lunes, 8 de septiembre de 2014

El problema del relativismo cultural: el caso de los infanticidios en las comunidades indígenas amazónicas




El proceso indigenista que ha desembocado en la valorización de las culturas autóctonas en Suramérica empezó cuando, en 1910, el explorador y “sertanista” Cándido Rondón fue designado director del “Servicio de protección de los indígenas”.
A partir del 1960, como se sabe, fueron demarcadas e instituidas numerosas tierras indígenas (hoy son unas 600 para un total de más de un millón de kilómetros cuadrados y un total de aproximadamente 600.000 autóctonos), con el objetivo de preservar las culturas de los nativos y proteger a los indígenas de buscadores ilegales de oro, valiosa leña, piedras preciosas, etc.
A una distancia de cuarenta años del inicio de las primeras demarcaciones se ha observado que los problemas no han disminuido, incluso a veces han aumentado. El haber separado completamente a los indígenas de los no indígenas ha favorecido la creación de sentimientos de odio de parte de los nativos hacia los brasileños no nativos. En ocasiones la situación ha degenerado en verdaderos conflictos sociales como en el caso de las tierras indígenas Raposa Serra do Sol y Roosevelt.
Desde hace algún tiempo, algunos periodistas brasileños han denunciado esta situación, sosteniendo que las tesis indigenistas y ambientalistas esconden en realidad un proyecto de privatización global de la Amazonía brasileña.
Según estas ideas, a veces reconocidas como “ruralistas”, las demarcaciones de inmensas tierras servirían para mostrarle al mundo que el gobierno de Brasil preserva las culturas de los nativos y defiende su territorio, mientras que en realidad se les permitiría a ONG extranjeras entrar en las áreas en cuestión que, con la complicidad de los nativos ya corruptos, se apropiarían de la biodiversidad, del oro, de las piedras preciosas, de los hidrocarburos y de la valiosa leña.
Recuerdo que sólo el hecho de demarcar un área rica en oro (como la tierra indígena Yanomami) y la consiguiente decisión de expulsar a todos los buscadores de oro ilegales de aquel territorio, fue la causa directa de un aumento del precio del oro en las plazas de Londres y de Nueva York (1992).
Las demarcaciones de más de 600 tierras indígenas causaron también debates sociales, ya que los indígenas fueron reconocidos con el “estatuto del indio” como sujetos que la ley no puede perseguir, de manera que son comparados con menores de edad o considerados sujetos incapaces de entender y de querer.
En práctica, son personas que gozan de un estatus diferente del de los ciudadanos normales brasileños.
Sus tradiciones, costumbres y prácticas más ancestrales han sido respetadas, incluso cuando van en contra del sentido común o de los principios fundamentales de las sociedades occidentales.
Me refiero particularmente a la práctica del infanticidio, efectuada en algunas culturas indígenas amazónicas como la de los Yanomami, que todavía hoy sacrifica a la primogénita, si es niña, por el bien de la comunidad, según su visión (1) (2) (3).
De acuerdo con la teoría del relativismo cultural, planteada por el judío alemán Franz Boas (1858-1942) no existen el bien ni el mal en sentido absoluto, sino que estos conceptos tienen valor sólo dentro de las culturas humanas.
De modo que el infanticidio por causas propiciatorias o salvadoras es tolerado, y también la mutilación del clítoris en algunas culturas tribales africanas debe ser respetada.
Franz Boas, por tanto, en contraposición a Edward Tylor (1832-1917), sostenía que no se puede juzgar el comportamiento de una persona que actúa dentro de su etnia, ya que su concepto de bien y de mal es diferente del de otras personas pertenecientes a otras etnias.
Entonces, según este concepto, el ser humano estaría aprisionado en su cultura y no se podría liberar abrazando conceptos universales de no violencia, respeto total por el prójimo y derecho a la vida.
En el Brasil actual la polémica está encendida entre los antropólogos que están de acuerdo con el relativismo cultural y los que defienden la universalidad ética.
En la base de este último concepto está la idea de que por encima de las culturas hay preceptos universales, justamente porque las distintas culturas humanas hacen parte de un conjunto mayor, o bien, la sociedad humana en su complejo.
El brasileño Sergio Rounaet (1934) afirma que “el hombre no puede vivir por fuera de su cultura, pero ella no es su destino, es sólo un medio para alcanzar la libertad”.
La polémica está abierta: de una parte, los indigenistas puros que aseveran que las sociedades de los nativos amazónicos están “intactas”, o bien, no influenciadas por la maldad del “hombre blanco”.
Se trata del mito del “buen salvaje”, o sea la teoría, además refutada por la mayoría de los antropólogos, que sostiene que los indígenas son buenos y que no conocen el mal.
Los que defienden esta tesis, olvidan precisamente los sacrificios humanos de las sociedades mesoamericanas (mayas, aztecas), pero también los perpetuados por los incas (ver la momia Juanita), y básicamente desconocen el caso de los infanticidios de las culturas actuales amazónicas o se limitan a sostener que la cultura indígena debe ser respetada en su totalidad, olvidándose de que la muerte de un niño inocente es una práctica que, en mi opinión, debe ser detenida, tal vez introduciendo sicólogos en la tribu con el fin de hacer menos fuerte la separación de las tradiciones ancestrales.
Aquí también, sin embargo, se abre otro debate: admitiendo que el indígena que estaba efectuando ese infanticidio no sea perseguible por la ley brasileña (estatuto del indio), ¿es tarea de la sociedad enseñarle los fundamentos de los derechos humanos o debería dejársele a su cultura (¿con el riesgo, sin embargo, de que cometa otro infanticidio)?
Según la tesis de la universalidad de la ética, con la cual yo estoy de acuerdo, hay en cambio preceptos genéricos, que además han sido definidos en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” aprobada en 1948 por las Naciones Unidas, que a su vez deriva de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” de 1789, elaborada durante la Revolución Francesa.
Estos preceptos, que afirman que “todas las personas nacen libres e iguales en libertad y en derechos” y “que todas las personas tienen derecho a la vida, a la dignidad y a la seguridad personal”, liberan al hombre de sus culturas ancestrales y lo vuelven portador de derechos fundamentales que se sitúan por encima de las costumbres tribales y culturales.
El discurso se podría ampliar. Por ejemplo, los Testigos de Jehová están en contra de las transfusiones de sangre. Se han presentado casos de familias pertenecientes a esta religión que han querido privar a sus hijos enfermos de la posibilidad de obtener una transfusión, lo que habría causado la muerte del menor. También en este caso, en mi opinión, hay un concepto mayor de la culturalidad (o en este caso de la religiosidad) y es justamente el concepto del derecho de aquel menor a la vida.
Volviendo al indigenismo que está en acto en Brasil y en otros estados del área amazónica, como por ejemplo en Bolivia, yo sostengo que el concepto de universalidad de la ética debe prevalecer sobre las prácticas infanticidas efectuadas en algunas tribus amazónicas.
Bolivia fue recientemente transformada de “República” a “Estado plurinacional” y también Brasil está lentamente convirtiéndose en una nación pluriétnica, con 234 pueblos reconocidos y 180 lenguas diferentes.
Esta creación de “naciones”, cada una separada de la otra, donde los indígenas son adoctrinados en su cultura pero no tienen acceso a otras concepciones de vida, y donde un jefe tribu gestiona la administración de áreas a veces tan grandes como un país europeo, puede llevar fácilmente a episodios de corrupción; me refiero a la entrada de entidades externas en estos territorios que luego se apropiarán de biodiversidad, minerales preciosos e hidrocarburos.
Quienes apoyan el indigenismo desde el exterior, defendiendo el relativismo cultural o proponiendo una “reconsideración de los Derechos Humanos”, están indirectamente aislando cada vez más a los indígenas, haciéndoles creer que son los depositarios de la “verdadera cultura”, y los están debilitando cada vez más, ya que no estarán en capacidad de defenderse de ataques externos, sino que en cambio serán fácilmente corruptibles.

YURI LEVERATTO
Copyright 2014

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Se puede reproducir este artículo indicando claramente el nombre del autor y añadiendo un link a la fuente.

(1)http://www.humanium.org/en/infanticide/
(2)https://www.umanitoba.ca/faculties/arts/anthropology/tutor/case_studies/y
anomamo/marriage.html
(3)http://www.telegraph.co.uk/news/worldnews/1555339/Girl-survived-tribescustom-
of-live-baby-burial.html

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