miércoles, 14 de diciembre de 2011

La inexpugnable fortaleza de Trinchera



Durante mi último viaje a Perú, tuve la oportunidad de conocer, junto con mi amigo, el arqueólogo Ricardo Conde Villavicencio, el angosto valle de Patambuco, en el departamento de Puno, con el fin de documentar y estudiar la ciudadela fortificada de Trinchera, espléndido sitio arqueológico, el cual es poco conocido.
El viaje comenzó en Puno, maravillosa ciudad ubicada frente al lago Titicaca, de donde, en un gran jeep, nos dirigimos hacia el interior del departamento.
En aproximadamente cuatro horas de viaje llegamos al altiplano de Ananea, el cual visitamos el año pasado cuando fuimos a La Rinconada, el pueblo más alto del mundo.
La meseta de Ananea, situada a unos 5000 metros sobre el nivel del mar, se parece a un inmenso queso gruyer. La zona minera, en efecto, se extiende en gran parte del altiplano, de donde se extrae principalmente oro, pero también otros minerales.
En la meseta, que es un intricado laberinto, entramos varias veces al camino errado, pero, al fin, algunos mineros nos señalaron la vía correcta.
Luego continuamos en la carretera destapada, donde soplan vientos gélidos, mientras que, a lo lejos, podíamos divisar el Nevado de Ananea, a 5850 metros de altura sobre el nivel del mar.
Después de unas dos horas de viaje, llegamos a las cabeceras del río Patambuco, un afluente del Río Inambari (cuenca del Río Madre de Dios), en el estrecho valle. Cuando entramos en éste vimos numerosos grupos de vicuñas que pastaban libres.
A continuación, nos sumergimos en la “neblina” y recorrimos un angosto sendero destapado al borde del precipicio.
Una vez que llegamos a Patambuco, un pueblito situado en la cresta derecha del valle, a unos 3400 metros sobre el nivel del mar, nos dirigimos de inmediato al sitio arqueológico de Colo Colo, un poco más abajo del pueblo.
De un cuidadoso análisis del lugar se deduce que el pueblo que construyó las “chullpas” (urnas funerarias) de Colo Colo vivía un poco más abajo, donde hoy se pueden ver los restos de una antigua ciudadela. Mi amigo, el arqueólogo Ricardo Conde Villavicencio, sostiene que el pueblo de Colo Colo (el cual yo considero que perteneció a la cultura Lupaca), no tuvo nada que ver con quienes vivían en la ciudadela fortificada de Trinchera, situada en la cima de la montaña, aproximadamente 1000 metros más arriba.
Ya alrededor de las 4 de la tarde, Patambuco se vio envuelto en una espesa manta de neblina, la condesa de la humedad que proviene de la selva. Llegando la noche, la temperatura descendió a los 5 grados y la fuerte humedad nos causó la desagradable sensación de “frío en los huesos”.
Encontramos albergue en la casa de unos parientes de Ricardo, quienes nos recibieron con un plato de gustosas patatas típicas de la zona, además de maíz hervido, arroz e infusión de mugua, una especie de hierba aromática parecida a la menta. 
A la mañana siguiente nos despertamos al alba y, después de un nutritivo desayuno a base de maca, empezamos a caminar hacia la fortaleza de Trinchera. Nos acompañó Héctor Caracciolo, un campesino de 63 años, de origen italiano.
Para llegar a la fortaleza (cuyas coordenadas son 69 grados 38’ Oeste y 14 grados 26’ Sur), hay que caminar aproximadamente una hora, escalando hasta llegar a una altura de 4200 m.s.n.m. 
A lo lejos se ven las cimas nevadas: los rayos del sol resaltan sus contornos, pero de abajo sube con rapidez la neblina que amenaza envolver todo el valle con su mórbido abrazo. 
Por fortuna, cuando llegamos a las cercanías de los poderosos muros que defienden la fortaleza, el cielo se había puesto terso y el sol reinaba brillante en el cielo azul.
Eran las 7 de la mañana, y un aire frío, junto con una brisa punzante, acompañaban nuestra visita.
La arcaica fortaleza estaba allí, delante de nosotros, como la herencia de un pueblo desconocido que vivió en aquel lugar hace aproximadamente 700 años.
Después de un atento análisis del sitio arqueológico, concluimos que tiene una extensión de 120.000 metros cuadrados (un poco más de 1/10 de kilómetro cuadrado). Al interior de la fortaleza hay unas 500 casas, tanto circulares como cuadrangulares, hechas de losas de piedra; de lo que se infiere que la población total de Trinchera pudo haber alcanzado los 1500 individuos.
Como techo para las casas (de unos 3 metros de diámetro o de lado) se utilizaban palos de madera y paja, materiales hoy perdidos.
Caminando hacia la cima de la fortaleza, que luego corresponde también a la cúspide de la montaña, se nota cómo las casas son más amplias y mejor construidas. De esto se deduce que quienes pertenecían a la élite de Trinchera, el rey, la nobleza y los sacerdotes, vivían más arriba, mientras que en la entrada de la fortaleza vivían los guerreros y los campesinos.
Trinchera era una sociedad basada en el autoconsumo y en la guerra (incursiones en los valles), razón por la cual no se practicaba el comercio con otros pueblos.
Justo en la cumbre de la fortaleza se puede observar un gran bloque de piedra utilizado, probablemente, como altar ceremonial. Se observan algunas cavidades en la roca, usadas posiblemente para poner algunas ofrendas a los Dioses: hojas de coca, granos de maíz y semillas de quinua. 
Surge la pregunta de por qué el antiguo pueblo de Trinchera decidió construir una ciudadela fortificada en un lugar tan remoto, frío y húmedo, a una altura aproximada de 4200 m.s.n.m. y tan lejos de las partes bajas del valle, donde se puede cultivar fruta, hortalizas y donde el clima es más templado.
Para responder a esta pregunta hay que considerar que los antiguos tenían una concepción de vida completamente distinta de la nuestra. Daban mucha importancia al culto del Sol y, por esta razón, ubicaban sus lugares de culto en sitios muy elevados, cerca del cielo, justamente. Luego, hay otros motivos: una fortaleza rodeada de gruesos muros, situada a 4200 m.s.n.m. es difícilmente expugnable (la ciudadela pre-incaica del altiplano de Marcahuasi presenta algunas similitudes con Trinchera, aunque esta última está situada en una vertiginosa cima).
El pueblo de Trinchera vivía de agricultura y cultivaba patatas, además de maíz, quinua y otros cereales andinos. Probablemente, criaba camélidos andinos como llamas, alpacas y vicuñas.
La parte baja del valle estaba habitada por el pueblo de los Colo Colo. Quizá los Trinchera realizaban incursiones en el bajo valle con el fin de apropiarse de alimento y de mujeres, motivo por el cual se refugiaban en la fortaleza, a salvo de posibles represalias. 
Según el arqueólogo Ricardo Conde Villavicencio, la cultura Trinchera se remonta al período post-Tiwanaku y se sitúa en el horizonte temporal del 1250-1300 d.C.
Este período, que se define como época de los gobiernos regionales o reinos independientes, va del 1200 al 1400 d.C., cuando todo el territorio correspondiente al actual departamento de Puno fue conquistado por la etnia de los Incas.
En la ciudadela de Trinchera se encontraron fragmentos de cerámica con dibujos de guerreros, felinos y cóndores, además de utensilios de bronce y cobre. 
Ricardo Conde Villavicencio sostiene que después de la caída del imperio de Tiwanacu hubo una especie de “medioevo andino” que llevó a una retro-evolución cultural y social, o bien, detuvo el progreso de la civilización. Trinchera fue, entonces, uno de los varios reinos independientes que se formaron en la era post-Tiwanacu (hay algunas otras “fortalezas” en la zona, como Limbani, Phara, etc.)
En cuanto a la conservación, el estudio y la divulgación de este maravilloso sitio arqueológico, se espera que en el futuro las autoridades lo preserven e incentiven un proyecto arqueológico profundo, de manera que se pueda saber más sobre la vida del antiguo pueblo de los Trinchera.

YURI LEVERATTO 
Copyright 2010

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El enigma de los petroglifos de Pusharo, los más importantes de la Amazonía



Mi viaje a los petroglifos de Pusharo tuvo lugar en el 2008.
El objetivo principal era analizar de cerca uno de los más importantes petroglifos del mundo, tanto por complejidad como por grandeza, y profundizar, de esta manera, el estudio de etnias amazónicas que recorrieron la zona en épocas que se remontan al Mesolítico, cuando el clima en la Amazonía era diferente al de ahora.
El viaje inició en el pueblito de Atalaya, en las orillas del Río Alto Madre de Dios, de donde, en compañía de mi amigo Fernando Rivera Huanca, me embarqué en una lancha a motor con destino a Lactapampa (departamento de Madre de Dios). Al día siguiente remontamos el Palotoa y dormimos en la aldea indígena de Palotoa-Teparo.
En el pueblo de los Machiguenga (autóctonos de etnia Arawak), conocí a Guillermo, quien al otro día nos acompañó hasta el magistral grabado, junto con mi amigo Saúl Robles Condori.
En aproximadamente 4 horas de camino llegamos al Río Shinkibeni, donde se encuentran los petroglifos, uno de los lugares arqueológicos más importantes de América, aunque sea poco conocido.
El sitio fue descubierto en 1921 por el Padre Vicente de Cenitagoya, quien lo interpretó como un conjunto de letras góticas.
En mi opinión, la mayoría de los signos incisos en la pared principal de Pusharo, de unos 25 metros de longitud y 4 de altura (en total, hay tres paredes de petroglifos separadas la una de la otra), es de origen amazónico y se hizo usando duras piedras, quizás bajo el efecto de alucinógenos como la ayahuasca. Hay algunos símbolos de origen incaico, pero yo creo que los hicieron, en épocas más recientes, los antepasados de los Machiguenga, influenciados por algunos Incas que pasaron por el valle (quizá la mítica expedición del Inca Pachacutec).
Algunos símbolos merecen un análisis específico. El llamado “rostro de Pusharo” o figura con forma de cabeza tipo “máscara” (repetido al menos 6 veces), es la más enigmática de toda la pared, la cual yo considero que representa sencillamente la tribu a la que pertenecieron los autores del magistral grabado, casi como si se tratara de una demarcación territorial. (Hay un rostro más “tosco” también en la segunda pared).
A mi parecer, los petroglifos de Quiaca, que estudié y catalogué en mi reciente viaje al departamento de Puno, deben relacionarse con los de Pusharo, puesto que también ellos presentan “rostros” muy parecidos, aunque más estilizados (dos en total). 

En Pusharo hay, además, muchos signos abstractos, a menudo círculos concéntricos o espirales, que pudieron haber sido hechos bajo el efecto de la ayahuasca. Hay círculos simples, dobles o concéntricos. También hay una estructura semicircular subdividida en rombos a su vez punteados, que podría simbolizar un calendario. Luego, hay algunos símbolos astronómicos como el sol, con rayos rectilíneos o triangulares.
Los símbolos zoomorfos no son muchos: hay un conjunto de puntos que hace pensar en la huella de un felino, algunas líneas en forma de serpiente y varios signos tridigitales, como si fueran huellas de aves. El hecho de que los símbolos zoomorfos no sean muy numerosos podría sugerir que los autores de los petroglifos estaban sólo al comienzo de un largo proceso que los llevaría más adelante a desarrollar verdaderos cultos totémicos (culto del felino, serpiente y cóndor, típicos de las civilizaciones andinas).
Si bien visité a Pusharo hace más de un año, quise esperar a sacar conclusiones al respecto, sobre todo porque quería primero analizar e interpretar los petroglifos de Quiaca, que en mi opinión, son obra de la misma etnia amazónica que estaba en camino de la selva a la sierra alrededor del sexto milenio antes de Cristo. La selva amazónica, durante el Mesolítico, no era tan espesa e intricada como lo es actualmente y los pueblos que vivían allí podían moverse con menos dificultades que hoy en día.
Probablemente viajaron hacia la sierra, recorriendo los valles del Alto Madre de Dios y del Río Inabari (luego Huari Huari y Quiaca), para intercambiar productos típicos de la selva (coca, oro, plumas de aves, plantas alucinógenas y medicinales) por productos andinos (cereales como la quinua o quiwicha, maca y camélidos como llamas, alpacas, guanacos y vicuñas).
Incluso el nombre Pusharo, que en el valle de Quiaca se convirtió en Poquera, y por tanto, en la civilización andina Pukara (predecesora de Tiwanaku), que quizá significa “fortaleza”, podría significar que la etnia amazónica que recorrió los valles de la selva a la sierra “exportó” este término.
Según algunos lingüistas, los indígenas Uros, que viven en el lago Titicaca, tienen un lejano origen Arawak, por consiguiente, amazónico. ¿Son ellos los descendientes de la etnia Pusharo que atravesó los valles del actual Madre de Dios en dirección a la sierra hace algunos milenios?
El análisis genético del DNA de los Uros, comparado por ejemplo con el de los Matsiguenkas, podría darnos resultados sorprendentes. Por ahora, sólo la investigación en el campo, tratando de analizar los diversos elementos a nuestra disposición, nos puede acercar a la verdad, revelando los misterios de la prehistoria de la Amazonía, la cual es aún poco conocida y estudiada en la perspectiva arqueológica.

YURI LEVERATTO
Copyright 2009

viernes, 14 de octubre de 2011

Los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta



La Sierra Nevada de Santa Marta es un macizo inmenso, que se extiende sobre un área de más o menos 17.000 km cuadrados, en el norte de Colombia, en los departamentos del Magdalena, Cesar y La Guajira. Las cimas más altas de la Sierra (y de toda Colombia), son el Pico Colón y el Pico Bolívar, ambos de 5775 metros de altura sobre el nivel del mar.
En la Sierra Nevada de Santa Marta ha vivido el hombre desde tiempos muy remotos. Se estima que los primeros establecimientos humanos se originaron hace doce mil años. En la época de la conquista española, en el 1525, cuando Rodrigo de Bastidas fundó la ciudad de Santa Marta, el pueblo que habitaba la parte norte de la Sierra era el de los Tayronas. Ellos vivían de la agricultura, caza y pesca y no conocían la rueda, ni la utilización de los animales, ni la escritura. Con los españoles las relaciones fueron inicialmente amigables, después, sucesivamente los Tayronas fueron exterminados, no sólo asesinados de manera sangrienta, sino sobre todo extinguidos por las enfermedades traídas por los conquistadores. Los españoles no encontraron las fuentes de oro que esperaban y así comenzaron a avanzar hacia el interior de Colombia.
Hoy, en la Sierra Nevada de Santa Marta sobreviven los descendientes de los Tayronas, cuatro etnias diferentes pero emparentadas entre ellas. En el norte, cerca al mar viven los Wiwa. En el interior viven los Kogui y los Arzarios, en las cercanías de la ciudad perdida de los Tayronas, Teyuna. En el sur de la Sierra, por otro lado, viven los Arhuakos, quienes se definen Ika.
Para llegar a la aldea de los Kogui, llamada Mutanji, se parte de Mamey, pueblito a dos horas de buseta de Santa Marta. De Mamey se empieza a caminar trepando por angostos y fangosos senderos. El recorrido hasta Mutanji dura seis o siete horas de camino, pero es aconsejable detenerse a descansar una noche cerca al quiosco de Adán y bañarse en un torrente de aguas muy limpias.
El día siguiente se llega a Mutanji, el pueblo de los Kogui (pronunciación Kogi).
Es preferible presentarse de inmediato al Mamo del pueblo, la autoridad espiritual. Comúnmente es difícil entablar en poco tiempo una relación de confianza con esta gente, sobre todo porque son extremadamente desconfiados de los que no son indígenas, pero también porque no dominan plenamente la lengua española. Su idioma es el Kogui, una de las lenguas derivadas del Chibcha.
El Mamo es la figura central de la vida de los Kogui. Él está en contacto con las fuerzas de la naturaleza, sabe como tratar con los que no son Kogui (sean colombianos o extranjeros, llamados bunaci), puede atraer las fuerzas del bien y repeler las fuerzas del mal. La gente del pueblo se somete al su poder. Si él les pide trabajar un campo, o cuidar a los animales, ellos lo hacen sin pedir a cambio recompensa alguna. 
Los hombres utilizan el “popóro”, un utensilio cóncavo en donde, con una vara de madera, mezclan la baba de caracol, con una piedra calcárea llamada cal, que encuentran en las orillas del océano. Luego se ponen esta sustancia en la boca, en donde tienen constantemente un bocado de coca. La hoja de coca, mezclada con la baba de caracol y con la piedra calcárea da un efecto excitante, y calma el hambre y la sed. Para ellos la coca es una cultura y el poporo es un objeto personal importantísimo. Las mujeres no usan el poporo y no mastican coca. Son totalmente dominadas y no les es permitido aprender el español. Esta gente vive fuera de “nuestro mundo” y se consideran guardianes de la ciudad perdida, Teyuna, construida en el IX siglo a más o menos 5 horas de camino más arriba. Actualmente nadie vive en la ciudad perdida.
Para acceder a ella hay mil doscientos escalones de piedra que llevan a una explanada en donde hay muros de contenciones y terrazas.
Los Kogui viven en chozas de lodo solidificado cubiertas con paja. Junto a los Kogui viven los Arzarios, más abiertos al diálogo y más interesados sobre el uso de la tecnología moderna.
Mientras que para los Koguis, cada nuevo aporte de tecnología se considera contrario a su cultura.
Por otro lado, para llegar a la tierra de los Aruhakos, es necesario primero que todo arribar a la ciudad de Valledupar, situada a más o menos cuatro horas en bus desde Santa Marta. La ciudad, calurosísima, es famosa por un tipo de música lenta, para bailar en parejas, denominada vallenato.
Desde Valledupar se llega en más o menos dos horas en buseta al pueblito de Pueblo Bello, situado a unos mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar.
En el pueblo, en donde ya se ven grupos de Aruhakos, vestidos con su tradicional traje blanco y con su gorra típica llamada gorro, se contrata un vehículo campestre. Es un recorrido extremo, y a veces también peligroso puesto que las lluvias, a menudo diarias, transforman el camino en un mar de lodo, y el terreno se quiebra en profundos cañones. Alternativamente se puede llegar a Nabusimake caminando, en más o menos siete horas, pero no es aconsejable.
Se sube por la montaña durante unas dos horas, a unos tres mil metros sobre el nivel del mar. Después se desciende al valle de Nabusimake, un verdadero paraíso de plantas y de flores. 
El paisaje es maravilloso. Las plantas más comunes son los agaves, las buganvillas y las orquídeas. Prados muy verdes y gigantescos y torrentes de agua muy limpia. Parece realmente haber llegado al paraíso terrestre, un lugar ancestral olvidado por el “mundo”.
Los Arahuakos, o Ika, como ellos se definen, viven en este valle desde tiempos muy remotos y practican la agricultura y la ganadería.
Hay una aldea, en donde uno se registra con el comisario y especifica el motivo de la visita. Después de haber recibido la autorización para la residencia, y de haber pagado una cuota simbólica, se puede empezar a explorar el lugar, estando, sin embargo, atento a no hacer demasiadas preguntas para no enemistarse con la gente de la aldea. En el pueblito, hay algunas pequeñas casas de lodo seco, mientras que en el valle hay algunas de madera y de ladrillos.
En el valle viven también los mestizos, descendientes de Aruhakos mezclados con colombianos. Los mestizos son cristianos y no hablan la lengua Ika, sino que se expresan sólo en español.
También para los Aruhakos la figura central es el Mamo, máxima autoridad espiritual. Los Aruhakos creen en Dios, quien viene llamado Kaka Serangua, el creador del universo. Creen que Dios haya creado primero los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta y después todos los demás pueblos de la Tierra, los bunaci.
En el valle se cree firmemente en que los varios Mamos del lugar se comunican mentalmente con Dios y actúan de modo que los que no son nativos de la Sierra, es decir todos los pueblos de la Tierra, preserven la naturaleza.
Es una hipótesis un poco sugestiva pero nosotros, habituados a vivir en ciudades y a respirar los gases que liberan los automóviles, ¿podríamos probar con certeza que sus creencias sean falsas? No creo definitivamente.
A Nabusimake hay una escuela, que puede compararse con nuestro bachillerato. Hombres y mujeres estudian diferentes asignaturas, entre las cuales están las matemáticas, la geografía, la historia, cultura y lengua Aruhaka. El idioma Aruhako, también derivado del chibcha se escribe con el alfabeto latino, pero hay algunas diferencias, por ejemplo, para obtener un sonido similar al de la K, se utiliza una A al revés.
Hablé con varios jóvenes, y todos están convencidos de la pureza de su gente, y de la importancia de preservar su lengua y su cultura.
Esta gente, sea la de los Kogui o la de los Aruhakos, vive en un mundo aparte, no utiliza la luz eléctrica ni el agua corriente.
Estas etnias, que viven en la Sierra, son sólo dos de las ochenta diferentes culturas indígenas que actualmente viven en Colombia. En la constitución de Colombia las culturas indígenas están reconocidas y las lenguas indígenas, sesenta y cuatro, son consideradas oficiales.

YURI LEVERATTO
2007 Copyright

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Teyuna, la ciudad perdida de los Tayrona




La Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia, es un inmenso macizo montañoso con una extensión de 17.000 kilómetros cuadrados. Las cimas más altas de la Sierra son el pico Colón y el pico Bolívar, las cuales, con 5775 metros de altura, son las más altas de Colombia. Son, además, las cimas más altas del mundo cerca al mar, del cual distan no más de 42 kilómetros.
En la Sierra Nevada de Santa Marta se presentan todos los climas de la Tierra, exceptuando el desértico.
La zona fue habitada desde épocas remotas, pero a partir de la era de Cristo, el pueblo de los Tayrona, de origen meso-americana, que se expresaba en chibcha, se estableció allí.
Los Tayrona no conocían la escritura, ni el uso de la rueda o la utilización de los animales. Sin embargo, habían ejercido la agricultura a larga escala, que les permitía obtener excesos de producción.
Vivían en varios asentamientos: el conocido hoy con el nombre de Pueblito, en el parque Tayrona, era uno de los más grandes, con aproximadamente 1000 cabañas. Las cabañas de adobes eran comúnmente construidas sobre bases circulares delimitadas por muros de contención de piedra.
Otros asentamientos, hoy perdidos, eran Bonda, Pocigueica, Tayronaca y Betoma, todos situados en lugares no lejos de la costa. Al interior de la Sierra Nevada, a una altura de aproximadamente 1200 metros sobre el nivel del mar, estaba situada, en cambio, Teyuna, centro espiritual y comercial de primera importancia.
Para llegar a Teyuna es necesario caminar por los angostos senderos de la Sierra Nevada.
La primera parada del viaje se hace en Mamey, un pueblito de colonos al que se llega por una carretera destapada. De Mamey se continúa caminando, trepando arriba y abajo los caminos de la Sierra. Ya desde el primer día de recorrido se aprecia la exuberante vegetación, el bosque tropical y se tiene contacto con el pueblo de los Kogui, descendientes de los Tayrona. 
Al segundo día se continúa el camino y se entra en el valle del río Buritaca. Se visita Mutanji, el país de los Kogui y se puede tener contacto con estos indígenas, que aún hoy hablan el chibcha y siguen las tradiciones ancestrales de los Tayrona.
Al tercer día continúa el recorrido y después de haber atravesado una decena de veces el río Buritaca, con el agua a la cintura, se llega a un punto donde se ve una empinada escalera, construida por los Tayrona. Son aproximadamente 1200 peldaños antes de llegar a Teyuna y poder vislumbrar las primeras terrazas delimitadas por muros de contención de piedra que servían como soporte a las cabañas.
Teyuna en lengua chibcha significa origen de los pueblos de la Tierra, pero el nombre popular de este importante yacimiento arqueológico es ciudad perdida. Teyuna permaneció, en efecto, abandonada y olvidada durante unos 375 años, hasta la fecha de su descubrimiento en 1973. A veces se le llama también Buritaca 200, en referencia al número de lugares arqueológicos descubiertos en el área de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Después de las incursiones de los españoles en la zona costera de Santa Marta, a partir de 1525, los Tayrona se adentraron cada vez más en la Sierra Nevada y probablemente se refugiaron en Teyuna alrededor de 1540.
En el valle del río Buritaca, en una zona comprendida entre los 500 y los 2000 metros de altitud, fueron encontrados 32 centros urbanos. Algunos cuentan sólo con 50 terrazas, delimitadas por muros de contención, otros, como Teyuna, cuentan con unos 140 terraplenes. Estos asentamientos son: Tigres, Alto de Mira, Frontera y Tankua.
Teyuna, cuyas estructuras de piedra se encuentran a una altura comprendida entre los 900 y los 1200 metros sobre el nivel del mar, era el centro principal de la totalidad del valle y cumplía un rol espiritual y comercial.
Probablemente en cada terraza estaban construidas 2 cabañas. Se puede estimar, por tanto, que la población total de Teyuna comprendía las 1500 personas, por un total de 280 cabañas.
Los Tayrona decidieron, con el paso del tiempo, modificar el terreno, empinado y accidentado, para obtener superficies planas aptas para la construcción de sus unidades residenciales.
Algunos muros Tayrona tienen una altura de hasta 9 metros y además de contener las terrazas, sirven para marcar los caminos, canalizar los flujos de agua y evitar la erosión de las montañas. La forma de las terrazas varía según la ubicación y probablemente según el uso al cual estaban destinadas. Aquellas situadas a más altura son ovales, mientras que las otras son en su mayoría semicirculares o circulares. Su extensión varía desde los 50 hasta los 880 metros cuadrados.
En la Sierra Nevada el régimen de lluvias es abundante: de los 2000 a los 4000 mm anuales. Los arquitectos Tayrona se vieron obligados a perfeccionar las técnicas para controlar el flujo de agua. Fueron construidos canales subterráneos que funcionan aún hoy. Además, la superficie de las terrazas tiene una pendiente media del 10% hacia el exterior.

La economía de los Tayrona, basada en la agricultura, permitió sostener a la densa población en la Sierra Nevada por aproximadamente 700 años, en un período comprendido entre el siglo IX hasta el fin del XVI de la era de Cristo. Después del análisis y del estudio de las tradiciones de los Kogui, descendientes de los Tayrona, se deduce que Teyuna fue abandonada alrededor de 1600 y que permaneció olvidada, exactamente, durante más de tres siglos. Probablemente se difundieron epidemias que obligaron a los Tayrona a abandonar su ciudad y a dispersarse en pequeños asentamientos a lo largo del valle, difícilmente accesibles a los españoles.
Con el tiempo, los nativos de la Sierra Nevada dejaron de visitar Teyuna, aunque en las tradiciones de los Kogui la exacta ubicación de la ciudad estaba cuidadosamente guardada.
Alrededor de 1970, algunos campesinos que colonizaron la parte baja de la Sierra Nevada, hasta aproximadamente 700 metros sobre el nivel del mar, supieron de las posibilidades de encontrar grandes tesoros. En poco tiempo, algunos de ellos se organizaron y sin ninguna preparación arqueológica, se dedicaron al saqueo de las tumbas Tayrona, actividad ilegal llamada guaquería.
Los guaqueros se adentraron cada vez más al interior de la Sierra hasta que, en 1973, uno de ellos, Julio César Sepúlveda, llegó a la ciudad perdida y comenzó a saquearla. Casi contemporáneamente otro guaquero, Jorge Restrepo, junto con sus hombres llegó a Teyuna y se dedicó al saqueo. Los dos bandos se enfrentaron y los dos líderes murieron en el sangriento combate. La historia volvió a repetirse. Después de casi 500 años del desembarque de los primeros europeos en América, la manía de enriquecerse con el oro sepultado en las tumbas indígenas continuó aniquilando víctimas.
El saqueo persistió. En Santa Marta, en 1975, había comerciantes sin escrúpulos que organizaban las expediciones de los guaqueros hacia la Sierra Nevada. Les proporcionaban medios económicos: mulas, armas, palas, alimentos y obtenían a cambio la obligación de los guaqueros de venderles sólo a ellos los hallazgos arqueológicos, a menudo de inestimable valor intrínseco y artístico.
Los hallazgos eran luego revendidos en el mercado internacional y perdidos para siempre.
Por fortuna, este infame comercio fue interrumpido en 1976, cuando una expedición científica organizada por el Instituto Colombiano de Antropología llegó hasta Teyuna e inició un proceso de valorización, restauración y conservación de los hallazgos y de las terrazas de la ciudad.
Cinco personas llegaron a Teyuna en 1976: los arqueólogos Gilberto Cadavid y Luisa Fernanda Herrera de Turbay, el arquitecto y escritor Bernardo Valderrama Andrade y los guías locales Francisco Rey y ‘El Negro’ Rodríguez.
Luego de sus trabajos de excavación en las terrazas de Teyuna, obtuvieron importantes hallazgos como joyas de oro y vasos de cerámica finamente tallados. Fueron encontradas también algunas espadas y alabardas españolas, pero no está claro si algunos grupos de españoles llegaron a Teyuna o si esas armas fueron sepultadas en las tumbas como trofeo de guerra.
Hoy Teyuna está abierta y disponible para todos. El gobierno colombiano protege a este maravilloso lugar de ulteriores saqueos.

YURI LEVERATTO
2008 Copyright

Este articulo se puede reproducir indicando el nombre del autor y la fuente www.yurileveratto.com

Fotos: derechos reservados de Yuri Leveratto

jueves, 25 de agosto de 2011

El origen de la secuencia semanal universal


Todos sabemos que los nombres de los días de la semana provienen de la observación que hicieron antiguos astrónomos de los astros.
Los siete astros visibles a simple vista, que varían su posición en el cielo (mientras que las estrellas están “fijas”), son el sol, la luna, marte, mercurio, júpiter, venus y saturno.
Sin embargo, hay algunas cuestiones que hasta el día de hoy no han sido resueltas: en primer lugar, por qué se crearon “semanas”, justamente de siete días; pero, sobre todo, la “secuencia semanal universal”, o bien, la disposición específica de los días en la semana, que aún no ha sido explicada con claridad.
En cuanto a la duración de siete días, se plantearon varias hipótesis, pero la más probable es que en la antigüedad, quizás durante la era de los sumerios o incluso antes, durante el periodo anti-diluviano, se dieron cuenta, observando la luna, de que ésta tarda 28 días para girar alrededor de la Tierra. Este tiempo, llamado “fase lunar”, está compuesto por cuatro períodos, cada uno de 7 días: luna llena, luna menguante, luna nueva y luna creciente.
En la tradición astrológica sumeria, egipcia y greco-romana, los nombres de los días se la semana provienen de los siete astros visibles a simple vista: el sol (considerado dios en muchas antiguas civilizaciones, y asociado a Apolo en la cosmogonía griega y romana), o día del Señor (por tanto, Dominus en latín), se asoció al domingo; la luna (vinculada a la diosa Artemisa en la cosmogonía griega y a Diana en la romana), corresponde al siguiente día, el lunes; marte (Dios de la guerra, Ares en Grecia), al martes; mercurio (mensajero de los dioses, Hermes en Grecia), al miércoles; júpiter (divinidad suprema para los antiguos griegos, Zeus en Grecia), al jueves; venus (diosa del amor, Afrodita en Grecia), al viernes; y saturno (Crono en Grecia, dios de la agricultura), al sábado.
En la antigua tradición astrológica hindú, los nombres de los días de la semana provienen exactamente de los mismos astros: surya (sol), soma (luna) mangala (marte), budha (mercurio), guru (júpiter), shukra (venus) y shani (saturno). 
También en las tradiciones china, japonesa, tibetana y coreana, los nombres de los días de la semana provienen de los mismos astros, visibles a simple vista, cuya ubicación en el cielo cambia según la posición del observador situado en la Tierra.
En lo que concierne, en cambio, a la “secuencia semanal”, las cosas se complican, puesto que la secuencia universalmente adoptada: domingo, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado, no tiene que ver ni con la distancia del correspondiente astro de la Tierra, ni con su grandeza o luminosidad.
Lo extraño es que, aparentemente, todas las antiguas culturas, tanto la china como la hindú, e incluso la del oriente medio y la egipcia, adoptaron la misma secuencia semanal, lo que constituye de por sí un enigma.
¿Es posible que la misma secuencia semanal haya sido acogida contemporáneamente por pueblos tan distantes entre sí? ¿O quizá hay un origen común antediluviano del cual luego se derivaron todas las secuencias semanales?
Por ahora no hay respuesta a esta pregunta, pero es interesante analizar las teorías que proponen el origen de la actual secuencia semanal.
La primera teoría es la de los “saltos cada tres astros”. Partiendo de la secuencia del astro visible más lejano (según los antiguos), o bien, en el orden: saturno, júpiter, marte, sol, venus, mercurio, luna, se procede a saltar cada tres y se obtiene: saturno (sábado), sol (domingo), luna (lunes), marte (martes), mercurio (miércoles), júpiter (jueves) y, finalmente, venus (viernes).
La segunda hipótesis asigna a cada hora del día (24 horas) el nombre de un planeta (siempre a partir del esquema del astro visible más lejano, según los antiguos), comenzando por la primera hora (00-01), que se asigna a saturno (el astro más lejano), la segunda a júpiter, la tercera a marte y así, hasta la última hora del día (23-24), dedicada a marte. La primera hora del segundo día se dedicará, por consiguiente, al sol.
Al seguir este esquema, se evidencia que, si la primera hora y el primer día se dedican a saturno (o bien, sábado), el segundo día se dedicará al sol (por lo tanto, domingo), y la primera hora del tercer día se dedicará a la luna (a saber, lunes). Siguiendo esta lógica, se obtendrá la secuencia semanal que todos usamos.
Estos dos métodos nos los trasmitió el historiador Dion Casio en su Historia Romana. Según el estudioso Bickerman, en cambio, fue el filósofo griego Celso quien mencionó en sus obras el origen persa de la hipótesis que asigna a cada hora del día el nombre de un planeta.
Hay, no obstante, otra teoría muy interesante que explica la secuencia semanal universalmente adoptada: el esotérico peruano Daniel Ruzo (1900-1991), quien estudió a fondo al altiplano de Marcahuasi en Perú, elaboró una teoría esotérica-alquímica muy particular.
Según la alquimia medieval (que proviene, a su vez, de la egipcia), a cada dios de la antigüedad le estaba asignado un elemento: Saturno estaba asociado al plomo, Júpiter al estaño, Marte al hierro, Apolo (sol) al oro, Venus al cobre, Mercurio al mercurio y Diana (luna) a la plata.
Ahora bien, si consideramos el peso atómico de cada elemento, obtenemos la siguiente secuencia decreciente: plomo (Saturno, sábado), 82; mercurio (Mercurio, miércoles), 80; oro (Apolo, domingo), 79; estaño (Júpiter, jueves), 50; plata (Diana, lunes), 47; cobre (Venus, viernes), 29; hierro (Marte, martes), 26.
Aplicando luego a esta tercera teoría el método del “salto cada dos elementos” obtenemos, empezando por Saturno: sábado, domingo, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, o bien, la secuencia semanal universal.
Como puede verse, hay varias teorías que explican el orden de la “secuencia semanal universal”, pero ninguna es aceptada como la verdadera. 
No parece creíble que las llamadas “primeras civilizaciones” (sumerios, cultura del valle del Indo, chinos) hayan adoptado al unísono la misma secuencia semanal por pura casualidad.
Es más probable que haya un origen común de esta secuencia, quizás en la era antediluviana. 

YURI LEVERATTO
Copyright 2011

Bibliografía: Ruzo, Daniel, Marcahuasi la historia fantástica de un descubrimiento (1974).

Imagen: mapamundi babilones


viernes, 15 de julio de 2011

Francisco de Orellana, gobernador de la Amazonia


En los primeros días de 1543 Francisco de Orellana regresaba a Europa, después de su fantástico viaje en el cual descubrió el Rio Amazonas. 
Sin embargo, el navío donde viajaba el capitán Orellana no atracó en España sino en Portugal, en Lisboa.
¿Cuál fue el motivo de este cambio de planes? Tal vez debían hacer escala en Lisboa por razones comerciales. Por el contrario, algunos historiadores sostienen que Orellana quiso tener una audiencia con João III, el rey de Portugal.
Orellana estaba convencido de que debía ofrecerle las tierras que había descubierto a su rey Carlos V, pero sabía cómo andaban las cosas en el Consejo de Indias, la organización de la Corona encargada del gobierno y de la administración del Nuevo Mundo. Sabía que, una vez que llegara a su patria, tendría que enfrentar miles de dificultades para poder convencer al rey y a sus burócratas de que le encargaran el mando de una expedición para la conquista y el gobierno de un área inmensa. Su audiencia con el rey de Portugal, según sus planes, favorecería justamente la solicitud que le haría a Carlos V.
João III le ofreció participar en una empresa al mando de naves portuguesas, pero él rechazó la propuesta, reservándose la posibilidad de aceptarla después.
En realidad, Orellana estaba tratando de ganar puntos con la Corona de España, sabiendo que el rey Carlos V pronto se enteraría de su audiencia con João III. Él le demostraría que ya tenía una propuesta del soberano de Portugal, para que su solicitud resultara más vendible.
No obstante, había otro punto, muy significativo, que Orellana no ignoraba: el tratado de Tordesillas. Según este acuerdo, aprobado en 1494, el papa español Alejandro VI había dividido el mundo entre España y Portugal a partir del meridiano de 46 grados: las tierras ubicadas al oeste de tal línea serían propiedad de España, mientras que aquellas situadas al este, de Portugal. Sin embargo, no estaba claro en dónde caía exactamente esa demarcación y si el estuario del Río Amazonas resultaba ser de propiedad española o portuguesa.
Orellana se presentó frente al rey de Portugal porque pensó que si luego se demostraba la influencia portuguesa sobre la Amazonía o sobre parte de ella, él podría contar entonces con la propuesta que le había hecho el soberano.
La última razón por la cual Orellana pidió una audiencia con éste fue quizá la más importante. Sabía que Gonzalo Pizarro lo había desacreditado frente a la Corona, tildándolo de traidor. Seguramente, las quejas de Pizarro ya habían llegado a oídos de Carlos V. Si estas acusaciones se comprobaban o en el caso de que él no pudiera refutarlas, tenía todavía la posibilidad de partir con barcos portugueses.
Luego, Orellana se dirigió a Valladolid, donde estaba la corte del rey de España. Llegó allí en el mayo de 1543 y de inmediato pidió una audiencia con Carlos V.
Durante aquellos meses el rey estaba en guerra con los luteranos, había empezado a tener querellas con el papa y, contraviniendo a los tratados de amistad, había dado inicio a un conflicto contra Francisco I, el soberano de Francia. Toda Europa era un embrollo de confusión, hambre, miseria y enfermedades.
Cuando estuvo en presencia del rey, Orellana le describió los colosales territorios que había descubierto y atravesado. Los relatos sobre el río, los numerosos indígenas que allí vivían y las extraordinarias riquezas que los inmensos bosques podían encerrar, intrigaron a Carlos V, quien escuchaba el testimonio del capitán.
Como Carlos V debía viajar lo más pronto posible a Alemania, dispuso que el Consejo de Indias investigara sobre el viaje del capitán extremeño, teniendo también en consideración las cartas que habían llegado a la corte de parte de Gonzalo Pizarro.
El Consejo de Indias existía desde aproximadamente veinte años.
Tenía una jurisdicción civil y militar sobre la gran mayoría de las tierras americanas y también un representante diplomático frente al pontífice.
Los funcionarios del Consejo de Indias se mostraron escépticos, sobretodo sobre un punto: ¿el estuario del río caía bajo influencia española o portuguesa? Y además, algunos demostraban desconfiar de Orellana, más aún después de haber leído la carta de Pizarro, con fecha del 3 de septiembre 1542, la cual lo desacreditaba. He aquí un fragmento:

Y yendo caminando el río abajo la vía que los guías decían, estando setenta leguas desta provincia, tuve nueva de los guías que llevaba como había un despoblado grande en el cual no había comida ninguna: y sabido esto hice parar el real y abastecernos de comida toda la más que se pudo haber: y estándose ansí la gente proveyendo de comida, vino a mi el capitán Francisco de Orellana... y me dijo que las guías decían aquel despoblado era grande y que no había comida ninguna hasta donde se juntaba otro río grande con este por donde caminábamos, y que allí, una jornada el río arriba había mucha comida, de las cuales guías yo me torné a informar y me dijeron lo que habían dicho al capitán Orellana: y el capitán Orellana me dijo que por servir a V.M. y por amor de mi, que el querría tomar trabajo de ir a buscar la comida donde los indios decían, porqué el estaba cierto que allí la habría: y que dándole el bergantín y las canoas armadas de sesenta hombres, quel iría a buscar la comida y la traería para socorro del real, y que como yo caminase hacia abajo y el viniese con la comida, quel socorro seria breve y dentro de diez o doce días tornaría al real.
Y confiado que el capitán Orellana lo haría ansí como lo decía, porquel era mi teniente, dije que holgaba que fuese por la comida, y que mirase que viniese dentro de los doce días y por ninguna manera no pasase de la junta de los ríos, sino que trajese comida y no curase de más, pues llevaba gente para lo hacer ansi. Y me dijo que por ninguna manera el había de pasar de lo que yo le decía, y que el venia con la comida en el termino que había dicho. Y con esta confianza que del tuve le di el bergantín y canoas y los sesenta hombres, porque había nueva que andaban muchos indios en canoas por el río: diciéndole ansimismo, que pues los guías habían dicho que en el principio del despoblado había dos ríos muy grandes, que no se podían facer puentes, que dejase allí cuatro o cinco canoas para pasar el real: y me prometió de lo ansí facer, y ansí se partió.
Y no mirando a lo que debía al servicio de V.M. y a lo que debía de fazer como por mi le había sido dicho, como su capitán y al bien del real y jornada, en lugar de traer la comida, se fue por el río sin dejar ningún proveimiento,...sin haber parescido ni nueva de el fasta ahora...

Orellana dio a los burócratas del rey las diferentes actas que habían sido firmadas en el transcurso del viaje: el nombramiento del escribano Francisco de Isasaga y la declaración de sus hombres que lo elegían como único comandante de la expedición. Con estos documentos quería demostrar que no había actuado de mala fe, queriendo atribuirse la gloria del descubrimiento, sino que se había visto obligado a continuar la navegación a causa de la imposibilidad de regresar donde su comandante Gonzalo Pizarro. Si así lo hubiera hecho, no sólo habría puesto en peligro las vidas de sus hombres, sino que no hubiera podido tampoco llevarle alimento al resto de la expedición porque durante aquellos días las provisiones se hubieran podrido: hubiera sido una empresa sin esperanza.
Los funcionarios del Consejo de Indias le pidieron a Orellana que escribiera un detallado informe del viaje que incluyera los motivos que lo impulsaron a partir. Además, le solicitaron que aclarara qué era lo que pedía exactamente.
En el informe se puede ver cómo Orellana enfatizó en la posibilidad de llevar la fe católica a los nativos de la Amazonía. Este argumento era muy importante para encontrar financiadores dentro del Consejo de Indias. A continuación, un fragmento:

...y por servir a Dios y a Vuestra Majestad e describir aquellas grandes provincias y traellas al conocimiento de nuestra Sancta Fee Catolica las gentes dellas y ponerlas debajo del dominio de Vuestra Majestad y de la Corona Real destos reinos de Castilla, posponiendo mi peligro, y sin interés ninguno mío, me aventuré a querer saber lo que había en las dichas provincias...y pues la cosa ha sido y es tan grande y mayor que nunca cosa de lo poblado y tierra, y que los naturales della podrán venir en conocimiento de nuestra Sancta Fee Catolica, por qué la mayor parte della es gente de razón, suplico a Vuestra Majestad sea servido de me la dar en gobernación para que yo la descubra y pueble por de Vuestra Majestad...

Orellana debió esperar muchos meses. El Consejo de Indias se tomaba muchísimo tiempo, ya que debía analizar todos los documentos y juzgar si era económicamente favorable para la Corona española emprender una expedición tan difícil. Además, se esperaba la opinión de algunos cosmógrafos, los cuales debían dictaminar si el estuario del Río Amazonas caía en poder español o portugués.
Orellana viajó a Trujillo, su pueblo natal, donde se reencontró con su madre y donde conoció al nuevo esposo de ésta, el mercader Cosme de Chaves, quien le prometió ayudarlo si obtenía el anhelado contrato.
Sin embargo, Orellana sabía que aún si obtenía la autorización de la Corona, no era seguro que el Consejo de Indias le otorgara los medios económicos para organizar la nueva expedición. Por lo tanto, viajó a Sevilla con la esperanza de ponerse en contacto con mercaderes y financiadores.
En uno de estos viajes conoció a Ana de Ayala, una bellísima joven de bajo nivel social, de la cual se enamoró.
En los meses siguientes fue interrogado nuevamente por los funcionarios del Consejo de Indias, que pocos días después le dieron los vistos buenos para concederle la posibilidad de regresar a la Amazonía con una expedición patrocinada por la Corona.
¿Qué impulsó a los burócratas del rey a apresurar el momento de la decisión?
Seguramente, llegaron noticias de Portugal que contaban que el rey lusitano estaba pensando en autorizar una expedición, encargándole el mando a un misterioso explorador que había viajado por el estuario del Río Amazonas. El embajador español comunicó en secreto que en Lisboa se estaba preparando un ejército para recorrer el gran río.
El plan de Orellana había funcionado. Haberle relatado el viaje al rey João III fue determinante, porque persuadió a los consejeros de las Indias a apoyar su proyecto.
A continuación, un fragmento de la decisión final que el Consejo de Indias envió al príncipe Felipe:
Visto en el consejo esta petición de capítulos y la relación del dicho Capitán Orellana, ha parecido que, según la relación y el paraje en que este río y tierras que dice que ha descubierto está, que podría ser tierra rica y donde Vuestra Majestad fuese servido y la Corona Real destos reinos acrecentada; y por esto parece a la mayor parte del Consejo que al servicio de Vuestra Majestad conviene que las costas deste río se descubran y pueblen y ocupen por Vuestra Majestad, y que esto sea con toda la más brevedad y buen recaudo que se pueda, porque, allende del servicio que a Dios Nuestro Señor se hace en traer a los naturales de aquella tierra al conocimiento de su Sancta Fee Católica e ley evangélica, de que hasta aquí han estado sin ninguna luz, conviene ansi al acrecimiento de vuestra Corona Real...y agora en una carta que los Oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla escriben al Príncipe, dicen que tienen nueva que en Portugal se hace armada para entrar por este río; y parece que debe ser verdad, porque ya otra vez, habrá tres o cuatro anos, por industria del tesorero Hernan Dalvarez, hizo cierta armada para entrar por aquella costa, y se perdió; y también nos parece que segundo las demostraciones que por parte del Rey de Francia se han hecho para querer entender en cosas de Indias, que llegado a su noticia esto, se podía acodiciar a ello...nos parece a la mayor parte que este descubrimiento y población se haga, y que se encomiende a este Orellana por lo haber el descubierto y tener noticia dello...

El príncipe Felipe, al recibir los vistos buenos del Consejo de Indias, consultó el asunto con su padre, el rey. Al fin, el 13 de febrero de 1544, dio a Orellana un contrato firmado por él mismo, con el cual el capitán extremeño era nombrado gobernador de Nueva Andalucía (así fue llamada la cuenca amazónica). He aquí un fragmento:

El Príncipe:
Por cuanto vos el Capitán Francisco de Orellana me hicistes relación que vos habéis servido al Emperador y Rey mi señor en el descubrimiento y pacificación de las provincias del Pirù y de otras partes de la Indias, y que , continuando la voluntad que siempre habéis tenido de servir a Su Majestad, salistes de las provincias del Quito con Gonzalo Pizarro al descubrimiento del valle de la canela, y que para ello empleastes en caballos y armas y herraje y otras cosas de rescate más de cuarenta mil pesos...y habiendo vos ido con ciertos compañeros un río abajo a buscar comida, con la corriente fuiste metido por el dicho río más de doscientas leguas, donde no podistes dar la vuelta, y que por esta necesidad y por la mucha noticia que tovistes de la grandeza y riqueza de la tierra, posponiendo vuestro peligro, y sin interés ninguno, por servir a su Majestad os aventurastes a saber lo que había en acuellas provincias, y que ansí descubristes y hallastes grandes poblaciones y distes en el Consejo de las Indias una relación del suceso del dicho viaje, firmada de vuestro nombre: y que vos, por el deseo que tenéis al servicio de Su Majestad y a que la Corona Real de estos reinos sea acrecentada, y a que las gentes que hay en el dicho río y tierras vengan al conocimiento de nuestra Fee Católica, queriades volver a la dicha tierra y la acabar de descubrir y a la poblar y que para ellos llevareis destos reinos trescientos hombres españoles, ciento a caballo, y los otros de a pie, y el aparejo que fuere necesario para hacer barcas, y ocho religiosos para que entendían en la instrucción y conversión de los naturales de la dicha tierra, todo ello a vuestra costa y minsion, sin que Su Majestad, ni los reyes que después del vinieren sean obligados a vos pagar ni satisfacer los gastos que en ello hicieredes, más que en esta capitulación vos será otorgado, y me suplicaste vos hiciese merced de la gobernación de lo que descubriesedes en una de las costas del dicho río, cual vos senalasedes, sobre lo cual yo mandé tomar con vos el asiento y capitulación siguiente:
Primeramente que seáis obligado y os obliguéis de llevar destos reinos de Castilla al descubrimiento y población de la dicha tierra, la cual habemos mandado llamar e intitular Nueva Andalucía, trescientos hombres españoles, los ciento de caballo y los doscientos a pie, que paresce ser suficiente número y fuerza para ir poblando y defendiéndose. Ansimesmo os obligáis de llevar aparejo para hacer las barcas que serán menester para llevar los caballos y gente por el río arriba. Item que no llevareis ni consentiréis llevar en las barcas indios algunos naturales de parte alguna de las nuestras Indias, Islas y Tierra Firme...so pena de diez mill pesos de oro para nuestra camara y fisco. Otrosí que halláis de llevar y llevéis hasta ocho religiosos, cuales os fueren dados y señalados por los del nuestro Consejo de las Indias, para que entiendan en la instrucción y conversión de los naturales de la dicha tierra; los cuales habéis de llevar a vuestra costa t darles el mantenimiento necesario. Item habéis de procurar de hacer con la gente que llevaredes dos pueblos el uno al principio de lo poblado, en la entrada del río por donde vos habéis de entrar, lo más cercano de la entrada...e otro en la tierra adentro, donde más cómodo e a propósito fuere, escogiendo para ellos los más sanos y deleitosos asientos que se pudieren haber, y en provincias abundosas, y en parte donde por el río se puedan proveer. Otrosí os obligáis de entrar a hacer el dicho descubrimiento y población por la boca del río por donde salistes, y de llevar destos reinos dos carabelas o navíos para que entren por la boca del dicho río...y en ellas algunas personas pacificas y religiosos a hacer las diligencias necesarias para persuadir a los naturales que en la dicha tierra hobiere que vengan a la paz...de forma que en todo caso se procure no venir en rompimiento con los indios. Otrosí que si algún gobernador o capitán hubiere descubierto o poblado algo en la dicha tierra y río donde vos habéis de ir, y estuviere ello al tiempo que vos llegardes, no hagáis cosa alguna ni os entrometáis a entrar en cosa alguna de lo que hubiere descubierto y poblado...y avisarnos heis de lo que pareciere, para que os mande en caso semejante lo que hagáis...Y porque entre el Rey Emperador mi señor, y el serenísimo Rey del Portugal hay ciertos asientos y capitulaciones cerca de la demarcación y repartimiento de las Indias, vos mando que las guardéis como en ello se contiene y que no toquéis en cosa que pertenezca al dicho serenísimo Rey. Haciendo y cumpliendo vos el dicho capitán Francisco de Orellana, las cosas suso dichas, y cada una de ellas, según y cómo en los capítulos de suso contenidos se contiene, y guardando las nuevas leyes y ordenanzas por su Majestad...prometemos de vos hacer y conceder las mercedes siguientes:
Primeramente doy licencia y facultad a vos el dicho capitán Francisco de Orellana para que por su Majestad y en nombre de la Corona Real de Castilla y León podáis descubrir y poblar la costa del dicho río a la parte de la mano izquierda de la boca del río por donde habéis de entrar...siendo dentro de los límites de Su Majestad. Item, entendiendo ser cumplidero al servicio de Dios Nuestro Señor, y para honrar vuestra persona, prometemos de vos dar titulo de Gobernador y Capitán General de lo que descubrierdes en la dicho costa de la mano izquierda del dicho río, con doscientas leguas de costa del dicho río, medido por el aire, las que vos escogierdes dentro de tres anos después que entrardes en la tierra con vuestra armada, por todos los días de vuestra vida, con salario de cinco mill ducados(1) cada un ano; de los cuales habéis que gozar desde el día que vos hicerdes a la vela en el puerto de Sanlucar de Barrameda para seguir vuestro viaje..Item vos hace merced de titulo de Adelantado de lo que ansi descubrierdes en la dicha costa en que ansí fuerdes Gobernador, para vos e un heredero subcesor vuestro, cual vos nombrardes. Ansimismo vos heremos merced del oficio de Alguacil Mayor de las dichas tierras para vos, y un hijo vuestro después de vuestros días, cual vos nombrardes.
Item vos damos licencia para que, con parecer y acuerdo de los Oficiales de Su Majestad de la dicha tierra, podáis hacer en ella dos fortalezas de piedra en las partes y lugares que más convenga, paresciendo a vos y a los dichos nuestros Oficiales ser necesarias para guarda y pacificación de la dicha tierra; Y vos hacemos merced de la tenencia dellas perpetuamente, para vos y para vuestros herederos y sucesores, con salario de ciento y cincuenta mill maravedís(2) en cada un ano con cada una de las dichas fortalezas...Otrosí vos hago merced de la dozava parte de todas las rentas y frutos que su majestad tuviere cada un ano en las tierras y provincias que vos ansí descubrierdes y poblardes conforme a esta capitulación...la cual vuestra merced vos hago para vos y vuestros herederos perpetuamente. Otrosí vos daremos licencia y facultad para que destos nuestros reinos y señoríos, o del reino de Portugal e islas de Cabo Verde o Guinea, podías pasar, y paséis, vos, o quien vuestro poder hubiere, a la dicha tierra ocho esclavos negros, libres de todos derechos. Item franqueamos a vos e a la gente que con vos al presente fuere a la dicha tierra, e a los que después fueren a poblar a ella, que por termino de diez anos primeros siguientes que corran y se cuenten desde el día de la fecha desta capitulación en adelante, no paguen derechos de almojarifazgo de todo lo que llevaren para proveimiento y provisión de sus casas en las dichas tierras.
Y porque el Rey Emperador mi señor, habiendo sido informado de la necesidad que había de proveer y ordenar algunas cosas que convenían a la buena gobernación de las Indias y buen tratamiento de los naturales dellas y administración de la justicia, mandó hacer ciertas leyes y ordenanzas, las cuales vos mandamos dar en molde, firmadas de Juan de Samano, Secretario de Su Majestad, habéis de guardar las dichas leyes y ordenanzas en todo y por todo...que son las siguientes: ...que vos ni persona alguna de los que con vos fueren no toméis ni tomen mujer casada, ni hija, ni otra mujer alguna de los indios, ni se les tome oro, ni plata, ni algodón, ni plumas, ni piedras, ni otra cosa que poseyeren los dichos indios, sino fuere rescatado y dándoles el pago en otra cosa que lo valga, y haciéndose el rescate y pago según el dicho veedor y religioso paresciere, so pena de muerte y perdimiento de bienes el que lo contrario hiciere...Item que por ninguna vía ni manera se haga guerra a los dichos indios, ni para ellos se de causa, ni la haya, si no fuere defiendendoos con aquella moderación que el caso lo requiere; antes mandamos que se les dé a entender como nos enviamos solo a les ensenar y doctrinar, y no a pelear, sino a darles conocimiento de Dios y de nuestra Santa Fee Católica...Yo, el Príncipe.

El secretario del rey le entregó el contrato a Orellana y le dijo que tenía cinco días para leerlo y firmarlo. Finalmente había obtenido el anhelado acuerdo.
También él podía ambicionar la gloria de Colon, Cortés o Pizarro, incluso más que ellos: los territorios que él administraría eran enormes. Por tanto, sería el gobernador más poderoso de América y nadie, salvo el rey, podría interferir con su autoridad.
Sin embargo, más tarde, leyendo con atención el contrato, se dio cuenta de que su aventura era muy difícil.
En efecto, la Corona le daba un apoyo formal, concediéndole los títulos de gobernador, capitán general, adelantado y alguacil, pero no le proporcionaba los medios económicos para emprender la expedición. No le ponía a disposición las embarcaciones, ni la artillería, ni las armas ligeras. No le suministraba provisiones, ni equipaje, ni pilotos expertos, marineros o carpinteros. El príncipe le concedería un salario de cinco mil ducados anuales, pero sólo desde la fecha de su partida. Además, le prometía la duodécima parte de todos los ingresos derivados de la explotación de las tierras por él conquistadas: una suma potencialmente enorme, si se considera que la Amazonía es enorme, pero todo aquello era hipotético, irreal. El príncipe le ordenaba zarpar con trescientos españoles de los cuales cien iban con caballo incluido, pero era él quien debía reclutar a estos hombres, quienes partirían a una tierra desconocida y peligrosa sin salario fijo. La empresa resultaba muy compleja. Por un momento pensó que debía rechazar el contrato y partir por cuenta del rey de Portugal, quien le había prometido los medios económicos y un ejército de soldados armados, además de carpinteros, herreros y pilotos expertos. No obstante, esa promesa se remontaba a un año antes y ya no había nada de cierto. Si rechazaba el contrato ofrecido por el Príncipe, no sólo perdería la ocasión de su vida, sino que no estaría seguro tampoco de poder cerrar un nuevo acuerdo con Portugal. Además, sería acusado de traidor de la patria, puesto que vendería su Amazonía y su río a una potencia extranjera.
Decidió firmar el documento. Después lucharía con los banqueros, los financiadores y los mercaderes para encontrar los medios económicos necesarios para emprender la aventura. A los hombres los hallaría, aún si tuviera que reclutar a desesperados y a delincuentes prometiéndoles tierras, y riquezas.

YURI LEVERATTO
Copyright 2014

Traducido por Julia Escobar, de Medellín, Colombia


Foto principal: Una página del acuerdo entre la Corona de España y Francisco de Orellana, del 13 febrero 1544. (España. Ministerio de Cultura. Archivo General de Indias. AGI, Patronato, 28, R.16, Capitulaciones de Francisco de Orellana).

Notas:
(1) El ducado era una moneda de oro de 3,6 gramos.
(2) El maravedí era una moneda de cuenta. 350 maravedís valían un ducado.

Bibliografia:
Ramusio, Giovanni Battista (comp.) (1606). Delle Navigationi et Viaggi. Tomo 3.
Fernández de Oviedo, Gonzalo (1855). José Amador de los Ríos, ed. Historia general y natural de las Indias, islas y tierra-firme del mar océano. Tercera parte. Tomo IV.

viernes, 10 de junio de 2011

El inframundo de Tierradentro


La zona arqueológica denominada Tierradentro se encuentra en Colombia meridional, en la frontera entre los departamentos del Cauca y del Huila, justo en la ladera del imponente macizo montañoso llamado Nevado del Huila (la montaña andina más alta de Colombia, de 5750 metros sobre el nivel del mar).
La primera noticia sobre Tierradentro la difundió el fray Santa Gertrudis en 1757. A continuación, una de sus descripciones del lugar:

En el sitio llamado Pedregal hay muchas tumbas que fueron excavadas tanto por el sacerdote como por el doctor Caycedo, un jesuita expulsado del cual hablaré luego. El padre me contó que hace muchos años hallaron mucho oro. Estas dos personas se volvieron riquísimas y poderosas con estas actividades de excavación.

De este testimonio del fray Gertrudis, quien fue también el primer occidental en describir a San Agustín, se infiere que ya desde el lejano 1757, o bien hace 252 años, la zona de Tierradentro fue saqueada, despojada y por desgracia, las joyas de oro encontradas, las cuales hubieran podido proporcionar importante información sobre la vida de los indígenas que vivían allí, fueron fundidas y vendidas, generando inmensas ganancias ilícitas.
La sucesiva descripción del lugar la hizo un siglo más adelante el general Carlos Cuervo Márquez, quien en su libro Prehistoria y viajes se refirió tanto a San Agustín como a Tierradentro como sitios donde vivió una “gran población prehistórica”. Además, describió varios terraplenes y montículos circulares, usados como lugares de sepultura, en la confluencia de los ríos Santo Domingo y Culebrina, los cuales, sin embargo, no fueron jamás hallados de nuevo.
A partir de 1936, varios investigadores como Gregorio Hernández de Alba y José Pérez de Barrados empezaron a estudiar las tumbas y los hipogeos con fines científicos, tratando de revelar los secretos de una misteriosa cultura esotérica, la cual ya 9 siglos antes de Cristo celebraba liturgias ocultas cuyo significado está todavía hoy envuelto en el misterio.
Después de los estudios de varios arqueólogos, se puede llegar a la conclusión de que la cultura de Tierradentro se remonta al 900 a.C., período durante el cual se inició la construcción de los hipogeos.
Durante unos 2100 años, hasta el 1200 d.C., la cultura Tierradentro prosperó, puesto que se percibe una continuidad estilística y ornamental tanto en las decoraciones murales al interior de los hipogeos, como en la cerámica.
Alrededor del siglo XIII, la zona de Tierradentro fue invadida por etnias Páez, que posteriormente se enfrentaron con valentía contra la avanzada española en el siglo XVI.
Algunos investigadores descubrieron dos tipos distintos de estatuas en el sur del actual territorio colombiano. El primer tipo, situado en el occidente del departamento de Nariño y en algunas zonas aisladas del Cauca, es de tamaño pequeño y de menor elaboración.
La segunda clase de estatuas, que se encuentra en San Agustín, Tierradentro, Moscopán y Aguabonita, es más grande y demuestra un notable avance estilístico.
En Tierradentro se hallaron varias esculturas, todas enterradas, escondidas en la cavidad de las raíces de los árboles. Estas estatuas son estilísticamente diferentes de las decoraciones murales de los hipogeos y por consiguiente, parece que no tienen que ver con la llamada cultura Tierradentro, sin más bien parece que se relacionan con la cultura de San Agustín.
Entre las figuras esculpidas descubiertas en Tierradentro hay una con la cabeza sauroforme, cuyo cuerpo, ahora deshecho, tenía que tener muchos metros de longitud. Las antropomorfas, tanto masculinas como femeninas, representan figuras frontales solemnes.
La cabeza tiene por lo general proporciones más grandes de las reales y ocupa aproximadamente un tercio de toda la figura.
Las piernas son muy cortas y los brazos son casi siempre paralelos al busto. Son características muy similares al estilo agustiniano del V y del VIII siglo después de Cristo.
La diferencia sustancial respecto a San Agustín es que esta última está dominada por la cultura del jaguar y por lo tanto, sus estatuas, incluso las antropomorfas, manifiestan claros rasgos del felino amazónico, mientras que las estatuas de Tierradentro tienen rostros más simples, menos elaborados, sin influencia félida.
Debe resaltarse que todas las estatuas antropomorfas fueron encontradas con collares, brazaletes y zarcillos muy similares a los que se usaban tanto en las culturas amazónicas como en las culturas andinas del Perú.
Lamentablemente, el semblante de muchas estatuas fue destruido, porque los buscadores de oro de la zona, llamados en jerga “guaqueros”, piensan erróneamente que dentro de él está el codiciado metal amarillo.
En mi opinión, quienes edificaron las estatuas de Tierradentro pertenecen a otra cultura distinta de la etnia desconocida que construyó los hipogeos en el 900 a.C. Probablemente, era un grupo de gente afín a la etnia que se estableció en San Agustín, pero que sucesivamente declinó o se mezcló con los nuevos llegados, dando vida, de esta manera, a la denominada cultura de Tierradentro.
En Tierradentro, el culto de los muertos fue importantísimo, tanto así que esta antigua cultura daba más importancia a la vida después de la muerte que a la vida misma. El complejo rito del funeral y de la sepultura comprendía varias fases. La primera consistía en colocar el cuerpo del difunto en una tumba transitoria, comúnmente junto a algunas ofrendas como piedras semipreciosas, cerámica y objetos de oro, además de recipientes con alimentos como maíz y bebidas (chicha, a base de maíz). El cadáver se ponía luego en posición fetal.
Los objetos de oro se situaban cerca al difunto, puesto que el metal amarillo simbolizaba el Sol y por tanto, la Divinidad, representando una especie de puente que podía conducir el alma hacia lo Absoluto.
En una segunda ceremonia, los huesos restantes se colocaban al interior de los hipogeos, en urnas funerarias. Estos templos verticales se caracterizan por un pozo, al cual se puede acceder utilizando empinadas escaleras en forma de caracol esculpidas en la roca.
La profundidad de dichos pozos varía entre 2 a 8 metros. El interior de los hipogeos tiene por lo general una anchura entre los 2,5 y los 8 metros. Hay hipogeos simples, menos profundos y con decoraciones pobres, y otros complejos, muy hondos y ricamente adornados, como los de San Francisco y Segovia.
En cuanto a las cerámicas, se encontraron principalmente de dos clases, relacionadas con el tipo de entierro efectuado.
La terracota simple, con ornamentación nítida y sin elaborar se halló en las cámaras de sepultura, donde el cadáver se ponía en posición fetal. La cerámica más hermosa, mejor decorada y comúnmente adornada con tintas rojas, negras y blancas, se encontró, por el contrario, en los hipogeos.
Las urnas funerarias, donde se colocaban los huesos de los difuntos, dentro de los hipogeos, fueron construidas con arcilla mezclada con cuarcita y mica, que servía para dar una mayor consistencia.
En los hipogeos más importantes, las urnas funerarias se ponían sobre bases de piedra, que a veces asumen formas humanoides o de seres míticos. Los motivos zoomorfos más utilizados en la decoración de las urnas funerarias eran la serpiente, el lagarto, el milpiés y el jaguar, símbolo del poder.
La serpiente es, de todos modos, el motivo más recurrente, simbolizando el inframundo o el útero de la Tierra, a donde se pensaba que iban los cuerpos de los muertos. El reptil rastrero se consideraba también como el símbolo de la vida y de la muerte, la energía vital que está a la base del todo, el devenir continuo donde no hay muerte definitiva, sino continuidad en diferentes niveles. La serpiente que abandona su vieja piel marchita para renacer al día siguiente con una piel nueva, turgente, sana y joven es el símbolo del eterno retorno, de lo trascendente que en cada uno de nosotros continúa un camino infinito en un cosmos sin tiempo. La serpiente de dos cabezas simboliza la vida donde hay muerte, el eterno renovarse de cada ser viviente.
El lagarto y el milpiés son también ellos símbolos del inframundo, porque viven en los barrancos, en las cavidades de la Tierra que conducen al centro de ésta. Hacen parte también de particulares rituales de la fertilidad en un mundo donde los tabúes impuestos por el catolicismo no existían.
En general, Tierradentro parece como un libro abierto donde está escrito que los antiguos habitantes del valle daban un valor enorme al alma e intentaban relacionarse con las fuerzas de la naturaleza sin tener la presunción de dominarlas, sino más bien interactuando con ellas.
Entre los pocos objetos de oro recuperados en los últimos años está la famosa máscara de Inzá (custodiada actualmente en el Museo de Oro de Santafé Bogotá), representación de un rostro zoomorfo con características felinas y orejas de murciélago; y el brazalete de Tierradentro, con motivos de felino y de rana, que simboliza la fecundidad.
Tierradentro es un enorme rompecabezas que todavía no está completo, tanto a causa del desafortunado saqueo de muchas tumbas ya en el siglo XVIII, como por la falta de estudios apropiados durante el siglo pasado.
No se sabe quiénes fueron los constructores de los hipogeos y tampoco si tenían relación con los enigmáticos habitantes de San Agustín. No se sabe de dónde venían, si de Mesoamérica o si, más probablemente, de la Amazonía o de los Andes y en fin, no se sabe qué lengua hablaban. Por ahora, todo eso constituye el misterio arqueológico más grande de Colombia; pero quizás en un futuro, si se autorizan nuevos y más profundos análisis en el sitio, se podría conocer mucho más de esta fascinante civilización.

YURI LEVERATTO
Copyright 2009