miércoles, 16 de diciembre de 2015

La muerte en la cruz de Jesucristo


El fundamento de la fe cristiana es que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ha muerto en la cruz con el fin de quitar el pecado del mundo y el tercer día ha resucitado de los muertos, venciendo el pecado y la muerte. La Resurrección ha sido un evento sobrenatural que no se puede probar científicamente. Pero es verdad que hay muchos indicios que corroboran este hecho, y además ninguna teoría ha podido probar que la Resurrección no sea verdad.
La muerte en la cruz de Jesucristo es en cambio un evento histórico y comprobado. Hoy en día no hay ningún historiador serio del Nuevo Testamento que niega la muerte en la cruz de Jesucristo. Pero de toda manera los islámicos consideran que este hecho no haya pasado. Ellos, en contradicción con esta evidencia histórica, afirman que Jesucristo no murió en la cruz, pero fue reemplazado por otra persona (1). Miramos en qué basan su creencia. En primer lugar en su libro sagrado, el Corán (4, 157-158):

Y dijeron: Hemos matado al Mesías, Jesús hijo de María, el Mensajero de Allah. Pero no le mataron ni le crucificaron, sino que se les hizo confundir con otro a quien mataron en su lugar. Quienes discrepan sobre él tienen dudas al respecto. No tienen conocimiento certero sino que siguen suposiciones, y ciertamente no lo mataron. Allah lo ascendió al cielo [en cuerpo y alma]. Allah es Poderoso, Sabio.

En este artículo vamos a probar que la crucifixión y la muerte en la cruz de Jesucristo son hechos históricos, que pasaron realmente y que por esto cualquier otra teoría que niega la muerte en la cruz de Jesucristo es contra la historia y contra la lógica.
Primero que todo hay las fuentes cristianas y no-cristianas sobre la muerte en la cruz de Jesucristo. Las fuentes cristianas están conformadas por los libros del Nuevo Testamento, todos escritos en el primer siglo (los más antiguos) y todos escritos por personas que han vivido con Jesús, han divulgado el Evangelio, y además han decidido de poner el nombre de Cristo antes de sus propias vidas: han decidido de morir como mártires para non negar el nombre del Mesías. Me refiero a Marcos, Mateo, Pablo de Tarso, Pedro, Judas Tadeo, Santiago.
Después tenemos las fuentes documentales no-cristianas. Primero que todo está la fuente documental de Cornelio Tácito, que escribe así en sus anales (XV, 44):

“Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato”.

Tácito, describe los cristianos y confirma lo que está escrito en los Evangelios: Jesucristo vivó bajo el imperio de Tiberio (14-37 d.C.), y fue crucificado por Poncio Pilato.
Después tenemos el libro “Antigüedades Judías” donde en el pasaje llamado Testimonium Flavianum, Flavio Josefo describe la crucifixión de Jesús y además su Resurrección:

“Por este tiempo apareció Jesús, un hombre sabio si es que es correcto llamarlo hombre, ya que fue un hacedor de milagros impactantes, un maestro para los hombres que reciben la verdad con gozo, y atrajo hacia Él a muchos judíos y a muchos gentiles además. Era el Cristo. Y cuando Pilato, frente a la denuncia de aquellos que son los principales entre nosotros, lo había condenado a la Cruz, aquellos que lo habían amado primero no le abandonaron ya que se les apareció vivo nuevamente al tercer día, habiendo predicho esto y otras tantas maravillas sobre Él los santos profetas. La tribu de los cristianos, llamados así por Él, no ha cesado de crecer hasta este día”. 

Miramos ahora otra fuente histórica sobre la crucifixión de Jesús, el Talmud de Babilonia, una colección de escritos rabínicos judíos compilada a partir del 70 d.C. A continuación, un pasaje:

“La vigilia de la fiesta de Pascua, Yeshu, el Nazareno, fue colgado. Durante los cuarenta días posteriores a su ejecución, un pregonero fue anunciando: “Yeshu, el Nazareno, está a punto de ser apedreado porque ha practicado la magia, ha seducido y ha descarriado a Israel”.

Este pasaje non solo es una prueba de la existencia misma de Jesús, sino que explica indirectamente, desde el punto de vista de los judíos que no creyeron en él, el motivo de su crucifixión. De hecho, se sostiene que practicó la “magia” y que “descarrió a Israel”. De una parte, se confirman los milagros, considerados como la “magia” de quien no creía; de otra parte, se confirman los Evangelios, que describen por qué Jesús fue enviado al patíbulo, ya que desde el punto de vista de los judíos no creyentes, él era un apóstata, o bien, una persona blasfema que no cree en las sagradas escrituras, sino que se sustituye a ellas.
Hay otras fuentes históricas sobre la crucifixión de Jesús, como por ejemplo aquella de Luciano de Samostata (120-180 d.C.), en su obra “Sobre la muerte de Peregrino” (XI-XIII):

“Como sabéis, los cristianos adoran a un hombre de este tiempo, que creó sus novedosos ritos y que fue por ello crucificado… Su fundador dejó impresa en ellos la convicción de que todos son hermanos desde el momento en que se convierten y rechazan a los dioses de Grecia, para adorar en cambio al sabio crucificado y vivir según sus preceptos”

Luciano de Samostata, aunque no era cristiano, y además siendo un crítico de la fe cristiana, confirma che (Cristo) fue crucificado.
Analizamos ahora desde un punto de vista lógico la posición islámica, ósea que Jesucristo no murió en la cruz porque “fue substituido por otro”.
Si analizamos todas las fuentes cristianas vemos que Cristo se ha presentado a los Apóstoles y a los otros seguidores el tercer día después de su muerte, afirmando su Resurrección exactamente como había anunciado. Pero si Jesucristo no hubiese muerto en la cruz y después se hubiese presentado a los Apóstoles mostrándose resucitado, en este caso hubiese sido un impostor, porque hubiese mentido. Ninguno de los Apóstoles ha pensado en una substitución de personas, obvio porque el Apóstol Juan, María, la madre de Jesús y otras mujeres estaban presentes bajo la cruz y tenían la certeza absoluta de su muerte.
¿Pudiese haber sido que el hombre crucificado no fue Jesús? Imposible, porque Jesucristo fue fácilmente individuado en su rostro y en su físico cuando fue arrestado. Después fue presentado al Sinedrio, por lo tanto se conocía muy bien su rostro. Además la lógica dice que si verdaderamente otra persona hubiese sido enviada a la cruz y no Jesús, ¿porque esta persona, sabiendo de estar siendo intercambiada por Jesús, no lo ha declarado? Nadie va a la muerte feliz, sabiendo de estar siendo intercambiado por otro.
A este punto estamos seguros que el hombre en la cruz era Jesucristo.
Analicemos ahora la posibilidad que la crucifixión no fue suficiente para matar a Jesucristo. Es prácticamente imposible. La crucifixión era la condena más cruel y segura utilizada durante el imperio romano. Además, muchas veces y seguramente en el caso de Jesucristo, la crucifixión seguía severas flagelaciones que causaban fuertes pérdidas de sangre.
Varios médicos (2) han declarado que la muerte de Jesucristo fue provocada por asfixia causada por la posición forzada que impide al tórax de respirar. Estos médicos han confirmado que después de haber muerto e después de haber quedado muerto por lo menos cinco minutos non hubiese sido posible “reanimarlo”. Además en el Evangelio de Juan (19, 34), se describe que un centurión perforó la caja torácica (y por lo tanto el pulmón) de Jesús con una lanza.
Jesús ya estaba muerto y por eso no reaccionó. Por lo tanto tenemos varias razones para afirmar que Jesús estaba realmente muerto cuando su cuerpo fue bajado de la cruz.
La última hipótesis que se puede confutar con la historia y la lógica es la muerte aparente.
Si Jesús fuera muerto en “apariencia” e si hubiese despertado el tercer día, no hubiese podido remover la piedra sepulcral. Además, aun admitiendo que la piedra fue removida por otros, ¿cómo pudiera el “Jesús que no murió en la cruz”, convencer sus seguidores de haber resucitado? Imposible, porque la Resurrección descrita por los Apóstoles (que después prefirieron ir a la muerte, que negar a Jesucristo), es una Resurrección gloriosa, de aquel que es verdadero Dios y verdadero hombre, sin heridas (excepto los signos de los clavos y de la lanza). No era un Jesús “demacrado y débil” aquel que se presentó a sus seguidores, sino era un Jesucristo invencible, todopoderoso, era aquel que había vencido el pecado y la muerte, era el Verbo encarnado. Por lo tanto, una cosa seria una improbable sobrevivencia de muerte aparente, otra cosa es la Resurrección!.
Hoy en día la totalidad de los historiadores del Nuevo Testamento (con la excepción de algunos historiadores islámicos), no tiene dudas que Jesucristo murió en la cruz (3) (4) (5).
Así que está demostrado de manera histórica que Jesucristo murió realmente en la cruz. Las falsas tesis que divulgan el contrario podrían ser el resultado de la divulgación de algunos Evangelios gnósticos que existían en el segundo y tercer siglo de la era cristiana. Pero ninguno de aquellos gnósticos estaba dispuesto a morir para afirmar aquellas tesis. Los Apóstoles del primer siglo, en cambio, que habían vivido con Jesucristo e lo habían conocido en persona, testimoniaban su muerte y su Resurrección con el martirio.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Foto: Diego Velázquez, Cristo crucificado

Bibliografía: Podemos estar ciertos que Jesús murió en la cruz? Una mirada a la práctica de la crucifixión, Michael Licona.
Note:
1-«shubbiha lahum»; algunas veces esta expresión fue traducida con “fue reemplazado por otra persona”
2-The Death of the Messiah, Volume 2 (New York: Doubleday, 1994), 1088ff.
3-John Dominic Crossan, Jesus: A Revolutionary Biography (San Francisco: HarperCollings, 1991), 145.
4-Gerd Lüdemann. The Resurrection of Christ (Amherst, NY: Prometheus, 2004), 50.
5-Michael Licona www.4truth.net

viernes, 4 de diciembre de 2015

La Trinidad, el fundamento de la fe cristiana


Muchos creyentes en Jesucristo piensan que la Trinidad fue impuesta como dogma en el siglo IV d.C. La pregunta que hay que plantearse para entender cuál es el origen del concepto trinitario es: “¿en qué creían los primeros cristianos?”. Por “primeros cristianos” me refiero no solo a los secuaces de Cristo del siglo I, o sea, los Apóstoles y sus discípulos, sino también a todos los cristianos que vivieron en el segundo y tercer siglo d.C., antes del emperador Constantino.
Primero que todo, definamos el concepto de Trinidad.
Por Trinidad se entiende que Dios es único y que única es su “sustancia”, pero que esta está presente en tres personas distintas entre ellas. Estas tres personas no son tres aspectos de la misma Divinidad, sino que las tres son Dios. Estas tres personas son: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Según esta creencia, por tanto, el Padre no es el Hijo; el Hijo no es el Espíritu Santo y el Espíritu Santo no es el Padre, sino que todos tres son, al mismo tiempo, Dios.
Hay varios ejemplos que pueden explicar este concepto, pero normalmente se ofrece el del agua: sabemos, en efecto, que la esencia del agua son dos átomos de hidrógeno unidos a una molécula de oxígeno: H2O. El agua se puede presentar en tres estados: el estado sólido, el líquido y el gaseoso. En los tres estados físicos la esencia misma del agua no cambia: es siempre H2O. El ejemplo se da solo a manera de ilustración, pero no debe ser tomado al pie de la letra.
Volvamos al tema central. ¿Podemos afirmar con certeza cuál es el origen de esta creencia? Hago notar que me refiero al origen histórico y no al teológico y formal.
Si queremos conocer en lo que creían los primeros cristianos, debemos leer los textos más antiguos que ellos escribieron, o sea, los 27 libros del Nuevo Testamento.
Es verdad que la palabra “Trinidad” no se encuentra en la Biblia, pero eso no quiere decir que los primeros cristianos no adoraran a un solo Dios, cuya sustancia estaba presente en tres “personas”.
Empecemos analizando algunos pasajes donde la Trinidad está afirmada indirectamente.
Veamos, primero que todo, un pasaje del Evangelio de Mateo (3, 16-17):

Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”.

En este pasaje del Evangelio de Mateo, que según una tradición antigua fue escrito en arameo o en hebreo alrededor del 45 d.C. (1), no está solamente el Hijo, Jesucristo, sino que está también el Espíritu, y el Padre, en cuyas palabras hay una evocación al siervo de YHWH (Isaías 42, 1).
En el pasaje anterior, el Espíritu Santo está presente, exactamente como en el Génesis (1, 2):

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Veamos ahora otro pasaje del Evangelio de Mateo, donde Jesús ordena el bautismo en el nombre de la Trinidad (28, 18-20):

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Como sabemos, el objetivo principal de la misión de Jesucristo sobre la tierra fue “quitar el pecado del mundo”. Su misión, sin embargo, tuvo también otros objetivos, entre los cuales el de revelar la resplandeciente Trinidad. En este pasaje, Jesús invita a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es una invitación clarísima a acoger en nosotros a las tres personas del único Dios. Hay que notar que Jesucristo dijo: “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” y no dijo: “en los nombres del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Veamos un pasaje del Evangelio de Marcos (14, 60-62):

Entonces el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús, diciendo: “¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?” Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” Y Jesús le dijo: “Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo”.

Con esta frase inaudita, Jesús se refirió a la profecía de Daniel (7, 13). Esta frase es indirectamente una declaración trinitaria, en el sentido que Jesús se declara Hijo de Dios y, entonces, por extensión, Dios encarnado. Además, afirma que él será visto a la diestra del poder de Dios (Dios Padre) y viniendo en las nubes del cielo. Las nubes del cielo son una representación simbólica del Espíritu.
Veamos ahora un pasaje de la Carta a los Romanos de Pablo de Tarso (8, 14-17):

Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.

Primero que todo, Pablo describe al Espíritu de Dios. Nos dice que el Espíritu guía a los hijos de Dios.
El Espíritu nos predispone a invocar al Padre. Pero solo si tomamos parte en los sufrimientos de Cristo, o sea, si llevamos nuestra cruz, podemos llamarnos verdaderamente hijos de Dios. Es una maravillosa revelación trinitaria hecha por Pablo, escrita posiblemente en Corinto entre el 55 y el 58 d.C.
Veamos ahora el último pasaje de la Segunda Carta a los Corintios (13, 13):

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.

La gracia del Señor Jesucristo es el don del renacimiento y de la salvación que podemos obtener si creemos en él. Sin él, nuestros pecados no podrían ser absueltos. El amor de Dios está representado en cuánto nos ama Dios Padre, justamente porque nos donó al Hijo. La comunión del Espíritu Santo es la participación personal efectuada por el Espíritu de Dios.
Veamos ahora un pasaje de la Carta a los Hebreos (2, 2-4):

Porque si la palabra hablada por medio de ángeles resultó ser inmutable, y toda transgresión y desobediencia recibió una justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? La cual, después que fue anunciada primeramente por medio del Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, tanto por señales como por prodigios, y por diversos milagros y por dones del Espíritu Santo según su propia voluntad.

La palabra de Dios fue inicialmente transmitida por medio de los ángeles de YHWH. Luego empezó a ser anunciada por el Señor Jesús y confirmada por sus apóstoles tanto con milagros como con dones del Espíritu Santo. También esta es una representación de la Trinidad.
Veamos ahora un pasaje de la Carta a los Hebreos (9, 13-14):

Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

También aquí se observa una referencia a la Trinidad: es Jesucristo quien, impulsado por el Espíritu eterno, se ofreció él mismo a Dios Padre para la remisión de los pecados.
Veamos ahora un pasaje de la Primera Carta de Pedro (1, 1-2):

Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas.

Es Dios Padre quien atrae hacia sí a sus hijos a través del Espíritu que los vuelve santos, con el fin de seguir el camino indicado por Jesucristo, para que su sangre pueda salvarlos. En esta frase está presente la Trinidad, en toda su maravillosa plenitud.
En los libros del Nuevo Testamento hay muchas referencias directas a Dios Padre, por ejemplo, en la Primera Carta a Timoteo (1, 17):

Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Dios es la causa primera. Es eterno. Veamos un pasaje del Libro de los Salmos (90, 2):

Antes que naciesen los montes
Y formases la tierra y el mundo,
Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.

Es omnipotente. Veamos un pasaje del Libro de Jeremías (32, 27):

He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?

Es omnisciente. Veamos dos pasajes del Libro de Jeremías (23, 23-24):

¿Soy yo Dios de cerca solamente, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos? ¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?

Es fiel. A tal propósito veamos un pasaje de la Segunda Carta de Timoteo (2, 13):

Si fuéremos infieles, él permanece fiel;
él no puede negarse a sí mismo.

Es omnipresente. A tal propósito leamos un pasaje de los Salmos (139, 7-12):

¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?
Si subiere a los cielos, allí estás tú;
Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.
Si tomare las alas del alba
Y habitare en el extremo del mar,
Aun allí me guiará tu mano,
Y me asirá tu diestra.
Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán;
Aun la noche resplandecerá alrededor de mí.
Aun las tinieblas no encubren de ti,
Y la noche resplandece como el día;
Lo mismo te son las tinieblas que la luz.

Es nuestro Salvador. A tal propósito veamos un pasaje de la carta de Tito (1, 3):

Manifestó su palabra por medio de la predicación que me fue encomendada por mandato de Dios nuestro Salvador.

Será nuestro juez, como se deduce de los Hechos de los Apóstoles (17, 30-31):

Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.

Analicemos ahora algunos pasajes neo-testamentarios donde se atestigua la Divinidad del Hijo y del Espíritu Santo. Los primeros cristianos, en efecto, demostraban adorar y creer en las tres personas de la Trinidad, como veremos ahora. Jesucristo era adorado como Dios desde los primeros años después de su Resurrección.
Primero que todo, las primeras comunidades cristianas se dirigían a Jesús con el término “Señor”, utilizado en la Biblia para referirse a Dios. Hay un pasaje de la Primera Carta a los Corintios, muy ilustrativa a tal propósito (16, 22):

El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. Maran-ata.

Maran-ata significa “el Señor viene” en lengua aramea.
Veamos ahora el verso de la Carta a los Colosenses (2, 9):

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.

Pablo afirma que en Jesucristo se tiene “toda la plenitud de la divinidad”, o sea, la Esencia divina. Cristo es Dios. Él, en cuanto Persona, se distingue del Padre por la relación que tiene con el Padre, siendo él el Hijo Unigénito, pero una sola es la esencia. Toda la plenitud de la Divinidad “habita corporalmente” en él, o sea, no por vía de simple acción de la Divinidad sobre un cuerpo humano, sino por la unión hipostática de las dos naturalezas, la divina y la humana. En Cristo hay dos naturalezas, no mezcladas entre ellas, en la única Persona que es la divina. En Dios se tienen tres Personas iguales y distintas en la única Esencia. Dios es Trinidad.
Hay luego otros pasajes de Pablo de Tarso donde se afirma la plena Divinidad de Jesucristo.
Por ejemplo, la Primera Carta a Timoteo (3, 16), (2):

E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en carne,
Justificado en el Espíritu,
Visto de los ángeles,
Predicado a los gentiles,
Creído en el mundo,
Recibido arriba en gloria.

Y aquel Verbo fue hecho carne” (Evangelio de Juan 1, 14). La frase es clara: Dios (el Verbo), se hizo carne, y habitó entre nosotros (“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”, Evangelio de Juan 1, 11).
Analicemos ahora un pasaje de la Carta a los Romanos (9, 4-5):

Son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.

En este pasaje está claro que Pablo sostenía la plena Divinidad del Hijo.
Obviamente el hecho de que Pablo creyera y divulgara la plena Divinidad de Jesucristo se deduce también de la Primera Carta a los Corintios (15, 1-11), donde se describe la Resurrección y las apariciones de Jesús. Según Pablo, en efecto, Jesucristo, con la Resurrección, venció la muerte y demostró su poder sobre la misma. Solo Dios mismo, quien creó el universo, tiene el poder de vencer el pecado y la muerte. Sin Resurrección, como escribe Pablo, la fe en Cristo sería inútil. Solo en la religión cristiana Dios se encarnó en un ser humano que vino a la tierra (se describe también en el Evangelio de Juan 1, 11) con el fin de “quitar el pecado del mundo” (Evangelio de Juan, 1, 29), vencer el pecado y la muerte, hecho comprobado por la Resurrección. Y todo esto Pablo lo sancionó claramente hasta las extremas consecuencias, o sea, hasta el martirio.
De varios pasajes de los Evangelios se deduce que el Padre y el Hijo son “de la misma sustancia”.
Es Jesús mismo quien lo afirmó, despejando cualquier duda sobre su identidad y su misión.
He aquí un primer pasaje del Evangelio de Mateo (11, 27):

Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.

Continuemos con el análisis del Evangelio de Juan. En el siguiente pasaje (8, 18-19) está escrito:

Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí. Ellos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre? Respondió Jesús: Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais.

Frase significativa porque indica que solo conociéndolo y aceptándolo se puede aceptar al Padre. Naturalmente, hay muchos otros pasajes de los libros neo-testamentarios de los cuales se deduce la plena Divinidad del Hijo, en los que profundicé en mi artículo “La verdadera identidad de Jesucristo”.
Pasemos ahora a analizar en detalle algunos puntos de los escritos neo-testamentarios de los cuales de deduce la Divinidad del Espíritu Santo.
Primero que todo, en la fe cristiana, es Dios, pero también es una persona distinta del Padre y del Hijo. Tiene una personalidad propia, pero tiene la misma sustancia del Padre y del Hijo. De los escritos neo-testamentarios se deduce que los primeros cristianos lo adoraban y lo consideraban Dios, como al Padre y al Hijo.
Veamos de inmediato un pasaje de los Hechos de los Apóstoles (5, 3-4):

Y dijo Pedro: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios”.

En este pasaje se nota claramente que Pedro creía que el Espíritu Santo es Dios.
Naturalmente, la Divinidad del Espíritu Santo se deduce también de varios pasajes del Antiguo Testamento. Veamos un pasaje de los Salmos (139, 7-8):

¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?
Si subiere a los cielos, allí estás tú;
Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.

Regresemos al Nuevo Testamento y a las creencias de los primeros cristianos. Veamos qué escribe Pablo de Tarso en su Primera Carta a los Corintios (2, 10-11):

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo es, por tanto, omnisciente, ya que conoce todo. Conoce incluso las profundidades de Dios, ya que él mismo es Dios.
Analicemos ahora otro pasaje de la Carta a los Romanos (12, 12-13):

Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él.

Si una persona no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece a él. En práctica, Pablo de Tarso creía que para recibir el Espíritu Santo había que aceptar a Jesucristo, hecho comprobado también por la creencia en el bautismo.
Veamos ahora un importante pasaje de la Primera Carta a los Corintios (12, 4-13):

Ahora bien, hay diversos dones, pero un mismo Espíritu. Hay diversas maneras de servir, pero un mismo Señor. Hay diversas funciones, pero es un mismo Dios el que hace todas las cosas en todos. A cada uno se le da una manifestación especial del Espíritu para el bien de los demás. A unos Dios les da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otros, por el mismo Espíritu, palabra de conocimiento; a otros, fe por medio del mismo Espíritu; a otros, y por ese mismo Espíritu, dones para sanar enfermos; a otros, poderes milagrosos; a otros, profecía; a otros, el discernir espíritus; a otros, el hablar en diversas lenguas; y a otros, el interpretar lenguas. Todo esto lo hace un mismo y único Espíritu, quien reparte a cada uno según él lo determina. De hecho, aunque el cuerpo es uno solo, tiene muchos miembros, y todos los miembros, no obstante ser muchos, forman un solo cuerpo. Así sucede con Cristo. Todos fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo —ya seamos judíos o gentiles, esclavos o libres—, y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.

En estos pasajes, Pablo indirectamente afirma la maravillosa Trinidad. Uno solo, de hecho, es Dios, pero también el Espíritu es uno solo y el Señor es uno solo. Los dones espirituales son dados según la voluntad del Espíritu, que los distribuye como quiere. El Espíritu Santo es recibido cuando se cree en la acción salvadora de Jesucristo.
Veamos ahora dos versos de la Carta a los Efesios (2, 17-18):

Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.

Solo a través de Jesucristo podemos presentarnos con un solo Espíritu al Padre. Veamos ahora un pasaje de la Carta a los Hebreos (9, 14):

¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

El Espíritu Santo es eterno, o sea, siempre ha existido. No hubo entonces un momento durante el cual Dios existía y el Espíritu Santo no existía.
De otros pasajes neo-testamentarios se deduce, además, que los primeros cristianos creían en la omnipotencia del Espíritu Santo. Veamos, por ejemplo, el Evangelio de Lucas (1, 35):

Respondiendo el ángel, le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”.

Y veamos este pasaje de los Hechos de los Apóstoles (1, 6-8):

Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” Y les dijo: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”.

En estos pasajes hay una maravillosa representación de la Trinidad. Se mencionan, en efecto, Dios Padre y el Espíritu Santo y el Hijo dice que se deberá dar testimonio de él.
De otros varios pasajes de los textos neo-testamentarios se deduce que el Espíritu Santo tiene las propiedades de una persona. Veamos algunos pasajes del Evangelio de Juan:

(14, 26):
Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

(15, 26):
Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.

(16, 12-14):
Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.

Vemos, por tanto, que el Espíritu Santo es una persona que enseña, recuerda y da testimonio. De todos estos pasajes se deduce que el Espíritu Santo era venerado y adorado como Dios, al mismo tiempo que el Padre y el Hijo.
El concepto de la Trinidad estaba presente también en los escritos de algunos Padres de la Iglesia, en el siglo segundo d.C. Veamos a tal propósito algunos pasajes de la Primera Carta de Clemente de Roma (fallecido en el 100 d.C.).

(46, 6):
¿No tenemos un solo Dios y un Cristo y un Espíritu de gracia que fue derramado sobre nosotros? ¿Y no hay una sola vocación en Cristo?

(58, 1-2):
Sed obedientes a su Nombre santísimo y glorioso, con lo que escaparéis de las amenazas que fueron pronunciadas antiguamente por boca de la Sabiduría contra los que desobedecen, a fin de que podáis vivir tranquilos, confiando en el santísimo Nombre de su majestad. Atended nuestro consejo, y no tendréis ocasión de arrepentiros de haberlo hecho. Porque tal como Dios vive, y vive el Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo, que son la fe y la esperanza de los elegidos, con toda seguridad el que, con humildad de ánimo y mansedumbre haya ejecutado, sin arrepentirse de ello, las ordenanzas y mandamientos que Dios ha dado, será puesto en la lista y tendrá su nombre en el número de los que son salvos por medio de Jesucristo, a través del cual es la gloria para Él para siempre jamás. Amén.

Veamos algunos pasajes de la Carta a los Efesios (Libro 9) de Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.):

Yo he sabido que algunos venidos de allá han pasado por vosotros, portadores de una mala doctrina, pero no les habéis permitido sembrarla entre vosotros, tapasteis vuestros oídos para no recibir lo que ellos siembran, ya que vosotros sois piedras del templo del Padre, preparados para la construcción de Dios Padre, elevados hasta lo alto por la palanca de Jesucristo, que es la cruz, sirviendo como soga el Espíritu Santo; vuestra fe os tira hacia lo alto, y la caridad es el camino que os eleva hacia Dios. 2. Entonces todos vosotros sois también compañeros de ruta, portadores de Dios y portadores del templo, portadores de Cristo, portadores de santidad, adornados en todo de los preceptos de Jesucristo. Por mi parte, con vosotros me alegro porque he sido juzgado digno de mantenerme con vosotros mediante esta carta y de regocijarme con vosotros que vivís una vida nueva, no amando nada más que a Dios.

Veamos algunos pasajes de la Carta a los Magnesios de Ignacio de Antioquía (XIII, 1-2):

Que vuestra diligencia sea, pues, confirmada en las ordenanzas del Señor y de los apóstoles, para que podáis prosperar en todas las cosas que hagáis en la carne y en el espíritu, por la fe y por el amor, en el Hijo y Padre en el Espíritu, en el comienzo y en el fin, con vuestro reverenciado obispo y con la guirnalda espiritual bien trenzada de vuestro presbiterio, y con los diáconos que andan según Dios. Sed obedientes al obispo y los unos a los otros, como Jesucristo lo era al Padre [según la carne], y como los apóstoles lo eran a Cristo y al Padre, para que pueda haber unión de la carne y el espíritu.

Veamos un pasaje extraído del Libro Primera Apología (6, 2) de Justino Mártir (100-168 d.C.):

Pero Él y el Hijo quien proviene de Él y nos enseñó estas cosas y a la hueste de los otros ángeles buenos que le siguen y que son similares a él, y al Espíritu profético, nosotros veneramos y rendimos homenaje.

Veamos otro pasaje extraído del Libro Primera Apología de Justino (LXV 1-3):

Después de ser lavado de ese modo, y adherirse a nosotros quien ha creído, le llevamos a los que se llaman hermanos, para rezar juntos por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado, y por los demás esparcidos en todo el mundo. Suplicamos que, puesto que hemos conocido la verdad, seamos en nuestras obras hombres de buena conducta, cumplidores de los mandamientos, y así alcancemos la salvación eterna. Terminadas las oraciones, nos damos el ósculo de la paz. Luego, se ofrece pan y un vaso de agua y vino a quien hace cabeza, que los toma, y da alabanza y gloria al Padre del universo, en nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo. Después pronuncia una larga acción de gracias por habernos concedido los dones que de Él nos vienen.

Veamos un último pasaje extraído del Libro Primera Apología de Justino (LXVII 1-2):

Nosotros, en cambio, después de esta iniciación, recordamos estas cosas constantemente entre nosotros. Los que tenemos, socorremos a todos los necesitados y nos asistimos siempre los unos a los otros. Por todo lo que comemos, bendecimos siempre al Hacedor del universo a través de su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo.

Veamos ahora dos pasajes del libro “Súplica a los cristianos” de Atenágoras de Atenas (133-190 d.C.).

(10, 5):
¿Quién, pues, no se sorprenderá de oír llamar ateos a quienes admiten a un Dios Padre y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, que muestran su potencia en la unidad y su distinción en el orden? Y no se para aquí nuestra doctrina teológica, sino que decimos existir una muchedumbre de ángeles y ministros, a quienes Dios, Creador y Artífice del mundo, por medio del Verbo que de él viene, distribuyó las funciones, confiándoles el cuidado de los elementos, de los cielos, del mundo y lo que en él hay, y de su buen orden.

(24, 2):
Si proclamamos la existencia de Dios y del Hijo, Verbo suyo, y del Espíritu Santo, iguales en poder, pero distintos según el orden: Padre, Hijo y Espíritu; el Hijo es inteligencia, Verbo y Sabiduría del Padre, y el Espíritu, la luz que emana del fuego; también reconocemos que existen otras potencias que rodean la materia y la penetran; una es contraria a Dios; no porque haya nada contrario a Dios, al modo como la discordia se opone a la amistad, según Empédocles, o la noche al día en el mundo sensible, pues si algo se enfrentara contra Dios, cesaría al punto de existir, destruida su sustancia por la potencia y fuerza de Dios; pero puesto que a la Bondad de Dios, atributo que le es propio y que es inseparable de él como la carne lo es del cuerpo, y no puede existir sin él -en efecto, sin ser parte suya, es la compañía necesaria, identificada y compenetrada con él, como el color rojo con el fuego o el azul con el éter-, se le opone al Espíritu que rodea la materia, creado por Dios como lo fueron también los demás ángeles, y a quien fue encomendada la administración de la materia y sus diferentes formas.

Veamos ahora algunos pasajes de la obra “Martirio de Policarpo” (14, 1-3), posiblemente escrita en la primera mitad del siglo tercero (3).

Entonces acordaron no clavarle en la madera, y solo le ataron las manos detrás de él con una soga. Preparado en esta manera para el sacrificio, y puesto sobre la leña como un cordero en holocausto, empezó a orar a Dios, diciendo: —Oh, Padre del bendito Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, por medio de quién hemos recibido la sabiduría salvadora de tu santo nombre; Dios de los ángeles y todas las criaturas, pero sobre todo, el Dios de todos los justos quienes viven en tu voluntad: te agradezco que me contaste digno de tener lugar entre los santos mártires; y digno de compartir de la copa de sufrimiento que bebió Jesucristo; para sufrir junto con Él y compartir sus dolores. Te ruego, ¡oh, Señor! que me recibas este día, como una ofrenda, de entre el número de tus santos mártires. Cómo Tú, ¡oh Dios verdadero, para quien el mentir es imposible!, me preparaste para este día, y me avisaste de antemano; ya lo has cumplido. Por esto te agradezco, y te alabo sobre todo hombre, y glorifico tu santo nombre por medio de Jesucristo tu Hijo amado, el Sumo sacerdote eterno, a quien, junto contigo y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y para siempre. Amén.

Como se observa, los Padres de la Iglesia creían fuertemente en el concepto trinitario, ya que en sus escritos reflejaban la fe de los secuaces de Cristo (4).
En todo caso, ya hacia el fin del siglo segundo, los tiempos estaban maduros para una primera oficialización del credo trinitario. Los doctores de las antiguas iglesias cristianas no hubieran podido ciertamente introducir un dogma de la nada, sobre todo si ese no hubiera sido ya aceptado en el culto cristiano. El primer obispo cristiano que utilizó un término similar al término “Trinidad” fue Teófilo de Antioquía (quien murió en el 185 d.C.), que en su libro “La Apología a Autólico” utilizó el término griego τριας (triás), refiriéndose al Padre, al Hijo y a la Sapiencia (atributo del Espíritu de Dios). Fue, sin embargo, Tertuliano (155-230 d.C.) quien, en algunos de sus escritos, usó oficialmente el término “Trinitas” refiriéndose al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Hemos llegado al final de nuestro examen sobre la creencia de la Trinidad.
Vimos que en la creencia cristiana Dios es, por tanto, único, pero presente en tres personas. Las tres personas de la Trinidad son iguales entre ellas en cuanto a esencia, y las tres personas tienen el atributo de la eternidad. Cada una de ellas tiene una personalidad distinta y refleja inteligencia y voluntad sobrenaturales.
Hay, sin embargo, un último concepto por analizar. Vimos que la Trinidad era la creencia de los primeros cristianos. En el concepto de Trinidad, el Padre amó al Hijo y al Espíritu Santo desde la noche de los tiempos. Los conceptos de amor, bondad y misericordia siempre hicieron parte de la esencia de Dios. En la visión cristiana, Dios siempre fue infinitamente misericordioso y debe, por tanto, poder perdonar todos los pecados. No obstante, Dios debe ser también infinitamente justo y, por tanto, debe poder castigar cualquier pecado. Vemos, entonces, que Dios es al mismo tiempo infinitamente misericordioso y justo.
Pero, ¿cómo podrían ser perdonados los pecados de los hombres? Cada pecado es infinito, ya que es una ofensa a un Dios infinito. Ninguno podría expiar “solo” sus pecados.
Solo a través de la acción salvadora de Jesucristo los pecados pueden ser perdonados, y solo después de que el Espíritu Santo descendienda sobre él (Evangelio de Mateo 3, 16-17).
Por tanto, Dios perdona los pecados no “desde afuera”, sino pagando él mismo. El amor y la misericordia hacen parte de su esencia. Solo con la maravillosa Trinidad se explica el amor infinito del Creador. Dios no juzgó desde lo alto los pecados y no delegó a su “creatura” el sufrimiento en la cruz.
Dios mismo estaba en la cruz, porque amaba de tal forma al hombre que se sacrificó por él expiando todos sus pecados y salvando así a todos aquellos que creen en él.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Notas:
1-Jean Carmignac, Nascita dei Vangeli sinottici, San Paolo, Cinisello Balsamo (Milano), 1986.
2-Textus Receptus
3-Cf. Moss, p.573-574
4- Otras referencias al credo trinitario se encuentran en las siguientes obras de la patrística: "Martirio de Policarpo" (XXII, 1-3), Carta a los esmirniotas de Ignacio di Antioquía (saludo inicial), Apología Primera di Justino XIII, 3, Diálogo con Trifón XXII, 3.

domingo, 15 de noviembre de 2015

La antigua disputa entre el Cristianismo y el Gnosticismo


¿Qué interés hay hoy en estudiar el gnosticismo antiguo, una religión-filosofía que se opuso al Cristianismo hace unos 1900 años? Parecería una tarea de mero interés histórico y, sin embargo, tiene también un interés actual; me refiero a los cambios de época que se están llevando a cabo en nuestra sociedad.
Estudiando y profundizando en las antiguas tesis gnósticas podemos entender mejor el gnosticismo moderno que está en la base de corrientes filosóficas como la Teosofía, la New Age, la Masonería y la globalización.
El gnosticismo moderno fue influenciado por la Teosofía, la cual a su vez absorbió elementos de religiones orientales como el hinduismo.
Uno de los fundamentos del hinduismo, en efecto, es que el Yo, “atman”, alma individual o partícula de Dios, invade todo ser viviente y hace parte del “brahman”, o bien, del alma universal. En la base de este concepto está la posibilidad, para cada uno de nosotros, de unirse con el alma universal, o sea, con “Dios”, a través del “conocimiento” (la palabra gnosticismo deriva del griego “gnosis”, conocimiento). Es el concepto que basa el yoga, filosofía india que hace parte de las tradiciones hinduistas.
Este concepto, sin embargo, es opuesto al Cristianismo. Según la fe cristiana, en efecto, ningún ser humano tiene “una partícula de Dios en su interior”, y la salvación se alcanza a través de la humildad y no a través del conocimiento.
Particularmente, la doctrina enseñada por Jesucristo afirma que, para salvarse, el hombre debe arrepentirse de sus pecados, confesarlos y creer en Jesucristo, o sea, creer que su sangre quitó el pecado del mundo.
Como vemos, los dos conceptos son opuestos. Incluso hoy en día muchos cristianos piensan que, después de la muerte, su alma se “unirá con Dios”, sin siquiera detenerse a pensar que las dos creencias son la una opuesta a la otra.
Sin embargo, si para el gnosticismo moderno está comprobado su origen teosófico y sincrético, por tanto oriental e indio, en lo que respecta al gnosticismo antiguo, este origen no está comprobado. Se piensa, en cambio, que el gnosticismo antiguo tiene sus raíces en los cultos de las religiones mistéricas, tanto babilónicas como egipcias. Una de las corrientes más antiguas del gnosticismo antiguo es el mandeísmo, basado en un sistema de dualismo. De una parte, en efecto, está un Dios “bueno” y un mundo habitado por ángeles; de otra parte hay un Dios “maligno” y un mundo habitado por demonios. En el gnosticismo medioriental había muchas otras corrientes, como por ejemplo los Barbelognósticos, cuyos textos de referencia fueron el Evangelio de María y el Apócrifo de Juan, que fueron confutados por Ireneo de Lyon.
Una de las corrientes gnósticas más importantes fue la llamada gnosis-helenística que se desarrolló en Alejandría de Egipto a partir del inicio del II siglo de la era cristiana. En aquel período, en efecto, la Buena Nueva se estaba difundiendo en todo el mundo mediterráneo. El llamado “kerygma”, en efecto, o sea la creencia de que Jesucristo es el Unigénito Hijo de Dios, el Verbo encarnado, que vino a la tierra para quitar el pecado del mundo, y que fue injustamente crucificado para luego resurgir de entre los muertos al tercer día, estaba afianzándose en la gente, especialmente en las zonas orientales del imperio.
La asidua obra evangélica de Pablo de Tarso había dado muchos frutos en Grecia. Al principio, Pablo había sido acogido con frialdad, especialmente en Atenas, ya que la Resurrección del Señor que él predicaba no convencía a las mentes neoplatónicas de los sabios del Areópago. En efecto, los eruditos griegos veían la muerte como una liberación del alma del cuerpo y la idea de una resurrección en la carne les parecía un regreso al cautiverio del cuerpo. Luego, sin embargo, los griegos empezaron a valorar las cartas de Pablo, y se formaron algunas comunidades de cristianos en Éfeso, Corinto, Filipos, Olimpos, Colosas, Salónica. Mientras los dioses del Olimpo eran fríos y lejanos, la fe cristiana calentaba los corazones, ya que predicaba que Jesucristo, el Verbo, se había hecho carne y había venido entre los hombres (Evangelio de Juan 1, 11) con el fin principal de quitar el pecado del mundo y, por tanto, de salvarnos, volviéndonos verdaderamente libres.
Al mismo tiempo que Pablo de Tarso cumplía su acción evangelizadora, otros Apóstoles y evangelistas divulgaban el “kerygma” en el mundo.
El Apóstol Pedro se dirigió a Roma, donde fue martirizado y tuvo secuaces. El evangelista Marcos se dirigió a Alejandría de Egipto donde, después de haber predicado el Evangelio, fue martirizado, pero tuvo sucesores. El evangelista Juan vivió por mucho tiempo en Éfeso y tuvo varios secuaces, entre los cuales Policarpo de Esmirna e Ignacio de Antioquía. El Apóstol Andrés fue el primer obispo de Bizancio, cuyos sucesores fueron Estacio y Onésimo. Los Apóstoles Judas Tadeo y Bartolomé divulgaron el Evangelio en Armenia, el Apóstol Tomás se dirigió, según la tradición, hasta India.
Sin embargo, mientras la nueva fe se difundía, se enfrentaba con otros cultos preexistentes, las llamadas religiones mistéricas. Muchas personas quedaron fascinadas por la historia de Jesucristo, pero como habían nacido y crecido en un substrato cultural impregnado de cultos mistéricos e iniciáticos, empezaron a dar una propia interpretación del Cristianismo, diferente a la apostólica. Estas personas, por tanto, consideraron el nuevo culto a la luz del antiguo. No podían negar a la persona de Jesucristo puesto que era evidente su existencia histórica, y no podían siquiera negar su figura inmensa, ya que reconocían el valor de sus enseñanzas y de sus obras, y veían que muchos estaban dispuestos a morir por él, solo por no negar su nombre. Sin embargo, no tenían el coraje de abrazar siquiera el “kerygma”, o sea, el hecho de que Jesucristo había venido para quitar el pecado del mundo, de que había sido asesinado y de que había resurgido de entre los muertos al tercer día.
Esta gente creía que la salvación no se alcanzaba a través del arrepentimiento de los propios pecados y a través de la fe en Jesucristo, sino que creían que la salvación se podía alcanzar con la gnosis, o bien, con el conocimiento. El gnosticismo tenía, por tanto, una característica iniciática no abierta a todos, y una concepción cristológica diversa, ya que según los gnósticos, el Verbo no podía haberse hecho carne, sino que se manifestó en el espíritu mostrando un aparente cuerpo material. Se sigue que el sufrimiento de Jesucristo en la cruz había sido un acto aparente, no había quitado “el pecado del mundo” y también la Resurrección había sido entonces un hecho alegórico y aparente.
Esta creencia, llamada “docetismo” (del griego dokein, parecer o parecerle a uno), demuestra ser falsa por varias razones. Primero que todo, si Jesús hubiera tenido solamente un cuerpo espiritual y no real, ¿cómo habría podido experimentar sentimientos y emociones, cómo hubiera podido llorar y cómo hubiera podido sentir sed y sufrir en la cruz? Todos estos hechos están transmitidos en los Evangelios y en los otros libros neotestamentarios. Además, en la Primera Carta de Juan (4, 1-2), se reafirma que Jesucristo vino con un cuerpo físico, en la carne:

Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios.

Además, si Jesús hubiera tenido solo un cuerpo “aparentemente físico”, no habría podido mostrar sus heridas a los Apóstoles luego de la Resurrección. Veamos a tal propósito algunos pasajes del Evangelio de Juan (20, 26-28):

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: “¡Señor mío, y Dios mío!”

Además, si los sufrimientos de Jesús y, por tanto, su muerte, hubieran sido aparentes, ¿cómo habría podido Jesús declarar su Resurrección después de tres días? ¿Cómo habría podido declarar que había vencido el pecado y la muerte? Habría sido un impostor, porque habría mentido. En este caso, los Apóstoles mismos, de ser sido honestos, lo habrían desenmascarado y obviamente no habrían divulgado la Buena Nueva.
No obstante, si los Apóstoles creían en la Resurrección de Jesús, era porque estaban seguros de su muerte. Si hubieran divulgado una Resurrección que nunca había sucedido, sabiendo que divulgaban algo falso, entonces hubieran sido impostores. Pero si hubieran sido impostores, no se habrían dirigido al martirio para afirmar su predicación y sus escritos. (En efecto, casi todos los autores de los Libros del Nuevo Testamento murieron de martirios; me refiero a Marcos, Mateo, Pablo, Pedro, Judas Tadeo, Santiago).
Vemos, por tanto, que es primero que todo la lógica la que demuestra la falsedad de la hipótesis docetista.
La falsa tendencia docetista fue confutada por varios obispos y teólogos cristianos.
Veamos, a propósito, algunos pasajes de la Carta a los Tralianos (9, 1-2) de Ignacio de Antioquía:

Sed sordos, pues, cuando alguno os hable aparte de Jesucristo, que era de la raza de David, que era el Hijo de María, que verdaderamente nació y comió y bebió y fue ciertamente perseguido bajo Poncio Pilato, fue verdaderamente crucificado y murió a la vista de los que hay en el cielo y los que hay en la tierra y los que hay debajo de la tierra; el cual, además, verdaderamente resucitó de los muertos, habiéndolo resucitado su Padre, el cual, de la misma manera nos levantará a nosotros los que hemos creído en El —su Padre, digo, nos resucitará—, en Cristo Jesús, aparte del cual no tenemos verdadera vida.

Para cerrar el discurso sobre la corriente gnóstica del docetismo, recordemos que en la creencia cristiana, el Verbo encarnado, o sea Jesucristo, tenía que tener obligatoriamente dos naturalezas, verdadero Dios y verdadero hombre.
Verdadero hombre para poder sufrir como nosotros mismos, demostrándonos que el amor más grande es dar la vida por los propios amigos. Veamos a tal propósito un pasaje del Evangelio de Juan (15, 13):

No hay amor más grande que este: dar la vida por los amigos.

Es verdadero Dios por poder “quitar el pecado del mundo” (Evangelio de Juan 1, 29) y, con la Resurrección, demostrar que venció el pecado y la muerte.
Volvamos ahora al gnosticismo cristiano, que fue una especie de sincretismo entre conceptos gnósticos y el Cristianismo.
Los gnósticos pensaban “poder elevar” el Cristianismo de una escala que ellos consideraban “inferior” a la escala sublime del conocimiento (gnosis).
Con este fin empezaron a producir una notable cantidad de escritos que se pueden distinguir en tres categorías.
Primero que todo, fueron redactados escritos anónimos que mostraban paralelismos con los libros canónicos del Nuevo Testamento. Tenían el objetivo de presentar doctrinas gnósticas a través de supuestas revelaciones de Jesucristo a los Apóstoles.
En esta primera categoría están los llamados Evangelios gnósticos, los Hechos apócrifos de los Apóstoles y algunas Cartas apócrifas de los Apóstoles.
Lo Evangelios gnósticos anónimos más importantes son: la Pistis Sophia, una exaltación del rol de María Magdalena, que sería la encarnación del eón Sophia (siglos II-III); el Apócrifo de Juan, que transmite la concepción de la tripartición de los hombres entre terrenos, psíquicos y espirituales (final del siglo II); el Evangelio de María, que exalta el rol de María Magdalena (mitad del siglo II); el Evangelio de Tomás, que es una recopilación de proverbios de Jesús, considerados en clave gnóstica (siglo II). Entre los Hechos apócrifos de los Apóstoles se recuerdan los Hechos de Juan, de Pedro, de Andrés y de Pablo (final del siglo II), pertenecientes al ciclo leuciano, y los Hechos de Tomás (siglo III), todos textos con fuertes influencias gnósticas.
Hay, además, numerosas cartas apócrifas de influencias gnóstica, como la Carta de los Corintios a Pablo (siglo II) y la Carta de Pedro a Felipe (siglo II).
En la segunda categoría hay varios “Apocalipsis gnósticos”, como el Apocalipsis de Pablo (final del siglo II – IV siglo) o el de Pedro (final del siglo II- III siglo).
En la tercera categoría hay varios escritos teológicos, éticos, dogmáticos, atribuidos a pensadores gnósticos como Valentino (100-165 d.C., Evangelio de la Verdad, Evangelio según Felipe, Tratado sobre la Resurrección), Basílides (activo del 117 al 138 d.C., Evangelio de Basílides), Marción (85-160 d.C., Antítesis, Canon marcionita).
Pero, ¿cuál era la cosmología del gnosticismo cristiano?
En la visión gnóstica-helenística, Dios, llamado también el Uno o Mónada (del griego μονάς monas, "unidad" de μόνος monos, "uno", "solo", "único"), habría generado 30 copias de eones, compuestos siempre por una entidad masculina y una entidad femenina. Estos eones habrían formado el “pléroma”, o la plenitud de Dios, por tanto no deben ser vistos como distintos de la divinidad, sino como abstracciones simbólicas de la naturaleza divina. La transición del mundo inmaterial al espiritual habría sido causada por una imperfección, un defecto o un “pecado”, en uno de estos eones.
En muchas versiones de los mitos gnósticos, y también según el estudioso alemán Albert Ehrhard, sería la entidad femenina Sophia la que habría causado esta imperfección, porque habría querido ser igual a la Mónada. Luego de esta confusión, Sophia, con su temor y su angustia, produjo al demiurgo, que a su vez creó la materia y las almas. Pero el demiurgo se generó de un error, un defecto, y es por esto que crea un mundo imperfecto, falaz, erróneo, donde dominan el dolor y el mal. En la “Pistis Sophia”, el eón Cristo fue emanado por Dios para devolver a Sophia al pléroma. El eón Sofía, mostrándose en la forma humana de María Magdalena, habría sido así “reconducido al camino correcto” por el eón Cristo, aparecido en la forma del hombre Jesús, que fue enviado por Dios a la tierra para proporcionar a los humanos la gnosis necesaria para poder abandonar el mundo físico y poder volver al mundo espiritual.
Se nota de inmediato que la cosmología del gnosticismo-cristiano deriva de una extraña copia de la cosmología bíblica. Sophia y su error o “pecado” recuerdan el “pecado original” de Eva.
Es como si los pensadores gnósticos se hubieran inspirado en el “Génesis” bíblico para luego construir una cosmología propia, que carece sin embargo de originalidad.
En general, los escritos gnósticos reflejan una visión negativa de la creación. El Dios veterotestamentario (YHWH) sería, en la visión gnóstica, justamente el demiurgo. De ahí que, para los gnósticos, el mundo estaría corrompido y dominado por el mal, porque, según ellos, el demiurgo era imperfecto.
Pero de la lectura de la Biblia se deduce claramente que Jesucristo, el Verbo encarnado, es Yahweh, o sea, el Dios veterotestamentario.
Veamos algunos pasajes para clarificar este punto. En el siguiente pasaje de Juan (8, 23-24), Jesús, atribuyéndose a sí mismo el nombre con el cual Dios se reveló a Moisés (“Yo soy”, en Éxodo 3, 14) se pone a la par con Dios.

Y les decía a ellos: “Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Os he dicho que moriréis en vuestros pecados; si, de hecho, no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados”.

Y también, en el pasaje del Evangelio de Juan (8, 58):

Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, Yo Soy”.

Veamos un punto de los Salmos (Salmos 33:6): “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca”.

De manera que en los Salmos se afirma que el Eterno (Dios) creó los cielos.
Pero en el Evangelio de Juan (1, 3) se afirma:

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

Con una lógica simple se entiende que Dios creó los cielos (Salmos) y el Verbo creó cada cosa (Juan 1,3). Obvio, porque el Verbo es Dios.
En el Libro de Isaías está escrito (44, 6):

Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios.

Y en el Apocalipsis de Juan se dice (1, 17-18):

Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Se deduce, por tanto, que para el evangelista Juan, Jesucristo, el Primero y el Último, coincide perfectamente con el Dios descrito por Isaías, también él Primero y el Último.
Otra frase importante con la cual Jesús declaró su plena identidad y coincidencia con YHWH es la siguiente, en respuesta al sumo sacerdote, extraída del Evangelio de Marcos (14, 61-62):

Pero él callaba y nada respondía. El Sumo sacerdote le volvió a preguntar:
—¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?
Jesús le dijo:
—Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo.

En este pasaje Jesús respondió claramente, usando las palabras de la visión de Daniel (7, 13-14).
De todos estos pasajes y de otros de la Biblia, se deduce claramente que los Apóstoles predicaron que Jesucristo, Verbo encarnado, no era otra cosa que el mismo idéntico Dios veterotestamentario, o sea YHWH. Los gnósticos, en cambio, negando al verdadero Jesucristo y a los Apóstoles, que vivieron con el Mesías y que divulgaron su mensaje hasta el martirio, repudiaron al Dios del Antiguo Testamento, reconociéndolo en su demiurgo.
En el demiurgo gnóstico coexistían tres naturalezas: material, psíquica, espiritual. Y de ahí que para los gnósticos también los humanos se distinguían en estas tres clases. En la soteriología gnóstica valentiniana la salvación no estaba relacionada con el pecado, y Cristo no era verdadero Dios y verdadero hombre como en la creencia cristiana, sino que era solamente un ser divino. Para Valentino, los seres humanos materiales (los paganos) no se salvan, los psíquicos (cristianos y hebreos) podrán unirse con Dios según su comportamiento durante su vida terrena, solo sin embargo cuando Sophia se una con el eón Cristo. Solo los humanos espirituales, o sea, los gnósticos, se unirán directamente con Dios. En efecto, en la doctrina valentiniana el mundo físico durará hasta que el último elemento espiritual que salga del demiurgo retorne al pléroma para unirse con Dios.
En práctica, en la visión gnóstica, el mundo corrupto, derivado de un error de Sophia, es como si fuera Dios petrificado. Es el hombre quien, con la gnosis, anula el mundo terreno. Por tanto, es el hombre quien, con la gnosis, “salva a Dios” y restablece la plenitud del pléroma.
En el Cristianismo, en cambio, es Dios quien, encarnándose en Jesucristo, salva al hombre.
Primero que todo, observamos que la visión gnóstica no fue una fe original, sino que fue una adaptación de conceptos gnósticos aplicados al Cristianismo, en fuerte contraposición con el Antiguo Testamento. Los gnósticos, viendo solo la negatividad del mundo terreno, o sea el mal, dolor y el sufrimiento, la atribuyeron a YHWH, a quien identificaban con el demiurgo malo.
A Jesús, en cambio, no podían repudiarlo porque, como ya subrayé, fue un personaje histórico y muchos estaban dispuestos a morir por él. Por tanto, llevaron a cabo un sincretismo, adaptándolo a su creencia.
El “Jesús gnóstico” que resultaba, por tanto, no era ya el narrado por los Apóstoles, que fueron quienes vivieron con el Salvador, sino que era el inventado e idealizado por los gnósticos. Aquel “Jesús gnóstico” no había sufrido en cruz, ya que su naturaleza genuinamente divina le impedía sufrir y, por tanto, tampoco la Resurrección tenía sentido, era una alegoría. La importancia de la llegada de Jesús era solo y únicamente su acción de “puente” que podía llevar al hombre a la verdadera gnosis y, por tanto, a Dios. De esto resulta un Jesús completamente falseado y ajeno a los textos neotestamentarios.
También la escatología cristiana neotestamentaria es suprimida por completo. Está totalmente ausente la parusía del Señor, y la resurrección de los cuerpos y el juicio final son conceptos inexistentes.
Otra característica del gnosticismo es que los maestros iniciados eran superiores a los adeptos.
En el Cristianismo antiguo, en cambio, no había jerarquía y todos tenían los mismos derechos y deberes. No había jefes, sino obispos (ἐπίσκοπος, supervisores). Como la creencia cristiana exige cambios radicales no solamente en palabras, sino también en hechos, los obispos que predicaban este cambio de paradigma tenían que demostrar en los actos que ellos estaban dispuestos de primeros a dejar todo por Jesucristo. No solo tenían que demostrar que vivían en modo intachable y apacible, no solo tenían que abandonar sus propiedades materiales para donarlas a la comunidad, viviendo y compartiendo sus bienes, sino que tenían que estar dispuestos a anteponer a Cristo incluso a sus vidas. Y eso fue lo que hicieron: en efecto, la mayoría de los obispos o de los sabios cristianos que vivieron después de la muerte de Juan, en la llamada “edad patrística”, murieron martirizados, dando testimonio extremo (mártir significa testigo, en griego) de Jesucristo.
Me refiero por ejemplo a Clemente de Roma (muerto en el 100 d.C.), Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.), Policarpo di Esmirna (69-155 d.C.), Justino Mártir (100-168 d.C.), Ireneo di Lyon (130-202 d.C.), Hipólito de Roma (170-235 d.C.), Orígenes (185-254 d.C.), Cipriano (210-258 d.C.), Metodio de Olimpo (250-311 d.C.). Su principal fuerza, entonces, fue la fe inquebrantable en Cristo, y la demostraron con el martirio.
Los pensadores gnósticos, en cambio, no estaban dispuestos a morir por su fe. Los secuaces de Basílides y de Valentino repudiaban el martirio. En efecto, decían: “Confesar a Dios con la muerte es un suicidio” (1).
Los secuaces de Basílides creían que los tormentos sufridos por los mártires cristianos eran el justo castigo por los pecados cometidos en la vida anterior (indicio de creencias en la reencarnación). Hay indicios, entonces, de que los secuaces de Marción y Montano valoraron la acción de los martirios. En general, de todos modos, se deduce que entre los gnósticos, prácticamente ninguno estaba dispuesto a morir para afirmar “el eón de Cristo”.
Estaba, además, el concepto que está en la base de los cultos iniciáticos, que estaba en la base del gnosticismo: según la Pistis Sophia, Jesús habría impartido a sus secuaces una enseñanza “secreta” y “oculta”, especialmente después del evento de la Resurrección, que en el gnosticismo es una alegoría.
Se demuestra así fácilmente que los gnósticos predicaban un “Jesús gnóstico” que nunca existió. Primero que todo, los Apóstoles y los autores de las tesis neotestamentarias predicaron que la enseñanza de Jesús no fue nunca esotérica, o sea, reservada a pocos, sino completamente pública, o bien, abierta a todos. El mensaje de Jesucristo en el Nuevo Testamento estaba dirigido no solo a sus secuaces, sino también y sobre todo a sus no secuaces, o sea, a los pecadores, a los gentiles (ver episodio de la samaritana), a los soldados romanos (ver episodio del siervo del centurión).
En la enseñanza gnóstica, fruto de un sincretismo forzado, la enseñanza de Jesús estaba reservada a pocos iniciados, mientras que el verdadero y único Jesucristo enseñó abiertamente a todos los que se declaraban dispuestos a escucharlo.
Veamos a tal propósito el pasaje del Evangelio de Juan (18, 19-21):

Mientras tanto, el sumo sacerdote interrogaba a Jesús acerca de sus discípulos y de sus enseñanzas.
—Yo he hablado abiertamente al mundo —respondió Jesús—. Siempre he enseñado en las sinagogas o en el templo, donde se congregan todos los judíos. En secreto no he dicho nada. ¿Por qué me interrogas a mí? ¡Interroga a los que me han oído hablar! Ellos deben saber lo que dije.

Además, en el Cristianismo está el concepto de que los pobres de espíritu (los que no se jactan de su condición espiritual, sino que son conscientes de no haber llegado al Reino de Dios), pueden acceder al Reino si se arrepienten de los propios pecados y reconocen que Jesucristo vino para quitar el pecado del mundo. Todos, entonces, pueden acceder al Reino de Dios. También un rico, también una persona que tenga poder terreno, si se vuelve humilde y se despoja de sus riquezas o de su presunción, puede acceder al Reino.
Entonces se observa que Cristianismo antiguo y Gnosticismo no podían estar de acuerdo, porque son contrarios. Los gnósticos, por tanto, no renunciaron a sus tradiciones mistéricas, sino que adaptaron a Jesucristo a su tradición, tergiversando los conceptos básicos del Nuevo Testamento y, por tanto, predicando a un Jesús que no existió jamás.
¿Cuál fue la respuesta a las primeras comunidades de cristianos al culto sincrético del gnosticismo-helenístico?
Primero que todo, hubo una respuesta eclesiástica. Ninguno de los gnósticos-helenísticos que predicaban más que todo en un ambiente alejandrino y romano fue nombrado obispo. El alejandrino Valentino fue inicialmente nombrado diácono en Roma, bajo los obispos Igino y Aniceto. Pero no fue nombrado obispo, por tanto escogió el camino de la predicación gnóstica independiente y murió en Chipre, posiblemente en el 165.
Hubo una densa respuesta teológica a las tesis sincréticas de los gnósticos. El principal escritor y teólogo antignóstico fue Ireneo de Lyon (130-202 d.C.), pero también Tertuliano (155-230 d.C.) e Hipólito de Roma (170-235 d.C.) escribieron en el intento de defender la originalidad de la fe cristiana.
Ireneo había nacido en Esmirne y fue discípulo de Policarpo. Durante la persecución de Marco Aurelio fue sacerdote en la ciudad de Lyon, cuyo obispo era Potino. De regreso de un viaje a Roma se dio cuenta de que Potino había muerto luego de una persecución y fue nombrado segundo obispo de Lyon. Muchos de sus escritos tuvieron el objetivo de demostrar lo infundado y lo falso de las doctrinas gnósticocristianas. Su obra antignóstica más importante fue Adversus haereses o Desenmascarar y Refutar la falsamente llamada Ciencia.
En esta obra, Ireneo confuta a Valentino y a sus predecesores, que hace remontar a Simón Mago, personaje descrito en los Hechos de los Apóstoles (cap. 8). Ireneo hace notar que simplemente los textos gnósticos no hacen parte de los escritos apostólicos, pertenecientes al canon. Justo en la segunda mitad del siglo II, en efecto, el canon testamentario estaba por tomar forma, como luego se probó con el descubrimiento del fragmento muratoriano (2). Además, Ireneo demuestra que ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento hay doctrinas gnósticas. Hace notar, además, que ninguno de los sucesores de los Apóstoles enseña doctrinas gnósticas.
Ireneo demuestra, por tanto, ya a finales del siglo II, que el gnosticismo-helenístico no es otra cosa que un culto no original y no apostólico. Demuestra que los gnósticos divulgaron un Jesús que no existió nunca, que reflejaba solamente su tradición, pero que no tenía nada que ver con el verdadero Jesucristo, divulgado por los Apóstoles tanto oralmente como en los escritos canónicos del Nuevo Testamento.
Según el emperador Flavio Claudio Juliano (331-363), existían escuelas Valentinianas en Asia Menor hasta sus tiempos. En el siglo IV, cuando el Cristianismo fue aceptado y luego impuesto como religión de estado, el culto gnóstico-docético declinó y fue marginalizado en algunas zonas periféricas del imperio, como por ejemplo Arabia (3).
Ciertos conceptos gnósticos, sin embargo, no se extinguieron, sino que se trasformaron y sobrevivieron hasta y más allá de la Edad Media, para luego renacer en la época moderna a través del pensamiento de personas como el poeta William Blake, el masón Albert Pike, la esotérica H. P. Blavatsky (fundadora de la sociedad teosófica) y el psicoanalista Carl Gustav Jung.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducido por Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Notas:
(1) Clemente de Alessandria, strom. IV, 4; Ireneo, Adv. hæres. III, 18,5; IV, 33,9.
(2) https://en.wikipedia.org/wiki/Muratorian_fragment
(3)http://www.answering-islam.org/authors/masihiyyen/gnostic_islamic_crucifixion.html