lunes, 12 de noviembre de 2018

La compasión de Jesús con las mujeres


En los Evangelios ocurre con frecuencia que Jesús habla abiertamente a las mujeres, incluso a quienes no son judías. A menudo, lo hace de una forma que va en contra de las normas de la época. Jesús les devuelve dignidad a las mujeres y las pone en un plano de absoluta igualdad respecto a los hombres.
Los Evangelios registran diversos casos en los que Jesús entra en contacto con mujeres marginadas que sufren silenciosamente y que son vistas por la sociedad como “personas insignificantes destinadas a vivir en los márgenes de la sociedad”. Jesús las nota, las observa, reconoce su situación desesperada y, “en un momento glorioso”, las pone en el centro de su misión y las vuelve inmortales, liberándolas de la enfermedad y concediéndoles la verdadera fe. En consecuencia, Jesús demuestra con sus acciones que es el Príncipe de la compasión.
Primero que todo, veamos estos importantes versos que prueban que Jesús no estableció jerarquías entre sus seguidores. Evangelio de Mateo (20, 25-27):

Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad. Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor; Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo.

De ahí que Jesús, en vez de establecer jerarquías, haya indicado la actitud humilde que debe ser adoptada y los roles que deben ser asumidos.
Ante todo, vemos que Jesús, en su misión, estaba acompañado de varias mujeres. Evangelio de Lucas (8, 1-3):

Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes.

Jesús no duda en curar a las mujeres, devolviéndoles la energía que habían perdido durante la enfermedad. Evangelio de Mateo (8, 14-15):

Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, la suegra de Pedro estaba enferma en cama con mucha fiebre. Jesús le tocó la mano, y la fiebre se fue. Entonces ella se levantó y le preparó una comida. Aquella noche, le llevaron a Jesús muchos endemoniados. Él expulsó a los espíritus malignos con una simple orden y sanó a todos los enfermos.

Durante su ministerio, Jesús demostró la máxima compasión por las personas “relegadas”, aquellas que están en los márgenes de la sociedad. Tocó a los intocables y se dejó tocar por ellos. Durante el tiempo de Jesús, todo lo que estaba asociado a la sangre era considerado impuro; por ejemplo, la mujer con menstruación o hemorragias. Emblemático es el caso de la mujer que tenía flujo de sangre; estaba enferma desde hacía muchos años y ningún doctor estaba capacitado para curarla.
Veamos los versos célebres del Evangelio de Marcos (5, 25-34):

Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.

Jesús, en este episodio, no se limita a curar a la mujer de su enfermedad, sino que la llama Hija, por lo que la admite en su círculo, dándole dignidad y protegiéndola.
Poco después hay otro episodio en el cual Jesús resucita a una niña que había acabado de morir de una enfermedad fulminante. El padre de la niña, Jairo, era uno de los jefes de la sinagoga y le había implorado a Jesús que fuera a su casa para curar a su hija moribunda. Veamos estos pasajes del Evangelio de Marcos (5, 35-43):

Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.

Aquí Jesús demuestra su poder sobre la muerte, devolviendo la vida justamente a una niña inocente.
En el Evangelio de Lucas está registrada otra resurrección efectuada por Jesús. Sin embargo, esta vez el resucitado es un varón, hijo único de una viuda. Jesús tuvo compasión de ella y le resucitó al niño. Veamos el Evangelio de Lucas (7, 11-17):

Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo. Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.

En el Evangelio de Lucas se registra otro acto de compasión de Jesús, cuando sanó a una mujer encorvada. Veamos el pasaje correspondiente del Evangelio de Lucas (13, 10-17):

Cierto día de descanso, mientras Jesús enseñaba en la sinagoga, vio a una mujer que estaba lisiada a causa de un espíritu maligno. Había estado encorvada durante dieciocho años y no podía ponerse derecha. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: «Apreciada mujer, ¡estás sanada de tu enfermedad!». Luego la tocó y, al instante, ella pudo enderezarse. ¡Cómo alabó ella a Dios! En cambio, el líder a cargo de la sinagoga se indignó de que Jesús la sanara en un día de descanso. «Hay seis días en la semana para trabajar —dijo a la multitud—. Vengan esos días para ser sanados, no el día de descanso». Así que el Señor respondió: «¡Hipócritas! Cada uno de ustedes trabaja el día de descanso. ¿Acaso no desatan su buey o su burro y lo sacan del establo el día de descanso y lo llevan a tomar agua? Esta apreciada mujer, una hija de Abraham, estuvo esclavizada por Satanás durante dieciocho años. ¿No es justo que sea liberada, aun en el día de descanso?». Esto avergonzó a sus enemigos, pero toda la gente se alegraba de las cosas maravillosas que él hacía.

Como vemos, también Jesús se acerca a una mujer enferma y la sana de su enfermedad. En este caso, Lucas registra también la hipocresía de los fariseos, que se indignaron al ver que Jesús había sanado a una mujer en sábado. Pero Jesús serenamente hace notar que un acto de bondad puede hacerse incluso el sábado, poniéndose él mismo a la par del sábado, o sea de Dios.
Además, Jesús presentó a las mujeres como modelos de fe a sus oyentes. En la cultura de la época, las mujeres no podían ser vistas ni escuchadas puesto que eran consideradas “influencias corruptoras que deben ser evitadas y desdeñadas”. Veamos algunos ejemplos del Evangelio de Lucas (4, 24-27):

Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.

Jesús cita aquí un episodio del Antiguo Testamento durante el cual el profeta Elías, no siendo apreciado por el pueblo de Israel, fue enviado donde una viuda pagana de Sidón, o sea extranjera.
Para los judíos de tiempo, las mujeres, los paganos y los leprosos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Jesús, en cambio, anteponía estas tres categorías de personas a los judíos incrédulos. Jesús estaba afirmando que la historia del Antiguo Testamento estaba por repetirse. A pesar de sus milagros, él habría de ser rechazado y repudiado por Israel, por lo que habría de dirigirse a los extranjeros, justamente como había hecho Elías.
Como está descrito en el Evangelio de Marcos, Jesús presenta una pobre viuda como ejemplo a seguir. Ella había ofrecido al templo unas pocas monedas, pero era todo lo que tenía. Evangelio de Marcos (12, 41-44):

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.

Analicemos ahora las interrelaciones de Jesús con varias mujeres presentes en el Nuevo Testamento, empezando por su madre, María.

En primer lugar, hay que considerar que, en su infancia, Jesús estaba sujeto a sus padres (Evangelio de Lucas 2, 41-52). Por tanto, le rendía obediencia a su madre.
Otra descripción de la interacción entre Jesús y María está registrada en el Evangelio de Juan, cuando durante las bodas de Caná, llega a faltar el vino. Veamos estos pasajes (2, 1-5):

Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere.

En estos pasajes (como en Lucas 2, 49), Jesús declara su independencia de su madre. Habrá un tiempo para Jesús, y María, aunque sea su madre, no puede ni apresurar ni obstaculizar aquel momento.
Cuando luego, en la cruz, Jesús se dirige a su madre, encomendándosela a Juan, se nota todo el amor y la compasión que Él le profesa a ella. Veamos los pasajes correspondientes del Evangelio de Juan (19, 26-27):

Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Jesús ve a su madre y a Juan, su querido discípulo, quienes, sin importantes el riesgo al que se enfrentaban, llegaron hasta los pies de la cruz para darle un último adiós. Quieren sufrir con él, quieren estar al lado de su amado hasta el final. Jesús piensa en su madre y se la encomienda a Juan, quien desde aquel momento estará cerca de ella.

Veamos ahora las interacciones que tuvo Jesús con María Magdalena.

Primero que todo, en el Evangelio de Marcos (16, 9) se describe que Jesús había expulsado siete demonios de María Magdalena. Por tanto, ella era una endemoniada que Jesús salvó y a la cual mostró la verdadera fe.
María Magdalena estaba presente en el momento de la crucifixión de Jesús (Marcos 15, 40; Mateo 27, 56; Juan 19, 25; Lucas 23, 49). En el Evangelio di Mateo (27, 61) se especifica que ella vio el cuerpo exánime de Jesús mientras era puesto en la tumba.
María Magdalena es la primera persona a la que Jesús se le aparece resucitado. En el Evangelio de Marcos (16, 9) se describe la aparición de Jesús a María Magdalena, pero es en el Evangelio de Juan donde hay una descripción más detallada. Veamos el Evangelio de Juan (20, 1-18):

El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Y volvieron los discípulos a los suyos. Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

Por tanto, Jesús se le apareció primero a ella, una mujer, cuyo testimonio en la Judea de aquel tiempo valía menos que el de un hombre. ¿Por qué Jesús quiso aparecérsele primero a una mujer? La respuesta debe buscarse, a mi modo de ver, en la relación especial que Jesús tenía con el género femenino. Él puso a las mujeres en un plano de absoluto respeto y de igualdad respecto a los hombres, liberándolas del pecado cometido inicialmente por Eva, y dándoles una dignidad que siempre habían merecido.

Veamos la interacción de Jesús con la mujer adúltera.

Para empezar, veamos los pasajes del Evangelio de Juan (8, 1-11):

Y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

En realidad, los fariseos habían utilizado el caso de la mujer adúltera para coger a Jesús con las manos en la masa.
En efecto, si Jesús la hubiera dejado ir en ese momento, hubiera actuado en contra de la Ley de Moisés. Si, en cambio, Jesús hubiera dicho que la condenaran, siguiendo al pie de la letra la Ley de Moisés, ¿cuál hubiera sido el valor de su enseñanza? Pero Jesús hace una afirmación inaudita que toma por sorpresa a los fariseos: “Quien esté libre de pecado, que le tire la primera piedra”. Jesús no niega el juicio de Dios, sino que invita a los presentes a examinarse y cambiarse a sí mismos antes de juzgar a otros. Jesús invita a la conversión. Ninguno se atreve a lanzar la primera piedra. Los presentes se examinan a sí mismos, recuerdan sus propios pecados y deciden no lapidar a la mujer. Se marchan. En ese momento, Jesús se acerca a la mujer y le devuelve su dignidad perdida. No obstante, la invita a no pecar más. El juicio sobre ella está solo suspendido; Jesús le da otra oportunidad.

Consideremos ahora las interacciones de Jesús con la mujer samaritana.

Veamos los pasajes correspondientes al Evangelio de Juan (4, 1-30):

Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. Y le era necesario pasar por Samaria. Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José.  Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.
Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.  Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.
En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella? Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.

Ante todo, notamos que Jesús se acercó y dirigió la palabra a una mujer samaritana. Hablando con esta mujer, Jesús rompió varias barreras que impedían a los fariseos hablar a una persona en las condiciones de aquella mujer. Primero que todo, era una mujer samaritana, o sea no judía. En segundo lugar, era una pecadora, puesto que tenía una relación con un hombre por fuera del matrimonio. Pero Jesús no la excluye. Jesús la trata con ecuanimidad y le pide agua de aquella fuente. Ella se sorprende y en ese momento Jesús le habla, le demuestra respeto y le da dignidad. Luego, Jesús le declara su verdadera identidad. Él la acerca a la verdadera fe y a la convierte a Él. Una mujer pecadora se vuelve entonces discípula de Jesús. De hecho, proclama el Cristo a los otros habitantes del pueblo. Jesús la trató como persona, sin mirar que fuera mujer, samaritana o pecadora.

Veamos cómo Jesús interactúa con la mujer sirofenicia. Evangelio de Marcos (7, 24-30):

Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse. Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies. La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio. Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos. Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija. Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama.

Esta mujer no era israelita sino griega, de origen sirofenicia. Jesús probó la fe y la humildad de la mujer extranjera. Ella se demostró humilde, y por esto fue premiada. Jesús expulsó el demonio que estaba presente en el cuerpo de la hija de la mujer. Jesús demostró una vez más su poder. Pero también acercó a esa mujer hacia Él, a la verdadera fe. Una vez más, Jesús tuvo compasión, mostró el verdadero rostro de Dios, compasivo.

Veamos cómo Jesús interactúa con las hermanas de Lázaro, María y Marta. 

Hay tres episodios en los cuales estas son mencionadas. Veamos el primero. Evangelio de Lucas (10, 38-42):

Durante el viaje a Jerusalén, Jesús y sus discípulos llegaron a cierta aldea donde una mujer llamada Marta los recibió en su casa. Su hermana María se sentó a los pies del Señor a escuchar sus enseñanzas, pero Marta estaba distraída con los preparativos para la gran cena. Entonces se acercó a Jesús y le dijo:
—Maestro, ¿no te parece injusto que mi hermana esté aquí sentada mientras yo hago todo el trabajo? Dile que venga a ayudarme.
El Señor le dijo:
—Mi apreciada Marta, ¡estás preocupada y tan inquieta con todos los detalles! Hay una sola cosa por la que vale la pena preocuparse. María la ha descubierto, y nadie se la quitará.

Para comprender este pasaje hay que considerar que, en los tiempos de Jesús, a las mujeres no les era permitido profundizar en los temas de las Escrituras, la teología y la escatología. En este caso, María estaba escuchando las palabras de Jesús. Pero Marta se acercó a Jesús queriendo que María la ayudara en las tareas domésticas. En este punto, Jesús responde serenamente, afirmando que María ha escogido escuchar la palabra de Dios, que es lo más importante. Jesús dio entonces valor a María como persona. La puso en un plano absolutamente igual al de los hombres, afirmando su derecho a escuchar los asuntos de la fe. Además, le dio el derecho a María de no ser igual a Marta, sino de tener una personalidad propia, una individualidad.

Veamos ahora el segundo pasaje de Juan (11, 17-44):

Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano. Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo. Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama. Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a él. Jesús todavía no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado. Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí. María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera? Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir.

En este pasaje, Jesús muestra compasión de Marta y María. Jesús escucha la desesperación de Marta por la pérdida del hermano y después de haber declarado su Divinidad, Jesús le pregunta a Marta si ella cree en Él. Marta responde afirmativamente. Con María la conversación es diferente. Ella se desespera y Jesús llora. Jesús demuestra su plena humanidad con María. Luego Jesús hace un milagro: resucita a Lázaro, logrando así suscitar en Marta, en María y en todos los presentes la verdadera fe en Él.
Veamos ahora el tercer pasaje en el Evangelio de Juan (12, 1-8):

Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis.

Este pasaje se refiere a la unción de Betania. María de Betania hizo un gesto de veneración máximo respecto a Jesús. Con este gesto lo consagró como el único Mesías de Israel. Judas se opuso a este gesto de veneración; en primer lugar, porque no reconoce en Jesús al Mesías y, además, porque era un ladrón y hubiera querido posesionarse del valor de aquel perfume.

Veamos cómo Jesús interactúa con una mujer pecadora.

En el Evangelio de Lucas se registra también otra “unción”. Una mujer pecadora entró en el cuarto donde Jesús estaba conversando con fariseos y se echó a los pies de Jesús. Veamos el pasaje correspondiente del Evangelio de Lucas (7, 36-50):

Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. 
Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. 
No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.

También en este caso Jesús mostró su compasión con la mujer pecadora. Jesús percibió su real arrepentimiento y la perdonó, le dio otra posibilidad. El fariseo lo enfrentó inmediatamente sosteniendo que aquella mujer era una pecadora y que Jesús no habría debido hablar con ella. En este momento, Jesús aprovecha la ocasión para instruir al fariseo sobre el hecho de que con el arrepentimiento y el amor una persona puede obtener el perdón de sus pecados. 

En suma, las mujeres tuvieron un rol central en la predicación de Jesús. Él las escuchó, las comprendió, les dio dignidad, las sanó de enfermedades y encendió en ellas una esperanza; despertó en ellas la verdadera fe, les mostró compasión y las volvió libres.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas

Imagen: Johannes Vermer, Cristo en la casa de Maria y Marta.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Refutación de la tesis de que "Pablo de Tarso inventó el Cristianismo"


Esta tesis ha sido desmontada a lo largo de la historia, pero periódicamente alguien la reutiliza. Analicemos algunas hipótesis:
La primera hipótesis es que Pablo de Tarso obraba de mala fe. Entonces habría inventado sus cartas. Pero es difícil creer que una persona invente una historia que pueda dañarlo, es decir, que cause que la golpeen, que la priven de la libertad, que cause su persecución y que finalmente cause su muerte. De hecho, nadie iría al martirio por algo que no cree.
Además, si Pablo de Tarso habría inventado la Buena Nueva, significa que Jesús permaneció en la tumba. En este caso, no habría habido un "sustrato" de judíos cristianos de 30 a 50 d.C. y por lo tanto, tan pronto como Pablo comenzó a predicar, los judíos habrían negado sus tesis. Le habrían dicho: "Pero que dices, aquel Jesús se quedó en la tumba". Nadie lo habría escuchado.

La segunda hipótesis también contempla que Jesús no resucitó, pero que Pablo de Tarso obraba de buena fe, es decir, realmente tuvo una visión mística de Jesús resucitado y luego escribió sus cartas.
Pero es poco probable, si no imposible, que él haya tenido una visión del Jesús resucitado si Jesús hubiera permanecido en la tumba. En este caso, nadie habría predicado y no habría habido ningún sustrato judeo-cristiano de 30 a 50 d.C. La historia de Jesús pronto hubiese sido olvidada e incluso en este caso nadie hubiese escuchado la predicación de Pablo y nadie le hubiese creído. Los judíos lo habrían negado de inmediato.
Más aún, si Pablo de Tarso hubiera inventado la Buena Nueva y la cristología, ¿cómo se explicarían los otros escritos del Nuevo Testamento? El Evangelio de Mateo, de Marcos, de Lucas, de Juan, los Hechos de los Apóstoles, la carta a los Hebreos, la carta de Santiago, las cartas de Pedro, las cartas de Juan, la carta de Judas y el Apocalipsis. Estas obras fueron escritas claramente no por Pablo, sino por otros autores.

Alguien afirma que Pablo podría haber influido en los autores de estos escritos.
Pero esto no es práctico porque en estos libros se describen los eventos importantes de Jesús (enseñanzas directas, parábolas, milagros), que, por lo tanto, deberían haber sido inventados por los diversos autores del Nuevo Testamento.
Y esto también es inaceptable porque esto necesariamente implicaría una conspiración. Pero una conspiración que no rinde nada: inventar algo falso sin ganar nada, y por el contrario, arriesgar la muerte. Y esto va contra la lógica.

Y, además, ¿cómo los evangelistas difundieron el Evangelio sin creerle? Para acercar a las personas a la fe en Cristo, alguien debería predicar con lágrimas en los ojos, es decir, creyendo verdaderamente.
Además, las Cartas de Pablo estaban dirigidas a las comunidades cristianas de los tesalonicenses, los corintios, los gálatas, los filipenses, los romanos, los efesios y los colosenses. Por lo tanto, inicialmente estas cartas no llegaron en presencia de los otros evangelistas, quienes, por lo tanto, no pudieron copiar el contenido.

También debe considerarse que hay algunos estudiosos que afirman que al menos dos evangelios pueden haber sido escritos antes de las cartas paulinas. El erudito J. Carmignac afirma que el Evangelio de Mateo se escribió en el año 45 d.C. inicialmente en arameo (1). También de acuerdo con el erudito O' Callaghan, uno de los fragmentos de los Rollos del Mar Muerto, formaría parte del Evangelio de Marcos y se remontaría al 50 d.C. (2).

En cambio, precisamente la visión de Cristo que Pablo de Tarso dijo que había tenido, sugiere que hubo un sustrato de judeo-cristianos que ya creían antes que él.
De hecho, Pablo afirma haber recibido el Evangelio (Primera carta a los Corintios 15, 3).
Además, los Hechos de los Apóstoles muestran que Pablo estaba persiguiendo a la Iglesia antes de su conversión.
También en los Hechos de los Apóstoles se observa que había personas dispuestas a morir por Cristo antes de su conversión (Proto-Mártir Esteban).
De las cartas de Pablo aprendemos que había comunidades cristianas en lugares que aún no había visitado (su Carta a los romanos, dirigida a los cristianos de Roma, un lugar que él, cuando escribió la carta, aún no había visitado).
Finalmente, de sus cartas queda claro que Pablo reportó algunos himnos a Cristo que se formaron en los años que siguieron inmediatamente a su misión (por ejemplo, el himno a la humildad, en la carta a los Filipenses, cap. 2).

Los grupos judeo-cristianos realmente creyeron en Jesucristo y lo asociaron abiertamente con Dios. Por lo tanto, Pablo tuvo una visión de Jesús y comenzó a predicar el Evangelio. En sus cartas utilizó términos en hebreo como maranatha (ven Señor, pronto), dentro de los escritos griegos, lo que significa que el sustrato cristiano estaba compuesto principalmente de judíos.

Pablo de Tarso no predicó de manera diferente a los apóstoles. Es él mismo quien nos dice (Carta a los Gálatas capítulo 1 - capítulo 2), que había conocido a Pedro y Santiago tres años después de su conversión y luego catorce años más tarde (En 49). En esa ocasión, Pedro y Juan le dieron la "derecha" a Pablo como señal de aprobación. Veamos:
Carta a los Galatas, (2, 9): 

Por eso, Santiago, Cefas y Juan considerados como columnas de la Iglesia reconociendo el don que me había sido acordado, nos estrecharon la mano a mí y a Bernabé, en señal de comunión, para que nosotros nos encargáramos de los paganos y ellos de los judíos.

Además, si antes del Concilio de Jerusalén los Apóstoles se hubieran dado cuenta de que Pablo de Tarso sostenía tesis no coincidentes con el mensaje central de Jesucristo, a saber, el kerygma, lo habrían eliminado y excomulgado y no le habrían permitido predicar la palabra del Señor .

Otro punto que muestra que Pablo de Tarso no ha inventado nada sobre el tema de la salvación puede verse comparando la Carta a los romanos con el Evangelio de Mateo. Es fácil verificar que no hay contradicción entre los preceptos indicados en la Carta a los Romanos (es decir, que nos salvamos a través de la fe en la expiación de los pecados llevados a cabo por Jesucristo en la cruz) y el Evangelio de Mateo, de hecho vemos este pasaje del Evangelio de Mateo (1, 20-21):

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».

Así se afirma que Jesús vino a salvar a su pueblo (es decir, a los hijos de Dios), de los pecados, muriendo y derramando su sangre. Veamos estos otros pasajes: (20, 28), donde se reafirman conceptos similares:

como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

Vemos un último pasaje del Evangelio de Mateo (26, 27-28):

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.

Como podemos ver el concepto de "redención" o muerte vicaria, no es típico de Pablo de Tarso, sino que tiene origen en el Evangelio de Mateo (y, a su vez, se deriva de las profecías, por ejemplo Isaías 53).

También debe considerarse que Pablo de Tarso no viajó a Egipto, ni a Bizancio (Constantinopla), ni a Armenia, ni a Etiopía, ni a Persia, ni a la India. Pero en esos lugares el kerygma se extendió desde el primer siglo, ósea el mensaje central del cristianismo basado en el arrepentimiento de los pecados de uno, en la expiación de los pecados de Jesucristo en la cruz y en su resurrección en la carne. ¿Quién propagó el kerygma en aquellos territorios donde Pablo de Tarso no viajó? Los apóstoles, naturalmente.
Si Pablo de Tarso hubiera inventado algo, y si su predicación no hubiera coincidido perfectamente con la enseñanza de Jesucristo, habría resultado que en los lugares que he mencionado, algo diferente se habría extendido, mientras que solo en las áreas visitadas por Pablo el kerygma se habría extendido, pero como sabemos no fue así, por ejemplo, en Egipto, el kerygma y el cristianismo apostólico se difundieron, exactamente igual que el cristianismo difundido por Pablo, y el primero que lo difundió fue el Evangelista Marcos. Y así sucesivamente para los otros lugares que mencioné: Andrés para Bizancio, Judas Taddeo y Bartolomé para Armenia, Tomas para la India, etc.

Consideraciones finales: Pablo de Tarso se fue al martirio para no negar lo que había dicho y escrito acerca de Jesucristo. Nadie va a la muerte para divulgar mentiras que él mismo ha inventado. Naturalmente, las fuentes históricas sobre el martirio de Pablo de Tarso son numerosas. (3)
También vemos cuál era la reputación de Pablo de Tarso. Tanto Clemente como Policarpo lo describen como un beato, y por lo tanto verdadero. Veamos:
Primera Carta de Clemente XLVII, 1:

"Tomen la carta del beato apóstol Pablo"

Policarpo, Carta a los Filipenses:

"Porque ni yo ni otro como yo podemos alcanzar la sabiduría del bendito y glorioso Pablo, quien, mientras estuvo entre ustedes, en presencia de los hombres de aquella época, enseñó la palabra de verdad con tanta exactitud y seguridad, y cuando estaba lejos, os escribió cartas, en cuya meditación podéis confirmar la fe que os fue dada ".

Yuri Leveratto

Notas: 

1-J. Carmignac, Nascita dei Vangeli sinottici, San Paolo, Cinisello Balsamo, 1986.
2-http://www.statveritas.com.ar/Varios/JLoring-01.htm
3-Tenemos varias fuentes históricas del martirio de Pablo de Tarso, probablemente ocurridas en el año 67 DC. Veamos algunas de ellas:
Carta de Ignacio de Antioquía a los efesios (110 d.C.)
Carta a los romanos de Dionisio, obispo de Corinto (166-174 dC), en Eusebio de Cesarea - Historia eclesiástica 25-8
Tertulliano –Prescrizione contro le eresie (200 AD)
Lattanzio, De Mortibus Persecutorum (318 AD)

martes, 2 de octubre de 2018

El testimonio de Juan el Bautista sobre la eternidad de Jesucristo: análisis del decimoquinto verso del Evangelio de Juan


Juan Apóstol y Evangelista ya ha descrito a Juan el Bautista en los versos seis, siete y ocho. Juan el Bautista fue presentado como un hombre enviado por Dios -por tanto, una persona de altísima moral- que vino como testigo de la misión de Jesucristo sobre la tierra. Para el Evangelista, Juan el Bautista simplemente reflejó la luz eterna de Jesucristo. Ahora bien, en el decimoquinto verso el autor transmite una cita directa de Juan, el último de los profetas.
Veamos el decimoquinto verso del Evangelio de Juan:

Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: 
“Éste es de quien yo decía: 
El que viene después de mí, 
es antes de mí; 
porque era primero que yo”.

Veamos el correspondiente en griego:

Iōannēs martyrei peri autou kay kekragen legōn Houtos ēn hon eipon Ho opisō mou erchomenos emprosthen mou gegonen hoti prōtos mou ēn.

En el primer capítulo del Evangelio de Juan, después del Prólogo, está descrito el episodio en el que un grupo de sacerdotes y levitas llegaron donde vivía Juan y le preguntaron quién era (1, 19-28). Juan respondió que no era Cristo y tampoco Elías. Contestó citando al profeta Isaías (40, 3), o sea identificándose a sí mismo como aquel que testimonia la llegada del Señor. Siempre, en los primeros capítulos (1, 29-34) se describe el pleno reconocimiento de Jesús por parte de Juan el Bautista. Ante todo, en la primera frase (1, 29):

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 

Pero también las frases siguientes tienen una relevancia clave. Veamos el trigésimo verso:

Éste es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo.

Esta cita de Juan el Bautista se transmite casi igual en el decimoquinto verso, como para reiterar su absoluta importancia.
Según el teólogo Zodhiates, entre el decimocuarto y el decimoctavo hay un paréntesis, representado por el decimoquinto verso, exactamente como hay un paréntesis representado por el sexto, séptimo y octavo verso entre el primero y el decimocuarto verso.
En efecto, el decimoquinto verso no está conectado con el decimocuarto o con otros precedentes, pues no empieza con la conjunción “e” sino con la palabra “Juan”.
Hay dos motivos por los cuales el Evangelista describe a Juan el Bautista en los versos 6-8 de su Prólogo. Primero que todo, para resaltar su misión como testigo y, en segundo lugar, para disipar cualquier duda sobre su persona, ya que alguien podía pensar que el Bautista era Cristo. De hecho, en el verso octavo está escrito:

No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

El decimoquinto verso inicia con la frase “Juan dió testimonio de él”, o bien “Iōannēs martyrei”. En griego es un presente histórico. ¿Por qué fue usado el presente histórico? Ante todo, porque Juan el Bautista, aún habiendo fallecido desde hacía tiempo, había dejado un testimonio tan fuerte y claro que todavía resonaba en la mente del Evangelista. En segundo lugar, porque el testimonio de Jesucristo es algo inmutable. Hoy se pueden utilizar diferentes métodos para acercar a las personas al Evangelio, pero el testimonio de su persona debe ser igual al que hizo Juan el Bautista. Él dijo que Jesús era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (1, 29) y que Jesús era el Hijo de Dios (1, 34). De ahí que su testimonio sea fundamental y que si se quiere ser testigo de Jesucristo, haya que hacerlo de modo semejante al de Juan el Bautista. De esta manera, no es el testimonio de Cristo el que se debe adaptar a las diferentes épocas o situaciones históricas, sino que es el predicador o testigo de Cristo quien debe corregir los errores que llegan a producirse en el transcurso del tiempo, siguiendo al testimonio del Evangelio, que es inmutable. 
Juan Evangelista escribe: “Juan dio testimonio de él y clamó”. En griego, el verbo kekragen está en pasado. Según Zodhiates, el primer verbo (dio), indica que su testimonio no tiene fin; continuará resonando por siempre, mientras que el segundo verbo (clamó), indica que su testimonio físico fue dado en un momento específico de la historia.
El verbo kekragen deriva del verbo krazoo, que significa “gritar”, “hacer clamor”. En efecto, Juan el Bautista gritó, anunció con su fuerte voz la llegada del Mesías.
Analicemos ahora la segunda frase:

“Éste es de quien yo decía: 
El que viene después de mí, 
es antes de mí; 
porque era primero que yo”.

Esta frase es similar (pero no exactamente igual) a la del trigésimo verso del Prólogo. Algunas personas en el primer siglo se equivocaron y pensaron que Juan el Bautista era el Mesías. Hoy algunas personas se confunden y piensan que entre Juan el Bautista y Jesús hubo una cierta rivalidad. Pero Juan el Bautista, como se le describió en el primer capítulo del Evangelio de Juan, dio un testimonio veraz y clarísimo, primero de la misión de Jesucristo (1, 29), pero sobre todo de la identidad de Cristo (1, 30). Según este verso, Jesucristo era antes del Bautista, entonces “era” desde siempre, por lo que es la Encarnación de Dios. Además, Juan dijo que Jesucristo bautiza en el Espíritu Santo (1, 34), y que es el Hijo de Dios (1, 34).
Analicemos la frase en cuestión: “El que viene después de mí”. Esta frase se refiere al hecho de que Jesús nació después de Juan el Bautista (seis meses después, pero no sabemos las fechas exactas) y empezó su ministerio público después del de Juan el Bautista. Cabe notar que “erchomenos”, o sea “que viene”, es el mismo verbo que se usó en el noveno verso del Prólogo cuando se refería a la luz eterna de Cristo.
En la frase “es antes de mí” está el adverbio emprosthen, que significa “adelante”.
El verbo utilizado en la frase “es antes de mí” es gegonen, tiempo perfecto del verbo ginomai que significa “empezar a ser”. Esta frase se refiere al tiempo y no al rango. Entonces, incluso si Jesús vino después de Juan el Bautista, en realidad “era” antes de él”.
Es en la última frase donde el sentido del decimoquinto verso se revela toda su plenitud. De hecho, en la última frase se transmite “porque era primero que yo”. Con esta frase, el Bautista declaró la verdadera naturaleza del Hijo de Dios, o sea su coexistencia con el Padre desde siempre, desde la eternidad del pasado.
Una vez más, transmitiendo la frase del Bautista, Juan nos quiere indicar que Jesucristo, en su eternidad y deidad, no fue creado, sino que es autoexistente. Jesucristo no es entonces una criatura, sino que es Dios mismo. Como verdadero hombre, Él vino después de Juan el Bautista, pero como Cristo eterno, Él “era” desde siempre (el verbo utilizado es “en”, que indica la eternidad). Por tanto, Juan el Bautista no tuvo necesidad de describir el rango superior de Jesús respecto al suyo. Declaró simplemente que Jesucristo existe desde siempre y que, en consecuencia, es verdadero Dios. De esto se deduce que todo predicador que compara a Jesús con otros hombres sabios del pasado no está predicando el Evangelio, ya que en el Evangelio Jesús es el verbo, el Cristo eterno, Dios que se hizo carne para dar la posibilidad a los hombres de convertirse en hijos de Dios.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Bibliografía: Spiros Zodhiates, Cristo era Dio?

domingo, 26 de agosto de 2018

La eternidad entra en la historia: análisis del decimocuarto verso del Evangelio de Juan


En el decimocuarto verso del Prólogo del Evangelio de Juan está contenido, en mi opinión, el sentido último de toda la Biblia: la eternidad entra en la historia.
El Verbo infinito, eterno, se hizo carne. Pero el Verbo es Dios (Juan 1,1), entonces Dios vino entre nosotros para permanecer en nosotros, en quienes lo acogen (Juan 1, 12). El infinito se ha hecho finito. Es el misterio más grande de todos los tiempos. Y es el acto de amor y de humildad más sublime de todos los tiempos.
Veamos el verso en cuestión:

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad

Veamos su correspondiente en griego:

Kay ho Logos sarx egeneto kay eskēnōsen en hēmin kay etheasamethatēn doxan autou doxan hōs monogenous para Patros plērēs charitos kay alētheias

Muchas personas, aun creyendo en una suerte de “Dios impersonal”, niegan este hecho. No aceptan que Dios se hizo carne en la persona humilde de Jesucristo. Pero si Dios es Dios puede todo, ya que para el Infinito y el Omnipotente nada es imposible.
Primero que todo, detengámonos en el verbo “egeneto”. No está en la forma pasiva, sino más bien en la voz media. No indica que alguien ejerció una fuerza para transformar el Logos en forma humana. Más bien indica la voluntad propia del Verbo, que por su decisión se revistió de carne asumiendo una naturaleza humana. El verbo “egeneto” es utilizado también en el tercer verso del Prólogo en referencia a la Creación del mundo. Significa “convertirse”, “comenzar a ser”, “haber hecho”. En el decimocuarto verso, “egeneto” asume el significado de “convertirse” o “transformarse en”. Lo que primero era invisible a los ojos humanos, ahora puede ser visto. Jesucristo se convierte, por tanto, en aquel que revela a Dios, como está descrito en el decimoctavo verso. 
En todo caso, el misterio de la Encarnación no se resuelve solo en el hecho de que Dios se revistió de carne. Hay mucho más: es Dios quien se hace hombre. No un hombre cualquiera, sino un hombre sin pecado, perfecto. Aun estando sin pecado, era de todos modos un hombre verdadero, real, con sus sentimientos, con su alegría y con su tristeza. Sin embargo, el hecho de que el Verbo se haya encarnado en la persona humana de Jesucristo no significa que haya abandonado su naturaleza divina. Él no dejó nunca de ser verdadero Dios, el Logos eterno, incluso cuando era hombre. Sería ilógico pensar que el Logos eterno, que es Dios, quiso limitarse en el cuerpo humano de Jesús abandonando su carácter infinito. De este modo empezamos a comprender que en Jesucristo coexisten dos naturalezas en una sola persona: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. 
La mayoría de los exégetas bíblicos concuerda en sostener que la conjunción “y” con la que inicia el decimocuarto verso sirve de unión con la primera frase del primer verso del Prólogo. Veamos:

En el principio era el Verbo… y aquel Verbo fue hecho carne

Notamos que Juan utiliza el término “sarx”, carne. ¿Por qué utiliza el término carne y no, por ejemplo, cuerpo?
Según el teólogo griego Zodhiates, el término carne indica expresamente el motivo, el objetivo principal por el cual Jesucristo vino al mundo. Mientras que nosotros los humanos venimos al mundo con el propósito de vivir, Jesucristo vino al mundo con el propósito de morir. El objetivo principal de la misión de Jesucristo en la tierra (1) fue, de hecho, la redención de los pecados, efectuada por él con su muerte en la cruz. La Biblia, en numerosos versos (1), nos muestra que Jesús murió en la cruz por nosotros, o sea por expiar nuestros pecados. Es la muerte vicaria de Jesucristo, el sacrificio final y perfecto. Veamos a tal propósito dos pasajes del Nuevo Testamento:

Epístola a los hebreos (9, 22):

Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión

Primera epístola de Juan (1,7):

Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado

No obstante, la sangre está en la carne. Según Zodhiates, en la frase “y aquel Verbo fue hecho carne” está incluido el concepto del objetivo principal de la misión de Jesucristo en la tierra: morir esparciendo la propia sangre para la remisión de los pecados. Veamos a tal propósito el pasaje del Evangelio de Mateo (20, 28):

Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos

Según la Biblia, la persona que no acepta la muerte de Jesucristo como expiación de sus pecados no puede renacer en Cristo y, por tanto, no está lavada de los propios pecados y no puede vivir según las enseñanzas de Cristo.
“Sarx”, carne, puede ser considerada en sentido más genérico, denotando la naturaleza humana en contraposición a la espiritual. Esto demuestra que el Cristo eterno se hizo completamente humano, con la excepción del pecado. Por tanto, Jesús, siendo completamente humano, tenía también un alma humana, la cual le hizo sentir emociones. Él amó, se enojó, se sintió triste, se sintió sereno, experimentó alegría.
Hay, en todo caso, otra interpretación de la palabra “sarx”, carne. Con esta, Juan quiso describir la profunda humillación que Dios decidió experimentar convirtiéndose en hombre por nosotros, con el fin de que nosotros podamos volvernos “hijos de Dios”. Esta humillación de Dios está descrita en modo excelso en el himno a la humildad (Epístola a los filipenses 2, 6-11):

El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre

Sin embargo, el Logos eterno, aún si se transformó en hombre y caminó sobre esta tierra, no cesó nunca de ser Dios. Siendo hombre, humilde y débil, pudo sufrir sobre la cruz y esparcir la propia sangre. Siendo Dios, omnisciente, pudo expiar todos los pecados. A tal propósito veamos un verso bíblico donde se subraya que solo Dios puede perdonar y, por tanto, expiar todos los pecados. Evangelio de Marcos (2, 7):

¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?

Ya a partir del primer verso de su Prólogo, Juan declara que el Hijo, o sea el Verbo, es Dios, pero en todo caso tiene una personalidad distinta del Padre. Este dato misterioso, y sin embargo maravilloso, empieza a revelar la esplendente Trinidad. También en el decimocuarto verso se nota que el Verbo y el Padre tienen personalidades distintas. Analicemos, de hecho, la segunda frase: “Y habitó entre nosotros”. Esta frase se conecta con la segunda frase del primer verso:

Y el Verbo era con Dios… y habitó entre nosotros

Si el Verbo, o sea el Cristo eterno en su estado pre-encarnado, no fuera una persona distinta al Padre, no habría podido bajar a esta tierra y vivir entre nosotros. Es, por tanto, justamente la espléndida Trinidad la que permitió la Encarnación del Verbo.
Algunas personas podrían preguntar por qué Dios omnipotente vino sobre la tierra en forma de hombre. ¿No podía sencillamente venir como Dios?
Primero que todo, podemos afirmar que Dios no habría podido mostrarse en su infinita plenitud. Además, nosotros, seres finitos, no habríamos podido nunca asimilar lo que es infinito. En segundo lugar, el hecho de que Dios haya venido sobre la tierra en forma de hombre se explica considerando la misión que debía llevar a cabo. Jesucristo decidió dar su vida para expiar “el pecado del mundo”. Con su acto de amor, Jesús hizo que el hombre se convirtiera en un hijo de Dios. Una vez llevada a término esta tarea sublime, Jesucristo no tuvo más razones para quedarse en la tierra. Después de su gloriosa Resurrección en la carne, Jesús apareció ante los Apóstoles y ante otros de sus seguidores varias veces, pero luego ascendió al cielo. Su tarea sobre la tierra había terminado. 
Juan utiliza el término “eskēnōsen” que, si se traduce literalmente, significa “puso las tiendas”, “acampó”, o sea “vino a vivir temporalmente”.
Es interesante notar que “eskēnōsen” deriva de la palabra “skeenee” (tienda). En una de sus formas sustantivas, sin embargo, (skeenooma), esta palabra asume el significado de “cuerpo”.
Esto se nota también en los siguientes pasajes de la Primera epístola de Pedro (1, 13-14):

Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia

La presencia de Jesucristo en la tierra fue temporal, pero fue de todos modos la de un cuerpo real, no aparente.
Además, “eskēnōsen”, o sea “vino a habitar”, se refiere a un período de tiempo definido que no se repetirá en el futuro. Este hecho maravilloso se explica así: Jesucristo vino a la tierra de forma humilde, con un cuerpo humano, pero cuando resucitó, su cuerpo fue transformado gloriosamente. Jesús tenía un cuerpo glorificado. Será con este cuerpo glorificado que él regresará a la tierra. No regresará nunca más con su cuerpo humano, o sea con el cuerpo de su humillación, sino que regresará con su cuerpo glorificado de la Resurrección. Jesús, por tanto, permaneció en la tierra temporalmente con el fin de expiar los pecados, en cuanto su sacrificio fue final, único y perfecto. 
No volverá como un maestro humilde sino como Rey y Juez. Por esto, nuestra vida es la única posibilidad que tenemos de reconocer a Jesucristo como nuestro salvador ya que, si no lo reconocemos como Salvador, lo conoceremos como Juez.
Volvamos ahora a la frase “y habitó entre nosotros”. Esta decisión de “venir y habitar entre nosotros” fue tomada incluso siendo con la consciencia de que la mayoría de los hombres repudiaría su persona y su mensaje. Fue necesario que Dios viniera a habitar entre los que se oponían a él. Veamos a tal propósito este pasaje de la Epístola a los romanos (5, 10):

Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida

Pero Jesucristo, con su amor y sacrificio sobre la cruz, conquistó incluso a muchos de sus enemigos.
Analicemos la palabra “en”, que normalmente se traduce por “entre”. Según el especialista A. T. Robertson (2), esta palabra puede significar “dentro” y “entre”. La segunda frase del decimocuarto verso significaría que el Verbo vino al mundo principalmente para “permanecer” en (“dentro”) nuestros corazones y, secundariamente, para habitar entre nosotros. No obstante, mientras que la permanencia en la tierra fue temporal con su cuerpo físico, su permanencia en los corazones de los hijos de Dios es eterna.
¿Qué ventaja habrían tenido los hombres si Dios se hubiera hecho carne para venir “entre ellos”, pero sin permanecer “en ellos”? Muchas personas, que vieron a Jesucristo de cerca, pero que no lo tenían en su corazón, le pidieron incluso que se fuese (por ejemplo, la población de los gerasenos, en el Evangelio de Lucas 8, 26-39).
La palabra “eskēnōsen”, “poner las tiendas”, o sea un concepto temporal, no está en conflicto con la interpretación de que el Verbo se encarnó para permanecer “dentro” de nuestros corazones. Durante nuestra vida terrena, de hecho, el Verbo temporalmente permanece en nuestros corazones, en nuestro cuerpo físico. Después de la Resurrección de los cuerpos, el Verbo permanecerá para siempre en el corazón de nuestro cuerpo glorificado.

Primera epístola a los corintios (3, 16):

¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Este hecho de que Jesucristo vive en nosotros y permanece en nuestros corazones es algo maravilloso. Una vez que aceptamos a Jesucristo, su Espíritu está en nosotros y no podemos volver atrás. Quien se convierte, sabe que Jesús está en él. Analicemos brevemente la palabra “nosotros” en la frase: “Y habitó entre nosotros”. Juan se incluye en el estrecho grupo de personas que inicialmente pudieron ver, escuchar y conocer a Jesucristo. Es un testimonio veraz, que estuvo con Jesucristo hasta su muerte en la cruz y lo vio luego varias veces con un cuerpo glorificado hasta la última aparición de Jesús hacia el final del siglo I, cuando fue escrito el Apocalipsis, en la isla de Patmos. Juan, escribiendo “entre nosotros”, se refiere también a otras personas: no solo a los Apóstoles, sino también a otros seguidores de Jesucristo como Esteban, Bernabé, Pablo de Tarso, Santiago el Justo, Nicodemo, María de Betania, Marta, María Magdalena, etc.; personas que, aun no haciendo parte del estrecho círculo inicial de los Apóstoles, habían acogido plenamente a Jesucristo en sus corazones.
La frase siguiente es: “Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”. Aquí Juan no escribe “vi” sino “vimos”. Obviamente, Juan se refiere a todas las personas que describe en el cuarto Evangelio a partir del decimonoveno verso del primer capítulo. El verbo “etheasametha” (contemplamos, vimos, del infinitivo “theasthai”) es usado veintidós veces en el Nuevo Testamento, pero nunca en relación con la visión espiritual (por ejemplo, Evangelio de Juan 1, 32; 1, 38; 4, 35; 6, 5; 11, 45). Juan usa este verbo para referirse a la visión real y no espiritual. Podría ser que Juan, utilizando este verbo, quería resaltar que Jesús verdaderamente apareció en la carne y no en el espíritu. El uso de esta palabra podría ser entonces una respuesta al docetismo, una forma de gnosticismo que sostenía la hipótesis de que Jesús no tuvo cuerpo ni naturaleza humana.
Sin embargo, según los especialistas Arndt y Gingrich (3), la palabra “etheasametha” significa no solo “ver físicamente”, sino también “mirar de modo estupefacto, ver percibiendo un hecho sobrenatural”. En efecto, en el verso 1, 32 del Evangelio de Juan:

También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él

En esta frase se utiliza “tetheamai”, primera persona de “theasthai”. Juan vio la paloma y se dio cuenta de que era el Espíritu Santo.
Por tanto, “vimos” se refiere a la visión física de un cuerpo físico, cuando se percibe que más allá de un cuerpo físico hay también un espíritu sobrenatural. El Apóstol y Evangelista Juan y otros vieron a Jesús físicamente, pero percibieron que era Dios encarnado. 
Analicemos ahora la frase: “Y vimos su gloria”. El verbo “etheasemetha” se refiere a la observación física, pero la palabra “doxa”, o sea “gloria”, se refiere a algo que no se puede ver, sino solo percibir o verificar. Normalmente, la palabra “gloria” se refiere a un solo acto glorioso si fue hecho por el bien supremo de la comunidad. Por tanto, un acto de altísima moralidad. Una persona gloriosa es entonces quien se sacrifica por un fin altísimo por el bien de todos. La palabra gloria es sinónimo también de consideración, reputación, grandeza, triunfo, esplendor, magnificencia. En el caso de Jesucristo, sus seguidores vivieron con él, vieron sus milagros, lo vieron dirigirse a los más humildes de una forma especial, lo vieron aceptar su condena a muerte de modo digno, lo vieron morir (Juan estaba bajo la cruz cuando Jesús expiró) y lo vieron luego resurgir de un cuerpo glorificado. Por todas estas razones, (obviamente la Resurrección es la más importante, pero no la única) se convencieron de su naturaleza divina, de verdadero Dios y verdadero hombre, y percibieron su gloria eterna. Jesús brillaba con luz divina y emanaba gloria eterna. Pero la gloria que percibieron los Apóstoles no era una gloria común, la que podría tener un grandísimo hombre, sino que era “gloria como del unigénito del Padre”. Era un esplendor, una luminosidad divina lo que ellos no veían, sino percibían. A tal propósito veamos algunos pasajes bíblicos donde se hace referencia a la gloria de Dios.

Éxodo (24, 17):

Y la apariencia de la gloria de Jehová era como un fuego abrasador en la cumbre del monte, a los ojos de los hijos de Israel

Éxodo (40, 34):

Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo

Números (14, 10):

Entonces toda la multitud habló de apedrearlos. Pero la gloria de Jehová se mostró en el tabernáculo de reunión a todos los hijos de Israel

Hay una enorme diferencia entre gloria celeste y gloria humana. En la frase:

Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre

Juan se refiere a la gloria divina de Jesucristo, a su sabiduría, gracia, santidad, sacralidad, a su amor infinito y a su concepción absolutamente divina. Cuando los Apóstoles percibieron esta gloria, se quedaron estupefactos. Cuando el hombre finito tiene contacto con el infinito no puede sino quedarse atónito. Por tanto, los discípulos de Jesús se dieron cuenta de que él no era solo un grandísimo hombre o un profeta de Dios, y lo reconocieron exactamente como “unigénito del Padre”. 
La palabra “monogenous”, o sea “unigénito”, y el pronombre “Patros”, o sea “Padre”, no están precedidos por ningún artículo. Sabemos que en griego la ausencia de artículo definido indica un concepto genérico y no particular. Por tanto, la traducción “gloria como de un hijo unigénito que viene de un padre” (o sus variantes) es completamente errada. Unigénito sin artículo se refiere al concepto último de Unigénito, o sea el Hijo de Dios, y Padre sin artículo se refiere al concepto último de Padre, o sea Dios.
Hay otro concepto muy importante, la frase “gloria como del unigénito del Padre” se refiere al hecho de que Jesucristo, o sea el Verbo encarnado, no tenía menos gloria que la de su Padre, Dios. Justamente la palabra “monogenees” (“monogenous” es el genitivo) indica la consustancialidad. El Logos eterno y, por tanto, también el Logos encarnado, tenían la misma “sustancia” del Padre. La calidad de la gloria del Hijo era, por tanto, exactamente igual a la gloria del Padre. Es esto lo que Juan quiere comunicarnos con su frase. En todo caso, de los versos precedentes y en particular del duodécimo, se deduce que solo quien ha acogido en su corazón a Jesucristo puede percibir su gloria. Quien no lo ha reconocido como el Verbo encarnado y su Salvador no podido siquiera percibir su gloria.
Hay otro punto muy importante por considerar al respecto del concepto de gloria de Cristo. De todo el Nuevo Testamento se deduce que el Verbo eterno hizo un acto de humildad máximo con la Encarnación. Jesucristo decidió humillarse viniendo entre nosotros. Veamos el pasaje correspondiente en la Epístola a los filipenses (2, 6-8):

El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz

De la frase “se despojó a sí mismo” se deduce que Jesucristo, viniendo a la tierra, renunció a algo. Sabemos que limitándose a sí mismo en el cuerpo humano de Jesucristo, el Cristo eterno renunció a la omnipresencia, pero en la frase de la Epístola a los filipenses parece que se estuviera refiriendo a otro tipo de renuncia.
Del análisis comparado de la Epístola a los filipenses y del Prólogo de Juan se deduce que, con la Encarnación del Verbo, Jesucristo cesó temporalmente de tener la gloria del Padre que tenía en su estado preencarnado. Esto no implica que Jesucristo haya temporalmente dejado de lado su Divinidad. Él era Dios y en ningún momento perdió sus atributos divinos (excepto la omnipresencia). 
Para entender el concepto de que Jesucristo renunció temporalmente a la gloria del Padre, consideremos el verso 17, 5 del Evangelio de Juan:

Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese

En este pasaje es evidente que Jesucristo tenía, en su estado preencarnado, un tipo de “gloria” con el Padre que no tenía cuando permaneció con nosotros en la tierra. Pero, ¿a qué tipo de gloria nos estamos refiriendo?
En griego, gloria se dice “doxa”, que deriva del verbo “dokein”, el cual puede significar: 1-apariencia en contraste con la verdad; 2- reputación, reconocimiento.
Con esta segunda interpretación, el significado de varios versos de la Biblia se aclara. Veamos a tal propósito la Epístola a los romanos (3, 23):

Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios

O sea: como pecaron, no son reconocidos por Dios, perdieron su reconocimiento. Aquí resulta claro que Jesús, al venir sobre la tierra, perdió temporalmente la gloria que tenía con el Padre. Por tanto, en ciertas situaciones, “gloria de Dios” se refiere a su esplendor, a su magnificencia, mientras que en otros casos se refiere a su reconocimiento.
Cuando Jesús vino a la tierra, perdió temporalmente su gloria o el reconocimiento del Padre. Ni siquiera el hombre redimido, o sea libre de pecado, quien reconocía plenamente a Jesucristo como su Señor y Salvador, podía tributar a Jesús el mismo honor, el mismo reconocimiento que Jesús tenía con el Padre en su estado preencarnado.
Para comprender este concepto podemos agregar que solo un científico en física puede reconocer plenamente la calidad de otro científico en física. La misma cosa para Jesús y el Padre. Como tienen la misma sustancia, solo el Padre podía reconocer y apreciar toda la gloria del Verbo, o sea del Cristo eterno, en su estado preencarnado. Jesucristo no pudo encontrar este pleno reconocimiento mientras estaba aquí entre los hombres, y esta es la razón por la cual deseaba volver a obtenerlo.
Regresando, sin embargo, a la gloria de Jesucristo, es importante resaltar que tanto en el decimocuarto verso del Prólogo como en el verso 17, 5 del cuarto Evangelio, está la palabra griega “para”. Esta preposición significa “al lado de”, “en comunión con”, “junto a”. Por tanto, se deduce que la gloria de Jesucristo no deriva del Padre. El Padre reconoció desde siempre la gloria del Hijo y el Hijo reconoció desde siempre la gloria del Padre.
Prácticamente, los discípulos de Jesús percibían su gloria, dándose cuenta de que era la misma gloria del Padre, y creyeron, por tanto, que contemplaban el unigénito del Padre. 
Analicemos ahora la última frase del decimocuarto verso: “Lleno de gracia y de verdad”. Notamos que esta frase debe relacionarse con la tercera frase del primer verso; veamos:

Y el Verbo era con Dios… lleno de gracia y de verdad

Cuando el Cristo eterno se hace hombre, Él se caracteriza por dos atributos principales: Gracia y Verdad. También el hombre puede hacer actos de gracia y puede testimoniar la verdad, pero solo Dios puede estar lleno de Gracia y de Verdad.
En toda la Biblia, los atributos de Dios son descritos numerosas veces: omnisciencia, omnipotencia, omnipresencia, infinita misericordia, infinita justicia. En este verso, y también en el decimoséptimo verso del Prólogo, encontramos dos atributos de Dios extremadamente importantes: Gracia y Verdad.
Sabemos que el objetivo principal de la misión de Jesucristo en la tierra fue la de perdonar todos los pecados y, por tanto, salvar al hombre (Evangelio de Juan 3, 16-17). La encarnación y la sucesiva muerte en cruz de Jesucristo fueron entonces actos de Gracia máxima. Es por Gracia que estamos salvados, por Gracia y fe. Por consiguiente, Jesucristo es la apoteosis de la Gracia. Vino a perdonar los pecados que se declararon como tal por su luz, la luz de la Verdad. El concepto de Verdad divina tiene muchos significados. Primero que todo, el de Verdad última, Causa Primera. Jesucristo mismo es la Verdad última. De hecho, Evangelio de Juan (14, 6):

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí

Pero la verdad se relaciona también con la justicia. Sin verdad no puede haber condena. Pero Dios es infinitamente misericordioso y prefirió ofrecer la Gracia en su hijo Jesús, que descendió entre nosotros, más que condenar desde lo alto. En el decimocuarto verso del Prólogo está entonces condensado el sentido de toda la Biblia. El verbo (Dios) se hizo carne con el objetivo de venir a expiar, o bien perdonar todos los pecados, muriendo sobre la cruz, dándonos así el máximo acto de Gracia posible. Lo hizo porque Dios es Verdad, o sea Justicia. Nadie hubiera podido salvarse solo, nadie habría podido expiar pecados infinitos contra Dios solo. Únicamente Jesucristo, la encarnación del Verbo, podía expiarlos con su sacrificio y entonces fue enviado. Dios, siendo infinitamente misericordioso, quiso perdonar todos los pecados. Pero Dios es también infinitamente sagrado, y no se puede llegar a su presencia manchados de pecado. Incluso una pequeña mancha, si no es perdonada, no permite al hombre poder obtener una Resurrección de vida. Dios es, además, infinitamente justo y debe poder condenar todos los pecados. La única solución a esta triple realidad de Dios (infinita misericordia, sacralidad y justicia) es el envío del Hijo, que debía expiar nuestros pecados sobre la cruz.
¿Por qué Juan puso la palabra gracia antes de la palabra verdad? No porque la gracia sea más importante que la verdad. Ahora tenemos la posibilidad de obtener la Gracia y obtener así el perdón cuando reconocemos que Jesús murió por nuestros pecados. De este modo, nuestros pecados nos son perdonados por él y nos convertimos en hombres justos, hombres verdaderos. Nuestro pecado se transfirió a él, quien lo expió con su muerte, y su justicia se transfirió a nosotros. Contemplamos entonces su verdad.
Quien, en cambio, no acepta a Jesucristo, no acepta su Gracia. Vendrá el día en el que no habrá más gracia y verdad, sino que habrá solo verdad. La verdad de los pecados de quien no acogió ni acogerá a Jesucristo será sacada a la luz y, por tanto, habrá condena eterna.
Hay un último concepto por añadir: la gloria del Cristo eterno en su estado preencarnado era grandiosa, magnífica. Sin embargo, el ápice máximo de su gloria, en referencia a nosotros los humanos, se dio cuando, después de la encarnación, Jesucristo murió por nosotros en la cruz, con su máximo acto de humildad, concediéndonos así la Gracia y la posibilidad de volvernos Hijos de Dios, de manera que nosotros pudiéramos obtener una gloria mayor de la que perdimos cuando pecamos siguiendo el acto de Adán. En otros términos, la gloria más alta de Dios es Jesucristo, y la gloria más alta de Jesucristo fue su humillación y la muerte en cruz por nosotros.
Para concluir, Juan afirma que el Verbo (Dios) se hizo carne, que habitó entre nosotros con el objetivo principal de expiar y, por tanto, perdonar todos los pecados. Además, Juan afirma que él y otros discípulos de Jesús pudieron percibir tres características de Jesucristo: la gloria, la gracia y la verdad. Pero aún más maravilloso es que Jesús mostró su compasión y su Gracia no solo a sus amigos, sino también a sus enemigos, a todos.

Yuri Leveratto

@2018

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com  

Bibliografía: Jesus era Dios? Spiros Zodhiates

Notas: 
1-http://yurileveratto1.blogspot.com/2016/04/el-objetivo-principal-de-la-mision-de.html 
2-La grammatica del Nuovo Testamento alla luce dell’investigazione storica, Doran, cuarta edición, pág. 586.
3-Lessico Greco-Inglese del Nuovo Testamento e altra letteratura cristiana primitiva, Un. Chicago, pág. 353.

viernes, 27 de julio de 2018

La enseñanza de Jesús sobre el perdón


El tema del perdón es el eje de todo el mensaje evangélico. Jesús enseñó a perdonar con la enseñanza directa, a través de parábolas, con acciones y, en fin, dio el máximo ejemplo de perdón con su muerte expiatoria sobre la cruz, el sublime acto salvador que puso fin al dominio del pecado para todos los seres humanos de fe.
La primera enseñanza sobre el perdón que Jesús impartió está presente en la oración del “Padre nuestro”. Veamos el pasaje correspondiente, Evangelio de Mateo (6, 12):

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Jesús indica que hay “deudas”, o sea, “culpas”. Cada culpa causa un resentimiento y, por tanto, una represalia. Sin embargo, para Jesús, la culpa puede ser superada solo a través del perdón, y no a través de la represalia, o peor, la venganza. Dios perdona nuestras culpas si realmente nos arrepentimos, pero su perdón cobra sentido si nosotros también perdonamos a quien nos ha hecho un daño.
De hecho, un poco más adelante, Jesús afirma: Evangelio de Mateo (6, 14-15):

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

El concepto del perdón de parte de Dios, subordinado al perdón que el hombre debe ofrecer a su semejante, está explicado muy bien en la parábola del siervo despiadado, Evangelio de Mateo (18, 23-35):

Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.

Esta parábola enseña la necesidad del perdón fraterno para obtener el perdón de Dios. Diez mil talentos son una deuda enorme y representan la deuda impagable del hombre hacia Dios. El hombre, de hecho, no puede expiar solo sus culpas ya que cada pecado contra Dios tiene un peso infinito. Los cien denarios, en cambio, son una cifra irrisoria y representan la deuda que puede haber entre los hombres. Por tanto, no hay deuda, culpa o daño entre hombres que no valga la pena ser perdonado, considerando la importancia del perdón de Dios al hombre.
Esta enseñanza fue también divulgada por Pablo de Tarso. Veamos dos pasajes correspondientes:
Epístola a los efesios (4, 32):

Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

Epístola a los colosenses (3, 13):

Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.

La enseñanza sobre el perdón está explicada muy bien en otra parábola, la del “hijo pródigo”, conocida también como “parábola del padre misericordioso” (Evangelio de Lucas, 15, 11-32). En esta parábola, se cuenta de un hijo que quiso que le dieran en anticipo la herencia que esperaba, y luego se fue a un país lejano derrochando todos sus bienes. Después de un período de carestía, encontrándose en una situación difícil, decidió volver donde su padre. En el vigésimo verso se lee: “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó”. Se observa que el padre perdonó al hijo antes de que el hijo le pidiera perdón. Por tanto, el perdón debe ser un acto no condicionado a la solicitud de perdón. Debe ser dado siempre y sin condiciones.
Este concepto fue confirmado también por Pablo de Tarso, quien escribió que fue Dios quien nos reconcilió con él por medio de Jesucristo, tomando el primer paso hacia nosotros, incluso si nosotros éramos pecadores.
Veamos el pasaje correspondiente en la Segunda Epístola a los corintios (5, 18-19):

Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.

Jesús, además, perdonó los pecados de algunas personas, demostrando así ponerse a la par de Dios. Veamos tres pasajes correspondientes:
Evangelio de Mateo (9, 2):

Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.

Evangelio de Mateo (9, 5-6):

Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?

Evangelio de Lucas (7, 47-49):

Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?

Veamos ahora otro pasaje del Evangelio de Mateo (18, 21-22), donde Jesús enseña a perdonar siempre, sin límites:

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

Esta enseñanza está confirmada también en el Evangelio de Lucas (17, 3-4):

Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.

También en el Evangelio de Marcos hay enseñanzas directas de Jesús en cuanto a perdonar. En el pasaje siguiente, Jesús exhorta a los creyentes a perdonar durante la oración, de manera que el Padre perdone sus pecados, Evangelio de Marcos (11, 25):

Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.

En el Evangelio de Lucas encontramos la exhortación a perdonar asociada a la de no juzgar. Veamos el pasaje correspondiente (6, 37):

No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.

Jesús perdonó incluso a sus verdugos. A continuación, la famosa frase que pronunció en la cruz, presente en el Evangelio de Lucas (23, 24):

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Recordemos también que Jesús perdonó a Pedro, quien renegó de él unas tres veces (Evangelio de Juan 21, 15-19).
Ahora analicemos algunos pasajes del Nuevo Testamento, donde se afirma el valor salvador de la muerte en la cruz de Jesús, acto sublime con el cual fueron perdonados todos los pecados. Primero que todo, este primer pasaje del Evangelio de Mateo (26, 27-28):

Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.

Es Jesús mismo quien confirma que su sangre fue derramada para el perdón de los pecados.
Analicemos ahora el siguiente pasaje del Evangelio de Lucas (19, 10):

Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Aquí se confirma una vez más que Jesús vino a salvar el mundo y no a juzgarlo. Jesús salvó el mundo ya que perdonó todos los pecados con su muerte. Por tanto, es el Cordero de Dios, como afirma Juan el Bautista en el Evangelio de Juan (1, 29):

El siguiente día ve Juan á Jesús que venía á él, y dice: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

El perdón de los pecados es el objetivo principal de la misión de Jesucristo sobre la tierra. De hecho, el sacrificio del Hijo de Dios, es por definición el sacrificio final y perfecto, como se deduce de este pasaje de la Epístola a los hebreos (7, 27):

que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

“Ofrecerse a sí mismo” fue, por tanto, el acto de perdón más grande de todos los tiempos, que anuló el peso infinito de los pecados contra Dios, con el valor infinito del sacrificio final y perfecto.
Veamos ahora una frase del Jesús resurgido, presente en el Evangelio de Lucas (24, 46-47):

y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.

En esta frase se confirma que quien se convierte, creyendo en el sacrificio salvífico de Jesús, obtiene el perdón de los pecados.
Para terminar, transmitimos tres citas del Nuevo Testamento, escritas por Pablo de Tarso (Epístola a los efesios), Santiago y Juan, que prueban que los primeros cristianos creían que Jesús había perdonado todos los pecados con su muerte en la cruz.
Epístola a los efesios (1, 7):

en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.

Epístola de Santiago (5, 15):

Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados.

Primera Epístola de Juan (1, 9):

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Yuri Leveratto

@2018

Traducción de Julia Escobar Villegas