miércoles, 19 de diciembre de 2012

El oro de La Rinconada, el pueblo más alto del mundo



Mi viaje a La Rinconada comenzó en Puno, la folclórica ciudad del altiplano andino situada a 3825 metros sobre el nivel del mar, en las orillas del lago Titicaca, donde me encontré con mi amigo, el arqueólogo Ricardo Conde Villavicencio.
Partimos a las ocho de la mañana siguiente. Llegamos, en una hora de viaje en buseta, a la ciudad de Juliaca, de unos 250.000 habitantes. Juliaca ha crecido demasiado últimamente. Es un centro comercial donde se vende de todo, en especial en el gran mercado Tupac Amaru. Con un inestable coche de pedales llegamos hasta el lugar de donde salen los autobuses para el pueblo minero llamado La Rinconada.
Desde hacía algún tiempo, tenía curiosidad de conocer cómo funciona una mina de oro y cuáles son los procedimientos para extraerlo de la roca. Como La Rinconada no estaba muy lejos del itinerario que seguiríamos de todos modos para nuestra exploración arqueológica en el valle del Río Quiaca, decidimos pasar allí dos días, con el fin de conocer una realidad tan extraña y fascinante.
Ya Juliaca, con sus 3850 metros de altura, es una particular ciudad. De día hace más frío que en Puno, cuyo clima es mitigado por el lago Titicaca, mientras que de noche, el termómetro desciende a -5 grados Celsius.
Los vendedores de maíz tostado se amontonaban alrededor del bus que nos conduciría a la sierra, mientras nosotros intentábamos acomodarnos, rodeados de jaulas de gallinas y paquetes voluminosos.
Hacia las once partimos y después de una media hora, dejamos atrás el asfalto para recorrer una carretera destapada llena de huecos y riachuelos transversales. El autobús iba muy rápido y las vibraciones eran tan fuertes que los viajeros saltaban constantemente en sus asientos y los paquetes, colocados en los portaequipajes superiores, caían con frecuencia al suelo. En poco tiempo, el interior del bus se llenó de polvo y la temperatura bajó. Brillaba el sol, pero lentamente se ascendía y el aire se enfriaba y enrarecía cada vez más. 
Hicimos una breve parada en el pueblo de Putina para almorzar un plato hecho de camote relleno, una verdura típica de Perú. Luego, volvimos a partir. El autobús tambaleaba en la pista polvorienta y serpenteando, se trepaba por el borde de la montaña.
Hacia las tres de la tarde nos encontrábamos ya en el altiplano, a aproximadamente 4600 metros sobre el nivel del mar. El paisaje era lunar y a lo lejos, ya se entreveía el Nevado Ananea de 5850 metros sobre el nivel del mar, cuya cima sobresalía indiscutiblemente.
En todos los alrededores se podían observar grandes huecos, como si la Tierra fuera un enorme gruyer. De estas fosas se extrae el mineral del cual se saca oro después de un procedimiento especial.
Un poco después nos detuvimos en Ananea, capital del municipio que comprende también a La Rinconada. Ananea se encuentra a aproximadamente 4800 metros sobre el nivel del mar. Se ven inmensos Caterpillar, excavadoras y perforadoras, que sirven para transportar grandes cantidades de mineral.
Después de pocos minutos proseguimos el viaje. A nuestra derecha observamos un lago, lamentablemente contaminado. Algunos pasajeros me comentaron que en un tiempo sus aguas eran limpias y abundantes de peces. Ahora, por el contrario, el mercurio y el antimonio, necesarios para la extracción del oro, hicieron sus aguas impotables.
Se continúa subiendo, la mirada recae en el enorme glaciar Ananea, preciosísima fuente de agua pura. Justo bajo el glaciar está La Rinconada, la cual, estando situada a 5200 metros sobre el nivel del mar, es el pueblo más alto del mundo.
Poco tiempo después, el bus llegó finalmente a la explanada principal. La primera impresión de La Rinconada causa extrañeza, pues parece que se estuviera en un lugar fantasmagórico, irreal.
La dificultad de respirar debido a la altura y al frío punzante me dio la bienvenida a este pueblo minero. 
Surge la pregunta de por qué una aldea fue construida al lado de un glaciar. La razón es simple: la mayoría de los 27.000 habitantes eran pobres campesinos del altiplano que se transfirieron a La Rinconada con la ilusión de enriquecerse. Ocuparon un pedazo de montaña y allí construyeron su propia casa, hecha de láminas de zinc, ladrillos y totora. Sacan el mineral de profundos túneles en las proximidades de su hogar y luego lo procesan para extraer oro del mismo. La mayoría de ellos no está al día con los permisos ni con los impuestos peruanos y por tanto, vende el codiciado metal a comerciantes informales que, a su vez, lo revenden en los mercados de Juliaca.
Casi ninguno se enriquece, y los mineros sobreviven en un extraño universo paralelo y gélido. En efecto, la temperatura, a causa de la elevada altitud, desciende a -23 grados Celsius de noche, mientras que de día no supera los 10 grados.
Las condiciones de vida son espantosas, ya que aún estando a menos de 600 metros en línea recta del enorme glaciar, en el pueblo no hay agua corriente. Para lavarse, utilizan recipientes de agua helada, la cual de noche se congela. El agua proviene de Ananea, pero no está canalizada en tuberías, sino que se vende en cubos. Algunos la acumulan en los techos de sus cabañas, pero el zinc del que están fabricados la contaminan y quien la bebe, evidentemente se arriesga.
Además, increíblemente, en La Rinconada no hay alcantarillado. Hay baños públicos, que en realidad son ‘pozos negros’, los cuales deben ser vaciados con frecuencia. No se entiende como es posible, para un pueblo construido literalmente en una mina de oro, no tener agua corriente ni alcantarillas, aunque me dijeron que la gente es individualista, es decir que cada uno piensa en sí mismo y ninguno se ha reunido nunca para formar un comité que se dedique a mejorar el poblado.
Otro aspecto desconcertante de la vida de este centro minero es la falta total de algún tipo de calefacción. A decir verdad, también en Juliaca o en Puno (ciudades bien frías), ninguno utiliza calefacción central ni simples estufas de leña. Esto sucede, en parte, porque la leña no abunda, pero también porque los peruanos están acostumbrados a dormir con muchas cobijas y extrañamente, no sienten la necesidad de una estufa. A Ricardo y a mí, en cambio, nos fue difícil acomodarnos en uno de los “hoteles” que, por 7 soles (2 euros), ofrecen una cama con 5 o 6 cobijas en una habitación de 2 x 1,5 metros. Para orinar se debe salir (de mucha ayuda es la clásica bacinilla de noche), pero teóricamente, para otras necesidades, se tendría que ir al baño público, ubicado en la calle, a unos 200 metros del hotel.
Los problemas de vivir en el pueblo de la mina de oro más alto del mundo no se han acabado: la mayoría de la gente construyó su propia casa precariamente, sin los fundamentos apropiados y por tanto, el peligro de que se desmoronen o se derrumben es constante. En el poblado no existe un servicio para deshacerse de los residuos, pero parece que a ninguno le importara, puesto que cerca a la escuela hay un gran basurero donde los niños juegan junto a perros, llamas y alpacas.
Incluso la situación sanitaria es precaria, dado que muchos mineros sufren de cólicos, fuertes dolores de cabeza y náuseas a causa del mercurio utilizado en el proceso de extracción del oro. Muchos niños tienen diarrea crónica por falta de agua corriente y servicios higiénicos básicos.
Por la tarde dimos una vuelta por el pueblo, tratando de encontrar una forma de continuar el viaje. En efecto, no había servicio público de transporte para viajar a nuestra meta siguiente, o bien el valle de Quiaca, y entonces tuvimos que buscar un pasaje donde algunos camioneros.
Andando por el poblado, a eso de las diez de la noche, nos dimos cuenta de que la mayoría de los oscuros antros iluminados por lúgubres luces rojas son sórdidos prostíbulos donde a menudo trabajan jóvenes menores de edad que provienen de varias ciudades de Perú. Caminar de noche en La Rinconada no es muy seguro porque hay pocos policías y mucho alcoholismo. Hay constantes peleas que a veces terminan en cuchilladas.
Ricardo y yo preferimos meternos en nuestros respectivos ‘cubículos congelados’, esperando dormirnos lo más rápido posible. Por desgracia, la falta de oxígeno, el frío punzante y los persistentes pregones de los vendedores de tiquetes de autobús hacia Juliaca, no nos permitieron conciliar el sueño.
Al día siguiente, visitamos uno de los laboratorios donde se obtiene el preciado metal amarillo. En La Rinconada hay varias cooperativas cuyos socios son los concesionarios de las diferentes galerías subterráneas. La vida laboral de los mineros se rige por el llamado sistema de cachorreo, que consiste en trabajar para los jefes por un número de días, a cambio de poder hacerlo por su cuenta durante un día entero, logrando, de este modo, quedarse con el mineral arrancado de la montaña para procesarlo después.
El mineral obtenido luego de horas enteras de pico y pala es sometido a un particular procedimiento. Inicialmente, es machacado en morteros especiales para separarlo de las piedras. A continuación se le agrega el mercurio, que se adhiere al oro formando una amalgama. Recalentándola, se obtiene finalmente el oro, puesto que éste se separa del mercurio cuando se le somete a elevadas temperaturas. Por lo general, después de este proceso, se obtiene un gramo de oro de aproximadamente 50 kilos de material.
Por la tarde, dimos una vuelta por el mercado de La Rinconada, donde se vende carne de gallina, cerveza, patatas, quinua, pero también camisetas, edredones, cobijas, botas e instrumentos para cavar: palas, picos, cascos, cuerdas, lámparas, etc. Con frecuencia, estos negocios son propiedad de los mismos comerciantes que compran oro a precios sumamente bajos, con el fin de lucrarse posteriormente de las reventas en las ciudades.
La Rinconada parece ser un círculo vicioso, donde nadie logra enriquecerse pero todos sobreviven, un grotesco círculo dantesco donde cada uno sueña con su El Dorado resplandeciente, para después encontrarse, en cambio, con la dura realidad de una vida de privaciones, en la total carencia de seguridad laboral, social y sanitaria.

YURI LEVERATTO
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lunes, 3 de diciembre de 2012

La tradición indígena de la “vacuna de la rana kambo”



Durante una de mis exploraciones en Amazonía, en el 2008, cuando llegué a un enigmático petroglifo en la selva del Río Tambo, los indígenas ashaninka me hablaron de una particular ceremonia útil para expulsar el espíritu negativo que a veces reside en el cuerpo de una persona. Se producen pequeñas heridas en los brazos o piernas del sujeto a curar y se les aplica secreciones de una rana (phyllomedusa bicolor, llamada también kambo).
Por lo general, quien se somete a este ritual siente después más resistencia a la fatiga, buen humor y una mayor capacidad de concentración.
Esta ceremonia no es exclusiva de los ashaninka, sino que es típica de muchos pueblos de la Amazonía, por ejemplo los matsés, marubos, culinas y kanamaris.
Para muchos de estos pueblos autóctonos, las sustancias contenidas en la rana, una vez inoculadas en el cuerpo del individuo, dan “buena suerte” tanto en la práctica de la caza como de la pesca, combaten la negatividad (llamada panema en lengua tupi), devuelven la calma, y con ella, el optimismo y la serenidad.
Las secreciones de la rana phyllomedusa bicolor son utilizadas también como vacuna contra las mordeduras de serpientes. Para algunas etnias, por ejemplo los kaxinawas, la phyllomedusa bicolor es considerada la “guía espiritual” de la preparación de la Banisteriopsis caapi, la planta que está a la base de la ayahuasca.
Los ashaninka del Río Tambo hacen un ritual especial.
Si una rana phyllomedusa bicolor croa en las cercanías de la casa, debe ser capturada, y al día siguiente debe realizarse la ceremonia aplicando las secreciones de la rana en pequeñas heridas hechas en los pulsos de la persona que la capturó.
Entre las sustancias de la rana phyllomedusa bicolor hay varios péptidos, o sea, moléculas formadas por la unión de varios aminoácidos. Sobre todo está la “dermorfina”, un poderoso analgésico, y la “deltorfina”, que sirve en el tratamiento de las isquemias cerebrales.
Según varios investigadores como Michael F. Schmidlehner, las sustancias contenidas al interior del cuerpo de esta rana resultan eficaces en el tratamiento del cáncer, sida, mal de Parkinson y depresión. Otro péptido presente en la rana es el “phillomedusin”, que actúa sobre el intestino humano repuliéndolo y desinfectándolo. Por tanto, el “phyllokinin” es un potente vasodilatador. Otros dos son el “caerulein” y el “sauvagine”, que disminuyen la presión arterial y aumentan la resistencia física.
A partir de 1980 se han desarrollado alrededor de veinte patentes internacionales que deberían explotar las propiedades medicinales de la rana phyllomedusa bicolor.
A manera de ejemplo, se reportan algunas:
Univ. Kentucky Res Found (USA): Protection against ischemia and reperfusion injury (2003) Method for treating ischemia (1999) Method for treating cytokine mediated hepatic injury (1999); Univ. Kentucky Res. Found & ZymoGenetics (USA): Method for treating cytokine mediated hepatic injury (2002); IAF BIOCHEM INT (CA): Dermorphin analogs, their methods of preparation, pharmaceutical compositions, and methods of therapeutic treatment using the same (1990).
Como puede verse, las cualidades contenidas dentro de esta rana son notables e importantes. Por desgracia, también en este caso, quienes se han aprovechado de la adquisición de patentes internacionales han sido empresas o universidades extranjeras que probablemente vendieron después el resultado de sus estudios a empresas multinacionales.
Estamos sólo al comienzo de los estudios que nos llevarán un día a entender las verdaderas potencialidades de las sustancias contenidas dentro del cuerpo de la rana phyllomedusa bicolor, pero muy probablemente estas propiedades serán una vez más utilizadas por empresas, que comúnmente no son suramericanas, con el fin de lucrarse y no con el objetivo de beneficiar a la humanidad.

YURI LEVERATTO
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Traducido por Julia Escobar Villegas de Medellín, Colombia

martes, 6 de noviembre de 2012

El colonialismo inglés en Suramérica


El litoral que pertenece actualmente a las Guayanas y al Surinam fue avistado y explorado por europeos por primera vez en 1499, en la expedición guiada por Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa, en la cual participaba el navegante florentino Américo Vespucio. La flota tocó tierra cerca al Río Demerara, donde hoy está situada la capital de Guyana, Georgetown. 
Allí los barcos se separaron: los españoles continuaron hacia el noroeste, en dirección al delta del Orinoco, mientras que Américo Vespucio prosiguió hacia el sureste, dirigiéndose al estuario del Río Amazonas.
La costa de Guyana no fue colonizada por los europeos en el siglo XVI. Fue sólo en 1616 que algunos colonos holandeses fundaron una fortaleza veinticinco kilómetros al noroeste del estuario del río Esequibo, con la intención de quedarse allí.
Si bien en un principio Guyana estaba teóricamente bajo el dominio español, en el Tratado de Münster de 1648 se estipuló la soberanía holandesa. En poco tiempo esta colonia (dividida en tres zonas: Demerara, Berbice y Esequibo) asumió importancia, pues los colonos no se limitaron a comerciar con los nativos, sino que organizaron varias plantaciones de tabaco, el cual muy pronto fue exportado a Europa.
Sin embargo, los indígenas no estaban acostumbrados al arduo trabajo en los campos y se enfermaban a causa de los virus y las bacterias de los que los españoles, sin saberlo, eran portadores. Por esta razón, los holandeses inmediatamente comenzaron a introducir en Guyana esclavos negros africanos.
En 1763 hubo un motín de los esclavos, encabezados por el africano Cuffy. Los rebeldes, que eran aproximadamente tres mil, fueron un quebradero de cabeza para los holandeses, pero éstos lograron apaciguarlos, aunque sólo con la ayuda de colonos franceses e ingleses. De ahí que luego de este episodio se incentivara la llegada de colonos ingleses al Demerara, cuyo número aumentó hasta superar en pocos años al de los holandeses.
Por otro lado, después de las guerras napoleónicas de 1795, Inglaterra declaró la guerra a Francia, la cual había ocupado preventivamente a Holanda. La parte de Guyana que pertenecía formalmente a esta última cayó bajo el dominio británico, pero fue sólo en la Convención de Londres de 1814 cuando se trazaron las nuevas fronteras de la llamada Guyana Británica, cuyo límite occidental era el Río Esequibo.
En 1835 Inglaterra envió al explorador alemán Robert Hemann Schomburgk a Guyana con el propósito oficial de estudiar la geografía y la botánica del área en cuestión, pero la verdadera misión de Schomburgk era la de investigar si en las fuentes del Río Esequibo había yacimientos de oro y de otros minerales y, por tanto, la de de trazar un nuevo confín, de manera que se ampliara la zona de influencia de los ingleses en Suramérica.
El alemán marcó inicialmente una línea imaginaria del Río Moruca al Esequibo, añadiendo así unos 4200 kilómetros cuadrados de territorio a la Corona inglesa. Luego, en 1839, Schomburgk trazó una segunda línea que iba del delta del Orinoco hasta el Monte Roraima, y que hipotéticamente anexaría unos 141.930 kilómetros cuadrados al territorio de la Corona inglesa.
Además, Schomburgk exploró la zona del Río Rupununi y, al encontrar riquísimas venas de oro y rastros de otros preciosos minerales, sugirió al gobierno inglés que se apropiara también de parte del Brasil, en la zona del Pirara. Por consiguiente, el gobierno inglés, sosteniendo que allí la presencia de colonos brasileros era nula, avaló el proyecto e incorporó a su territorio esta zona, de un total aproximado de 20.000 kilómetros cuadrados.
A partir de 1840 las autoridades inglesas estimularon la llegada de colonos a las tierras situadas al oeste del Río Esequibo, que pertenecían oficialmente a Venezuela, país que ha reivindicado este territorio desde 1840 en sedes internacionales, pero cuyas peticiones formales y legítimas, hasta el día de hoy, no han sido acogidas.
En 1899 hubo un arbitraje internacional entre Venezuela y Gran Bretaña por la cuestión del Esequibo. De una parte, Venezuela sostenía que su frontera debía ser el Río Esequibo, puesto que así lo estipulaba el acto de independencia de España de 1810. Gran Bretaña aseveraba, en cambio, que su territorio debía extenderse al oeste del Río Esequibo y rehacerse en la línea Schomburgk, trazada en 1839, afirmando así que el área que le pertenecía al interior de la ex colonia española alcanzaba los 203.310 kilómetros cuadrados.
El arbitraje resultó favorable a Gran Bretaña, la cual incorporó a su dominio 159.500 kilómetros cuadrados al oeste del Río Esequibo.
En 1898 hubo otro arbitraje internacional entre Brasil y Gran Bretaña con el fin de resolver la cuestión del Pirara. El rey de Italia Victorio Emanuel III fue el árbitro de la disputa. En 1904, 19.630 kilómetros cuadrados de territorio brasilero cayeron bajo la soberanía inglesa. Brasil no pudo hacer otra cosa que aceptar la decisión internacional, probablemente porque los gobernantes de la época fueron chantajeados por el fracaso de otros acuerdos comerciales.
Luego de estos arbitrajes internacionales, la soberanía inglesa en tierra firme suramericana se extendió en pocos años casi 180.000 kilómetros cuadrados, en una zona riquísima no sólo en oro, sino también en uranio, torio, diamantes, molibdeno y niobio, un mineral importantísimo actualmente para las construcciones electrónicas.
En 1966, cuando Guyana Británica se independizó, denominándose oficialmente Guyana, entró a hacer parte del Commonwealth y, obviamente, abrió sus puertas a las inversiones anglosajonas.
Actualmente, el colonialismo ya no es lo que era en siglos anteriores. Las potencias dominantes ya no tienen necesidad de conquistar un territorio o de anexárselo y luego establecer su soberanía por medio de un arbitraje internacional, con el fin de poder explotar los recursos, sean hídricos, mineros o de biodiversidad. Incluso el concepto mismo de “soberanía” cambió. Hoy se habla de “soberanía relativa o limitada”, por lo general para justificar “intervenciones humanitarias” o para “restablecer la democracia”.
En la actualidad estamos frente a un colonialismo más encubierto; por ejemplo, las inmensas tierras indígenas que se crearon en Brasil más allá de la frontera de Guyana y de Venezuela, a saber, las áreas indígenas Tumuqumaqué, Raposa Serra do Sol, Yanomami y Alto Río Negro, que son territorios enormes de más de 300.000 kilómetros cuadrados.
En estos territorios el acceso a los ciudadanos normales brasileros o extranjeros está vetado.
Sólo pueden entrar los indígenas, que son pocos (por ejemplo, en la tierra indígena Yanomami, de una extensión aproximada de 94.000 kilómetros cuadrados, viven sólo 7000 autóctonos). Se trata de territorios riquísimos en minerales raros, como niobio, uranio, molibdeno, oro, estaño, además de biodiversidad y agua.
El área indígena Yanomami fue creada en los años 60 del siglo pasado, después de que el explorador inglés Robin Hambury-Tenison (actual presidente de Survival International) tuviera contacto con algunos autóctonos. Se sabe que la casa Windsor propuso la creación de la reserva indígena, la cual en principio tenía 50.000 kilómetros cuadrados de extensión, y que luego fue ampliada a 94.000.
Algunos periodistas brasileros, desde hace ya algún tiempo, han venido denunciando esta situación e incluso lanzaron la hipótesis de que Brasil está cediendo parte de su soberanía a otras entidades.
En efecto, si en estas tierras indígenas nadie puede entrar ya que el acceso está totalmente prohibido a los ciudadanos normales, y si nadie puede verificar lo que sucede al interior, ¿no es acaso esto una pérdida de soberanía, que por denominación pertenece al pueblo?
¿Cuáles son las entidades extranjeras que tienen libre acceso a las áreas indígenas de Brasil? ¿Estamos tal vez frente a un nuevo proceso colonial camuflado en una causa indigenista y ambientalista?

YURI LEVERATTO
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jueves, 25 de octubre de 2012

El simbolismo mesiánico en el proceso de exploración de Cristóbal Colón



Génova y Florencia: dos grandes capitales renacentistas. Génova, la soberbia, dominadora de los mares y sede de poderosos bancos. Florencia, el centro financiero mundial, en cuya cima estaban los Médici, capitalistas incontrastables del siglo XV.
Génova dio a luz a Cristóbal Colón, el navegante del Mar Océano, quien se consideraba el nuevo Mesías, portador de la Fe al Nuevo Mundo. En Florencia nació, en cambio, Américo Vespucio, el viajante, el observador atento, el cosmógrafo. Estos dos grandes italianos, a quienes está ligada la Historia del Nuevo Mundo, se conocieron en Sevilla.
Y luego estaba Roma, el centro de la Cristiandad, cuyo jefe era un papa genovés: Giovanni Battista Cybo, Inocencio VIII.
El siglo XV había sido marcado por un acontecimiento fundamental.
En 1453, en efecto, los turcos otomanos conquistaron Constantinopla e islamizaron gran parte de la cuenca del Mediterráneo Oriental. Su control de las rutas marítimas había cerrado importantes posibilidades de comercio entre Génova y Venecia, que traficaban desde hacía ya muchos años con los emporios del Mar Negro y de Medio Oriente.
La avanzada del Islam, vista como fuerza que se contraponía al Cristianismo, se hizo sentir también en España meridional. El riesgo de que los islámicos bloquearan el mundo occidental era real.
Además habían algunos indicios de nuevas tierras en el Mar Océano. Cabía entonces la posibilidad de que los islámicos, fueran árabes o turcos, se apoderaran de los nuevos territorios.
Inocencio VIII lo había comprendido y, por esta razón, apoyó la empresa de Cristóbal Colón. Aunque probablemente los dos hombres no se conocieron, este papa patrocinó la iniciativa, no sólo en lo que se refiere a la financiación de la parte italiana (Giannotto Berardi era un banquero de los Médici, a su vez emparentados con el papa), sino también en lo que concierne a la parte española (los dos socios administradores de la Santa Hermandad estaban vinculados con el papa: Santángel era el recolector de los réditos eclesiásticos de Aragón y Francisco Pinelli era el nieto del pontífice).
Cristóbal Colón, quien ya llevaba una experiencia de decenios en la navegación del Océano Atlántico (Mar Océano), era la persona perfecta para llevar a cabo el proyecto de conquista de territorios inmensos y de evangelización de las personas que los habitaban: los indígenas.
Si no lo hubiera hecho Cristóbal Colón como representante de la Cristiandad, el proyecto de conquista lo habrían efectuado los islámicos y la Historia del mundo hubiera tomado una dirección distinta.
Para Colón, Portugal y España representaban los medios para alcanzar su objetivo: la evangelización del mundo, la victoria final de Cristo, y él, que se llamaba Cristóbal (quien lleva el Cristo), se sintió iluminado y encargado por Dios de llevar la Fe al Nuevo Mundo.
Su extraña firma cabalística (foto principal), es un claro ejemplo de quien se creía el segundo Mesías:

S
S A S
X M Y
Xpo ferens


La cual fue interpretada así:

Soy
Siervo del Altísimo Salvador
Cristo, Hijo de María,
portador de Cristo


Luego, el hecho de que Colón estuviera interesado en encontrar colosales cantidades de oro está relacionado con el objetivo final. Sólo con copioso oro sería posible pagar ejércitos bien armados con el fin de derrotar a los islámicos y reconquistar el Santo Sepulcro.
Aquellas inmensas cantidades de oro y plata fueron, no obstante, invertidas por Carlos V y sus sucesores en guerras internas europeas.
Colón había leído “El Millón” de Marco Polo. Estaba convencido de poder llegar a Catay y quizás fundar junto a los chinos una alianza contra el Islam. Sus planes, sin embargo, chocaron con su mente, anclada en el Medioevo.
Su error fundamental, haber subestimado la extensión real de la circunferencia terrestre, lo indujo a creer que había llegado cerca a Catay, cuando, en realidad, estaba a miles de kilómetros de distancia.
Las islas que descubrió fueron bautizadas con nombres que honraban a la Biblia, a Cristo o al patrocinador del proyecto, Inocencio VIII (Giovanni Battista Cybo).
Y así, la isla donde atracaron las carabelas fue bautizada San Salvador (Guanahani), Cuba fue nombrada inicialmente Juana, (¿en honor a San Juan o a Giovanni Battista Cybo?), Puerto Rico también fue denominado San Juan, cuya capital aún hoy conserva este nombre, y Jamaica se llamó Santiago, en memoria de un santo que combatió contra los islámicos.
En los viajes sucesivos, la posibilidad de arribar a Catay y a las Indias encegueció a Colón, en razón de cumplir su sueño, pero sus descubrimientos no fueron al principio valorados. Efectivamente, las nuevas tierras eran vistas casi como un obstáculo en la carrera hacia las Indias, la cual tenía por fin apoderarse de primeros de las rutas comerciales y del tráfico de las especias.
Si bien fue nombrado “Almirante del Mar Océano” y “Virrey de las Indias”, su poder comenzó a desvanecerse.
En Roma ya no estaba su papa, Inocencio VIII, sino un nuevo papa español: Rodrigo Borgia, Alejandro VI, quien le dará la espalda a Colón y se dedicará exclusivamente a los intereses de España (Tratado de Tordesillas).
La historia se volvió en su contra. En aquel momento, era España quien lo había usado, y él ya no servía más: sus descendientes tuvieron que luchar para que les reconocieran los privilegios que se le habían prometido.
Además, había otro italiano, cuya mente no era medieval, sino moderna. Se trataba de Américo Vespucio: viajero, minucioso observador, cosmógrafo, antropólogo. En sus apuntes describió a los indígenas, hombres libres cuyos usos y costumbres debían ser respetados. A Vespucio no lo impulsó el deseo de evangelizar ni el afán de hallar extraordinarias riquezas.
Aunque Colón morirá sin reconocimiento ni honores, a su muerte varias ciudades se disputaron sus restos, y todavía hoy decenas de ellas reivindican su paternidad.
A su epopeya, en el mundo occidental, sólo la precede la de Jesucristo. El genovés triunfó, llevando la Fe en Cristo al Nuevo Mundo, si bien el proceso de evangelización forzada de los indígenas resultó ser uno de los más grandes shocks culturales de todos los tiempos.
También el florentino venció, ya que sus atentas observaciones geográficas y antropológicas, junto con su amplísima experiencia, adquirida en cuatro viajes de exploración, lo llevaron a ser, antes de su muerte, el hombre más experto del nuevo continente en el mundo. De ahí que el rey Fernando le asignara el título de “Piloto Mayor de Castilla” y, por este motivo, el Nuevo Mundo será siempre recordado con el nombre de: América.

YURI LEVERATTO
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jueves, 4 de octubre de 2012

Origen del nombre America




Después de los viajes de Cristóbal Colon, en Europa tomaba auge el debate sobre la repartición de las tierras descubiertas.
Los portugueses insatisfechos con los tratados precedentes, presionaban al gobierno de Castilla para tomar posesión de más tierras. De hecho, en 1493, al regreso del primer viaje de Colón, el Papa español Alejandro VI había decretado en la bula Inter Cetera, que todas las tierras situadas al oeste de un meridiano distante cien leguas (alrededor de cuatrocientos veinte kilómetros) de Cabo Verde debían pertenecerle a España, mientras que las que fueron descubiertas y conquistadas al este de esa línea, y que no fueron sometidas al dominio cristiano debían pertenecerle a Portugal.
Correspondió al rey Juan II de Portugal realizar nuevas negociaciones con los reyes católicos de Castilla para desplazar la zona de influencia portuguesa más hacia el oeste y sosteniendo que el nuevo meridiano extendía a todo el mundo, limitando así el control español en Asia.
El nuevo tratado firmado en Tordesillas el 7 de junio de 1494, dividió así de nuevo el mundo entre las dos potencias europeas a lo largo del meridiano norte-sur, a trescientas setenta leguas (mil setecientos setenta kilómetros) hacia el oeste de las islas de Cabo Verde, correspondientes al meridiano cuarenta y seis grados. Las tierras situadas al este de esta línea pertenecían a Portugal y las situadas al oeste, a España. Este tratado era contrario a la bula de Alejandro VI pero fue aprobado por el papa Julio II con un nueva bula en 1506.
Justo en los años en que fue aprobado el tratado de Tordesillas, vivía en Sevilla un italiano, el florentino Amerigo Vespucci.
Este italiano nació en Florencia en 1454, y fue uno de los pocos que viajó animado simplemente por el afán de conocer, y una innata curiosidad geográfica. Con menos de treinta años entró al servicio de la familia Medici, como administrador de bienes y adepto a las relaciones comerciales. En 1491 fuè enviado a Sevilla para ocuparse de todos los negocios que los Medici tenían en el sur de España.
En Sevilla encontró un ambiente bastante estimulante e interesante, y aunque su profesión lo llevaba a ocuparse de comercio, sellos, mercancías y contratos, su interés real eran los viajes hacia esas tierras que estaban más allá del océano, y en el conocimiento de la gente que quizás las habitaba. Había leído muchísimo sobretodo a Marco Polo quien, en la reseña de sus viajes había descrito muy bien a Asia, Catai y Cipango. Sentía un profundo interés, tanto por la cultura de otros pueblos que vivían en Asia, como por la naturaleza, con la observación de animales y plantas.
Durante los primeros meses de su permanencia en Sevilla se encontró con Cristóbal Colón. Aunque desde el principio se hizo evidente que ambos tenían puntos de vista diferentes respecto a las exploraciones marítimas, tenían en común la lectura de Marco Polo y la fascinación por el viaje de este al Asia.
Vespucci estaba impresionado por la increíble variedad de pueblos, usos y costumbres descritos por el mercader veneciano, mientras que Colón estaba obsesionado con la idea de navegar hacia el occidente para poder alcanzar fácilmente aquellas tierras y apropiarse de sus riquezas auríferas. Ambos hablaron bastante sobre el tema pero Vespucci no se convencía fácilmente, algo le decía que el viaje hacia el oeste era demasiado largo. La reseña de Marco Polo y los cálculos de Tolomeo y Alfagrano lo llevaron a pensar que la tierra no era tan pequeña. Colón por el contrario imaginaba la Tierra más pequeña de lo que en realidad es y según sus cálculos, si navegaba hacia el occidente lograría llegar a Asia en treinta días.
Cuando Colón regresó de su segundo viaje los reyes de Castilla comenzaron a darse cuenta que las nuevas islas descubiertas se extendían en una enorme porción de océano. Se convencieron por lo tanto de que si querían extender sus dominios e impedir que las flotas portuguesas incursionaran en las zonas de su influencia, tendrían que darle a otros exploradores la posibilidad de viajar hacia las nuevas tierras descubiertas, ya fuera para adquirir nueva información para una posible ruta hacia Catay y Cipango o para buscar más oro y otras posibles riquezas.
Fue probablemente el rey Fernando II de Aragón en persona quien quiso organizar un viaje con el fin de verificar la existencia real de tierra firme, sentarla en un mapa y obtener así informaciones preciosas que sirvieran para futuras empresas. Algunas evidencias sugieren que Amerigo Vespucci tomó parte en esta expedición, y que viajó por primera vez más allá del Atlántico en mayo de 1497. Algunos historiadores sostienen que el primer viaje de Vespucci fue en 1499 junto con Ojeda y el cartógrafo Juan de la Cosa, mientras otros sostienen que fue el primer europeo en poner pié en tierra firme suramericana el 24 de junio de 1497. Y dicha convicción se fundamenta ante todo en la lectura de la relación de sus cuatro viajes, llamada Carta de Amerigo Vespucci sobre las islas nuevamente encontradas en cuatro de sus viajes, dirigida a Piero Soderini en 1504. En esta carta Vespucci describe la primera salida del Puerto de Cádiz el 20 de mayo de 1497:

En el año del Señor 1497, el día 20 de mayo, partimos del Puerto de Cádiz. La primera tierra que tocamos fueron las islas llamadas antiguamente Afortunadas, actualmente Gran Canarias. En esas islas permanecimos durante ocho días y nos aprovisionamos de leña, agua y víveres. Luego comenzamos a viajar hacia occidente, en un viaje tan pleno, que en veintisiete días llegamos a una tierra que creíamos fuera continente, distante más o menos mil leguas de las islas Canarias. Lo que en realidad era cierto es que estábamos a setenta y cinco grados al occidente de las Gran Canarias y que el pueblo septentrional se elevaba a dieciséis grados sobre el horizonte de aquellas tierras.

¿Quién fue el comandante de esta expedición?
Tal vez fue Yanez Pinzón o quizás el intrépido capitán sevillano Juan Días de Solís, experto en navegaciones oceánicas, quién años más tarde sería victima de un feroz ataque indígena en el litoral del Río de la Plata.
Vespucci, en todo caso, anota en su carta el haber tocado tierra, a dieciséis grados sobre el ecuador y setenta y cinco grados al oeste de las Canarias.
El lugar de desembarque de su primer viaje, ha sido motivo de debate en el curso de los últimos años. Algunos sostienen que en el misterioso viaje Vespucci haya tocado tierra en Honduras, otros en cambio, después de haber profundizado más La Carta, sostienen que tocó tierra en la península de la Guajira, en el actual territorio colombiano. Del lugar adonde llegaron el 24 de junio de 1497, situado a setenta y cinco grados a occidente de las Canarias y a diez grados sobre el ecuador, la expedición debió dirigirse hacia el norte hasta alcanzar el Cabo de la Vela. Y aquí Vespucci, narra con lujo de detalles los usos y costumbres de los indígenas locales, como el uso de las hamacas, hasta el momento desconocidas por los europeos. Dichas relaciones nos llevan a pensar en los indígenas de etnia Wayúu (idioma Arawak). Describe además en un curioso pasaje, las costumbres sexuales y las características físicas de las mujeres indígenas:

Los indígenas del lugar son poco celosos, pero lujuriosos al extremo, especialmente las mujeres, cuyas artes para satisfacer sus insaciables ligerezas mejor callo para no ofender el pudor. Tienen un cuerpo maravilloso, elegante, bien proporcionado. Es muy raro ver arrugas en el seno de una mujer, aún después del parto, ni en el vientre, ni en las partes carnosas. Todas se conservan como si no hubieran parido.

Otro indicio de la participación de Vespucci en este viaje de exploración es la descripción que se hace de la entrada a una laguna donde había un pueblo que vivía en chozas construidas sobre el agua como en Venecia.
Y siguiendo desde ahí, siempre por la costa, con varias y diversas rutas de navegación y tratando en todo este tiempo con muchos y diferentes pueblos de aquellas tierras, después de algunos días llegamos a un cierto puerto en el cual Dios quiso librarnos de grandes peligros. Entramos a una bahía y descubrimos una aldea que parecía una ciudad, colocada sobre las aguas como Venecia, en la cual había veinte casas grandes, no muy distantes entre ellas, construidas y apoyadas sobre palos gruesos. De frente a la entrada de estas casas había puentes levadizos, a través de los cuales se pasaba de una a otra, como si todas estuvieran unidas.
El inmenso territorio que estaba en el interno de esta laguna se denominó “Venecia”, nombre que después se transformó en “Venezuela”.
Luego la flota, según relata la historia del florentino, navegó hacia el este, llegó en agosto de 1498 a Coquibacoa y al golfo de Paria situado de frente a una isla que Colón en su tercer viaje bautizaría como Trinidad. Vespucci continúa la historia, contando como los barcos se dirigieron nuevamente hacia el mar abierto, pasando por numerosas islas de las Antillas.
Sobre el itinerario que se siguió para el viaje de regreso hay numerosas interpretaciones. Es probable que los navegantes costearon las tierras de Centroamérica, y entraron en el Mar Océano pasando entre la isla de Cuba y la península de la Florida.
Vespucci describe una isla llamada Iti la cual no corresponde en lo absoluto a Haití.
Vale la pena destacar el mapamundi que el cartógrafo y navegante Juan de la Cosa diseñó en 1500, a su regreso de un viaje posterior que realizó con Alonso de Ojeda, en el que participó también Vespucci.
En el mapa están trazadas las costas centroamericanas con gran precisión, la isla de Cuba está diseñada como es en la realidad, es decir, despegada del continente pues hasta ese momento, había sido considerada como parte del Catay y por lo tanto unida al supuesto continente asiático.
Dado que en el viaje siguiente en 1499 no hay señales de una ruta entre Cuba y Florida, como tampoco la hay en los tres primeros viajes de Colón, es factible que alguien hubiera tomado esta ruta precedentemente, justo en el viaje en 1497.
Todo lo anterior hace pensar que Juan de la Cosa participó en la expedición de 1497, hizo los mapas de las costas centroamericanas, identificó a Cuba, a la que ya había conocido viajando en las dos primeras expediciones de Colón, navegó entre ésta y la Florida, percatándose de que se trataba de un territorio insular, y la representó exactamente como correspondía a la realidad: una isla.
Otro detalle que hace pensar en la veracidad del viaje es Iti, una isla pequeña que aparece en el mapamundi de Juan de la Cosa, y que quizá es una de las Bahamas actuales.
Según La Carta de Vespucci y el mapamundi de Juan de la Cosa, es claro que el florentino fue el primer europeo que conoció y describió el continente suramericano en junio de 1497. La flota regresó a Cádiz el 15 de octubre de 1498.
Al regreso de su primer viaje, Vespucci conoció a Alonso de Ojeda, capitán de gran experiencia, que hizo parte de la segunda expedición de Colón en 1493.
Ojeda permaneció en La Española hasta 1496, participó en la batalla de Vega Real, en la que un escuadrón de cuatrocientos españoles, triunfaron sobre un ejército de diez mil indígenas. Esta fue realmente la primera batalla entre españoles e indígenas.
Los españoles poseían arcabuces, arma anterior al fúsil que podía causar la muerte desde lejos, y se desplazaban a caballo, sembrando el pánico entre los indígenas que creían que estaban enfrentándose a semidioses.
En aquellos años, debido a los rumores que se habían expandido después del primer viaje de Vespucci, Ojeda estaba convencido de la existencia de tierra firme, y pensaba que la riqueza aurífera que tanto se pregonaba, se hallaba en el continente y no en las islas. Consideró entonces la idea de regresar a España para organizar desde allí una expedición para explorar las costas de la tierra firme y eventualmente también el interior de ésta.
Cuando De Ojeda regresó a Sevilla se encontró de nuevo con Juan de la Cosa a quien había ya conocido en su segundo viaje con Colón y como necesitaba de un piloto experto para la operación, le propuso participar en esta empresa en la que también involucraron a Vespucci. Los tres se encontraron en los primeros meses de 1499 y decidieron partir en los primeros días de mayo.
Fueron tres naves en total, una comandada por Ojeda y pilotada por Juan de la Cosa, y otras dos embarcaciones florentinas comandadas por Amerigo Vespucci.
Zarparon del puerto de Santa Catalina en Cádiz, el 18 de mayo de 1499. Después de hacer escala en las islas Canarias siguieron con dirección sur – sureste, no hacia las Antillas, sino más al sur, siempre hacia tierra firme.
Ojeda estaba convencido que el fabuloso reino de Catay se hallaba mucho más al sur de lo que Colón pensaba y creía que lograría encontrarlo antes de que el Almirante genovés lo hiciera. En sus conversaciones, cargadas de un deseo desmedido de poder y de una ciega avidez, expresaba su intención de adueñarse sin dificultad alguna de aquellos reinos asiáticos en los que Colón había fracasado.
Juan de la Cosa y Amerigo Vespucci lo escuchaban perplejos, ya que su visión del mundo, más moderna y conocedora de la geografía, les hacía concientes de las reales dificultades para arribar a las Indias.
Después de veinticuatro días de mar, avistaron tierra y llegaron a las costas de la Guayana, cerca al río Damerara. Luego se dirigieron al norte, hacia el golfo de Paria, donde desembarcaron para visitar algunas aldeas indígenas. Aquí Vespucci se dio cuenta de quien era realmente Ojeda: el español quería adueñarse de todas las piezas de oro y riquezas que poseían los indígenas a costa de cualquier cosa, inclusive usando la fuerza para lograr su objetivo. Ni el cantábrico ni el florentino simpatizaban con este comportamiento descarado y codicioso, y así se lo hicieron saber.
Es posible que el florentino y el cantábrico hayan hablado de geografía y hayan intercambiado puntos de vista e información reales sobre la verdadera naturaleza de esa tierra firme desconocida.
A este punto, Vespucci decidió abandonar la nave de Ojeda y continuar por su lado con la exploración de las costas situadas al sureste. Hay muchas interpretaciones respecto a esta decisión. Algunos hablan de desacuerdos con Alonso de Ojeda, mientras otros sostienen que Vespucci, justamente porque ya conocía la costa al oeste del golfo de Paria que había visitado en su primer viaje, decidió explorar las costas al este, que eran desconocidas para él. En su viaje hacia el sureste, costeando la actual Guayana y Brasil, Vespucci fue el primer europeo que individuó el estuario del Río Amazonas, lo impresionó su color marrón que se percibe adentrándose en mar abierto por decenas de kilómetros.
En este pasaje de sus “Cartas” el florentino describe el descubrimiento de dos grandes ríos, que podrían ser las dos bocas del Rio Amazonas:

Creo que estos dos ríos son la causa del agua dulce en el mar. Nos pusimos de acuerdo en entrar a uno de estos ríos y navegar a través de él hasta encontrar la ocasión de visitar aquellas tierras y poblaciones; preparadas nuestras embarcaciones con sus provisiones y veinte hombres bien armados, entramos al río y navegamos remando durante dos días superando la corriente alrededor de dieciocho leguas, avistando muchas tierras. Navegando así por el río, vimos señales muy ciertas que el interior de éstas estaba habitado. Por lo tanto decidimos regresar a nuestras carabelas que habíamos dejado en un lugar no muy seguro y así lo hicimos.

Luego prosiguieron al sur, hacia el Cabo de San Agustín. Durante este trayecto, Vespucci observó cuatro estrellas llamadas luego la “Cruz del Sur”, y se dio cuenta que indicaban exactamente esa dirección, el sur.
En una de sus cartas a Lorenzo de Pier Francesco de Medici, Vespucci trae los célebres versos del purgatorio de Dante Alighieri, los que describen las cuatro estrellas, conocidas inicialmente por los antiguos griegos, pero consideradas parte de la constelación del Centauro:

Yo giré a mano derecha y me dirigí al otro polo, y vi cuatro estrellas solo antes vistas por los primeros hombres. El cielo parecía gozar con su brillo: Oh pobre viudo sitio septentrional, privado de mirarlas.

El florentino nos dejó también una descripción colorida y poética de la fauna que encontró en las tierras suramericanas:

Lo que vi fueron… tantos papagayos guacamayas y de tantas especies diferentes, que era una maravilla; algunas de color verde, otras de un espléndido amarillo limón, y otras en negro pero bien de carnes; y el canto de los otros pájaros en los árboles era tan suave y melódico, que muchas veces nos deteníamos a escuchar esa dulzura. Los árboles que vi eran de tal y tanta belleza, que pensamos que estábamos en el paraíso terrestre…

Luego Vespucci regresó al norte, reconociendo la desembocadura del Orinoco, hizo escala en Trinidad, y finalmente llegó a La Española.
Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa habían recorrido la costa norte de la actual Venezuela, pasando por la desembocadura del Orinoco, el golfo de Paria, la isla de Trinidad y la de los Gigantes, así llamada por haber observado allí, indígenas de gran estatura. Quizá corresponde al Curazao actual. Ambos se dirigieron luego al Cabo de la Vela, siguiendo luego hacia La Española.
Al llegar a esta isla con poco oro y algunos esclavos rebeldes y peligrosos, los colonos de la isla, en su totalidad seguidores de Colón, los acogieron con hostilidad por haber viajado sin la aprobación del genovés. El viaje de regreso se realizó en junio de año 1500.
Apenas regresó a Europa, Amerigo Vespucci pidió a los reyes de España que le dieran más naves para realizar otras exploraciones más al sur de las tierras ya conocidas, pero éstas no le fueron asignadas debido a que según el tratado de Tordesillas, esa zona era de competencia portuguesa. Además los reyes, le habían destinado ya las naves a Ojeda, puesto que con el tenían más esperanza de encontrar oro y riquezas.
El florentino se dirigió entonces a Portugal. El rey Manuel I le permitió participar en la expedición de Gonzalo Coelho. La flota portuguesa salió el 13 de mayo de 1501 de Lisboa, llegando a la costa africana de Bezebeghe, el actual Senegal, donde se puso en contacto con las naves que estaban regresando de la India al comando de Pedro Alvarez Cabral, por la ruta que tres años antes había descubierto Vasco de Gama.
En Bezebeghe los tripulantes de las dos expediciones entraron en contacto y Vespucci tuvo la oportunidad de conocer al judío polaco Gaspar de Gama. El judío era un atento observador de los usos y costumbres que había conocido en Asia. De Gama le describió ampliamente al florentino los pueblos conocidos en la India, su geografía y costumbres, y le habló de la ciudad de Calicut en particular. Además le dio a Vespucci datos importantes sobre la biología y la naturaleza de las tierras de la India.
Escuchando al judío, Vespucci pensó que las tierras al oeste del Mar Océano, no tenían nada que ver con la India, pero no estaba plenamente convencido.
Entonces, la flota portuguesa retomó el mar con rumbo al occidente y después de setenta y cuatro días de mar, avistó las costas del actual Brasil, después de soportar fuertes borrascas que retrasaron un poco la expedición. La flota tocó los cabos de Santa María, San Jorge, Santa Cruz, el río de San Francisco y la Bahía de todos los Santos. Más adelante las naves llegaron a una bahía maravillosa, que llamaron “Río de Janeiro”, dado que el calendario señalaba el 1 de enero de 1502.
A este punto, decidieron continuar la exploración hacia el sur a sabiendas de que se trataba de tierras que estaban bajo la influencia española; en marzo de 1502 llegaron al estuario de un gran río, el actual Río de la Plata, que fue denominado Río Jordán; luego en abril de 1502, la flota se detuvo en el estuario de un río situado en el paralelo sur 52, que Vespucci llamó Río Cananor.
A continuación se cita un pasaje de una carta de Vespucci en la que describe aquellos días:

Navegamos hasta encontrar que el Polo meridional se elevaba cincuenta y dos grados, en términos que ya no podíamos ver la Osa Mayor ni la Menor. El 3 de abril hubo una tormenta tan fuerte que tuvimos que amainar las velas, el viento era de levante con ondas grandísimas y aire de tempestad. Era tan fuerte, que toda la tripulación tenía gran temor. Las noches eran largas, aquella del 7 de abril fue de 15 horas porque el sol estaba al final de Aries, y en esta región había invierno. En medio de la tempestad avistamos el 7 de abril una nueva tierra, que recorrimos por alrededor de veinte leguas, encontrando costas salvajes, ningún puerto, ni gente creo porque el frío era tan intenso que ninguno en la flota podía soportarlo. Viéndonos en tal peligro y tal tempestad, que apenas se podía ver una nave de la otra, tan altas eran las ondas, que acordamos hacer señales para reunir la tropa y regresar a Portugal. Y fue una decisión muy sabia, porque si hubiésemos retardado aquella noche, seguramente nos habríamos perdido todos.

Vespucci había llegado casi a la desembocadura del famoso estrecho que Fernando de Magallanes recorrió dieciocho años más tarde. Sus cartas fueron preciosas fuentes de información para las expediciones sucesivas de Juan Días de Solís y Magallanes.
Cuenta la historia que Magallanes dijo a su tripulación en un momento en que se sentía temerosa de seguir adelante:

Hasta aquí llegó Amerigo Vespucci, nuestro destino es ir mas allá!

Luego la flota desvió de nuevo hacia el norte para regresar a Portugal.
En una noche iluminada por la luna, cuando las naves estaban ancladas delante de las costas del actual Brasil, Amerigo Vespucci tuvo una sensación extraña: tuvo la convicción de que estas tierras no eran islas, sino un tierra firme grandisima que nada tenía que ver con el Asia. Era un mundo nuevo, y nuevos eran los animales, la vegetación, los indígenas, cuyos usos y costumbres no tenían nada en común con lo visto hasta ahora en el mundo conocido. Además durante este viaje Vespucci localizó en el mapa dos estrellas, Alpha y Beta Centauro, que son los astros más cercanos a nuestro sol.
A su regreso a Europa en 1502, Vespucci fue casi ignorado. Los portugueses estaban desilusionados del florentino porque veían abrirse una controversia con los españoles por la posesión de las tierras descubiertas. Los españoles lo veían mal por haber viajado en naves portuguesas, y también porque hasta entonces, nadie había encontrado ni oro en grandes cantidades, y ni siquiera una travesía para el Catay o las Indias. Ambas coronas estaban insatisfechas debido a que en las últimas expediciones el botín había sido bastante escaso. Nadie pareció apreciar la extraordinaria importancia de las observaciones geográficas, antropológicas y naturalistas de Vespucci.
Desde Lisboa, Vespucci envió una carta a Lorenzo de Pier Francisco de Medici, primo de Lorenzo el Magnífico, en el cual describe su tercer viaje. La traducción al latín de esta carta, fue llamada “Mundus Novus”. Su publicación en Augusta en 1504 tuvo tanto éxito, que se realizaron once ediciones.
En 1503 Vespucci partió para su cuarto viaje en otra expedición organizada por el rey Manuel I de Portugal. Contaba con seis naves, dos de las cuales fueron dotadas por los florentinos. El viaje no fue tan afortunado, pues el buque insignia naufragó. La flota llegó a las costas del Brasil después de haber descubierto una isla en el medio del océano que fue bautizada Fernando de Noronha, en honor a uno de los integrantes de la tripulación. En las costas del Brasil no hubo nuevos descubrimientos, ni fundación de nuevas aldeas; la flota regresó a Lisboa el nueve de junio de 1504.
Vespucci escribió entonces una nueva carta llamada “Carta de Amerigo Vespucci sobre las islas nuevamente encontradas en cuatro de sus viajes”, y la dirigió al personaje político Piero Soderini. En esta carta Vespucci hace una descripción muy completa de los cuatro viajes que realizó.
A continuación se cita un pasaje de la carta “Mundus Novus” donde Vespucci, reconociendo el haber descrito un nuevo continente, escribe:

Llegué a la tierra de las Antípodas, y reconocí que estaba frente a la cuarta parte de la Tierra. Descubrí el continente habitado por una multitud de pueblos y animales, más que nuestra Europa, Asia o la misma África.

Más adelante, en el siglo XVIII, se encontraron otras tres cartas inéditas de Vespucci: la primera, describe el viaje de 1499-1500 con Alonso de Ojeda, la segunda fue expedida desde Cabo Verde, cuando la expedición de Coelho tuvo contacto con las naves de Cabral y la tercera fue escrita desde Lisboa al completar dicho viaje.
El cosmógrafo alemán Martin Waldseemuller fue el primero en divulgar las noticias de Vespucci en su “Cosmographie Introductio”, publicada en Lorena en 1507.
Después de la publicación de esta obra, las nuevas tierras descubiertas se comenzaron a llamar “Americus, o “América”, en honor a las observaciones realizadas por Vespucci.
Al principio se hablaba de América solo para referirse a los territorios del sur del istmo de Panamá, pero con el tiempo dicho término se utilizó también para aquellos territorios situados al norte del istmo.
En 1508, Amerigo Vespucci fue nombrado “Piloto Mayor de Castilla” por el rey Fernando de Aragón. Este título reconocía a Vespucci como el navegante más experto del Reino de España y por ello se le asignó la tarea de seleccionar e instruir a los futuros pilotos y cartógrafos, enseñándoles el uso del astrolabio y el conocimiento de los vientos.
Murió en Sevilla en 1512 sin dejar descendencia, sus bienes los heredó su esposa, la andaluza Maria Cerezo.

YURI LEVERATTO
2008 Copyright

jueves, 20 de septiembre de 2012

El reino perdido de Vilcabamba



Cuando los 168 hombres al mando de Pizarro llegaron a Cajamarca, en el actual Perú septentrional, el imperio de los Incas acababa de salir de una cruenta guerra civil: Huáscar y Atahualpa se habían enfrentado. Cuando este último venció, las tropas que habían sido fieles a Huáscar vieron en los invasores la posibilidad de salvarse de Atahualpa, pero no se dieron cuenta de que el verdadero proyecto de los extranjeros era conquistar, a cualquier precio, todo el Perú con sus riquezas.
En este proceso de conquista, Pizarro y sus hombres se encontraban frente a innumerables peligros, incluso después de la vil ejecución de Atahualpa, en 1532.
Para mantener el orden y legitimar la presencia de los extranjeros en el Perú, Pizarro decidió nombrar un sapa inca, o bien, un nuevo soberano, un títere en las manos del poder español. El primer sapa inca designado fue Toparpa, un hermano de Atahualpa quien, sin embargo, murió en la marcha de la tropa española hacia Cusco. El sucesivo sapa inca elegido por Pizarro fue Manco Inca, en 1534.
Aunque probablemente las intenciones de Manco Inca fueron las de restablecer el imperio con la ayuda de los Españoles, en realidad el sapa inca se convirtió en una marioneta en manos de los invasores, quienes querían mostrar a la población que respetaban las tradiciones antiguas, por ejemplo, nombrando a un rey cusqueño.
En un principio, Manco Inca combatió junto a las tropas de Diego de Almagro contra el general Quisquis, que había sido fiel a Atahualpa, y resultó vencedor. De esta manera, había participado inconscientemente en el juego de los Españoles, cuyo propósito era el de dividir a los Incas entre ellos, de lo cual no extraerían sino beneficios y ventajas.
Empero, ya en 1536, el auténtico carácter de Manco Inca, quien no se sometió nunca a los Españoles, empezó a hacerse conocer. Los invasores, ávidos de riquezas, continuaban exigiendo a Manco Inca información sobre la ubicación del tesoro del Cusco, pues no se habían contentado con el saqueo del palacio de Coricancha. Cuando Manco Inca se rehusó a proporcionar más datos a los españoles, fue encarcelado en su palacio; pero luego probablemente comprendió que era mejor actuar con astucia. Logró partir de Cusco prometiendo a Hernando Pizarro volver con estatuas de oro macizo. Se dirigió a Yucay, donde consiguió reorganizarse y armar un ejército que lucharía por reconquistar el poder.
Organizó dos expediciones punitivas: la primera contra algunos pueblos Huanca del valle del Río Mantaro (afluente del Urubamba), y la segunda contra algunas tribus de etnia Lima (en las cercanías de la actual capital), que habían ayudado a Pizarro en la conquista del Perú. Luego, preparó el retorno a Cusco para asediar su capital, cuyo control lo tenían ahora los españoles. La ofensiva partió de Sacsayhuamán y duró muchos meses.
La sucesiva batalla de Sacsayhuamán, en la que vencieron los españoles, indujo a Manco Inca a retirarse al remoto valle del Urubamba, en la fortaleza conocida hoy como Vitcos Rosaspata, de donde organizó la resistencia hasta 1544, año de su muerte.
Vitcos Rosaspata fue por varios años el cuartel general del llamado reino de Vilcabamba. Es una ciudadela situada a mitad de camino entre la sierra y la selva, que sirvió probablemente por mucho tiempo como centro de intercambio entre los pueblos andinos y los del valle del Urubamba. En los años siguientes, los Incas de Vilcabamba transfirieron su capital a la remota ciudadela de Hatun Wilca Pampa, ubicada en el Río Concevidayoc, conocida hoy como Vilcabamba la Vieja o Vilcabamba-Espíritu Pampa.
Después de la muerte de Manco Inca, el poder cayó en las manos del hijo Sairi Túpac, quien empezó a negociar con los españoles para obtener propiedades en el valle del Urubamba. Sairi Túpac aceptó ser bautizado.
El sucesor al trono de Vilcabamba fue Titu Cusi Yupanqui, quien volvió a asumir una severa posición contra los invasores españoles. De todos modos, en 1568 permitió la entrada de algunos misioneros al reino y fue justamente durante un enfrentamiento con algunos de ellos que resultó herido y luego murió.
La ulterior represalia de los Incas contra un religioso (Diego de Ortiz) convenció a los Españoles de usar mano dura contra los rebeldes, con el fin de destruir el reino de Vilcabamba de una vez por todas. El poder en ese momento ya había pasado a manos de un joven hermano de Titu Cusi Yupanqui, llamado Túpac Amaru.
El virrey Toledo envió una expedición militar a Vilcabamba, al mando de Martín García Óñez de Loyola. Los Españoles vencieron: las débiles defensas de los Incas fueron derrumbadas una vez más, la ciudadela de Vitcos Rosaspata fue destruida y Túpac Amaru fue capturado, llevado al Cusco y decapitado en mayo de 1572.
El reino de Vilcabamba y sus restos arqueológicos cayeron en el olvido por más de 300 años, hasta que los tres cusqueños Manuel Ugarte, Manuel López Torres y Juan Cancio Saavedra llegaron al sitio de Hatun Wilca Pampa en 1892.
Las ruinas de Vilcabamba fueron estudiadas también por Hiram Bingam en 1911, pero quien identificó el sitio arqueológico de Espíritu Pampa, asociándolo al verdadero Vilcabamba fue Antonio Santander Casselli en 1959.
Santander Casselli, quien recopiló sus escritos en la monografía “Andanzas de un soñador”, regresó a Espíritu Pampa en 1964 junto al explorador estadounidense Gene Savoy, quien contribuyó a hacer conocer Vilcabamba a nivel mundial.
En 1976, el profesor Edmundo Guillen y los exploradores polacos Tony Halik y Elzbieta Dzikowska estudiaron a fondo el sitio, valiéndose de importantes soportes históricos provenientes del prestigioso Archivo de Indias de Sevilla.
El sitio arqueológico fue visitado y estudiado igualmente por el explorador Gregory Deyermenjian (en 1981) y el investigador Vincent Lee (en el 2000), ambos estadounidenses.
El reciente descubrimiento (2011) de la tumba de un rey en Espíritu Pampa, la cual se remonta a la época Wari, testimonia no sólo que el sitio estuvo habitado desde épocas remotas, sino también que fue utilizado casi seguramente como centro de intercambio comercial entre los pueblos de la selva baja y los habitantes de los altiplanos andinos.

YURI LEVERATTO
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lunes, 10 de septiembre de 2012

La grandeza de Tenochtitlán, la capital de los Aztecas


El ocho de noviembre de 1519, un grupo de conquistadores españoles, dirigido por Hernán Cortés, llegó al valle de México. A lo lejos se podía ver el lago Texcoco y varios pueblos que surgían en sus orillas: Mixquic, Iztapalapa, Huitzilopochco, Coyoacán, Tlacopán y Texcoco.
En el centro del lago, repleto de canoas, vieron, en una vasta isla atravesada por canales, una gran ciudad: era la capital del reino de los Aztecas, Tenochtitlán.
A continuación, un comentario del conquistador Bernal Díaz del Castillo, extraído de su libro Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:

Al ver tantas ciudades y pueblos construidos en el agua, y otras poblaciones en tierra firme, nos quedamos admirados. Hubo quienes pensaron que se trataba de un hechizo, como los que se narran en el libro de Amadís, pues había grandes torres, templos y pirámides erigidos en el agua. Otros se preguntaban si todo eso no sería un sueño.

La aglomeración del lago Texcoco estaba constituida por Tenochtitlán, isla rocosa en la cual estaban los templos y los edificios públicos más importantes, y Tlatelolco, unida a Tenochtitlán, donde había un templo y un mercado. La ciudad, fundada por el mítico rey Tenoch en 1325, fue construida también en terrenos pantanosos, después de un paciente trabajo que duró muchos años, utilizando material de cimentación.
A comienzos del siglo XVI, tenía una extensión de aproximadamente 1000 hectáreas (10 km cuadrados) y estaba dividida en cuatro barrios: Cuepopán, al norte; Teopán, al sur; Moyotlán, al este y Aztacalco al oeste.
En cada barrio había grupos de casas llamados Calpulli, los cuales disponían de su propio templo, escuela y jefe de barrio. Los Calpulli se distinguían también por el trabajo de sus habitantes: artesanos, comerciantes o pescadores.
Sobre la población de Tenochtitlán a la llegada de los conquistadores se ha especulado mucho. Los libros de los historiadores españoles de la época reportan que en la ciudad había de 60.000 a 120.000 “fuegos”, hogueras, o bien, unidades residenciales.
No obstante, el verdadero número de la población de Tenochtitlán sigue siendo un misterio. De algunos libros de aquel período, como la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Vastillo, se deduce que las familias eran muy numerosas.
Si se considera que en cada casa vivía un promedio de siete individuos, se puede evaluar que un total de aproximadamente 700.000 personas vivía en la capital de los aztecas.
Otras estimaciones más prudentes proponen un número de 550.000 pobladores. De todos modos, este valor, muy respetable para el siglo XVI, hacía de Tenochtitlán la ciudad más poblada de América y la tercera del mundo después de las ciudades chinas de Pekín (700.000 habs.) y Hangzhou (600.000 habs.), con notable diferencia de Estambul (300.000 habs.) y Sevilla (250.000 habs.).
El centro de la actual Ciudad de México, llamado Zócalo, corresponde a lo que fue el centro de Tenochtitlán. En marzo de 1978, algunos arqueólogos mexicanos encontraron evidencias de lo que fue el llamado Teocalli, una pirámide de 30 metros de altura, con base de 100x80 metros, en cuya cima había dos santuarios: Tláloc (Dios de la lluvia y de la abundancia) y Huitzilopochtli (Dios del Sol y de la guerra).
A los lados del Teocalli se encontraban dos internados-monasterios, llamados Calmécac, donde vivían los sumos sacerdotes. En frente del Teocalli estaba el santuario del Dios del viento Ehécatl, una construcción cónica sostenida por una base de cuatro plataformas. Entre este último santuario y la muralla que separaba el centro ceremonial (llamado Coatepantli) de la ciudad, había un patio, llamado Tlachtli, utilizado para el juego de la pelota, al cual se atribuía una significación cosmológica (el balón representaba el Sol). Al interior del centro ceremonial había, además, depósito de armas, balnearios para baños rituales, una academia de música y casas donde se hospedaban nobles que llegaban a peregrinaciones. Asimismo, había un lugar macabro: en el llamado Tzompantli se exponían los cráneos de las víctimas que habían sido sacrificadas.
El palacio del soberano se encontraba, en cambio, por fuera del centro ceremonial, pero muy cerca del mismo. La residencia de Moctezuma II, el rey de los Aztecas al momento de la llegada de Hernán Cortés, era suntuosa.
Era una construcción de dos pisos, con amplios jardines interiores donde abundaban las plantas exóticas, donde elegantes cisnes nadaban en los estanques y donde numerosas aves multicolores gorjeaban en las pajareras.
Hernán Cortés y sus hombres quedaron atónitos cuando Moctezuma II, pecando de ingenuidad, los invitó a residir en el palacio.
He aquí una descripción del conquistador español de la capital de los aztecas, extraída de la Segunda Carta de Relación al Emperador Carlos V (1522):

Al día siguiente de mi llegada a la ciudad de Iztapalapa, decidí partir, y después de haber caminado una media legua, entré en una amplia calle que atraviesa la laguna hasta llegar a la gran ciudad de Temixtitán (Tenochtitlán), que está fundada en el centro exacto de este lago; la avenida era tan ancha que hubiéramos podido transitarla con ocho caballos puestos uno al lado del otro…
Continuamos por esta calle, la cual, a una media legua de la entrada a la ciudad de Temixtitlán, se une con otra vía que la conecta con la tierra firme, y justo ahí hay un castillo de doble torre, una alta muralla y dos puertas principales, una para entrar y otra para salir. A poca distancia hay un puente de madera de unos diez pasos de anchura… una vez que lo atravesamos fue a recibirnos el Señor Moctezuma con otros doscientos señores…Esta gran ciudad de Temixtitán está fundada en el centro de este lago, y de la tierra firme hasta ella hay dos leguas de cualquier punto del que se quiera entrar. Hay cuatro entradas principales, a las que se llega por medio de amplias calles, iguales a las que describí anteriormente. La ciudad es tan grande como Sevilla y Córdoba juntas. Sus vías principales son muy anchas y derechas, y algunas tienen canales paralelos donde transitan muchísimas canoas. Tiene muchas plazas donde hay un mercado activo y gente que quiere vender y comprar. Hay también una plaza tan grande como la ciudad de Salamanca entera, en Castilla, toda rodeada de portales donde cotidianamente concurren alrededor de sesenta mil personas para comprar y vender…

Además de tratarse de un centro ceremonial y político de fundamental importancia, Tenochtitlán era también un punto comercial muy activo. Como se describe en la Carta de Relación, el mercado principal se encontraba en Tlatelolco, donde había unos 25.000 comerciantes que vendían alimentos (maíz, fríjoles, tomates, cacao, papas dulces, sal, miel, pavos y otras aves comestibles; pescado, crustáceos, moluscos), tejidos, calzado, pieles de puma y jaguar, utensilios de piedra, obsidiana y cobre; cerámica, tabaco, madera tallada y otros objetos artesanales; joyas de oro y de jade.
Como no existía moneda, todo se obtenía por medio del trueque, pero la costumbre de intercambiar objetos por semillas de cacao o haba era cada vez más común. Era un intento rudimental de pago. No obstante, se producían numerosas controversias y, por esta razón, había varios vigilantes, además de tres magistrados que, en caso de disputa, emitían una sentencia inmediata.
Como el agua de la laguna no era potable, el soberano Moctezuma I (1440-1469), hizo construir un acueducto de 5 kilómetros de longitud desde las fuentes de Chapultepec.
Luego del aumento demográfico, el agua fresca y limpia empezó a escasear.
El emperador Ahuízotl (1486-1503) hizo construir un segundo acueducto, de 8 kilómetros de longitud, que transportaba agua desde las alturas de Coyoacán.
Tenochtitlán era una ciudad lacustre que dependía del lago Texcoco para abastecerse de pescado, crustáceos y moluscos, pero las frecuentes inundaciones, sobre todo durante la estación de lluvias, hacían que su población pasara calamidades.
Moctezuma I mandó a construir, en 1449, una gran diga, de unos 16 kilómetros de longitud, con el fin de contener las crecidas del lago Texcoco.
Por consiguiente, a inicios del siglo XVI, Tenochtitlán era una ciudad cosmopolita donde se cruzaban diversas culturas del altiplano mexicano. ¿Cuál hubiera sido el desarrollo de esa metrópolis del mundo antiguo si no se hubiera dado, en 1519, el terrible impacto destructor de los conquistadores españoles?

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

miércoles, 22 de agosto de 2012

El origen de Cristóbal Colón: los documentos oficiales


Hoy en día, ningún especialista serio duda del hecho de que Cristóbal Colón naciera en la República de Génova.
Sin embargo, hay todavía muchos pseudo-investigadores que, con base en noticias falsas o conjeturas, sostienen que el famoso navegador tenía un origen diferente.
Veamos, primero que todo, lo que escribió el gran historiador español Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias:

Digo que Cristóbal Colon, según yo he sabido de hombres de su nación, fue natural de la provincia de Liguria, que es en Italia, en la cual cae la ciudad e señoría de Génova: unos dicen que de Saona, e otros que de un pequeño lugar o villaje, dicho Nerbi, que es a la parte del Levante y en la costa de la mar, a dos leguas de la misma ciudad de Génova; y por más cierto se tiene que fue natural de un lugar dicho Cugureo, cerca de la misma ciudad de Génova.

Uno de los más grandes historiadores del siglo XVI, por tanto, reconoce a la República de Génova (aunque no proporciona el lugar exacto) como el territorio de origen del gran navegante.
Pero vamos a los documentos oficiales, que prueban indiscutiblemente la procedencia genovesa de Cristóbal Colón.
En total, son más de sesenta los documentos que se refieren a Colón o a los miembros de su familia.
Dos documentos se refieren al abuelo de Cristóbal, Giovanni, nacido en Mocònesi, cerca de una antigua vía que de Piacenza conduce a Génova. Treinta y cinco documentos se refieren al padre, Domenico, nacido en Quinto (Génova). Tres documentos se refieren a la madre, Susana Fontanarossa.
El más importante de estos escritos es el llamado Documento Assereto, hallado por Ugo Assereto en el archivo de Génova en 1904, entre las actas del notario Girolamo Ventimiglia.
En julio de 1478, la casa Centurione de Génova encargó a Cristóbal Colón comprar un lote de azúcar en la isla de Madeira. Sin embargo, el representante de los Centurione en Portugal, Paolo de Negro, no envió a Colón la suma necesaria para la compra.
Aproximadamente un año después, Lodisio Centurione quiso aclarar las responsabilidades de lo ocurrido frente a un notario en Génova.
En este documento, que resulta haber sido escrito el 25 de agosto de 1479, Colón aparece como testigo en la disputa entre Lodisio Centurione y los hermanos Paolo y Cassano de Negro.
El futuro almirante declara bajo juramento ser ciudadano genovés:

Cristoforus Columbus, civis Januae

O bien:

Cristóbal Colón, ciudadano de Génova

Quienes dudan de la ciudadanía genovesa del Almirante del Mar Océano, sostienen que Cristoforo Colombo, hijo de Domenico y de Susana Fontanarossa, no tiene nada que ver con Cristóbal Colón, Almirante del Mar Océano.
Por lo general, agregan, estando mal informados, que Cristóbal Colón no escribió nunca nada sobre sus orígenes genoveses.
En general, Cristóbal Colón, desde que se estableció en España, no renegó nunca de sus orígenes, sino que intentó divulgarlos lo menos posible, porque el simple hecho de ser extranjero obstaculizaba sus proyectos.
Una de las pruebas del hecho de que Cristoforo Colombo y Cristóbal Colón fueron la misma persona es justamente el Documento Assereto, que además de afirmar el gentilicio genovés de Cristóbal Colón, comprueba el hecho de que él mismo se encontraba en Madeira en 1478. En efecto, está confirmado que Cristóbal Colón se encontraba en Madeira en aquellos años, isla donde conoció a su primera esposa, Moniz Perestrelo.
En todo caso, en dos escritos, el Colón ya almirante menciona sus orígenes.
En el escrito “Institución de Mayorazgo”, el 28 de febrero de 1498, ordena al hijo Diego hacerse cargo del mantenimiento de un miembro de la familia en Génova:

Que tenga allí casa y mujer…como persona legada a nuestro lineaje, pues de aí salí y en ella nazí

El segundo documento que vincula indisolublemente el Colón genovés al Colón almirante es una carta a los Protectores de las Compras de San Jorge (Génova) del dos de abril de 1502:

Bien que el cuerpo ande acá, el corazón está allí de continuo

Un último e importante documento es el acta del notario Giovanni Battista Peloso delante del cual aparecieron los tres hijos de Antonio Colón (hermano de Domenico, padre de Cristóbal).
Mateo, Amighetto y Giovanni declararon comprometerse a dividir en partes iguales los gastos de Giovanni para ir a ver a su primo, Cristóbal Colón, almirante del rey de España.

YURI LEVERATTO
Copyright 2014

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Bibliografía:
Nuova raccolta colombiana: i documenti genovesi e liguri A. Agosto
Cibergrafía:
http://www.treccani.it/enciclopedia/cristoforo-colombo_%28Dizionario-Biografico%29/