sábado, 2 de agosto de 2014

La construcción de las represas de Belo Monte, en el Río Xingú, en la Amazonia brasileña




La construcción de las faraónicas represas de Belomonte, en el Río Xingú, un afluente directo del Río Amazonas, genera desde hace tiempo interminables controversias.
De una parte, están los indígenas de las reservas colindantes al lugar donde se está ya construyendo, liderados por el cacique Raoni y por varias organizaciones ambientalistas e indigenistas. De otra parte, está el gobierno, las empresas multinacionales y los intereses de poderosas sociedades, normalmente extranjeras, que necesitan de enormes cantidades de energía a bajo precio para continuar produciendo aluminio y otros bienes de consumo.
Extrañamente, la Funai (Fundación Nacional do Indio), que debería proteger los intereses de los indígenas e impedir la construcción de obras enormes que puedan alterar los ciclos naturales y biológicos, se manifestó diciendo que las represas no causarán el desplazamiento forzado de indígenas aislados y, por tanto, no son incompatibles con el normal desarrollo de su vida (1).
El proyecto prevé un primer dique en el sitio de Pimental: la construcción de un gigantesco canal de aproximadamente veinte kilómetros donde fluirá la mayoría del agua del Xingú y, luego, la construcción de una segunda represa donde será producido el 98% de la electricidad de Belomonte.
En la zona circundante al lugar donde surgirá la inmensa obra hay varias tierras indígenas: Apyterewa, Arawete, Trincheira Bocajá, Koatinemo, Kararao, Cachoeira Seca, donde viven los Kayapo, los Assurinis, los Araweté, los Parakaná y otros pueblos.
Todas estas tierras podrían ser inundadas temporalmente en el transcurso del año debido a la construcción del dique de Pimental. El Río Xingú, en efecto, experimenta una crecida de diciembre a mayo. Justo en estos meses, las tierras indígenas situadas río arriba del dique podrían ser parcialmente inundadas perjudicando la agricultura y la pesca. Además, se cree que para la construcción de la presa de Pimental tendrán que ser abatidos aproximadamente 3 millones de árboles.
En cuanto al impacto ambiental, es cierto que la represa de Pimental impedirá a la mayoría de los peces remontar el río. Se hicieron estudios, incluso instalando chips en las escamas de algunos peces para intentar comprender cuáles son los que migran de la desembocadura hasta las fuentes del Xingú, con el fin de poder ponerlos a reproducir en cautiverio después de Pimental, pero se está muy lejos de comprender por completo estas dinámicas y muchos creen que el trastorno al cual serán sometidos los indígenas que viven en las tierras adyacentes a la zona será muy alto.
Como si fuera poco, la empresa canadiense Belo Sun Mining está empezando un proceso de explotación de una zona lejana tan sólo 10 kilómetros de Pimental.
Se habla de alrededor de 142 toneladas de oro que serán extraídas de la tierra amazónica. Mucho más de las 100 toneladas que se obtuvieron en diez años de explotación en el mal reputado sitio de Sierra Pelada.
Volviendo a Belomonte, los defensores de la obra sostienen que será el tercer dique del mundo (después de las Tres Gargantas, en China, y la de Itaipú entre Paraguay y Brasil). Funcionando, producirá 11,2 gigavatios de electricidad, que deberían servir para mejorar la distribución de energía en toda la Amazonía.
El pico de 11,2 gigavatios podrá, sin embargo, alcanzarse sólo entre enero y mayo, cuando el río está crecido. En promedio, el complejo de Belo Monte no podrá generar más de 4,5 gigavatios de electricidad (el 41% de su capacidad instalada).
¿Quiénes son los propietarios del consorcio de Belomonte? El 50% es de Electrobras, una empresa a su vez controlada por el estado. Un 20% es de las empresas Vale (extracción de minerales), Sinobras (siderurgia), Cemig y Light (producción y gestión de energía eléctrica). El restante 30% está en manos de fondos de pensiones y participaciones.
En general, las asociaciones ambientalistas sostienen que en Belomonte se está llevando a cabo una política de capitalismo extremo o forzado que no tiene en cuenta las exigencias de los indígenas y tampoco las poblaciones humildes.
Como sucedió luego de la construcción de otras obras faraónicas en Brasil, es posible que la energía que se producirá en Belomonte no sea reservada a las poblaciones de la Amazonía, sino que será destinada a ser vendida a las grandes empresas del sur de Brasil (los estados de São Paulo, Paraná, Minas Gerais) o incluso a las empresas extranjeras como la Alcoa, que producen aluminio en Brasil.
Las recientes protestas en Brasil, antes y durante los campeonatos mundiales de fútbol, demostraron que existe una clase media que no considera justo que las multinacionales ganen cifras exageradas en detrimento del ciudadano promedio, el cual encuentra en cambio cada vez más caros todos los servicios.
Esta obra gigantesca, que tiene el riesgo de alterar para siempre una zona de la Amazonía ya parcialmente herida por la avenida transamazónica, y que probablemente causará graves daños a las poblaciones indígenas, serviría sólo a grandes grupos industriales que obtendrían energía a bajo costo para sus producciones mineras y siderúrgicas. Si así resulta ser, las poblaciones autóctonas y locales serían burladas dos veces: primero que todo, por perder su ambiente natural primordial, y además porque podrían incluso ver subir el costo de la energía.

YURI LEVERATTO
Copyright 2014

Artículo traducido por Julia Escobar de Medellín, Colombia

(1) http://www.intertechne.com.br/index.php?option=com_content&task=view&id=253&Itemid=2

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