martes, 14 de abril de 2015

La crítica al eurocentrismo en algunos estados suramericanos



El 12 de octubre de 2004, un grupo de personas de inspiración chavista se reunió en el “paseo Colón”, cerca de una estatua de Cristóbal Colón, en Caracas, con la intención de juzgar someramente al navegante y explorador genovés 498 años después de su muerte.
Después de declararlo culpable de genocidio, la escultura fue desalojada de su pedestal y se quebró en dos pedazos al caer. Luego le echaron pintura roja en honor al socialismo bolivariano, y el nombre de la calle se cambió por “paseo de la resistencia indígena”.
Este acto, que no fue sancionado por la policía venezolana, es sólo uno de los tantos que caracterizaron en los últimos años a países como Venezuela e Argentina, país cuya población es en su mayoría de origen europeo.
El repudio al eurocentrismo tiene raíces muy antiguas.
Se sabe que Cristóbal Colón fue el primer traficante de esclavos y que los conquistadores españoles, como Hernán Cortés, Francisco Pizarro o Pedro de Heredia se distinguieron por varias matanzas de indígenas, quienes evidentemente no podían defenderse porque se les amedrentaba con armas de fuego, espadas de hierro y caballos, animales desconocidos en el Nuevo Mundo.
Se sabe, además, que el sistema económico impuesto por los españoles fue duro e inflexible, tanto con el proceso de esclavitud como con la explotación de los indígenas en las minas (ver mi artículo sobre Potosí) y en los campos con la mita. Sin embargo, es igualmente cierto que los españoles se sentían perfectamente autorizados por el papa, para ellos el vicario de Cristo, y por el rey de España, en la obra de evangelización y protección de los autóctonos. Los europeos de la época reconocían el tratado según el cual el papa había dividido el mundo en dos partes, una para España y otra para Portugal (Tratado de Tordesillas). Las tierras americanas eran, por tanto, “suyas” y no de los indígenas.
Es obvio que la perspectiva de nosotros, los occidentales del 2014, es completamente diferente a la de los europeos del siglo XVI, pero es también cierto que no podemos pensar en juzgar hechos acaecidos hace cinco siglos sin considerar el contexto en el cual se desarrollaron.
Los movimientos contra el eurocentrismo o contra la visión occidental del mundo se dirigieron, en la segunda mitad del siglo XX, contra los Estados Unidos de América, que era el país dominante del continente suramericano.
Estas teorías, bien explicadas en el famoso libro de Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de América Latina”, han desembocado a veces en movimientos anticapitalistas o abiertamente de tendencia marxista o incluso maoísta, tanto en Colombia (f.a.r.c.) como en Perú (s.l.) o en Bolivia (e.l.n. y Che Guevara). El fracaso de estos movimientos y su transformación en carteles de narcotráfico que se basan en conceptos puramente capitalistas (producción y venta ilegal de cocaína) condujo al desarrollo de otros movimientos de inspiración ya no militar, sino política.
El chavismo, entendido como “socialismo bolivariano”, apoya la causa indigenista en oposición al eurocentrismo y al dominio de los países occidentales, pero al mismo tiempo vende petróleo a los Estados Unidos e importa de allí arroz, pollo, maíz y otros alimentos, además de medicinas y productos tecnológicos. Se basa entonces en conceptos económicos capitalistas, ciertamente en beneficio de las clases menos pudientes, pero los resultados, tanto en el campo de los derechos humanos como en el económico han sido desastrosos, como hemos visto a partir de las protestas en Venezuela durante los primeros meses del 2014.
En mi opinión, está bien querer afirmar que la propia cultura se basa en conceptos e ideas típicas del mundo indígena amazónico y andino, pero no resulta instructivo desconocer el proceso de colonización europea de América, con todos sus aspectos negativos y positivos.
América actual, y en particular América Latina, es justamente el resultado de la unión de la cultura occidental con las culturas andinas, amazónicas, caribes y de la costa pacífica americana.
Es verdad que la esclavitud y la explotación de los autóctonos fueron actos deplorables e infames, pero, ¿podemos decir que, por ejemplo, la sociedad de los aztecas fue justa?
Tampoco en este punto podemos juzgar, porque según nuestra visión occidental, derivada de los siete acontecimientos fundamentales de nuestra Historia (o bien: la origen de la democracia en Atenas con las reformas de Clístenes en 508 a.C., el nacimiento de Jesucristo, la aceptación de la religión católica por parte del emperador Constantino en el año 313 d.C., la oficialización del “descubrimiento” del Nuevo Mundo, con el primer viaje de Cristóbal Colon en 1492 d.C, la declaración de independencia de los Estados Unidos de América en 1776 d.C. la Revolución francesa en 1789 d.C., y la Declaracion universal de los derechos humanos del 1948), los sacrificios humanos eran errados, las creencias paganas eran idolatrías, el poder absoluto del Inca era condenable, las costumbres de ciertas tribus amazónicas como el endo-canibalismo (ver mi artículo sobre los Yanomami) debían ser erradicadas, etc.
En mis artículos critiqué a menudo la facilidad con la cual varios gobiernos suramericanos dan en concesión inmensas áreas de la Amazonía a empresas extranjeras, por lo general occidentales, para la explotación petrolífera y minera, sin considerar los problemas y las exigencias de los pueblos autóctonos.
En mi opinión, haría falta una renovada conciencia ambiental y sería útil desarrollar una industria nacional en diferentes estados suramericanos para reducir la dependencia del exterior y crear valor agregado, pero todo eso quizás no le conviene a la élite que gobierna los distintos países.
En Argentina, donde últimamente ha aumentado el debate anti-eurocentrista, se le abren las puertas a inversiones extranjeras (12 mil millones de dólares en el 2012) y los mayores inversores son Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Entonces también aquí vemos que el anti-eurocentrismo es sólo una fachada, porque cuando se trata de recibir capital extranjero regresa nuevamente el modelo eurocentrista.
La propuesta es que se mire la Historia no en clave de contraposición entre eurocentristas y críticos del eurocentrismo, sino que se les enseñe a las generaciones futuras que los procesos históricos no se pueden juzgar según la óptica contemporánea, sino que se pueden extraer enseñanzas útiles para el futuro sin fomentar odios inútiles entre los pueblos actuales.

YURI LEVERATTO
Copyright 2014

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

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