lunes, 9 de diciembre de 2013

La competencia por la explotación del coltán, la más reciente amenaza al bioma amazónico




En la actualidad, las empresas multinacionales están compitiendo silenciosamente por el acaparamiento de los lugares estratégicos del planeta, contando con el beneplácito de algunos países que han cedido parte de su soberanía a entidades externas, a menudo por motivos “humanitarios”, “ambientales” o “indigenistas”.
En Brasil, por ejemplo, desde hace ya varios decenios, la inmensa zona fronteriza con Colombia, Venezuela y Guyana se ha delimitado oficialmente con el fin de reservarla para algunos pueblos indígenas. Los colonos brasileros fueron obligados a abandonar sus tierras y fueron indemnizados, como en el caso del área indígena Raposa Serra do Sol.
No obstante, según muchos brasileros, entre los cuales se encuentra el comandante militar de la Amazonía, el verdadero objetivo de estas demarcaciones es otro: poder disponer de inmensas tierras vírgenes (más de 300.000 kilómetros cuadrados casi totalmente deshabitados), permitiendo a entidades externas (ONG) entrar y llevar a cabo estudios específicos de biodiversidad, exploraciones mineras y explotación de recursos hídricos.
Mientras que en territorio brasilero la zona fronteriza está “blindada” y nadie puede entrar sin la autorización del FUNAI (Fundacion nacional do Indio), la región de Amazonía que corresponde a Colombia y a Venezuela (más allá del departamento colombiano de Vichada) ha sido durante muchos años el centro de operaciones de grupos armados de narcotraficantes que controlan aún hoy parte del área en cuestión.
Cuando hace cinco años se anunció al mundo el descubrimiento de un gran yacimiento de coltán en la Amazonía venezolana, se inició una peligrosa competencia con el fin de asegurarse territorios amazónicos, por lo general ancestrales para algunos grupos de indígenas (como los Tukano).
Mientras que en Venezuela el gobierno militarizó el área, justamente para evitar el surgimiento de grupos armados ilegales que pudieran controlar el comercio, en Colombia se originó un flujo de traficantes y especuladores que se dirigieron a los departamentos de Vichada, Guainía y Vaupés, que limitan con el Área indígena Alto Río Negro, en Brasil.
El coltán, que es un conjunto de columbita (niobio) y tantalita, es un mineral importantísimo para la producción de aparatos electrónicos como teléfonos celulares, computadores, televisores de plasma, videojuegos, mp3, mp4, GPS, satélites artificiales y sistemas electrónicos para armas de alta precisión como los llamados “misiles inteligentes”. El tantalio es fundamental porque es utilizado en la construcción y miniaturización de condensadores electrolíticos.
En África, la competencia por la apropiación de las reservas estratégicas de coltán ha provocado una guerra en la que, hasta hoy, han muerto 5 millones de personas.
El Congo posee oficialmente el 60% de las reservas mundiales de coltán, pero el mineral es procesado en su mayoría en Ruanda y Burundi, países de donde se exporta al norte del mundo.
El resto de las reservas de coltán está situado en un área estratégica entre Brasil, Colombia y Venezuela.
Comúnmente, en Colombia, la autorización para extraer el mineral debe darla Ingeominas, pero en lo que respecta al coltán, hasta hoy se han concedido sólo 5 “títulos mineros”, mientras que el resto de la explotación parece ser ilegal.
La mayoría de los comerciantes ilícitos de coltán está obligada a pagar una especie de impuesto (aproximadamente 2500 $ por tonelada) a grupos armados ilegales que controlan el territorio, pero una vez que el mineral es transportado a Bogotá, se puede vender a unos 60.000 $ la tonelada.
Es grande la preocupación de que los departamentos de Guainía y Vaupés se transformen en lugares sin ley donde los traficantes de oro y coltán trabajen a sus anchas.
Las áreas donde se encuentran estos dos ambicionados minerales son a menudo lugares ancestrales para los indígenas Cubeos, Tukano y Puinaves, y su explotación indiscriminada e ilícita podría provocar una alta contaminación de los ríos con mercurio y cianuro, además del trastorno de los usos y costumbres de las poblaciones autóctonas. Algunos periodistas colombianos informan, en efecto, que en Puerto Inírida, la capital de Guainía, hay ya casos de prostitución de menores y aumento de la delincuencia común.
Sería oportuno que la explotación de los yacimientos de coltán presentes en el territorio colombiano estuviera reglamentada por normas precisas, pero la lejanía de la Guainía y del Vaupés del centro de Colombia y la falta absoluta de carreteras aumenta la dificultad de implementar serios controles.
Del otro lado de la frontera, en Brasil, se encuentra la enorme “Área Indígena Alto Río Negro” (conocida en Brasil como la “cabeza del cachorro” por su forma), una zona de selva amazónica atravesada por el Río Negro y por uno de sus afluentes, el Río Vaupés. Allí, donde está absolutamente prohibida la entrada a los ciudadanos normales brasileros o extranjeros, hay importantes yacimientos de oro (Serranía del Taraira) y considerables reservas de coltán, como por ejemplo en las cercanías del llamado Morro do seis lagos.
Según algunos periodistas brasileros, dentro del área indígena Alto Río Negro se está efectuando búsqueda y explotación ilícita de coltán y de otros minerales que están siendo luego contrabandeados en Colombia, dado los pocos controles presentes a lo largo de la extensísima frontera amazónica entre ambos países.
También en este caso sería oportuno que el gobierno de Brasil llevara a cabo rigurosas inspecciones sobre las actividades desarrolladas al interior del Área Indígena en cuestión para evitar que grupos de mineros ilegales contaminen el ambiente, alterando las costumbres de los autóctonos.

YURI LEVERATTO
Copyright 2011

martes, 3 de diciembre de 2013

La relación de la primera circunnavegación de la tierra, del viajero italiano Antonio Pigafetta


Uno de los personajes claves de los grandes descubrimientos geográficos del siglo XVI fue el portugués Fernando de Magallanes, el comandante de la flota que partió de España en 1519 con el fin de llegar a las Islas de las Especias.
No obstante, sin el valioso aporte del italiano Antonio Pigafetta (llamado también Antonio Lombardo, Vicenza, 1491-1531), quien relató todos los hechos ocurridos en los tres años de la asombrosa aventura en su Relación del primer viaje alrededor del mundo, se habrían perdido para siempre muchos detalles del viaje, que fue indudablemente uno de los más increíbles, difíciles y peligrosos de todos los tiempos.
Fernando Magallanes nació en Tras os Montes, en Portugal, en 1480.
Comenzó a navegar a temprana edad. A los veinticinco años y bajo las órdenes del capitán Francisco de Almeida, viajó a la India a los puestos fronterizos portugueses de Diu, Cochin y Goa. Luego acompañó a Diego López de Sequeiro en sus exploraciones a través del estrecho de Malaca. En 1506, participó en un viaje dirigido hacia las islas de las Especies, las Molucas, que hacen parte de la actual Indonesia.
En 1511, bajo las órdenes de Alfonso de Albuquerque, tomó parte en la conquista de la ciudad de Malaca. Regresó a Europa en 1513 y se distinguió por la defensa del fuerte de Azamor en Marruecos. Inmediatamente después, fue acusado de haber comerciado ilegalmente con algunos musulmanes razón por la cual fue licenciado por el rey de Portugal y no le fueron reconocidas las indemnizaciones solicitadas por el servicio prestado a la Corona en años anteriores.
Se dirigió entonces a España, y ofreció allí su experiencia para navegar hacia las islas de las Especies por una ruta occidental, demostrando así que éstas quedaban bajo la influencia española. Tal vez contó con un mapa dibujado alrededor de los primeros años del siglo XVI, que presentaba la posibilidad de seguir una ruta más corta por el continente suramericano hacia el Mar del Sur. Tenía la certeza de llegar a Asia sin necesidad de circunnavegar el África.
Después del tratado de Tordesillas, que había dividido el mundo en dos hemisferios, España se sentía excluida del hemisferio oriental y por lo tanto del comercio de las especies.
Como los portugueses ya habían llegado a las Molucas, navegando hacia el este, y habían comenzado a comerciar con gran provecho, surgió una disputa sobre el área real de influencia española. Los Españoles pensaban que las Molucas pertenecían a su área de competencia, o sea, al hemisferio occidental, mientras que los Portugueses que habían llegado primero, pensaban lo contrario.
Como no se conocía la longitud exacta de la circunferencia terrestre, nadie sabía decir si las Molucas pertenecían o no al territorio que tocaba a los portugueses. Resultaba entonces bien interesante la oferta de Magallanes al rey de España.
El 22 de marzo de 1518 Magallanes firmó con Carlos V un contrato, que le puso a disposición cinco naves para alcanzar las islas de las Especies navegando hacia occidente para verificar su ubicación exacta. Naturalmente, no menos importante era el descubrimiento de nuevas tierras para anexar al ya inmenso imperio español.
Del acuerdo hecho con el rey, se evidenciaba que a Magallanes y a su amigo cosmógrafo Ruy Falero les esperaba una quinta parte de las entradas de la expedición, y sus herederos serían los gobernadores de las eventuales tierras descubiertas.
La expedición partió de Sevilla el 10 de agosto de 1519. La flota estaba compuesta por cinco naves. La Trinidad comandada por Magallanes, la San Antonio por Juan de Cartagena, la Concepción por Gaspar de Quesada, la Victoria por Luís de Mendoza y la Santiago por Juan Serrano.
Eran en total doscientos treinta y cuatro hombres de los cuales, ciento sesenta españoles, cuarenta portugueses, veinte italianos (entre los cuales Antonio Pigafetta), y cuatro intérpretes africanos y asiáticos.
La flota fue detenida por más de un mes en la desembocadura del Guadalquivir debido a la negativa de las autoridades locales de dejar partir una flota española comandada por un portugués. Finalmente, el 20 de septiembre de 1519, dejaron las costas españolas pero fueron inmediatamente perseguidos por naves portuguesas. Magallanes logró de todas formas llegar a las islas Canarias, sin dejarse atrapar.
Cargó entonces nuevas provisiones, y se dirigió hacia Brasil. Durante la travesía por el Atlántico, tuvo que enfrentarse a un amotinamiento de los oficiales españoles, que logró dominar encerrando al primer oficial de la Trinidad, el jefe de los amotinados.
Llegaron a Brasil el 14 de diciembre de 1519, precisamente a la bahía de Río de Janeiro. Las naves llegaron al estuario del Río de la Plata, que Magallanes recorrió pensando que había encontrado el paso para el Mar del Sur. Después de pocos días tuvo que aceptar que se trataba solo del estuario de un gran río y no de la ambicionada ruta.
Como se acercaba el invierno austral, decidieron pasar el invierno en puerto San Julián, una bahía de la Patagonia, adonde llegaron el 30 de marzo de 1520. Rápidamente, sin embargo, empezaron a escasear las provisiones y fue necesario hacer un primer racionamiento de víveres, lo que dio lugar a un nuevo amotinamiento en tres de las cinco naves.
Los capitanes Luís de Mendoza y Gaspar de Quesada fueron ajusticiados, mientras que Juan de Cartagena fue abandonado en una costa desolada junto a un sacerdote que había dirigido el amotinamiento.
En el mes de mayo, la Santiago fue enviada en misión de reconocimiento pero naufragó en un bajo no muy lejos de la costa. Algunos marineros lograron regresar por vía terrestre hasta la bahía de San Julián, mientras que los demás fueron asesinados por grupos de furiosos indígenas. Así las cosas, Magallanes decidió esperar el final del invierno en la bahía de San Julián.
La expedición continuó su curso en los primeros días de octubre de 1520, una vez terminado el invierno. Todas las desembocaduras de los ríos fueron examinadas y las bahías exploradas. Finalmente la Concepción y la San Antonio, que fueron enviadas adelante, descubrieron la ambicionada ruta hacia el oeste.
Este es un extracto de la Relación del primer viaje alrededor del mundo, que narra el momento en que avistaron el mítico estrecho, escrito por el italiano Pigafetta:

Luego yendo a cincuenta y dos grados hacia el mismo polo, encontramos en el día de las once mil vírgenes un estrecho, el cual llamamos el Cabo de las once mil vírgenes, por ser un gran milagro.
Este estrecho es largo ciento diez leguas, que son cuatrocientos cuarenta millas y de ancho más o menos media legua, que va a dar a otro mar, llamado Mar Pacífico, rodeado por montañas altísimas cargadas de nieve. Solo se hallaba fondo con sondas en tierra de veinticinco y treinta brasas. Y si no fuera por el capitán general, no hubiésemos encontrado este estrecho porque todos pensábamos y decíamos que todo alrededor estaba bastante cerrado: pero el capitán general, que sabía que iba a navegar por un canal bastante oculto, como había visto en la tesorería del rey de Portugal en un mapa hecho por el excelentísimo hombre Martín de Bohemia, mandó dos naves, San Antonio y Concepción, que así eran llamadas, a inspeccionar que había al principio de la bahía. Nosotros, con las otras dos naves, la capitana que se llamaba Trinidad y la otra, Victoria, nos quedamos esperándolas en la bahía.
En la noche, nos llegó una gran tormenta, que duró hasta el otro mediodía, por la que tuvimos que levar las anclas y dejarnos llevar de aquí para allá por la bahía.
Las otras dos naves, estaban en travesía y no podían alcanzar un cabo que estaba casi al final de la bahía y así regresar hacia nosotros, así que por fuerza se atascarían en un bajo.
Pero recostándose al final de la bahía, creyéndose ya perdidos, vieron una desembocadura pequeña, que no parecía desembocadura, sino una sitio solitario y como abandonados se lanzaron adentro, así fue que descubrieron el estrecho por fuerza. Y viendo que no era un rincón sino un estrecho de tierra, continuaron mas adelante y encontraron una bahía. Luego, más adelante, encontraron otro estrecho y otra bahía más grande que las dos primeras. Muy contentos, voltearon inmediatamente hacia atrás para decírselo al capitán general.
Nosotros pensábamos que estaban pérdidas, primero debido a la gran tormenta, y luego, porque habían pasado dos días y no aparecían y también por ciertas humaredas que enviaban a tierra para avisar.
En la espera, vimos llegar dos naves con las velas abiertas y las banderas desplegadas hacia nosotros. Estando cerca lanzaron bombas y gritos; luego, todos juntos, se fueron agradeciendo a Dios y a la Virgen, buscando más adelante.

A este punto, Magallanes, que se sentía seguro de poder continuar la navegación hacia el oeste, ofreció a los capitanes la opción de seguirlo o de regresar a la patria. La única nave que no lo siguió fue la San Antonio, que después de otro amotinamiento, abandonó la flota para regresar a España, bajo las órdenes de Sebastián Gómez.
El 21 de octubre de 1520 solo tres embarcaciones atravesaron el estrecho, bautizado luego con el nombre del portugués. Estas fueron la Trinidad, la Victoria y la Concepción.
La flota entró el 18 de diciembre de 1520 en las plácidas aguas del Mar del Sur, que había sido descubierto por Vasco Núñez de Balboa. Magallanes lo bautizó de nuevo, como Océano Pacífico, debido a que durante los tres meses de la travesía solo encontró brisas muy suaves.
Parecía un viaje interminable. Durante todo el período trascurrido del viaje, solo avistaron dos islotes deshabitados; casi toda la tripulación se enfermó de escorbuto, una terrible enfermedad causada por la falta de vitamina C, cuyos síntomas eran: un terrible engrosamiento de las encías con la consiguiente pérdida de la dentadura, e imposibilidad absoluta de comer.
Los víveres escaseaban casi totalmente, quedaba solo un poco de pan empapado en agua sal y pocos pedazos de pescado seco. La tripulación entonces, comenzó a pelearse por la comida; algunos se alimentaron con ratones y otros hasta con las suelas de los zapatos. Ventiuno hombres murieron durante esta travesia. A continuación, un pasaje de la Relación del primer viaje alrededor del mundo, en la que Pigafetta narra la aterradora travesía oceánica:

El miércoles 28 de noviembre de 1520 salimos de este estrecho y entramos en el Mar Pacífico. Pasamos tres meses y veinte días sin provisiones de ninguna clase. Comíamos galletas, pero en realidad ya no eran galletas, sino más bien polvo de galletas con montones de gusanos, ya que éstos se habían comido la mejor parte de aquellas. Hedía intensamente a orina de ratón y bebíamos agua amarilla, podrida desde hacía ya muchos días, y comíamos ciertas pieles de buey (puestas sobre el mástil mayor con el fin de proteger las jarcias) durísimas a causa del sol, de la lluvia y del viento. Las dejábamos por cuatro o cinco días en el mar y luego poníamos un trozo sobre las brasas y así las comíamos, e incluso muchas veces probamos también aserrín de tabla. Los ratones se vendían a medio ducado. Pero por encima de todas las calamidades, esta era la peor: a algunos se les inflamaban las encías tanto de los dientes de arriba como de los de abajo, entonces no podían comer de ninguna manera y morían a causa de esto. Fallecieron 19 hombres y el gigante de la Patagonia con un indio del Verzin (2). Veinticinco o treinta hombres se enfermaron, algunos en los brazos, en las piernas o en algún otro lugar, de modo que pocos permanecieron sanos. Gracias a Dios, yo no padecí de ninguna enfermedad.

Cuando ya la situación se estaba tornando insostenible y a bordo estallaban peleas y conjuras, la flota logró llegar a las islas Marianas, archipiélago situado al oeste de las Filipinas, el 6 de marzo de 1521.
Habían transcurrido veintinueve años después del primer viaje de Cristóbal Colón. Finalmente, los europeos habían llegado a la franja asiática con una ruta hacia el oeste. Sin embargo, las rutas de los portugueses a través del África y de la India, eran ya conocidas y por lo tanto más seguras.
Estas islas fueron llamadas de los ladrones, porque algunos indígenas trataron de apropiarse de una de las chalupas. Magallanes ajustició a los culpables e hizo incendiar sus chozas. Una vez que se aprovisionaron con los víveres necesarios las naves continuaron su camino con rumbo hacia el oeste.
El 16 de marzo de 1521, la expedición llegó a Homonon, en las Filipinas. He aquí la descripción de Pigafetta:

El sábado 16 de marzo de 1521, desembarcamos sobre una isla alta llamada Zamal, distante 300 leguas de las islas de los Ladrones. El capitán general, al día siguiente, quiso que bajáramos en la isla de atrás, que estaba deshabitada, para estar más seguro y con el fin de aprovisionarse de agua. Mandó a alzar en tierra dos tiendas para los enfermos e hizo matar un cerdo. El lunes 18 de marzo vimos desde lejos venir hacia nosotros un barco con nueve hombres. El capitán general ordenó que nadie se moviera ni pronunciase palabra sin su permiso. Cuando ellos llegaron a tierra, de inmediato su jefe se dirigió hacia el nuestro, mostrándose alegre de nuestra llegada…
El capitán general, al ver que estos hombres eran razonables, les dio de comer y les regaló barretinas rojas, espejos, peines, cascabeles, marfil, mocasines y otras cosas. Cuando vieron la cortesía del capitán, le ofrecieron pescado, una jarra de vino de palma, que llamaban vraca, higos más anchos de un palmo y otros más pequeños y sabrosos, y dos cocos. En ese momento no tenían nada más. Por medio de señas nos dijeron que en cuatro días llevarían umany, que es arroz; cocos, y muchos otros alimentos…
Estos pueblos con Cafres (3), o bien, Gentiles (4), van desnudos, excepto unas ropas hechas de corteza de árbol que les cubren sus vergüenzas…
Son de piel cetrina, gordos, pintados y se untan de aceite de coco y de ajonjolí para protegerse del sol y del viento. Tienen los cabellos muy negros, largos hasta la cintura; y poseen dagas, cuchillos, lanzas de oro, escudos, arpones, anzuelos y redes para pescar. Sus barcos son como los nuestros. 

El intérprete malasio de Magallanes, llamado Enrique, que viajaba con él desde hacía varios años, conocía bien el idioma y presentó los portugueses a la corte del soberano local, Rajah Kolambu, rey de Limasawa.Entonces Magallanes prosiguió el viaje hasta el puerto de Cebú en la isla homónima. A continuación, el relato de la llegada al concurrido puerto, en la crónica del vicentino:

El domingo 7 de abril de 1521, a mediodía, entramos al puerto de Zubu. Al pasar por numerosos pueblos, veíamos muchas casas construidas sobre los árboles. Al acercarnos a la ciudad, el capitán general ordenó que se embanderaran los barcos; se bajaron las velas y se pusieron a modo de batalla; luego se destapó toda la artillería, con lo que estos pueblos se asustaron muchísimo. El capitán mandó a un discípulo suyo, con el intérprete, como embajador ante el rey de Zubu.
Cuando llegaron a la ciudad, encontraron muchísimos hombres junto al rey, todos atemorizados por los bombardeos. El intérprete les dijo que esa era nuestra costumbre, a saber, bombardear al entrar en lugares como aquellos en señal de paz y de amistad y para honrar al rey del lugar. El rey y todos los suyos se tranquilizaron, y aquel nos preguntó, por medio de su gobernador, qué queríamos.
El intérprete respondió que su señor era capitán del mayor rey y príncipe que hubiera en el mundo, quien iba a descubrir Maluco, pero que, por su buena fama, como había sido informado por el rey de Mazana, había ido sólo para visitarlo y obtener provisiones a cambio de mercancía.

Junto a él, Magallanes y su flota viajaron a la isla Cebú, donde lograron convertir el rey al cristianismo. Cebú se sometió a la Corona española.
Pero estalló una revolución en la vecina isla de Mactan, cuyos habitantes no querían volverse cristianos. Magallanes decidió entonces usar la fuerza para conquistarlos, desembarcando en la isla el 27 de abril de 1521, pero en un duro enfrentamiento, fue asesinado por los habitantes del lugar.
A este punto, el rey de Cebú renegó del cristianismo y decidió atacar a los europeos; treinta hombres de la tripulación perdieron la vida. Los españoles sobrevivientes eligieron a Juan Sebastián Elcano comandante de la Victoria. El decidió ante todo hundir la Concepción, ya que con tan pocos sobrevivientes no hubiera logrado el comando de las tres naves.
Se detuvo entonces en la isla del Borneo con la Victoria y la Trinidad, donde los sobrevivientes permanecieron por treinta y cinco días precisamente el la aldea de Brunei.
Se decidió entonces explorar otras islas situadas al este y conocidas como islas de las Especies, las Malucas. Los Portugueses habían ya llegado a estas islas, hacía algunos años, provenientes de la India y las reclamaban como territorios propios.
Las dos embarcaciones que quedaban, llegaron el 6 de noviembre de 1521 y tiraron anclas en la bahía de la isla Tidore, en las actuales Molucas, islas ricas en clavos de olor, nuez moscada y otras especias.
La población local, que ya antes había establecido contacto con los Portugueses, se mostró pacífica y así llegaron fácilmente a un acuerdo para la venta de las especies. He aquí la descripción del desembarque en Tidore y de las islas de las Especias o Molucas, según el relato del vicentino:

El viernes ocho de noviembre de 1521, tres horas antes de ocultarse el sol, entramos en el puerto de una isla llamada Tadore; luego anclamos cerca de la tierra, con veinte brazas de agua, y disparamos toda la artillería. Al día siguiente vino el rey en una piragua hasta los barcos, rodeándolos. De inmediato nos dirigimos hacia él para honrarlo; nos hizo entrar en su piragua y nos sentamos a su lado... el rey nos dijo que éramos bienvenidos allí, dado que él, desde hacía ya mucho tiempo, había soñado con que venían a Maluco unos barcos desde lugares lejanos. Le ofrecimos regalos: un paño de damasco amarillo, algunas telas indias hechas con oro y seda, un pedazo de berania blanca, doce cuchillos, seis espejos grandes, seis tijeras, seis peines, algunos vasos dorados, entre otras cosas. Este rey es Moro (6), tiene unos cuarenta y cinco años, es bien formado, posee una presencia majestuosa y es un excelente astrólogo: su nombre es rajá sultán Manzor. Para la información de su ilustrísima señoría, las islas donde nacen los girofles (7) son cinco: Terenate, Tadore, Mutir, Machian, Bachian. Terenate es la principal, cuyo rey, cuando aún vivía, gobernaba casi todas las demás. Nosotros nos encontrábamos en Tadore, la cual tiene rey. Mutir y Machian no lo tienen, sino que es el pueblo el que gobierna; y cuando los reyes de Terenate y Tadore se hacen guerra entre sí, aquellas dos les sirven de ejército. Bachian es la última, y tiene rey. Toda esta provincia, donde germinan los girofles, se llama Maluco. Estos reyes tienen cuantas mujeres deseen, pero hay una que es la esposa principal, a quien obedecen las otras…
Frente a esta isla hay una enorme, llamada Giailolo (8), habitada por Moros y Gentiles.
El martes doce de noviembre empezamos a comerciar de la siguiente manera: por diez brazas de paño rojo o treinta y cinco vasos de vidrio, nos daban un bahar de girofles, que corresponde a cuatrocientas seis y libras de los mismos..

Una vez finalizadas las negociaciones, el comandante Juan Sebastián Elcano decidió partir en dirección oeste. Sin embargo, empezó a entrar agua en la Trinidad y todos los esfuerzos para encontrar la falla fueron inútiles. A continuación se describe la circunstancia:

El viernes temprano vino nuestro rey de Tadore con los tres hombres y les ordenó que se metieran al agua con los cabellos sueltos, con el fin de encontrar la fisura. Aquellos estuvieron un largo rato bajo el agua, pero no la hallaron jamás. El rey, cuando vio que no había solución, preguntó llorando: “¿Quién irá a España a donde mi señor a darle noticias sobre mí?”
Le respondimos que iría la Victoria, con el fin de no perder el levante que estaba comenzando; y la otra, hasta que no se arreglara, esperaría a que llegara el poniente y luego se dirigiría al Darién (9), que está en la otra parte del mundo, en la tierra de Diucatán (10).

Entonces, las dos tripulaciones se separaron. La Trinidad retomó el viaje después de varios meses de atravesar continuamente el Pacífico en dirección este.
De los cincuenta y cinco hombres que conformaban el equipo solo cuatro lograron llegar con vida a España, en 1525.
En cambio la Victoria, comandada por Juan Sebastián Elcano, tomó de nuevo el mar con rumbo hacia el oestecon un total de 50 hombres.Durante los primeros días de navegación, la Victoria navegó en el actual mar indonesio, costeando una multitud de islas. Se detuvieron algunos días en una isla llamada Buru, distante 75 leguas de las Molucas y situada a 3 grados y medio debajo del ecuador. A continuación, el relato de Pigafetta:

Partiendo de aquella isla de Buru, a la cuarta de garbino hacia el poniente, aproximadamente a 8 grados de longitud, llegamos a tres islas: Zolot, Nocemamor y Galian, y navegando entre ellas, nos asaltó una gran tempestad, por la que haríamos una peregrinación a nuestra Señora de la Guía; y enfrentándonos a la tormenta, dimos con una isla alta, aunque antes de llegar allí nos fatigamos muchísimo por las ráfagas que venían de sus montes y por las grandes corrientes de agua.
Los hombres de esta isla son selváticos y bestiales; comen carne humana y no tienen rey…
Allí tardamos quince días restaurando los costados de nuestra nave. En esta isla se encuentran gallinas, cabras, cocos, cera (por una libra de hierro viejo nos dieron quince de cera) y pimientos largos y redondos…
Aquí tomamos a un hombre para que nos condujera hacia alguna isla que tuviera provisiones. Esta isla está a ocho grados y medio de latitud del Polo Antártico, y ciento sesenta y nueve y dos tercios de longitud de la línea divisoria (12). Se llama Malua.
El sábado veinticinco de enero de 1522 partimos de la isla de Malua, y el domingo 26 llegamos a una gran isla, a cinco leguas de distancia de la otra, entre mediodía y garbino. Yo solo fui a tierra a hablar con el jefe de una ciudad llamada Amaban para que nos diera provisiones. Me dijo que me daría búfalos, cerdos y cabras, pero no pudimos ponernos de acuerdo porque pedía demasiadas cosas por un búfalo. Nosotros, teniendo pocas cosas y atormentados por el hambre, retuvimos en el barco a un jefe de otra ciudad con su hijo. La ciudad se llamaba Balibo, y por miedo a que lo matáramos, nos dieron de inmediato seis búfalos, cinco cabras y dos cerdos, y para completar el número de diez puercos y diez cabras, nos dio un búfalo, porque así lo habíamos exigido. Luego lo regresamos a tierra contentísimo, porque llevaba tela, paños indios se seda y algodón, hachas, navajas indias, tijeras, espejos y cuchillos.
Después de haber navegado, costeando muchas otras islas, entre las cuales la grandísima Java, la nave Victoria se dirigió hacia el oeste, en dirección al Cabo de Buena Esperanza.
El martes once de febrero de 1522, en la noche, siendo ya casi miércoles, partiendo de la isla de Timor, nos metimos en el océano, llamado Lant Chidot, y emprendiendo nuestro camino entre poniente y garbino, dejamos a mano derecha, hacia la tramontana, por miedo del Rey de Portugal, la isla Zamatra, antaño llamada Trapobana, Pegú, Bengala, Uriza, Chelin, en la cual están los Malabares, bajo el rey de Narsingha; Calicut bajo el mismo rey; Cambaia, en la cual están Guzerati, Cananor, Goa, Ormus y toda la otra costa de la India mayor…
Y para pasar el Cabo de Buena Esperanza tuvimos que estar allí nueve semanas con las velas amainadas a causa del viento occidental y mistral en la proa, con tempestades terribles. Este cabo está a treinta y cuatro grados y medio de latitud y a mil seiscientas leguas de distancia del cabo de Malacca, el cual es el más grande y peligroso cabo que haya en el mundo.
Finalmente, con la ayuda de Dios, el seis de mayo pasamos este cabo, manteniéndonos a cinco leguas de él…
Luego, navegamos al mistral por dos meses seguidos sin obtener nada de provisiones. En este corto período murieron veintiún hombres. Cuando los arrojábamos al mar, los Cristianos se iban al fondo con el rostro hacia arriba, mientras que los Indios lo hacían con el rostro hacia abajo. Y si Dios no nos concedía buen clima, íbamos a morir todos de hambre. Finalmente, puesto que estábamos muy necesitados, nos dirigimos a las islas de Cabo Verde.


La travesía del Océano Indico fue bastante difícil porque los marineros tenían que enfrentarse de nuevo al hambre y a las enfermedades. Veinte de ellos murieron antes de doblar el cabo de Buena Esperanza el 6 de mayo de 1522; otros trece fueron dejados como rehenes en las islas de Cabo Verde por el comandante Elcano, para salvar la carga de veintiséis toneladas de especies. Solo dieciocho sobrevivientes, de los doscientos treinta y cuatro iniciales, lograron llegar a España el 6 de septiembre de 1522; tres años y veintisiete días después de la partida.Entre ellos había dos italianos: el marinero de Savona Martín de Judicibus y Antonio Pigafetta. A continuación, la llegada a España y el sucesivo viaje a Italia, narrado por Pigafetta.

El sábado seis de septiembre de 1522 entramos en la bahía de Sanlúcar…
Desde que abandonamos esta bahía hasta el día presente, habíamos recorrido más de catorce mil cuatrocientas leguas, le habíamos dado la vuelta al mundo, del levante al poniente. El lunes ocho de septiembre, anclamos junto al muelle de Sevilla y descargamos toda la artillería. El martes, todos nosotros, en camisa y descalzos, fuimos con antorcha en mano a visitar el lugar de Santa María de la Victoria y de Santa María de la Antigua.
Al irme de Sevilla, fui a Valladolid, donde presenté a la sagrada majestad de don Carlos no oro ni plata, sino cosas que un señor como él debe apreciar mucho. Entre otras cosas le di un libro, escrito por mi mano, de todas las cosas ocurridas en cada día de nuestro viaje. Me fui de allá lo mejor que pude; fui a Portugal y le hablé al rey don Giovanni sobre las cosas que había visto. Pasando por España vine a Francia y di algunas cosas del otro hemisferio a la madre del cristianísimo don Francisco, Señora la regente. Luego regresé a Italia, donde le entregué para siempre al ínclito e ilustrísimo Señor Felipe de Villers Lesleadam, gran maestro de Rodas dignísimo, mi persona y estas pocas fatigas mías.


Visto desde un punto de vista económico, este viaje fue un desastre total. En cambio desde el geográfico y astronómico fue de enorme importancia. Gracias a Pigafetta, fue posible conocer los usos y costumbres de los pueblos descubiertos y la geografía de los lugares explorados y se avistaron nuevos grupos de estrellas que se catalogaron por primera vez, y se nombraron Nubes de Magallanes.
Además, con la primera circunnavegación de la tierra, se conocieron los efectos del cambio de hora y de fecha. El calendario a bordo, de hecho, al llegar a las islas de Cabo Verde señalaba miércoles 4 de julio, diferente del de las islas que señalaba en cambio jueves 10 de julio. Y fue justo después de este hecho curioso que se cayó en cuenta de la necesidad de dividir la circunferencia terrestre en zonas de hora y se comenzó a pensar en una línea de cambio de fecha que fue adoptada oficialmente en los años sucesivos.
En 1525, el rey emperador Carlos V decidió enviar otra expedición a las islas Molucas con la intención de conquistarlas definitivamente. La empresa, dirigida por García Jofre de Loaísa, sufrió terribles desastres, y los pocos sobrevivientes, no apenas llegaron a las Islas de las Especias, fueron atacados y derrotados por soldados portugueses. Después, el dominio de las islas Molucas le fue otorgado a Portugal, mientras que España gobernó por mucho tiempo las islas Filipinas.

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

Glosario:
1- Legua = aproximadamente 5 kilómetros
2- Verzin = Brasil
3- Cafres = de piel negra
4- Gentiles = animistas, paganos
5- Prao = Piragua
6- Moro = Islámico
7- Girofle – clavos de olor
8- Isla de Giailolo: Isla de Halmahera (Indonesia oriental)
9- Darién = tierras al sur del istmo de Panamá (actualmente colombianas)
10-Diucatán = Yucatán
11-Garbino = Suroeste
12-Línea divisoria = según los mapas diseñados en base en la información extraída de la Geografía de Tolomeo, la longitud (de sólo 180 grados de amplitud) se calculaba a partir de las islas Canarias.
13-Bambaso = algodón 

martes, 5 de noviembre de 2013

La Masonería como concausa de la Revolución francesa



Mientras la revolución americana, que condujo luego a la fundación de los Estados Unidos de América, fue, sin sombra de duda, liderada por personas pertenecientes a la Masonería, entre las cuales estaba el primer presidente, George Washington, para la revolución francesa no es tan sencillo adivinar un nexo certero entre las logias masónicas (por lo demás frecuentes en Francia del siglo XVIII) y el fin de la monarquía absoluta.
Además, mientras en América la monarquía británica era vista como un poder oprimente y lejano, y por tanto la mayoría de los americanos era favorable a la autodeterminación, en Francia la monarquía tenía raíces seculares, y eran muchos quienes, si bien querían disminuir el descontento social de las clases bajas, eran favorables a un rol constitucional del rey.
La revolución se desarrolló luego de algunos cambios trascendentales.
Ya a partir de la mitad del siglo XVIII, la influencia de la Ilustración había puesto al hombre en el centro del mundo y había puesto en duda el oscuro concepto de “derecho divino” que estaba en la base del poder monárquico.
La idea de que un hombre fuese puesto en la cima de un Estado de por vida y que pudiese gozar indefinidamente de un poder absoluto y de enormes privilegios y beneficios en menoscabo de masas enormes de personas comenzaba a ser considerada errada.
En Francia del siglo XVIII, la mayoría de la población, el llamado “tercer estado”, estaba furiosa también contra el clero, que tenía inmensos privilegios.
Prácticamente la nobleza y el clero estaban exentos de impuestos por ley, mientras que los súbditos cargaban con tributos pesadísimos.
De otra parte, al interior del “tercer estado” se había creado una masa de burgueses que había asumido mayor poder económico en el curso de los años, pero viendo su capital carcomido por impuestos opresivos, pedían con todas sus fuerzas un cambio que pudiese darles un respiro.
El terreno para un cambio trascendental era fértil, lo cual llevaría en pocos años al fin de la monarquía absoluta y a la proclamación, aunque tras varias vicisitudes y problemas, de la república.
¿Quién fue el inspirador de este cambio de época tan importante en la historia de la cultura occidental?
Hay autores que señalaron a algunos grupos pertenecientes a la Masonería como los inspiradores y propugnadores de este evento histórico, uno de los más importantes en el ámbito socio-político de Europa.
Hay que recordar que en Francia existían, antes de 1789, más de 600 logias, y el número de masones alcanzaba casi los 80.000.
Algunos inspiradores del sentimiento revolucionario como Montesquieu, Marat, Voltaire, Rousseau, Danton, D’Alambert, Condorcet y Robespierre, habrían sido masones. El lema masónico “libertad, fraternidad, igualdad” fue incluido en el proyecto revolucionario y, además, el creador del himno de la revolución, La Marsellesa, fue un masón: se llamaba Leconte de L’Isle.
El primer autor que señaló en la Masonería la causa del cambio trascendental que estaba por venir fue François-Henri de Virieu.
En 1786, Ernst August von Göchhausen, en su libro “Revelaciones sobre el sistema político mundial”, descubrió en una conspiración masónica la concausa de una revolución que habría desencadenado trastornos mundiales.
En 1790, Antoine Estève Baissie y, en 1791, Jacques-François Lefranc denunciaron los efectos de una conspiración masónica tendiente a volcar el equilibrio del poder preconstituido.
En 1797, el sacerdote jesuita Augustin Barruel y el estudioso escocés John Robinson plantearon la tesis de que más allá de la situación desastrosa en la cual estaban sometidas las masas de campesinos y pequeños artesanos, continuamente maltratados por tasas injustas que servían sólo para el mantenimiento del rey, de la nobleza y del alto clero, hubo justamente una preparación metódica del proceso revolucionario que habría encendido la llama de la libertad en las mentes de los súbditos.
También en el siglo XIX fueron muchos los autores que indicaron la Masonería como el proceso que impulsó y guió a la revolución.
Por ejemplo, Lorezno Hervás y Panduro quien, en 1807, en su libro “Causas de la revolución francesa”, señaló a la Masonería y al calvinismo como las fuerzas que contrastaron la monarquía absoluta y el clero. En los años sucesivos a la revolución, en efecto, el clero perdió muchísimo de su poder. Le confiscaron las propiedades de tierras y le revocaron los privilegios.
También el masón Albert Pike, en 1872, en su libro “Moral y dogmas del antiguo rito escocés de la Masonería”, sostuvo que la revolución francesa fue causada en parte por los ideales de libertad, fraternidad e igualdad de la logia de Francia.
Uno de los documentos fundamentales que se aprobaron durante la revolución francesa fue la “Declaración de derechos del hombre y del ciudadano” (1789), con la cual se definieron los derechos personales y colectivos de los seres humanos.
Importante subrayar que la “Declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano” fue traducida al español por primera vez por Antonio Nariño en 1793 en Bogotá. Este acontecimiento es relevante porque haría surgir en el espíritu de los suramericanos aquel sentimiento de rebelión que luego terminaría por despertar las primeras chispas de la revolución latinoamericana contra la monarquía española.
En una representación simbólica de la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” (foto principal), se ilustra al ojo omnisciente, uno de los símbolos de la Masonería, encima de la estela donde están incisos los artículos.

YURI LEVERATTO
Copyright 2013

jueves, 24 de octubre de 2013

Los orígenes del capitalismo inglés



A mediados del siglo XVI, el reino de España se extendía sobre gran parte de las tierras del Nuevo Mundo.
El rey emperador Carlos V era el soberano indiscutible de inmensos territorios, casi completamente desconocidos. Salvo la región que le correspondía a Portugal, que en aquel tiempo se limitaba a la parte de Brasil que se encuentra al este del meridiano de 46 grados, todo Suramérica y, teóricamente, también todo Norteamérica, estaban bajo el dominio de Castilla.
Sin embargo, la economía del reino de España estaba basada en la explotación total de las minas y plantaciones, y no en la producción de bienes y servicios con un mayor valor agregado.
En 1550, cuando se empezó a explotar la gran mina de plata de Potosí, en la actual Bolivia, un enorme flujo de plata fue enviado a España.
Del Nuevo Mundo se importaban otros metales preciosos, como el oro, y los productos de las plantaciones: café, cacao, azúcar, algodón y tabaco.
En aquel período, los ingleses no dominaban aún la economía global, porque sobre todo los portugueses (pocos años después también los holandeses) controlaban las rutas marítimas del hemisferio oriental.
La plata era el principal medio de intercambio del planeta, y asumía un valor distinto según el área del mundo, dependiendo de su escasez.
En América tenía poco valor, ya que había en grandes cantidades; en Europa valía más, mientras que en Oriente alcanzaba niveles máximos, puesto que escaseaba.
Los portugueses, que dominaban las rutas marítimas que conducían a la India y a la actual Indonesia, podían sacar provecho de esta situación, dado que, con relativamente poca cantidad de plata, podían obtener gran abundancia de especias, que revendían luego en Europa, lucrándose considerablemente.
No obstante, el comercio trilateral era lo que producía más: en África, a cambio de armas, bebidas alcohólicas y cachivaches, se obtenía oro y marfil.
Los portugueses intercambiaban oro por plata, con la que adquirían especias en Asia, las cuales a su vez eran revendidas en Europa para comprar alcohol y armas.
A fines del siglo XVI, hubo un cambio económico muy importante en el comercio entre Europa y África, puesto que, al aumentar el precio del oro, los gobernantes africanos se dieron cuenta de que había otro tipo de “mercancía” que podía interesar a los europeos: los seres humanos, para ser vendidos como esclavos.
En efecto, en América los españoles necesitaban mano de obra para las minas, pero, más que nada, para trabajar en los campos.
La mentalidad española de aquella época veía el trabajo como algo degradante y tampoco la transformación de las materias primas en productos terminados (ejemplo: la caña de azúcar en ron) era algo que los conquistadores ibéricos se interesaran en hacer, pues preferían llevar una vida de comodidad y de placeres, limitándose a exportar las materias primas.
Hay que decir que eran los gobernantes africanos, y no los mercaderes europeos de esclavos, quienes efectuaban directamente los saqueos.
Es verdad que el comercio de esclavos inició desde 1501, pero fue a partir del mercader inglés John Hawkins que asumió dimensiones relevantes.
En su primer viaje, en 1555, se dirigió a las costas de la actual Sierra Leona, donde capturó 300 africanos aproximadamente, a los que revendió luego con enorme provecho en Santo Domingo. El inglés sostenía que sacando a los negros de sus tierras los salvaba de los sacrificios paganos y les daba la posibilidad de acogerse a la fe cristiana.
En 1564, este despreciable comercio, patrocinado por la Corona inglesa, creció.
Hawkins alquiló el gran galeón de 700 toneladas llamado Jesus of Lübeck, el cual utilizó con otras tres carabelas en su segundo viaje a África. Esta vez los navíos negreros se atiborraron hasta más no poder de “mercancía humana”.
Las condiciones de los prisioneros durante la larga travesía eran horribles. Muchos de ellos morían antes de llegar a América, mientras que otros se suicidaban.
John Hawkins hizo escala en Borburata, Venezuela, y en Riohacha, en la península de La Guajira, en la actual Colombia, donde vendió su carga humana. Los gobernadores españoles intentaron impedir el tráfico del inglés (ya que querían que fuera gestionado por sus hombres) exigiendo impuestos, pero Hawkins amenazó con quemar los puertos de Suramérica. A continuación viajó a la Florida y regresó a Inglaterra en 1566.
En 1567, Hawkins, en compañía del pirata Drake, organizó el tercer viaje a África. Esta vez, sin embargo, estando en el Mar Caribe y disponiéndose a vender su carga humana, la flota inglesa fue atacada por fuerzas españolas superiores, en la batalla de San Juan de Ulúa (1568).
La trata de negros africanos, que se llevaba a cabo en régimen de piratería, sin acuerdos entre los gobiernos de Inglaterra y de España, fue tolerada por la reina Isabel I, quien necesitaba fondos.
A fines del siglo XVI, los ingleses ya dominaban el comercio trilateral entre Europa, África y América. En África vendían alcohol y armas, y obtenían los esclavos que intercambiaban por café, tabaco, azúcar de caña, algodón y cacao en Suramérica y en México.
Ya a principios del siglo XVII, en Inglaterra, estas materias primas se usaban para producir cigarrillos, ron, ropa, etc. Por consiguiente, los ingleses eran capaces de crear valor agregado y de lucrarse con el comercio, volviendo a invertir el capital inmediatamente para obtener más esclavos y más materias primas.
La mayoría de la plata y del oro de las minas americanas era, en cambio, enviada a España y servía para cubrir los inmensos costos de las guerras sostenidas por sus soberanos (primero Carlos V y luego Felipe II).
Por lo general, eran los banqueros genoveses quienes le anticipaban a la Corona española el oro que necesitaba para el pago de las tropas, a cambio de las garantías que ésta les ofrecía en cargas de plata provenientes del Nuevo Mundo.
En lo que respecta al dominio de los mares, una fecha clave fue 1588, cuando la Armada Invencible española fue derrotada. No obstante, Inglaterra no podía contar todavía con territorios propios para explotar como hacía, sobre todo, España, que se repuso rápidamente de aquella amarga pérdida.
Hubo varios intentos de colonización inglesa en el Nuevo Mundo, pero los resultados no fueron los esperados.
En 1584, el aventurero inglés Walter Raleigh fundó la colonia de Roanoke, en Virginia, pero el asentamiento fue abandonado muy pronto.
También su tentativa de ocupar tierras venezolanas en 1617, cuando sembró el terror saqueando las orillas del Orinoco en busca de El Dorado, terminó en un fracaso total.
Algunos historiadores describen a este controversial personaje como poeta, historiador, inventor y fundador del imperio inglés, mientras que otros lo pintan sólo como un vil asesino y pirata sin escrúpulos.
Entretanto, sin embargo, el poder de los ingleses estaba creciendo a nivel mundial. Si no disponían todavía de un territorio en ultramar, al menos eran cada vez más capaces de gestionar un lucroso tráfico comercial que les permitía acumular inmensas ganancias, las cuales volvían a invertir de inmediato.
En 1600, todavía en el reino de Isabel I, se fundó en Londres la Compañía Británica de las Indias Orientales, entidad privada que tuvo el monopolio del tráfico con el subcontinente indio hasta la fecha de su disolución, en 1858.
Inicialmente, los ingleses fundaron una de sus bases comerciales en las cercanías de Surat en 1608. Luego, se construyó otra fortaleza comercial en Machilipatnam, cerca de Bengala.
Los holandeses y, sobre todo, los portugueses, que dominaban las rutas de Asia suroriental desde hacía un siglo, no vieron con buenos ojos estas bases comerciales de los ingleses, pero la victoria en la batalla naval de Swally (1612) permitió a los británicos imponer su propio dominio en algunos puertos asiáticos, pudiendo contar con el apoyo de los gobernantes locales.
En 1615, el soberano inglés Jacobo I le encargó al compatriota y aventurero Thomas Roe, quien cuatro años antes se había destacado en una misteriosa expedición en el Río Amazonas y había remontado el Río Negro en busca de la legendaria ciudad de oro Manoa, negociar directamente con el emperador Moghul Jahanjir (quien regía gran parte de la India y del actual Pakistán), con el fin de obtener el monopolio del comercio con la India para los decenios futuros.
Thomas Roe regresó a la patria con un contrato particularmente favorable para la Compañía Británica de las Indias Orientales, que le permitía no sólo continuar comerciando en India, sino que además le otorgaba el monopolio del tráfico futuro en los puertos donde se había establecido.
Se crearon ulteriores fábricas para la transformación de varias materias primas: seda, algodón, té, colorante índigo.
Se establecieron bases en Madrás (1639), Bombay (1668) y Calcuta (1690). Ya en 1647, la Compañía podía contar con 23 fortalezas en el subcontinente indio donde trabajaban cientos de personas.
Mientras tanto, durante el siglo XVII, los ingleses habían adquirido finalmente varios territorios en el Nuevo Mundo. Primero se establecieron bases en las islas caribeñas de Santa Lucía (1605), Granada (1609), San Kitts (1624), Barbados (1627) y Nevis (1628). Estas islas eran útiles sobre todo para el cultivo de la caña de azúcar, que servía para producir ron. También Jamaica fue colonizada, en 1655, mientras que las Bermudas lo fueron en 1666.
De 1634 a 1663 hubo varias olas migratorias inglesas a los territorios de la actual costa oriental de los Estados Unidos, muchas de las cuales se dieron a causa de persecuciones religiosas.
Cuando, en 1664, las naves inglesas ocuparon las propiedades holandesas de Nueva Holanda y la ciudad de New Amsterdam (llamada luego New York), las colonias inglesas en Norteamérica se extendían desde Terranova (que pertenece actualmente a Canadá) hasta Georgia, el confín de la Florida, que permanecía siendo formalmente española.
En la segunda mitad del siglo XVII, el imperio inglés era ya una potencia mundial: mientras que en Oriente, China se había cerrado en sí misma y era incapaz de desenvolverse como actor del comercio global, y en Europa y América, España y Portugal demostraban su debilidad económica, tanto porque no eran capaces de crear valor agregado, transformando las materias primas en bienes listos para venderse, como porque no controlaban el comercio ni el tráfico marítimo, Inglaterra dominaba ya los mares del planeta y el comercio con numerosos países (entre los cuales, India), además de poseer varias colonias en el Nuevo Mundo.
Uno de los personajes claves del capitalismo inglés, que dio un ulterior impulso al creciente peso económico mundial del imperio británico fue el comerciante William Paterson (1658-1719). Muy joven había viajado al Nuevo Mundo y se había dado cuenta de que el istmo de Panamá era importantísimo para el tráfico marítimo mundial. Fue el primero en concebir la realización de un canal, 210 años antes de su construcción. Particularmente, estaba interesado en la zona del Darién (perteneciente hoy a Colombia), y tuvo la idea de construir un canal en la región del Río Atrato. Era un visionario, precursor de una grandiosa obra, que fue llevada a cabo sólo dos siglos después, más al norte, en el istmo de Panamá.
Cuando regresó a Inglaterra, intentó persuadir al rey Jacobo II de emprender la conquista del Darién, pero su propuesta fue rechazada. No obstante, ya era un hombre riquísimo, que había construido su fortuna estableciendo un lucroso comercio entre las islas caribeñas y la madre patria.
En 1694, Patterson fundó el Banco de Inglaterra, institución que tuvo una esencial importancia en la expansión y en la consolidación global del poder económico inglés.
Patterson puso como garantía para su banco un total de 750.000 libras esterlinas en oro, y, al mismo tiempo, obtuvo del soberano la autorización para poder estampar papel moneda por un valor correspondiente. Prácticamente, Patterson dobló de un solo golpe el capital del nuevo banco y emitió un préstamo al Estado por un valor total de 1,2 millones de libras esterlinas.
El Banco de Inglaterra, que recibía un interés del ocho por ciento del Estado, prestaba también dinero a particulares, convirtiéndose, de esta manera, en el primer banco privado “estatal” del mundo, cuyo papel moneda estaba garantizado por el Estado.
En los años siguientes, además de patrocinar la fundación del Banco de Escocia, Patterson logró convencer al gobierno escocés de emprender una expedición para conquistar el Darién.
La empresa falló trágicamente, ya que, además de no poder llevar a cabo su sueño de conectar los dos océanos, perdió a su mujer y a su hijo a causa de una enfermedad tropical.
Es curioso notar que el hombre que erigió la institución más poderosa del imperio, que aún existe después de 316 años, fracasó en una empresa sin posibilidad de éxito en las costas tropicales colombianas.
A principios del siglo XVIII, el capitalismo inglés se había globalizado.
Con la creación del Banco de Inglaterra, institución privada con autorización del soberano tanto para acuñar moneda en cantidades superiores a las reservas áureas atesoradas, como para prestarla a particulares y a Estados extranjeros, puso en marcha un mecanismo que consolidó ulteriormente el dominio de Inglaterra en el planeta.
Los dueños del Banco de Inglaterra, además de influenciar los acontecimientos políticos, militares y comerciales de los siglos sucesivos, fueron capaces de estimular el desarrollo de unas naciones más que de otras, incentivando su expansión económica con préstamos específicos, volviéndolas, de esta manera, débiles y dependientes.
Fue un cambio crucial: la soberanía de la moneda había pasado del Estado a los particulares, que de entonces en adelante tenían el poder no sólo de emitir papel moneda, sino también de prestarlo a los diferentes sujetos económicos.
En los siglos siguientes, el capitalismo inglés adquirió cada vez más importancia, y también los territorios del imperio crecieron en desmesura.
En 1920, 226 años después de la fundación del Banco de Inglaterra, el imperio se extendía sobre unos 36 millones de kilómetros cuadrados donde vivían aproximadamente 500 millones de personas, más de un cuarto de la población mundial de ese entonces.
Fue el más grande imperio de todos los tiempos: el mongol de Gengis Kan no alcanzaba los 35 millones de kilómetros cuadrados y su economía no era comparable ni siquiera lejanamente con la inglesa.
En la actualidad, si bien Gran Bretaña conserva todavía muchas propiedades en ultramar, su poder ya no se basa en la extensión territorial, sino en la fuerza financiera. En efecto, el Banco de Inglaterra es todavía el encargado de acuñar la libra esterlina y, extrañamente, obtiene también un porcentaje de ganancia en la emisión del euro, que el Reino Unido no ha adoptado.

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Historia de la colonización de la Amazonia


El primer europeo que navegó cerca al estuario del Río Amazonas fue el florentino Américo Vespucci. En 1499, el navegante toscano, quien se había separado de los barcos liderados por Alonso de Ojeda en del Río Damerara, en Guayana, se dirigió hacia el sur y exploró la actual costa brasileña hasta el Cabo de San Agustín. Vespucci escribió, en sus cartas al florentino Lorenzo di Pier Francesco de Medici, que dos ríos enormes desaguan en el océano (las dos bocas principales del Río Amazonas). Describió además los indígenas que allí habitaban. Vespucci fue entonces el primer narrador de la geografía, de las etnias y de la fauna amazónica. Según él, los indígenas eran muy numerosos y vivían en armonía y en paz con la naturaleza. A continuación se adjunta un fragmento de una de sus cartas:

Creo que estos dos ríos son la causa del agua dulce en el mar. Acordamos entrar en uno de estos grandes ríos y navegar a través de él hasta encontrar la ocasión de visitar aquellas tierras y sus poblados; preparados nuestros barcos y las provisiones para cuatro días, con veinte hombres bien armados nos adentramos en el río y navegamos a fuerza de remos durante dos días recorriendo la corriente por aproximadamente dieciocho leguas, avistando muchas tierras. Navegando así por el río, vimos signos muy evidentes de que el interior de aquellas tierras estaba habitado. Entonces decidimos volver a las carabelas que habíamos dejado en un lugar inseguro y así procedimos.

La sucesiva expedición para explorar las costas brasileras y el estuario del Río Amazonas fue dirigida por el español Vicente Yánez Pinzón, que había sido el comandante de la Niña en el viaje de Colón en 1492. Partió de Palos el 19 de noviembre de 1499 al mando de cuatro pequeñas carabelas. El 26 de enero de 1500, mientras que la flota navegaba a doscientos kilómetros de la costra brasilera, se dio cuenta de que estaba rodeado de agua dulce. Pensó que debía ser un enorme curso de agua que entraba prepotentemente en el océano. Reconoció el estuario pocos días después y bautizó a aquel río Santa María de la Mar Dulce. El viaje de Pinzón fue relatado por el historiador milanés Pedro Mártir de Anglería, en su obra en latín, Décadas de orbe novo. He aquí un fragmento:

Descubrieron que de grandes montañas fluía con enorme ímpetu un inmenso río de corriente muy fuerte. Dijeron que dentro de aquel piélago hay numerosas islas selváticas, pero riquísimas y con numerosas poblaciones. Contaron que los indígenas de estas regiones son pacíficos y sociales, pero poco útiles para nuestros propósitos, tanto que no obtuvieron de ellos ninguna ganancia suficiente, como oro o piedras preciosas. Para compensar la falta de ganancias, los españoles se llevaron consigo treinta esclavos indígenas. Los indígenas llaman a esta región Mariatambal, mientras que aquella situada al Oriente del río se llama Camamoro y a aquella situada al Occidente se le dice Paricora. Los indígenas indicaron que en las regiones internas del río se encontraban grandes cantidades de oro.

Después de aproximadamente un mes, otro español, Diego de Lepe, se adentró en el estuario por sesenta leguas. Tuvo contacto con numerosos indígenas y fue el primero en llamar Marañón al gran río, probablemente utilizando un nombre indígena.
En 1500, un gran cartógrafo y piloto, el cantábrico Juan de la Cosa, diseñó el primer mapa del Nuevo Mundo. En él se nota la enorme masa del continente americano y el estuario del Río Amazonas, tal como fue descrito por los primeros navegantes.
El portugués Cabral tomó posesión oficial de Brasil en 1500, pero su colonización inició sólo en 1532, cuando Martin Alonso da Souza fundó la ciudad de San Vicente y construyó algunos puestos militares en las cercanías de las actuales ciudades de Salvador y Río de Janeiro.
En 1494, el tratado de Tordesillas había dividido el mundo en dos esferas de dominio, una española y otra portuguesa. Una línea imaginaria dividía al Nuevo Mundo en dos partes: las tierras al occidente de esa línea (situada a 370 leguas al occidente de las islas de Cabo Verde) eran de posesión española, mientras que las tierras al oriente de la misma eran de posesión portuguesa (Brasil).
Teóricamente, el estuario del Río Amazonas, así como toda su enorme cuenca, cayeron bajo la influencia española. Sin embargo, los españoles, durante los primeros treinta años del siglo XVI, no estuvieron interesados en aquel vasto territorio, por varios motivos.
Antes que nada, porque se trataba de una tierra incógnita, aparentemente sin riquezas, pero principalmente porque estaban obsesionados por encontrar un camino que les permitiera llegar hasta las “Islas de las Especias”, situadas en Asia, para poder contrastar, de este modo, con el predominio portugués.
El proceso de exploración que llevó a los españoles a arribar hasta las Molucas, islas rebosantes en especias, se concluyó en 1521, cuando Magallanes, después de haber encontrado el camino, situado al sur del continente, que permitía llegar hasta el “Mar del Sur” (Océano Pacifico), llegó, después de otros meses de navegación, a las famosas islas.
Mientras tanto, los españoles habían consolidado su dominio en el istmo de Panamá y se apuraban en conquistar el fabuloso reino de “Birú”, donde se decía que había enormes riquezas. En aquella época, los conocimientos geográficos del Nuevo Continente eran aún muy aproximativos. A partir de 1530, luego de la expedición del español Diego de Ordaz, quien recorrió el río Orinoco y transmitió noticias de enormes tesoros escondidos en la selva impenetrable, comenzaron a difundirse varias leyendas, como la de una ciudad de oro ocultada en la jungla.
En aquellos años, Francisco Pizarro estaba conquistando Perú y gran parte de sus tropas estaba ocupada en los enfrentamientos con los indígenas Incas y con el ejército de Diego de Almagro, su rival. En los años siguientes a la conquista del Perú, la leyenda de colosales tesoros fue ulteriormente revivida cuando el español Sebastián de Belalcázar, en marcha hacia el norte del Perú, se encontró con un nativo, que le contó que uno de los caciques de una tierra situada más al norte, solía sumergirse en un lago con el cuerpo cubierto de polvo de oro, lanzando varias joyas de oro al espejo de agua, para complacer a la Divinidad. El territorio del que hablaba aquel indígena era una meseta situada en el centro del actual territorio colombiano, tierra de los Muiscas, que fue conquistada por el español Gonzalo Jiménez de Quesada en 1537. La laguna, llamada Guatavita, fue explorada a fondo pero, aparte de algunos pedazos de oro, no se localizó ninguna ciudad escondida.
Sin embargo, la leyenda de El Dorado estaría viva desde entonces, e impulsó a otros aventureros a buscar más allá del altiplano de los Muiscas, explorando los valles de los ríos Caquetá y Putumayo, afluentes del Río Amazonas.
En aquellos años, Carlos V, para desadeudarse con los banqueros alemanes Wesler, de los cuales había recibido préstamos, les había concedido aprovechar económicamente el interior de Venezuela. Los primeros mercenarios teutónicos que se adentraron en la actual Amazonía colombiana fueron Jorge Espira y Felipe de Utre.
Los alemanes exploraron vastos territorios correspondientes a los actuales departamentos colombianos de Meta, Guaviare y Caquetá, pero se vieron obligados a devolverse hacia el norte puesto que varios ataques de los indígenas les obstruían el paso hacia las profundidades de la selva.
El primer aventurero que se adentró en la cuenca del río Madre de Dios, uno de los afluentes del Beni, en la cuenca del Madeira, fue Pedro de Candia, lugarteniente de Francisco Pizarro. Estaba en búsqueda de la legendaria ciudad de Paititi, lugar mítico donde los Incas habrían acumulado sus tesoros después de la conquista española del Perú.
Después de los testimonios de algunas de sus concubinas indígenas, quienes le describieron una provincia opulenta llamada Ambaya, se convenció de que era posible encontrar inmensos tesoros. Partió a principios del 1538 del pueblo de Paucartambo, al mando de aproximadamente 600 hombres.
Avanzaron a través de la selva por unas 30 leguas hacia el oriente hasta un pueblo llamado Abiseo, donde fueron atacados por feroces nativos y donde sufrieron muchísimas pérdidas. De este modo, decidieron retirarse y regresar al Cusco.
En 1541, a una distancia de 49 años de la primera expedición de Cristóbal Colón, la cuenca amazónica era aún un territorio virgen e inexplorado, si se excluyen las expediciones hasta ahora mencionadas, las cuales, no obstante, no dejaron noticias geográficas claras, sino sólo confusas descripciones de reinos riquísimos y de indígenas belicosos que practicaban el canibalismo.
En ese momento, el hermano de Francisco Pizarro, Gonzalo, recién nombrado gobernador de Quito, decidió emprender una expedición hacia el oriente, en busca del país de la canela y de El Dorado. El extremeño Francisco de Orellana se unió al viaje.
Prontamente se separaron en dos grupos, puesto que Gonzalo Pizarro regresó a Quito, mientras que Francisco de Orellana continuó, con sus hombres, la exploración de la cuenca fluvial, navegando en embarcaciones rústicas construidas por él mismo.
Fue la primera exploración del gran río que fue bautizado “Río Amazonas”, después de haber visto una tribu de mujeres guerreras, como las Amazonas de la mitología griega. El capellán de la expedición, Gaspar de Carvajal, dejó una preciosa crónica de la exploración, que fue transmitida por el historiador español Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés en su Historia General de las Indias.
Carvajal describió numerosos pueblos indígenas y recurrentes aldeas con extensos campos cultivados, como si en la Amazonía hubieran vivido muchos cientos de miles de personas, antes de la llegada de los europeos.
Francisco de Orellana logró llegar al océano, llevando a cabo el más grande viaje de exploración fluvial de todos los tiempos.
Dándose cuenta de la importancia de su descubrimiento, viajó rápidamente a la corte del rey Carlos V, pidiendo permiso para poder regresar a la Amazonía con una verdadera flota para poder fundar ciudades e iniciar la conquista y colonización de aquellas tierras.
No obstante, en su segunda expedición, no tuvo fortuna y murió víctima de una enfermedad. Los sobrevivientes abandonaron la Amazonía, que en los años siguientes volvió a ser un territorio inexplorado y sin conquistar, aunque estaba, teóricamente, bajo la influencia española.
La siguiente exploración de europeos en la Amazonía tuvo lugar en 1560, cuando Pedro de Ursúa emprendió una expedición desde la cuenca del Río Huallaga en busca de El Dorado. La exploración se transformó rápidamente en un íncubo, cuando uno de sus hombres, el feroz Lope de Aguirre, tomó el mando de la expedición luego de haber asesinado a su comandante.
Lope de Aguirre, quien él mismo se nombró “rey de la Amazonía”, continuó su loca marcha en búsqueda del riquísimo reino perdido en la selva, y fue después juzgado en Venezuela, por haber intentado convencer a sus hombres del propósito de independizar el Perú de España.
Después de su captura y ejecución, efectuada en 1561, la Corona española prohibió otros viajes más allá de los Andes, probablemente para no difundir falsos mitos entre la gente y para no incentivar la despoblación del Perú, el cual, a fines del siglo XVI, comenzaba a proporcionar plata y otros minerales.
De cualquier modo, en 1561, el español Nuflo de Chávez fundó, en las cercanías del Mamoré, el pueblo de Santa Cruz de la Sierra, en la actual Bolivia. De este lugar, situado en la cuenca amazónica pero a una altura de cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, partieron en los años siguientes importantes misiones de jesuitas, que exploraron el alto curso del Madeira, uno de los más grandes afluentes del Río Amazonas.
En efecto, a partir de 1570, la Corona española autorizó un lento pero constante flujo de jesuitas en los territorios del Virreinato del Perú. La meta principal del envío de jesuitas era la de evangelizar a los nativos y la de transmitir informaciones importantes al gobierno español.
Mientras tanto la exploración de la Amazonía seguía.
En 1566, el español Juan Álvarez Maldonado recorrió el curso del Río Madre de Dios en búsqueda de Paititi. El viaje fue un fracaso, pero Maldonado contribuyó, con sus exploraciones, al conocimiento de esa parte de la selva amazónica considerada inaccesible hasta entonces.
Mientras tanto, a fines del siglo XVI, las crónicas de los aventureros habían aumentado considerablemente los conocimientos geográficos del continente suramericano.
Algunos de ellos, después de haber escuchado lo que algunos nativos habían descrito sobre una ciudad de oro situada en las cercanías de un gran lago, se dirigieron a la zona del norte de la Amazonía, correspondiente al actual estado brasilero de Roraima. La fantástica ciudad, llamada Manoa, habría sido construida en las cercanías del lago denominado Parime. Antonio de Berrío fue el primer explorador que buscó a Manoa, a partir de 1583, pero sin éxito. Después, fue el turno del inglés Walter Raleigh y de algunos de sus lugartenientes, quienes llegaron hasta la actual frontera de Venezuela y Brasil, donde grupos de hostiles nativos les obstaculizaron el paso.
El último viajero que partió en busca de Manoa fue el inglés Thomas Roe, quien recorrió el curso del Río Negro en 1611. Luego, nada más, a Manoa se la tragó su propio mito y fue olvidada por más de tres siglos.
Sin embargo, en los últimos años del siglo XX, algunos geólogos que hacían parte del equipo de Roland Stevenson, explorador chileno, demostraron que el lago Parime existió realmente y que se secó a partir del 1300 de nuestra era. En la adyacente isla Maracá se encontraron muchas tumbas cuyos esqueletos estuvieron adornados en oro. ¿Fue ese el lugar de donde provenían las Amazonas? Si así hubiera sido, la zona de la isla de Maracá, que aún existe en el curso del río Uraricoera, en el Roraima brasilero, habría sido el verdadero Dorado.
Cuando, en 1578, el rey de España Felipe II fue reconocido también rey de Portugal, toda América del Sur recayó bajo un único dominio.
Sin embargo, los portugueses, quienes veían la Amazonía como un territorio desaprovechado, iniciaron una lenta penetración en el interior y ocuparon el estuario del Río Amazonas fundando, en 1615, un fuerte, en un brazo del Río Amazonas (bahía de Guajarà), llamado Presepio de Castel Branco (posteriormente conocido como Belem do Pará).
El adelantado fue Francisco Caldeira Castelo Branco, que se las ingenió para expulsar las naves francesas y holandesas del estuario del gran río.
En efecto, los franceses eran muy activos en Brasil en aquellos años, puesto que habían establecido varias sedes comerciales en el actual estado de Maranhao, como por ejemplo el pueblo de San Luis, construido en 1612 en honor al rey Luis IX.
Mientras tanto, continuaba la lenta expansión de los jesuitas en la actual Amazonía ecuatoriana y peruana. El primer religioso que se adentró en la zona fue el fraile Rafael Ferrer, en 1604.
En 1619, el capitán Diego Vaca de la Vega, fundó el pueblo de San Francisco de Borja.
En 1636, fue organizada una expedición del capitán español Palacios, que partió del actual Ecuador, acompañado por un discreto número de religiosos. El objetivo de la empresa era implantar misiones de jesuitas y verificar la real extensión de los territorios aptos para la colonización. En la confluencia entre el Aguarico y el Napo, fue construido un pueblo que se llamó Anta. Cuando los autóctonos se dieron cuenta de que los extranjeros estaban apoderándose de sus tierras, atacaron, y muchos españoles, entre los cuales estaba Palacios, fueron asesinados.
Algunos regresaron a Quito en un increíble viaje, mientras que seis soldados y dos religiosos navegaron, con muchos contratiempos, a lo largo de todo el curso del Río Amazonas, para llegar, a mitad del 1637, a las colonias portuguesas del Pará. El gobernador Raymundo de Noronha se interesó en la posibilidad de hacer el viaje de regreso y encomendó la empresa al cartógrafo Pedro Texeira, quien partió al mando de 70 soldados y 2080 indígenas a bordo de 47 embarcaciones.
El capitán recorrió el Río Amazonas desde el estuario hasta los ríos Napo y Aguarico, donde Orellana había iniciado su aventura noventa y seis años antes.
Luego de este viaje, el piloto de Texeira, el fraile Lauretano de la Cruz, produjo un mapa detallado de la Amazonía, hoy perdido. En esta carta había minuciosas descripciones de la profundidad del río y de su navegabilidad. Entonces Texeira, en diciembre del 1638, llegó a Quito, donde conoció al padre Cristóbal de Acuña.
En 1639, Texeira y el religioso Acuña emprendieron un nuevo viaje. Navegaron por el Río Amazonas siguiendo el curso de la corriente, llegando luego al Pará. Este viaje fue relatado por el jesuita español Cristóbal de Acuña en su Nuevo descubrimiento del Gran Río de Amazonas, publicado en 1641.
Otros jesuitas que se establecieron en la actual Amazonía peruana fueron los Padres Gaspar Cujia y Lucas de la Cueva, quienes en 1638 fundaron el pueblo llamado Limpia Concepción de Jeberos. Desde entonces se incrementó la lenta expansión de religiosos a lo largo de los ríos Ucayali, Huallaga, Napo y Juruá.
A partir de 1640, los portugueses aumentaron la penetración al interior de la Amazonía y en el mismo año Portugal obtuvo nuevamente la independencia de España.
Brasil recayó de nuevo bajo la Corona portuguesa, mientras que la Amazonía, teóricamente bajo el dominio español, en realidad estaba colonizada cada vez más por los portugueses, quienes incrementaron el comercio y fundaron otras sedes militares y comerciales, sobretodo en la zona del estuario del gran río.
En aquel período no fueron raros los enfrentamientos con los indígenas, especialmente en la confluencia entre el Río Negro y el Solimoes (parece que este nombre, utilizado por los brasileros para indicar el Río Amazonas desde Tabatinga hasta su confluencia con el Río Negro, tiene que ver con los indígenas Tupí Guaraní que allí vivían, aunque otras versiones sostienen que deriva de las palabras portuguesas sò limões, solo limones, probablemente porque los terrenos circundantes fueron utilizados para extensas plantaciones de limones en los siglos pasados).
Ajuricaba, un cacique de los indígenas Manaus, estuvo al mando de una tentativa de revuelta indígena, rápidamente sofocada con sangre.
En 1648 se inició la expansión de los bandeirantes, grupos de colonos que partían desde zonas deprimidas del Brasil y que se adentraban en el interior en busca de riquezas minerarias.
Estos aventureros, que se orientaban con la brújula y las constelaciones, como si estuvieran navegando en un océano, construían fortalezas, embriones de futuros pueblos y luchaban con los indígenas, intentando imponer su dominio. Inicialmente partieron de la ciudad de San Paolo y siguieron el curso de los ríos Tiete y Paraná.
El primero de ellos que llegó a los territorios amazónicos fue Antonio Raposo Tabares, que partió al mando de una expedición en 1648. Se adentró en el territorio del Mato Grosso y recorrió los ríos Paraguay y Mamoré. Entonces siguió el curso del Madeira para llegar finalmente, en 1651, a las orillas del Río Amazonas. En su viaje recorrió más de diez mil kilómetros y los relatos de sus cronistas llegaron hasta Europa, estimulando nuevas empresas.
Mientras tanto, con los testimonios de los primeros religiosos presentes en la Amazonía, los conocimientos geográficos de toda la cuenca fluvial aumentaron considerablemente.
En 1661, el padre jesuita João Felipe Bettendorf fundó el pueblo de Santarém, situado en la confluencia del Río Amazonas y del Tapajos. En 1669, el capitán portugués Francisco da Mota Falcao construyó, en la confluencia entre el Río Negro y el Río Amazonas, el fuerte San José de Río Negro. El puesto militar asumió una importancia relevante en las décadas sucesivas y luego fue llamado Manaus, nombre de una etnia indígena.
Prácticamente, desde entonces, los portugueses habían atravesado la famosa “línea de Tordesillas”, la cual desde 1494 dividía el continente suramericano en dos zonas de influencia, y habían colonizado gran parte de la cuenca fluvial.
Mientras tanto, los jesuitas estaban creando nuevas misiones, especialmente en la confluencia del Juruá con el Solimoes.
Uno de ellos era el Padre Samuel Fritz, nacido en Bohemia en 1650, quien llegó a Quito en 1682 y posteriormente viajó al Amazonas. Vivió varios años en las tierras de los Omagua, en la actual selva peruana. Luego de un viaje al Pará, comenzó a recoger varias informaciones sobre la geografía del gran río y de sus afluentes y decidió diseñar su famoso mapa de la Amazonía, en 1707.
Entre 1691 y 1697, los portugueses Inácio Correia de Oliveira, Antônio de Miranda e José Antunes da Fonseca se apropiaron de los enormes territorios del Solimoes.
Los portugueses introdujeron en la Amazonía nuevas culturas, como por ejemplo la del café. Esta planta, que fue inicialmente difundida en Suramérica por los holandeses, fue importada por Francisco de Melo Palheta, quien viajó por la Guyana francesa y exploró la parte norte del territorio amazónico.
Francisco de Melo Palheta recorrió en 1723 el curso del Madeira, llegando a la actual región boliviana del Beni y proporcionando importantes datos sobre una zona de selva completamente inexplorada hasta entonces.
En 1726, Francisco Javier Morales exploró el Río Negro proporcionando informaciones geográficas y científicas. En 1735, el francés Charles Marie de la Condamine, geógrafo y matemático, llevó a cabo la primera expedición científica en Amazonía, que terminó en 1744 en la Guyana francesa.
Fue uno de los primeros exploradores que describió el canal Casiquiare, que pone en comunicación al Río Negro con el Orinoco, uniendo, en efecto, las dos enormes cuencas fluviales. La descripción de su viaje en Suramérica fue publicada en París en 1751.
Entre 1742 y 1749, los aventureros portugueses Manuel Félix de Lima y José Leme do Prado navegaron el alto curso del Madeira y algunos de sus afluentes, en particular modo el Mamoré. Estaban en busca de especias y establecieron lucrosos comercios entre el área del Cuiabá y la ciudad de Belem do Pará.
En 1747, otro expedicionario, el portugués João da Sousa Acevedo, recorrió el curso del Tapajos.
En 1750, los jesuitas españoles, quienes estaban particularmente activos desde el alto curso del Río Amazonas hasta sus confluencias con los afluentes Juruá, Putumayo, Napo y Marañón, fundaron un pueblo, llamado Iquitos, más abajo de la confluencia entre el Ucayali (brazo principal del Río Amazonas) y el Marañón.
Desde entonces, sin embargo, gran parte de la cuenca amazónica estaba controlada y colonizada por los portugueses y por lo tanto en 1750, los españoles, con el tratado de Madrid, renunciaron a la soberanía en gran parte de ella, estableciendo nuevos confines entre la colonia portuguesa y aquella sometida a España.
La influencia de los jesuitas españoles empezó a ser vista con desconfianza por los portugueses, que empezaron a expulsarlos con las incursiones de Belchior Mendes de Morais, en el valle del río Napo, y a sustituirlos con misiones de religiosos portugueses carmelitanos y del orden de Nossa Señora da Merced.
En 1755, los portugueses crearon la Capitanía de San José de Río Negro, que tenía como capital al pueblo de Mariuá, la actual ciudad de Barcelos, en el Río Negro. La creación de la Capitanía tenía como meta administrar los grandes territorios que, en parte, estaban aún inexplorados, e impedirles a las naves extranjeras navegar por el Río Amazonas sin autorización portuguesa.
En 1759, todos los jesuitas españoles fueron expulsados de la Amazonía, puesto que fueron acusados de sacar enormes provechos de sus intercambios comerciales con los indígenas.
Al final del siglo XVIII, productos como café, cacao, algodón y tabaco comenzaron a ser exportados, dando una cierta vitalidad a la región.
En 1761 los portugueses fundaron el fuerte São Josè de Macapà, en el estuario del Río Amazonas, para expulsar las naves inglesas y francesas de esas costas.
En 1774, el portugués Ribeiro de Sampaio exploró las bocas del Caquetá (Japurá para los brasileros), un gran afluente del Río Amazonas, cuyas fuentes se encuentran en los Andes colombianos y lo recorrió explorando su cuenca.
En 1799, el barón Alexander Von Humboldt, naturalista prusiano, viajó a Suramérica junto con su amigo Aimé Bonpland, botánico francés. Los dos científicos definieron la exacta ubicación del canal natural Casiquiare, y llevaron a cabo interesantes estudios sobre la fauna amazónica. Fueron los primeros en describir al electrophorus electricus, pez que puede emitir descargas eléctricas de hasta seiscientos voltios.
Otra célebre expedición en la Amazonía fue emprendida en 1817 por el naturalista alemán Johann Baptiste Von Spix junto con el médico y antropólogo alemán Karl Friedrich Philipp Von Martius. Los dos investigadores estudiaron a fondo la enorme biodiversidad de la cuenca fluvial.
En aquel período, mientras que los naturalistas exploraban la selva, el movimiento independentista brasilero tomaba cada vez un mayor poder.
En 1822, cuando Brasil proclamó su independencia de Portugal, la Amazonía brasilera fue administrada con el nombre de Grao Pará. En 1832, los pueblos que allí vivían intentaron independizarse del recién constituido imperio de Brasil, que tenía como líder a Don Pedro I. Esta revuelta, llamada Cabanagem, del nombre de las casas pobres situadas sobre las orillas del Río Amazonas, tuvo como inspirador al activista político João Batista Gonçalves Campos, quien luchó contra el gobernador del Grao Pará, Bernando Lobo de Souza.
La tentativa de independencia fue sofocada con sangre, aunque la provincia brasileña “Amazonas” obtuvo en 1850 el estatus de autonomía.
Al mismo tiempo, también otras posesiones españolas, declararon su independencia. En 1819, Simón Bolívar fue nombrado presidente de la “Gran Colombia”, enorme región que comprendía a los actuales estados de Colombia, Panamá, Venezuela, Ecuador y parte de la actual Amazonía peruana y brasileña.
Cuando, en 1831, la “Gran Colombia” se disolvió, los estados que la formaban declararon su independencia y empezaron a administrar las respectivas provincias amazónicas.
El Perú, que declaró su soberanía de España en 1819, administró su región amazónica desde el puerto de Iquitos, que en 1864 obtuvo oficialmente el estatus de capital del departamento de Loreto.
Bolivia se declaró estado soberano en 1842 y administró sus territorios del Beni y de Santa Cruz, donde surge la actual ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
En 1852, el emperador de Brasil, Don Pedro II, autorizó la constitución de la “Compañía de navegación y de comercio de la Amazonía”, con el objetivo de incrementar los flujos comerciales. Posteriormente, en 1866, para ampliar los negocios, el Río Amazonas se abrió al tráfico marítimo internacional.
También en la segunda parte del siglo XIX, la Amazonía fue objeto de estudio por parte de numerosos científicos.
A partir de 1860, el británico William Chandless emprendió varios viajes recorriendo el curso del río Purús, uno de los afluentes del Río Amazonas. Tuvo contacto con un grupo de autóctonos y estudió su lengua, el Arua, hoy extinguida.
Por los mismos años, el francés Jules Crevaux recorrió el curso del Putumayo, proporcionando importantes informaciones sobre los pueblos y la geografía de su cuenca.
En 1879, llegó a la Amazonía el geógrafo y fotógrafo italiano Ermanno Stradelli. En los años siguientes, se interesó en el estudio de las lenguas indígenas de la zona del Río Vaupés, afluente del Río Negro. En 1881, se ocupó en recopilar el libro del indígena Maximiliano José Roberto La leyenda de Yurupary, publicado después en el Boletín de la Sociedad Geográfica Italiana en 1890. Del 1882 al 1884, participó en varias exploraciones en el Vaupés y en la zona fronteriza de Brasil y Venezuela. Luego de un viaje por Italia, regresó a la Amazonía, donde murió en 1926.
En 1883, el profesor Barbosa Rodríguez fundó el jardín botánico de Manaus y tuvo el mérito de catalogar y estudiar una vastísima variedad de plantas.
En 1884, el etnólogo alemán Karl Von den Steinen exploró el alto curso del Río Xingú y posteriormente ofreció importantes datos sobre los pueblos indígenas y la flora y fauna de estos territorios.
A finales del siglo XIX, empezó a adquirir importancia la explotación del árbol de goma (hevea brasiliensis o seringueiras), del cual se obtenía caucho apto para numerosos usos industriales.
Luego de la prosperidad económica derivada de la exportación de caucho, del cual la Amazonía tenía virtualmente el monopolio mundial, Manaus se convirtió en un centro importante y su población comenzó a crecer. En 1884, fue construido el Teatro Amazonas y otros importantes edificios.
La población de la Amazonía se quintuplicó del 1870 al 1900, pasando de cincuenta mil a doscientos cincuenta mil personas.
En la provincia imperial amazónica fue proclamado el fin de la esclavitud en 1884. Cinco años después en Brasil se abolió el imperio y se formó una república.
En aquellos años, la expansión económica derivada del aprovechamiento de la goma reclamaba inmigrantes de todas partes del Brasil que esperaban un futuro mejor. Sin embargo, el ciclo de la goma no duró mucho, puesto que algunas semillas de hevea brasiliensis fueron sembradas con éxito en el sur oriente asiático. La economía amazónica entró en una profunda crisis en 1913, ya que el precio de la goma cayó después de su explotación a gran escala en Malaysia.
Mientras tanto, desde principios del siglo XX, la Amazonía volvió a fascinar a arqueólogos y a aventureros, cuyo interés ya no radicaba en buscar una ciudad de oro (El Dorado de los Incas, Paititi), sino en demostrar que en la Amazonía prosperó una cultura primigenia en épocas antiguas, de la cual se desarrollaron todas las demás.
El explorador más importante del siglo XX fue el inglés Percy Harrison Fawcett, quien se adentró varias veces en la selva del alto Xingú (afluente del Río Amazonas), donde, según él, estaba escondida una mítica ciudad antediluviana llamada Z. Fawcett no regresó jamás de su última expedición, en 1925. A raíz de su desaparición se crearon varios mitos, como el que cuenta que él se quedó en una tribu de indígenas blancos, en los alrededores de la Serra do Roncador.
La Amazonía seguía encantando a los exploradores y a los investigadores, pero comenzaba también a llamar la atención de las grandes multinacionales mineras, las cuales, a partir del 1930, intentaron obtener lucrosos contratos con el gobierno brasilero.
En la posguerra, con la intención de revitalizar a la región, el gobierno brasileño incentivó la construcción de carreteras, como la Manaus-Boa Vista o la Manaus-Porto Velho.
En 1966, se decidió la construcción de la vía transamazónica, que conectaría el estado de Amazonas con el de Pará. La vía, con una longitud de aproximadamente dos mil trescientos kilómetros, se terminó en 1972, pero no fue nunca plenamente utilizada puesto que no estaba asfaltada y era por tanto totalmente inutilizable durante la estación de lluvias.
Desgraciadamente, a partir de la segunda mitad del siglo XX, en la Amazonía se incrementó el proceso de deforestación.
Hay que distinguir entre los pequeños propietarios de tierras, que a veces talan árboles para vender la leña, con el fin de afrontar persistentes problemas de miseria, y las grandes multinacionales, que lo hacen con métodos mecanizados, para después cultivar soya o maíz, empobreciendo los suelos.
Los primeros deberían ser subsidiados, tanto para que no deforesten, como para que cultiven las plantas más adecuadas a los diferentes tipos de suelos.
Los efectos de las talas de bosques efectuadas a gran escala son catastróficos. Primero que todo, grandes áreas forestales son destruidas por medio de incendios, con una consiguiente emisión en la atmósfera de enormes cantidades de óxido de carbono, el principal responsable del efecto invernadero.
Como las selvas contribuyen a regular la cantidad de anhídrido carbónico presente en la atmósfera, cuando se destruyen, se disminuye la capacidad del planeta de absorber este gas.
Además, la deforestación favorece a la erosión de los suelos con consiguientes formaciones de derrumbes. Otro de sus efectos devastadores es la pérdida de la biodiversidad. Mientras que la vegetación es destruida, los animales pierden su hábitat, sucumben y se extinguen para siempre. Además se disminuye la evapotranspiración, que a su vez reduce la humedad en la atmósfera, con la consiguiente desertificación de vastas áreas.
Otra consecuencia es el declive y a veces la extinción de algunos grupos indígenas que desde milenios vivían en armonía y simbiosis con la naturaleza.
En la mayoría de los casos, los propietarios de tierras talan bosques para vender la enorme cantidad de leña que obtienen, o para explotar los terrenos para los cultivos o la ganadería.
Actualmente, en Brasil, en la mayoría de los nuevos terrenos deforestados se cultiva soya.
Se calculó que la deforestación causó, del 1970 al 2005, la pérdida del 20% de toda la selva tropical (un área casi tan grande como dos veces España). Por consiguiente, la destrucción anual fue, en este periodo, de aproximadamente veinte mil kilómetros cuadrados.
Si este ritmo continuara, en menos de dos décadas se podría perder otro quinto de ese ecosistema, un enorme desastre ambiental.
La última amenaza a la integridad de la selva es la biopiratería: el acceso ilegal a recursos biológicos y genéticos con el fin de explotarlos económicamente.
Cada vez más, científicos sin escrúpulos del norte del mundo se introducen en los territorios indígenas y, después de haber obtenido su confianza, se apropian de conocimientos antiguos, relacionados con el uso de las plantas medicinales o de sustancias contenidas en el cuerpo de animales (anfibios, reptiles, insectos). El uso de estos principios activos es después registrado en el exterior sin autorizaciones del gobierno, infringiendo la soberanía territorial. Las sustancias obtenidas ilegalmente son después usadas para la producción de medicamentos cosméticos, a veces después de someterlas a modificaciones genéticas.
Los bio-piratas no sólo causan la destrucción de especies animales, que son después explotadas desconsideradamente, sino que con su presencia no autorizada en los territorios indígenas, causan frecuentemente shocks culturales y sociales, además de la difusión de enfermedades contra las cuales los nativos no tienen suficientes anticuerpos.
Como se ve, el destino del hombre está estrechamente conectado al futuro de la Amazonía, que todavía hoy es la selva tropical más grande del mundo. En mi opinión la selva amazónica debería ser declarada patrimonio de la humanidad, y los países del mundo deberían financiar su sustenibilidad. Solo en esta manera este paraíso será preservado para las generaciones futuras.

YURI LEVERATTO
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