martes, 17 de abril de 2018

Los hijos de Dios nacieron de Dios: análisis del decimotercer verso del Evangelio de Juan


En el duodécimo verso vimos quiénes son los “hijos de Dios”: aquellos quienes han acogido a Jesucristo, quienes creen en su nombre. En el decimotercer verso, Juan reafirma que las personas se convierten en hijos de Dios por acto completamente divino: no por descendencia (sangre), no por deseo ni por voluntad humana.
Veamos el decimotercer verso del Evangelio de Juan:

los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios

Veamos el correspondiente en griego:

Hoi ouk ex haimatōn oudeek thelēmatos sarkos oudeek thelēmatos andros all’ ek Theou egennēthēsan

Juan quiere darnos una idea muy clara de cómo se convierte y cómo no se puede convertir uno en hijo de Dios. En el duodécimo verso se concentró en lo que se debe hacer para convertirse en hijo de Dios. En el decimotercer verso, Juan disipa cualquier duda, especificando en tres frases negativas cómo no se puede convertir uno en “hijo de Dios”.
Primero que todo, no se puede convertir uno en hijo de Dios por sangre. En el griego original, la palabra haimatōn significa “sangre” en plural. Juan quiere expresar el concepto que las descendencias humanas no producen “hijos de Dios”.
En otras palabras, no nos convertimos en cristianos “de nacimiento”. El hecho de que una persona nazca físicamente de dos padres que son “hijos de Dios”, no significa que ella sea “hija de Dios”. 
El segundo medio por el cual nadie puede convertirse en hijo de Dios es por voluntad de la carne. Esto se refiere al deseo natural del hombre, que incluye los deseos de los sentidos. Estos no lo acercan a Dios, sino que más bien lo separan de Dios. Hay una continua lucha en el hombre entre deseo carnal y anhelo espiritual.
El Nuevo Testamento enseña que el hombre no puede salvarse solo. Además, muchas personas, incluso si saben que solo Dios tiene el poder de salvar, tienen una naturaleza tan degenerada que no quieren ni siquiera que les sea impuesto el deseo de Dios de salvarlos.
El tercer medio por el cual el hombre no puede convertirse en “hijo de Dios” es por voluntad de hombre. Cabe notar que la palabra usada en la frase “voluntad de hombre” es andros y no anthroopou. Andros se refiere específicamente al masculino mientras que anthroopou se refiere al concepto de ser humano en general.
Ningún hombre puede volverse hijo de Dios por esfuerzo o por poder de otro hombre. En práctica, esto significa que incluso si una persona se esfuerza en evangelizar y hacer que una persona crea en Jesucristo, podrá acercar a su interlocutor a la fe, pero no podrá realmente volverlo “hijo de Dios”. Ningún hombre, con su poder y su voluntad, puede hacerse “hijo de Dios”. 
Finalmente, en la última frase “sino de Dios”, Juan especifica que los “hijos de Dios” nacieron de Dios, o sea es Dios mismo el que interviene y provoca el renacimiento, la conversión y, por tanto, el “bautizo en el Espíritu Santo”. Justamente como nuestros padres físicos tomaron la iniciativa y nos hicieron nacer físicamente, Dios toma la iniciativa y nos hace renacer completamente, volviéndonos “hijos de Dios”.
Cabe notar que Juan no escribe “nacidos del Dios” (en este caso habría tenido que escribir “ek tou Theou”), sino más bien “nacidos de Dios”, o sea “ek Theou”. Recordemos que la omisión del artículo indica el carácter general de Dios, o sea no “un dios” o “aquel dios”, sino más bien “Dios”, el único y verdadero Dios (1).
En práctica, los creyentes se convierten en hijos de Dios, puesto que nacen de Dios, de su plenitud.

Yuri Leveratto
@2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
Bibliografía: Cristo era Dio? Spiros Zodhiates

Nota: 
1-Grammatica della lingua greca, John Henry e James Parker, a859, pág. 124.

lunes, 16 de abril de 2018

Los hijos de Dios: análisis del duodécimo verso del Evangelio de Juan


Como habíamos visto en el undécimo verso de su Prólogo, Juan nos describe en sentido general la venida del Cristo eterno al mundo y el hecho de que no fuera acogido por su creación. En sentido más específico, se describe la misión de Jesucristo en su tierra, Israel, y el hecho de que no fuera acogido por su pueblo. En el duodécimo verso hay, sin embargo, una afirmación contraria y específica: se describe que algunas personas, no solo las pertenecientes a la nación israelita, lo acogieron, o sea lo reconocieron como el único Hijo de Dios.
Veamos el duodécimo verso del Evangelio de Juan:

Mas a todos los que le recibieron, 
a los que creen en su nombre, 
les dio potestad de ser hechos hijos de Dios

Veamos el correspondiente en griego:

hosoi de elabon auton edōken autois exousian tekna Theou genesthai tois pisteuousin eis to onoma autou

Mientras que en el undécimo verso está descrito un repudio general, en el duodécimo verso se describe la aceptación de Cristo por parte de diferentes personas en forma individual. La primera palabra griega que analizamos es “hosoi”, que se traduce “a quienes” o “a todos los que”. Este pronombre incluye la totalidad y la individualidad al mismo tiempo: la totalidad de quienes lo han aceptado y la individualidad de quien lo ha aceptado. La primera categoría de personas que lo han aceptado son quienes se convirtieron a Cristo, quienes creen que Él es el Hijo de Dios y que murió en la cruz por nuestros pecados. Estas personas se convierten en hijos de Dios.
Sin embargo, en el pronombre “hosoi” está incluido también el concepto de “individualidad”, ya que son las personas por sí mismas quienes aceptan a Cristo. Estas personas pueden ser de cualquier estrato social, origen o etnia. La puerta siempre estará abierta para quien quiera entrar. Cristo no es el salvador de un pueblo, sino que lo es de cada uno de nosotros en su intimidad e individualidad. Es el Salvador de todos quienes creen en su nombre.
Volviendo al pronombre “hosoi”, no hay nada en el duodécimo verso que haga entender que este se refiera solo a los judíos. Si así fuera, como Frederick Luis Godet (1) señala, habrían debido agregarse las palabras “ex autoon”, o sea “de ellos” y, de esta manera, el verso se leería “mas a quienes de ellos lo acogieron”. Por el contrario, “a quienes” es incondicional y, por tanto, no se refiere solo a los judíos, sino a todos.
Analicemos ahora la frase “mas a todos los que le recibieron”. A veces esta frase se traduce por “a quienes le acogieron”. En efecto, las palabras “recibir” o “acoger” son muy importantes en el Evangelio. Es evidente que Juan se refería a Jesucristo, el Verbo eterno, que entró en la historia con su Encarnación en el pueblo de Belén, en Judea.
¿Qué significa recibir o acoger a Jesucristo?
Según Juan, el Cristo eterno, antes de encarnarse en la persona humana de Jesús, era espíritu eterno, infinito, omnisciente y omnipotente. Cuando, por su propia voluntad, quiso limitarse a un cuerpo humano, no cesó de ser lo que fue siempre, desde la eternidad del pasado: el Cristo eterno espiritual. Acogiéndolo, recibimos su Espíritu, y de este modo Él ocupa plenamente nuestro ser. Cuando una persona recibe a Cristo es plenamente consciente de esto, y toda su vida cambiará para siempre. Es como si bebiera agua pura y fresca de una fuente de montaña. La serenidad, la paz y el amor serán parte de él por toda la vida.
En el undécimo verso se utiliza la palabra “parelabon”, traducida por “recibieron”. Veamos el undécimo verso del Evangelio de Juan:

A lo suyo vino, 
y los suyos no le recibieron

En el duodécimo verso se utiliza la palabra “elabon” que significa siempre “recibieron” o “han recibido”, pero respecto a “parelabon” indica una mayor actividad de parte de quien recibe.
Quien recibe el Espíritu de Cristo reconoce a Jesucristo como su Rey, Señor y Salvador. 
El verbo “elabon” (han acogido, han recibido) está en el segundo tiempo aoristo. El aoristo, incluso si está traducido en el tiempo pasado, se usa para considerar el pasado, el presente y el futro. En práctica, Juan nos está comunicando que hay personas que acogieron a Jesús durante su misión sobre la tierra, otras que lo acogieron hacia el fin del primer siglo, cuando Juan escribió su Evangelio, y habrá quienes lo acojan en el futuro. La salvación en Cristo no ha tenido nunca una limitación cronológica en el tiempo, sino que es una situación personal que cualquiera ha podido vivir y experimentar incluso antes de Cristo, ya que su luz eterna ha brillado desde siempre.
El proceso de recepción y acogida de Cristo en el corazón del hombre es, de todos modos, solo el inicio de un recorrido que terminará con el recibimiento que Cristo nos dará en su reino, el Reino de Dios. Desde cierto punto de vista, el hombre da un paso creyendo y acogiendo a Cristo en sí y Cristo luego acoge al hombre definitivamente en su Reino.
¿Por qué Juan no escribió: “a todos los que le recibieron como Salvador”? ¿Por qué escribió solamente “a todos los que le recibieron”?
Es evidente que el objetivo principal de la misión de Jesucristo sobre la tierra fue el de salvar a los seres humanos, o sea liberarlos del pecado. Lo hizo con su muerte vicaria en la cruz. En práctica, Jesucristo murió en nuestro lugar sobre la cruz y se sacrificó expiando así todos los pecados y, por tanto, perdonándolos. Veamos a tal propósito dos pasajes importantes del Evangelio de Mateo:

(20, 28):
Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos

(26, 27-28):
Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;
porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados

Sin embargo, si Juan hubiera escrito “a los que le recibieron como Salvador”, el hombre estaría autorizado a acoger a Cristo solo por un motivo egoísta, o sea para salvarse. Mas en Cristo no hay solo salvación, que de todos modos es determinante.
En Cristo hay también alegría, regocijo, dicha de vivir por él, poniendo en práctica y difundiendo el Evangelio. De esta manera, el hombre está recibiendo a Cristo y se convierte en un hijo de Dios.
Analicemos ahora la frase: “a los que creen en su nombre”. En realidad, esta frase está íntimamente conectada con la primera: “a los que le recibieron”.
Las palabras griegas “tois pisteuousin” significan “a los que creen”. El medio para acoger a Cristo es la fe, ya que una persona puede recibir a Cristo solo si cree en él. A tal propósito veamos este pasaje de la Epístola a los efesios (2, 8): 

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios

Tanto la Gracia como la fe son regalos de Dios que tienen el fin de que podamos recibir a Jesucristo.
Por tanto, la fe está en sintonía con la acogida de Cristo. Creer es recibir y recibir es creer. De hecho, las palabras griegas no son “tois pisteusasi” (o sea, “a los que han creído”) sino más bien “tois pisteuousin” (o sea, “a los que creen”). Además de eso, hay que subrayar que la fe no se manifiesta solo una vez, sino que es constante. El Apóstol Juan en su Evangelio utiliza noventa y nueve veces el verbo creer (pisteuein), pero ni siquiera una vez utiliza el sustantivo “el creer” o “la fe” (pistis). ¿Por qué?
Juan no describe nunca la fe como algo abstracto. Se refiere a la fe como algo que es parte del corazón humano. Quien cree es el hombre y en quien cree es Dios encarnado en un ser humano. Por tanto, en el momento que una persona cree, recibe a Jesucristo.
Muchas veces encontramos en el Nuevo Testamento la palabra “en el nombre de Cristo”. En el griego helenístico, la expresión “en el nombre de” era usada en el sentido tanto legal como comercial. A veces se decía “deposítalo a mi nombre” o “por mi cuenta”. También en el sentido comercial se utiliza la frase “firmar un cheque con el propio nombre”. La persona que recibe el cheque “ha tenido fe”, o sea “ha creído” que la persona que le ha dado el cheque tenía dinero en la cuenta y que ese dinero era suyo. La persona que ha recibido el cheque ha tenido fe en el nombre de la persona que se lo ha dado. 
La relación con Dios se puede resumir así: Dios es Vida y Luz. El hombre necesita la salvación, la vida eterna, pero solo a través de la Luz eterna de Cristo, y solo creyendo en el nombre de Cristo, el hombre puede llegar al Padre, a la salvación.
Juan nos ha descrito a Cristo como el Verbo eterno, la Vida y la Luz del mundo. Solo si creemos que Jesucristo es la encarnación de Dios, su nombre tendrá poder sobre nosotros y nuestros pecados serán perdonados. Si Jesús hubiera sido un simple hombre, no habría podido ser el Salvador del mundo.
Creer en “el nombre de Jesucristo” significa creer que él puede cumplir cualquier cosa, y especialmente significa creer que él puede perdonar nuestros pecados, volviéndonos así libres y, por tanto, salvándonos. Hay además una estrecha relación entre creer y recibir. Creer en el nombre de Cristo nos permite recibirlo. Esto hace que él se haga “nuestro”. ¡Cuántas veces hemos escuchado las palabras “Dios mío”! De esta manera, Jesucristo es nuestro y nosotros somos “de Cristo”. Si decimos “sí”, creyendo en el nombre de Jesucristo, nos convertimos en hijos de Dios y aceptamos también que él murió por nosotros, obteniendo así la redención de los pecados.
Ahora analicemos la frase: “les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. De esta frase se deduce que no todos los humanos son “hijos de Dios”. Son aquellos que lo acogen, que reciben a Jesucristo, quienes se convierten en “hijos de Dios”.
Primero que todo, esta frase significa que como el hombre puede volverse hijo de Dios, anteriormente a su conversión, no lo era.
Muchas personas creen hoy que todos los seres humanos son “hijos de Dios”. Llegan a esta conclusión errada ya que piensan que como Dios es el Creador, todos deberemos ser sus hijos. En cambio, el Evangelio de Juan es claro: somos todos creaturas de Dios, pero no todos somos “hijos de Dios”. El hombre fue creado inicialmente a imagen y semejanza de Dios, pero decidió seguir a Satanás y no obedecer a su Creador. Por tanto, el hombre prefirió convertirse en hijo del mal, en vez de en “hijo de Dios”.
Hay otros pasajes del Evangelio de Juan donde se evidencian estos conceptos. Veamos dos:
En la segunda parte del verso (8, 41), los interlocutores de Jesús dicen: 

Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios

Y Jesús afirma en el verso (8, 44):

Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira

Por tanto, si el hombre permanece en el pecado y en la desobediencia no es “hijo de Dios”, sino también un “hijo de Satanás”.

La segunda enseñanza que se puede extraer de la frase “les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” es que cualquier persona, incluso si ha vivido muchos años en el pecado, en el error y en las tinieblas, puede recibir a Cristo y puede ser acogido por Dios como hijo.
Obviamente, como se ha explicado antes, para poder recibir, debe creer.
El verbo utilizado es edōken (ha dado), que aparece en el tiempo aoristo. Incluso si el hombre ha dado la espalda a Dios, Dios, con Cristo, le ha dado la posibilidad de redimirse. Después de que el hombre ha dejado la casa del Padre, Dios no ha nunca cerrado la puerta, sino que la ha dejado abierta de manera que el hombre pueda tener la opción de volver.
Regresemos ahora a analizar la palabra edōken (o sea, ha dado). Esta palabra deriva de la misma raíz de las palabras dosis y dooron que significan “regalo”. Por tanto, la frase “ha dado” implica la noción de dar con generosidad y sin costo alguno. La actitud de Dios hacia nosotros y hacia nuestro estado pecaminoso es generosa. No importa cuál haya sido nuestro pecado. Puede también haber sido un pecado grave, pero la Gracia de Dios es más que suficiente para “cubrirlo”, “expiarlo”.
La palabra edōken se utiliza también en el verso (3, 16) del Evangelio de Juan:

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna

El hecho de que la Gracia de Dios no tenga costo, significa que nosotros no debemos “pagar” nada. El precio de nuestro pecado ya ha sido pagado por Dios mediante el sacrificio de su Hijo, Jesucristo, con su muerte en cruz. Veamos a tal propósito este pasaje de la Epístola a los romanos (6, 23):

Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro

La palabra exousian se traduce por “poder”. Este sustantivo deriva del verbo exesti que significa “está permitido”. Por tanto, exousian se refiere al permiso, al derecho, a la libertad y al poder de convertirse en “hijos de Dios”. En el permiso que Dios da al hombre de convertirse en su hijo, está incluida también la capacidad de poder convertirse. Este “permiso” o “derecho” se obtiene por Gracia por medio de la fe (Epístola a los efesios 2, 8).
Exousian es, por tanto, “derecho” y “poder”. Al hombre le es dado el derecho y el poder de convertirse en alguien que no era. El “hijo de Dios” es, por tanto, “una persona nueva”.
No es que para ser cristianos debamos cumplir determinados actos. Más bien, cuando nos volvemos cristianos, cuando nos convertimos en “hijos de Dios”, instintivamente realizamos actos cristianos (buenas obras). El verbo utilizado es genesthai (volverse, ser hecho) y no debe ser interpretado como si el hombre pudiera convertirse por su voluntad. Es Dios quien da esta capacidad, este poder, como se deduce también del decimotercer verso.
Genesthai es el infinitivo del segundo tiempo aoristo y se refiere a dos cosas.
La primera es el hecho definitivo del cambio que se efectuó en la persona convertida que se vuelve “hijo de Dios”. La segunda implica un fin: cuando alguien se convierte en “hijo de Dios” no es como obtener algo que luego se puede perder. Es obvio que para algunos el cambio de paradigma no es instantáneo, sino que es un proceso lento que da, de todos modos, la salvación.
Una vez que una persona se convierte en “hijo de Dios”, no puede volver atrás. No puede “perder la fe”. Puede volver a pecar, pero si la conversión era real, volverá siempre a Cristo.
Un tercer punto a analizar del verbo genesthai es el hecho de que la conversión no puede repetirse. Sucede una vez y para siempre. Una persona no puede convertirse en hijo de Dios muchas veces en su vida.
Por tanto, los convertidos en Cristo nacieron dos veces: la primera físicamente y la segunda espiritualmente, como se especifica en el Evangelio de Juan (3, 5):

Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

Hay una espléndida armonía entre genesthai y el sustantivo tekna (hijos). Tekna deriva del verbo tiktein, que significa generar, dar luz. Por tanto, cuando creemos en Jesucristo, somos creaturas nuevas. Veamos a tal propósito el siguiente pasaje de la Segunda Epístola a los corintios (5, 17):

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

Cabe notar que el Señor Jesucristo no es jamás llamado teknon Theou, o sea “un hijo de Dios”, sino siempre “ho huios tou Theou”, o sea “el Hijo de Dios”. Otras veces es llamado “ho huioss ton anthroopon”, o sea “el Hijo del Hombre”.
Esto porque la palabra teknon (hijo) no se aplica a Jesucristo, puesto que el Padre no ha nunca creado o dado a la luz al Hijo. Si así fuera, el Hijo no sería Dios, consustancial al Padre, sino que sería un ser creado y, por tanto, menor. Sin embargo, esto contradiría el primer verso del Evangelio de Juan:

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios

En la segunda frase del primer verso, “y el Verbo era con Dios”, notamos que el Verbo era en eterna comunión con Dios Padre desde siempre, desde la eternidad.
Teknon (hijo) indica derivación, mientras “huios” indica “eterna comunión” o “perfecta relación”.
En última instancia, cuando una persona se convierte en “hijo de Dios”, ocurre el ingreso de la naturaleza divina en la persona humana. La palabra teknon indica, además, la delicadeza y el amor con los cuales un Padre trata a sus hijos.
Juan nos quiere comunicar que creyendo y convirtiéndonos en “hijos de Dios” no solo obtenemos la salvación, sino que somos también amados profundamente por Dios. Llegamos así a sentir que realmente Dios es nuestro Padre.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas

domingo, 15 de abril de 2018

A lo suyo vino: análisis del undécimo verso del Evangelio de Juan


La preexistencia de Jesucristo nos fue descrita por el Apóstol Juan a partir del primer verso de su Prólogo. Es exactamente su preexistencia la que vuelve salvadora su misión sobre la tierra. Si Jesucristo, de hecho, no fuera Dios, preexistente con el Padre desde la eternidad, no habría podido perdonar todos los pecados sobre la cruz.
Veamos el undécimo verso del Evangelio de Juan:

A lo suyo vino, 
y los suyos no le recibieron

Veamos el correspondiente en griego:

Eis ta idia ēlthen kai hoi idioi auton ou parelabon

En el undécimo verso, Juan, cuando escribió “vino” usando el verbo griego ēlthen, se refiere a la encarnación. En el noveno verso había escrito:

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, 
venía a este mundo

En el undécimo verso, en vez de “venía” escribió “vino”, utilizando el tiempo aoristo e indicando un hecho definitivo de la historia. Durante mucho tiempo Cristo estaba llegando, estaba a punto de manifestarse. Luego, finalmente, vino.
Jesucristo no vino al mundo porque estaba obligado o porque debía venir. 
No fue un deber, fue el máximo acto de Gracia. 
No fue nuestro pecado el que lo obligó a venir entre nosotros, sino que fue un acto de Gracia.
Jesucristo “a lo suyo vino”. Esta expresión en griego es “Eis ta idia”.
Idios se refiere a algo que contrasta con la propiedad pública. Ta idia se puede traducir por su casa, su tierra, su propiedad. Esto nos hace ponderar y comprender que en realidad nosotros, los humanos, no somos dueños de nada sobre esta tierra.
Ta idia se puede interpretar de dos modos: el primero se refiere al planeta tierra y el segundo se refiere a la tierra de Israel.
Según la primera interpretación, Jesucristo considera que la tierra es su propiedad exclusiva. Jesucristo no le pidió a nadie el permiso de venir a su propiedad. A tal propósito vemos algunos versos bíblicos que corroboran este concepto:

Éxodo (19, 5):

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.

Levítico (25, 23):

La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo. 

1 Crónicas (29, 14):

Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos. 

Salmos (24, 1):

De Jehová es la tierra y su plenitud;
El mundo, y los que en él habitan.

Salmos (50, 10):

Porque mía es toda bestia del bosque,
Y los millares de animales en los collados.

Ezequiel (18, 4):

He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá.

El hecho de que Jesús viniera a lo suyo podría hacer pensar que en cierto sentido permaneció lejano de él por cierto tiempo. En el décimo verso se afirma que Cristo “estaba en el mundo”, mientras que en el undécimo verso se afirma que “vino a lo suyo” (el mundo, en el sentido de la tierra).
¿Hay contradicción entre los dos escritos?
No, ya que Cristo estaba en el universo en su estado preencarnado, espiritual y eterno, desde su creación. (Antes de la Creación, Cristo estaba en eterna comunión con el Padre, Evangelio de Juan 1, 2).
La frase “a lo suyo vino” (o sea el mundo terreno, el planeta tierra), se refiere a una manifestación particular y específica del Cristo eterno en el hombre Jesús. Por tanto, como Cristo eterno, él siempre estaba en el mundo; como hombre Jesucristo, a lo suyo vino, en el momento decisivo de la historia humana.
La segunda interpretación de las palabras ta idia es que su propiedad sea la tierra de Israel. Es indudable que en el décimo verso Juan nos comunica que Cristo estaba en el mundo, en forma espiritual, desde que lo creó. Se ocupó de su creación sosteniendo el universo y regulándolo con leyes armónicas.
Sin embargo, siguiendo la segunda interpretación, Cristo vino a una zona específica del mundo, Israel, la tierra de los judíos, el pueblo por él elegido en el Antiguo Testamento.
De manera que Israel y su pueblo fueron la puerta a través de la cual el Señor apareció al resto del mundo. Veamos dos citas bíblicas que confirman que Dios llama a Israel el pueblo elegido:

Éxodo, (19, 5):

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.

Deuteronomio (7, 6): 

Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra.

Deuteronomio (26, 18):

Y Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos;

Cuando Jesús vino al mundo, los judíos estaban bajo la dominación romana. Algunos de ellos esperaban que el Mesías fuera no solo el Salvador espiritual, sino también un liberador político y nacional. No consideraron que el Salvador hubiera venido a liberarlos a todos de la esclavitud del pecado y, por tanto, a anular toda injusticia. (Por tanto, vino también por los romanos).

Analicemos ahora la segunda parte del undécimo verso: “y los suyos no le recibieron”.
La llegada de Cristo a la tierra fue anunciada por aproximadamente trescientas profecías en el Antiguo Testamento. El Mesías era esperado, pero cuando finalmente llegó la hora, “los suyos no le recibieron”. Dios caminó sobre esta tierra, en forma humana en la persona de Jesucristo, pero quienes lo habían esperado no lo reconocieron ni acogieron.
“No lo reconocieron” se deduce del décimo verso, y como no lo reconocieron, no lo acogieron.
Esta frase “los suyos no le recibieron” es quizá la afirmación más dolorosa del Nuevo Testamento. A Jesús se le esperaba, pero no fue bienvenido.

Volviendo al tema de la Gracia, Jesucristo vino al mundo como un regalo para los seres humanos, y especialmente para los judíos. Fue como la lluvia después de un largo período de sequía.
A pesar de eso, no fue reconocido ni acogido. Es como si un hombre regresa donde su familia después de haber estado lejos y ni su esposa ni sus hijos lo reconocen.
Incluso si Jesucristo fue acogido por algunas personas (son descritas en el duodécimo verso), la mayoría de los hombres no lo acogió como Dios hecho hombre.

Yuri Leveratto
2016

Traducción de Julia Escobar Villegas

lunes, 27 de noviembre de 2017

El mundo no le conoció: análisis del décimo verso del Evangelio de Juan


Si bien el Evangelista Juan se había referido a la “luz verdadera que venía al mundo” en el noveno verso del Prólogo, en el décimo verso vuelve a describir la existencia previa de Cristo, el Verbo.
“Venía al mundo” se refiere a la Encarnación, que estaba a punto de ocurrir. “Estaba en el mundo”, en cambio, se refiere a su existencia eterna, al Verbo, el Logos.
Veamos el décimo verso del Prólogo:

En el mundo estaba, 
y el mundo por él fue hecho; 
pero el mundo no le conoció.

Veamos el correspondiente en griego:

En tō kosmō ēn kai ho kosmos di’ autou egeneto kai ho kosmos auton ouk egnō

En el noveno verso vimos que el Evangelista utiliza el verbo “erchomenon”, o sea, “venía”. Pero en la primera parte del décimo verso utiliza el verbo “en”, o sea, “estaba”, el imperfecto durativo del verbo “eimi” que, como hemos visto varias veces, se refiere, en el Prólogo, a la eternidad de Cristo.
La palabra “kosmos” (mundo) tiene múltiples significados. En este caso se refiere al universo, al conjunto del espacio físico donde están incluidos el sol y la tierra.
La frase “estaba en el mundo” puede entenderse como “Cristo no se separó nunca de su creación”. Al contrario, siempre se ocupó con amor de lo que creó, y continúa con su acción manteniendo la armonía y el orden. Cristo, por tanto, no solo creó el mundo, sino que continúa siendo su fuerza sustentadora.
Este concepto está expresado también por Pablo de Tarso en la Epístola a los colosenses (1, 17):

Y él es antes de todas las cosas, 
y todas las cosas en él subsisten.

La palabra griega original para “subsistir” es “sunesteeken”, que significa “mantener unido”.
El “kosmos” es, justamente, un conjunto ordenado de formas que subsisten en armonía.
Pensemos un momento en la tierra que gira alrededor de sí misma y del sol, en la luna que causa las mareas, en las plantas que crecen y producen hojas y frutos de los cuales se alimentan los animales. Es un conjunto armónico, contrapuesto al caos, o sea, al desorden.
Este concepto está expresado también en la Epístola a los hebreos (1, 3):

El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,

“Sustenta todas las cosas”, o sea, el universo, está expresado en griego con las palabras “pherōn te ta panta”.
Mientras que en los versos precedentes del Prólogo se deduce que Cristo existía antes de la creación (1,1) y que él creó el universo (1, 3), en esta primera parte del décimo verso se afirma que él sostiene el universo.
Esto, obviamente, no debe ser malinterpretado con el panteísmo. Que Cristo esté en el mundo, o sea, que se ocupe de su creación, no significa que él “sea el mundo”. La naturaleza no es Dios como algunos erróneamente creen, sino que es simplemente una creación de Dios.
En la segunda parte del décimo verso está escrito: “y el mundo por él fue hecho”. El verbo utilizado aquí es “egeneto”, o sea, “crear, hacer, entrar en existencia”. Es el mismo verbo utilizado en el tercer verso del Prólogo.
Juan, por tanto, usa “egeneto” cuando quiere referirse a un hecho histórico que sucedió en un determinado momento, la creación del mundo. Prácticamente, Juan ratifica lo que afirmó en el tercer verso.
En la última parte del décimo verso está escrito: “pero el mundo no le conoció”.
La palabra “kosmos” se usa también para referirse al conjunto de los seres humanos, o sea, la humanidad (1).
Las palabras griegas traducidas “no le conoció” son “ouk egnō”. Es el tiempo aoristo del verbo “ginoosko”, “conocer”. Significa “conocer por observación” y difiere del verbo “eidenai”, que significa “conocer por reflexión”. Prácticamente, esta tercera frase del décimo verso significa que cuando el Verbo se encarnó en la persona de Jesucristo, fue observable, visible, pero a pesar de eso, la humanidad (el mundo) en su conjunto no le conoció como el Cristo eterno, el Logos.
Esto se deduce también del siguiente verso del Evangelio de Juan (16, 3):

Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí.

Será en el duodécimo y en el decimotercer verso donde Juan describirá, en cambio, quiénes son aquellos que lo acogieron.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Nota 1- Otras veces, la palabra “kosmos” se refiere al conjunto de los comportamientos humanos considerados negativos desde el punto de vista bíblico.

Foto: Codex Bezae, Prólogo del Evangelio de Juan 1, 1-16 AD 400.

domingo, 5 de noviembre de 2017

La luz verdadera: análisis del noveno verso del Evangelio de Juan


En los primeros cinco versos del Prólogo al cuarto Evangelio, Juan ha descrito el Logos, el Verbo, Jesucristo. Ha resaltado su eternidad y lo ha definido Vida y Luz.
En el sexto y en el séptimo verso, el Evangelista ha presentado al hombre que ha testimoniado la llegada de Cristo, o sea Juan el Bautista. En el verso octavo, el Evangelista aclara definitivamente que no debemos confundir a las dos personas. Juan el Bautista fue un gran hombre; Jesucristo, siendo el Verbo encarnado, es eterno.
Del noveno al decimotercer verso, el Evangelista vuelve a describir el Verbo, el propósito de su misión y la acogida que algunos hombres le dieron.
Analicemos el noveno verso del Prólogo:

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, 
venía a este mundo.

Veamos su correspondiente en griego:

Ēn to phōs to alēthinon ho phōtizei panta anthrōpon erchomenon eis ton kosmon

Para comprender el noveno verso debemos, primero que todo, determinar su sujeto: el Verbo. Es como si dijera “el Verbo era la luz verdadera”.
Una vez más, el verbo utilizado aquí es “en”, que es usado varias veces para describir la eternidad de Jesucristo. Por tanto, es como si dijera “Jesucristo ha sido desde siempre la Luz eterna”.
Justo después está el adjetivo “verdadera”. La palabra griega es “aleethinon”, usada 22 veces en los escritos de Juan, pero solo 5 veces en el resto del Nuevo Testamento.
En este caso, “aleethinon” significa “genuina, perfecta”. No se debe confundir con “aleethees”, que significa “veraz”. Aquí Juan no estaba afirmando que Jesús se expresa de modo veraz, sino que Jesucristo es la luz genuina, perfecta, original, verdadera y no solo por su sustancia divina, sino por su eternidad.
Esto contrasta también con la luz de Juan el Bautista, quien no emitía luz propia, sino reflejada, temporal.
Todo esto, según el teólogo griego Spiros Zodhiates, tiene una relación con la doctrina de la salvación. Ningún hombre puede salvar, ya que ningún hombre puede expiar el pecado de otros. Solo quien es la Luz eterna, verdadera, perfecta y original puede salvar (puede, por tanto, dar la vida eterna), ya que es la esencia misma de la vida.
Analicemos ahora la frase “aquella que venía a este mundo”. ¿Por qué el Evangelista Juan escribió “venía” y no “vino”?
En realidad, Juan se refiere a algo que está por suceder. Usa el participio “erchomenon”. El Evangelista describe algo que está a punto de ocurrir. La eternidad estaba entrando en la historia, como se describirá en el decimocuarto verso del Prólogo.
“Erchomenon” significa “venía” e indica voluntariedad. Esta situación se diferencia de cuando un simple ser humano viene al mundo. Ningún ser humano viene de una existencia anterior. Cristo, en cambio, tuvo una existencia anterior, eterna, ya que existía desde siempre.
Pero, ¿cuál era el propósito de la llegada de la Luz verdadera al mundo? Analicemos la frase “que ilumina a cada hombre”. La palabra utilizada en el texto griego es “phōtizei”, que deriva de la palabra “phoos”, luz.
Es como si Juan nos hubiera querido comunicar que Jesucristo quiso hacerse hombre para ser uno de nosotros, iluminar nuestro camino tortuoso con su luz verdadera. El tiempo “phōtizei” está en presente indicativo.
Mientras “era”, en griego “en”, está en un “pasado eterno”, y “erchomenon” es un futuro inminente, “phōtizei” está en presente. ¿Por qué?
Se piensa que Juan quiso indicar en este verbo el pasado, el presente y el futuro, y que quiso enfatizar que la Luz eterna de Cristo iluminó a todos los seres humanos desde siempre en forma conocida, desconocida e incluso inconcebible.
En este sentido, la acción de Jesucristo se extiende en el pasado hasta los orígenes del hombre, y en el futuro hasta el fin de los tiempos. Esto se explica también con la revelación progresiva de la Biblia, la Palabra de Dios. Jesús apareció como un Ángel de Dios en el Antiguo Testamento, y ahora estaba a punto de aparecer en forma humana.
La aparición de Cristo en forma humana, sin embargo, no significa que su luz no iluminó a los hombres en el pasado. Y no significa que no iluminará a los hombres en el futuro. 
Regresemos al presente indicativo “phōtizei”, o sea “ilumina”.
Hemos visto que esta acción de la Luz eterna de Cristo se extiende en el pasado y en el futuro. El presente es, por tanto, el momento más apropiado para recibirla. Este concepto se deduce también de la Segunda epístola a los corintios (6, 2):

Porque dice: 
En tiempo aceptable te he oído, 
Y en día de salvación te he socorrido. 
He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.

Además, el tiempo presente indica que la Luz verdadera no es intermitente. No ilumina por un rato y luego se extingue. Su acción es constante, hasta el fin de los tiempos. Nadie, por tanto, puede culpar a Jesucristo por haberse perdido o por haber pecado contra Dios. La luz eterna y verdadera los ilumina a todos y para siempre.
Puede ser que la modalidad de la luz haya variado, pero desde siempre la Luz ha brillado, ha iluminado. 
A veces a través de la naturaleza, como se explica en la Epístola a los romanos (1, 19-21):

porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. 
Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. 
Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.

O a través de la consciencia, como se explica en la Epístola a los romanos (2, 14-16):

Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, 
mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, 
en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

O mediante la Encarnación y la revelación directa de Jesucristo.

El hecho, sin embargo, de que la Luz eterna de Cristo ilumina a cada hombre, ¿significa tal vez que Cristo los salva a todos automáticamente?
En el décimo, undécimo y duodécimo verso, Juan nos muestra dos distintas clases de personas. Aquellos que repudian a Cristo y aquellos que lo aceptan.
La luz eterna de Cristo se difunde en el espíritu de cada hombre, pero esto no significa que cada hombre la acepte y, por tanto, no significa que cada hombre se haya regenerado en el espíritu y, por tanto, salvado. La luz ilumina a cada hombre, pero no cada hombre la acepta.
La aceptación de la luz eterna de Cristo es el primer paso de la plena reconciliación del hombre con Dios.
Sin el descenso de la Luz verdadera del cielo, el hombre no podría reconciliarse plenamente con Dios. El descenso de la Luz es la Encarnación, que Juan describirá en el decimocuarto verso.
Cuando la Luz descendió entre nosotros, nos reveló nuestros pecados (los sacó a la luz). Nadie puede, por tanto, esconderse de la luz.
La Luz ilumina “a cada hombre”. En griego se utilizan los términos “panta” (todos, cada) y “anthroopon” (hombre).
Juan no escribe “pantas antrhroopous”, o sea “a todos los hombres”, sino que escribe “a cada hombre”.
El evangelista hace énfasis en los miembros individuales de la comunidad humana. No se refiere al conjunto de los hombres, sino “a cada hombre”. En efecto, Dios salva a personas, en su individualidad, no salva pueblos o grupos de personas.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Imagen: Cristo enseña a Nicodemo, Crijn Hendricksz Volmarijn

sábado, 21 de octubre de 2017

La misión del Bautista: análisis de los versos séptimo y octavo del Evangelio de Juan


En el sexto verso del Evangelio de Juan vimos que el Evangelista se detiene para señalar a la persona de Juan el Bautista. Ahora, en el séptimo verso está descrita la misión del Bautista.
¿Cuál fue el propósito por el cual el Bautista vino al mundo? ¿Quizás para realizar milagros? No, ya que en el cuarto Evangelio se lee: (10, 41):

Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad. 

El Bautista no hizo milagros, sino que fue elegido por Dios para mostrar a los hombres el Mesías, Jesucristo.
Veamos el verso 1, 7:

Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. 

Veamos la pronunciación en griego del verso en cuestión:

Houtos ēlthen eis martyrian hina martyrēsē peri tou phōtos hina pantes pisteusōsin di’ autou

Leyendo el verso 1, 7 parece que el Evangelista se repite: en efecto, está escrito “vino por testimonio” y luego está escrito “para que diese testimonio”.
Estas dos afirmaciones en realidad no son para nada una repetición, como alguien apresuradamente ha aseverado.
La primera afirmación se refiere al hecho de que Juan el Bautista vino por “testimonio”. Entonces se refiere a su carácter, a su moralidad, a su serenidad como persona.
Un testimonio debe necesariamente ser una persona con sólidos preceptos morales y el precursor de Jesús lo era ciertamente.
La vida y la conducta moral de Juan el Bautista eran irreprensibles, de modo que su testimonio podía ser aceptado y reconocido como veraz.
¿Por cuál razón Juan el Bautista es considerado un hombre correcto y moralmente justo? Por su conducta de vida. Y es Jesús mismo quien nos dice que Juan el Bautista fue el hombre más grande de todos los tiempos, en el Evangelio de Mateo (11, 11):

De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.

Aunque Jesús nació de mujer, en realidad ha existido desde siempre (Evangelio de Juan, 1, 1). Por tanto, Jesús, no siendo un simple hombre, no entra en la categoría de los “nacidos de mujer”.

El objetivo de la llegada al mundo de Juan el Bautista se deduce del verso 1, 7. La primera parte del verso podría expresarse de esta manera: “Él vino para ser testimonio”. ¿Cómo puso en práctica “el ser testimonio”?
Lo hizo seguramente con su vida, con sus actos, pero sobre todo con las palabras. Las palabras son fundamentales en la vida del hombre porque suscitan emociones, impulsos irracionales, reflexiones. Las palabras pueden suscitar la conversión si se pronuncian en el contexto adecuado y con el tono de voz apropiado, porque tocan el corazón.
Juan el Bautista se presentó como la voz que grita en el desierto (retomando la profecía de Isaías, 40, 3), Evangelio de Mateo (3, 3):

Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
Enderezad sus sendas.

Además Juan el Bautista dio su testimonio que Jesucristo es el Cordero de Dios, como se puede ver en los versículos del Evangelio de Juan (1, 29-34).

En la segunda frase del verso 1, 7 está la palabra “hina”, que significa “con el fin de” y la sigue la palabra “martyrēsē”, en el tiempo aoristo. Significa “con el fin de dar testimonio”.
Pero luego está escrito: “a la luz”. ¿Cuál es la luz a la que se refiere el Evangelista?
Sin duda, hace referencia al Cristo eterno, a la luz eterna a la cual el Evangelista se refirió en el quinto verso de su Prólogo. La palabra “luz” se usa aquí en el sentido absoluto, como en el quinto verso.
Pero, ¿la luz necesita quizá que alguien la señale? No realmente, ya que como no hay necesidad de señalar el esplendor del sol, del mismo modo no hay necesidad de señalar la Luz eterna de Cristo, que continúa brillando, prescindiendo de todos quienes la reconocen como tal.
El hecho, por tanto, de que Juan el Bautista vino para dar testimonio sobre la Luz eterna de Cristo, no quita de ninguna manera el poder de la luz de revelarse de modo autónomo. Sin embargo, había necesidad de que Juan el Bautista diera el testimonio de la Luz eterna encarnada en el hombre Jesús.
Los seres humanos habían caído en tal oscuridad y perversión que eran casi del todo incapaces de comprender el lado espiritual de la Revelación de Dios. Viendo al Jesús hombre, muchas personas no reconocieron en él al Jesús eterno, al Verbo encarnado. Era necesario, por tanto, que Juan el Bautista diera su testimonio, indicando que más allá del hombre Jesús estaba el Jesús eterno.
El testimonio de Juan el Bautista debe también servirnos de enseñanza. Si nosotros no testimoniamos la luz eterna de Jesús como hizo Juan el Bautista, muchas personas no podrán llegar a concebir y a contemplar su esplendor.
Pero, ¿quién es aquel que puede testimoniar la Luz eterna de Cristo?
A un testimonio se le pregunta si ha vivido una situación sobre la cual se intenta comprender lo que ha sucedido en realidad. Del mismo modo, quien testimonia a Cristo debe haber estado expuesto a la Luz de Dios, con el fin de poderla divulgar. Solo el hombre que conoce a Cristo puede contar a otros sobre él. Solo quien conoce a Cristo puede testimoniar a Cristo.
Ahora analicemos las últimas dos frases del séptimo verso del Prólogo del Evangelio de Juan:

para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. 

Testimoniar a Jesús no siempre lleva a la conversión de quien escucha. La conversión se lleva a cabo por medio del Espíritu Santo. Nosotros, como seres humanos, debemos testimoniar a Jesús, del mismo modo como lo hizo Juan el Bautista, pero la completa conversión, siendo obra del Espíritu Santo, no depende de nosotros.
Sin embargo, ¿por qué en el séptimo verso está escrito “para que todos creyeran por medio de él”? La palabra usada es pantes. Sabemos que la fe es personal. Aunque un predicador difunda el Evangelio, no puede hacer que alguien acepte la fe por otros. Cada uno la acepta por sí mismo, ya que la fe es personal. Si se fuerza a un grupo a creer, podría suceder que la fe se diluya y la creencia se convierta en un simple formalismo, pero no es realmente vivida por el fiel.
Según algunos lingüistas expertos en gramática griega (1), pantes puede significar “cada uno”, equivalente a la palabra griega hekastos.
¿Quiénes serían estos “todos” o quién sería “cada uno”? Son todos quienes podían escuchar a Juan el Bautista y, por extensión, todos los habitantes de la tierra. Dios, en efecto, no quiere que nadie se pierda y quiere que todos se salven. Veamos a tal propósito este pasaje de la Primera epístola a Timoteo (2, 4):

el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. 

Dios no quiere que ninguno se pierda, pero lamentablemente no todos aceptarán su palabra. En efecto, veamos este verso del Evangelio de Mateo (22, 14):

Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.

En todo caso, el testimonio del Bautista tenía que estar obligatoriamente dirigido a todos porque él no sabía quién se opondría a su testimonio o quién objetaría el Evangelio.
La frase “para que todos creyeran” (la apalabra en griego es pisteusōsin), se refiere naturalmente a reconocer que Jesucristo es el Verbo encarnado. Significa aceptar a Cristo como nuestro único Señor y Salvador.
Para concluir, las palabras “por medio de él” se refieren a Juan el Bautista, en el sentido que él dio testimonio de Jesucristo.

Veamos ahora el octavo verso del Prólogo del Evangelio de Juan:

No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. 

Veamos la correspondiente pronunciación en griego:

Ouk ēn ekeinos to phōs all’ hina martyrēsē peri tou phōtos

En este verso, el Evangelista corrobora que el Bautista no es la luz eterna, sino que vino para testimoniar la luz. Como se ve, el primer verbo utilizado en negación es el verbo en. Es el imperfecto durativo del verbo eimi (“ser”) que, cuando es utilizado en los primeros 18 versos del Prólogo del cuarto Evangelio en referencia a Cristo, indica su eternidad. Por tanto, el Evangelista nos dice que el Bautista no era, de ningún modo, “la luz”. Sin embargo, hay un punto del cuarto Evangelio que podría generar confusión a las personas poco atentas.
Veamos el pasaje (5, 35):

Él era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz

En realidad, mientras la luz de Cristo se expresa con la palabra phoos, o sea la luz más resplandeciente que podamos imaginar, la palabra usada para “antorcha”, para describir al Bautista en (5, 35) es luchnos, o sea una lámpara manual alimentada por aceite. La diferencia es fundamental. La primera luz es eterna, infinitamente resplandeciente; la segunda, aunque produce luz, es temporal. Juan el Bautista, por tanto, no habría podido hacer nunca lo que hizo Jesucristo. El Bautista vino con el fin último de dar testimonio de la luz.

Yuri Leveratto

Nota: 

1-Léxico greco-inglés, séptima edición, New York, 1889, pág. 1160.

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com  

lunes, 9 de octubre de 2017

La cruz y la Iglesia


El mensaje central del relato bíblico es que el Hijo de Dios se sacrificó en la cruz para expiar todos los pecados. Las páginas del Antiguo Testamento, con las profecías, y las del Nuevo Testamento, con el cumplimiento de las profecías, están enfocadas en la muerte expiatoria de Jesucristo. La cruz, por tanto, es la solución divina para el problema más grande del mundo: el mal, cuyo origen es el pecado.
La muerte de Jesucristo en la cruz es, por tanto, el primero de los dos eventos fundamentales de toda la historia humana (el segundo evento fundamental es la Resurrección, la victoria de Jesucristo sobre la muerte).
Uno de los versos bíblicos de los cuales se deduce la importancia de la muerte en la cruz de Jesucristo es el siguiente: Primera epístola a los corintios (1, 18):

Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.

Luego de la muerte en la cruz de Jesucristo, sucedió su Resurrección. Y luego de la Resurrección, aconteció el envío del Espíritu Santo. Por tanto, comenzó la predicación de los Apóstoles y empezó a formarse la Iglesia de Cristo.
En el Nuevo Testamento, por tanto, la cruz y la Iglesia están estrechamente relacionadas. Es por medio de la cruz que Dios acerca a la redención a personas de todas las naciones, de manera que sean una sola nación, un solo cuerpo, una sola “esposa”: la esposa de Cristo, la Iglesia.

La cruz, por tanto, crea la Iglesia. La Iglesia surge en la medida en que es el resultado de la redención de los pecadores. Sin la cruz, no habría Iglesia.
Veamos a tal propósito este pasaje bíblico.

Hechos de los Apóstoles (20, 28):

Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre.

La Iglesia, por tanto, no es una institución. No es un edificio, no es una organización. La Iglesia es el pueblo que Dios encarnado rescató con su propia sangre. 
Es verdad que los cristianos fueron rescatados por la sangre de Cristo. Pero es también cierto que los cristianos no están exentos del pecado. De este modo, la cruz purifica continuamente a la Iglesia. En efecto, los cristianos no solo necesitan salvación, sino que necesitan también conservar la propia salvación. Veamos a tal propósito este verso de la Primera epístola de Juan (1, 7):

Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

El cristiano se mantiene salvado siempre y cuando camine en la luz. Según el Apóstol Juan, “caminar en la luz” indica dos cualidades espirituales del carácter de una persona. Primero que todo, la fe en que Jesús nos salvará. A propósito, veamos estos dos versos de la Primera epístola de Juan (2, 1-2):

Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

Es evidente que nadie podrá ganarse la salvación (Epístola a los efesios 2, 8-9), pero el cristiano se caracteriza por tener fe en que Jesús tiene el poder de salvarlo.
En segundo lugar, el cristiano se caracteriza por seguir la voluntad de Dios. Veamos a tal propósito este pasaje de la Primera epístola de Juan (2, 4-5):

El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él.

Hay un último punto a destacar en el análisis sobre la estrecha relación entre la cruz y la Iglesia.
La cruz recuerda diariamente a los cristianos el calvario de Cristo, el hecho de que él murió en nuestro lugar, expiando así nuestros pecados. Veamos este verso de la Primera Epístola de Juan (4, 19):

Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.

Cada vez que los cristianos analizan la vida de Jesús, se sienten cada vez más atraídos por él y desean seguir sus enseñanzas. Veamos a tal propósito este pasaje de la Segunda epístola a los corintios (3, 18):

Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.

La cruz impulsa entonces a los cristianos a entregar cada vez más las propias vidas a Cristo. No hay cristiano más motivado en hacer las obras de Cristo que quien entiende y da valor al sacrificio que hizo Dios encarnado por él en la cruz.

Yuri Leveratto
Copyright 2017

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com