miércoles, 10 de septiembre de 2014

Expedición al Río Gálvez, en la tierra ancestral de los Matsés




La exploración en la tierra de los indígenas Matsés comenzó en Iquitos, la capital de la región amazónica Loreto.
En un avión “Twin Otter” de la Fuerza Aérea Peruana llegué, después de aproximadamente una hora de vuelo, al pueblito de Angamos, situado en las orillas del Río Yavarí, que delinea la frontera entre Perú y Brasil.
Durante el vuelo observamos inmensas zonas de selva virgen, donde no vive ningún ser humano. Tuvimos oportunidad de ver el Río Yavarí y el pueblito de Angamos. Del otro lado del río, la enorme selva brasilera, perteneciente al Estado del “Amazonas”.
El Río Yavarí siempre fue considerado el confín entre el imperio español y el portugués, y luego entre Perú y Brasil.
A pocos kilómetros río arriba de Angamos está la confluencia entre los ríos Gálvez y Yaquerana; es en aquel punto donde el río se llama oficialmente Río Yavarí.
La longitud total del Río Yavarí-Yaquerana es controversial: mientras algunas fuentes indican 1050 kilómetros, otras indican un total de 1550.
Personalmente soy propenso a considerar este último dato como acertado, si se piensa que de Angamos a la boca del Yavarí, en el Río Amazonas, cerca de Benjamin Constant, hay alrededor de 800 kilómetros, mientras que de Angamos a las fuentes del Río Yaquerana, ubicadas en la Sierra del Divisor, hay unos 700 kilómetros.
El Río Yavarí es extremadamente sinuoso y meándrico.
Sus orillas son generalmente poco pobladas. Gran parte de su cuenca, sea en parte brasilera como en peruana, está habitada por indígenas de etnia Matsés.
En Brasil, los Matsés viven en la “Tierra indígena Vale do Yavarí”, junto a otros nativos como los Marubos y Matis.
Estos grupos indígenas se denominan a veces mayoruna (del quechua: mayo, río; runa, gente).
En Perú, los Matsés viven en las orillas del Río Yavarí (Angamos), del Río Yaquerana (Puerto Alegre), del Río Choboyacu (Buena Loma) y del Río Gálvez (Remoyacu, Buen Perú). Numéricamente alcanzan unas 3000 personas y hablan una lengua del grupo pano.
Es una sociedad patriarcal y, a veces, poligámica.
Practican la agricultura, cultivan mandioca, banano, piña y papaya.
Cazan animales de la selva como el majas (un gran roedor), el zaíno y la huangana (cerdos salvajes), y el tapir. Pescan multitud de peces amazónicos como la doncella, el acarahuazú o la lisa.
La idea inicial era adentrarme en el territorio ancestral de los Matsés, en el intento de comprender su cultura y de darme cuenta si su futuro está en peligro.
Después de haber contactado a un guía experto, el peruano Lucio Peña, y a un conductor de etnia Matsés de nombre Wagner, procedí a conseguir los víveres suficientes para una exploración de unos 10 días.
A las 6.30 a.m. del día siguiente, nos embarcamos en una canoa a motor. Éramos cuatro: Lucio Peña, el conductor Matsés Wagner, su compañera María y yo. Navegamos inicialmente en el Río Yavarí contracorriente. A nuestra derecha, el Perú, y a nuestra izquierda, el Brasil.
Después de aproximadamente media hora de navegación, llegamos a la confluencia del Río Gálvez con el Río Yaquerana (brazo principal del Río Yavarí).
Procedimos remontando el Río Gálvez con el objetivo de llegar a las comunidades indígenas de Remoyacu y Buen Perú.
El Río Gálvez es meándrico y cambiante, y se desanuda en la selva tropical amazónica como una enorme serpiente.
En sus orillas hay árboles gigantescos de hasta cuarenta metros de altura. Algunos de ellos, por desgracia, son derrumbados justamente por los indígenas matsés, los únicos autorizados por el Estado para efectuar este negocio.
De hecho, los “madereros” peruanos (leñadores ilegales) fueron expulsados de toda la zona desde hace ya varios años.
Hay que preguntarse si es justo permitirles a los indígenas el comercio de leña (que no pertenece a sus actividades ancestrales) y, en cambio, prohibirles la caza de algunos animales como el zaíno, jabalí de la selva.
Después de un día entero de navegación, llegamos a la aldea indígena de Buen Perú.
A nuestra llegada fuimos acogidos por una multitud de niños que nos miraba incrédula y atónita.
Casi nadie en el pueblo habla español y, por desgracia, constaté que la mayoría de los niños mayores de ocho años es completamente analfabeta.
En el pueblo de Buen Perú vive la hermana de Lucio Peña.
Fue bautizada hace 65 años con el nombre de María. Es un caso humano muy particular.
Lucio Peña nació en 1953, y su hermana en 1949. Vinieron al mundo en el pueblito de Jenaro Herrera, en las orillas del Río Ucayali. En 1978, cuando María tenía ya 29 años, fue secuestrada por un grupo de indígenas Matsés.
Por tanto, hace 35 años que María (hoy llamada Juana), vive con los Matsés en la profundidad de la selva.
Cabe anotar que cuando María Peña fue secuestrada, tenía 3 meses de embarazo.
Lucio Peña reencontró a su hermana solamente en el 2012, durante un viaje a Buen Perú. Se reconocieron de inmediato, pero María-Juana hoy no habla español, sino la lengua pano de los Matsés.
Con ayuda de algunos intérpretes, Lucio reconstruyó la historia-pesadilla de su hermana. Durante los años 70 y 80 los matsés vivían fuera del control del Estado. Eran peligrosos y aplicaban cualquier método para apoderarse de fusiles, el único medio que tenían para defender su territorio.
De vez en cuando hacían incursiones en los pueblos de las orillas del Río Ucayali, con el fin de secuestrar mujeres y hombres y llevárselos con ellos a vivir a la selva.
Las personas (no nativas) eran secuestradas porque, una vez “adoctrinadas”, podían intercambiar en los pueblos pelaje a cambio de armas. A un nativo no le hubiera sido posible entrar a un pueblo y obtener un arma. En cambio, para un peruano mestizo (aliado de los Matsés), era posible.
Los primeros años para María-Juana fueron durísimos. Primero que todo, los Matsés eran nómadas y se mudaban continuamente por la selva en búsqueda de animales para cazar.
María-Juana fue obligada a caminar por meses, formándose profundas heridas en sus pies. Sufrió varias enfermedades y picaduras de insectos (malaria y dengue, probablemente) y fue curada con plantas medicinales.
Durante años no logró dormir bien porque los Matsés tenían la costumbre de cocinar durante la noche, a las brasas, a los animales capturados, y solían dormir por ratos, despertándose continuamente para vigilar el campamento.
Otra cosa que María-Juana deseó por años fue sal. Los matsés, en efecto, no la conocían, y fue introducida en su dieta sólo recientemente. Para Maria-Juana, acostumbrada por 29 años a alimentarse con comida salada, fue un shock enorme, gastronómica y físicamente.
Hoy Maria-Juana es una Matsés.
Tuvo seis hijos durante estos 35 años. Olvidó casi completamente el español (también porque al momento del secuestro era analfabeta), pero tiene reminiscencias de su vida pasada.
Cuando vi a Lucio Peña y a su hermana volverse a abrazar, me conmoví pensando en lo arduos que debieron haber sido sus primeros años de secuestrada.
Ahora Lucio la visita periódicamente, pero ella no da señales de recordar de manera significativa la primera parte de su vida.
Pasamos algunos días en las comunidades de Remoyacu y Buen Perú, y luego continuamos nuestra exploración remontando el Río Gálvez hasta la confluencia con el Río Loboyacu, donde comienza la “Reserva Nacional Matsés”.
Loboyacu es una pequeña afluente del Río Gálvez. Se desanuda en una selva espesa, húmeda y arcaica. Su nombre deriva de la palabra “lobo”, término usado para denominar a las numerosas nutrias que viven allí.
Navegar a lo largo del Río Loboyacu fue toda una empresa.
Numerosos troncos obstruían el paso y varias veces nos vimos obligados a utilizar no sólo el machete, sino también el hacha, para poder despejar el camino y avanzar con la canoa.
A un cierto punto, el Río Loboyacu empezó a hacerse más estrecho y profundo; nos estábamos adentrando en lo hondo de la selva, avanzando en dirección oeste hacia un punto del cual deberíamos iniciar nuestra difícil exploración por tierra.
Sólo a eso de las cinco de la tarde, después de unas diez horas de navegación, llegamos a un punto de donde era imposible proceder con la embarcación.
Entonces acampamos cerca de las orillas del Loboyacu. A la mañana siguiente, procedimos a caminar en dirección oeste, adentrándonos en la selva, con el propósito de llegar a la ciudad de Requena que, según mi GPS, distaba 42 kilómetros en línea recta.
La caminata a través de la “Reserva Nacional Matsés” fue ardua, sobre todo porque durante el primer día llovió incesantemente. El sendero se transformó muy pronto en un río de fango que volvía fatigoso cualquier paso que diéramos.
Hubo un momento en el que un grupo de Matsés apareció en el camino. Iba en dirección opuesta a la nuestra. Me impresionó especialmente una mujer anciana, de fisionomía casi oriental, con larga cabellera lisa. Se detuvo a saludar a Lucio Peña y me miraba con desconfianza.
Acampamos en las orillas del Río Aucayacu, un afluente del Río Ucayali.
Al otro día, después de otras ocho horas de caminata, llegamos por fin a Requena.

YURI LEVERATTO
Copyright 2014

lunes, 8 de septiembre de 2014

El problema del relativismo cultural: el caso de los infanticidios en las comunidades indígenas amazónicas




El proceso indigenista que ha desembocado en la valorización de las culturas autóctonas en Suramérica empezó cuando, en 1910, el explorador y “sertanista” Cándido Rondón fue designado director del “Servicio de protección de los indígenas”.
A partir del 1960, como se sabe, fueron demarcadas e instituidas numerosas tierras indígenas (hoy son unas 600 para un total de más de un millón de kilómetros cuadrados y un total de aproximadamente 600.000 autóctonos), con el objetivo de preservar las culturas de los nativos y proteger a los indígenas de buscadores ilegales de oro, valiosa leña, piedras preciosas, etc.
A una distancia de cuarenta años del inicio de las primeras demarcaciones se ha observado que los problemas no han disminuido, incluso a veces han aumentado. El haber separado completamente a los indígenas de los no indígenas ha favorecido la creación de sentimientos de odio de parte de los nativos hacia los brasileños no nativos. En ocasiones la situación ha degenerado en verdaderos conflictos sociales como en el caso de las tierras indígenas Raposa Serra do Sol y Roosevelt.
Desde hace algún tiempo, algunos periodistas brasileños han denunciado esta situación, sosteniendo que las tesis indigenistas y ambientalistas esconden en realidad un proyecto de privatización global de la Amazonía brasileña.
Según estas ideas, a veces reconocidas como “ruralistas”, las demarcaciones de inmensas tierras servirían para mostrarle al mundo que el gobierno de Brasil preserva las culturas de los nativos y defiende su territorio, mientras que en realidad se les permitiría a ONG extranjeras entrar en las áreas en cuestión que, con la complicidad de los nativos ya corruptos, se apropiarían de la biodiversidad, del oro, de las piedras preciosas, de los hidrocarburos y de la valiosa leña.
Recuerdo que sólo el hecho de demarcar un área rica en oro (como la tierra indígena Yanomami) y la consiguiente decisión de expulsar a todos los buscadores de oro ilegales de aquel territorio, fue la causa directa de un aumento del precio del oro en las plazas de Londres y de Nueva York (1992).
Las demarcaciones de más de 600 tierras indígenas causaron también debates sociales, ya que los indígenas fueron reconocidos con el “estatuto del indio” como sujetos que la ley no puede perseguir, de manera que son comparados con menores de edad o considerados sujetos incapaces de entender y de querer.
En práctica, son personas que gozan de un estatus diferente del de los ciudadanos normales brasileños.
Sus tradiciones, costumbres y prácticas más ancestrales han sido respetadas, incluso cuando van en contra del sentido común o de los principios fundamentales de las sociedades occidentales.
Me refiero particularmente a la práctica del infanticidio, efectuada en algunas culturas indígenas amazónicas como la de los Yanomami, que todavía hoy sacrifica a la primogénita, si es niña, por el bien de la comunidad, según su visión (1) (2) (3).
De acuerdo con la teoría del relativismo cultural, planteada por el judío alemán Franz Boas (1858-1942) no existen el bien ni el mal en sentido absoluto, sino que estos conceptos tienen valor sólo dentro de las culturas humanas.
De modo que el infanticidio por causas propiciatorias o salvadoras es tolerado, y también la mutilación del clítoris en algunas culturas tribales africanas debe ser respetada.
Franz Boas, por tanto, en contraposición a Edward Tylor (1832-1917), sostenía que no se puede juzgar el comportamiento de una persona que actúa dentro de su etnia, ya que su concepto de bien y de mal es diferente del de otras personas pertenecientes a otras etnias.
Entonces, según este concepto, el ser humano estaría aprisionado en su cultura y no se podría liberar abrazando conceptos universales de no violencia, respeto total por el prójimo y derecho a la vida.
En el Brasil actual la polémica está encendida entre los antropólogos que están de acuerdo con el relativismo cultural y los que defienden la universalidad ética.
En la base de este último concepto está la idea de que por encima de las culturas hay preceptos universales, justamente porque las distintas culturas humanas hacen parte de un conjunto mayor, o bien, la sociedad humana en su complejo.
El brasileño Sergio Rounaet (1934) afirma que “el hombre no puede vivir por fuera de su cultura, pero ella no es su destino, es sólo un medio para alcanzar la libertad”.
La polémica está abierta: de una parte, los indigenistas puros que aseveran que las sociedades de los nativos amazónicos están “intactas”, o bien, no influenciadas por la maldad del “hombre blanco”.
Se trata del mito del “buen salvaje”, o sea la teoría, además refutada por la mayoría de los antropólogos, que sostiene que los indígenas son buenos y que no conocen el mal.
Los que defienden esta tesis, olvidan precisamente los sacrificios humanos de las sociedades mesoamericanas (mayas, aztecas), pero también los perpetuados por los incas (ver la momia Juanita), y básicamente desconocen el caso de los infanticidios de las culturas actuales amazónicas o se limitan a sostener que la cultura indígena debe ser respetada en su totalidad, olvidándose de que la muerte de un niño inocente es una práctica que, en mi opinión, debe ser detenida, tal vez introduciendo sicólogos en la tribu con el fin de hacer menos fuerte la separación de las tradiciones ancestrales.
Aquí también, sin embargo, se abre otro debate: admitiendo que el indígena que estaba efectuando ese infanticidio no sea perseguible por la ley brasileña (estatuto del indio), ¿es tarea de la sociedad enseñarle los fundamentos de los derechos humanos o debería dejársele a su cultura (¿con el riesgo, sin embargo, de que cometa otro infanticidio)?
Según la tesis de la universalidad de la ética, con la cual yo estoy de acuerdo, hay en cambio preceptos genéricos, que además han sido definidos en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” aprobada en 1948 por las Naciones Unidas, que a su vez deriva de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” de 1789, elaborada durante la Revolución Francesa.
Estos preceptos, que afirman que “todas las personas nacen libres e iguales en libertad y en derechos” y “que todas las personas tienen derecho a la vida, a la dignidad y a la seguridad personal”, liberan al hombre de sus culturas ancestrales y lo vuelven portador de derechos fundamentales que se sitúan por encima de las costumbres tribales y culturales.
El discurso se podría ampliar. Por ejemplo, los Testigos de Jehová están en contra de las transfusiones de sangre. Se han presentado casos de familias pertenecientes a esta religión que han querido privar a sus hijos enfermos de la posibilidad de obtener una transfusión, lo que habría causado la muerte del menor. También en este caso, en mi opinión, hay un concepto mayor de la culturalidad (o en este caso de la religiosidad) y es justamente el concepto del derecho de aquel menor a la vida.
Volviendo al indigenismo que está en acto en Brasil y en otros estados del área amazónica, como por ejemplo en Bolivia, yo sostengo que el concepto de universalidad de la ética debe prevalecer sobre las prácticas infanticidas efectuadas en algunas tribus amazónicas.
Bolivia fue recientemente transformada de “República” a “Estado plurinacional” y también Brasil está lentamente convirtiéndose en una nación pluriétnica, con 234 pueblos reconocidos y 180 lenguas diferentes.
Esta creación de “naciones”, cada una separada de la otra, donde los indígenas son adoctrinados en su cultura pero no tienen acceso a otras concepciones de vida, y donde un jefe tribu gestiona la administración de áreas a veces tan grandes como un país europeo, puede llevar fácilmente a episodios de corrupción; me refiero a la entrada de entidades externas en estos territorios que luego se apropiarán de biodiversidad, minerales preciosos e hidrocarburos.
Quienes apoyan el indigenismo desde el exterior, defendiendo el relativismo cultural o proponiendo una “reconsideración de los Derechos Humanos”, están indirectamente aislando cada vez más a los indígenas, haciéndoles creer que son los depositarios de la “verdadera cultura”, y los están debilitando cada vez más, ya que no estarán en capacidad de defenderse de ataques externos, sino que en cambio serán fácilmente corruptibles.

YURI LEVERATTO
Copyright 2014

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Se puede reproducir este artículo indicando claramente el nombre del autor y añadiendo un link a la fuente.

(1)http://www.humanium.org/en/infanticide/
(2)https://www.umanitoba.ca/faculties/arts/anthropology/tutor/case_studies/y
anomamo/marriage.html
(3)http://www.telegraph.co.uk/news/worldnews/1555339/Girl-survived-tribescustom-
of-live-baby-burial.html