domingo, 5 de noviembre de 2017

La luz verdadera: análisis del noveno verso del Evangelio de Juan


En los primeros cinco versos del Prólogo al cuarto Evangelio, Juan ha descrito el Logos, el Verbo, Jesucristo. Ha resaltado su eternidad y lo ha definido Vida y Luz.
En el sexto y en el séptimo verso, el Evangelista ha presentado al hombre que ha testimoniado la llegada de Cristo, o sea Juan el Bautista. En el verso octavo, el Evangelista aclara definitivamente que no debemos confundir a las dos personas. Juan el Bautista fue un gran hombre; Jesucristo, siendo el Verbo encarnado, es eterno.
Del noveno al decimotercer verso, el Evangelista vuelve a describir el Verbo, el propósito de su misión y la acogida que algunos hombres le dieron.
Analicemos el noveno verso del Prólogo:

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, 
venía a este mundo.

Veamos su correspondiente en griego:

Ēn to phōs to alēthinon ho phōtizei panta anthrōpon erchomenon eis ton kosmon

Para comprender el noveno verso debemos, primero que todo, determinar su sujeto: el Verbo. Es como si dijera “el Verbo era la luz verdadera”.
Una vez más, el verbo utilizado aquí es “en”, que es usado varias veces para describir la eternidad de Jesucristo. Por tanto, es como si dijera “Jesucristo ha sido desde siempre la Luz eterna”.
Justo después está el adjetivo “verdadera”. La palabra griega es “aleethinon”, usada 22 veces en los escritos de Juan, pero solo 5 veces en el resto del Nuevo Testamento.
En este caso, “aleethinon” significa “genuina, perfecta”. No se debe confundir con “aleethees”, que significa “veraz”. Aquí Juan no estaba afirmando que Jesús se expresa de modo veraz, sino que Jesucristo es la luz genuina, perfecta, original, verdadera y no solo por su sustancia divina, sino por su eternidad.
Esto contrasta también con la luz de Juan el Bautista, quien no emitía luz propia, sino reflejada, temporal.
Todo esto, según el teólogo griego Spiros Zodhiates, tiene una relación con la doctrina de la salvación. Ningún hombre puede salvar, ya que ningún hombre puede expiar el pecado de otros. Solo quien es la Luz eterna, verdadera, perfecta y original puede salvar (puede, por tanto, dar la vida eterna), ya que es la esencia misma de la vida.
Analicemos ahora la frase “aquella que venía a este mundo”. ¿Por qué el Evangelista Juan escribió “venía” y no “vino”?
En realidad, Juan se refiere a algo que está por suceder. Usa el participio “erchomenon”. El Evangelista describe algo que está a punto de ocurrir. La eternidad estaba entrando en la historia, como se describirá en el decimocuarto verso del Prólogo.
“Erchomenon” significa “venía” e indica voluntariedad. Esta situación se diferencia de cuando un simple ser humano viene al mundo. Ningún ser humano viene de una existencia anterior. Cristo, en cambio, tuvo una existencia anterior, eterna, ya que existía desde siempre.
Pero, ¿cuál era el propósito de la llegada de la Luz verdadera al mundo? Analicemos la frase “que ilumina a cada hombre”. La palabra utilizada en el texto griego es “phōtizei”, que deriva de la palabra “phoos”, luz.
Es como si Juan nos hubiera querido comunicar que Jesucristo quiso hacerse hombre para ser uno de nosotros, iluminar nuestro camino tortuoso con su luz verdadera. El tiempo “phōtizei” está en presente indicativo.
Mientras “era”, en griego “en”, está en un “pasado eterno”, y “erchomenon” es un futuro inminente, “phōtizei” está en presente. ¿Por qué?
Se piensa que Juan quiso indicar en este verbo el pasado, el presente y el futuro, y que quiso enfatizar que la Luz eterna de Cristo iluminó a todos los seres humanos desde siempre en forma conocida, desconocida e incluso inconcebible.
En este sentido, la acción de Jesucristo se extiende en el pasado hasta los orígenes del hombre, y en el futuro hasta el fin de los tiempos. Esto se explica también con la revelación progresiva de la Biblia, la Palabra de Dios. Jesús apareció como un Ángel de Dios en el Antiguo Testamento, y ahora estaba a punto de aparecer en forma humana.
La aparición de Cristo en forma humana, sin embargo, no significa que su luz no iluminó a los hombres en el pasado. Y no significa que no iluminará a los hombres en el futuro. 
Regresemos al presente indicativo “phōtizei”, o sea “ilumina”.
Hemos visto que esta acción de la Luz eterna de Cristo se extiende en el pasado y en el futuro. El presente es, por tanto, el momento más apropiado para recibirla. Este concepto se deduce también de la Segunda epístola a los corintios (6, 2):

Porque dice: 
En tiempo aceptable te he oído, 
Y en día de salvación te he socorrido. 
He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.

Además, el tiempo presente indica que la Luz verdadera no es intermitente. No ilumina por un rato y luego se extingue. Su acción es constante, hasta el fin de los tiempos. Nadie, por tanto, puede culpar a Jesucristo por haberse perdido o por haber pecado contra Dios. La luz eterna y verdadera los ilumina a todos y para siempre.
Puede ser que la modalidad de la luz haya variado, pero desde siempre la Luz ha brillado, ha iluminado. 
A veces a través de la naturaleza, como se explica en la Epístola a los romanos (1, 19-21):

porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. 
Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. 
Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.

O a través de la consciencia, como se explica en la Epístola a los romanos (2, 14-16):

Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, 
mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, 
en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

O mediante la Encarnación y la revelación directa de Jesucristo.

El hecho, sin embargo, de que la Luz eterna de Cristo ilumina a cada hombre, ¿significa tal vez que Cristo los salva a todos automáticamente?
En el décimo, undécimo y duodécimo verso, Juan nos muestra dos distintas clases de personas. Aquellos que repudian a Cristo y aquellos que lo aceptan.
La luz eterna de Cristo se difunde en el espíritu de cada hombre, pero esto no significa que cada hombre la acepte y, por tanto, no significa que cada hombre se haya regenerado en el espíritu y, por tanto, salvado. La luz ilumina a cada hombre, pero no cada hombre la acepta.
La aceptación de la luz eterna de Cristo es el primer paso de la plena reconciliación del hombre con Dios.
Sin el descenso de la Luz verdadera del cielo, el hombre no podría reconciliarse plenamente con Dios. El descenso de la Luz es la Encarnación, que Juan describirá en el decimocuarto verso.
Cuando la Luz descendió entre nosotros, nos reveló nuestros pecados (los sacó a la luz). Nadie puede, por tanto, esconderse de la luz.
La Luz ilumina “a cada hombre”. En griego se utilizan los términos “panta” (todos, cada) y “anthroopon” (hombre).
Juan no escribe “pantas antrhroopous”, o sea “a todos los hombres”, sino que escribe “a cada hombre”.
El evangelista hace énfasis en los miembros individuales de la comunidad humana. No se refiere al conjunto de los hombres, sino “a cada hombre”. En efecto, Dios salva a personas, en su individualidad, no salva pueblos o grupos de personas.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Imagen: Cristo enseña a Nicodemo, Crijn Hendricksz Volmarijn

sábado, 21 de octubre de 2017

La misión del Bautista: análisis de los versos séptimo y octavo del Evangelio de Juan


En el sexto verso del Evangelio de Juan vimos que el Evangelista se detiene para señalar a la persona de Juan el Bautista. Ahora, en el séptimo verso está descrita la misión del Bautista.
¿Cuál fue el propósito por el cual el Bautista vino al mundo? ¿Quizás para realizar milagros? No, ya que en el cuarto Evangelio se lee: (10, 41):

Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad. 

El Bautista no hizo milagros, sino que fue elegido por Dios para mostrar a los hombres el Mesías, Jesucristo.
Veamos el verso 1, 7:

Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. 

Veamos la pronunciación en griego del verso en cuestión:

Houtos ēlthen eis martyrian hina martyrēsē peri tou phōtos hina pantes pisteusōsin di’ autou

Leyendo el verso 1, 7 parece que el Evangelista se repite: en efecto, está escrito “vino por testimonio” y luego está escrito “para que diese testimonio”.
Estas dos afirmaciones en realidad no son para nada una repetición, como alguien apresuradamente ha aseverado.
La primera afirmación se refiere al hecho de que Juan el Bautista vino por “testimonio”. Entonces se refiere a su carácter, a su moralidad, a su serenidad como persona.
Un testimonio debe necesariamente ser una persona con sólidos preceptos morales y el precursor de Jesús lo era ciertamente.
La vida y la conducta moral de Juan el Bautista eran irreprensibles, de modo que su testimonio podía ser aceptado y reconocido como veraz.
¿Por cuál razón Juan el Bautista es considerado un hombre correcto y moralmente justo? Por su conducta de vida. Y es Jesús mismo quien nos dice que Juan el Bautista fue el hombre más grande de todos los tiempos, en el Evangelio de Mateo (11, 11):

De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.

Aunque Jesús nació de mujer, en realidad ha existido desde siempre (Evangelio de Juan, 1, 1). Por tanto, Jesús, no siendo un simple hombre, no entra en la categoría de los “nacidos de mujer”.

El objetivo de la llegada al mundo de Juan el Bautista se deduce del verso 1, 7. La primera parte del verso podría expresarse de esta manera: “Él vino para ser testimonio”. ¿Cómo puso en práctica “el ser testimonio”?
Lo hizo seguramente con su vida, con sus actos, pero sobre todo con las palabras. Las palabras son fundamentales en la vida del hombre porque suscitan emociones, impulsos irracionales, reflexiones. Las palabras pueden suscitar la conversión si se pronuncian en el contexto adecuado y con el tono de voz apropiado, porque tocan el corazón.
Juan el Bautista se presentó como la voz que grita en el desierto (retomando la profecía de Isaías, 40, 3), Evangelio de Mateo (3, 3):

Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
Enderezad sus sendas.

Además Juan el Bautista dio su testimonio que Jesucristo es el Cordero de Dios, como se puede ver en los versículos del Evangelio de Juan (1, 29-34).

En la segunda frase del verso 1, 7 está la palabra “hina”, que significa “con el fin de” y la sigue la palabra “martyrēsē”, en el tiempo aoristo. Significa “con el fin de dar testimonio”.
Pero luego está escrito: “a la luz”. ¿Cuál es la luz a la que se refiere el Evangelista?
Sin duda, hace referencia al Cristo eterno, a la luz eterna a la cual el Evangelista se refirió en el quinto verso de su Prólogo. La palabra “luz” se usa aquí en el sentido absoluto, como en el quinto verso.
Pero, ¿la luz necesita quizá que alguien la señale? No realmente, ya que como no hay necesidad de señalar el esplendor del sol, del mismo modo no hay necesidad de señalar la Luz eterna de Cristo, que continúa brillando, prescindiendo de todos quienes la reconocen como tal.
El hecho, por tanto, de que Juan el Bautista vino para dar testimonio sobre la Luz eterna de Cristo, no quita de ninguna manera el poder de la luz de revelarse de modo autónomo. Sin embargo, había necesidad de que Juan el Bautista diera el testimonio de la Luz eterna encarnada en el hombre Jesús.
Los seres humanos habían caído en tal oscuridad y perversión que eran casi del todo incapaces de comprender el lado espiritual de la Revelación de Dios. Viendo al Jesús hombre, muchas personas no reconocieron en él al Jesús eterno, al Verbo encarnado. Era necesario, por tanto, que Juan el Bautista diera su testimonio, indicando que más allá del hombre Jesús estaba el Jesús eterno.
El testimonio de Juan el Bautista debe también servirnos de enseñanza. Si nosotros no testimoniamos la luz eterna de Jesús como hizo Juan el Bautista, muchas personas no podrán llegar a concebir y a contemplar su esplendor.
Pero, ¿quién es aquel que puede testimoniar la Luz eterna de Cristo?
A un testimonio se le pregunta si ha vivido una situación sobre la cual se intenta comprender lo que ha sucedido en realidad. Del mismo modo, quien testimonia a Cristo debe haber estado expuesto a la Luz de Dios, con el fin de poderla divulgar. Solo el hombre que conoce a Cristo puede contar a otros sobre él. Solo quien conoce a Cristo puede testimoniar a Cristo.
Ahora analicemos las últimas dos frases del séptimo verso del Prólogo del Evangelio de Juan:

para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. 

Testimoniar a Jesús no siempre lleva a la conversión de quien escucha. La conversión se lleva a cabo por medio del Espíritu Santo. Nosotros, como seres humanos, debemos testimoniar a Jesús, del mismo modo como lo hizo Juan el Bautista, pero la completa conversión, siendo obra del Espíritu Santo, no depende de nosotros.
Sin embargo, ¿por qué en el séptimo verso está escrito “para que todos creyeran por medio de él”? La palabra usada es pantes. Sabemos que la fe es personal. Aunque un predicador difunda el Evangelio, no puede hacer que alguien acepte la fe por otros. Cada uno la acepta por sí mismo, ya que la fe es personal. Si se fuerza a un grupo a creer, podría suceder que la fe se diluya y la creencia se convierta en un simple formalismo, pero no es realmente vivida por el fiel.
Según algunos lingüistas expertos en gramática griega (1), pantes puede significar “cada uno”, equivalente a la palabra griega hekastos.
¿Quiénes serían estos “todos” o quién sería “cada uno”? Son todos quienes podían escuchar a Juan el Bautista y, por extensión, todos los habitantes de la tierra. Dios, en efecto, no quiere que nadie se pierda y quiere que todos se salven. Veamos a tal propósito este pasaje de la Primera epístola a Timoteo (2, 4):

el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. 

Dios no quiere que ninguno se pierda, pero lamentablemente no todos aceptarán su palabra. En efecto, veamos este verso del Evangelio de Mateo (22, 14):

Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.

En todo caso, el testimonio del Bautista tenía que estar obligatoriamente dirigido a todos porque él no sabía quién se opondría a su testimonio o quién objetaría el Evangelio.
La frase “para que todos creyeran” (la apalabra en griego es pisteusōsin), se refiere naturalmente a reconocer que Jesucristo es el Verbo encarnado. Significa aceptar a Cristo como nuestro único Señor y Salvador.
Para concluir, las palabras “por medio de él” se refieren a Juan el Bautista, en el sentido que él dio testimonio de Jesucristo.

Veamos ahora el octavo verso del Prólogo del Evangelio de Juan:

No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. 

Veamos la correspondiente pronunciación en griego:

Ouk ēn ekeinos to phōs all’ hina martyrēsē peri tou phōtos

En este verso, el Evangelista corrobora que el Bautista no es la luz eterna, sino que vino para testimoniar la luz. Como se ve, el primer verbo utilizado en negación es el verbo en. Es el imperfecto durativo del verbo eimi (“ser”) que, cuando es utilizado en los primeros 18 versos del Prólogo del cuarto Evangelio en referencia a Cristo, indica su eternidad. Por tanto, el Evangelista nos dice que el Bautista no era, de ningún modo, “la luz”. Sin embargo, hay un punto del cuarto Evangelio que podría generar confusión a las personas poco atentas.
Veamos el pasaje (5, 35):

Él era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz

En realidad, mientras la luz de Cristo se expresa con la palabra phoos, o sea la luz más resplandeciente que podamos imaginar, la palabra usada para “antorcha”, para describir al Bautista en (5, 35) es luchnos, o sea una lámpara manual alimentada por aceite. La diferencia es fundamental. La primera luz es eterna, infinitamente resplandeciente; la segunda, aunque produce luz, es temporal. Juan el Bautista, por tanto, no habría podido hacer nunca lo que hizo Jesucristo. El Bautista vino con el fin último de dar testimonio de la luz.

Yuri Leveratto

Nota: 

1-Léxico greco-inglés, séptima edición, New York, 1889, pág. 1160.

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com  

lunes, 9 de octubre de 2017

La cruz y la Iglesia


El mensaje central del relato bíblico es que el Hijo de Dios se sacrificó en la cruz para expiar todos los pecados. Las páginas del Antiguo Testamento, con las profecías, y las del Nuevo Testamento, con el cumplimiento de las profecías, están enfocadas en la muerte expiatoria de Jesucristo. La cruz, por tanto, es la solución divina para el problema más grande del mundo: el mal, cuyo origen es el pecado.
La muerte de Jesucristo en la cruz es, por tanto, el primero de los dos eventos fundamentales de toda la historia humana (el segundo evento fundamental es la Resurrección, la victoria de Jesucristo sobre la muerte).
Uno de los versos bíblicos de los cuales se deduce la importancia de la muerte en la cruz de Jesucristo es el siguiente: Primera epístola a los corintios (1, 18):

Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.

Luego de la muerte en la cruz de Jesucristo, sucedió su Resurrección. Y luego de la Resurrección, aconteció el envío del Espíritu Santo. Por tanto, comenzó la predicación de los Apóstoles y empezó a formarse la Iglesia de Cristo.
En el Nuevo Testamento, por tanto, la cruz y la Iglesia están estrechamente relacionadas. Es por medio de la cruz que Dios acerca a la redención a personas de todas las naciones, de manera que sean una sola nación, un solo cuerpo, una sola “esposa”: la esposa de Cristo, la Iglesia.

La cruz, por tanto, crea la Iglesia. La Iglesia surge en la medida en que es el resultado de la redención de los pecadores. Sin la cruz, no habría Iglesia.
Veamos a tal propósito este pasaje bíblico.

Hechos de los Apóstoles (20, 28):

Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre.

La Iglesia, por tanto, no es una institución. No es un edificio, no es una organización. La Iglesia es el pueblo que Dios encarnado rescató con su propia sangre. 
Es verdad que los cristianos fueron rescatados por la sangre de Cristo. Pero es también cierto que los cristianos no están exentos del pecado. De este modo, la cruz purifica continuamente a la Iglesia. En efecto, los cristianos no solo necesitan salvación, sino que necesitan también conservar la propia salvación. Veamos a tal propósito este verso de la Primera epístola de Juan (1, 7):

Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

El cristiano se mantiene salvado siempre y cuando camine en la luz. Según el Apóstol Juan, “caminar en la luz” indica dos cualidades espirituales del carácter de una persona. Primero que todo, la fe en que Jesús nos salvará. A propósito, veamos estos dos versos de la Primera epístola de Juan (2, 1-2):

Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

Es evidente que nadie podrá ganarse la salvación (Epístola a los efesios 2, 8-9), pero el cristiano se caracteriza por tener fe en que Jesús tiene el poder de salvarlo.
En segundo lugar, el cristiano se caracteriza por seguir la voluntad de Dios. Veamos a tal propósito este pasaje de la Primera epístola de Juan (2, 4-5):

El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él.

Hay un último punto a destacar en el análisis sobre la estrecha relación entre la cruz y la Iglesia.
La cruz recuerda diariamente a los cristianos el calvario de Cristo, el hecho de que él murió en nuestro lugar, expiando así nuestros pecados. Veamos este verso de la Primera Epístola de Juan (4, 19):

Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.

Cada vez que los cristianos analizan la vida de Jesús, se sienten cada vez más atraídos por él y desean seguir sus enseñanzas. Veamos a tal propósito este pasaje de la Segunda epístola a los corintios (3, 18):

Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.

La cruz impulsa entonces a los cristianos a entregar cada vez más las propias vidas a Cristo. No hay cristiano más motivado en hacer las obras de Cristo que quien entiende y da valor al sacrificio que hizo Dios encarnado por él en la cruz.

Yuri Leveratto
Copyright 2017

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

lunes, 18 de septiembre de 2017

El precursor del Mesías: análisis del sexto verso del Evangelio de Juan


En los primeros cinco versos de su Prólogo, Juan nos comunica que la “Palabra”, el “Verbo”, o sea Jesucristo, es Dios. Presenta el Verbo como Creador de todo lo que existe, el origen de la vida y la luz del mundo.
Del sexto al octavo verso, el Evangelista Juan hace una pausa. En estos tres versos no describe el Verbo eterno, sino a un simple hombre enviado por Dios: Juan el Bautista.
Primero que todo, veamos el sexto verso:

Hubo un hombre enviado de Dios, 
el cual se llamaba Juan.

Veamos el correspondiente en griego:

Egeneto anthrōpos apestalmenos para Theou onoma autō Iōannēs

Después de cinco versos dedicados a comunicarnos la esencia misma del Verbo eterno, Juan empieza a describir a un simple hombre, Juan el Bautista, casi para hacer énfasis en que, por el contrario, Jesucristo no era un simple hombre. El Evangelista Juan está empezando lentamente el recorrido que lo llevará, en el verso decimocuarto, a describir el evento fundacional del Cristianismo, o sea, la Encarnación del Verbo. Para hacerlo, empieza describiendo una simple persona como Juan el Bautista, indicando cuál fue su misión.

Juan el Bautista llega casi cuatrocientos años después de Malaquías. Es natural que, dado su gran personalidad, alguien hubiera podido pensar que él mismo era el Mesías.
Pero el Evangelista Juan nos indica con mucha precisión que Juan el Bautista no era divino, no tenía ninguna cualidad sobrenatural.
En efecto, Juan el Bautista en ninguna ocasión quiso pasar por quien no era. En cambio, era humilde, pero firme en su misión de precursor. ¿Por qué el Evangelista Juan tiende a disminuir la figura del Bautista en comparación con la persona de Jesucristo?
Una primera respuesta podría ser que, como el Evangelista quiere mostrar la plena Divinidad de Cristo, cualquier otra figura humana, en su presencia, debe necesariamente ocupar un rol menor.
Pero hay también otra razón. Durante el período en que el Evangelista estaba describiendo su Evangelio, hacia el fin del primer siglo en Éfeso, en Asia Menor (actual Turquía), había una secta judaica que se denominaba emero-bautistas (1), o bien “quienes se bautizaban diariamente”.
Entre ellos había quienes daban una gran importancia a Juan el Bautista.
Fue justamente por este hecho que el Evangelista Juan quiso recalcar en algunos de sus versos el hecho de que Juan el Bautista era un simple hombre que no se debía confundir con Jesucristo, el Verbo eterno.
Como hemos visto, el verso inicia con las palabras griegas “Egeneto anthrōpos”. El verbo “egeneto” indica una acción puntual y definida, y significa “vino”, “llegó”. Este verbo difiere profundamente del verbo “en” (imperfecto durativo de “eimi”, o sea “ser”). El verbo “en” fue usado para indicar la eternidad de Jesucristo, mientras que el verbo usado para describir la aparición de Juan el Bautista se encuentra en la forma llamada aoristo, refiriéndose a un hecho histórico preciso. Juan el Bautista empezó a existir desde su nacimiento, mientras que Jesucristo existe desde siempre, ya que era Dios antes de que apareciera en forma humana.
Obviamente, esta afirmación contrasta, por ejemplo, con la tercera parte del primer verso:

y el Verbo era Dios

En efecto, el Evangelista nos indica, en cambio, que Juan el Bautista era solo hombre.
Regresemos ahora a la primera frase del sexto verso:

Hubo un hombre enviado de Dios

Algunas personas piensan que los Apóstoles fueron solamente las personas que Jesucristo eligió durante su predicación. Pero en el sexto verso del Evangelio de Juan se utiliza la palabra “mandado o enviado”, “apestalmenos” en griego. Observen que esta palabra deriva del verbo “apostelloo”, que significa justamente “Apóstol”.
En realidad, la palabra “apostelloo” es la unión de apo (“de” o “afuera”) y la palabra “stello” que significa “enviar”.
Un Apóstol no se representa a sí mismo, sino que representa a quien lo ha enviado. Juan el Bautista fue enviado por Dios y no buscó nunca gloria personal. Al contrario, su misión era la de testimoniar la luz, como se verá en el verso sucesivo. La actitud de Juan el Bautista fue siempre la de testimonio de la misión salvadora de Jesucristo y nunca adoptó un comportamiento presuntuoso o pedante. Veamos algunos pasajes del Evangelio de Juan:

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. (Juan 1, 29-34)

*

Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. (Juan 3, 28-30)

La llegada de Juan el Bautista fue anunciada aproximadamente cuatro siglos antes por el profeta Malaquías. Veamos el pasaje del libro correspondiente (3, 1):

He aquí, yo envío a mi mensajero, y él preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero del convenio en quien vosotros os complacéis. He aquí, viene, ha dicho Jehová de los ejércitos.

Juan el Bautista fue enviado por Dios mismo. Incluso si no fue elegido por Jesucristo, Juan el Bautista era un Apóstol. Pero el Evangelista Juan reafirma que era “hombre” con el fin de diferenciar su obra, aunque importante, de la salvadora de Jesucristo.
Después de esto, el Evangelista nos da su nombre. Este nombre, Juan, no le fue dado al niño por sus padres, sino que le fue asignado directamente por Dios. Veamos el verso correspondiente, Evangelio de Lucas (1, 13):

Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.

Además, recordemos que el nombre Juan significa “regalo misericordioso de Dios”.

Yuri Leveratto
Copyright 2017

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

viernes, 25 de agosto de 2017

La luz resplandece en las tinieblas: análisis del quinto verso del Evangelio de Juan



Hasta ahora hemos visto que Juan quiso describir la esencia del Logos, el Verbo, su comunión eterna con Dios Padre y algunas de sus características. Por ejemplo, en el tercer verso del Prólogo se indica que el Verbo creó “todo”, y de eso se deduce que es la Causa Primera.
En el cuarto verso se subraya que el Verbo es la vida misma y, además, se señala que la vida espiritual en Cristo puede pertenecer al hombre con la conversión.
Ahora analicemos el quinto verso del Evangelio de Juan:

La luz en las tinieblas resplandece, 
y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Veamos la pronunciación correspondiente en griego:

kai to phōs en tē skotia phainei kay hē skotia auto ou katelaben

La primera parte del verso se refiere a la luz eterna de Cristo. El verbo “phainei”, o sea, “resplandece”, está en presente indicativo durativo del verbo “phainoo”, que significa “resplandecer”.
Con esto, Juan nos quiere expresar que la luz de Cristo no comenzó a brillar a partir de la Encarnación, sino que ha brillado desde la eternidad del pasado.
En cierto sentido, sin embargo, la luz de Jesucristo ha brillado de una forma especial después de la caída del hombre, y de forma todavía más especial después de la Encarnación. Además, en esta primera parte del verso, notamos que Juan quiere resaltar que la luz de Jesucristo brilla independientemente del hecho de que algunos hombres no la acepten. Obviamente, muchas personas han repudiado la misión salvadora de Jesucristo, y esto se deduce de muchos pasajes bíblicos; por ejemplo, del Evangelio de Juan (3, 19):

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

Sin embargo, aunque muchos han negado que Jesucristo es la luz verdadera, esta continúa brillando. Es un poco como una persona que se recluye en una caverna y no quiere salir al aire libre para contemplar el sol. Aún si esta persona se queda toda la vida dentro de la caverna, el sol no cesará de brillar.
No obstante, la luz sirve para vencer la oscuridad. Dios sabía que el hombre escogería las tinieblas y por esto decidió enviar a su Hijo, la luz verdadera, que resplandece en medio de la oscuridad.
Observemos que tanto frente a la palabra “luz” como frente a la palabra “tinieblas” está el artículo definido. Juan, en efecto, está describiendo la luz específica de Jesucristo y las tinieblas que vinieron a este mundo luego del pecado y de la muerte.
Analicemos ahora la palabra griega “skotia”. La traducción correcta es “tinieblas”, “oscuridad”, pero en sentido figurado esta palabra significa “las consecuencias del pecado” (1) (2).
Veamos el pasaje siguiente de la Primera Epístola de Juan (2, 10-11):

El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.

El hombre, en efecto, es pecador en cuanto, habiéndose alejado de Dios, siente odio hacia su prójimo. Por el contrario, si el hombre está en comunión con Dios, siente amor hacia su prójimo. La primera parte del quinto verso del Evangelio de Juan, “la luz en las tinieblas resplandece”, significa por tanto que la luz resplandece en la oscuridad que se formó luego de las consecuencias del pecado.
Obviamente, una de las consecuencias del pecado es el autoengaño. El hombre se engaña solo pensando que puede ver, o sea, que puede, a través del conocimiento, alcanzar la “plenitud de Dios”, o que incluso puede, mediante su “luz personal”, alimentar su felicidad. Pero esta condición de pedantería no le permite ver la luz verdadera; lo nubla, lo confunde.
Veamos ahora la segunda parte del verso:

y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Una vez más, encontramos la palabra “skotia”, o sea, tinieblas. Aquí puede entenderse como: corrupción, pedantería, autoengaño, presunción, alejamiento del hombre de Dios y, en suma, muerte espiritual, como consecuencia del pecado.
En todo caso, Dios no es responsable del pecado. Dios no creó la oscuridad o las tinieblas, y ni siquiera hizo al hombre pecador para después poderlo salvar. El pecado no proviene de él, sino de la libre elección del hombre. Adán y Eva creyeron que la consecuencia de su elección los llevaría al perfecto conocimiento y, en cambio, su decisión los llevó a la muerte. En efecto, según la Epístola a los romanos (6, 23):

Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

¿A qué se refiere Juan cuando escribe: “y las tinieblas prevalecieron contra ella”? Juan, escribiendo “las tinieblas”, se refiere a las consecuencias pecaminosas de los hombres que repudiaron la luz. Ellos, los pecadores, son las “tinieblas”, pero no han podido vencer la “luz” porque esta resplandece y continuará resplandeciendo.
¿Qué significado tiene el verbo “katelaben”? El primero es capturar o, por extensión, vencer. El segundo es comprender, entender. El tercero es acoger.
Por tanto, la frase en cuestión significa que quienes repudiaron la Gracia que Jesucristo nos ha ofrecido, no han podido ni siquiera entenderla, no la podrán acoger y no la podrán tampoco vencer.
Desde siempre, el ladrón tiene necesidad de la oscuridad para perpetrar su hurto. Y el asesino tiene necesidad de la oscuridad para llevar a cabo su delito. La luz, por tanto, es enemiga de las tinieblas porque pone al descubierto las obras de las tinieblas. Quien repudia el Evangelio no solo no lo comprende, sino que lo odia e intenta todo lo posible para desmentirlo. Se han llevado a cabo innumerables tentativas para extinguir la luz de Jesucristo, pero todas han fallado miserablemente. La luz continúa resplandeciendo, a pesar de estos miserables ataques. Y mientras continúe resplandeciendo, habrá alguien que las combatirá.

Yuri Leveratto
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
Foto: Papiro 66 (200 d.C.).

Notas:
1-Según el Biblico-Teological Lexicon of New Testament Greek, T&T Clark, 1954, pp.866-867
2-Mientras la palabra “skotos” significa pecado.

miércoles, 2 de agosto de 2017

La Epístola a los romanos: moralidad cristiana, amor al prójimo y respeto a las autoridades


Todavía hoy hay personas que piensan que Pablo de Tarso tenía un interés específico en la divulgación del Evangelio. Hay quienes sostienen que se trataba de un objetivo de poder. Sus cartas y su irreprensible conducta moral demuestran, en cambio, que Pablo de Tarso no tenía ninguna intención de obtener ventaja alguna de sus predicaciones. Su altísima moralidad y su absoluta concordancia con la predicación de los Apóstoles están confirmadas también por algunas citas de varios de los sucesores de ellos. Veamos específicamente dos fuentes históricas:

Tanto Clemente de Roma como Policarpo de Esmirna describen a Pablo de Tarso como un beato, o sea sincero.

Primera Epístola de Clemente V, (5-7):

“Por razón de celos y contiendas Pablo, con su ejemplo, señaló el premio de la resistencia paciente. Después de haber estado siete veces en grillos, de haber sido desterrado, apedreado, predicado en el Oriente y el Occidente, ganó el noble renombre que fue el premio de su fe, habiendo enseñado justicia a todo el mundo y alcanzado los extremos más distantes del Occidente; y cuando hubo dado su testimonio delante de los gobernantes, partió del mundo y fue al lugar santo, habiendo dado un ejemplo notorio de resistencia paciente”. 

Primera Epístola de Clemente XLVII, 1:

“Tomad la epístola del bienaventurado Pablo el apóstol”.

Policarpo, Epístola a los filipenses:

“Porque ni yo, ni otro como yo, podemos acercarnos a la sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo, que estando entre ustedes, hablándoles cara a cara a los hombres de entonces, enseñó con exactitud y con fuerza la palabra de verdad, y luego de su partida les escribió una carta; si la estudian atentamente podrán crecer en la fe que les ha sido dada”.

Si Pablo de Tarso hubiera tenido una conducta dudosa o ambigua, nadie hubiera escrito estas frases sobre él.
En los capítulos decimotercero y decimocuarto de la Epístola a los romanos, Pablo de Tarso indica cuál debe ser la conducta moral de los cristianos y cuál debe ser su relación con las autoridades.
Veamos este primer pasaje: (12, 9-21):

El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. 
Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndolos los unos a los otros. 
En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; 
gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; 
compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. 
Bendecid a los que os persiguen;bendecid, y no maldigáis. 
Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.
Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión.
No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. 
Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. 
No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.
Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza.
No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal. 

En estos pasajes célebres se observa que la enseñanza de Pablo de Tarso concuerda perfectamente con el Evangelio de Mateo. Veamos, en efecto, los pasajes correspondientes. Evangelio de Mateo (5, 38-48):

Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente.
ero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, vecon él dos.
Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.
Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.
Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?
Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?
Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Del análisis del capítulo decimotercero de la Epístola a los romanos se deduce además que Pablo de Tarso no estaba en desacuerdo con las autoridades, incluso exhortaba a los cristianos a someterse al Estado. Veamos los pasajes correspondientes: Epístola a los romanos (13, 1-7):

Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. 
De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. 
Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; 
porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. 
Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. 
Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. 
Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.

De estos versos se deduce, por tanto, que Pablo de Tarso no tenía ninguna iniciativa subversiva o revolucionaria. Veamos ahora un último pasaje del capítulo decimotercero de la Epístola a los romanos (8-10): 

No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.
Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor. 

También en estos pasajes se nota la absoluta concordancia con el Evangelio de Mateo. Veamos, de hecho, el pasaje correspondiente (Evangelio de Mateo 22, 34-40):

Entonces los fariseos, oyendo que había hecho callar a los saduceos, se juntaron a una.
Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.
Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas

martes, 25 de julio de 2017

El Espíritu Santo es Dios



Muchas personas hoy tienen una idea confusa de la Trinidad y, en particular, del Espíritu Santo. Sin embargo, es innegable desde un punto de vista histórico que los Apóstoles, los evangelistas y los primeros cristianos divulgaron que Dios es uno, pero que su sustancia está presente en tres “Personas”. Uno de los ejemplos más utilizados para describir la Trinidad es el del sol. El sol es una estrella. Sin embargo, también es una estrella trina. ¿En qué sentido?
Está el sol, una esfera ardiente. Está la luz, con sus rayos que llegan hasta nosotros. Y está el calor que nos calienta y permite el crecimiento de las plantas. Sin la luz y el calor del sol, la vida en la tierra sería imposible.
Lo mismo es la resplandeciente Trinidad.
El Padre es como el sol. Jesucristo es la Luz, el rayo de Luz que llegó hasta nosotros. Cuando Jesús nos dejó, dijo que enviaría al Consolador, el Espíritu Santo. De ahí que el Espíritu Santo sea el calor, en el sentido que nos indica el camino correcto, nos enseña, intercede por nosotros.
Obviamente, el paralelo no es perfecto, justo porque nosotros, seres humanos, no podremos nunca comprender el misterio de Dios en su plenitud. Pero esto es lo que históricamente los Apóstoles nos transmitieron: Dios es uno en tres personas, cada una con personalidad distinta.
Empecemos analizando algunos pasajes donde la Trinidad es afirmada indirectamente. Veamos, ante todo, dos pasajes del Evangelio de Mateo (3, 16-17):

Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.
Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

En estos versos, no está solo el Hijo, Jesucristo, sino que también están el Espíritu y el Padre, en cuyas palabras hay una evocación al siervo de YHWH (Isaías 42, 1).
Veamos ahora otros versos del Evangelio de Mateo, donde Jesús ordena el bautizo en el nombre de la Trinidad (28, 18-20):

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

A pesar de que estos versos evocan claramente a la Trinidad, muchas personas, aun creyendo en la Divinidad del Padre y del Hijo, niegan que el Espíritu Santo sea Dios, niegan su Divinidad plena, y consideran que es una fuerza, un poder.
Primero que todo, el Espíritu Santo, en la fe cristiana, es Dios, pero es también una persona distinta del Padre y del Hijo. Tiene una personalidad propia, pero tiene la misma sustancia del Padre y del Hijo.
De los escritos neotestamentarios se deduce que los primeros cristianos lo adoraban y lo consideraban Dios, a la par del Padre y del Hijo.
Veamos ahora un pasaje de los Hechos de los Apóstoles (5, 3-4):

Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? 
Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.

En este pasaje se nota claramente que Pedro creía que el Espíritu Santo es Dios.
Empecemos a analizar algunos versos de los cuales se deduce que el Espíritu Santo es una “Persona”.
Los primeros cristianos creían firmemente que el Espíritu Santo es una “Persona”.
Primero que todo, porque el Espíritu Santo expresa un criterio propio: Hechos de los Apóstoles (15, 28):

Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias:

El Espíritu Santo demuestra intención: Epístola a los romanos (8, 27):

Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.

El Espíritu Santo demuestra voluntad: Primera epístola a los corintios (12, 11):

Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

El Espíritu Santo conoce cada cosa: Primera epístola a los corintios (2, 11):

Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo tiene emociones (amor, tristeza, alegría).
Epístola a los efesios (4, 30):

Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Primera epístola a los tesalonicenses (1, 6):

Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo,

El Espíritu Santo enseña y recuerda: Evangelio de Juan (14, 26):

Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

El Espíritu Santo testimonia: Evangelio de Juan (15, 26):

Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.

El Espíritu Santo guía a la verdad, Evangelio de Juan (16, 13):

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

El Espíritu Santo habla:
Evangelio de Juan (16, 13):

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

Hechos de los Apóstoles (8, 29):

Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro.

Hechos de los Apóstoles (11, 12):

Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un varón,

Primera epístola a Timoteo (4, 1):

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios;

El Espíritu Santo escucha: Evangelio de Juan (16, 13):

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

El Espíritu Santo anuncia el futuro: Evangelio de Juan (16, 13):

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

El Espíritu Santo prohíbe: Hechos de los Apóstoles (16, 6):

Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia;

El Espíritu Santo da vida: Epístola a los romanos (8, 11):

Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.

El Espíritu Santo revela:
Primera epístola a los corintios (2, 10):

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

Epístola a los efesios (3, 3-5):

que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu:

El Espíritu Santo conoce a profundidad: Primera epístola a los corintios (2, 10):

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

El Espíritu Santo promete: Epístola a los gálatas (3, 14):

para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.

El Espíritu Santo está en comunión con los creyentes: Segunda epístola a los corintios (13, 14):

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes.

El Espíritu Santo intercede: Epístola a los romanos (8, 26-27):

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. 
Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos. 

El Espíritu Santo guía:
Evangelio de Lucas (4, 1):

Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto

Epístola a los romanos (8, 14):

Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.

Solo una Persona puede llevar a cabo todas las actividades indicadas.
Una “fuerza” no podría.
Los Apóstoles, los evangelistas y los primeros cristianos señalaron también la personalidad dulce y gentil del Espíritu Santo, que puede sentirse maltratado. En aquel caso, el Espíritu Santo se retira, no impone nada. Veamos algunos versos al respecto:
Epístola a los efesios (4, 30):

Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Hechos de los Apóstoles (7, 51):

¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.

Primera epístola a los tesalonicenses (5, 19): 

No apaguen el Espíritu

En el Nuevo Testamento se indica que hay quienes pueden mentir al Espíritu Santo, o blasfemar contra él, pero que esto no será perdonado.
Hechos de los Apóstoles (5, 3):

Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?

Evangelio de Mateo (12, 31-32):

Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada.

De los libros del Nuevo Testamento, se deduce que el Espíritu Santo es Dios y que es una persona independiente del Padre y del Hijo.
En efecto, descendió sobre Jesucristo cuando este fue bautizado (Evangelio de Juan 1, 33).
El Evangelista Juan describió que el Espíritu Santo no había sido enviado aun porque Jesús no había sido todavía glorificado: Evangelio de Juan (7, 39):

Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Esto significa que el Espíritu Santo es distinto del Hijo, o sea, es independiente.
Veamos un pasaje que se refiere a la eternidad del Espíritu Santo: Epístola a los hebreos (9, 14):
¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

Veamos un pasaje que se refiere a la omnisciencia del Espíritu Santo:
Primera epístola a los corintios (2, 10):

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

Veamos un pasaje que se refiere a la omnipotencia del Espíritu Santo:
Evangelio de Lucas (1, 35):

Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.

Veamos un pasaje relativo a la omnipresencia del Espíritu Santo, Salmos (139, 7):

¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?

Veamos un pasaje que se refiere al poder creativo del Espíritu Santo, Génesis (1, 2):

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

De todo esto se deduce que el Espíritu Santo es Dios, co-igual y co-eterno con el Padre y el Hijo, pero al mismo tiempo es una Persona distinta del Padre y del Hijo. Tiene una personalidad propia.
¿Cómo se puede recibir al Espíritu Santo? Veamos ante todo este pasaje de los Hechos de los Apóstoles (2, 38):

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Por tanto, se indica expresamente que una persona, después de haber recibido a Jesucristo como su señor y Salvador y después de haberse hecho bautizar en el nombre de Jesucristo, recibe el Espíritu Santo.
Veamos también estos pasajes de la Epístola a los efesios (1, 13):

En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,

Por tanto, el Espíritu Santo se recibe cuando se acepta a Jesucristo como propio Señor y Salvador.
Se puede agregar que el Espíritu Santo es una persona dulce, gentil. No se impone nunca. Él desea ser nuestro amigo, pero la comunión con Él puede ocurrir solo si el hombre se abandona a Dios con humildad.
¿Cómo sabemos que somos Hijos de Dios? Es el Espíritu mismo quien lo confirma a nuestro espíritu. Veamos este pasaje de la Epístola a los romanos (8, 16):

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

Además, el Espíritu de Dios vive en el corazón de los hijos de Dios. Veamos el pasaje correspondiente: Primera epístola a los corintos (3, 16):

¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Cuando el Espíritu Santo vive en el corazón del hombre nuevo, del hombre renacido en Cristo, habrá cambios en su vida y en su comportamiento.
Primero que todo, el modo de hablar será diferente.
Epístola a los efesios (5, 19):

hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones;

En segundo lugar, el hombre renacido en Cristo tendrá gracias continuamente:
Epístola a los efesios (5, 20):

dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Además, el hombre renacido en Cristo estará “lleno de Espíritu”, Epístola a los efesios (5, 18):

No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu,

En este punto alguien podría preguntar cómo se puede estar llenos de Espíritu Santo. Según algunos, una prueba de tener el Espíritu Santo sería la de hablar diversas lenguas. Pero esto es solo uno de los dones del Espíritu Santo. Lo que necesita el hombre no son dones, sino a quien da estos dones. Los dones permanecen, pero quien da estos dones, el Espíritu Santo, podría irse si lo entristecemos.
Veamos a tal propósito estos versos de la Primera epístola a los corintios (12, 4-11):

Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. 
Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. 
Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. 
Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. 
Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu;
a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. 
A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. 
Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

En el momento en que aceptamos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, obtenemos al Espíritu Santo. El abandono total a Dios conlleva a la sumisión total a Él y, por tanto, a la comunión total con el Espíritu Santo.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas

Imagen: la paloma es uno de los símbolos del Espíritu Santo