lunes, 16 de abril de 2012

Expedición en la selva del Río Guaporé: el sitio arqueológico de ciudad Laberinto






El Río Guaporé (llamado también Río Iténez, 1749 km de longitud) nace en el estado brasilero del Mato Grosso y fluye en dirección noroeste, desembocando en el Río Mamoré.
Su curso define el confín entre Bolivia y Brasil, específicamente entre los departamentos bolivianos de Santa Cruz y Beni con los estados brasileros del Mato Grosso y Rondonia.
Desde los tiempos de los Incas, el Río Guaporé ha representado una línea de frontera, más allá de la cual había tierras míticas y poco conocidas, como el legendario Paititi.
A continuación, un pasaje del escritor español Sarmiento de Gamboa en su Historia de los Incas (1570):

Y por el camino que ahora es llamado Camata, (Túpac Inca Yupanqui) envió a otro gran capitán llamado Apo Curimache, quien fue hasta donde nace el Sol y caminó hasta el Río del cual ahora se ha tenido otra vez noticia, llamado “Paititi”, donde están los Moxos del Inca Topa.

El legendario reino del Paititi se ubicaba cerca a un río denominado justamente Paititi, y coincidía con las tierras de los indígenas Moxos. Según Sarmiento de Gamboa, los Incas mantenían buenas relaciones con el reino de los Moxos y con los habitantes del Paititi, pero hicieron cimentar dos fortalezas para delimitar la influencia del imperio incaico, una de las cuales fue descubierta en Riberalta, cerca a la confluencia del Río Beni con el Río Madre de Dios, mientras que se ignora la posible ubicación de la otra.
Según las Crónicas de Lizarazu (1635), los Incas no se limitaron a construir las dos fortalezas, sino que se establecieron en el reino del Paititi, asumiendo su control. He aquí dos fragmentos de la antigua narración:

El Inca del Cusco envió a su nieto Manco Inca, el segundo en llevar este nombre, a la conquista de los Chunkos, indios Caribe que viven en la selva al oriente del Cusco, Chuquiago y Cochabamba. Y Manco entró en la selva con ocho mil indios armados, llevando a su hijo consigo.
Y considerando la dificultad del terreno, (Manco) pobló la parte opuesta de la montaña del Paititi, donde dicen los indios Guaraní  (los cuales llegaron en seguida a conocer a este poderoso señor) que en aquel monte se encuentra gran cantidad de plata, y que de allí extraen el metal, lo depuran, lo funden y lo transforman en perfecta plata. Y así como fue el jefe de este reino del Cusco, lo es ahora de aquel grandioso reino del Paititi, llamado Moxos.

¿Es posible que realmente Manco (no confundir con Manco Inca) haya gobernado el Paititi? Hay, además, otros documentos arcaicos que narran sobre la fuga de Guaynaapoc (hijo de Manco) hacia el Paititi, con el fin de esconder los símbolos sagrados del Tahuantisuyo en un lugar oculto, seguro y lejanísimo del Cusco. He aquí el relato de Felipe de Alcaya publicado en las Crónicas de Lizarazu (1635):

Cuando finalmente el “rey pequeño” (Guaynaapoc) llegó a la ciudad de Cusco, encontró toda la tierra conquistada por Gonzalo Pizarro, a su tío (Huáscar) asesinado por el rey de Quito (Atahualpa) y al otro Inca retirado en Vilcabamba (Manco Inca).
Y en aquella ocasión tan particular reunió a todos los indios que estaban de su parte y los invitó a seguirlo a la nueva tierra que había descubierto su padre (Manco), llamada Mococalpa (ahora denominada Moxos)…  Alrededor de veinte mil indios siguieron a Guaynaapoc… llevaron consigo muchísimas cabezas de ganado y artesanos de la plata, y durante el camino otros indígenas de las llanuras se unieron a la multitud, que finalmente llegó al Río Manatti (1).
Y al cabo arribó al Paititi, donde fue alegremente recibido por su padre y otros soldados, y su felicidad de duplicó por encontrarse en un reino inexpugnable y lejanísimo de Cusco, que ya estaba en manos de los invasores.

(1) Río Guaporé

Este legendario lugar, el Paititi, conocido también como tierra mística donde se preservaron las tradiciones antiguas, ha sido buscado por aproximadamente 500 años en innumerables expediciones, pero nadie lo ha encontrado nunca. Se ha intentado localizarlo en Perú, Bolivia y también en Brasil, pero nadie ha podido hallar pruebas fehacientes de su verdadera existencia.
Durante mi último viaje a Bolivia y a Brasil pude llevar a cabo algunas expediciones para intentar arrojar luz sobre este misterio del pasado.
En Bolivia, junto al piloto investigador Jorge Velarde, tuve la oportunidad de cumplir una exploración aérea del parque nacional Noel Kempff Mercado, con el fin de reconocer desde lo alto indicios importantes de estas antiguas culturas.
La expedición fue un éxito, pues logramos documentar no sólo docenas de lagos modificados por el hombre y orientados en el eje noreste suroeste, sino también muchísimos terraplenes y colinas artificiales.
En Brasil, en cambio, al lado de algunos investigadores del Estado de Rondonia, pude realizar algunos viajes tanto en la cuenca del Río Machado, como en la del Guaporé.
Nuestra expedición en la selva del Río Guaporé tenía por meta el hallazgo de eventuales restos de culturas incaicas o pre-incaicas que pudieran atribuirse al legendario viaje de Manco y a la llegada de su hijo Guaynaapoc a la tierra del Paititi.
Nuestro objetivo era una zona de selva situada en los alrededores del fuerte Príncipe da Beira, un imponente baluarte erigido por los portugueses en 1776 para demarcar y controlar el territorio situado al oeste del Río Guaporé, perteneciente a Portugal a partir de 1750 (tratado de Madrid).
En la vertiente occidental del Río Guaporé, los españoles ya habían construido la misión de Santa Rosa (1743), la cual, sin embargo, fue efímera porque ya toda la región estaba bajo el control de los portugueses.
Los participantes de la expedición fueron: el experto en cuestiones indígenas Evandro Santiago, el profesor de historia y filosofía Zairo Pinheiro, el investigador Joaquim Cunha da Silva y yo. Nos acompañaba el guía local Elvis Pessoa.
Nos adentramos en la selva, en un lugar distante unos cuatro kilómetros del grandioso fuerte Príncipe da Beira. Después de haber avanzado durante una media hora, nos topamos, en algunas extrañas ruinas, con muros antiguos de unos dos metros de altura. Luego, caminando en dirección sur, descubrimos otro muro, esta vez de aproximadamente 4 metros de altura y 15 de longitud.
La construcción era rústica, con piedras no muy grandes, ensambladas entre ellas de modo imperfecto. Después de unos 20 metros hallamos otro murallón, pero en la parte opuesta del primero (hacia el este), como formando un barranco. La vegetación en su interior era tan densa que resultaba efectivamente difícil distinguir muchos detalles sin acercarse a las murallas. Luego, otra vez al lado derecho, noté que el murallón formaba un canal hacia el oeste, más estrecho pero lleno por completo de una vegetación muy tupida.
Posteriormente seguimos avanzando con dificultad hasta llegar a una extraña construcción de piedra en forma cuadrada de unos 5 metros de lado, al interior de la cual se puede acceder atravesando un portal que da al norte.
Los lados de la construcción están compuestos por muros destruidos de unos 50 cm de alto, mientras que el portal está bastante conservado, construido con un arquitrabe de un metro de ancho aproximadamente, el cual sostiene las piedras rústicas puestas encima de él. La fachada posee unos 2,30 metros de altura.
Nuestro guía Elvis nos dijo que todo el lugar arqueológico es denominado Ciudad Laberinto (cidade laberinto, en portugués).
Durante toda la jornada continuamos explorando la zona, dándonos cuenta de que el Río Guaporé está muy lejos de la Ciudad Laberinto, más de un kilómetro. Además, exploramos la parte alta de los montículos delimitados por altos murallones rústicos, encontrando habitaciones irregulares de aproximadamente dos metros de ancho, delimitadas por piedras que no encajan a la perfección.
A la mañana siguiente exploramos, además, una zona situada al este del portal, distante unos 700 metros, y también en aquel lugar descubrimos varios recintos o bases de viejos cimientos, pero no los altos murallones del Laberinto.
De ahí regresamos a Laberinto, concentrándonos no sólo en el interesante portal, donde se nota que los sedimentos en el suelo tienen unos 50 centímetros de espesor, sino sobre todo en los murallones y en las bases de antiguos cimientos que hay en los espacios encima de ellos.
Una vez concluida la exploración, pasamos algunos días en el pueblo costero de Costa Marques, durante los cuales surgió un debate entre nosotros sobre el verdadero origen de Laberinto.
El hecho de que el fuerte portugués Príncipe da Beira diste sólo 4 kilómetros podría hacer pensar que Laberinto haya sido utilizado como obra de donde los portugueses de 1776 sacaban y labraban las piedras para luego transportarlas hasta el fuerte en embarcaciones por la corriente del Río Guaporé.
Según algunos investigadores de Rolim de Moura, además, el portal fue construido para conservar las municiones de los portugueses en un sitio seguro lejano del fuerte. Estos investigadores, no obstante, no explican por qué fueron erigidos muros de hasta 5 metros de alto con técnicas rústicas y, sobre todo, por qué hay cimientos de casas en los espacios encima de estas construcciones.
De otra parte, no se esclarece por qué los portugueses, que razonaban con una lógica occidental, habrían debido construir un portal que diera al norte en pleno corazón de la selva, justo en un punto donde vivieron pueblos indígenas en el pasado.
En mi opinión, la Ciudad Laberinto es muy interesante histórica y arqueológicamente hablando, y aunque no se puede dar un juicio definitivo pues hasta ahora no se han efectuado las excavaciones apropiadas, es posible plantear algunas hipótesis.
Me parece que los altos murallones (al menos 4, pero podría haber otros) no pudieron haber sido construidos por los europeos del siglo XVIII porque son rústicos e imperfectos. Su función parece ser la de delimitar zonas elevadas, montículos, encima de los cuales hay restos de cimientos de casas que, por su forma y estructura, no pudieron haber sido construidas ni utilizadas por españoles o portugueses.
Hay también pocas probabilidades de que los altos murallones hayan sido edificados por indígenas de la selva baja amazónica, los cuales, históricamente, no tenían la necesidad ni la habilidad de edificar estructuras en piedra.
Por lo tanto, la Ciudad Laberinto podría haber sido construida por pueblos indígenas andinos por ahora desconocidos o quizá descendientes de la familia real incaica que se escondieron en la orilla occidental del Río Guaporé, como se deduce de la crónica de Felipe de Alcaya.
En lo que concierne al portal, también difieren las opiniones.
Aunque Laberinto hubiera sido utilizado como depósito de donde los portugueses extraían las piedras, ¿qué necesidad había de erigir un solo portal que mirara al norte? Ciertamente, no con propósitos residenciales. En efecto, si así fuera, hubieran levantado otros. ¿Para esconder municiones? Es una posibilidad, pero hasta ahora no está comprobada.
Por consiguiente, sin una seria campaña de excavación arqueológica es imposible dar una respuesta clara y definitiva al gran misterio de Laberinto.
Mi dictamen final es que toda el área estaba poblada por indígenas de la selva baja amazónica. Hay una fuerte posibilidad de que Laberinto haya sido modificado por descendientes de Incas y utilizado como centro ceremonial durante unos 200 años (de 1540 a 1740 d.C.), dado que, con la llegada de los europeos a la región, es posible que haya sido abandonado y luego utilizado por portugueses para extraer piedras destinadas a la construcción del fuerte Príncipe da Beira.
En el área fueron halladas numerosas hachas de origen inca y abundante cerámica de diferentes estilos. Algunos fragmentos de ésta fueron refinados y diseñados magistralmente, mientras que otros son rústicos y quizá sirvieron sólo como recipientes.
Si se comprobara el origen inca de los altos murallones de Laberinto, se podría pensar que se trató de un centro ceremonial donde los descendientes de Huáscar conservaron vivas las antiguas tradiciones. Tal vez fue utilizado para reorganizarse con el fin de fundar una ciudad propiamente dicha, el famoso Paititi, más al interior, relativamente lejos del Río Guaporé. ¿Quizás dentro del Parque Nacional Pacaas Novos, donde surge la Tracoá (pico Jarú), la montaña más alta de Rondonia?

YURI LEVERATTO
Copyright 2011

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Fotos: Copyright Yuri Leveratto

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