bolivia).
Fue entonces cuando Hernando Pizarro, quien se había enterado, después de haber recibido algunas misivas de la expedición, de que uno de los hombres de Candía, Alonso de Mesa, quería regresar a Cusco a intentar liberar a Almagro, se dirigió al lugar donde estaban acampando los hombres de Candía, probablemente los pueblos de Corani o Macusani, en el actual territorio de Puno.
Hernando Pizarro tomó como prisioneros a Alonso de Mesa y a Pedro de Candía con la excusa de traición. Al mismo tiempo, concedió al capitán Pedro Anzures Henríquez de Campo Redondo (llamado Peránzurez) la autorización de explorar el territorio del Carabaya o país de los Chuncos.
En los días siguientes, mientras que Alonso Mesa fue decapitado, porque se comprobó que había tramado realmente contra Pizarro, Pedro de Candía fue liberado, ya que se verificó que no tenía nada que ver con la conspiración, sino que sólo estaba interesado en la fabulosa Ambaya o en territorios ricos de oro sin querer, sin embargo, crear un reino personal, conservando entonces la intención de someterse al poder del rey y de Pizarro.
Pedro de Candía, con sus hombres, se puso en marcha hacia el Río Carabaya (Tambopata), siguiendo los pasos de Peránzurez, quien probablemente se encontraba cerca a la confluencia del Tambopata con el Pablobamba, donde hoy surge el pueblo de Putina Punco.
Los dos comandantes se encontraron justo en aquella zona en agosto de 1538 y establecieron su cuartel general exactamente donde dos años más tarde fue fundado el pueblo de San Juan del Oro.
La zona era riquísima en oro, que se hallaba tanto en los afluentes del Tambopata como en algunos yacimientos en las montañas cercanas. No se sabe si Pedro de Candía logró reponer en su totalidad la enorme suma que había invertido en la fallida expedición a la mítica Ambaya, pero es cierto que su relación con los hermanos Pizarro se había deteriorado y, por tanto, se unió al bando rebelde de Almagro el Mozo. En 1542, no obstante, el mismo Almagro el Mozo mató a Pedro de Candía, acusándolo de traición al tratar de acercarse a las fuerzas realistas de Cristóbal Vaca de Castro.
Pedro de Candía fue el primero de una larga serie de aventureros y exploradores que partieron en los años siguientes en busca de las riquísimas tierras de Paititi. Tuvo el mérito de haber sido el primero en adentrarse en las selvas de la cuenca del Madre de Dios y en regresar al altiplano andino, pudiendo, de estar manera, informar al mundo sobre la misteriosa selva primaria amazónica.

YURI LEVERATTO
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