sábado, 29 de diciembre de 2018

El Unigénito Hijo hizo conocer a Dios: análisis del decimoctavo verso del Evangelio de Juan


Como hemos visto, el propósito de los primeros dieciocho versos del Evangelio de Juan fue el de demostrar la preexistencia, o sea la plena Divinidad, de Jesucristo. Los versos fundamentales del Prólogo son el primero y el decimocuarto. En el primer verso, Juan declara que el Verbo (Jesucristo) era preexistente con Dios Padre desde el principio, o sea “desde siempre”, y declara que el Verbo es Dios. En el decimocuarto verso se indica la encarnación de Dios en la persona de Jesucristo. Con las palabras “y el Verbo se hizo carne”, Juan quiere expresar el momento fundamental de la historia de la humanidad, o sea Dios que se hace hombre para venir a salvar al hombre. Sin embargo, también el decimoctavo verso es muy importante para comprender quién era verdaderamente Jesucristo y porqué solo a través de él podemos conocer al Padre. Veamos el decimoctavo verso del Evangelio de Juan:

A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Veamos el correspondiente en griego:

Theon oudeis heōraken pōpote monogenēs Theos ho ōn eis ton kolpon tou Patros ekeinos exēgēsato

De la frase “a Dios nadie le vio jamás”, se deduce que nadie ha podido nunca ver a Dios en su totalidad. Es verdad que Dios se manifestó varias veces a Moisés, pero ni el profeta bíblico ni otros profetas han podido ver jamás realmente a Dios en su plenitud. La segunda frase del decimoctavo verso nos indica, en cambio, que alguien, o sea el unigénito Hijo, volvió a Dios visible. Regresemos, sin embargo, a la primera frase: “A Dios nadie le vio jamás”. De esta frase se deduce que Dios es espíritu, y como tal es invisible. A tal propósito veamos una frase del Evangelio de Juan, cuando el Señor se dirigió a la mujer samaritana (4, 24):

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

Juan, por tanto, cuando escribe que nadie lo ha visto nunca, se refiere a la plenitud de Dios, a su esencia espiritual, infinita y eterna. Nadie puede ver la esencia espiritual de Dios en toda su plenitud, por el simple hecho de que el hombre, siendo limitado y finito, no puede aprehender el infinito. Obviamente, Juan no escribe “ho Theon”, sino “Theon”, demostrando que se refiere al concepto Trascendente de Dios. Dios, en su plenitud omnisciente, omnipotente y omnipresente, no puede ser visto por el hombre. La palabra heōraken significa “vio” o “ha visto”. Es el tiempo perfecto del verbo horaao, ver. El verbo horaao puede significar tres cosas: ver con los ojos, ver con la mente o percibir, experimentar o conocer por medio de la experiencia. Juan afirma entonces que nadie ha podido ver nunca a Dios en su plenitud. El Evangelista, por tanto, no se refiere a manifestaciones parciales de Dios o teofanías (como por ejemplo en Éxodo 33, 11 o Números 12, 8).
Después de habernos comunicado que nadie ha visto jamás a Dios, Juan nos comunica que existe una excepción. De hecho, escribe: “el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, es quien lo ha hecho conocer”. Según Juan, Dios quiso revelarse completamente y lo hizo con Jesucristo, que se llama Verbo (Logos), y también unigénito Hijo. La palabra griega monogenees puede significar (1): 1-Hijo único, o sea quien no tiene hermanos o hermanas (como en Lucas 8, 42); 2-El único de esta especie; 3-De la misma naturaleza. Según Spiros Zodhiates, monogenees debe ser interpretado “de la misma naturaleza, o de la misma sustancia”. Para Zodhiates, por tanto, también monogenees es un indicio de que Juan quería decir que Jesucristo, el Verbo, tiene la misma sustancia del Padre y, por tanto, solo él puede hacerlo conocer. Justamente por esto, Jesucristo dijo, Evangelio de Juan (14, 9):

Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?

¿Por qué Dios se encarnó en la persona de Jesucristo? La forma de hombre era la única que podía ser reconocida por otros hombres. Esto naturalmente no significa que durante la encarnación Dios cesó de existir como puro espíritu. Esta expresión “monogenēs Theos” es única y se refiere al hecho de que el Hijo es Dios, y tiene la “misma sustancia” de Dios Padre. (2). Por otro lado, son numerosas las citas bíblicas que indican la correspondencia de Dios Padre con el Hijo, por ejemplo, Juan (10, 30):

Yo y el Padre uno somos.

Analicemos ahora la frase: “que está en el seno del Padre”. Es verdad que Juan escribió estas palabras después de la Ascensión de Jesucristo a la diestra del Padre. En todo caso, las palabras “que está en el seno del Padre” no se refieren solo al periodo sucesivo a su Ascensión, sino a la eternidad. También, durante la encarnación, Jesucristo estaba “en el seno del Padre”. También, antes de la encarnación, el Cristo eterno estaba “en el seno del Padre”. Esta frase empieza con la palabra ho, que se traduce por “aquel” o “que”. Por tanto, la traducción literal podría ser: “aquel que está en el seno del Padre”. La frase continúa con la palabra ὢν, o sea on, que significa “es”. Juan no escribió “fue” o “era” sino “es”. Este tiempo indica que Él está desde siempre y para siempre en el seno del Padre. También de este verbo se deduce que Jesucristo no está sujeto al tiempo. ¿Qué significa la palabra kolpos, o sea “seno”? Generalmente, la palabra seno se refiere a la parte superior del busto, donde está ubicado el corazón. Esto da la idea de una relación íntima entre el Hijo y el Padre. Justamente por esto, solo el Hijo conoce la esencia y los deseos del Padre y puede, por tanto, revelarlos.
Analicemos ahora la última frase del decimoctavo verso: “él le ha dado a conocer”. Primero que todo, notamos que Jesucristo se refiere a Dios como “su Padre”. Por ejemplo, en el Evangelio de Lucas (2, 49):

Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?

Pero también al final del evangelio de Mateo (28, 19):

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

Podemos afirmar que Jesús vino a la tierra para revelarnos que, si lo acogemos como nuestro Salvador, Dios se convierte en nuestro Padre. Juan desarrolló este concepto en el decimosegundo verso de su Prólogo, donde afirma que los hijos de Dios son los que acogen a Jesucristo y creen en su nombre. Además, con una frase muy aguda, Jesucristo especificó que solo a través de él se puede llegar al Padre. Evangelio de Juan (14, 6):

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Por tanto, a través de Cristo y aceptando su sacrificio sobre la cruz, el hombre puede convertirse en hijo de Dios y, así, Dios puede ser su Padre. Pero ¿de quién era hijo el hombre antes de convertirse en hijo de Dios? He aquí la respuesta: Evangelio de Juan (8, 44):

Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.
La palabra ekeinos significa “esta persona” o “él”, en referencia a “quien está en el seno del Padre”. En la última frase, Juan quiere disipar cualquier duda, quiere comunicarnos que solo Jesucristo, el Unigénito Hijo, nos ha hecho conocer al Padre. Como la esencia de Jesucristo (monogenees) es la misma del Padre, él, el Unigénito Hijo, ha podido hacernos conocer el Padre. El verbo que Juan ha utilizado para la frase “lo ha hecho conocer” es exēgēsato, del cual deriva la palabra exégesis. Este verbo era utilizado por antiguos escritores griegos para indicar la interpretación de los misterios divinos. Es como si Juan hubiera querido expresar que Jesucristo nos ha indicado la maravillosa vía para acceder al misterio de Dios, infinito y omnipotente. 
En realidad, exēgēsato está compuesto por ex (fuera) y por el verbo heegeomai (llevar). Por tanto, su significado es: llevar afuera, extraer, traer. Esto da la idea de que Dios no era plenamente accesible al hombre, sino que fue Jesucristo el que hizo posible que el hombre conociese a Dios. Fue Jesucristo quien volvió accesible Dios al hombre. Y no existe ningún otro modo para el hombre de conocer a Dios si no a través de Jesucristo (Evangelio de Juan 14, 9). El verbo exēgēsato está en el tiempo aoristo, y esto indica que esta acción no se repetirá. Jesucristo hizo conocer al Padre de una vez por todas, y esto significa que Jesucristo no volverá más para revelar al Padre. Vendrá ciertamente, pero como instrumento de justicia de Dios sobre la tierra.

Yuri Leveratto
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas

Imagen: el discurso de Cristo a los once apóstoles, Majestad de Duccio di Buoninsegna.

Bibliografía: Zodhiates, Spiros. Cristo era Dios?

Notas: 
1-Great Lexicon of the Greek language.
2-http://yurileveratto2.blogspot.com.co/2015/11/la-vera-identita-di-gesu-cristo.html 

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Ley, Gracia y Verdad: análisis del decimoséptimo verso del Evangelio de Juan


En el decimosexto verso, Juan nos mostró que Jesucristo nos dio parte de su plenitud y, además, nos dio gracia sobre gracia. En el decimoséptimo verso, Juan puntualiza la diferencia entre la Ley (nomos), la Gracia (charis) y la Verdad (aletheia), estas últimas dos dadas por Jesucristo. Veamos el decimoséptimo verso del Evangelio de Juan:

Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Veamos el correspondiente en griego:

Hoti o nomos dia Mōuseōs edothē hē charis kai hē alētheia dia Iēsou Christou egeneto

Primero que todo, Jesucristo es un personaje histórico, como lo fue Moisés. Sin embargo, Cristo no está solo fuera de nosotros como lo estuvo Moisés. Para el creyente, o sea para quien acoge a Jesucristo en su corazón, Jesús vive en él y actúa un cambio en él. Y para el creyente, Jesús es fuente de plenitud y es dispensador de Gracia y Verdad. El decimoséptimo verso no quiere mostrar ningún contraste entre Moisés y Cristo; tampoco entre Ley, Gracia y Verdad. Juan quiere puntualizar que mientras que Dios dio la Ley por medio de Moisés, Jesús llevó la Gracia y la Verdad. Anteriormente uno se salvaba según la Ley; ahora uno se salva creyendo en el sacrificio de Jesucristo por nosotros sobre la cruz; uno se salva aceptando la Gracia, con fe.
Sin embargo, ¿por qué Juan asevera que Dios dio la ley por medio de Moisés, antes que la Gracia? Justamente por el hecho de que la primera transgresión de la ley fue en Adán. Dios había dado al hombre la posibilidad de elegir, ya que no podía forzar al hombre a elegir el bien. No obstante, podía imponer un castigo por las transgresiones. La Ley no fue “una opción de Dios”, ni la consecuencia de la desobediencia del hombre a Dios. Después de la salida de los judíos de Egipto, Dios eligió a Moisés para dar la ley a los hombres. Moisés fue utilizado por Dios solo como instrumento. La ley fue dada en un determinado momento histórico. Por esto se usa el verbo edothe, “fue dada”, que se refiere a un determinado periodo.
La Ley dada por Dios por medio de Moisés estaba dividida en tres partes: ceremonial, judicial y moral. Una parte de la Ley estaba dirigida solo a Israel, mientras que otra parte se extendía a todas las personas. La ley ceremonial se relacionaba con el cumplimiento de sacrificios y ofrendas. Estas normas se aplicaban solo al pueblo de los hebreos hasta el tiempo de Jesucristo, que fue el cumplimiento de la ley ceremonial. Jesucristo se convirtió en el sacrificio final y perfecto para todos los hombres por medio del derramamiento de su sangre en la cruz. Después de su muerte, ya no era necesario derramar sangre de animales para la remisión temporal de los pecados. Por tanto, con Cristo encontramos el cumplimiento de la ley ceremonial. La ley ceremonial estaba dirigida solo a los hebreos. De hecho, en Éxodo (34, 23-24) se impone que cada persona que estaba bajo la ley ceremonial debía estar en Jerusalén tres veces al año. Es evidente que se refería solo a los hebreos. Por tanto, hoy, los hebreos de religión judía deberían estar en Jerusalén tres veces al año, si aplicaran la Ley al pie de la letra. La ley ceremonial, por tanto, no se aplicó nunca solo a los “gentiles”, o sea a los no hebreos. Para los hebreos cristianos, el cumplimiento de la ley ceremonial fue Jesucristo. De hecho, leemos en la Epístola a los romanos (10, 4):

porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.

Respecto a las Leyes judiciales, estas se referían al gobierno del estado de Israel. Estas leyes no eran obligatorias para ninguna otra nación. Israel era una teocracia y Dios dio leyes para su gobierno. La Ley moral está contenida principalmente en los diez mandamientos. Son principios generales que se referían a todas las personas de cualquier etnia. Son principios morales que todavía hoy tienen vigencia (para los diez mandamientos, ver Éxodo, cap. 20). Sin embargo, el respeto absoluto de los diez mandamientos no es suficiente para la salvación. Al contrario, quien aceptó a Jesucristo en su corazón, naturalmente respetará los diez mandamientos (1). En otras palabras, no es el respeto de los diez mandamientos el que lleva al hombre a la salvación, sino que es la fe en que Jesucristo haya muerto por nuestros pecados la que lleva al hombre a la salvación. De hecho, incluso si una persona respetara al pie de la letra los diez mandamientos, continuaría siendo un pecador. No podrá salvarse “solo”, ni con acciones de reparación de sus pecados (el pecado continúa), ni con acciones buenas para compensar el pecado. Solo aceptando la Gracia dada por Jesucristo, por medio de la fe, el hombre puede salvarse. De hecho, veamos estos dos pasajes del Nuevo Testamento:

Epístola a los gálatas (3, 13):

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero...

Epístola a los romanos (8, 1):

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

Por tanto, Jesús se encargó de nuestros pecados y, si acogemos su sacrificio, nos liberamos del poder de condena de la Ley, sin violarla, porque en Cristo encontramos el cumplimiento de la Ley moral de Dios. Pero ¿en qué y por qué la Gracia y la Verdad son superiores a la Ley? Moisés no fue la personificación de la Ley, pero Jesucristo fue la personificación de la Gracia y de la Verdad. Veamos algunas frases que evocan a la Ley y otras que evocan a la Gracia y a la Verdad.

Ley: 
Epístola a los romanos (6, 23 a): 

Porque la paga del pecado es muerte, 

Gracia: 
Epístola a los romanos (6, 23b): 

mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Ley: 
Ezequiel (18, 20):

El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él.

Gracia: 
Evangelio de Juan (11, 25-26): 

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

La Ley pronuncia condena y muerte.
La Gracia proclama justificación y vida.

Gracia:
Ezequiel (11, 19):

Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne,

Ezequiel (36, 26):

Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.

Ley: 
Epístola a los gálatas (3, 10): 

Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Gracia: 
Salmos (32, 1-2): 

Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. 
Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño.

Ley:
Deuteronomios (6, 5):

Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.

Gracia: 
Evangelio de Juan 3, (16-17):

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.

La Ley describe lo que el hombre debe hacer por Dios.
La Gracia describe lo que Cristo ha hecho por el hombre.

La Ley produce una propensión natural a la desobediencia.
La Gracia crea una propensión natural a la obediencia.

La Ley requiere obediencia por el temor de la Ley misma.
La Gracia suplica al hombre por la misericordia de Dios.

La Ley pide santidad.
La Gracia da santidad.

La Ley dice: “¡Condénalo!”
La Gracia dice: “¡Absuélvelo!”

Para la Ley, la bendición es el resultado de la obediencia.
Para la Gracia, la obediencia es un resultado de las bendiciones.

La Ley fue dada para someter al viejo hombre.
La Gracia libera al nuevo hombre.

Bajo la Ley, la salvación se debía ganar.
Bajo la Gracia, la salvación es un don.

La Ley describe sacrificios sacerdotales ofrecidos año a año que no podrán nunca volver perfectos a los hombres.

Gracia: 
Epístola a los hebreos (10, 12-14)

pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,  de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

Ley: 
Epístola a los romanos (2, 12): 

Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados;

Gracia:
Evangelio de Juan (5, 24): 

De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

En el decimoséptimo verso encontramos las palabras Gracia y Verdad como en el decimocuarto verso. En efecto, Jesucristo no vino solo a mostrarnos la Gracia. Así como Dios es infinitamente misericordioso y sagrado, es también infinitamente justo. La palabra “Verdad” reclama la justicia. La Verdad evoca el hecho de que él nos encontró culpables del pecado. De hecho, nadie está sin pecado. Por tanto, como el precio del pecado es la muerte, (Epístola a los romanos 6, 23), nosotros tendremos que morir por nuestros pecados. Justamente porque Dios es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo, envió al Hijo para que muriera en nuestro lugar. Él pagó nuestra pena de manera que nos pudiera liberar, si nosotros aceptamos su sacrificio sobre la cruz. Por tanto, el verdadero cambio respecto a la Ley no es solo la Gracia, sino también la Verdad.
Analicemos ahora el verbo “vinieron” en la frase:

La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Veamos el correspondiente en griego:

hē charis kai hē alētheia dia Iēsou Christou egeneto

Mientras que en la frase “La Ley ‘fue dada’ por medio de Moisés” se utiliza el verbo edothe, en la frase siguiente se utiliza el verbo egeneto. Egeneto indica un acto preciso, que indica un determinado momento. El mismo verbo es utilizado en el decimocuarto verso. Además, en el texto griego está escrito: “hē charis kai hē alētheia”. Juan no está describiendo un tipo de gracia o un tipo de verdad. Juan está describiendo “la” Gracia y “la” Verdad. La Gracia y la Verdad de Jesucristo son definitivas y exclusivas de él. Por tanto, Jesucristo no enseña la Gracia y la Verdad. Jesucristo es la Gracia, y es la Verdad. Cuando se dice “experimenté la verdad”, es como si se estuviera diciendo “he conocido a Jesucristo”.
Además, hay que analizar un último punto: la verdad (concerniente a la justicia) no se refiere solo a la muerte de Jesucristo en la cruz, sino que se refiere también a la vida de los cristianos después de que experimentaron la Gracia de Dios en las propias vidas. Cuando una persona acoge el perdón de Cristo en su corazón, y acepta la Gracia, su vida cambia, ya que obtiene la justificación. La Gracia, por tanto, es diferente de la Ley, ya que no proclama el castigo, sino que nos permite superarlo. Cristo hace el hombre nuevo, el hombre que vive en la Gracia, el hombre perdonado y que sabe perdonar.

Yuri Leveratto
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas

Bibliografía: Zodhiates, Spiros. Cristo era Dios?

1-Respecto al sábado, ver los Hechos de los Apóstoles (20, 7).

Imagen: la sanación del ciego de nacimiento, El Greco, 1567.

viernes, 21 de diciembre de 2018

La plenitud y la gracia de Jesucristo: análisis del decimosexto verso del Evangelio de Juan


Hemos visto que, en el decimoquinto verso del Prólogo, se transmite una cita directa de Juan el Bautista en la cual él, diciendo que Jesucristo “estaba primero” que él incluso si vino después de él, declaraba su eternidad. En el decimosexto verso, el Evangelista continúa describiendo el Cristo, y se detiene en dos características peculiares: la plenitud y la gracia. Este verso se conecta en parte con el precedente ya que, como en el anterior Juan el Bautista declaró la eternidad de Cristo y, por tanto, su plena Divinidad, ahora nos comunica que dos cualidades fundamentales de Cristo son la plenitud y la gracia. Si él no fuera Dios, no habría podido dar parte de su plenitud y de su gracia a sus hijos. Veamos el decimosexto verso del Evangelio de Juan:

Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.

Veamos el correspondiente en griego:

Hoti ek tou plērōmatos autou hēmeis pantes elabomen kai charin anti charitos

Según el teólogo griego Zodhiates, hay una relación directa entre el decimocuarto y el decimosexto verso. En el decimocuarto verso, Juan nos dice que Jesucristo está pleno de gracia y verdad, y en el decimosexto verso, Juan nos dice que los hijos de Dios recibieron parte de la plenitud de Cristo, y gracia sobre gracia. La gracia es la externalización de la bondad. Primero que todo, cuando Juan escribe “tomamos”, se refiere a quienes acogieron a Jesucristo en su corazón, o sea los hijos de Dios. Sin embargo, ¿qué significa la palabra plenitud? Esta palabra se refiere al concepto de “llenar lo que estaba vacío”. Además, esta palabra puede referirse al completamiento de algo. Si una copa está llena de agua hasta la mitad, su “plenitud” será la cantidad de agua que se agrega para llenar la copa de agua. En lo que respecta a Jesucristo, el concepto de “plenitud” se refiere a su Divinidad. Él es como una copa llena de agua hasta el borde. Por tanto, solo puede dar; no tiene necesidad de recibir nada, ya que está llena. Ahora bien, ¿de qué está llena la copa de Cristo? Se podría responder diciendo que está llena de gracia, amor, misericordia, bondad y justicia. Sin embargo, todo esto se puede resumir diciendo que la copa de Cristo está llena de Divinidad, y su Divinidad es plena. A tal propósito, veamos el pasaje de la Epístola a los colosenses 2, 9:

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad

Esto significa que los Apóstoles, cuando vieron a Jesucristo, no vieron “una parte de Dios”, sino que vieron a Dios en forma humana, en toda su plenitud. La palabra “plenitud”, plērōmatos, significa lo opuesto de “parte”. Sin embargo, Juan no escribe “su plenitud tomamos”, sino más bien “de su plenitud tomamos”. Lo que significa que ellos (o sea Juan más otros hijos de Dios) recibieron parte de su plenitud, no “toda” su plenitud. El hombre no puede recibir “toda” la plenitud de Dios, porque se convertiría en Dios; puede recibir solo una parte. Pero cuando el hombre recibe parte de la plenitud de Dios, recibe a Jesucristo en su corazón, y su Espíritu va a habitar en su corazón. Cuando el Hijo vive en el corazón del hombre, el hombre se vuelve uno con el Hijo y podrá entonces acceder al Padre. Por tanto, “parte de la plenitud de Dios” es suficiente para convertir plenamente el hombre a Dios.
Dios ocupa plenamente la vida del creyente, lo cambia radicalmente. Su naturaleza carnal está dominada y la naturaleza divina tiene pleno dominio sobre él. Como el hombre recibe a Cristo, obtiene la plenitud de Dios, llena su vacío inicial, y no hay más espacio en él para la vida mundana. El verbo que se usa aquí es elabomen, “tomaron”, el mismo verbo que se usa en el decimosegundo verso donde se describe que solo quien ha acogido o recibido a Jesucristo, ha obtenido el poder de volverse hijo de Dios. El verbo elabomen se encuentra en el segundo tiempo aoristo que normalmente se refiere al pasado. 
¿La plenitud de Cristo fue recibida una sola vez o es un proceso continuo que se repetirá indefinidamente? Según Zodhiates, el Evangelista Juan utilizó un “aoristo gnómico”, refiriéndose al hecho de que recibir parte de la plenitud de Cristo no es un privilegio que recibieron solo los Apóstoles u otros seguidores de Cristo, sino que es una posibilidad dada a todos los seres humanos hasta el último día de la Gracia. La plenitud de Cristo para el creyente es como el aire que nos circunda: está siempre presente y estará siempre a disposición de quien quiera recibirla.
En la última parte del decimosexto verso está descrito que los hijos de Dios recibieron no solo parte de su plenitud, sino también “gracia sobre gracia”. El verbo elabomen se refiere, de hecho, también a la “gracia sobre gracia”. Este concepto se explica con el hecho de que quien recibe parte de la plenitud de Cristo tiene siempre necesidad de él, y no ha dejado nunca de ser colmado por su gracia. En otras palabras, Cristo continúa colmando el vacío que hay en el hombre y lo colma continuamente con su gracia. ¿Por qué sucede esto? 
Según Zodhiates, el hombre es como una copa de agua; después de haber recibido gratuitamente, el hombre gratuitamente da, regala a los demás parte de la plenitud de Dios que ha recibido. Pero, en este punto, la copa del hombre resultará estando nuevamente medio llena. Por tanto, la copa será llenada nuevamente con nueva “plenitud” y nueva “gracia”, como si fuera agua pura que fluye de una fuente de montaña. ¿Quién no desearía nueva agua fresca y pura, nueva gracia sobre gracia de parte de Dios? Por tanto, el hombre, incluso después de haber acogido a Jesucristo en su corazón, continúa teniendo necesidad de gracia sobre gracia; Él no volverá más al pecado voluntariamente o experimentando placer al pecar, sino que continuará decepcionando a Dios en formas diferentes. En todo caso, el pecado no tendrá más dominio sobre el hombre, porque el hombre, convirtiéndose a Cristo, recibió y continúa recibiendo gracia sobre gracia.
Esto demuestra que la gracia de Dios es infinita. Si Dios tuviera que darnos exactamente lo que merecemos, deberíamos todos recibir una sentencia de muerte en crucifixión para expiar nuestros pecados, que son infinitos, porque son contra Dios. Pero Dios es infinitamente misericordioso y nos regaló la gracia, o sea la posibilidad de acoger a Cristo en nuestros corazones y de acoger el sacrificio de Cristo sobre la cruz como perdón por nuestros pecados. La gracia es, por tanto, un flujo continuo. Dios nos dona una gracia continuamente de modo que nosotros podamos vivir en ella y continuar llenando nuestro vacío. Si nosotros damos a otros (con el amor), la gracia que recibimos (incluso si no la merecemos), recibiremos otra “gracia sobre gracia”.

Yuri Leveratto

Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Bibliografía: Zodhiates, Spiros. Cristo era Dios?

lunes, 12 de noviembre de 2018

La compasión de Jesús con las mujeres


En los Evangelios ocurre con frecuencia que Jesús habla abiertamente a las mujeres, incluso a quienes no son judías. A menudo, lo hace de una forma que va en contra de las normas de la época. Jesús les devuelve dignidad a las mujeres y las pone en un plano de absoluta igualdad respecto a los hombres.
Los Evangelios registran diversos casos en los que Jesús entra en contacto con mujeres marginadas que sufren silenciosamente y que son vistas por la sociedad como “personas insignificantes destinadas a vivir en los márgenes de la sociedad”. Jesús las nota, las observa, reconoce su situación desesperada y, “en un momento glorioso”, las pone en el centro de su misión y las vuelve inmortales, liberándolas de la enfermedad y concediéndoles la verdadera fe. En consecuencia, Jesús demuestra con sus acciones que es el Príncipe de la compasión.
Primero que todo, veamos estos importantes versos que prueban que Jesús no estableció jerarquías entre sus seguidores. Evangelio de Mateo (20, 25-27):

Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad. Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor; Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo.

De ahí que Jesús, en vez de establecer jerarquías, haya indicado la actitud humilde que debe ser adoptada y los roles que deben ser asumidos.
Ante todo, vemos que Jesús, en su misión, estaba acompañado de varias mujeres. Evangelio de Lucas (8, 1-3):

Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes.

Jesús no duda en curar a las mujeres, devolviéndoles la energía que habían perdido durante la enfermedad. Evangelio de Mateo (8, 14-15):

Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, la suegra de Pedro estaba enferma en cama con mucha fiebre. Jesús le tocó la mano, y la fiebre se fue. Entonces ella se levantó y le preparó una comida. Aquella noche, le llevaron a Jesús muchos endemoniados. Él expulsó a los espíritus malignos con una simple orden y sanó a todos los enfermos.

Durante su ministerio, Jesús demostró la máxima compasión por las personas “relegadas”, aquellas que están en los márgenes de la sociedad. Tocó a los intocables y se dejó tocar por ellos. Durante el tiempo de Jesús, todo lo que estaba asociado a la sangre era considerado impuro; por ejemplo, la mujer con menstruación o hemorragias. Emblemático es el caso de la mujer que tenía flujo de sangre; estaba enferma desde hacía muchos años y ningún doctor estaba capacitado para curarla.
Veamos los versos célebres del Evangelio de Marcos (5, 25-34):

Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.

Jesús, en este episodio, no se limita a curar a la mujer de su enfermedad, sino que la llama Hija, por lo que la admite en su círculo, dándole dignidad y protegiéndola.
Poco después hay otro episodio en el cual Jesús resucita a una niña que había acabado de morir de una enfermedad fulminante. El padre de la niña, Jairo, era uno de los jefes de la sinagoga y le había implorado a Jesús que fuera a su casa para curar a su hija moribunda. Veamos estos pasajes del Evangelio de Marcos (5, 35-43):

Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.

Aquí Jesús demuestra su poder sobre la muerte, devolviendo la vida justamente a una niña inocente.
En el Evangelio de Lucas está registrada otra resurrección efectuada por Jesús. Sin embargo, esta vez el resucitado es un varón, hijo único de una viuda. Jesús tuvo compasión de ella y le resucitó al niño. Veamos el Evangelio de Lucas (7, 11-17):

Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo. Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.

En el Evangelio de Lucas se registra otro acto de compasión de Jesús, cuando sanó a una mujer encorvada. Veamos el pasaje correspondiente del Evangelio de Lucas (13, 10-17):

Cierto día de descanso, mientras Jesús enseñaba en la sinagoga, vio a una mujer que estaba lisiada a causa de un espíritu maligno. Había estado encorvada durante dieciocho años y no podía ponerse derecha. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: «Apreciada mujer, ¡estás sanada de tu enfermedad!». Luego la tocó y, al instante, ella pudo enderezarse. ¡Cómo alabó ella a Dios! En cambio, el líder a cargo de la sinagoga se indignó de que Jesús la sanara en un día de descanso. «Hay seis días en la semana para trabajar —dijo a la multitud—. Vengan esos días para ser sanados, no el día de descanso». Así que el Señor respondió: «¡Hipócritas! Cada uno de ustedes trabaja el día de descanso. ¿Acaso no desatan su buey o su burro y lo sacan del establo el día de descanso y lo llevan a tomar agua? Esta apreciada mujer, una hija de Abraham, estuvo esclavizada por Satanás durante dieciocho años. ¿No es justo que sea liberada, aun en el día de descanso?». Esto avergonzó a sus enemigos, pero toda la gente se alegraba de las cosas maravillosas que él hacía.

Como vemos, también Jesús se acerca a una mujer enferma y la sana de su enfermedad. En este caso, Lucas registra también la hipocresía de los fariseos, que se indignaron al ver que Jesús había sanado a una mujer en sábado. Pero Jesús serenamente hace notar que un acto de bondad puede hacerse incluso el sábado, poniéndose él mismo a la par del sábado, o sea de Dios.
Además, Jesús presentó a las mujeres como modelos de fe a sus oyentes. En la cultura de la época, las mujeres no podían ser vistas ni escuchadas puesto que eran consideradas “influencias corruptoras que deben ser evitadas y desdeñadas”. Veamos algunos ejemplos del Evangelio de Lucas (4, 24-27):

Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.

Jesús cita aquí un episodio del Antiguo Testamento durante el cual el profeta Elías, no siendo apreciado por el pueblo de Israel, fue enviado donde una viuda pagana de Sidón, o sea extranjera.
Para los judíos de tiempo, las mujeres, los paganos y los leprosos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Jesús, en cambio, anteponía estas tres categorías de personas a los judíos incrédulos. Jesús estaba afirmando que la historia del Antiguo Testamento estaba por repetirse. A pesar de sus milagros, él habría de ser rechazado y repudiado por Israel, por lo que habría de dirigirse a los extranjeros, justamente como había hecho Elías.
Como está descrito en el Evangelio de Marcos, Jesús presenta una pobre viuda como ejemplo a seguir. Ella había ofrecido al templo unas pocas monedas, pero era todo lo que tenía. Evangelio de Marcos (12, 41-44):

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.

Analicemos ahora las interrelaciones de Jesús con varias mujeres presentes en el Nuevo Testamento, empezando por su madre, María.

En primer lugar, hay que considerar que, en su infancia, Jesús estaba sujeto a sus padres (Evangelio de Lucas 2, 41-52). Por tanto, le rendía obediencia a su madre.
Otra descripción de la interacción entre Jesús y María está registrada en el Evangelio de Juan, cuando durante las bodas de Caná, llega a faltar el vino. Veamos estos pasajes (2, 1-5):

Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere.

En estos pasajes (como en Lucas 2, 49), Jesús declara su independencia de su madre. Habrá un tiempo para Jesús, y María, aunque sea su madre, no puede ni apresurar ni obstaculizar aquel momento.
Cuando luego, en la cruz, Jesús se dirige a su madre, encomendándosela a Juan, se nota todo el amor y la compasión que Él le profesa a ella. Veamos los pasajes correspondientes del Evangelio de Juan (19, 26-27):

Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Jesús ve a su madre y a Juan, su querido discípulo, quienes, sin importantes el riesgo al que se enfrentaban, llegaron hasta los pies de la cruz para darle un último adiós. Quieren sufrir con él, quieren estar al lado de su amado hasta el final. Jesús piensa en su madre y se la encomienda a Juan, quien desde aquel momento estará cerca de ella.

Veamos ahora las interacciones que tuvo Jesús con María Magdalena.

Primero que todo, en el Evangelio de Marcos (16, 9) se describe que Jesús había expulsado siete demonios de María Magdalena. Por tanto, ella era una endemoniada que Jesús salvó y a la cual mostró la verdadera fe.
María Magdalena estaba presente en el momento de la crucifixión de Jesús (Marcos 15, 40; Mateo 27, 56; Juan 19, 25; Lucas 23, 49). En el Evangelio di Mateo (27, 61) se especifica que ella vio el cuerpo exánime de Jesús mientras era puesto en la tumba.
María Magdalena es la primera persona a la que Jesús se le aparece resucitado. En el Evangelio de Marcos (16, 9) se describe la aparición de Jesús a María Magdalena, pero es en el Evangelio de Juan donde hay una descripción más detallada. Veamos el Evangelio de Juan (20, 1-18):

El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Y volvieron los discípulos a los suyos. Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

Por tanto, Jesús se le apareció primero a ella, una mujer, cuyo testimonio en la Judea de aquel tiempo valía menos que el de un hombre. ¿Por qué Jesús quiso aparecérsele primero a una mujer? La respuesta debe buscarse, a mi modo de ver, en la relación especial que Jesús tenía con el género femenino. Él puso a las mujeres en un plano de absoluto respeto y de igualdad respecto a los hombres, liberándolas del pecado cometido inicialmente por Eva, y dándoles una dignidad que siempre habían merecido.

Veamos la interacción de Jesús con la mujer adúltera.

Para empezar, veamos los pasajes del Evangelio de Juan (8, 1-11):

Y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

En realidad, los fariseos habían utilizado el caso de la mujer adúltera para coger a Jesús con las manos en la masa.
En efecto, si Jesús la hubiera dejado ir en ese momento, hubiera actuado en contra de la Ley de Moisés. Si, en cambio, Jesús hubiera dicho que la condenaran, siguiendo al pie de la letra la Ley de Moisés, ¿cuál hubiera sido el valor de su enseñanza? Pero Jesús hace una afirmación inaudita que toma por sorpresa a los fariseos: “Quien esté libre de pecado, que le tire la primera piedra”. Jesús no niega el juicio de Dios, sino que invita a los presentes a examinarse y cambiarse a sí mismos antes de juzgar a otros. Jesús invita a la conversión. Ninguno se atreve a lanzar la primera piedra. Los presentes se examinan a sí mismos, recuerdan sus propios pecados y deciden no lapidar a la mujer. Se marchan. En ese momento, Jesús se acerca a la mujer y le devuelve su dignidad perdida. No obstante, la invita a no pecar más. El juicio sobre ella está solo suspendido; Jesús le da otra oportunidad.

Consideremos ahora las interacciones de Jesús con la mujer samaritana.

Veamos los pasajes correspondientes al Evangelio de Juan (4, 1-30):

Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. Y le era necesario pasar por Samaria. Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José.  Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.
Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.  Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.
En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella? Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.

Ante todo, notamos que Jesús se acercó y dirigió la palabra a una mujer samaritana. Hablando con esta mujer, Jesús rompió varias barreras que impedían a los fariseos hablar a una persona en las condiciones de aquella mujer. Primero que todo, era una mujer samaritana, o sea no judía. En segundo lugar, era una pecadora, puesto que tenía una relación con un hombre por fuera del matrimonio. Pero Jesús no la excluye. Jesús la trata con ecuanimidad y le pide agua de aquella fuente. Ella se sorprende y en ese momento Jesús le habla, le demuestra respeto y le da dignidad. Luego, Jesús le declara su verdadera identidad. Él la acerca a la verdadera fe y a la convierte a Él. Una mujer pecadora se vuelve entonces discípula de Jesús. De hecho, proclama el Cristo a los otros habitantes del pueblo. Jesús la trató como persona, sin mirar que fuera mujer, samaritana o pecadora.

Veamos cómo Jesús interactúa con la mujer sirofenicia. Evangelio de Marcos (7, 24-30):

Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse. Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies. La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio. Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos. Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija. Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama.

Esta mujer no era israelita sino griega, de origen sirofenicia. Jesús probó la fe y la humildad de la mujer extranjera. Ella se demostró humilde, y por esto fue premiada. Jesús expulsó el demonio que estaba presente en el cuerpo de la hija de la mujer. Jesús demostró una vez más su poder. Pero también acercó a esa mujer hacia Él, a la verdadera fe. Una vez más, Jesús tuvo compasión, mostró el verdadero rostro de Dios, compasivo.

Veamos cómo Jesús interactúa con las hermanas de Lázaro, María y Marta. 

Hay tres episodios en los cuales estas son mencionadas. Veamos el primero. Evangelio de Lucas (10, 38-42):

Durante el viaje a Jerusalén, Jesús y sus discípulos llegaron a cierta aldea donde una mujer llamada Marta los recibió en su casa. Su hermana María se sentó a los pies del Señor a escuchar sus enseñanzas, pero Marta estaba distraída con los preparativos para la gran cena. Entonces se acercó a Jesús y le dijo:
—Maestro, ¿no te parece injusto que mi hermana esté aquí sentada mientras yo hago todo el trabajo? Dile que venga a ayudarme.
El Señor le dijo:
—Mi apreciada Marta, ¡estás preocupada y tan inquieta con todos los detalles! Hay una sola cosa por la que vale la pena preocuparse. María la ha descubierto, y nadie se la quitará.

Para comprender este pasaje hay que considerar que, en los tiempos de Jesús, a las mujeres no les era permitido profundizar en los temas de las Escrituras, la teología y la escatología. En este caso, María estaba escuchando las palabras de Jesús. Pero Marta se acercó a Jesús queriendo que María la ayudara en las tareas domésticas. En este punto, Jesús responde serenamente, afirmando que María ha escogido escuchar la palabra de Dios, que es lo más importante. Jesús dio entonces valor a María como persona. La puso en un plano absolutamente igual al de los hombres, afirmando su derecho a escuchar los asuntos de la fe. Además, le dio el derecho a María de no ser igual a Marta, sino de tener una personalidad propia, una individualidad.

Veamos ahora el segundo pasaje de Juan (11, 17-44):

Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano. Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo. Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama. Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a él. Jesús todavía no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado. Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí. María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera? Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir.

En este pasaje, Jesús muestra compasión de Marta y María. Jesús escucha la desesperación de Marta por la pérdida del hermano y después de haber declarado su Divinidad, Jesús le pregunta a Marta si ella cree en Él. Marta responde afirmativamente. Con María la conversación es diferente. Ella se desespera y Jesús llora. Jesús demuestra su plena humanidad con María. Luego Jesús hace un milagro: resucita a Lázaro, logrando así suscitar en Marta, en María y en todos los presentes la verdadera fe en Él.
Veamos ahora el tercer pasaje en el Evangelio de Juan (12, 1-8):

Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis.

Este pasaje se refiere a la unción de Betania. María de Betania hizo un gesto de veneración máximo respecto a Jesús. Con este gesto lo consagró como el único Mesías de Israel. Judas se opuso a este gesto de veneración; en primer lugar, porque no reconoce en Jesús al Mesías y, además, porque era un ladrón y hubiera querido posesionarse del valor de aquel perfume.

Veamos cómo Jesús interactúa con una mujer pecadora.

En el Evangelio de Lucas se registra también otra “unción”. Una mujer pecadora entró en el cuarto donde Jesús estaba conversando con fariseos y se echó a los pies de Jesús. Veamos el pasaje correspondiente del Evangelio de Lucas (7, 36-50):

Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. 
Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. 
No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.

También en este caso Jesús mostró su compasión con la mujer pecadora. Jesús percibió su real arrepentimiento y la perdonó, le dio otra posibilidad. El fariseo lo enfrentó inmediatamente sosteniendo que aquella mujer era una pecadora y que Jesús no habría debido hablar con ella. En este momento, Jesús aprovecha la ocasión para instruir al fariseo sobre el hecho de que con el arrepentimiento y el amor una persona puede obtener el perdón de sus pecados. 

En suma, las mujeres tuvieron un rol central en la predicación de Jesús. Él las escuchó, las comprendió, les dio dignidad, las sanó de enfermedades y encendió en ellas una esperanza; despertó en ellas la verdadera fe, les mostró compasión y las volvió libres.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas

Imagen: Johannes Vermer, Cristo en la casa de Maria y Marta.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Refutación de la tesis de que "Pablo de Tarso inventó el Cristianismo"


Esta tesis ha sido desmontada a lo largo de la historia, pero periódicamente alguien la reutiliza. Analicemos algunas hipótesis:
La primera hipótesis es que Pablo de Tarso obraba de mala fe. Entonces habría inventado sus cartas. Pero es difícil creer que una persona invente una historia que pueda dañarlo, es decir, que cause que la golpeen, que la priven de la libertad, que cause su persecución y que finalmente cause su muerte. De hecho, nadie iría al martirio por algo que no cree.
Además, si Pablo de Tarso habría inventado la Buena Nueva, significa que Jesús permaneció en la tumba. En este caso, no habría habido un "sustrato" de judíos cristianos de 30 a 50 d.C. y por lo tanto, tan pronto como Pablo comenzó a predicar, los judíos habrían negado sus tesis. Le habrían dicho: "Pero que dices, aquel Jesús se quedó en la tumba". Nadie lo habría escuchado.

La segunda hipótesis también contempla que Jesús no resucitó, pero que Pablo de Tarso obraba de buena fe, es decir, realmente tuvo una visión mística de Jesús resucitado y luego escribió sus cartas.
Pero es poco probable, si no imposible, que él haya tenido una visión del Jesús resucitado si Jesús hubiera permanecido en la tumba. En este caso, nadie habría predicado y no habría habido ningún sustrato judeo-cristiano de 30 a 50 d.C. La historia de Jesús pronto hubiese sido olvidada e incluso en este caso nadie hubiese escuchado la predicación de Pablo y nadie le hubiese creído. Los judíos lo habrían negado de inmediato.
Más aún, si Pablo de Tarso hubiera inventado la Buena Nueva y la cristología, ¿cómo se explicarían los otros escritos del Nuevo Testamento? El Evangelio de Mateo, de Marcos, de Lucas, de Juan, los Hechos de los Apóstoles, la carta a los Hebreos, la carta de Santiago, las cartas de Pedro, las cartas de Juan, la carta de Judas y el Apocalipsis. Estas obras fueron escritas claramente no por Pablo, sino por otros autores.

Alguien afirma que Pablo podría haber influido en los autores de estos escritos.
Pero esto no es práctico porque en estos libros se describen los eventos importantes de Jesús (enseñanzas directas, parábolas, milagros), que, por lo tanto, deberían haber sido inventados por los diversos autores del Nuevo Testamento.
Y esto también es inaceptable porque esto necesariamente implicaría una conspiración. Pero una conspiración que no rinde nada: inventar algo falso sin ganar nada, y por el contrario, arriesgar la muerte. Y esto va contra la lógica.

Y, además, ¿cómo los evangelistas difundieron el Evangelio sin creerle? Para acercar a las personas a la fe en Cristo, alguien debería predicar con lágrimas en los ojos, es decir, creyendo verdaderamente.
Además, las Cartas de Pablo estaban dirigidas a las comunidades cristianas de los tesalonicenses, los corintios, los gálatas, los filipenses, los romanos, los efesios y los colosenses. Por lo tanto, inicialmente estas cartas no llegaron en presencia de los otros evangelistas, quienes, por lo tanto, no pudieron copiar el contenido.

También debe considerarse que hay algunos estudiosos que afirman que al menos dos evangelios pueden haber sido escritos antes de las cartas paulinas. El erudito J. Carmignac afirma que el Evangelio de Mateo se escribió en el año 45 d.C. inicialmente en arameo (1). También de acuerdo con el erudito O' Callaghan, uno de los fragmentos de los Rollos del Mar Muerto, formaría parte del Evangelio de Marcos y se remontaría al 50 d.C. (2).

En cambio, precisamente la visión de Cristo que Pablo de Tarso dijo que había tenido, sugiere que hubo un sustrato de judeo-cristianos que ya creían antes que él.
De hecho, Pablo afirma haber recibido el Evangelio (Primera carta a los Corintios 15, 3).
Además, los Hechos de los Apóstoles muestran que Pablo estaba persiguiendo a la Iglesia antes de su conversión.
También en los Hechos de los Apóstoles se observa que había personas dispuestas a morir por Cristo antes de su conversión (Proto-Mártir Esteban).
De las cartas de Pablo aprendemos que había comunidades cristianas en lugares que aún no había visitado (su Carta a los romanos, dirigida a los cristianos de Roma, un lugar que él, cuando escribió la carta, aún no había visitado).
Finalmente, de sus cartas queda claro que Pablo reportó algunos himnos a Cristo que se formaron en los años que siguieron inmediatamente a su misión (por ejemplo, el himno a la humildad, en la carta a los Filipenses, cap. 2).

Los grupos judeo-cristianos realmente creyeron en Jesucristo y lo asociaron abiertamente con Dios. Por lo tanto, Pablo tuvo una visión de Jesús y comenzó a predicar el Evangelio. En sus cartas utilizó términos en hebreo como maranatha (ven Señor, pronto), dentro de los escritos griegos, lo que significa que el sustrato cristiano estaba compuesto principalmente de judíos.

Pablo de Tarso no predicó de manera diferente a los apóstoles. Es él mismo quien nos dice (Carta a los Gálatas capítulo 1 - capítulo 2), que había conocido a Pedro y Santiago tres años después de su conversión y luego catorce años más tarde (En 49). En esa ocasión, Pedro y Juan le dieron la "derecha" a Pablo como señal de aprobación. Veamos:
Carta a los Galatas, (2, 9): 

Por eso, Santiago, Cefas y Juan considerados como columnas de la Iglesia reconociendo el don que me había sido acordado, nos estrecharon la mano a mí y a Bernabé, en señal de comunión, para que nosotros nos encargáramos de los paganos y ellos de los judíos.

Además, si antes del Concilio de Jerusalén los Apóstoles se hubieran dado cuenta de que Pablo de Tarso sostenía tesis no coincidentes con el mensaje central de Jesucristo, a saber, el kerygma, lo habrían eliminado y excomulgado y no le habrían permitido predicar la palabra del Señor .

Otro punto que muestra que Pablo de Tarso no ha inventado nada sobre el tema de la salvación puede verse comparando la Carta a los romanos con el Evangelio de Mateo. Es fácil verificar que no hay contradicción entre los preceptos indicados en la Carta a los Romanos (es decir, que nos salvamos a través de la fe en la expiación de los pecados llevados a cabo por Jesucristo en la cruz) y el Evangelio de Mateo, de hecho vemos este pasaje del Evangelio de Mateo (1, 20-21):

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».

Así se afirma que Jesús vino a salvar a su pueblo (es decir, a los hijos de Dios), de los pecados, muriendo y derramando su sangre. Veamos estos otros pasajes: (20, 28), donde se reafirman conceptos similares:

como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

Vemos un último pasaje del Evangelio de Mateo (26, 27-28):

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.

Como podemos ver el concepto de "redención" o muerte vicaria, no es típico de Pablo de Tarso, sino que tiene origen en el Evangelio de Mateo (y, a su vez, se deriva de las profecías, por ejemplo Isaías 53).

También debe considerarse que Pablo de Tarso no viajó a Egipto, ni a Bizancio (Constantinopla), ni a Armenia, ni a Etiopía, ni a Persia, ni a la India. Pero en esos lugares el kerygma se extendió desde el primer siglo, ósea el mensaje central del cristianismo basado en el arrepentimiento de los pecados de uno, en la expiación de los pecados de Jesucristo en la cruz y en su resurrección en la carne. ¿Quién propagó el kerygma en aquellos territorios donde Pablo de Tarso no viajó? Los apóstoles, naturalmente.
Si Pablo de Tarso hubiera inventado algo, y si su predicación no hubiera coincidido perfectamente con la enseñanza de Jesucristo, habría resultado que en los lugares que he mencionado, algo diferente se habría extendido, mientras que solo en las áreas visitadas por Pablo el kerygma se habría extendido, pero como sabemos no fue así, por ejemplo, en Egipto, el kerygma y el cristianismo apostólico se difundieron, exactamente igual que el cristianismo difundido por Pablo, y el primero que lo difundió fue el Evangelista Marcos. Y así sucesivamente para los otros lugares que mencioné: Andrés para Bizancio, Judas Taddeo y Bartolomé para Armenia, Tomas para la India, etc.

Consideraciones finales: Pablo de Tarso se fue al martirio para no negar lo que había dicho y escrito acerca de Jesucristo. Nadie va a la muerte para divulgar mentiras que él mismo ha inventado. Naturalmente, las fuentes históricas sobre el martirio de Pablo de Tarso son numerosas. (3)
También vemos cuál era la reputación de Pablo de Tarso. Tanto Clemente como Policarpo lo describen como un beato, y por lo tanto verdadero. Veamos:
Primera Carta de Clemente XLVII, 1:

"Tomen la carta del beato apóstol Pablo"

Policarpo, Carta a los Filipenses:

"Porque ni yo ni otro como yo podemos alcanzar la sabiduría del bendito y glorioso Pablo, quien, mientras estuvo entre ustedes, en presencia de los hombres de aquella época, enseñó la palabra de verdad con tanta exactitud y seguridad, y cuando estaba lejos, os escribió cartas, en cuya meditación podéis confirmar la fe que os fue dada ".

Yuri Leveratto

Notas: 

1-J. Carmignac, Nascita dei Vangeli sinottici, San Paolo, Cinisello Balsamo, 1986.
2-http://www.statveritas.com.ar/Varios/JLoring-01.htm
3-Tenemos varias fuentes históricas del martirio de Pablo de Tarso, probablemente ocurridas en el año 67 DC. Veamos algunas de ellas:
Carta de Ignacio de Antioquía a los efesios (110 d.C.)
Carta a los romanos de Dionisio, obispo de Corinto (166-174 dC), en Eusebio de Cesarea - Historia eclesiástica 25-8
Tertulliano –Prescrizione contro le eresie (200 AD)
Lattanzio, De Mortibus Persecutorum (318 AD)

martes, 2 de octubre de 2018

El testimonio de Juan el Bautista sobre la eternidad de Jesucristo: análisis del decimoquinto verso del Evangelio de Juan


Juan Apóstol y Evangelista ya ha descrito a Juan el Bautista en los versos seis, siete y ocho. Juan el Bautista fue presentado como un hombre enviado por Dios -por tanto, una persona de altísima moral- que vino como testigo de la misión de Jesucristo sobre la tierra. Para el Evangelista, Juan el Bautista simplemente reflejó la luz eterna de Jesucristo. Ahora bien, en el decimoquinto verso el autor transmite una cita directa de Juan, el último de los profetas.
Veamos el decimoquinto verso del Evangelio de Juan:

Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: 
“Éste es de quien yo decía: 
El que viene después de mí, 
es antes de mí; 
porque era primero que yo”.

Veamos el correspondiente en griego:

Iōannēs martyrei peri autou kay kekragen legōn Houtos ēn hon eipon Ho opisō mou erchomenos emprosthen mou gegonen hoti prōtos mou ēn.

En el primer capítulo del Evangelio de Juan, después del Prólogo, está descrito el episodio en el que un grupo de sacerdotes y levitas llegaron donde vivía Juan y le preguntaron quién era (1, 19-28). Juan respondió que no era Cristo y tampoco Elías. Contestó citando al profeta Isaías (40, 3), o sea identificándose a sí mismo como aquel que testimonia la llegada del Señor. Siempre, en los primeros capítulos (1, 29-34) se describe el pleno reconocimiento de Jesús por parte de Juan el Bautista. Ante todo, en la primera frase (1, 29):

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 

Pero también las frases siguientes tienen una relevancia clave. Veamos el trigésimo verso:

Éste es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo.

Esta cita de Juan el Bautista se transmite casi igual en el decimoquinto verso, como para reiterar su absoluta importancia.
Según el teólogo Zodhiates, entre el decimocuarto y el decimoctavo hay un paréntesis, representado por el decimoquinto verso, exactamente como hay un paréntesis representado por el sexto, séptimo y octavo verso entre el primero y el decimocuarto verso.
En efecto, el decimoquinto verso no está conectado con el decimocuarto o con otros precedentes, pues no empieza con la conjunción “e” sino con la palabra “Juan”.
Hay dos motivos por los cuales el Evangelista describe a Juan el Bautista en los versos 6-8 de su Prólogo. Primero que todo, para resaltar su misión como testigo y, en segundo lugar, para disipar cualquier duda sobre su persona, ya que alguien podía pensar que el Bautista era Cristo. De hecho, en el verso octavo está escrito:

No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

El decimoquinto verso inicia con la frase “Juan dió testimonio de él”, o bien “Iōannēs martyrei”. En griego es un presente histórico. ¿Por qué fue usado el presente histórico? Ante todo, porque Juan el Bautista, aún habiendo fallecido desde hacía tiempo, había dejado un testimonio tan fuerte y claro que todavía resonaba en la mente del Evangelista. En segundo lugar, porque el testimonio de Jesucristo es algo inmutable. Hoy se pueden utilizar diferentes métodos para acercar a las personas al Evangelio, pero el testimonio de su persona debe ser igual al que hizo Juan el Bautista. Él dijo que Jesús era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (1, 29) y que Jesús era el Hijo de Dios (1, 34). De ahí que su testimonio sea fundamental y que si se quiere ser testigo de Jesucristo, haya que hacerlo de modo semejante al de Juan el Bautista. De esta manera, no es el testimonio de Cristo el que se debe adaptar a las diferentes épocas o situaciones históricas, sino que es el predicador o testigo de Cristo quien debe corregir los errores que llegan a producirse en el transcurso del tiempo, siguiendo al testimonio del Evangelio, que es inmutable. 
Juan Evangelista escribe: “Juan dio testimonio de él y clamó”. En griego, el verbo kekragen está en pasado. Según Zodhiates, el primer verbo (dio), indica que su testimonio no tiene fin; continuará resonando por siempre, mientras que el segundo verbo (clamó), indica que su testimonio físico fue dado en un momento específico de la historia.
El verbo kekragen deriva del verbo krazoo, que significa “gritar”, “hacer clamor”. En efecto, Juan el Bautista gritó, anunció con su fuerte voz la llegada del Mesías.
Analicemos ahora la segunda frase:

“Éste es de quien yo decía: 
El que viene después de mí, 
es antes de mí; 
porque era primero que yo”.

Esta frase es similar (pero no exactamente igual) a la del trigésimo verso del Prólogo. Algunas personas en el primer siglo se equivocaron y pensaron que Juan el Bautista era el Mesías. Hoy algunas personas se confunden y piensan que entre Juan el Bautista y Jesús hubo una cierta rivalidad. Pero Juan el Bautista, como se le describió en el primer capítulo del Evangelio de Juan, dio un testimonio veraz y clarísimo, primero de la misión de Jesucristo (1, 29), pero sobre todo de la identidad de Cristo (1, 30). Según este verso, Jesucristo era antes del Bautista, entonces “era” desde siempre, por lo que es la Encarnación de Dios. Además, Juan dijo que Jesucristo bautiza en el Espíritu Santo (1, 34), y que es el Hijo de Dios (1, 34).
Analicemos la frase en cuestión: “El que viene después de mí”. Esta frase se refiere al hecho de que Jesús nació después de Juan el Bautista (seis meses después, pero no sabemos las fechas exactas) y empezó su ministerio público después del de Juan el Bautista. Cabe notar que “erchomenos”, o sea “que viene”, es el mismo verbo que se usó en el noveno verso del Prólogo cuando se refería a la luz eterna de Cristo.
En la frase “es antes de mí” está el adverbio emprosthen, que significa “adelante”.
El verbo utilizado en la frase “es antes de mí” es gegonen, tiempo perfecto del verbo ginomai que significa “empezar a ser”. Esta frase se refiere al tiempo y no al rango. Entonces, incluso si Jesús vino después de Juan el Bautista, en realidad “era” antes de él”.
Es en la última frase donde el sentido del decimoquinto verso se revela toda su plenitud. De hecho, en la última frase se transmite “porque era primero que yo”. Con esta frase, el Bautista declaró la verdadera naturaleza del Hijo de Dios, o sea su coexistencia con el Padre desde siempre, desde la eternidad del pasado.
Una vez más, transmitiendo la frase del Bautista, Juan nos quiere indicar que Jesucristo, en su eternidad y deidad, no fue creado, sino que es autoexistente. Jesucristo no es entonces una criatura, sino que es Dios mismo. Como verdadero hombre, Él vino después de Juan el Bautista, pero como Cristo eterno, Él “era” desde siempre (el verbo utilizado es “en”, que indica la eternidad). Por tanto, Juan el Bautista no tuvo necesidad de describir el rango superior de Jesús respecto al suyo. Declaró simplemente que Jesucristo existe desde siempre y que, en consecuencia, es verdadero Dios. De esto se deduce que todo predicador que compara a Jesús con otros hombres sabios del pasado no está predicando el Evangelio, ya que en el Evangelio Jesús es el verbo, el Cristo eterno, Dios que se hizo carne para dar la posibilidad a los hombres de convertirse en hijos de Dios.

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Bibliografía: Spiros Zodhiates, Cristo era Dio?