miércoles, 8 de enero de 2014

La antigua escritura de los Maya


El primer europeo que se encontró en presencia de los vestigios de la civilización Maya fue el andaluz Francisco Hernández de Córdoba, en una expedición de 1527. El objetivo de la exploración de la tierra firme centroamericana era aprisionar indígenas y convertirlos en esclavos para que trabajaran en terrenos agrícolas y en minas de Cuba.
Los aventureros zarparon de Cuba el ocho de febrero de 1517 con dos carabelas y un bergantín. Después de aproximadamente veinte días de navegación, avistaron tierra en la costa de Yucatán.
Los invasores, estupefactos, vieron casas de piedra y se dieron cuenta de que estaban frente a una cultura avanzada. El pueblo se llamó Gran Cairo, siguiendo una tradición medieval que veía como musulmana cualquier civilización que no fuera cristiana. Sin embargo, los grupos tribales llamaban a esa tierra Catoch, que significaba nuestras casas. Por otro lado, un malentendido originó la palabra Yucatán, pues parece que, cuando los extranjeros intentaban comunicarse, los nativos respondían con el fonema Yu-ca-tan, que quería decir no entiendo. Francisco Hernández de Córdoba no tenía la mínima idea de que todas esas tribus eran lejanas descendientes del pueblo Maya, una de las máximas civilizaciones de la América precolombina.
En los días siguientes, cuando los europeos se dirigieron al interior, hubo una violenta batalla. El cacique del Gran Cairo había preparado una emboscada y estaba convencido de que aniquilaría a los invasores, pero los extranjeros no se dejaron tomar por sorpresa, y armados de arcabuces y ballestas, lograron salir victoriosos. Durante la batalla, aprisionaron a dos nativos, Julianillo y Melchorejo, quienes fueron luego bautizados y utilizados como intérpretes en otras expediciones.
Mientras que el enfrentamiento enardecía, el capellán de la empresa marchó al interior y fue el primero en ver algunos centros religiosos mayas. Encontró pedazos de oro y cobre, y después de muchos obstáculos, logró regresar a las naves.
A continuación, los exploradores costearon la península de Yucatán y tuvieron contacto con otros pueblos en una aldea llamada Campeche. Fueron acogidos pacíficamente y les mostraron templos y sacerdotes que vestían túnicas blancas, cuyos cabellos estaban impregnados de sangre. De este hecho se supo que aquellas tribus efectuaban sacrificios humanos.
Durante las expediciones sucesivas, los conquistadores encontraron, en algunos templos, varios libros antiguos, preciosos testimonios de un lejano pasado. Por desgracia, como según ellos, los libros Mayas estaban llenos de supersticiones y representaban un impedimento para la conquista y evangelización de aquellas tierras, decidieron quemarlos todos. A manera de ejemplo, una frase del obispo Diego de Landa:
Encontramos muchos libros antiguos y como todo lo que contenían estaba repleto de supersticiones y de engaños del diablo, los quemamos todos, mientras que los nativos intentaban detenernos.
Por fortuna, antes de arrojar los manuscritos a las llamas, el obispo hizo analizar algunos y transmitió luego en sus apuntes su teoría para descifrar los extraños signos que contenían (la cual posteriormente resultó ser casi exacta).
Los miembros de la nobleza Maya fueron reeducados en los monasterios y se les prohibió el uso de la vieja escritura.
No obstante, en las zonas más aisladas del interior, se continuó usando la escritura maya hasta 1697, cuando el franciscano Andrés de Avendaño y Loyola llegó hasta la ciudadela de Noj Peten.
Sólo cuatro libros mayas escaparon al fuego cruel y devastador de los despiadados y obtusos conquistadores, y fueron enviados a la corte de los Habsburgo como regalos exóticos. Uno de ellos llegó a Dresde y fue posteriormente estudiado, a fines del siglo XVIII, por el naturalista prusiano Alexander von Humboldt, quien lo reprodujo parcialmente, llamándolo Código de Dresde, en su libro Viaje a la Cordillera. En los últimos años del siglo XIX, el bibliotecario Ernst Forstemann estudió a fondo el Código de Dresde y logró descifrar el sistema aritmético y el calendario Maya. Forstemann consiguió demostrar que los Mayas utilizaban un sistema de numeración vigesimal, que otorgaban gran importancia al cero y que contaban el tiempo a partir de un día remoto del IV milenio antes de Cristo. Además, probó que los extraños signos jeroglíficos que aparecían en los monumentos y en las pirámides cubiertas por la vegetación de la jungla mesoamericana, coincidían con los encontrados en el Código de Dresde y que, para leerlos, había que proceder de izquierda a derecha y de lo alto a lo bajo en grupos de dos columnas.
A fines del siglo XIX, con el fin de ampliar el objeto de estudio, los dos investigadores A.P. Maudslay y T. Maler se adentraron en la selva de México meridional y fotografiaron varias estelas mayas en las cuales había algunos jeroglíficos antiguos esculpidos en bajorrelieve. Sus logros fueron sorprendentes, puesto que se catalogaron muchos sitios arqueológicos hasta entonces desconocidos. Sin embargo, los análisis posteriores no alcanzaron grandes resultados si bien pudo profundizarse en los sistemas de cálculo Maya que posibilitaron el calendario y el cómputo del tiempo.
Un progreso significativo en el desciframiento de los jeroglíficos Mayas lo hizo la historiadora de arte Tatiana Proskouriakoff (1909-1985). En sus investigaciones, se dio cuenta de que algunas estelas esculpidas se alternaban con un intervalo correspondiente a una generación. Fue capaz de reconocer ciertos símbolos y de darles el significado de nacimiento, coronación, muerte. Además, distinguió varios signos usados para nombrar a diferentes reyes y príncipes del pasado. También el arqueólogo alemán Heinrich Berlin demostró que en la mayoría de los casos, estos signos se referían a hechos históricos que describían la situación política y militar del tiempo.
Asimismo, se descubrieron algunos signos denominados emblema, que aludían a ciudades o pueblos.
En ese momento, todavía no se había logrado comprender si los signos esculpidos en las estelas mayas o presentes en los cuatro manuscritos conservados correspondían a sonidos guturales concretos. Algunos estudiosos desarrollaron la hipótesis errónea de que los glifos mayas eran simplemente pictogramas que evocaban una idea, pero no jeroglíficos pertenecientes a una verdadera lengua.
El arqueólogo y lingüista Yuri Knorozov (1922-1999) cambió radicalmente el acercamiento al estudio del idioma Maya. Knorozov, que en 1945 era un soldado del ejército rojo, entró a Berlín durante el avance de tropas soviéticas. En las cercanías de la biblioteca del reich, encontró algunas cajas llenas de libros polvorientos, entre los cuales estaba la descripción original de Diego de Landa y la reproducción de tres de los cuatro libros que habían sido enviados a Europa en el lejano siglo XVI. Cuando, después de la guerra, Knorozov retomó sus estudios, se graduó con una tesis sobre el manuscrito de Landa, importante fuente de conocimiento sobre la vida de los descendientes de los antiguos mayas antes de la llegada de los conquistadores. En el texto de Landa, se sostenía que los signos Maya correspondían a fonemas. Probablemente, Landa, antes de quemar la mayoría de los libros hallados, pidió a los sacerdotes que leyeran los signos, para él incomprensibles, dibujados en los libros. Por tanto, estos símbolos estaban relacionados con sonidos. No obstante, Knorozov, sabiendo que los signos Mayas eran aproximadamente 800, se dio cuenta de que no podían tener relación con los sonidos del alfabeto latino (a, b, c, d, etc.). Por otro lado, los glifos mayas no podían tampoco ser caracteres ideográficos como el alfabeto Chino, dado que ninguna lengua dispone sólo de 800 palabras.
El número 800 era extrañamente parecido al de otras escrituras del pasado: los Sumerios utilizaban 600 caracteres para su grafía cuneiforme, mientras que los Hititas usaban 497. Estas últimas dos formas de escritura alternaban el sistema silábico con el logográfico. Mientras que para algunos estudiosos era impensable que los Mayas utilizaran un sistema de escritura parecido al usado en las antiguas civilizaciones del Medio Oriente, Knorozov logró demostrar la existencia de caracteres silábicos. Se basó en el hecho de que en varios manuscritos había jeroglíficos correspondientes a las representaciones pictóricas. Por ejemplo, junto al dibujo de un pavo había dos símbolos. Uno era la q del alfabeto de Landa. Como el pavo se llamaba kutz en Maya antiguo, Knorozov dedujo que el segundo signo correspondía a tz.
De la misma manera, la palabra “perro” se traducía tzul en Maya antiguo. Junto al pictograma de un perro se encontraron dos signos: uno corresponde justamente a tz y otro se identifica como ul.
Basándose en este sistema, Knorozov consiguió descubrir muchos signos silábicos. A partir de 1960, sus estudios fueron mundialmente reconocidos y la escritura Maya fue llamada logosilábica o mixta. Actualmente, se han descifrado alrededor de 300 de los 800 signos mayas.
Según algunos estudiosos, este idioma no se creó para facilitar las transacciones comerciales, sino sencillamente para legitimar el poder de los reyes, los cuales se equiparaban a los dioses. Los literatos, sacerdotes y escribanos generalmente vivían en la corte y estaban encargados de contar, en forma escrita, los acontecimientos del reino.
Como los manuscritos y las estelas estucadas describían principalmente los sucesos de la nobleza y de los reyes, y no de la vida cotidiana del pueblo, es casi totalmente seguro que la escritura Maya estuvo destinada sólo a las clases altas.
Según varios investigadores, el idioma Maya se originó de lenguas ya existentes en el área centroamericana, como la escritura Epi-Olmeca o Istmiana (del istmo de Tehuantepec). Se llegó a esta conclusión después de comparar decenas de símbolos que resultaron ser muy parecidos entre sí.
Hay que tener en cuenta que el estudio de la enigmática escritura Maya no es interesante sólo para los especialistas. Las etnias Mayas que aún hoy existen en México y Guatemala la consideran la escritura de sus ancestros, y su estudio y desciframiento ha contribuido a restituirles identidad y orgullo.

YURI LEVERATTO
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