jueves, 8 de marzo de 2012

Expedición al Río Alto Madidi




Los objetivos de la expedición al Río Alto Madidi fueron tres.
Primero que todo, el reconocimiento, la documentación fotográfica y el estudio de la fortaleza megalítica de Ixiamas, situada en selva alta, a una altura de aproximadamente 900 msnm, en los confines del Parque Nacional del Madidi. En segundo lugar, la exploración efectiva del Río Alto Madidi con fines naturalistas, para conocer el estado de conservación de uno de los últimos paraísos amazónicos aún hoy iguales a como eran antes de la llegada del hombre. El tercer objetivo fue antropológico, a saber, verificar y, de ser posible, comprobar la existencia del mítico pueblo de los Toromonasal interior del Parque, de los cuales se escuchan rumores desde hace muchos años.
Los primeros tres días de la expedición consistieron en el reconocimiento de la imponente fortaleza megalítica de Ixiamas, la cual, situada en una posición dominante, fue construida por pueblos preincaicos.
Al tercer día de la expedición pudimos finalmente ubicarla y detallarla. Esa tarde regresamos al campamento 2, de donde proseguimos a lo largo del lecho de un arroyo, en dirección al Río Tequeje.
Llegamos allí hacia las tres de la tarde y procedimos a caminar por sus orillas, viéndonos obligados a atravesarlo varias veces, con el agua a la cintura. Hacia las 5.30 p.m. nos detuvimos y preparamos el campo 3.
Ya nos encontrábamos al interior del Parque Nacional Madidi, una de las últimas áreas totalmente vírgenes del planeta. El Parque, de una extensión de casi 19.000 kilómetros cuadrados, va de los 5760 msnm a los 180 msnm, razón por la cual posee todos los climas de Suramérica. El río más importante del Parque es obviamente el Río Madidi, el cual, si se considera su tramo inicial, tiene una longitud de 595 kilómetros hasta su desembocadura en el Río Beni.
Al cuarto día continuamos caminando por las orillas del Río Tequeje, siempre acompañados por el silbido del ave llamada alguacil. Durante la caminata encontramos a dos buscadores de oro tamizando las orillas del río para hallar el codiciado metal amarillo.
Hacia las cinco de la tarde arribamos al lugar donde el Río Yuama desemboca en el Tequeje. Cerca montamos el campo 4. Mis dos guías se dedicaron de inmediato a la pesca y, en pocos minutos, regresaron con dos grandes pescados llamados ventea, que cocinamos de tres maneras: fritos, hervidos y asados, envueltos en grandes hojas.
Al quinto día iniciamos nuestra caminata remontando el Río Yuama, y a medida que avanzábamos el camino se hacía cada vez más estrecho y tortuoso. A un cierto punto nos adentramos en la selva siguiendo un sendero apenas trazado: era el camino indicado hacia el Alto Madidi.
La caminata empezó a complicarse a causa de la tupida vegetación y de los fastidiosísimos mosquitos que se metían directamente en nuestros ojos.
Atravesamos muchos subafluentes del Yuama, paradisíacos arroyuelos cuya agua fresca y pura nos calmó la sed en más de una vez.
En cierto punto nos detuvimos para descansar. Justo cerca a nosotros estaban los restos de la coraza de un armadillo. Mi guía me aseguró que este animal había sido la comida de un jaguar; en efecto, alrededor se podían notar las huellas del felino.
-¿Y los huesos?- le pregunté –.
-¡También se los comió! – me respondió.
Luego continuamos caminando, pero avanzar era tan difícil, incluso porque a veces mi guía perdía el camino correcto, que a menudo me preguntaba si no estaríamos andando en círculos.
El calor húmedo me sofocaba, la penumbra me oprimía y la selva me estaba derritiendo, cocinándome el cerebro.
Fue entonces cuando llegamos a un lugar situado en plena selva, pero cerca a un riachuelo, donde preparamos el campo 5.
Después de cenar, antes de dormirnos, escuchamos una increíble sinfonía de animales selváticos: croar de ranas, canto de gorriones y otras aves, y un fuerte silbar de cigarra. La noche estaba iluminada por enjambres de simpáticas luciérnagas que nos acompañaron hasta que nos dormimos.
Al sexto día empezamos a subir hacia la cordillera que divide la cuenca del Tequeje con la del Madidi. 
Fueron cuatro horas de caminata a través de una selva casi impenetrable, pero a las doce llegamos a la divisoria: a lo lejos se veía el amplio valle virgen del Río Madidi, una vista paradisíaca, después de tanta fatiga.
En principio descendimos por una estrecha y empinada cuesta, y caminamos por el lecho de un torrente seco. Después de unos 200 metros, sin embargo, empezaba a fluir debajo de las piedras agua fresca y pura. Nos encontrábamos cerca de las fuentes del Iridia, un afluente del Madidi.
Y así caminamos durante toda la tarde por las orillas pedregosas del Iridia, entrando en un valle mágico que me recordaba el “mundo perdido” de Conan Doyle.
Durante el recorrido comimos fruta silvestre llamada pacai, prácticamente semillas rodeadas de una pulpa azucarada, envuelta en una robusta corteza verde.
Hacia las cinco llegamos finalmente a la confluencia del Iridia con el Río Alto Madidi, donde organizamos el campo 6.
A primera vista, el Río Madidi me pareció un río lento con algunas tonalidades verduscas. 
Mis dos guías de inmediato pescaron una ruta y un venton, que cocinamos hervidos.
Durante todo el séptimo día continuamos avanzando por las orillas del Río Alto Madidi. Hacia las 12 avistamos un pequeño caimán en una playa del río. Se sumergió rápidamente, impidiéndome filmarlo.
Fue entonces cuando atravesamos el río en un punto donde la corriente era fuerte y el agua límpida y cristalina.
En aquel momento recordé una frase que me dijo un viejo explorador alemán que conocí años atrás en un bar del barrio histórico de Santa Fe de Bogotá, La Candelaria:
-¡Hasta que no bebas agua del Río Alto Madidi, no podrás decir que conoces realmente la selva!-
De manera que cumplí con el rito: me detuve y bebí aquella agua pura y tibia, en memoria de aquel viajero teutónico.
Por la tarde avistamos muchos pájaros, entre los cuales el martín pescador y muchos buitres.
Nos detuvimos hacia las seis de la tarde, organizando el campo 7. Mis dos guías pescaron rápidamente dos grandes yatoranas, que cocinamos en una sopa con arroz, cebolla y zanahoria.
Al alba del octavo día retomamos el camino. Ya a las siete de la mañana el sol ardiente nos obligó a beber constantemente agua del Río Madidi, la cual era caliente. No obstante, a veces bebimos agua más fresca y pura de algún pequeño afluente, calmando la sed y refrescándonos. Durante la caminata observamos algunos monos araña y capuchinos que se encaramaban en las ramas de altísimos árboles. Nos miraban de lejos como si fuéramos extraterrestres y sacudían las ramas como si quisieran asustarnos.
Con el pasar de las horas, la caminata se hacía cada vez más difícil, ya que el Río Alto Madidi había recibido el agua de varios afluentes y se había agrandado. El espacio para caminar por sus orillas era cada vez más angosto. En ocasiones nos hundimos en el fango hasta la cintura, en otras tuvimos que regresar a la selva, utilizando el machete para poder avanzar paralelamente al río.
Por fortuna empezó a llover débilmente y el aire ardiente se refrescó un poco.
Nos detuvimos a las cinco de la tarde mientras que seguía lloviznando, pero justo después salió el sol otra vez, creando magníficos juegos de luces.
Alistamos, pues, el campo 8. Mi guía me sugirió que el modo más eficaz de avanzar era probablemente con una balsa. Nos ahorraría la fatiga de tener que caminar cargando nuestros pesados morrales, aunque podría ser peligroso por la posibilidad de caer al agua cuando la embarcación pasara a través de tramos del río donde la corriente es impetuosa.
Entonces, de común acuerdo, decidimos iniciar la construcción de la balsa a la mañana siguiente.
Luego preparamos la cena, acompañados por un fuerte graznar de papagayos ara macao. Durante la noche me desperté para orinar y de repente sentí un extraño olfateo cerca. Me alarmé y regresé a la carpa. Unos minutos después aquel rumor cesó y me quedé dormido.
A la mañana siguiente, alrededor de nuestro campamento había numerosas huellas de jaguar. Temblé pensando que el felino estaba a pocos metros de mí, de noche, y que me espiaba.
Durante la mañana del noveno día, construimos la balsa. Unimos seis gruesos troncos con bejucos y luego, hacia las once, empezamos a navegar.
El clima había cambiado respecto a los días anteriores: el cielo estaba gris y caía una llovizna insistente. Desde el comienzo de la navegación me di cuenta de que no sería fácil avanzar con la balsa. La corriente era muy débil y en algunos tramos donde la balsa se atascaba entre las piedras del río teníamos que descender y reubicarlas, creando un corredor navegable, de al menos 40 centímetros de profundidad, que nos permitiera avanzar. Era un trabajo agotador.
Empero, durante la navegación todo era un escabullirse de peces: surubí, pintado, yatorana, pacú, sábalo. Este río está realmente repleto de peces que, allí, por la total ausencia de pescadores, han podido reproducirse sin problemas.
Durante una parada logré filmar un pez raya en un espejo de agua tranquilo. Es un pez peligroso porque puede golpear con su potente aguijón.
Además, vimos muchas ocas negras que aleteaban a nuestro paso y una gran gallina silvestre de color negro con un vistoso pico amarillo.
En cierto momento llegamos a la confluencia del Río Aguaclara (Yurirari, en idioma tacana), con el Río Alto Madidi. Decidí atracar la balsa y seguir a pie remontando el Aguaclara durante más o menos una hora, con el propósito de encontrar algunas huellas humanas de indígenas aislados, los legendarios Toromonas. Caminamos en las orillas del Río Aguaclara durante dos horas, explorando algunos de sus subafluentes y luego regresamos hacia el Río Alto Madidi. No vimos ninguna huella humana y esto hace pensar que si es cierto que los Toromonas viven todavía, deben ubicarse probablemente en las fuentes del Río Aguaclara o más allá de la divisoria, en las cabeceras del Río Colorado, que desemboca en la cuenca del Río Tambopata.
Luego retomamos la navegación y después de pocos minutos avistamos otros monos araña en la parte más alta de frondosos árboles.
Nos detuvimos a eso de las tres y preparamos el campo 9 sobre una amplia playa. A la mañana siguiente me despertó mi guía señalándome un tapir que estaba en la otra orilla del río. No logré filmarlo pero, de lejos, pude reparar en su corpulencia.
Pronto salió el sol, sofocante y despiadado, y nos acompañó durante todo el día.
En el transcurso de la jornada logré filmar un caimán y algunos capibaras que se adentraban en la selva, asustados por nuestro paso.
A continuación nos detuvimos para comer un pescado que mi guía había capturado en la noche anterior. Era un pintado cocinado en hojas, con sal y limón, y estaba verdaderamente exquisito. Durante la tarde vimos todavía muchísimos peces: tuyuno, bagre, sierra, yatorana y, además, vimos una gran tortuga de río que parecía querer competir con nuestra balsa.
Al final de la jornada, completamente extenuados, nos detuvimos para preparar el campo 10, donde dormimos.
Al alba del undécimo día, retomamos la lenta navegación. Por la mañana vimos algunas nutrias que pude filmar. Hacia el mediodía paramos a almorzar bajo un gran y frondoso árbol, pero el calor agobiante y la ausencia total de viento nos sofocaban.
Por la tarde continuamos navegando en el río, preguntándonos si tendría fin. Según mi GPS, nos encontrábamos a aproximadamente un día de navegación del puesto de control del Parque Nacional Madidi, de donde se bifurca un sendero en la selva en dirección de la comunidad de campesinos llamada El Tigre.
De noche, cansados y hambrientos, alistamos el campo 11 en una vasta playa, donde dormimos.
Por la tarde del duodécimo día llegamos al puesto de control del Parque Madidi, encontrándolo abandonado. En las cercanías habría grandes piñas agrias. Aún estaban verdes pero, a nosotros, con sed y hambre, nos venían muy bien.
En efecto, nos calmaron la sed.
Después de preparar el campo 12 caímos en un profundo sueño.
Al décimo tercer día caminamos por unos 20 kilómetros a través de una densa selva, pero con sendero. A un cierto punto nos topamos con un inmenso hormiguero. Había miles de millones de insectos de todos los tamaños. Había también de las temibles hormigas de hasta 3 centímetros de longitud, dotadas de una gran mandíbula cuya picadura puede provocar un fuerte dolor.
No había manera de circundar el enorme hormiguero y, por tanto, tuvimos que correr para evitar que nos invadieran.
Durante el camino fotografié algunos papagayos de la especie ara macao, y encontramos tres grandes tortugas de tierra. Luego llegamos a una enorme telaraña. Podíamos observar muchas arañitas pero ningún inmenso arácnido. Mi guía me contó que la madre teje la tela para sus pequeños y que luego se va, buscando otro lugar dónde reproducirse.
A mediodía llegamos a un riachuelo donde se encontraba una familia de indígenas Chimanes. Los adultos estaban cocinando pescado en grandes hojas, mientras que los niños comían fruta pacaí.
Continuamos a través de la selva durante toda la tarde.
Hacia las 3, el cielo se oscureció y nubes amenazantes se adensaron en el horizonte. Comenzó a tronar y a ventear fuerte, pero extrañamente no llovía. Durante la caminata vi algunos pecaríes (puercos de monte) y algunos otros pequeños mamíferos de la familia de los mustélidos. 
Cuando, hacia las cinco, nos detuvimos para organizar el campo 13, continuaba tronando fuerte, pero sin llover. Sólo hacia las 7 de la noche el agua cayó, con una intensidad cada vez mayor. A las 8 diluviaba y tronaba sin cesar.
El temporal puso a dura prueba a nuestras carpas, pero el peligro mayor eran los rayos, que descargaban electricidad a pocos metros de nuestro campamento.
Siguió lloviendo toda la noche, y también a nuestro húmedo despertar, del cielo gris continuaban cayendo insistentemente grandes gotas de agua fría.
El clima había cambiado por completo respecto a las tórridas jornadas del Madidi. Ahora el termómetro indicaba 15 grados e incluso un viento fresco soplaba del norte.
El décimo cuarto día lo pasamos caminando en un sendero fangoso y viscoso hasta llegar a la comunidad de campesinos llamada el Tigre.
Es gente originaria de Potosí, la cual se estableció en esta remota parte de la selva, con el fin de labrar la tierra.
Preparamos el campo 14 en las orillas de un riachuelo, a unas 3 horas de camino más allá del Tigre.
Al día siguiente, el quinceavo día de nuestra expedición, conocimos a algunos bolivianos que estaban haciendo un censo de los árboles de que se derrumbarían próximamente.
Por desgracia, justo afuera del Parque, las empresas para la tala de madera preciada ejercen con tranquilidad, y sólo el estatus de “intangible” (intocable) del Parque las ha detenido por ahora.
Con uno de aquellos jóvenes seguí en moto hasta el pueblito de Ixiamas, mientras que mis dos guías me alcanzaron después de algunas horas, montados en el remolque de un camión destinado al transporte de madera. A las 3 de la tarde nos reencontramos en el soleado pueblo de Ixiamas, de donde, en una van de transporte público, llegamos de nuevo a Rurrenabaque, en 4 horas de viaje.
Los resultados de la expedición fueron varios: primero que todo, el reconocimiento y la descripción de la misteriosa fortaleza de Ixiamas; en segundo lugar, el avistamiento de muchos animales al interior del Parque, prueba de que su estado de conservación es excelente.
No pude verificar la existencia de los legendarios Toromonas, que probablemente viven en zonas aún más remotas del Parque, en las cabeceras de algunos afluentes del Río Alto Madidi o del Río Colorado.

YURI LEVERATTO
Copyright 2011

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